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LITURGIA DEL VATICANO II

Jesucristo, Rey del Universo (22.XI.2015) - Ciclo B

JUEZ DE VIVOS Y MUERTOS

“Mi reino no es de este mundo”

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Jesús se encuentra ante Pilato. Su situación es totalmente precaria: ha sido apresado, maniatado, insultado, acusado y ahora sus enemigos esperan que el representante oficial le condene a morir en una cruz. Como buen romano, Pilato inicia el interrogatorio y  pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús responde con otra pregunta: “¿Lo dices por tu cuenta o te lo han dicho otros de Mí?”. Pilato responde con orgullo y displicencia: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado, ¿qué has hecho?” Es la triste y dolorosa historia de tantas personas buenas y generosas que son acusadas, vilipendiadas y perseguidas. Jesús responde a Pilato: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos”. Pilato queda sorprendido y saca esta conclusión: “Entonces, ¿tú eres rey?”. Jesús no duda en la respuesta: “Sí, soy rey”. No es rey de este mundo, pero es verdadero rey. No tiene armas ni ejércitos. Mejor dicho, tiene otro tipo de armas y de ejércitos que el que tienen los que reinan en este mundo: el arma de la entrega de su vida por amor en favor de todos los hombres. Los reyes de este mundo se aprovechan de sus súbditos, viven mucho mejor que la mayoría de ellos, están por encima de todos. Jesús, no. Él no se aprovecha sino que sirve. Vivió mucho más pobre que quienes le siguen. No se coloca por encima de nadie sino que se pone de rodillas delante de todos. No obstante, se equivoca quien piense que al final de la historia estará sentado en el banquillo de los acusados y no en el trono del Juez Supremo. Cuando venga en su poder y gloria al final de los tiempos,  “juzgará a los vivos y a los muertos”. También a los jueces supremos de este mundo, a los políticos, a los que nadie lleva la contraria, a los que siembran el odio y la calumnia, a los que explotan a los débiles, a los que combaten a la verdad y al bien. ¡Y dará su veredicto! ¿Dónde te gustaría estar: entre los que ahora le rechazan o entre los que ahora le siguen?      

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (15.XI.2015) - Ciclo B

EL FIN DEL MUNDO

“Sólo mi Padre sabe cuándo”

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Se acaban las hojas de la agenda y las del calendario. Los días se acortan y las noches se alargan cada vez más. Los árboles se quedan desnudos. El año litúrgico termina dentro de dos semanas y el civil en poco más de un mes. Todo nos habla de fin y de conclusión. La Iglesia se sirve de esta psicología para recordarnos el final del mundo y de la historia. Por eso, el evangelio de este penúltimo domingo del año cristiano anuncia el final del mundo y el de Jerusalén. Pero el lenguaje que emplea Jesús hace difícil precisar cuándo se refiere a la destrucción de la Ciudad Santa y cuándo a la destrucción del mundo. Con todo, una cosa es cierta: una y otra ocurrirán un día. Y otra: que el cuándo no lo saben ni siquiera “los ángeles”. En todas las épocas de la historia ha habido gente que decía que el fin del mundo era inminente. Cuando los bárbaros arrasaron Roma, el año 410, muchos pensaron que había llegado el fin. Otro tanto sucedió el 11 de septiembre de 2001, cuando fueron destruidas las Torres Gemelas. Pero ni vino el fin del mundo entonces ni ha venido ahora. Es inútil, por tanto, que nos vengan con sus cantinelas los horóscopos, los echadores de cartas, el último adepto de una secta o un fanático religioso. Ahora bien, si sería un error hacer caso a todos estos, no lo sería menos no hacérselo a Jesús. Llegará un día –ha sentenciado él- en que el sol y las estrellas dejarán de iluminar y todo el aparato construido por los hombres se vendrá abajo, como se vino abajo aquel prodigio de piedra y arquitectura que era el Templo de Jerusalén. El año 70 las tropas del futuro emperador Tito acabaron con él, tal como lo había predicho Jesús. Pasará nuestra vida. Pasará nuestra historia. Pasará el mundo. Sólo quedará en pie Dios para juzgar a vivos y muertos según nuestras obras. También a los que ahora juzgan, o no juzgan o juzgan mal. A todos. Lo hará sin chanchullos ni partidismos. No tengamos miedo. Pero sí precaución. Puede suceder en cualquier momento. Quizás hoy. “No sabéis el día ni la hora”, nos ha advertido Jesús. ¿Estamos preparados?        

Dominto 32 del Tiempo Ordinario (8.XI.2015) - Ciclo B

LAS APARIENCIAS Y LA REALIDAD

“Echó todo lo que tenía”

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Más en concreto, cerca de donde la gente echa sus limosnas para el culto. Jesús está tan cerca, que puede ver lo que va echando cada uno de los que entran. Como suele ocurrir –aunque es una regla que tiene muchas excepciones-, los ricos echan mucho y los pobres poco. Jesús no hace ningún comentario de lo que está viendo. De pronto pasa una viuda y él observa que deposita una cantidad ridícula: el equivalente a menos de la cuarta parte de un euro nuestro. No puede menos de hacer un comentario, que es una monumental alabanza de la viejita. Y así se lo dice a sus discípulos, para darles una lección de cara a su futuro ministerio en la Iglesia: “Os aseguro que esta pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”. Y les da esta escueta y convincente razón: “Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Jesús  no mide por las apariencias de “mucho” y “poco” sino que emplea otro criterio de evaluación: “lo que sobra” y “todo lo que se tiene y es imprescindible para vivir”. Nosotros no tendemos espontáneamente a aplicar este criterio sino que nos quedamos con frecuencia en la superficialidad de las cosas. Juzgamos por lo que uno hace o deja de hacer sin meternos en el fondo de la cuestión: si el que hace “mucho” hace todo lo que debe y lo hace por Dios o buscándose a sí mismo y si el que hace poco hace lo que Dios quiere y como Dios quiere. Con esa misma superficialidad nos decimos ante una eventual necesidad que reclama nuestra solidaridad: yo no puedo ayudar, porque no tengo tiempo ni cualidades ni dinero ni talento. ¿De verdad que no tenemos nada de nada o es, más bien, que teneos demasiado egoísmo y excesiva pereza? No nos engañemos: todos podemos hacer pequeños gestos de solidaridad, pequeños dones, pequeñas limosnas, pequeños regalos de tiempo. Sobre todo, todos podemos darnos a nosotros mismos. Aunque no valgamos más que la limosna de la pobre viuda de hoy.  

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (25.X.2015) - Ciclo B

DE LA ORACIÓN AL SEGUIMIENTO

¡“Ten compasión de mí”!

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Estamos en Jericó, la ciudad oasis entre el desierto del Mar Muerto y el que conduce a Jerusalén. A la vera del camino hay un ciego pidiendo limosna. No puede hacer otra cosa, si quiere subsistir. A diferencia de otros días, hoy oye gritos y un notable jolgorio. Hace la pregunta que es la única lógica: ¿Qué pasa? “Es Jesús, el de Nazaret”, le responden sin detenerse. Él no desaprovecha la ocasión y comienza a gritar: “¡Hijo de David, ten compasión de mí, Hijo de David, ten compasión de mí”. Malhumorados y displicentes le gritan que se calle. Es inútil, porque no quiere dejar pasar la oportunidad. Y no sólo sigue gritando sino que lo hace con más fuerza. Tanta, que Jesús lo oye y manda llamarle. Cuando uno le dice que Jesús le llama, tira al suelo su manto, se pone  en pie como un resorte y en un santiamén llega hasta Jesús. Cuando éste le pregunta qué quiere, vuelve a responder con lo lógica y sentido común de antes: “Que vea”. El Jesús bueno, compasivo y misericordioso  no se hace de rogar y le devuelve la vista, mientras le dice: “Tu fe te ha curado”. La escena podría haber concluido aquí, pero continúa. El ciego, en efecto, no se va su casa a contárselo a los suyos sino que se une a la comitiva y va detrás de Jesús. Se hace discípulo de Jesús. ¡Qué ejemplo de oración, de fe y de seguimiento para nosotros! De oración, porque no deja que Jesús pase de largo, sino que levanta su voz, confiada y persistente, pidiéndole que le devuelva la vista y cuanto más le dicen que calle, más grita. Así es la oración del creyente: no se lame las heridas de la vida sino que se las expone a Jesús con confianza y perseverancia. Pero esto sólo es posible si tenemos fe en Jesús. Fe y confianza en su poder y en su amor misericordioso hacia nosotros. Cuando se juntan una fe confiada y una oración perseverante y humilde, Jesús se rinde siempre. Quizás se hace un poco de rogar, para que aumenten nuestra confianza y nuestra perseverancia. Pero termina rindiéndose y dándonos lo que más nos conviene. ¡Ojalá aprendamos del ciego de Jericó su última lección: aprovechar el poder y amor de Jesús no sólo para pedirle sino para seguirle!.   

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (18.X.2015)- Ciclo B

AMBICIÓN Y SERVICIO

“No será así entre vosotros”

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El evangelio de hoy comienza con un contraste estridente. Jesús acaba de anunciar que van a Jerusalén y será entregado a los sumos sacerdotes,  se burlarán de él y le condenarán a muerte. Frente a este catálogo de humillaciones, dos apóstoles: Santiago y Juan  tienen la ocurrencia de hacerle esta petición: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a la derecha y otro a la izquierda”. Es decir, que les dé los dos primeros puestos. Están ciegos. Les sucede como a nosotros, que conociendo que el camino de Jesús es la humillación, la renuncia y la entrega, aspiramos continuamente a ocupar los primeros puestos y a satisfacer nuestras mezquinas ambiciones. Jesús no les riñe sino que les hace una pregunta: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”. Que es como decirles: ¿Podéis acompañarme en mi muerte y morir conmigo? La pregunta es capciosa, porque parece que, si la respuesta es afirmativa, él accederá a su petición. Pero no es así. Jesús, en efecto, les dice: “Ciertamente, beberéis el cáliz que yo he de beber –moriréis martirizados-, pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, pues está reservado a mi Padre”. Jesús, con todo, no se burla de sus apóstoles sino que su respuesta encierra una gracia mucho mayor que la que esperaban. La gracia es que les libera de su ambición egoísta y les hace partícipes de su amor. Ellos habían pedido estar al lado de él en los honores; él les hace comprender que lo importante es estar cerca de él en la entrega, en el amor. Y no sólo a ellos, sino a los demás apóstoles. Porque, al oír la petición de Juan y Santiago, “se enfadaron”, pues también ellos querían los primeros puestos. Jesús les llamó a todos y les dio una lección que vale para cada uno de nosotros: “Sabéis que, entre los paganos, los que son considerados jefes, tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad”. Es el modo de funcionar del mundo. “No será así entre vosotros. Quien quiera ser grande, se haga vuestro servidor”. La verdadera grandeza no está en los honores ni en sobresalir. ¡¡Está en el servicio por amor!!                   

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (18.X.2015)- Ciclo B

AMBICIÓN Y SERVICIO

“No será así entre vosotros”

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El evangelio de hoy comienza con un contraste estridente. Jesús acaba de anunciar que van a Jerusalén y será entregado a los sumos sacerdotes,  se burlarán de él y le condenarán a muerte. Frente a este catálogo de humillaciones, dos apóstoles: Santiago y Juan  tienen la ocurrencia de hacerle esta petición: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a la derecha y otro a la izquierda”. Es decir, que les dé los dos primeros puestos. Están ciegos. Les sucede como a nosotros, que conociendo que el camino de Jesús es la humillación, la renuncia y la entrega, aspiramos continuamente a ocupar los primeros puestos y a satisfacer nuestras mezquinas ambiciones. Jesús no les riñe sino que les hace una pregunta: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”. Que es como decirles: ¿Podéis acompañarme en mi muerte y morir conmigo? La pregunta es capciosa, porque parece que, si la respuesta es afirmativa, él accederá a su petición. Pero no es así. Jesús, en efecto, les dice: “Ciertamente, beberéis el cáliz que yo he de beber –moriréis martirizados-, pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, pues está reservado a mi Padre”. Jesús, con todo, no se burla de sus apóstoles sino que su respuesta encierra una gracia mucho mayor que la que esperaban. La gracia es que les libera de su ambición egoísta y les hace partícipes de su amor. Ellos habían pedido estar al lado de él en los honores; él les hace comprender que lo importante es estar cerca de él en la entrega, en el amor. Y no sólo a ellos, sino a los demás apóstoles. Porque, al oír la petición de Juan y Santiago, “se enfadaron”, pues también ellos querían los primeros puestos. Jesús les llamó a todos y les dio una lección que vale para cada uno de nosotros: “Sabéis que, entre los paganos, los que son considerados jefes, tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad”. Es el modo de funcionar del mundo. “No será así entre vosotros. Quien quiera ser grande, se haga vuestro servidor”. La verdadera grandeza no está en los honores ni en sobresalir. ¡¡Está en el servicio por amor!!                   

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (18.X.2015)- Ciclo B

AMBICIÓN Y SERVICIO

“No será así entre vosotros”

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El evangelio de hoy comienza con un contraste estridente. Jesús acaba de anunciar que van a Jerusalén y será entregado a los sumos sacerdotes,  se burlarán de él y le condenarán a muerte. Frente a este catálogo de humillaciones, dos apóstoles: Santiago y Juan  tienen la ocurrencia de hacerle esta petición: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a la derecha y otro a la izquierda”. Es decir, que les dé los dos primeros puestos. Están ciegos. Les sucede como a nosotros, que conociendo que el camino de Jesús es la humillación, la renuncia y la entrega, aspiramos continuamente a ocupar los primeros puestos y a satisfacer nuestras mezquinas ambiciones. Jesús no les riñe sino que les hace una pregunta: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”. Que es como decirles: ¿Podéis acompañarme en mi muerte y morir conmigo? La pregunta es capciosa, porque parece que, si la respuesta es afirmativa, él accederá a su petición. Pero no es así. Jesús, en efecto, les dice: “Ciertamente, beberéis el cáliz que yo he de beber –moriréis martirizados-, pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, pues está reservado a mi Padre”. Jesús, con todo, no se burla de sus apóstoles sino que su respuesta encierra una gracia mucho mayor que la que esperaban. La gracia es que les libera de su ambición egoísta y les hace partícipes de su amor. Ellos habían pedido estar al lado de él en los honores; él les hace comprender que lo importante es estar cerca de él en la entrega, en el amor. Y no sólo a ellos, sino a los demás apóstoles. Porque, al oír la petición de Juan y Santiago, “se enfadaron”, pues también ellos querían los primeros puestos. Jesús les llamó a todos y les dio una lección que vale para cada uno de nosotros: “Sabéis que, entre los paganos, los que son considerados jefes, tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad”. Es el modo de funcionar del mundo. “No será así entre vosotros. Quien quiera ser grande, se haga vuestro servidor”. La verdadera grandeza no está en los honores ni en sobresalir. ¡¡Está en el servicio por amor!!                   

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (11.X.2015) -Ciclo B

¿PARA QUÉ VIVIMOS’

“Se marchó triste”

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Jesús se encontró muchas veces con personas a las que cambió el rumbo de su vida. Ahí están la Samaritana, Zaqueo, la Magdalena, Mateo, el ciego de Jericó o Pedro. No es el caso del joven que nos narra el evangelio de hoy. Se trata de un chico que “desde la adolescencia” ha guardado los mandamientos: no matar, no cometer adulterio, no robar, no perjurar, no defraudar, honrar a su padre y a su madre. Jesús le mira complacido, como le habríamos mirado cualquiera de nosotros. Pero Jesús le pide más: “si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes, dáselo en limosna a los pobres y vente conmigo”. La petición era exigente. Porque el joven tenía que elegir entre “sus cosas” y Jesús Desgraciadamente prefirió “sus cosas”. Sus cosas eran sus riquezas: tierras, casas,  dinero, “pues era muy rico”. ¡Pobre chico!, porque se encontró con lo que se encuentran todos los que prefieren “sus cosas” a Jesús: la tristeza. Lo dice expresamente el evangelio: “se marchó triste”. El demonio es muy listo y nos engaña con el señuelo de que la alegría está en el dinero, en el poder y el placer. En “nuestras cosas”, no en el seguimiento de Jesús. Pero “nuestras cosas” no nos llenan. Porque nuestro corazón es más grande que nuestra cartera, más grande que nuestras ambiciones, más grande que nuestros caprichos. Tan grande, que sólo se llena cuando posee a Dios. Todos deberíamos tenerlo muy presente. Especialmente, los chicos y las chicas jóvenes. No son las juergas de fines de semana, no son los viajes al extranjero, no son las relaciones sexuales, no son los buenos sueldos, no es ese largo etcétera en el que tantas veces tienen el corazón. La felicidad no está ahí y si se van por ese camino nunca serán felices de verdad. La alegría es inseparable del amor a Dios y de la entrega generosa a los demás. El que lo da todo, lo encontrará todo. También lo dice el evangelio de hoy: “los que dejan padre, madre, hermanos y hermanas, tierras… por amor” a Jesús, “tendrán cien veces más ahora y heredarán la vida eterna”. En otras palabras: serán felices aquí y serán felices por toda la eternidad. ¡Vale la pena creerlo y vivirlo!           

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (2.X.2015)- Ciclo B

LA SOLUCIÓN NO ES EL DIVORCIO

“Si se casa con otra, comete adulterio”

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El evangelio de hoy no puede ser más actual, pues trata del divorcio. El punto de partida es, como suele ocurrir con frecuencia, una pregunta insidiosa de los fariseos a Jesús: “¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. Él responde con otra pregunta: “¿Qué os ha mandado Moisés?”. Ellos contestaron: “Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio”. La respuesta era correcta, porque Moisés no mandó divorciarse, sino que permitió que si un hombre tomaba esa decisión, debía dar a la mujer un certificado para que constase que ella ya no le estaba sometida. Eso explica que el divorcio se practicara en Israel en tiempos de Jesús. Al oír esta respuesta, Jesús reaccionó con una inusitada fuerza: “Al principio no fue así”. Es decir, lo que permitió Moisés no responde al plan originario de Dios. Plan que consiste en que el hombre y la mujer se unan en el Matrimonio para siempre y de modo exclusivo. De tal modo que, una vez que se casan, “ya no son dos, sino una sola carne”, una sola realidad. Los apóstoles quedaron impresionados por la claridad y contundencia de la respuesta y, ya en casa, son ellos los que preguntan a Jesús sobre el asunto. Y él vuelve a ratificarse en lo dicho, incluso con mayor fuerza: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Las revistas del corazón, las tertulias y programas de televisión, las novelas, las entrevistas de los famosos de la canción, del cine y de la literatura están llenas de crónicas y noticias sobre el divorcio de ellos y de ellas. Lo dan por “cosa natural y propio de la modernidad”. No divorciarse y volverse a casar es “cosa de gente inhibida y atrasada”. Valdría la pena pensar que el divorcio es una clara derrota del amor, una derrota para las dos personas que lo llevan a cabo. Y habría que profundizar en esto: si cada uno busca en el matrimonio su placer, su interés y sus satisfacciones, lo que se unen no son dos amores sino dos egoísmos. Y eso, no podrá resistir. La solución, por tanto, no es “más divorcio” sino más amor, más entrega mutua.     

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (27.9.2015) - Ciclo B

¿INTRANSIGENTES O FLEXIBLES?

“Más le valdría que le echasen al mar”

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El evangelio de hoy nos sitúa ante una cuestión de gran actualidad: ¿hay que ser flexibles o intransigentes? El punto de partida es la reacción del discípulo Juan frente a la actuación de uno que no es del grupo de los apóstoles: “hemos visto que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido prohibir”, dice a Jesús. Juan se muestra intransigente con esa persona. Jesús le responde: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de Mí”. Jesús muestra flexibilidad. Sin embargo, a renglón seguido, adopta una postura de intransigencia radical en dos supuestos. El primero se verifica cuando se escandaliza a los niños y pequeños en la fe. Escandalizar es incitar a otro con palabras o acciones a ofender a Dios. Cuando esto se hace con los niños, Jesús dice unas palabras terribles: “Más le valdría que le atasen una rueda de molino y le echasen al fondo del mar”. El segundo caso se da cuando somos nosotros mismos los que nos escandalizamos, es decir, cuando nos colocamos voluntariamente en situación de pecar gravemente. Jesús enseña que si hay circunstancias que nos inducen al pecado mortal, hay que ser radicales, aceptando incluso las renuncias más fuertes. Lo dice con palabras simbólicas pero llenas de fuerza: “Si tu mano te hace caer, córtatela”, “si tu pie te hace caer, córtatelo” y “si tu ojo te hace caer, arráncatelo”, porque más te vale entrar “manco”, “cojo” o “tuerto” en el Cielo que con las dos manos, pies y ojos ir al infierno. En la vida de Blanca de Castilla se cuenta que, en una ocasión, dijo a su hijo Luis IX, rey de Francia: “Preferiría verte muerto a mis pies, antes que cometieras un pecado mortal”. Una madre que reacciona así es porque ha comprendido la malicia del pecado mortal. ¿Intransigentes o flexibles? Jesús resuelve el dilema con la claridad de siempre: flexibles con las personas, es decir, comprensivos, acogedores; pero inflexibles radicales con el escándalo a los demás, especialmente a los niños, y con las ocasiones que nos llevan al pecado mortal, que hoy, por desgracia, ¡son tantas!          

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (20.9.2015)- Ciclo B

LA GRANDEZA DE SERVIR

“El que quiera ser el primero…”

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El evangelio de hoy tiene una temática muy similar a la del domingo anterior. La diferencia radica, sobre todo, en que hoy no es sólo Pedro el que reacciona en contra de la Pasión y Muerte de Jesús sino todos los demás apóstoles. Jesús había anunciado con toda claridad: “El Hijo del hombre –Él- va a ser entregado en manos de los hombres, y lo  matarán, y al tercer día resucitará”. Ante una predicción igual que esta, la reacción  de Pedro había sido: “eso no puede ser”. La reacción de los demás apóstoles es ponerse a discutir sobre quién de ellos es el más importante. Para ellos, lo mismo que para Pedro, el Mesías tenía que ser un vencedor, un triunfador. Por eso, no puede ser entregado en manos de sus enemigos ni ser ejecutado. Jesús había anunciado su humillación y ellos aspiran a la grandeza, pues “por el camino habían discutido quién era el más importante”. Jesús había recriminado a Pedro con severidad. Hoy lo hace con los demás. Es verdad que sus palabras no parecen tan duras, pues no les llama “satánas” ni les dice “apartaos de mí”, como le había dicho a Pedro. Pero la descalificación no es menos contundente. Porque “Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: el que quiera ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”. Y para dar todavía más fuerza a sus palabras, coge a un niño, lo pone en medio y, abrazándole, les dice: “Quien acoge a un niño como este en atención a Mí, me acoge a Mí”. La lección está servida: “el grande” según el evangelio no es el que tiene dinero, posición social, prestigio, poder. El “grande” es el que es servidor de los demás. La grandeza que ofrece Jesucristo es la grandeza de servir, de dar la vida, no la de los honores. Algo muy exigente, pero muy hermoso y sumamente actual. Porque todos tendemos espontáneamente a pensar que el que sirve está debajo, mientras que el que es servido está en la cumbre y es el primero. Según Jesucristo, el que no sirve, no puede ser grande, no puede ser el primero. ¿Qué familia, qué sociedad, que Iglesia tendríamos si asumiéramos todos –los de abajo y los de arriba- el criterio que propone Jesucristo?                      

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (13.IX.2015) - Ciclo B

QUIÉN ES JESÚS PARA MÍ

“Apártate, Satanás”

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Estamos en el camino de Cesarea de Filipo, en la parte noreste de Galilea. Jesús se dirige allí acompañado de sus discípulos. En un momento del camino se detiene y les formula esta gran pregunta: “¿Quién dice la gente que soy Yo”. Ellos le responden: para unos, Juan Bautista; para otros, Elías; para otros, un gran profeta. Jesús no se queda satisfecho y les formula otra pregunta, más personal: “¿Para vosotros, quién soy yo?”. Pedro responde: “el Mesías”. Jesús aprueba la respuesta: Sí, él es el Mesías. Pero no el que espera la gente, pues ésta esperaba un Mesías que provocase una insurrección para tomar el poder y liberar al pueblo judío por la fuerza de las armas. En línea con lo que ya habían anunciado los profetas, sobre todo Isaías al hablar del “Siervo de Yahvé”, Jesús afirma que es un Mesías que debe sufrir mucho, ser rechazado y ser ejecutado, si bien al tercer día resucitará. Pedro no comparte esta idea y le recrimina: “No puede ser”. Jesús se vuelve a Pedro y le dice una de las palabras más duras que aparecen en el Evangelio: “Apártate de mí; tú piensas como los hombres, no como Dios”. En efecto, el proyecto de Dios sobre el Mesías era que sufriera una pasión muy dolorosa y muy humillante, pero que tendría unos efectos enormemente positivos, pues salvaría del poder del pecado y sus consecuencias a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Tras este anuncio, Jesús da una enseñanza general para cuantos quieran llegar a ser discípulos suyos: “Quien  quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”. Son palabras muy claras y que acaban con todas las ilusiones de los que quieren ser discípulos de Jesús  para satisfacer sus aspiraciones humanas de triunfo, de éxito, de dominio. No. Seguir a Jesús es ir por la senda del servicio y del amor, no por la del egoísmo: “Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá y quien la pierda por mí y el evangelio, la encontrará”. Lecciones muy serias y muy comprometidas. ¿Quién es para nosotros Jesús? ¿Por qué camino queremos seguirle? ¿Tendría que reprendernos, como reprendió a Pedro?   

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (6.9.2015) . Ciclo B

PODEMOS OÍR Y DEBEMOS HABLAR

“Se le abrieron los oídos”

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Lo había anunciado Isaías: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará”. El evangelio muestra que Jesús realizó esto mediante la curación de un sordomudo. En aquel momento no había inventos con los que hacer frente a la sordera y a la mudez. El sordomudo no podía oír lo que le decían ni responder. Era, pues, una persona excluida de la vida social. Compadecidos de su suerte y sabedores del poder de Jesús, unos amigos llevan ante él un sordomudo para que le cure. Jesús le separa de la muchedumbre, le mete los dedos en sus oídos, le pone saliva en su boca y le cura. Hace que este hombre, excluido de la sociedad, se inserte en ella. La Iglesia ha empleado este milagro para explicar los efectos que produce en nosotros el Bautismo. El Bautismo cura nuestra sordera y nos da la capacidad de oír y entender la Palabra de Dios. Cura también nuestro mutismo, y nos da la capacidad de hablar a Dios y de Dios. Todos los bautizados nos hemos convertido, por tanto, en personas insertadas plenamente en la Iglesia y en la comunión con los demás. Debemos ser conscientes de este gran don y dedicarnos a escuchar la Palabra de Dios y a dar testimonio de nuestra fe. Si escuchamos la Palabra de Dios, el Espíritu Santo hará que la comprendamos y, si la comprendemos, podemos y debemos comunicarla a los demás. Si miramos nuestro comportamiento, no es difícil concluir que necesitamos pedir a Dios la gracia de ejercitar las capacidades que nos ha dado el Bautismo. Porque, con harta frecuencia, nos comportamos como sordos y mudos. Sobre todo, como mudos. ¡Cuántos cristianos tienen miedo de hablar como cristianos, miedo incluso de llamarse cristianos, miedo de invitar a otros a hacerse cristianos! ¿Nos encontramos tú y yo entre ellos? Pregúntate, por ejemplo, cuántas veces has hablado de Dios a tus hijos o invitado a un amigo a ir a misa contigo durante el último mes. ¿Necesitamos que Jesús nos cure de nuevo  y nos haga testigos y apóstoles suyos?             

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (23.VIII.2015) - Ciclo B

¿PODEMOS FIARNOS DE JESÚS?

“Tú tienes palabras de vida eterna”

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Por fin, subimos el último peldaño del capítulo sexto del evangelio de san Juan. Y la ascensión no puede terminar de modo más decepcionante: “Este modo de hablar es inaceptable”, dicen muchos discípulos. Y toman esta trágica decisión: “Desde aquel día muchos dejaron de ir con él”. Jesús no rebaja la verdad ni las exigencias de sus palabras para atraerse a los decepcionados. Se ratifica en que hay que entender según suena -no de modo figurado-, que  “el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo” y que sólo “quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día”. Pero le duele la reacción de quienes le abandonan. Por eso, se dirige a Pedro, en estos términos: “¿También vosotros queréis marcharos?” La reacción de Pedro es una profunda confesión de fe: “Señor, ¿a quién  podríamos ir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios”. Pedro no había comprendido hasta el fondo las palabras que Jesús. Pero se fio de Él. No ha comprendido del todo qué es lo que Jesús ha dicho, pero ha comprendido quién es el que lo ha dicho. Y se ha fiado de él. Esto es tener fe. ¡Tremenda actualidad la reacción de los discípulos que abandonaron a Jesús! Hoy no le abandonan algunos, como ocurrió en Cafarnaún. Le abandonan naciones enteras. La nuestra sin ir más lejos. Unas veces es porque no creen en la Iglesia, otras por otros motivos. Pero la forma más común de este alejamiento –del ateísmo- es porque se rechaza “jugar fuera de casa”, situarse más allá del terreno familiar de la razón. Pero “creer” –como ha escrito Kierkegaard- es adentrarse en alta mar, allí donde por encima de ti sólo está el cielo y debajo de ti setenta capas de agua; es realizar un acto por el que uno se echa del todo en los brazos del absoluto”. Creer es fiarse de Dios más que de nuestra razón. Fiarse, aunque no veamos; más aún, aunque nos parezca ver otra cosa. Por eso la fe tiene tanto valor. Tú ¿te fías de Jesús –como Pedro-  o eres de los que vuelven la espalda, creyendo que eso es lo razonable?      

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (16.VIII.2015) - Ciclo B

UN PAN QUE HACE INMORTALES

“Yo soy el pan bajado del cielo”

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Quien ha subido una escalera de caracol, tiene esta experiencia: parece que está siempre en el mismo lugar. Sin embargo, llega un momento en el que hemos alcanzado la cumbre. Eso es lo que nos sucede cuando leemos el evangelio de san Juan y, más en concreto, su capítulo sexto. Después de tres domingos en los que parecía que se nos repetían las mismas cosas, llegamos hoy a la cumbre de la revelación de Jesús sobre la Eucaristía: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. El pan que doy en la Eucaristía, soy Yo mismo. No se trata de un símbolo, de una imagen, o de una fuerza especial que nos da Jesús a través del pan y vino: ¡¡Es su “carne”, es él mismo en persona!! El que no come ese pan no puede tener vida, está muerto, no vive la vida de los hijos de Dios. En cambio, el que lo come “tiene vida eterna”, participa de la misma vida de Dios. Esta vida alcanza al mismo cuerpo, porque al que lo come “Yo le resucitaré el último día”. Comulgar es plantar en nosotros el árbol de la resurrección, es comer un fruto que nos devolverá la vida para siempre, después de haberla perdido, y hará que todo nuestro ser corpóreo-espiritual se sumerja en el océano de la vida de Dios. Pero no hace falta esperar a aquel momento. Ya ahora, el que comulga la Eucaristía se une a Cristo y a su vida con la misma fuerza y radicalidad que el sarmiento se une a la vid: sarmiento y vid están el uno en el otro, participan de la misma vida. El que comulga, está en Cristo y Cristo está en él. Gracias a eso, es posible dar el salto al infinito, participar de la vida de la Trinidad. Lo dice expresamente Jesús: “Del mismo modo que YO vivo por el Padre, el que me come, vivirá por Mí”. La vida del Padre pasa al Hijo y esa vida del Hijo pasa al que le comulga. Nada más lógico, por tanto, que el evangelio concluya así: “Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron. El que come este pan, vivirá para siempre”. El que coma la Eucaristía con las debidas disposiciones de alma y cuerpo, será inmortal. ¿Cabe mayor locura de amor de Cristo por nosotros? 

Domingo 19 del Tiempo Ordinario 9.VIII. 2015) - Ciclo B

UN PAN QUE NO ES PAN

“El pan… es mi carne”

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Siempre que se celebra la Eucaristía, el sacerdote pronuncia unas palabras sobrecogedoras. Son las palabras con las que consagra el pan y el vino. Cuando dice sobre el pan  “esto es mi Cuerpo” y sobre el vino “este es el cáliz de mi sangre”, el pan y el vino se trasforman en Cristo mismo en Persona. Es verdad que el pan y el vino siguen teniendo las mismas apariencias que antes –“especies” las llaman los teólogos-: el mismo color, el mismo sabor, el mismo peso. Pero el cambio ha sido no sólo profundo sino total. Lo que está más allá de las apariencias sensibles –“sustancia” lo llaman los teólogos- se ha cambiado en Cristo mismo. Es un milagro prodigioso, mucho más espectacular que el que contemplábamos hace dos domingos: la multiplicación de los panes y los peces. Allí había panes y peces en todo el proceso: en el punto de partida, en el punto de llegada y el punto intermedio de la comida. Aquí no. Aquí hay pan y vino en el punto de partida, pero hay la Persona de Cristo en el punto de llegada. Por eso, cuando comulgamos, no comemos pan y bebemos vino, sino que comemos y bebemos al mismo Cristo como Persona viva. En la Eucaristía se hace presente Jesucristo Resucitado. El que tiene poder para cambiar el agua en vino –como hizo en Caná de Galilea-, de andar sobre las aguas del mar –como hizo en el lago de Genesaret- y resucitar a los muertos –como hizo con Lázaro- , tiene poder para cambiar el pan y el vino en su misma Persona, en él mismo. Comulgar es comer a Cristo, alimentarse con Cristo. Se cumple la promesa que había  hecho en la sinagoga de Cafarnaum: “Os daré a comer mi Carne”. Los judíos pensaban que Jesús les proponía ser antropófagos. No era así. Jesús resolvió el problema con la misma facilidad que resolvía las cuestiones más complicadas: haciendo que el pan y el vino cambiaran en la profundo de su ser y permanecieran igual en lo externo. Lo contrario que si alguien se  tiñe el pelo y se peina de modo extravagante: cambia en su apariencia pero no en su realidad. Avivemos nuestra fe, creamos sus palabras y confesemos su verdad.     

Domingo 17 del Tiempo Ordinario 26.VII.2015) - Ciclo B

¿DESTRUIR LO QUE OTROS NECESITAN?

“Que nada se pierda”

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Estamos en pleno descampado. Una gran muchedumbre rodea a Jesús. Sólo los hombres son más de cinco mil. La tarde está cayendo y el sentido práctico de los apóstoles aconseja despedir a esta gente, aunque disten varios kilómetros. Jesús no opina lo mismo y manda que le traigan lo disponible, que es bien poco: unos panes y unos peces. Ordena que la gente se siente. Comienza a partir el pan y los peces. Y cuanto más parte y reparte, tanto más crecen. Una vez que todos se sacian, advierte que  hay mucho pan y muchos peces por el suelo. Manda recogerlos, para “que nada se pierda”. Los apóstoles obedecen y recogen doce cestos de sobras. Mucho más que lo que había en el punto de partida. El milagro es grande, más aún, espectacular. La gente lo advierte y se da cuenta de que Jesús no sólo es un profeta sino “el profeta” que Dios había prometido. Ha llegado el que habían esperado durante siglos, el que llenará sus lagares de vino y sus paneras de trigo y les librará del dominio extranjero. ¡Y se lanzan a proclamarle su rey! Y el Jesús que al principio se conmueve por la necesidad de la gente, ahora le da un plantón, sin miedo a defraudarla. Él no ha venido para ser un rey terrenal sino un rey que conquiste el mundo entero con la entrega de su vida en una cruz. Por eso, se marcha. No es un demagogo que se aprovecha de la gente sino un guía que marca el camino de la fidelidad a la misión que tiene encomendada. El milagro tiene dos grandes enseñanzas para nosotros. La primera es esta: no podemos tirar los alimentos ni las cosas. Impresiona saber que una cuarta parte de los alimentos se desperdicia, sin contar los que se destruyen para que no bajen los precios del mercado. Mientras tanto, cientos de millones pasan hambre y carecen de lo más elemental. ¡¡Hay que pararse a pensar y a tomar resoluciones eficaces, porque no tenemos derecho a comportarnos así!! La segunda lección es que el populismo, la demagogia, la popularidad a cualquier precio y el aplauso no se compadecen con el seguimiento de Jesucristo, humilde y despreciado por fidelidad a su misión.     

Domingo 16 del Tiempo Ordinario (19.VII.2015) - Ciclo B

DIOS Y NUESTRAS VACACIONES

“Vamos a descansar”

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El evangelio de hoy tiene una especial importancia y actualidad. Porque trata de las primeras vacaciones cristianas de las que tenemos constancia. Jesús había enviado a sus apóstoles a predicar y sanar enfermos. A la vuelta, se da cuenta de que han trabajado en serio y que están muy cansados. Y en lugar de enviarles a una nueva actividad, les invita a hacer lo que hacía Él: retirarse a un lugar tranquilo y reponer fuerzas. Sabía que el hombre, además de trabajar y esforzarse en una actividad seria, necesita también reponer fuerzas físicas, psíquicas, intelectuales y espirituales. Por eso, invitó a los apóstoles a descansar y nos invita a nosotros a tomarnos unos días de vacaciones. Sabe de sobra que el ritmo laboral actual es, con frecuencia, frenético; sobre todo, en las grandes ciudades, donde al trabajo hay que añadir el cansancio de largos e incómodos desplazamientos. Cuando se vivía en una cultura rural y en continuo contacto con la naturaleza, las vacaciones no  eran tan necesarias. Hoy suelen ser indispensables. Para la mayor parte de la gente, son la única ocasión para reponerse un poco, para hablar de forma distendida con el propio cónyuge, para jugar con los niños, para leer un buen libro o contemplar el silencio de la naturaleza y la belleza de un amanecer y un atardecer. Por eso, convertir las vacaciones en un frenético ir y venir, es destrozarlas. Vacaciones, por tanto, sí, pero que sean verdaderamente tales y no volvamos más cansados que cuando las iniciamos. Pero puedo ocurrirnos como a Jesús: Él organizó un periodo de descanso para sus apóstoles, pero al bajar de la barca no se encontró con un lugar solitario –como había buscado- sino con un lugar donde se había congregado muchísima gente, que ansiaba escuchar su palabra. Y ¡se vino abajo el plan! De tal modo, que, dice el evangelio, se puso a enseñarles con calma. A nosotros puede ocurrirnos también que se nos cruce una necesidad urgente y grave, y tengamos que posponer nuestros planes vacacionales. Jesús nos da también ejemplo de cómo reaccionar: atendamos esa urgencia y ofrezcamos a Dios nuestro cansancio. Y, si es posible, con una sonrisa.      

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (12.VII.2015) .- Ciclo B

PREDICAR Y DAR TRIGO

“Les envió a predicar”

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¿Se puede hacer la guerra sólo con generales y capitanes? ¿Se puede jugar un partido de fútbol sólo con el árbitro y los linieres?. Pero la pregunta también se puede formular de este modo: ¿Si no hay generales y capitanes, pueden hacer la guerra los soldados? ¿Si no hay árbitro, se puede jugar un partido de alta y disputada competición? Hay que convenir, por tanto, que se necesitan generales y árbitros, y soldados y jugadores. En la Iglesia sucede lo mismo. Jesús entregó la misión de predicar el Evangelio a los Apóstoles y luego –hoy- al Papa, a los obispos y a los sacerdotes. Esos son los generales. Pero se la entregó también a los seglares, a los soldados. El papa y los obispos sin seglares no son nada, y los seglares sin obispos y sacerdotes tampoco van a ninguna parte. Son necesarios los unos y los otros. Se ve muy claro en la familia. Los sacerdotes enseñan el catecismo a los niños y los preparan para la primera comunión. Pero si los padres no hablan de Dios a sus hijos, si no rezan con ellos, si no les enseñan las virtudes propias del hogar, aquel niño difícilmente llegará a ser un cristiano de verdad. Durante mucho tiempo se puso el acento en los sacerdotes y obispos: daba la impresión de que sólo existían ellos en la Iglesia. Gracias a Dios, el concilio Vaticano II la recuperado la realidad de los seglares y recordado que antes de hablar de obispos y sacerdotes es necesario que haya bautizados. Primero existe el Pueblo de Dios; luego, la Jerarquía de ese Pueblo. El evangelio de hoy se ocupa de los “generales” de la Iglesia. Más en concreto, de la primera misión o envío que ellos –los Apóstoles- recibieron de Jesucristo para predicar el Evangelio. Y de las dos grandes exigencias que comporta: ir con el bagaje de los peregrinos -con lo puesto-, sin más ambiciones que anunciar el Evangelio. Además, sanar, curar, y todo lo necesario para que haya una salvación integral del hombre. Por eso, la Iglesia siempre ha predicado y dado trigo: hospitales, escuelas, universidades, comedores, ayuda a los pobres y emigrantes…¡Maravillosa y comprometedora tarea! Hoy más urgente que nunca.  

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (5 de julio de 2015) - Ciclo B

PREJUICIOS Y FE

“No lo aceptaban”

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Jesús ha vuelto a su pueblo Nazaret. Viene aureolado como gran predicador y gran taumaturgo. Como es sábado, va a la Sinagoga, según suele hacer. Y, como es el personaje más ilustre, el archisinagogo le da la palabra para que les explique las Escrituras que han leído. Lo hace con brillantez. Más aún, con tanta elocuencia, que les deja asombrados. No aciertan a explicárselo y se dicen unos a otros: “¿De dónde saca todo esto ¿No  es este el carpintero, el hijo de María, pariente de Santiago y Juan y Judas y Simón? ¿No viven sus primos entre nosotros?” Lo lógico sería que su elocuencia suscitara en ellos una ola de entusiasmo y descubrieran que algo extraordinario ocurre en él, pues habla mejor que los escribas que han tenido grandes maestros y que realiza hechos que exceden el poder y la capacidad de un carpintero. Pero no aceptan la realidad. No dicen: “Sí, le conocemos bien, porque ha vivido entre nosotros como uno más; pero ahora es diferente. ¿Qué ha pasado?” Al contrario, se enrocan en la idea que tienen de él y no están dispuestos a cambiarla. Es el carpintero, esa es su identidad, en ella tiene que permanecer. Jesús, que no suele comentar nada sobre las reacciones que provoca en sus oyentes, en este caso se lamenta y les dice: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. La escena no puede terminar peor: “No pudo hacer allí ningún milagro”, comenta el evangelista. También nosotros, como los habitantes de Nazaret, tenemos prejuicios sobre personas, instituciones y situaciones que nos impiden ver la realidad. Tenemos demasiadas fotos fijas y estamos demasiado aferrados a ellas. Estemos atentos, porque la gracia de Dios se nos presenta con frecuencia de modo sorprendente y en abierta contradicción con nuestras expectativas. Dios, en efecto, no se configura según nuestros criterios y hemos de abrir nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestra alma para acoger la realidad divina que sale a nuestro encuentro. Que el Señor nos conceda estar abiertos a su gracia y a su verdad. Así podrá realizar en nosotros los milagros que necesitamos.