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LITURGIA DEL VATICANO II

Eucaristía. Liturgia eucarística

Domingo 5 de Pascua (2.5.2021) - Ciclo B

 

NO ES CUESTIÓN DE ESTRATEGIAS O PROYECTOS

“El que permanece en Mí, da mucho fruto”

“Permaneced en Mí”. Hasta siete veces aparece el verbo “permanecer” en el evangelio de hoy. ¿Por qué esa insistencia de Jesús? Por una razón muy sencilla: porque él es “la vid” y nosotros “los sarmientos”. Y lo explica como lo haría un viticultor de la Ribera: “El sarmiento que no está unido a la vid, no da fruto”. Ni mucho ni poco. Nada. Y concluye: “El que no permanece en Mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca”. El cristiano que quiere dar fruto en la Iglesia y en el mundo necesita estar unido a Jesucristo. Sin Él no vamos a ninguna parte, salvo a la esterilidad e ineficacia. Lo dice con gran fuerza el papa Francisco: amar a Dios y al prójimo “no es fruto de estrategias, no nace de solicitudes externas, de instancias sociales o ideológicas, sino del encuentro con Jesús y del permanecer en Jesús”. Algo similar decía Benedicto XVI: “El secreto de la fecundidad espiritual es la unión con Dios, unión que se realiza sobre todo en la Eucaristía, llamada con razón ‘comunión’”. Es la doctrina que confirma la historia de todos los santos. Lo hemos recordado el pasado jueves al celebrar la fiesta de santa Catalina de Siena, una humilde mujer, seglar y terciaria dominica, sin especiales dotes y sin apenas estudios. Sin embargo, fue capaz de cuadrar al Papa y traerle desde Aviñón a Roma. Es también la historia de los “santos de la puerta de al lado”, es decir, de los santos de la vida ordinaria. Pidamos a la Virgen, que bendiga a las madres en su día y  a todos nosotros en su mes, que eso es mayo.    

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (3.XI.2019) - Ciclo C

CRITERIOS REVOLUCIONARIOS DE JESÚS

“Baja, quiero hospedarme en tu casa”

****Estamos en Jericó. Jesús ha llegado aquí para subir a Jerusalén. Jericó es una ciudad próspera e importante desde el punto de vista económico, militar y financiero. El ambiente moral está bastante relajado. Abundan los lugares de diversión para sus muchos comerciantes, soldados y viajeros. Hay un grupo numeroso de gente dedicada al cobro de los impuestos para Roma, potencia extranjera de la que ahora dependen políticamente los judíos. Tienen un nombre bien conocido: “publicanos”. Están muy mal vistos, porque no son honrados –pues con frecuencia cobran más de lo debido- y, además, están al servicio de Roma. Nadie les invita a su casa ni tampoco se deja invitar por ellos. Uno de ellos hace de “jefe”, pues los demás dependen de él y trabajan para él. Se llama Zaqueo. Le conoce todo el mundo. Incluso los niños. Además, es pequeñito, casi un enano. La gente le desprecia de modo especial. No obstante no es tan mala persona como se piensa y, de hecho, quiere ver a  Jesús. Como es tan bajito, se sube a un árbol en un punto estratégico por donde sabe que Jesús tiene que pasar necesariamente. Y, en efecto, Jesús pasa, pero hace algo en lo que él no podía ni soñar: le llama por su  nombre y se invita a su casa. El revuelo que se organiza es mayúsculo. ¡El Profeta de Galilea ha entrado en casa de Zaqueo y está comiendo allí con muchos publicanos! ¡Increíble, pero cierto! El escándalo es monumental. Pero Jesús no renuncia a emplear sus criterios revolucionarios: “Ha venido a salvar lo que está perdido, a curar lo que necesita médico, a traer al buen camino a los pecadores”. Por eso, en lugar de tratar mal a quienes se encuentran en esa situación, les acoge, empatiza con ellos y les llega así tan al corazón, que terminan confesando con Zaqueo: “Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres y si he robado algo, devolveré cuatro veces más” Si dejáramos entrar a Jesús en nuestras vidas, nos pasaría como a Zaqueo. Si tratáramos a los zaqueos de nuestra familia y de nuestro entorno como Jesús, se lograría más de un milagro. ¿Por qué nos empeñamos tantas veces en rechazar a Jesús y a los demás?              

Domingo 4 de Pascua (22. IV. 2018) - Ciclo B

LA CLAVE ES DAR LA VIDA

“Yo doy la vida por las ovejas”

******** Hasta hace unos años, los campos de Castilla ofrecían una estampa entrañable: un pastor que cuidaba un rebaño de ovejas. Quien observarse con atención, percibía con facilidad que entre el pastor y las ovejas había una íntima relación. El pastor vivía para las ovejas, conocía todas sus peculiaridades y hasta las llamaba por su nombre. Yo les oí decir lindezas como ésta: la lista, la lamerona, la rezagada. Israel fue durante muchos siglos un pueblo de ovejas y pastores.  Por eso, Dios recurrió a esa imagen para expresar las relaciones de protección, cuidado y amor que tenía hacía su pueblo. Incluso los reyes y otros personajes públicos fueron llamados pastores. Las cosas habían cambiado mucho en tiempo de Jesús, pero todavía entonces era fácil aplicar a los responsables del pueblo las relaciones de los pastores con sus ovejas. Jesús mismo se sirvió de esta imagen y no tuvo empacho en llamarse “pastor” y “ovejas” a sus discípulos. “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”, dijo a Pedro cuando le entregó la primacía en su Iglesia. Pero Jesús no se contentó con llamarse “pastor” sino que quiso precisar su alcance: “bueno”, porque no todos los pastores consideraban como suyas a las ovejas sino que eran malos asalariados. Más aún, quiso explicar por qué es “el” Pastor Bueno por antonomasia: “Porque doy la vida por mis ovejas”. Algo que no hacen ni los mejores pastores. Aunque  hoy hayan desaparecido casi por completo los rebaños y los pastores, Jesús quiere recordarnos en este domingo, llamado del Buen Pastor, que es nuestro Pastor, porque ha dado la vida por cada uno de nosotros muriendo en la Cruz. Ahora mismo nos sigue dando su vida en la Eucaristía, cuando lo comulgamos con las debidas disposiciones de alma y cuerpo. Quizás alguno considere pueril o desfasado este lenguaje y estas metáforas. Vayamos al fondo del asunto: ¿Ha dejado de ser verdad que Jesucristo ha muerto por ti y por mí y, por tanto, que es para ti y para mí el Buen Pastor? Ahora bien, ¿tú y yo nos dejamos querer y amar por ese Buen Pastor? Qué distinta sería nuestra vida si dejáramos que la pastorease Jesucristo.