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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (28.VI.2015) - Ciclo B

LA FE DE LAS MUJERES

“¿Quién me ha tocado?”

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Estamos caminando hacia Cafarnaúm, junto al mar de Tiberíades. Más en concreto, hacia la casa de un tal Jairo, persona desconocida para nosotros pero muy conocida en la ciudad, pues no es vano es el jefe de la sinagoga. Ha venido a Jesús porque tiene una hija que se está muriendo y sabe que él puede curarla. Jesús no se ha hecho de rogar y se ha puesto en camino para realizar el milagro. Pero es ya tan grande su fama a estas alturas, que se ha reunido en torno a él una gran muchedumbre. Tanta, que le “estrujan”. En medio de esa muchedumbre va una mujer aquejada de fuertes hemorragias. Ha ido de médico en médico y se ha gastado su hacienda. Pero cada vez está peor. En un momento concreto, Jesús se para, mira a su alrededor y pregunta convencido: “¿Quién me ha tocado?” Pedro, con un poco sorna e ironía, le responde: “Todos te estrujan y preguntas ¿quién te ha tocado?” Pero Jesús no rectifica y sigue inquiriendo con la mirada. No es está loco. Lo que sucede es que ha percibido que ha salido de él un poder extraordinario, fruto de que alguien le “ha tocado” de modo especial. Ha sido aquella pobre infeliz, que se ha dicho: “Sé que no puedo tocarle, porque “le mancho” ante la ley. Pero estoy segura de que si logro tocarle, aunque no sea más que su manto, me curo”. Y con una fe incondicional en el poder de Jesús, ¡le ha tocado! ¡Y se ha curado! Cuántos de nosotros padecemos una enfermedad tan seria como la de esta bendita mujer. Pero nos falta la fe que ella tenía –¡hay tantas mujeres como ella!- en el poder infinito y misericordioso de Jesús. Y, como nos falta, no vamos a pedirle que nos cure. Por eso seguimos enfermos. ¡Cada vez más enfermos! Nuestra enfermedad y la de esta sociedad corroída de Europa sólo tienen un médico capaz de curarla. ¡Curarla de verdad!, no sólo ponerla una cataplasma que lo único que hace es distraerla de la verdad y, por ello, alejarla de la curación. Nuestro problema y el de esta sociedad no es que estemos gravemente enfermos. El problema es que no vamos al médico que puede curarnos: Dios.              

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (21.VI.2015) - Ciclo B

JESÚS VA EN NUESTRA BARCA

“Y se hizo una gran calma”

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El evangelio de este domingo es el de la tempestad calmada. Después de una jornada de intenso trabajo, Jesús sube a una barca para atravesar a la otra orilla. Rendido por el trabajo, duerme profundamente en la popa. Mientras tanto, se levanta una gran tempestad y los apóstoles temen  el naufragio. Ante tan gran peligro, despiertan a Jesús, gritándole: “Sálvanos, que nos hundimos”. Jesús manda que el mar se calme, cesa el viento y viene una gran bonanza. Esta  imagen: una barca, Jesús dentro con los apóstoles, un mar bravío y amenazante, ha sido siempre comparada con la vida de la Iglesia mientras atraviesa la historia, asediada por las persecuciones de sus enemigos. Ha sido también comparada con la vida de cada uno de los cristianos, donde coexisten los días serenos y los días en que se cierra el horizonte y el temor y la angustia nos asedian por las dificultades. Cuando los primeros cristianos comentaban ambas realidades, no sacaban esta lección: “Cuando te encuentres en una tempestad de la Iglesia o de tu alma, no te preocupes: vuélvete a  Jesús y desaparecerá la tempestad”. La lección que extraían era esta: “Cuando te sorprenda la tempestad, recuerda que no vas solo en la barca. Va Jesús contigo. Y estando presente Jesús, si la tempestad no cesa, tú eres más fuerte que ella y podrás superarla”. La fe nos dice que Dios no nos deja solos en la tempestad. Es verdad que no siempre interviene para que ésta desaparezca. Ni siquiera lo hizo con él mismo, pues la tempestad de su vida concluyó con el naufragio de la Cruz. Pero la muerte no fue la última palabra. Después de la muerte vino la resurrección. Así sucede siempre a quien se fía completamente de él. Lo triste es que tú y yo no terminamos de fiarnos de Jesús. Y, en lugar de ir a él y pedirle que nos ayude, nos encerramos en nuestros miedos y angustias. Tendríamos que tomar nota de lo que hace un niño cuando va de la mano de su madre y se le acerca un perro ladrando: se agarra fuertemente a ella, pensando que con su madre nada malo puede ocurrirle. Esta es la fe que mueve las montañas y nos hace más fuertes que las tempestades de la vida.  

Domingo XI del Tiempo Ordinario (14.VI.2015)- Ciclo B

TIEMPO PARA LA ESPERANZA

“La semilla crece sin cesar”

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El evangelio de hoy es un evangelio que nos viene como el anillo al dedo. Porque si hay algo que necesitamos los hombres y las mujeres de la Iglesia y de la sociedad actuales es ser hombres y mujeres de esperanza y de coraje. El pesimismo y el derrotismo se han adueñado de nosotros. Todo lo vemos  negro. No tenemos proyectos entusiasmantes ni ofertamos cosas atrayentes. Nos hemos instalado en la crítica negativa y en el “aquí no hay nada que hacer”. El evangelio de hoy nos dice que estamos equivocados al hacer estos juicios y ser tan negativos. Nos pasa como al que no entiende de campo y piensa que la semilla no crece si el labrador no está junto a ella y tirándola hacia arriba. No. La semilla tiene en sí tal fuerza, que crece mientras el labrador duerme o trabaja en otras cosas. Es verdad que desde la siembra hasta la siega tienen que venir el frío, las heladas, la nieve, la sequía y los calores. Pero la semilla es más fuerte que todos ellos y, cuando llega el verano, el labrador recoge en proporción a lo que ha sembrado. Esto es lo que sucede con la Palabra de Dios que Jesucristo siembra en los corazones de los hombres. Encierra tanta fuerza en sí misma, que basta sembrarla para que un día dé cosecha. Al principio puede tener la apariencia de una semilla tan minúscula como la mostaza, que apenas es perceptible. Pero, con el tiempo, crece y crece hasta convertirse en un arbusto donde los pájaros pueden anidar o refugiarse un día de tormenta. Lo decisivo es sembrar y tener la fe y la paciencia del labrador. Vendrá el fruto. Los que somos hijos de labradores sabemos muy bien que hay tres momentos: la sementera, la espera y la siega. Hay que saber respetar los tiempos sin querer quemar etapas. Cuando estamos en octubre, lo que toca es sembrar y, cuando llega agosto, lo que toca es cosechar. En el entre tanto, lo que toca es saber esperar. ¿En qué momento nos encontramos ahora en la Iglesia y en el mundo? Pienso que en la sementera. Mejor:  en una segunda sementera. Por eso es tan importante ser hombres de fe y esperanza. Porque sólo siembra el labrador que confía en que –cuando toque- hará cosecha.   

SS. Trinidad (31. V. 2015) - Ciclo B

LA VIDA DE DIOS ES NUESTRA

“Id al mundo entero”

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La vida cristiana de cada uno de nosotros comenzó con estas palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y concluirá –¡Dios lo quiera!- con  estas: “Sal de este mundo, alma cristiana, en el nombre del Padre que te creó y del Hijo que te redimió y del Espíritu Santo que te santificó”. Entre estos momentos, son incontables las veces que hemos oído esos tres nombres y no menos incontables las que los hemos pronunciado. Base pensar que cuando decimos el “Gloria Patri”, rezamos así: “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”. Cuando hacemos la señal de la cruz, por ejemplo, al salir de casa cada mañana, repetimos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando renovamos las promesas bautismales en la Vigilia Pascual o al recibir el sacramento de la Confirmación, lo hacemos confesando nuestra fe en cada una de esas tres divinas Personas. Lo mismo sucede cuando vamos a misa: la comenzamos con la señal de la Cruz y la concluimos con la bendición del obispo o del sacerdote en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Más aún, toda la misa es un acto completamente trinitario. Porque en ella, por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, Jesucristo ofrece por nosotros el sacrificio redentor. Antes de consagrar el pan y el vino, el ministro pide al Padre que envíe al Espíritu Santo para que esos dones se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Al final de la gran oración eucarística o canon, el ministro dice con toda solemnidad: “Por Cristo, con él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. Cada una de las oraciones se dirige al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. Y la gracia que viene de lo alto, viene del Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.  Hoy, día de la Santísima Trinidad, es una oportunidad de oro para dar gracias a Dios por habernos introducido en su misma vida divina en el día de nuestro Bautismo, y porque nuestra vida puede convertirse, como la suya, en un acto permanente de amor.      

Domingo de Pentecostés (24. V. 2015) - Ciclo B

LA HORA DEL ESPÍRITU

“Recibid el Espíritu Santo”

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Tres palabras resumen del evangelio de hoy: presencia, misión y poder. En primer lugar, presencia del Resucitado en medio de sus discípulos, llenos de miedo e inquietud, pues piensan que el poder de los enemigos es más poderoso que la protección de Dios. Jesús lo sabe y viene con su presencia y con su paz: “Paz a vosotros”. Y les muestra su carné de identidad de Resucitado, que es la garantía de la paz: las manos y el costado traspasados. Pero el encuentro con el Resucitado es también el momento de la misión. Jesús les confía la misión que él ha recibido del Padre: “Como el Padre me envió, así también os envío yo”. En otro momento les aclarará más esta misión: “Id al mundo entero y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Misión imposible para sus capacidades y posibilidades. Pero él no pide imposibles. Por eso, les añade: “Recibid el Espíritu Santo”. Con este poder podrán llevar a cabo la misión. Y, efectivamente, armados con él, marcharon mundo adelante e hicieron discípulos de todos los pueblos. Nosotros somos parte de esta inmensa cosecha. Ahora nos toca a nosotros pasar el testigo y hacer nuevos discípulos. El evangelio de hoy nos ha trazado el camino. Ese camino arranca del encuentro personal con Jesucristo, como Persona viva y presente en medio de nosotros. Sigue con la toma de conciencia de que somos enviados por él a nuestros contemporáneos. Y concluye con la donación-recepción del Espíritu Santo. No hay otro camino, porque los cristianos no somos viajantes que anuncian y venden un producto llamado “cristianismo”. Somos testigos de alguien y de algo. Ese “alguien” es Jesucristo y ese “algo” es nuestra fe en él. Por eso necesitamos el poder del Espíritu Santo. Ya lo tenemos por el Bautismo y la Confirmación. Pero, además de ser más conscientes de ello, necesitamos creérnoslo de verdad. El de hoy es un día estupendo para caer en la cuenta de que el gran protagonista de la Iglesia, de nuestra vida y de nuestra actividad apostólica no somos nosotros sino el Espíritu Santo. ¡Ojalá no lo olvidemos nunca!    

Ascensión del Señor (17. V. 2015) - Ciclo B

AHORA NOS TOCA A NOSOTROS

“El Señor Jesús ascendió al Cielo”

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Estamos en el Monte de los Olivos, próximo a Jerusalén. Jesús está rodeado de sus discípulos. Han estado allí muchas veces, pero la de hoy tiene un sabor especial: están aquí para separarse para siempre. Jesús se va al Cielo de donde había bajado el día en que vino a las entrañas de su Madre, la Virgen María. Pero a diferencia de entonces, cuando venía para hacerse un esclavo, ahora sube como un rey victorioso. De hecho, asciende como Cabeza de una  nueva humanidad y lleva consigo el trofeo de todos los redimidos: todos los hombres y mujeres que han existido y existirán mientras el mundo sea mundo. Además, asciende dejando señalado el camino que un día recorrerán quienes se decidan a ser discípulos suyos. Le ha costado muy caro cumplir el plan de salvación que le había encomendado su Padre, pues ha tenido que entregar su vida en medio de indecibles sufrimientos. Pero hoy el Padre se siente orgulloso de él y le sienta a su derecha. “Subió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre”, confesamos cada domingo en el Credo de la Misa. Desde hoy, les toca a sus discípulos anunciar a todos los hombres esa salvación y comunicársela a través del Bautismo y la Eucaristía. Es una misión que les sobrepasa completamente, porque ellos son una isla irrelevante en medio del inmenso mar del Imperio Romano. Pero no tienen que preocuparse, porque él les equiparará con todo lo  necesario para cumplir su misión: “echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes, no les hará daño un veneno mortal, impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos”. Además, Jesús no se va del todo. No le verán sus ojos, pero permanecerá a su lado para siempre, como una madre a la que el niño pequeño no ve en la oscuridad de la noche, pero está allí vigilando su sueño. Así se explica que los discípulos “proclamaran el Evangelio en todas partes”. Y que tú y yo miremos hoy al Cielo para decirle a Jesús: haz que tengamos los pies bien anclados en la tierra, para comprometernos a fondo en la instauración de un mundo nuevo, pero fijos los ojos fijos en el Cielo, donde estás Tú que eres nuestra meta y nuestro destino.  

Domingo 6 de Pascua (10. V. 2015) - Ciclo B

UN POZO ARTESANO DE AMOR

“Permaneced en mi amor”

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Todos sabemos cómo funciona un pozo artesano. Hay un manantial que origina el agua, un tubo que la extrae al exterior y un receptor que se beneficia del agua extraída. Lo más importante es, sin duda, el manantial. Pero de poco serviría disponer de una imponente bolsa de agua si no tenemos un instrumento para sacarla a la superficie. Y de poco serviría sacar a la superficie un gran chorro de agua de primera calidad si nadie quiere aprovecharla. Manantial, tubo de extracción y algo/alguien que recoja el agua son realidades íntimamente unidas. El evangelio de este domingo lo refleja perfectamente. Hay un manantial de amor: el Padre. Hay un instrumento que lo trae a la tierra: Jesucristo. Y hay unos receptores: los sarmientos que están unidos a la vid –los bautizados- y se benefician de ella. Jesús lo dice con toda sencillez: “Como el Padre me amó, así os he amado Yo. Permaneced en mí amor”. La cadena es perfecta: el Padre genera el amor, ese amor lo recibe y trasmite el Hijo y nosotros lo hacemos nuestro y lo comunicamos a los demás. Para ello es indispensable permanecer unidos a Jesús: “Permaneced en mi amor”. Permanecer en el amor que nos trasmite Jesús es no salirse de él por el egoísmo, el pecado y cualquier comportamiento indigno de la vocación cristiana. Pero hay que entenderlo bien: permanecer en el amor de Jesús no es sólo profesarle un amor afectivo, un sentimiento superficial. Es amarle con amor efectivo, con obras concretas de amor. “Si cumplís mis mandamientos permaneceréis en mi amor”. Guardar los mandamientos: ¡esta es la clave para saber que nuestro amor es verdadero!. Guardar todos los mandamientos, pero especialmente los dos que son principales: el amor a Dios y el amor a los demás. Ahora se comprende bien lo que decía el evangelio del domingo anterior: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Si el sarmiento permanece en la vid, da fruto abundante. Si no está unido a la vid, se seca y lo cortan”. Nosotros no podemos amar a Dios y al prójimo con nuestras propias fuerzas. Sin estar unidos a Jesús por la Eucaristía y la oración, nuestro amor será una quimera.

Domingo 5 de Pascua (3.v.2015)- B

PASAR POR LA VIDA DEJANDO POSO

“Sin Mí, no podéis hacer anda”

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El evangelio de este domingo lo entenderán especialmente bien los de la Ribera. Porque habla de algo que ellos conocen  a la perfección: las viñas. Más en concreto, del fruto que deben dar las viñas, de las condiciones para lograrlo y del modo de proceder del agricultor cuando una viña no da fruto. Jesús dice que él es “la Viña verdadera” y nosotros, los sarmientos destinados a dar “fruto abundante”. Condición indispensable para ello es que estemos unidos a la Vid. Porque si un sarmiento se separa de la vid, se seca y se echa el fuego. El sarmiento se separa de la vid de dos maneras: una, si se le corta o arranca; otra, si se permanece en la vid pero sufre un percance que lo priva de su sabia. Nosotros nos separamos de la Vid de Cristo si rompemos con los compromisos bautismales y renegamos de nuestra fe. Pero también nos separamos de la Vid si cometamos un pecado grave contra Dios o contra el prójimo. En ese preciso momento, somos sarmientos “separados” de la vid, aunque externamente permanezcamos unidos a ella. Y no daremos fruto de vida cristiana. Llevaremos la etiqueta de “cristianos” pero nuestra vida no será lo que se espera de nosotros: una vida fecunda como la de Cristo. Para nuestra fortuna, si nos encontramos en esa situación de “sarmientos separados de la vid”, podemos ser reinjertados en ella por el sacramento de la Penitencia. Este sacramento nos devuelve la unión con Jesucristo. Luego viene la Eucaristía, que la robustece. Y la poda, que también la robustece. La poda son las pruebas de la vida cristiana, que son una condición necesaria para ser más fecundos. Todos los santos han tenido pruebas. Más aún, muchas pruebas. Las acogieron no sólo con resignación sino con gratitud. Porque sabían que así se unían más a Jesucristo, muerto y resucitado, y  podían más fruto de amor a Dios y al prójimo. La pregunta es ineludible: en este preciso momento, ¿estoy unido o separado de Cristo?  ¿Mi vida está cuajada de frutos o es una  vida estéril? Cuando deje este mundo, ¿habré dejado huella o habré sido un sarmiento infecundo y apto para ser arrojado fuera y quemado? 

 

Domingo 4 de Pascua (26.IV.2015) - Ciclo B

SERVIR Y APROVECHARSE

“Doy mi vida por las ovejas”

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Los que somos de pueblo y pertenecemos a una generación en la que las ovejas no se estabulaban sino que salían a pastar al campo, sabemos que entre el pastor y las ovejas se creaba una relación intensa, más allá de la pura economía. El pastor y las ovejas pasaban el día juntos, desde la salida hasta la puesta del sol, tantas veces sin más testigos que el cielo y la tierra. En esas largas jornadas, el pastor miraba continuamente a sus ovejas, las conocía una a una y llegaba a saber todo sobre cada una. Yo he visto hablar a los pastores con sus ovejas y llamarlas con un mote cariñoso, y he visto también que las ovejas distinguían la voz del pastor de todas las demás. Las ovejas podían fiarse completamente de él y dejarse guiar. No les faltaría hierba para comer, agua para beber, sombra para sestear, majadas para protegerse, rediles para pernoctar. Donde hay un buen pastor hay protección, seguridad, confianza, cuidado amoroso. Esta estampa explica maravillosamente por qué Dios se ha servido de la imagen del pastor y las ovejas para expresar su relación con la humanidad. Él cuida de los hombres, los protege, los defiende, los alimenta, los cura de sus dolencias, les trata con amor. Jesús ha llevado las cosas al límite, haciendo por las ovejas lo que no hace ningún pastor: dar la vida por ellas. “Yo soy el buen pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas. El Buen pastor no huye cuando ve venir al lobo”. ¡Qué lejos queda de esta realidad la imagen de un Dios al acecho de nuestros fallos y pecados para castigarnos sin misericordia, la de un Dios más justiciero que padre, la de un Dios despreocupado de nosotros y de nuestras cosas, la de un Dios al que temer antes que sentirse amado por él!

Los hombres y mujeres de hoy necesitamos con urgencia recuperar o adquirir esta imagen de Dios, porque es la verdadera y la única que puede movernos a aceptarle. Más aún, a amarle. Porque es una imagen atrayente, interesante, conveniente y buena para nosotros. Una imagen, además, que podemos ofertar a los demás con la ilusión y el convencimiento de que ofrecemos un buen producto. ¡El mejor producto!

Domingo 3 de Pascua (19.IV.2015) - Ciclo B

TODOS HEMOS RESUCITADO EN ÉL

“Soy Yo”

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Estamos en la tarde-noche del primer domingo de la historia. Los dos discípulos de Emaús han llegado jadeantes al Cenáculo, porque no podían reservarse el notición: “Hemos visto a Jesús Resucitado”. Antes de que ellos hablen, los otros se les adelantan: “Es verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. En estas, se hace presente el mismo Resucitado. El miedo se apodera de todos. Él pide calma: “No tengáis miedo, soy Yo”. Ellos siguen con mucho miedo y creen que es un fantasma. Él insiste: “Los fantasmas no tienen carne y huesos, como veis que tengo Yo”. Tiene que porfiar: “Aquí están mis manos y mis pies, dadme algo para comer”. Come un poco de pan. Al fin, se rinden: el cuerpo de Jesús ha resucitado y está en medio de ellos. El mismo cuerpo con el que convivieron tres años, que fue crucificado, murió y fue sepultado ha vuelto a la vida y se ha unido a su alma para nunca más volverse a separar. Esta es la verdad de la Resurrección. Jesús, en cuanto hombre, no es sólo espíritu. Es también cuerpo. La muerte los separó y la resurrección los ha vuelto a unir para no volverse a separar. Es verdad que el cuerpo ya no es como antes, porque no está sujeto a las leyes del tiempo y del espacio ni  necesita alimentarse o descansar, pues es un cuerpo glorificado. Pero sigue siendo cuerpo verdadero. ¡Hay que romper a cantar!. Porque así sucederá un día con nosotros. Gracias al Bautismo, hemos sido injertados en el Cuerpo glorioso de Jesucristo y lo que en él ya ha tenido lugar, también nos sucederá a nosotros. Además, los bautizados nos alimentamos con la Eucaristía, que es verdadera Carne resucitada. Cuando muramos, nuestro cuerpo se separará temporalmente de nuestra alma. Pero al final del mundo volverán a unirse para siempre. Esto es lo que profesamos al decir: “Creo en la resurrección de la carne”. Nuestro horizonte final no es la muerte y la nada. Quienes creemos en la Resurrección de los muertos –y si no creemos en esto, no vale la pena creer en nada- no nos morimos sino que nos dormimos y nos despertaremos al final del mundo para encontrarnos definitivamente con Jesucristo, el Resucitado.       

Domingo 2 de Pascua (12.IV.2015)- Ciclo B

¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

“Paz a vosotros”

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Estamos en el Cenáculo de Jerusalén, donde los Apóstoles se han trancado con llave, porque están muertos de miedo a los judíos. Falta Tomás. Sin que nadie abra la puerta, Jesús se hace presente y se pone en medio. Podría reprenderles con severidad, porque Pedro le negó y los demás le abandonaron. Pero no lo hace. Al contrario, les desea la paz y les llena de alegría. ¡Jesús siempre trae paz y alegría verdadera!. Luego les muestra las llagas de sus manos y de su costado y les hace este encargo: “Como el Padre me envió, así también os envío Yo”. Y, para que puedan cumplirlo, les da el Espíritu Santo: “Recibid el Espíritu Santo”. Se despide y  desaparece del mismo modo que había entrado. Ellos se quedan desbordantes de alegría y, cuando llega Tomás, les falta tiempo para espetarle: “Hemos visto al Señor”. Pero Tomás se hace el valiente: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano en su costado,  no creo”. Reclama las señas de identidad del Resucitado: la marca de sus llagas. Ocho días más tarde, tendrá la oportunidad de verlas y tocarlas, cuando Jesús vuelva al Cenáculo donde estarán todos los discípulos, incluido él. Tras el saludo, la prueba reclamada por Tomás: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás se declara vencido y realiza el acto de fe más puro y vigoroso de cuantos hay en todo el Nuevo Testamento: “Señor mío y Dios mío”. Es decir: “Tú eres el Mesías y Tú eres Dios”. Jesús se lo acepta, pero le añade: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Nosotros -tú y yo- somos parte de los que no le han visto, pero creemos en él. Por eso, no somos menos afortunados que quienes le vieron con los ojos de la cara. Porque la fe nos pone en relación más profunda con Jesús que la visión material de su Cuerpo resucitado. Debemos estar contentos, más aún, orgullosos de tener fe. Orgullosos y agradecidos. Porque la fe no es una conquista nuestra, sino un inmenso regalo de Dios. ¡Ojalá no nos avergoncemos nunca y ante nadie de creer en Jesús Resucitado!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

Domingo de Ramos (29. III. 2015) - Ciclo B

LOS RESPONSABLES DE LA MUERTE DE JESÚS

“Hosanna al Hijo de David”  

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Estamos en el monte de los Olivos, donde ha llegado Jesús para entrar como Mesías en Jerusalén. Mirando de frente, nos deslumbra el esplendor del Templo y de la Ciudad Santa. Jesús viene escoltado por un nutrido grupo de discípulos que lo aclaman y vitorean: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en lo alto del cielo”. Han comprendido que en Jesús, cabalgando a lomos de un pollino, se está cumpliendo la profecía de Zacarías: “He aquí a tu rey”. Por eso, tienden también sus vestidos sobre el suelo, cortan ramos de los árboles y alfombran el camino para que pase  su Señor. Saben que su rey cuenta con el favor de Dios. Dios le ha bendecido dándole la fuerza que necesita para llevar a cabo su obra, precisamente en Jerusalén. Jesús consiente, más aún, aprueba gozoso lo que están haciendo, mientras sigue cabalgando hacia el cumplimiento de su obra. Tiempo atrás había dicho a Pedro y a los demás apóstoles: “Subimos a Jerusalén y allí el Hijo del hombre será crucificado y al tercer día resucitará”. Lucas irá más lejos y tejerá todo su evangelio sobre un largo camino que va de Galilea a Jerusalén. Ya estamos en ella. Pero no caigamos en un falso espejismo. La gente es tan buena como manejable y manipulable. Por eso, dentro de cinco días los “vivas” se convertirán en “muera, crucifícale”. Valga en su descargo, que los “muera” de entonces no serán tan espontáneos como los “vivas” de hoy, pues habrán sido instigados y azuzados por las autoridades político-religiosas del Sanedrín. Pilatos también quedará implicado, porque su cobardía le llevará a lavarse las manos y entregar a Jesús para que le crucifiquen. Pero hay más implicados. Estamos implicados y somos responsables todos nosotros. Sí. Porque él ha muerto por nuestros pecados ¡Pobres de nosotros si nos pidiera cuenta de nuestro deicidio! Pero no lo hace. Se contenta con que escuchemos esta súplica: “Déjame verter mi sangre salvadora sobre ti, hecha perdón y esperanza”. ¿Rechacemos un amor de tantos quilates y rehuiremos confesarnos para reconciliarnos con Dios?      

Domingo 5 de Cuaresma (22.III.2015) - Ciclo B

SUFRIR Y AMAR

Si el grano de trigo no muere, queda infecundo

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Jesús se encuentra en Jerusalén. Ha venido para celebrar la Pascua. También han venido otros muchos de toda Palestina. Incluso han llegado no pocos prosélitos judíos provenientes del helenismo. Un grupo de estos, que ha oído hablar de Jesús y de sus milagros, quiere verle y se lo dicen a Felipe y Andrés, quienes se lo comunican a Jesús: “Unos griegos quieren verte”. Su respuesta es aparentemente desconcertante: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”. Lo será cuando sea elevado sobre la Cruz, es decir, cuando muera. Entonces su fuerza redentora llegará también a los griegos, es decir, a los paganos. Porque entonces se convertirá en grano de trigo que se siembra en la tierra y lo que parecía su destrucción será, en realidad, su glorificación. Si el grano de trigo no se pudre en la tierra, no se destruye. Pero se lo comen los pájaros o es convertido en harina. Caer en la tierra y morir es condición para salvar la propia vida y para dar fruto. El fruto que produce la muerte de Cristo es, en primer lugar, su vida de Resucitado. Pero es también la Iglesia, la comunidad de todos los bautizados, que nació de su costado abierto en la Cruz. Más aún, es la comunidad de los redimidos, formada por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, que han sido salvados de sus pecados por su muerte y resurrección. Para vivir hay que morir, para dar fruto hay que destruirse por amor, para resucitar hay que subir antes a la cruz. “El que no entiende dolores, no entiende amores”, dice el poeta, y el que no sabe sufrir no sabe amar, repite, sin palabras, la historia de todas las madres. El egoísta, el que sólo piensa en pasarlo bien, el que va siempre y sólo a lo suyo, al final se encontrará como la película de Balarrasa: con las manos vacías. Su vida no ha sido vida, porque no habrá dejado huella. Los genios y los santos saben mucho sobre el símil del grano de trigo que cae en tierra. Ante la ya inminente celebración de la Pascua, ¿no vale la pena preguntarse –y responder con sinceridad- si estamos dando frutos de vida humana y cristiana o si nuestra vida está llena de vacío egoísta?       

Domingo 4 de Cuaresma (15.III.2015) -Ciclo B

UN AMOR NUNCA SUPERADO

“Entregó a su Hijo único”

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El evangelio de este domingo cuarto de Cuaresma es tan importante, que si desaparecieran los cuatro los cuatro Evangelios, las Cartas y los Hechos de los Apóstoles y se salvara él, habríamos salvado de esencia de todo el Nuevo Testamento. No es una exageración. En efecto, la síntesis y el resumen del Nuevo Testamentos es lo que hoy nos trasmite san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Aquí está la quintaesencia del misterio escondido en Dios desde siempre y manifestado y realizado al enviarnos a su Hijo como Salvador y Redentor. Nadie ha quedado excluido. Al contrario, cada uno de nosotros puede decir con san Pablo, sin miedo a exagerar: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Lo  triste es que nosotros respondamos con una paradoja inexplicable. ¡Cuántos y cuántas se cierran a este amor, lo rechazan, lo menosprecian! Es un triste privilegio de nuestra libertad. Pero todavía estamos a tiempo y no es demasiado tarde para reemprender –o emprender por primera vez- el retorno al amor del Padre. Nos parecemos al hijo pródigo, que se las imaginaba muy felices lejos del amor de su padre y se encontró con la dura realidad de que se moría de hambre mientras los jornaleros de su padre comían pan hasta hartarse. No obstante, tuvo la cordura y la valentía de volver a casa. Y allí se encontró con lo que no se podía imaginar: un padre que le comía a besos, le vestía el traje de fiesta y organizaba un banquete para celebrarlo. Si él escribiera este comentario, estoy seguro de que daría por bueno el calificativo que la liturgia da a ese domingo: “Domingo de la alegría”. Pero añadiría este importante matiz: “Domingo de la alegría si te acercas al sacramento de la alegría”, que eso es el sacramento de la penitencia. Hagamos la experiencia y gustemos la paz, el consuelo y la alegría que conlleva escuchar a Jesucristo, por medio de su sacerdote: “Yo te perdono. Vete en paz y no vuelvas a pecar ¡No nos arrepentiremos!           

Domingo 3 de Cuaresma (8.III.2015) - Ciclo B

CASA DE ORACIÓN, NO PLAZA PÚBLICA

“Volcó las mesas de los cambistas”

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El Templo de Jerusalén era un inmenso recinto con dos grandes espacios: los atrios y el santuario. El santuario estaba reservado a los sacerdotes y la segunda estancia, llamada “santo de los santos”, únicamente al sumo sacerdote y una sola vez al año. Jesús ha llegado a los atrios y se ha encontrado con un verdadero mercado: animales que se venden y se compran para los sacrificios y muchas mesas para cambiar la moneda habitual a la especial con que pagar los impuestos del Templo. Podía resultar práctico tener animales y monedas a disposición para esos menesteres. Pero no todo lo práctico y rentable es justo y, por tanto, tolerable. Hay cosas que son intolerables y hay que acabar con ellas. Es lo que hace Jesús: lía un cordel para echar a los animales y con las manos y los pies vuelva las mesas de los cambistas y tira el dinero por el suelo. La acción es muy arriesgada y provoca un revuelo inmenso. Los jefes político-religiosos le piden cuentas y le exigen que diga quién le ha autorizado a hacer esto. Jesús advierte que aquello puede costarle la vida y les da una respuesta enigmática: “Destruid este santuario y yo lo reconstruiré en tres días”. Le toman por loco y le apostrofan: “¿Han tardado cuarenta y seis años en construirlo y tú lo edificas en tres días?” No entienden el sentido profundo de su respuesta. “Él hablaba de su cuerpo” –dice el evangelista-, refiriéndose a su Muerte y a su Resurrección. Efectivamente, ellos le mataron –le destruyeron- pero Él fue devuelto a la vida por el Padre. La Cuaresma es un camino que nos conduce a esa meta: la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Una meta que cuestiona a fondo nuestro modo de vivir. Porque no se trata sólo de recordar ese inmenso misterio de amor sino de vivirlo. Y para vivirlo no hay otro camino que morir al pecado: a la idolatría del dinero, del placer y del poder, al desamor y abandono de los padres, a la larga saga de la lujuria, al desprecio de la vida, bienes y fama del prójimo… Todo lo cual se destruye únicamente si nos confesamos. No nos engañemos: ser cristiano es exigente y exige mucha responsabilidad ¡Pero vale la pena vivirlo de verdad!

Domingo segundo de Cuaresma (1.III.2015) - Ciclo B

“¡ES MI  HIJO, ESCUCHADLO!”

Se trasfiguró ante ellos

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Han pasado seis días desde que Jesús anunció que iba a Jerusalén y allí sería condenado a muerte y crucificado, aunque al tercer día resucitaría de entre los muertos. Pedro no lo ha entendido. Pero, efectivamente, dentro de poco se cumplirá al pie de la letra. ¡Pobre Pedro y pobres apóstoles, cuando esto suceda! Jesús quiere poner remedio y toma a tres de ellos: a Pedro, a Santiago y a Juan y les lleva al monte Tabor. Allí va a iluminarlos el misterio de su Pasión y el de su Resurrección. Lo hará apareciendo como lo que realmente es: como Dios e Hijo de Dios. Sus vestidos se vuelven más blancos que la nieve, la luz circunda su rostro, aparecen Elías y Moisés conversando con él, el Padre deja oír su voz: “Este es mi Hijo”. Todo es tan extraordinario, que Pedro -¡siempre Pedro!- no puede menos de exclamar: “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas, una para nosotros, otra para Moisés y otra para Elías”. Sí, todo es maravilloso, divino. Jesús ha querido mostrar su gloria por anticipado para que sus apóstoles puedan superar el escándalo de la Cruz. Porque la Cruz es un misterio de sufrimiento, más aún, de terrible sufrimiento, y pueden quedar desconcertados. Para comprenderlo, necesitaban saber por anticipado que el que sufre no es un simple hombre, sino el Hijo de Dios, que se ha encarnado precisamente para ir a la Cruz y entregarse por amor hasta la muerte. También necesitaban esa luz para comprender del todo la Resurrección. Ésta no fue un acontecimiento inesperado o la mera glorificación de un hombre a quien Dios adopta como hijo. No. El Crucificado y el Resucitado es Hijo de Dios desde siempre, desde antes de la creación del mundo. No es extraño que Pedro insista tanto en su segunda carta en la Trasfiguración, pues, gracias a ella, nosotros hemos sino introducidos en el misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Ahora sólo nos queda obedecer al Padre, cuando nos dice: “Escuchadlo”. Sí. Tenemos que escuchar a Jesús. Leer su Evangelio y conocer su Persona, su doctrina y su obra. Sólo él es nuestro Salvador y el que ha dado su vida por nosotros. No los horóscopos, los echadores de cartas, los pseudomesías. 

Domingo 1 de Cuaresma (22.II. 2015) - Ciclo B

LAS TENTACIONES DEL HOMBRE DE HOY

“Fue tentado por el diablo”

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Tentación, Buena nueva, conversión. Estas tres palabras resumen el contenido del breve y enjundioso evangelio de este domingo primero de Cuaresma. Jesús ha ido al desierto a prepararse para su misión y allí es tentado. San Marcos no nos dice en qué y cómo. Le basta el hecho de la tentación y de la victoria. En cambio, no se olvida de decir quién es el tentador: Satanás. Jesús es tentado por Satanás para que se aparte de su misión de Salvador. San Mateo lo dejará patente cuando señale que Satanás le ofreció el mundo entero “si te postras y me adoras”. El demonio siempre procede igual: ofrece lo que no tiene y lo ofrece como señuelo para desviarnos de nuestra misión. Así actuó ya en el Paraíso, con nuestros primeros padres. También a ellos les ofreció el oro y el moro: “Seréis dioses” si me hacéis caso a mí y no a Dios. En aquella ocasión salió victorioso y arruinó a Adán y Eva y a todos  sus descendientes, arrebatándoles la amistad con Dios y dándoles el regalo envenenado del pecado, del sufrimiento, de las pasiones y de la muerte. Ahora, en cambio, el nuevo Adán, Cristo, le inflige una derrota en toda regla. Jesús saldrá de aquí en plenitud de forma para ir a cumplir la misión que le ha comunicado su Padre y que es la razón por la que él ha venido a la tierra: anunciar a los hombres que Dios les quiere y que es su Padre, y a entregar su vida para hacerles posible reconciliarse con Dios y abrirles las puertas del Cielo. Ellos, por su parte, deberán reconocer que están apartados de Dios, arrepentirse y emprender una vida nueva. El demonio no ha cesado de tentar a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Hoy lo hace también. Podría decirse que incluso con una virulencia especial. Tiene muy buenos y eficaces instrumentos: personas famosas escandalosas, autoridades políticas y judiciales corrompidas, programas televisivos materialistas y hedonistas, escándalos de una parte del clero, modas indignas del hombre, profesores manipuladores y negadores de la verdad… Necesitamos imitar a Jesucristo: retirarnos al desierto de la oración y huir de las ocasiones donde el demonio nos tienta y puede vencernos.     

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (15. II. 2015) - ciclo B

TODOS SOMOS LEPROSOS

“Quiero, queda limpio”

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En tiempos de Jesús la lepra era una enfermedad casi incurable. El pueblo de Israel, además, la consideraba pecado y excluía a quien la contraía de las celebraciones de culto, de su propia familia y del resto de la población, y sólo le permitía convivir con otros leprosos. Si alguien pasaba cerca, el leproso debía gritar: “Impuro, impuro”, porque si alguien le tocaba, él  mismo quedaba impuro y condenado a sufrir sus mismas exclusiones sociales y cultuales. Ser leproso era estar muerto en vida. Pues bien, un día un leproso se acerca a Jesús, se pone de rodillas y le dice con toda sencillez: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús no se enfada con él, porque ha osado quebrantar lo prescrito por la Ley. Tampoco le riñe porque ha tenido el atrevimiento de acercarse y pedirle la curación. Más aún, realiza un gesto impresionante e impensable: “Le toca con su mano” y le dice: “Quiero, queda limpio. Y se curó”. Jesús no tiene miedo a quedar manchado. Y, de hecho, no sólo no queda manchado por la impureza de la lepra sino que limpia al leproso. El influjo no va del leproso a Jesús sino de Jesús al leproso. La pureza de Jesús se revela “contagiosa” de un modo muy positivo: el contacto con él purifica al leproso, le comunica su pureza. Hoy nadie considera que la lepra o la enfermedad sea pecado o una impureza religiosa. A veces, un enfermo puede estar mucho más cerca de Dios que los sanos. Sin embargo, esto no obsta para que la lepra haya sido considerada tradicionalmente en la Iglesia como  imagen del pecado. Éste sí que es una verdadera lepra, pues nos hace impuros, manchados, ante Dios. Por eso, tenemos necesidad de ser purificados y debemos dirigir al Señor esta oración: “Si quieres, puedes limpiarme”. En el sacramento de la Penitencia Jesús nos dice como al leproso: “Queda limpio”.Y quedamos limpios y readmitidos de pleno derecho en la comunidad cristiana. Jesús no siente asco por nuestros pecados. Siente lástima y compasión. ¿Por qué sentir nosotros asco de confesar esos pecados y quedar limpios y perdonados?             

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (8. II. 2015) - Ciclo B

TRABAJO, ORACIÓN, APOSTOLADO

“Recorría toda Galilea predicando”

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Seguimos en Cafarnaún. Jesús acaba de salir de la sinagoga, donde ha leído y explicado unos pasajes del Antiguo Testamento y echado al demonio de una persona. Va a la casa de Pedro y se encuentra con que la suegra está gravemente enferma. La cura. Corre la noticia del milagro como un reguero de pólvora y el pueblo en masa viene con sus enfermos. Él les cura a todos. Cuando ha terminado es noche cerrada. Va a descansar, pero muy de mañana –antes de que se haga de día- se retira a un lugar solitario a rezar. Pasa allí largo tiempo. Pedro viene en su busca, porque todo el mundo le espera. Pero él le dice: hay que ir a los pueblos vecinos para anunciar el evangelio. Y termina san Marcos con estas palabras: “Recorrió toda Galilea, predicando el evangelio del Reino y curando a los enfermos”. Nunca pagaremos a este evangelista que nos haya relatado una jornada de Jesús. Gracias a él sabemos que Jesús cada día de su vida pública hizo lo mismo que hoy: curar sin cesar a los enfermos, rezar de modo prolongado y filial a su Padre, predicar incansablemente el Evangelio. Este debe ser el esquema de nuestra vida: atención a los necesitados, oración asidua y anuncio del evangelio a quienes se entrecruzan en nuestro camino. La atención a los enfermos: visita, ayuda, consuelo, esperanza… es tan importante para Jesús, que el día del juicio definitivo nos acogerá o rechazará si le hemos visitado o no cuando estaba enfermo en uno de nuestros hermanos. La oración es el aliento vital del cristiano. Jesús nos enseña que se puede orar en todas las circunstancias y que escudarnos en que tenemos mucho trabajo es sólo una excusa que delata nuestro desamor. San Marcos nos muestra que Jesús es no sólo un trabajador incansable sino un gran orante. ¡Pobre del cristiano que sólo sabe trabajar! Y junto al trabajo y la oración, el anuncio del Evangelio: los padres a los hijos, los sacerdotes a sus fieles, los amigos a los amigos, los profesores a sus alumnos. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!, decía san Pablo y debemos decir todos y cada uno de nosotros. ¿Lo anunciamos? ¿Atendemos a los necesitados? ¿Somos rezadores?           

Domingo 4 del Tiempo Ordinario ( 1. II. 2015) - Ciclo B

PODEROSO EN PALABRAS Y OBRAS

“Cállate, y sal de él”

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Estamos en la Sinagoga de Cafarnaún, ciudad que Jesús ha elegido ya como centro de sus correrías apostólicas. Hay mucha gente, porque es sábado y, por tanto, el día por antonomasia para escuchar la lectura y explicación de la Palabra de Dios. El jefe de la sinagoga le ha dicho que puede comenzar a hablar. Comienza su predicación. Lo hace de modo brillante y, además, “con autoridad”. Él  no recurre, como hacen siempre los rabinos, al “Moisés dijo”, o “dijo X” (otro rabino anterior de fama). Él habla en nombre propio. San Mateo nos descubrirá en  qué consistía ese hablar “con autoridad”. “Oísteis que se dijo…Pero Yo os digo”. Se sitúa por encima de la Ley y del sábado. Sólo Dios puede hacerlo. ¡Es que él es Dios! Prueba de ello es que hay allí uno con un “espíritu inmundo” que se ha puesto nervioso tan pronto le ha visto entrar. Y, tras oírle, ha comenzado a gritar: “¿Has venido a acabar con nosotros?”. Efectivamente, Jesús ha venido a derrotar a ese “espíritu inmundo” y a todos los espíritus que esclavizan al hombre. Por eso, le impera: “Cállate,  y sal de él”. Y el espíritu sale de él “dando grandes voces”. Ya tenemos la síntesis de lo que será la historia de los hombres desde entonces hasta hoy y hasta el fin del mundo. Jesús ha venido a anunciar al hombre la Buena Noticia de que Dios le quiere y a librarle de todos los “espíritus inmundos”: la  idolatría, la superstición, la magia, el pecado en toda su amplia gama. Ante este comportamiento, unos le escuchan con complacencia, acogen su enseñanza y se hacen discípulos suyos. Otros se enfadan y asumen una lucha -sorda o abierta, pero siempre enconada-, contra su Persona y su enseñanza. No sólo son los ateos de profesión y mala fe. Ahora hay muchos efectivos en los medios de comunicación social: la TV, la radio, la prensa, la novela, la canción, etc. “Gritan” contra Jesús, se burlan de su enseñanza y de sus discípulos, se declaran enemigos suyos. Pero Jesús no les considera enemigos. También a ellos quiere librarles de la esclavitud de la moda, de lo políticamente correcto, del mal moral. ¿En qué bando nos situamos tú y  yo?