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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 3 del Tiempo ordinario (25. I. 2015) - Ciclo B

PERCADOR DE HOMBRES

“Venid conmigo”

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Estamos en la parte norte del lago de Genesaret. Hay muchos pescadores. Dos hermanos están echando la red para pescar. Se llaman Pedro y Andrés. Un poco más adelante, otros dos hermanos, Juan y Santiago, arreglan los desperfectos que han sufrido las redes en la faena anterior. Jesús pasa por delante de ambas parejas y les dice: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Ellos no lo dudan un segundo e “inmediatamente” dejan las redes y las barcas y se van con él. Desde hoy vivirán con Jesús día y noche, serán testigos de sus milagros y de su enseñanza, conocerán sus intimidades y serán  testigos de su muerte y resurrección. Cuando llegue el momento de separarse físicamente, en el momento de su Ascensión al Cielo, Jesús les hará “pescadores de hombres”, dándoles este encargo y esta misión: “Id al mundo entero y haced discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y ellos fueron y ¡vaya redadas de peces humanos que hicieron! Nosotros somos la última. Gracias a ellos, Jesús se ha hecho presente en nuestra vida y nos ha dicho: “Venid conmigo y también a vosotros os haré pescadores de hombres”. Nos lo dijo el día de nuestro bautismo. Pero el “vente conmigo” no ha supuesto para nosotros –salvo raras excepciones: los sacerdotes y religiosos, por ejemplo- sacarnos de nuestra tarea. Todo lo contrario: quiere que le pesquemos hombres, permaneciendo ahí. Una madre pescará a sus hijos, enseñándoles, como buena madre, a rezar y a descubrir a Dios en su vida; un profesor, investigando y difundiendo la verdad entre sus alumnos; un empresario, siendo un dechado de solidaridad, justicia y promoción para sus empleados; un médico, curando con competencia y tratando a sus enfermos con suma delicadeza; una novia, invitando a su novio a confesar y a ir a misa; un estudiante, yendo con  un compañero a los barrios extremos de su ciudad a ayudar a los necesitados y, si es posible, enseñarles el catecismo. Jesús pasa hoy junto a ti y junto a mí y nos dice: “¿Estás pescando hombres, estás haciendo discípulos míos?”    

Bautismo del Señor (11.I. 2015) - Ciclo B

¿QUÉ DÍA TE BAUTIZARON?

“Y Juan le bautizó”

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Hoy es el Bautismo de Jesús. Con él concluimos el tiempo de Navidad. Es un misterio que Jesús quisiese bautizarse, porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo, dado que  no tenía pecado. Pero sabía que, para llevar a cabo su misión, debía colocarse entre los pecadores, hacerse solidario con ellos. Porque había venido no sólo para estar con nosotros sino para compartir nuestra suerte y transformarla –gracias a su solidaridad- en camino de salvación. Su primera gran solidaridad tuvo lugar en su Encarnación, el Bautismo es la segunda, y su muerte, la cumbre de todas. El Bautismo de Juan es,  pues, un preludio del Bautismo de su pasión. Fue ahí donde su solidaridad con nosotros llegó al punto de morir haciéndose “pecado”, como dirá con frase fuerte y precisa san Pablo. Su pasión dio a Jesús la capacidad para comunicar a los hombres el Espíritu que nos purifica y nos santifica, otorgándonos el perdón de nuestros pecados y uniéndonos a Dios. El Bautismo, administrado en su nombre, es el medio con el que los hombres recibimos ese Espíritu que nos purifica y nos santifica. Por eso, la fiesta del Bautismo de Jesús es la gran ocasión anual de recordar nuestro Bautismo. Mucha gente piensa que el Bautismo nos agrega a la Iglesia como una realidad humana. Nada de extraño que luego vengan los abandonos y deserciones y el darse de baja en los registros parroquiales. Pero el Bautismo es muchísimo más: es entrar en una relación estable con Dios Padre como hijos; con Jesús, como miembros de su cuerpo; con el Espíritu Santo, como templo suyo. Por eso, al niño se le bautiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y no en el nombre de papá, del obispo o del sacerdote. ¡Qué agradecidos hemos de estar a nuestros padres, por habernos llevado de pequeñines a bautizar! De todos modos, los niños en edad escolar y los adultos que no están bautizados y lo deseen, tienen posibilidad de hacerlo. Basta que pregunten a un sacerdote o llamen a este teléfono: 650.284.658 para que les informen. Todos sabemos el día de nuestro nacimiento. ¿Sabemos el de nuestro nuevo nacimiento, el Bautismo?            

Domingo 2 de Navidad (4.I.2015) - Ciclo B

JESUCRISTO, “PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD”

“EL Verbo era Dios”

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Hoy leemos de nuevo el evangelio el Prólogo del evangelio de san Juan, del que san Agustín decía que “debería escribirse en letras de oro y ser expuesto en todas las iglesias y lugares de culto”. Hay en él unas palabras que son como un sol que lo ilumina todo: “El Verbo era Dios”. Semejante afirmación confiere valor absoluto y universal a todo lo que sigue. Precisamente, porque se trata de Dios, lo que afirma se aplica a todos los hombres de todos los tiempos. Jesús, como Verbo que se ha hecho carne, “es la Luz verdadera que alumbra a todo hombre”. Es el único mediador. El mundo entero le pertenece, porque “ha sido hecho por él”. Nada ni nadie puede quedar al margen de esta Luz. San Juan lo compuso en un ambiente religioso dominado por el sincretismo y la multiplicación de cultos y caminos de salvación. Frente a ellos, hizo esta afirmación inaudita: no hay muchos caminos para llegar a Dios sino que todos los caminos han de converger en Cristo, porque de él parte el único que camino que conduce al Padre: “A Dios nadie lo ha visto; el Hijo, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer”. Esta propuesta fue “contestada” en la antigüedad y vuelve a serlo hoy. Decía, por ejemplo, Aurelio Símaco: “A un misterio tan grande (el de Dios) no se puede llegar por un solo camino”. Pero san Agustín respondía ya: “Es verdad que no se puede llegar a la verdad por un solo camino, a no ser que la verdad se convierta ella misma en camino. Y es lo que ha ocurrido cuando el Verbo se hizo carne. Él que era, en cuanto Dios, la verdad y la vida, ahora, en cuanto hombre, es también el camino”. El Prólogo nos da, pues, una visión grandiosa y sumamente útil para orientarnos en el contexto actual de diálogo interreligioso. Jesucristo es para todos y es de todos los hombres. Él es, en el sentido más radical y fuerte, el verdadero “patrimonio de la humanidad”. Ahora somos los hombres, tú y yo, quienes hemos de acogerlo por la fe y el bautismo. Sería tremendo que volviera a repetirse el “vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”. Es mucho más sensato recibirle y convertirnos en “hijos de Dios”.           

Sagrada Familia (28.XII.2014) - Ciclo B

DIOS NACIÓ Y CRECIÓ EN UNA FAMILIA

“El Niño iba creciendo y robusteciéndose” 

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Hoy es la Sagrada Familia. Una fiesta que el Beato Pablo VI quiso instituir en la Iglesia de nuestros días para que sirviera de espejo en el que se miraran las familias cristianas y copiaran sus virtudes domésticas. Ciertamente, la realidad de la sociedad actual es muy distinta de la que le tocó  vivir a la Sagrada Familia. Baste pensar que en aquel momento la cultura era rural y pastoril, no existía la luz eléctrica y ninguno de los artilugios que hoy nos parecen  indispensables: la televisión, el móvil, el ordenador, etc. Pero el núcleo de la familia permanece inmutable: un hombre y una mujer que se han unido en matrimonio y unos hijos que nacen de él con la misma sencillez y naturalidad que brotan las flores en los rosales y las peras en los perales. A pesar de todos los avances, los hijos siguen naciendo con la misma precariedad de entonces y necesitados de los mismos cuidados educativos y del apoyo incondicional de sus padres. Por eso, es clave que los padres contemplen la vida de José y María en Nazaret y que los hijos imiten el comportamiento de Jesús. Volviendo los unos y los otros al hogar de la Sagrada Familia descubrirán una familia que ha situado a Dios en el centro de su vida y es profundamente creyente, una familia en la que los padres trabajan muchas horas todos los días para hacer frente a las necesidades de la vida, una familia en la que cada uno realiza el papel que le corresponde: José y María dirigen la casa y Jesús, mientras no sale a predicar, les obedece, una familia en la que los padres no avasallan la libertad de Jesús ni se oponen a que desarrolle su vocación, una familia sencilla y trabajadora como la inmensa mayoría de las familias del mundo, una familia pobre pero honrada. El evangelio nos presenta a Jesús que es llevado por sus padres al Templo de Jerusalén cuando tiene unos pocos días, para realizar lo que exigía la Ley de Moisés y a Jesús que va creciendo en años y experiencia en el seno de su familia. Así de sencillo y así de sublime. ¡Cuánto hay que aprender de ese bendito hogar! 

Domingo 4 de Adviento (21. XII. 2014) - Ciclo B

COLABORADORES DE LOS PLANES DE DIOS

“Aquí está la esclava del Señor”

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Estamos en el domingo que precede a la Navidad. El hecho de leer el Evangelio de la Anunciación evidencia que Liturgia no se preocupa de la cronología, porque es claro que la Anunciación no tuvo lugar algunos días antes de Navidad. A la liturgia le interesa ilustrar el misterio de Navidad y este evangelio es indispensable para acoger bien tal misterio. El profeta Natán había profetizado a David que de él nacería el Rey-Mesías, el cual sería el soberano ideal y su reino duraría para siempre. El ángel anuncia hoy a nuestra Señora que esta profecía está a punto de cumplirse. El Hijo de María será el sucesor de David: “El Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. Tras haber escuchado este mensaje, María pregunta: “¿Cómo sucederá esto, pues yo no conozco –no puedo tener relaciones sexuales- varón?”. La respuesta del ángel le revela que su  Hijo no tendrá un padre biológico, sino que será concebido por obra del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será Hijo de Dios”. Se trata de algo maravilloso, de algo que cambiará toda nuestra existencia humana y toda la existencia del mundo. María responde con brevedad, humildad y plena adhesión a los planes de Dios: “Aquí está la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra”. Es la misma respuesta que dará el Hijo al hacer su entrada en este mundo: “Aquí estoy, Padre, vengo a hacer tu voluntad”. María sigue la senda de la humildad. No habla de gloria ni busca ser exaltada. Al mismo tiempo es consciente de que depende de ella el proyecto de Dios, que ella puede ser obstáculo o ayuda a este proyecto. Al aceptar el plan de Dios se muestra como la colaboradora perfecta de Dios. ¡Ojalá que cada uno de nosotros respondamos a la vocación que Dios nos ha dado –en el matrimonio o en el celibato apostólico- con la misma disponibilidad que María, conscientes de que Dios quiere contar con nosotros para realizar sus proyectos y podemos ayudarle o estorbarle!  

Domingo 3 de Adviento (14.XII.2014) - Ciclo B

UN TESTIGO DE VERDAD

“¿Tú quién eres?”

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Estamos en las orillas del Jordán, cerca de Betania. Juan se harta de bautizar a la gente que viene a escucharle y acoge su llamada a cambiar de vida. Hoy ha venido un grupo de sacerdotes y levitas de Jerusalén. Han sido comisionados por las altas autoridades del Templo para indagar quién es este personaje. Sospechan que puede ser el tan esperado Mesías. Y, sin andar en rodeos, le espetan: “¿Tú, quién eres?” Él contesta con sencillez  claridad: “Yo no soy el Mesías”, ni “Elías” ni “el profeta”. Los enviados le instan: Entonces, “¿quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado?” Juan responde con inmensa humildad: “Yo soy la voz del que grita en el desierto: allanad el camino al Señor, como dice el profeta Isaías”. Ellos insisten: “Por qué bautizas, si no eres el Mesías ni Elías ni el Profeta?”. Juan sigue dictando una gran conferencia existencial de humildad: “Yo bautizo en agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis, viene detrás de mí y yo no soy digno ni de desatarle la correa de la sandalia”. Este es Juan, el hombre más grande de cuantos le han precedido, pero que no ha perdido la cabeza por la soberbia y confiesa la verdad de lo que es: “Una voz” que anuncia la llegada del Mesías y la necesidad de prepararse para recibirle. Toda su misión se resume en ser voz que invita a preparar el camino al Señor. Cada cristiano es esa “voz” allí donde vive: el padre para sus hijos, el profesor para sus alumnos, el empleado para sus clientes, el político para quienes representa, el sacerdote para los fieles que tiene encomendados. “Todos los cristianos –ha recordado el Vaticano II (LG 11)- donde quiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron por el Bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la Confirmación, de tal modo que, cuantos vean sus buenas obras, perciban con mayor plenitud el sentido de la vida humana” (LG 11). ¿Qué pasaría en el mundo si cada cristiano fuese, de verdad, un altavoz de Cristo y de su Bautismo?           

Domingo 2 de Adviento (7.XII.2014) - Ciclo B

PREPARAR EL CAMINO AL SEÑOR

“Viene uno que puede más que yo”

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Hacía siglos que lo había gritado Isaías desde la atalaya del futuro: “Vendrá el Señor”. Hoy, Juan el Bautista lo confirma desde la cátedra del presente: “Está llegando, preparadle el camino, allanad sus senderos”, como hacéis siempre que viene un personaje a vuestra tierra. Pero el pico y la pala que Juan pide son muy distintos a los que se manejan de ordinario. Porque hay que “elevar los valles” y “rebajar los montes y colinas” del espíritu. Los “valles” son los vacíos en nuestros comportamientos con Dios, todos nuestros pecados de omisión. Los “montes y colinas” son nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra prepotencia. Los vacíos se llenan, sobre todo, con oración. La soberbia, el orgullo y la prepotencia se abajan con mansedumbre y humildad. Pero Juan pide más. Pìde confesar esos pecados de omisión y comisión y bautizarse. El retorno a Dios, el reordenamientos de nuestras relaciones con él desemboca en la confesión de los pecados y en el bautismo. Juan quiere prepararnos a un encuentro personal con Dios, quiere llevarnos a uno que “es más fuerte” que él, que es el “señor” al que no es digno de “desatarle la correa de la sandalia” -aunque sea el más humilde servicio de un esclavo-, que no bautizará en agua como hace él, sino que bautizará “con Espíritu Santo”. Nosotros tenemos que escuchar a Juan. Porque no podemos encontrar al Señor si no reconocemos nuestros pecados, si no reordenamos nuestra vida y si no le pedimos perdón. Dios no se cansa de perdonar. Pero hay que pedirle perdón. Dios lo perdona todo y lo perdona siempre, pero hay que confesarse. Hay que  confesarse  incluso si comulgamos con mucha frecuencia. Lo recordaba hace unos días Benedicto XVI, refiriéndose a la comunión frecuente de muchos: “Considero –decía- que la advertencia de san Pablo a autoexaminarse y a la reflexión sobre el hecho de que se trata del Cuerpo del Señor, debería tomarse de nuevo en serio: pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo”. Preparemos, por tanto, la venida del Señor con una buena confesión y unas buenas comuniones.   

Domingo 1 de adviento (30.XI.2014) - Ciclo B

NI MIEDO NI IRRESPONSABILIDAD

“¡Vigilad, estad preparados!”

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El gran campeón Indurain dijo en una ocasión que él pensaba en los Campos Elíseos desde que subía a la bicicleta en la primera etapa de la vuelta a Francia y que todas las etapas las corría pensando en aquel momento y organizándolas para ese objetivo. Me parece que es una buena imagen para iniciar el Año nuevo de la Iglesia que comienza hoy, primer domingo de Adviento. De hecho, el evangelio de este día nos sitúa en el final de nuestra vida, invitándonos a hacer durante este año lo que hacía Indurain cada vez que corría la vuelta a Francia. Y el consejo que nos da es éste: “Vigilad”. “Vigila” el que no está dormido, sino despierto. Pero “vigila” también “el que está atento para no ser sorprendido”. Este es el sentido que le da el evangelio de hoy: estar preparados para que el fin de nuestra vida no nos sorprenda. ¿Quién no será sorprendido? Cuando leo los accidentes de ejecutivos y de jóvenes que pierden la vida después de una noche de fiesta y/o de juerga, no puedo menos de preguntarme: ¿te gustaría tener un final semejante? Después me hago esta reflexión: si tuviera que elegir morirme después de una vigilia de fiesta o después de una vigilia de oración, de cuidado de un enfermo o del turno nocturno en una fábrica, no tendría la menor dificultad en elegir lo que harías tú, que me estás leyendo. Ni yo ni nadie tendremos la posibilidad de elegir el momento y el modo de acabar esta vida. Porque no somos dueños sino administradores de ella. Dios nos dará una toquecito en la espalda para decirnos “cierra el libro de tu vida” en el momento que él nos tiene asignado. ¿Era Induarain un preocupón desmedido al pensar y planificar la meta final tan pronto como comenzaba a correr o era, más bien, una persona con cabeza, que sabía lo que quería y lo que debía hacer si quería entrar el primero en los Campos Elíseos? Palafox dejó escrito un pensamiento que está copiado en la fachada de una iglesia de la sierra soriana: “Quien sin Dios vivir quiere, sin Dios vive y sin Dios muere”. ¿Es esto estar preparado? ¿Es esto vivir con responsabilidad?    

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (23. XI. 2014) - Ciclo A

JUZGARÁ A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

“Venid al reino que os tenía preparado”

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En una ocasión, un famoso novelista visitó un centro donde la madre Teresa de Calcuta prestaba sus servicios. Tras pasar revista a tanta miseria y comprobar los desvelos de la madre hacia aquellos desgraciados, exclamó: -Yo no haría esto por todo el dinero del mundo. La buena religiosa contestó: - Yo tampoco. Extrañado por esta respuesta, replicó: - Entonces, ¿por quién lo hace usted? Ella contestó: - Por Jesús. Lo hago por Jesús. Me ha venido a la mente esta anécdota, porque el evangelio de este domingo no puede ser más claro: cuando llegue el momento del juicio definitivo de las personas, de las instituciones y de los estados, Jesucristo emitirá una sentencia inapelable, que no podrá revocar ningún tribunal ni ningún poderoso de este mundo. Porque es el Juez supremo de vivos y muertos. En ese momento, cuando separe la paja del grano, el bien del mal, lo verdadero de lo falso, las realidades de las apariencias, lo justo de lo injusto, Jesús juzgará según este criterio: “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”. El criterio de valor para oír “venid benditos de mi Padre a poseer el reino que os tenía preparado desde toda la eternidad” o “id malditos al fuego eterno preparado para el demonio y sus secuaces”, no serán los títulos académicos que hemos alcanzado, los cargos políticos o sociales que hemos desempeñado, las cuentas bancarias que hemos acrecentado, los negocios que hemos creado, las juergas que hemos vivido. El criterio será este: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve enfermo y en la cárcel y me visitaste”, o “me viste hambriento, sediento, enfermo, encarcelado… y no te preocupaste de ayudarme”. La madre Teresa lo había aprendido bien. Por eso, su respuesta era tan clara y tan segura: “Lo hago por Jesús”. El pobre material, espiritual o moral no tiene ningún título para identificarse con Jesús. Es Jesús quien se ha querido identificar con él. ¡Qué distinto sería el mundo y qué distinta sería nuestra vida –la de todos, sin excepción- si tuviéramos presente el dicho del místico castellano: “en la tarde de la vida serás juzgado del amor”! 

Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán (9.XI.2014)

¡RECUPEREMOS LA SACRALIDAD DE LAS IGLESIAS!

“Mi casa es casa de oración”

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Este domingo celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán. En la fachada de entrada hay una lápida con esta inscripción: “Madre y Cabeza de todas las iglesias”. Es así porque es la catedral del Papa. La fiesta de hoy nos remite, por tanto, a la Sede de Pedro y quiere celebrar nuestra unión con el Papa y con todas las comunidades diseminadas por el mundo. ¿Por qué los cristianos damos tanta importancia a ese y a   los demás templos, siendo así que Jesús dijo a la Samaritana que la cuestión no era si había que adorar a Dios en Jerusalén, como decían los judíos, o en el monte Garizín, como pensaban los samaritanos, y san Pablo dice que los cristianos somos “templos de Dios”? ¿Por qué ir a la iglesia cada domingo? La respuesta es esta: porque Jesucristo ha venido para formar un pueblo, una comunidad de personas en comunión con él y entre sí. Esta realidad es invisible y universal, y el templo sagrado la hace visible y la manifiesta. Es su signo. La iglesia es, por tanto, el lugar privilegiado donde nos encontramos con Dios precisamente porque es lugar el donde se realiza y hace visible la comunidad cristiana. Es el lugar privilegiado para encontrarnos con Dios porque es ahí donde resuena la Palabra de Cristo y donde se celebra la Eucaristía. Muchos han encontrado a Cristo entrando en una iglesia. Es el caso de Paul Claudel que encontró la fe durante la celebración de unas vísperas, y el de André Frossard que la encontró en el silencio del tabernáculo. Por eso, es indispensable restituir a nuestras iglesias el clima de respeto y compostura que les corresponde. Digo “restituir, recuperar”, porque tantas veces se parecen mucho a una plaza pública donde se charla y cada uno se exhibe ante los demás. Toda palabra inútil y en alta voz, especialmente durante las celebraciones, es una falta de respeto al lugar sagrado. Toda vestimenta indecorosa lo es aún más. ¿No se guarda un silencio profundo y se viste con etiqueta cuando se asiste a una Ópera? Pues en la iglesia se canta una opera divina de adoración y alabanza infinita. Que eso es la Eucaristía.           

Solemnidad de Todos los Fieles difuntos (2. XI.2014) - Ciclo A

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN?      

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Alguien ha dicho que en la vida todo arranca del instinto sexual. Incluso el arte y la religión. Sin embargo, más fuerte que el instinto sexual es el de supervivencia. Lo que primero y de modo más radical rechazamos todos es la muerte. Es la mejor prueba de que no estamos hechos para la muerte y que es imposible que ella tenga la última palabra. Sin embargo, como no podemos evitarla, tratamos de olvidarla o nos acogemos a mil subterfugios para camuflarla. La fama, por ejemplo, es uno de ellos. Hay quien trata de   impedir que se borre su memoria, por ejemplo, con una novela genial, una película inmortal, una canción, donando su fortuna a una obra benéfica, entregando la vida en favor de una comunidad o de un pueblo. Hoy está muy difundido el recurso a la reencarnación. Según ella, después de la muerte reaparecemos en otro hombre o en otra mujer o incluso en un animal. Pasado un tiempo, volvemos a morir y a reencarnarnos de nuevo. Y así en una cadena que no tiene fin. Bien pensadas las cosas, la reencarnación no es un suplemento de vida sino de sufrimiento. Porque esa reencarnación ininterrumpida se realiza para expiar el mal: “Ya que te portas mal, tienes que reencarnarte para expiarlo”. El cristianismo tiene una oferta mucho más atrayente para superar el problema de la muerte. Proclama que ésta entró en el mundo “por envidia del demonio” y “a causa de del pecado”. Pero confiesa que  Jesucristo venció al demonio y al pecado y triunfó de la muerte. “Muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”, canta en su liturgia. Más aún, hizo posible que nosotros podamos vencer a la muerte. ¿Cómo? Resucitando al final de los tiempos. Frente a un mundo que ofrece sexo, droga, alcohol, disfrutar a tope pero que, al final, tiene que arrodillarse ante la muerte y ser pisoteado por la nada, el cristianismo ofreció y ofrece la resurrección. Morir, sí, pero resucitar para nunca más morir. A cambio de una vida de entrega a Dios y a los demás, que comporta, ciertamente, sacrificio y renuncia, nos ofrece recuperar la vida después de la muerte y ser eternamente felices en el Cielo. ¿Hay quien dé más?

Domingo 30 del Tiempo ordinario (26. X. 2014) -Ciclo A

DIJOS Y LOS DEMÁS EN EL CENTRO

“El primero es… amarás al Señor”

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613 eran los preceptos y prohibiciones que los escribas habían sacado de la Ley de Moisés. Era lógico, por tanto, que una persona recta, viendo las sabias respuestas de Jesús, se acercase para preguntarle: “¿Cuál es el primer mandamiento?” La respuesta de Jesús fue, como siempre, clara y contundente: “El primer mandamiento es este: amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con  toda el alma y con todas tus fuerzas”. Y añadió: “El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Primero, Dios. Luego –pero sin solución de continuidad- el hombre, nuestro prójimo. ¡Qué sociedad tan diferente tendríamos si gobernantes y gobernados, periodistas y televidentes, sindicalistas y políticos, banqueros e hipotecados, maestros y discípulos, sacerdotes y seglares, padres e hijos pusiéramos a Dios y al prójimo en el centro de nuestros objetivos y actividades. Desaparecería la corrupción, porque el amor impide robar a nadie (7º mandamiento); el aborto y la eutanasia, porque el amor no permite quitar la vida no nacida o terminal (5º mandamiento); el desamor de hijos a padres y la infidelidad de los esposos (4º y 9º mandamientos), porque el amor exige renunciar al propio egoísmo y darse generosamente a los demás. Desaparecería la explotación sexual de la mujer y de los niños (6º mandamiento), el odio (5º mandamiento) y la maledicencia y la calumnia (8º mandamiento). Dejaríamos de escandalizar con nuestras blasfemias (2º mandamiento), se llenarían las misas de los domingos con novios y matrimonios jóvenes. Porque el amor no es algo etéreo, sentimental o subjetivo, sino que está hecho de realidades concretas. Dios nos ha trazado diez carreteras que nos conducen a la gran autopista del amor a él y al prójimo. Son los Diez mandamientos. Los 3 primeros, miran directamente a Dios; los  otros 7, al prójimo. Haríamos muy bien en aprenderlos, pues si no los conocemos ¿cómo los viviremos? Y si no los vivimos, ¿cómo cambiaremos esta sociedad podrida y cómo superaremos el egoísmo e individualismo que nos corroen?                    

Domingo 29 del Tiempo ordinario (19.X.2014) - Ciclo A

¿EL ESTADO PUEDE HACER Y DESHACER?

“Dad al César lo que es del César”

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En tiempos de Jesucristo Israel era una nación invadida por los romanos. Pagar-cobrar impuestos era, por tanto, una cuestión importante tanto para los dominadores como para los dominados. Los primeros querían recaudar lo más posible y los segundos libertarse de una carga que consideraban injusta y opresora. Pronunciarse a favor de pagar impuestos era enemistarse con el pueblo; pronunciarse en sentido contrario era declararse en rebeldía contra la autoridad y exponerse a represalias. La pregunta que hoy formulan los fariseos a Jesús para “cazarle” no puede ser más artera: “¿Hay que pagar o no hay que pagar los impuestos?” Jesús no la esquiva pero da una respuesta que la trasciende, pues ha servido –y sirve- para deslindar el campo que corresponde al Estado y el que corresponde a la religión según los planes de Dios: “Dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios”. El Estado tiene un ámbito propio y la religión tiene el suyo. Ni el Estado puede invadir el de la religión ni la religión puede invadir el del Estado. ¡Esta es la voluntad de Dios! Sin embargo, en la práctica la tentación permanente ha sido que el Estado se crea dios y con autoridad para hacer y deshacer según su criterio y que la religión quiera mangonear la política de los pueblos. El creyente es ciudadano de un Estado y, a la vez, miembro de una comunidad religiosa. Su comportamiento ha de tener siempre en cuenta la respuesta de Cristo: pagar impuestos cuando hay que pagar impuestos y parar los pies al Estado cuando éste invade un terreno que no es suyo. Es decir, colaborar lealmente cuando hay que colaborar y oponerse tenazmente cuando el Estado invada campos prohibidos. Los Estados modernos tienden a creerse dios. Por ejemplo, legislan qué es bueno o malo, si este niño o este anciano tienen o no derecho a vivir, qué hay que enseñar a los niños aunque sus padres se opongan a ello y un largo etcétera. El creyente no un ácrata ni un rebelde sistemático. Pero tampoco alguien que no rechista nunca o mira para otra parte. Difícil equilibrio. Pero imprescindible.

Domingo 28 del Tiempo ordinario (12.X.2014) - Ciclo A

LIBRES SÍ, PERO RESPONSABLES

Echadlo fuera, a las tinieblas”

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El evangelio de este domingo es una fotocopia del anterior. Los dos tienen la misma estructura y el mismo contenido. La única variante es que allí la parábola se presentaba en forma de unos viñadores y hoy se presenta en forma de un banquete. Pero tanto entonces como ahora, la cuestión de fondo es la misma: que el hombre es libre para aceptar o rechazar a Dios, pero no lo es para las consecuencias de esa elección. Puede pagar o no pagar la renta de la viña arrendada. Puede ir o  no al banquete de bodas. Pero, si no paga la renta o rechaza la invitación, tiene que pechar con las consecuencias. Porque las consecuencias no las elige el hombre sino que las determina Dios. De hecho, los viñadores pérfidos que mataron a los enviados del dueño fueron castigados con toda severidad; y los invitados que rechazaron ir a la boda fueron sustituidos por otros. Mientras dura la vida, Dios es el que llama y el hombre el que responde sí o no. Al final, será Dios el que actúe y dé la sentencia definitiva. Ahora está muy de moda apelar a la misericordia divina, confundiendo esa maravillosa prerrogativa con la indiferencia de Dios ante el bien y el mal. Dios, ciertamente, no obliga a nadie a acoger la salvación que ofrece y así vivir un día con él en el cielo. Pero Dios no reacciona –no puede hacerlo- del mismo modo si se acepta la invitación al banquete que si se rechaza. La parábola de hoy, por tanto, nos afecta de lleno, pues nos obliga a preguntarnos si acogemos o  rechazamos las invitaciones que Dios nos hace por medio de quienes ha querido que le representen: el Papa, los obispos, los sacerdotes, los profetas, los predicadores… De hecho, tanto en la parábola de los viñadores como en la del banquete de hoy, Dios no actúa de modo directo sino a través de sus intermediarios. ¿En qué lugar queda el “yo creo en Dios pero no en la Iglesia”, “yo creo en Jesucristo pero no en los obispos y el Papa”? De todos modos, todavía estamos a tiempo de rectificar y escuchar la llamada para que cambiemos de vida. Si lo hacemos, entonces es cuando la misericordia de Dios no tiene límites. Pero es preciso arrepentirse y pedir perdón. 

Domingo 27 del Tiempo ordinario (5.X.2014) - Ciclo A

ACTUAL Y COMPROMETIDA

“La piedra rechazada, es ahora la angular”

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Seguimos con viñas y viñadores. Pero en esta ocasión los tintes son más sombríos y preocupantes. El evangelio es una parábola cuya síntesis es esta. Un rico labrador plantó una viña y la mimó con sus cuidados; luego se marchó de viaje y se la arrendó a otros labradores. Cuando llegó la vendimia, envió a unos criados a cobrar el arriendo, pero los arrendatarios les maltrataron e incluso mataron a algunos. Al cabo del tiempo, repitió la misiva y obtuvo el mismo resultado. Decidido a cobrar el fruto, envió a su hijo, pensando que a éste le respetarían. Pero le echaron fuera de la viña y le mataron. En buena lógica, el dueño envió un ejército, acabó con ellos y arrendó la viña a otros, que fueran más justos y honestos. La parábola no es un rompecabezas sino un relato que no puede dejarnos indiferentes. Porque su enseñanza nos afecta a todos y cada uno de nosotros. La parábola, en efecto, tiene, cuando menos, tres lecturas: la de Israel, la de Europa-España y la nuestra. Evidentemente, los primeros y directos destinatarios son el pueblo de Israel y sus dirigentes, que rechazaron a todos los enviados por Dios para que dieran frutos de buenas obras, y que incluso mataron al último y más digno de todos los enviados: su Hijo. Basta pensar en la Pasión y  Crucifixión de Jesucristo. Pero también Europa y España están implicadas de lleno. Dios se portó con ellas con verdadero mimo y les regaló el don inmenso de la fe. Más aún, el don de una fe que penetró en todas sus instituciones: el matrimonio, la familia, la ciencia, el arte…Pero España y Europa han echado a Dios fuera de sus confines. No quieren hablar de sus raíces cristianas ni de su fe. Se avergüenzan de ser cristianas y han tirado por la ventana su riquísimo y plurisecular patrimonio. ¡Las consecuencias, ahí están! Y nosotros, cada uno de nosotros, ¿qué hemos hecho, qué estamos haciendo con Jesucristo? ¿Contamos con él en nuestro trabajo, en nuestra familia, cuando estamos con los amigos, cuando hay que echar una mano a un necesitado o le damos la espalda, blasfemamos y nadie diría que somos cristianos? Todavía estamos a tiempo de cambiar.          

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (28.IX.2014) - Ciclo A

PUBLICANOS, PROSTITUTAS Y BEATOS

“Voy, pero no fue”

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Seguimos con viñas y viñadores. Con “primeros” y “últimos”. La misma cuestión de fondo que el domingo pasado. Jesús echa en cara –y advierte- a los escribas y fariseos que serán precedidos en el reino de Dios por los publicanos y las prostitutas. Sería una blasfemia contra el texto y las intenciones de Jesús decir que él consideraba “santas” a quienes ejercían y ejercen ese “oficio”. Jesús bendice a las prostitutas y a los publicanos, ambos pecadores públicos, no porque sea moralmente bueno lo que habían hecho. Les alaba y bendice por lo contrario: porque dejaron de hacerlo. Escucharon al Bautista que invitaba al cambio de vida, dejaron su vida desarreglada y acogieron a Dios en su corazón y en sus obras. Los fariseos y escribas, en cambio, reaccionaron de modo completamente diverso. Ellos  necesitaban también convertirse, porque todo lo hacían “para ser vistos y alabados por la gente”. Cuando el Bautista les pidió el paso de una religiosidad superficial y externa a otra profunda y de obras buenas, no le hicieron caso y siguieron enquistados en sus criterios y posiciones. Es la lección que Jesús presenta hoy en la parábola de los dos hijos a quienes el padre pide que vayan a la viña. El primero dijo “voy”, pero no fue; el segundo dijo, “no voy” pero sí fue. Los fariseos dijeron sí al principio: guardaban la Ley de Moisés y esperaban al Mesías. Pero luego, cuando vino el Mesías y el Precursor que le anunciaba, le rechazaron. Dijeron “no” a lo que Dios les pedía. Los publicanos y prostitutas, en un primer momento, dijeron “no” a Dios, pero luego se convirtieron, cambiaron de vida y siguieron lo que Dios les pedía. Por eso, los publicanos y prostitutas preceden a los  fariseos en el reino de Dios. ¿Y nosotros, en cuál de los dos bandos militamos? ¿Somos beatos, de piedad superficial y bonitas palabras o nos tomamos la vida cristiana en serio? ¿Hacemos lo que Dios quiere en el matrimonio, en el noviazgo, en los negocios, en la atención a los padres, en el cuidado de los pobres, en la protección y defensa de la vida de los no-nacidos y ancianos, o…? Todavía estamos a tiempo para decir “sí” a lo que Dios nos pide.           

Domingo 25 del Tiempo ordinario (21. IX. 2014) - Ciclo A

DIOS TE LLAMA AHORA

“Toma lo tuyo y vete”

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El evangelio de este domingo refleja una situación que más de un lector habrá visto en la plaza de su pueblo. Al comienzo de la mañana, los jornaleros se colocaban allí en espera de que algún labrador pudiente viniese a contratarles. Esto ocurría, sobre todo, en tiempo de la vendimia, momento en que más obreros se necesitaban. Pues bien, sucedió que un día un  rico labrador fue a la plaza del pueblo a contratar obreros para la vendimia. Salió a las nueve y contrató a los que estaban allí por un denario. Salió después a las doce, a las tres, a las cinco y casi a la puesta del sol. No hicieron contrato, sino que fue diciendo a todos: “Id a mi viña y os pagaré lo que sea justo”. Cuando se puso el sol, dijo al capataz que pagase y comenzase por los últimos, dándoles un denario. Al verlo, los que habían trabajado 12 horas, pensaron que recibirían más. Pero no  fue así: ellos recibieron  también un denario. Considerando que aquello era injusto, se enfadaron con el dueño y le recriminaron su proceder. Él les contestó: “¿No habíamos quedado en un denario?. Toma lo tuyo y vete. ¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O vas a ser tú envidioso porque yo sea generoso?” La enseñanza de esta parábola es múltiple. En primer lugar, se refiere a la llamada que Dios hizo a Israel y a los paganos. “Al principio” llamó a Israel para que fuera su pueblo. “Al final” llamó a los gentiles. A todos les dio la misma paga: la salvación. Ni Israel ni los demás tenían “derecho” a ella. Fue un “don gratuito” en los dos casos. Israel no tenía, por tanto, motivo para protestar, porque Dios  es soberano para distribuir sus dones. La segunda enseñanza es ésta: Dios llama a todos en todos los momentos de la vida: a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los ancianos, a los moribundos. Y todos, si aceptan la llamada y son fieles, aunque no sea más en los últimos momentos de su vida, recibirán el  premio del cielo eterno. ¡Así de bueno es Dios! La tercera enseñanza es ésta: no juzguemos a Dios, aceptemos sus dones y agradezcamos que haya querido contar con nosotros para realizar su plan de salvación.         

Exaltación de la S. Cruz (14 de septiembre).

¿LUGAR DE SUFRIMIENTO O DE GLORIA?

“Tanto amó Dios al mundo que…”

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Hoy es domingo pero celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Simplificando un poco las cosas, podemos decir que hay dos modos de representar la cruz: el románico y el gótico. Los crucifijos del románico presentan a Cristo entronizado y con vestiduras reales y sacerdotales, con los ojos abiertos, la mirada de frente, sin sombra de sufrimiento, irradiando majestad y victoria, coronado de joyas. Es la representación plástica de aquellas palabras del salmo: “Dios ha reinado desde la cruz”. Los crucifijos del gótico son dramáticos, llenos de realismo, representan la realidad del momento en que se muere. Son el símbolo del sufrimiento del mundo y de la tremenda realidad de la muerte. Los crucifijos románicos ven la cruz en sus efectos, en los frutos que produce: reconciliación, paz, gloria, vida eterna. Los crucifijos góticos ven la cruz en las causas que suelen producirla: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado. La fiesta que hoy celebramos pertenece a la categoría del románico: contempla la cruz en sus efectos. Por eso no es simplemente una fiesta de la Cruz sino la fiesta de la “Exaltación de la Cruz”. Es un árbol florido donde está clavada la salvación del mundo. El estandarte donde ha sido vencida la misma muerte y la fuente de donde brota la santidad y la fecundidad. El Cristo exaltado en la Cruz es el Cristo resucitado, glorioso, feliz. ¿Es esto un melodrama, algo muy poético pero irreal? Ciertamente, la cruz es símbolo de dolor, de sufrimiento, de derrota, mientras se está llevando y padeciendo. Para confirmarlo, además de la propia experiencia, tenemos los textos autorizados de los cuatro evangelistas sobre la Pasión. Pero cuando hemos asumido y sufrido la cruz, los efectos que ella ha producido no pueden ser más fecundos: humildad, paciencia, aceptación de la voluntad de Dios, eficacia apostólica, santidad. Integremos los crucifijos románicos y los góticos, porque son el reverso y el anverso de la misma realidad y de nuestra vida. Pero seamos conscientes de que serán los románicos los que pervivirán. Porque la última secuencia de nuestra existencia no será la muerte sino la resurrección y la gloria.      

Domingo 23 del Tiempo ordinario (7 de septiembre de 2014) - Ciclo A

¿EXTRAÑOS O HERMANOS?

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas”

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Hace unos domingos, salí a decir misa como de costumbre. Mientras recorría el pasillo que me llevaba al altar, comprobé que las dos o tres docenas de personas que había –luego llegaron bastantes más-, estaban desperdigadas por los bancos. Antes de comenzar, les pedí, por favor, que se congregaran y no dieran la impresión de una familia mal avenida. Es algo bastante frecuente y que manifiesta que muchos cristianos han perdido la conciencia y la vivencia de que son miembros de una comunidad de hermanos. Es verdad que la vida de las ciudades actuales no facilita esta dimensión, pero esto no impide que vivamos la realidad que el bautismo ha operado en nosotros: hacernos hijos de un mismo Padre y hermanos unos de otros. No somos indiferentes ni extraños sino una comunidad de hermanos, en la que todos tenemos que preocuparnos de todos. El evangelio de este domingo nos  lo ejemplifica con dos supuestos: la corrección fraterna y la asamblea de los creyentes en Cristo. Porque somos hermanos, no nos da igual que otro cristiano se porte bien o mal. Al contrario, nos importa mucho. Por eso, “si tu hermano peca, repréndelo a solas”. Si no te hace caso, “llama a otro o a otros dos”. Y si ni siquiera así se corrige, “díselo a la comunidad”. ¡Qué distinto es este comportamiento del que adoptamos tantas veces: la crítica, la murmuración, incluso la calumnia! Pocas cosas delatan con más claridad la lejanía, que la crítica y el chismorreo. El papa Francisco no se cansa de denunciar las críticas, murmuraciones y delaciones de los cristianos. ¡Corrijamos, pero no murmuremos! Junto a la corrección fraterna como señal de formar una comunidad en torno a Jesús, el evangelio de hoy nos habla de lo que acontece cuando “dos  o más se reúnen en su nombre”, es decir, por amor suyo: “allí estoy Yo en medio de ellos”. Cuando participamos en la santa Misa, cuando rezamos el rosario en familia, cuando el padre bendice la mesa con sus hijos, cuando hacemos juntos un día de retiro espiritual… allí está Jesús con nosotros. ¡¡El hermano mayor con los hermanos pequeños, estrechando la fraternidad y comunión!!  

Domingo 21 del Tiempo ordinario (24. 8. 2014) - Ciclo A

¿QUIÉN ES CRISTO PARA TI?

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

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Hoy son frecuentes los sondeos de opinión para verificar el grado de aceptación o popularidad de una persona o de una norma establecida o que se pretende establecer. Jesús recurrió un día a este método. Pero no para medir su grado de aceptación y popularidad sino para esclarecer el misterio de su Persona. No preguntó a sus discípulos qué opinaba la gente y ellos sobre el Sermón de la Montaña o sus milagros. La pregunta fue mucho más honda y comprometida: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” Los discípulos le contestaron con una valoración que ya querrían para ellos los políticos o cantantes de hoy: “para unos eres Elías, para otros, Jeremías o un gran profeta”. Jesús no parece satisfecho y prosigue: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”. Pedro toma la palabra y responde con la luz de Dios: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. “Correcto”, hubiera dicho el director de un programa-concurso ante la exactitud de la respuesta. Jesús va mucho más lejos, y, después de ratificar la afirmación, añade: “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, te daré las llaves del reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”. Nadie ha escuchado ni escuchará semejante declaración. Jesús promete a Pedro hacerle cimiento visible del edificio de su Iglesia, la máxima autoridad doctrinal en ella Iglesia, y la máxima autoridad legislativa, con poder para aceptar, rechazar y readmitir a quienes son o desean ser miembros de la misma. No exagera la Iglesia cuando afirma que el Papa –sucesor de Pedro- es “el Vicario de Jesucristo en la tierra”. Tampoco exageraba santa Catalina de Siena cuando le llamaba “el dulce Cristo en la tierra”. ¡¡Vicario de Jesucristo, el que hace sus veces!! Poco importa que se llame Juan Pablo, Benedicto o Francisco. Lo importante es que es Pedro, su sucesor legítimo. Dos preguntas emergen de inmediato y en directo: ¿Quién es Cristo para ti? ¿Quién es para ti el Papa? Coteja tus respuestas con el evangelio y saca las consecuencias.