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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (17.VIII.2014) - Ciclo A

CUANDO DIOS SE HACE DE ROGAR

«Que se haga como deseas»

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Estamos en la región de Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, sobre la ribera del Mediterráneo. Es tierra de paganos  y, para los judíos, tierra «manchada” y que “mancha» a quien la pisa. Jesús lo ha pasado por alto y ha venido aquí. Una vez más se halla frente a una enfermedad grave e incurable y ante el ruego insistente de una madre, que pide la curación para su hija. Su corazón, siempre misericordioso y compasivo, hoy parece duro y bronco. A pesar de que la mujer se desgañita gritando «ten compasión de mí», él sigue su camino. La mujer sigue apelando a su corazón: «Ten compasión de mí». Los discípulos no aguantan más. No sabemos si es porque les molestan los gritos de la mujer o porque no resisten la actitud de Jesús. Y le dicen: «Atiéndela». Jesús se detiene, pero su respuesta es una negativa: «No he sido enviado sino a las ovejas de Israel». Ella aprovecha esta parada, se pone delante. Se arrodilla y vuelve a implorar la curación de su hija. Jesús sigue en su actitud: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». La mujer no se siente ofendida ni desalentada. Al contrario, asume la comparación y le da la vuelta, explicándole a Jesús que el hecho de que su misión deba comenzar por el pueblo de Israel no impide que le ayude a ella, aunque sea una mujer pagana: «También los perrillos –dice- comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Jesús se rinde. A decir verdad, ya se había rendido desde el principio, pero quería probar la fe de aquella mujer. Una vez probada, le responde con una alabanza que a mí me encantaría escuchar: «Mujer, qué grande es tu fe. No la he encontrado tan grande en Israel. Que se haga lo que quieres» «Y en aquel instante quedó curada su hija», concluye el evangelio. Sólo se me ocurre esta glosa: si hubiese muchas madres, muchos sacerdotes, muchos religiosos, muchos cristianos con la misma fe que esta mujer, ¿pasaría lo que está pasando?. Por eso, junto a la glosa, me atrevo a poner esta oración, para que tú y yo la repitamos: «Señor, yo creo, pero aumenta mi fe; que no me canse de pedir, de confiar, de esperar»      

 

Domingo 19 del Tiempo ordinario (10. VIII. 2014) - Ciclo A

¿LA BARCA DE NUESTRA VIDA SE HUNDE?

“No tengáis miedo, soy YO”?

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Seguimos en el mismo escenario del domingo pasado: la orilla norte del lago de Genesaret. Pero hay cambiado las circunstancias: las turbas ya no están hambrientas sino que se han saciado, gracias al prodigio de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús ha mandado a sus discípulos subir a la barca y atravesar el lago. Él se ha quedado despidiendo a la gente. Mientras los discípulos reman para ganar la orilla, Jesús sube al monte a orar. ¡Y allí se queda hasta la madrugada! ¡¡Cuántas veces y cuántas noches aparece orando el Jesús del Evangelio!! ¿Qué pasará el día en que los discípulos de hoy aprendamos esta gran lección? Pero nos empeñamos en remar solos, en hacer frente a las dificultades de la vida por nuestra cuenta. Y nos ocurre como a los discípulos: esas dificultades nos sobrepasan y sentimos miedo; a veces, mucho miedo. Pueden ser las dificultades del matrimonio, de los reveses económicos, de la pérdida del empleo, de una enfermedad imprevista e incurable… de mil y una cosa. Mientras los discípulos cruzaban el lago,  se levantó una gran borrasca y la barca zozobraba. Jesús baja del monte y camina sobre las aguas. Ellos gritan pensando que es un fantasma y él les dice que no tengan miedo. Y se hace una gran bonanza. En las dificultades de la vida nunca estamos solos. Jesús camina a nuestro lado. Puede darnos la impresión de que él está lejos y nos ha dejado solos. No es así. Jesús no se deja ver, pero sigue cuidando de nosotros. Lo que él pretende es probarnos, para que caminemos apoyados no en nuestras cualidades y posibilidades sino en la fe y en la confianza en él. No olvidemos esto mientras atravesamos el lago de este mundo. Sobre todo, cuando tengamos especiales dificultades. ¡¡Es la hora de gritar a Jesús pidiendo ayuda!! Esto es rezar. ¡¡Es la hora de confiar en el amor de Jesús!!. Esto es tener fe. ¡¡Es la hora de no tener miedo!! Esto es tener confianza en el poder de Jesús. Si, a pesar de todo, seguimos con miedo y sin esperanza, es la hora de gritar con más fuerza: ¡¡Señor, ayúdame; Señor, sálvame!!     

Domingo 16 del Tiempo ordinario (20.7.2014) - Ciclo A

LA IGLESIA EN EL MUNDO

“Es como un grano de mostaza”

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El evangelio de este domingo, 16 del Tiempo ordinario, son tres parábolas muy conocidas: el grano de mostaza, la levadura y la cizaña. Con ellas quiso Jesús explicar la naturaleza del Reino que venía a instaurar y la situación de la Iglesia en el mundo. La mostaza es una de las semillas más pequeñas, pero, cuando crece, se hace un arbusto donde pueden anidar los pájaros. Indica la fuerza expansiva del Reino de Dios y de la Iglesia. La levadura es una porción mínima comparada con la masa. Pero tiene tal fuerza interna, que es capaz de trasformar la masa en pan sabroso. La cizaña que crece junto con el trigo -sin distinguirse durante mucho tiempo- y que sólo es separada de él cuando llega la siega, indica la coexistencia entre buenos y malos, mientras llega el final de los tiempos. Las tres parábolas siguen siendo verdaderas hoy y se pueden verificar en cualquier parte. La Iglesia nació en un rincón de un minúsculo pueblo y hoy está esparcida por el mundo entero. Es verdad que, en algunas partes, se contrae, pero en otras crece con fuerza extraordinaria. Y eso, a pesar de las dificultades y carencias sin cuento que la acompañan. Pensemos en el impero soviético o el chino: la URSS no pudo acabar con la Iglesia y el comunismo chino es impotente para impedir el crecimiento de la Iglesia, aunque sea clandestina. En la Europa actual existe todo un proyecto para erradicar del espacio público a la religión católica y confinar a los católicos en las sacristías de lo privado. Ya lo intentó la Revolución Francesa. Napoleón fue tan lejos que quiso cambiar hasta el mismo calendario, estructurándolo no por semanas sino por decenas. Hace mucho tiempo que él desapareció, mientras que la Iglesia perdura. La cizaña y el trigo también están a la vista de todos. Y estarán mientras el mundo sea mundo y mientras a la Iglesia no le llegue el momento de su glorificación al final del mundo. ¡Tan grande es la paciencia de Dios! Él no llama a las guerras santas, sino a la paciencia misericordiosa. Vale la pena dar vueltas a estas a estas tres formidables parábolas y así afianzar nuestra fe.

Domingo 15 del Tiempo ordinario (13.VII.2014)- Ciclo A

¿CAMINO, PEDREGAL O BUENA TIERRA?

“Salió el sembrador a sembrar

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A estas alturas de su ministerio, Jesús es ya discutido y rechazado. Y se ha sacado y propalado esta conclusión: su mensaje no sirve para nada. Jesús no se queda impávido sino que reacciona y aclara el porqué de este rechazo a su persona y a su mensaje. El problema no es él sino los oyentes. El problema no es su doctrina sino las disposiciones con que la reciben quienes le escuchan. Los oyentes, en efecto, pueden ser un terreno duro que rechaza la semilla que cae en él. Es el caso de los escribas y fariseos, que le rechazan de plano y se dedican a desprestigiarle ante la gente. Pueden ser terreno pedregoso, que acoge la semilla con gusto y la hace germinar enseguida. Pero a la mínima dificultad, interna o externa, la dan espalda. Pueden ser terreno bueno pero espinoso y con abrojos. Podría dar mucho fruto, pero cuando tiene que optar entre las buenas obras o ir detrás del dinero, del poder o del placer se inclina por estos. Finalmente, pueden ser tierra buena y preparada donde la semilla es bien recibida y llevada a la práctica. El resultado es que hace mejorar su propia vida, la de su familia y la del medio ambiente en que se mueve. La misma semilla, caída en terrenos diferentes, produce frutos diversos. La conclusión es clara: cada uno de nosotros tiene que preguntarse qué clase de tierra es: ¿de camino, de pedregal, de cardos y espinos, bien preparada? Para saberlo hay, al menos, dos criterios que no fallan nunca: los frutos de vida que producimos y la actitud que adoptamos ante la palabra de Dios que leemos en la Biblia, que nos propone la Iglesia y que escuchamos –si es que vamos- en la misa de cada domingo y en otras ocasiones en que se nos predica. ¿Somos de los que critican sistemáticamente la doctrina de la Iglesia en cuestiones matrimoniales, morales o sociales? ¿Nos dejamos influir por lo que dice la televisión, la radio, los periódicos, el cine, la canción…dando por bueno su mensaje y cuestionando  y/o rechazando lo que enseña Jesucristo y quien le representa en la tierra: el Papa y los obispos? Hoy es una buena oportunidad para hacer examen y tomar decisiones.      

Domingo XIV del Tiempo Ordinario (6.VII.2014) - Ciclo A

EL TRIUNFO DE LA HUMILDAD

“Venid a Mí, que os aliviaré”

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El evangelio de este domingo es una oración, una confesión y una promesa. La oración son estas palabras que Jesús dirige a Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los sencillos”. “Estas cosas” son saber quién es Él; los “sabios y entendidos” son los escribas y fariseos, que pensaban tener la llave de la Escritura y, por ello, la última palabra en las cosas de Dios; “los sencillos” son la gente del pueblo, que seguía a Jesús enfervorizada y no discutía su doctrina ni negaba sus milagros, como hacían “los entendidos”. El marco es, pues, muy circunstancial. Pero hay que trascenderlo y preguntarnos si estamos en el grupo de “los entendidos” –de los que lo saben todo, y nada tienen que aprender de nadie, ni siquiera de Dios- o en el grupo de “los sencillos”, de los que son conscientes de la verdad de esta sentencia de Pascal: “El acto supremo de la razón consiste en admitir que hay infinidad de cosas que nos sobrepasan”. La segunda idea del evangelio es esta confesión: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. A los teólogos actuales les gusta repetir: “Dios siempre es más grande”. Tanto, que sólo él puede conocerse a sí mismo y, por eso, sólo él puede darse a conocer. Creer en Dios no es el resultado de largos razonamientos llevados a cabo por inteligencias superiores, sino abrirse a Dios que sale a nuestro encuentro y se nos da a conocer. El camino para conocer que Jesucristo es Dios y nuestro Salvador es abrirnos a la revelación del Padre que nos ha dicho: “Este es mi Hijo, en quien me complazco”. La última idea es un ofrecimiento  y una invitación: “Venid a Mí, todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Todos estamos un poco o un mucho “cansados” por las dificultades de la vida. Algunos lo están de modo especial: una enfermedad grave e incurable, la pérdida del empleo, un hijo que se ha ido de casa, el matrimonio que naufraga…Jesús nos dice: “Venid a Mí y os aliviaré”. ¿Por qué no aceptar la invitación?                 

San Pedro y san Pablo (29.VI.2014)

JESÚS DA MATRÍCULA DE HONOR A PEDRO

“Apacienta mis ovejas”

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Jesús y Pedro están frente a frente en la orilla del lago Tiberiades. En la conversación que mantuvieron hace apenas setenta y dos horas, Pedro protestó que daría la vida por él y que no le abandonaría, aunque lo hiciesen todos los demás. Jesús le predijo lo que enseguida se confirmó: su triple negación. En la conversación de hoy, las cosas van a seguir otro camino. Pedro ha depuesto ya su altanera confianza en sí mismo y se ha hecho humilde. Por eso, a la pregunta de Jesús: “¿Me amas más que estos?”, él  contesta sencillamente: “Sí, Señor, te amo”. Más aún, se derrumba en la tercera interrogación, acordándose, sin duda, de la triple negación. Y sólo acierta a decir: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Jesús ha querido examinar a Pedro antes de entregarle la misión de pastorear su Iglesia. No ha sido un examen sobre su capacidad intelectual y organizativa ni sobre otras cualidades. Le ha examinado del amor. Jesús sabe muy bien que él es el único Pastor de su rebaño, porque sólo él ha dado la vida por sus ovejas. Pero sabe también que dentro de pocos días dejará de estar de modo visible entre los suyos y, por tanto, que no puede dejar abandonados a su suerte ni a las ovejas ni a los pastores. ¡Sería un desastre, porque los pastores irían cada uno a lo suyo y por su cuenta, y las ovejas no sabrían cómo reaccionar, con lo que su proyecto sería flor de un día! Para que esto no suceda, confiere a Pedro la suprema autoridad. Gracias a ella, pastores y fieles formarán un rebaño que camine firme y seguro por los caminos de la historia hacia la Patria futura del Cielo. Esta es la autoridad que está detrás de las palabras “apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Pedro ha recibido de Jesús el bastón de mando en su Iglesia, pero no para que sea un mariscal de campo sino el servidor de todos. Y como para servir de verdad, hay que amar, no le ha examinado de sus cualidades sino de su amor a él. No hay exigencia mayor ni más eficaz. El pastor que ama a las ovejas, dará la vida por ellas como Jesús. ¿Qué más hace falta? Pidamos hoy por el Papa Francisco, que es el actual Pastor supremo de la Iglesia.  

Corpus Christi (22. VI. 2014) - Ciclo A

JESUCRISTO  TE ESTÁ ESPERANDO

“Este es el pan que ha bajado del Cielo”

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La Eucaristía es sacrificio, comunión, presencia. Sacrificio de Jesucristo, que ofreció de una vez por todas en el altar dela Cruz y ahora hace presente en cada uno de nuestros altares donde se celebra la Misa. Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su realidad de Dios y Hombre verdadero. Y presencia de la Persona de Jesucristo, del mismo Cristo. Una presencia que es verdadera, no meramente simbólica, como puede ocurrir con la presencia de España en su bandera. Una presencia que es real, no meramente dinámica. Una presencia que es permanente, es decir, que perdura mientras no se corrompen las sagradas especies de pan y vino. Gracias a esta presencia, el sacrificio no queda reducido a un simple memorial, sino a un memorial que recuerda el sacrificio porque le hace presente de modo sacramental. Gracias a esa Presencia, cuando comulgamos recibimos no sólo una fuerza sino la fuente que la genera: Jesucristo mismo. Se entiende bien lo que decía un ateo a un cristiano creyente: “Si yo fuese capaz de creer lo que vosotros decís: que Jesucristo está en la Hostia consagrada, iría a la iglesia, me arrodillaría y no sería capaz de levantarme de allí”. Sin embargo, un santo obispo de la vecina diócesis de Palencia, el Beato Manuel González, tuvo que constatar algo que hoy es todavía más verdadero que en su tiempo: que los sagrarios están abandonados, que son poquísimos los cristianos que van a hacer una visita a Jesús sacramentado. Por eso, su grito sigue interpelándonos: “¡Ahí está, no le dejéis abandonado!” La fiesta que hoy celebramos viene a recordarnos que Jesús no es una figura del pasado, todo maravillosa que se quiera, pero que vivió y desapareció del horizonte de nuestra vida. No. ¡¡Jesucristo vive, vive entre nosotros!! Como canta el himno: “Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor”. No obliguemos a decir de un nuevo al Bautista: “Está en medio de vosotros, y no le conocéis”. Nos va en ello la vida. Porque mientras no descubramos a Jesucristo vivo entre nosotros y con quien se cuenta habitualmente en la vida, nuestro cristianismo seguirá estancado.                   

Domingo des la SS. Trinidad (11 del Tiempo Ordinario) - Ciclo A

EL DIOS QUE NOS HA REVELADO JESUCRISTO

«Tanto Dios al mundo, que le dio a su Hijo»

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Alguien ha dicho –y ha dicho bien- que el Dios de los cristianos no es un Dios solitario sino un Dios familia. Es un modo nuevo de decir lo que siempre ha profesado la fe católica, a saber: que Dios en uno en naturaleza y trino en personas. O lo que es lo mismo, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Los hombres somos demasiados pequeños para meter en nuestra cabeza un misterio tan grande. De hecho, sólo hemos llegado a conocer su existencia, porque Dios mismo nos lo ha dado a conocer. En el Evangelio hay muchos pasajes en los que aparece esta verdad. Por ejemplo, en el Bautismo de Jesús el Padre llama a Jesucristo Hijo suyo muy amado y el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. El mismo Jesús en el evangelio de san Juan nos ha trasmitido que él es distinto pero igual al Padre y que el Espíritu Santo es también distinto de los dos, pero igual a ellos. Quizás alguno esté tentado de decir: “¿Qué más da?” Pues… no da igual. Y no da igual, porque el Dios que nos ha revelado Jesucristo es un Dios Amor. Y para que haya amor es preciso que haya tres: uno que ama, otro que es amado, y el amor que une al uno con el otro. De que Dios sea Trino en personas depende que sea un Dios Amor. Depende que nos comprendamos a nosotros mismos como lo que realmente somos: no un producto del acaso sino fruto del amor. Todos los hombres y todas mujeres somos fruto del amor de Dios. Y depende que entendamos que el único modo de relacionarnos entre nosotros y con Dios es el amor. Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, me viene a la mente esta bellísima confesión: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro más busco” (santa Catalina de Siena). Y no puedo menos de volver a mis años de niño, cuando me enseñaron a decir: “amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo, y por amor a Dios, amo a mi prójimo como a mismo”. Hermosa jaculatoria para repetirla hoy.       

Pentecostés (8. VI. 2014) - Ciclo A

LA IGLESIA NECESITA UN NUEVO PENTECOSTÉS

“Recibid el Espíritu Santo”

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A mí no me llama la atención que san Pablo escribiese su magnífica carta a los Romanos. Al fin y al cabo, era un gran intelectual, que se había formado en su docta ciudad de Tarso y “doctorado” en Sagrada Escritura en la mejor “universidad” bíblica de entonces: Jerusalén. Cuando se convirtió, Dios contaba con un instrumento adecuado para convertirle –con su palabra y escritos- en el gran evangelizador de los gentiles. En cambio, me llama poderosamente la atención que san Pedro escribiera una carta muy profunda sobre el Bautismo y, sobre todo, que san Juan haya sido llamado “el teólogo” por la hondura de su Evangelio y de sus cartas. Porque Pedro y Juan, a diferencia de Pablo, la única universidad que habían frecuentado era el mar, lo que explica que fueran casi analfabetos. Además, tampoco habían demostrado ser unos linces para comprender las lecciones que les dio Jesús mientras vivió con ellos. ¿Cómo es posible que ellos hayan escrito con tanta profundidad sobre el misterio de Cristo? El acontecimiento que hoy celebramos disipa mi extrañeza. Hoy, en efecto, es Pentecostés, la fiesta en que los judíos celebraban la entrega de la Ley y de la Alianza y que Jesús convirtió en fiesta del Espíritu la misma tarde de Pascua, cuando les dijo lo que hoy leemos en el evangelio: “Recibid el Espíritu Santo”. Esta es la clave para entender que los apóstoles no sólo escribieran grandes epístolas, sino que fueran capaces de lanzarse a la conquista espiritual del poderoso y corrompido Imperio Romano, con el anuncio de que Dios se había hecho hombre, había muerto por ellos en la cruz, les había salvado y les anunciaba esta Buena Noticia para que se convirtieran a él. ¡Y lo lograron!, como lo demuestra el racimo de comunidades cristianas que brotaron en todas las grandes ciudades del Mediterráneo. La Iglesia de Europa tiene ante sí un reto no inferior: lograr que este continente respire el aire de la Buena Noticia a lo largo y ancho de sus actividades, tareas, problemas y proyectos. Es una misión que sobrepasa sus fuerzas. Necesita un nuevo Pentecostés. Clamemos todos con fuerza: “¡Espíritu Santo ven, ven!”

Ascensión (1.VI.2014) - Ciclo A

TODOS SOMOS MISIONEROS

“Haced discípulos a todos los pueblos”

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El evangelio de este domingo tiene unas palabras que son, a la vez, un mandato y una misión: el mandato y la misión de “hacer discípulos” de Jesús “a todos los hombres, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando oíamos hace años estas palabras, pensábamos que no nos concernían, porque a nuestro alrededor todos estaban bautizados. Sus destinatarios eran los que tenían vocación de ir a lo que llamábamos “misiones” y “países de misión”. Era un reduccionismo equivocado, pero tenía una cierta justificación. Hoy, ese reduccionismo es imposible y no se mantiene en pie. Porque a nuestro lado hay mucha gente que no está bautizada y muchos más que no conocen a Jesucristo. El fenómeno de la inmigración ha traído a nuestras tierras muchas personas no cristianas. Y el alejamiento masivo de Dios ha hecho que los no-bautizados sean gente nacida y crecida aquí. Sin salir de Burgos, hay muchos niños y adolescentes que no están bautizados. Incluso jóvenes. Pueden estar en nuestra propia familia o ser vecinos y conocidos nuestros. Ante esta realidad, las palabras del Evangelio de hoy: “Id y haced discípulos míos, bautizándolos”, no pueden dejarnos tranquilos, pues se nos dicen a cada uno de nosotros. Somos tú y yo a quienes Jesús manda –sí, no aconseja, manda: “id”- que les hagamos discípulos suyos. “¿Te has atrevido a plantear a alguno que reciba el Bautismo?”, preguntaba el papa Benedicto XVI a los jóvenes, en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil. Plantear el anuncio de Jesucristo y el Bautismo lo puede hacer cualquiera. Una abuela, a su nieto; un hermano, a su hermana; una novia, a su novio; un amigo, a su amigo. Y quien habla del Bautismo, puede hablar de la Confirmación, de la Primera Comunión y del Matrimonio. ¡Cuántas parejas de hecho darían el paso al Matrimonio si alguien se acercara a evangelizarlas! Es triste tener que reconocer que son pocos los cristianos que se atrevan a hablar de estas cosas. Así nos va. Pidamos al Señor que nos quite tanta cobardía y tanta desidia y nos conceda la alegría de hacer nuevos cristianos.  

Domingo 6 de Pascua (25. V. 2014) - Ciclo A

NO ESTAMOS SOLOS EN LA VIDA

“No os dejaré huérfanos”

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Todas las despedidas son dolorosas. A veces lo son de modo especial por la intimidad existente, por la protección ejercida o por otras circunstancias. Así ocurre cuando un padre, que ha estado volcado en sus hijos y ha llevado las riendas de los negocios familiares, tiene que despedirse de ellos, porque le llega la hora de la muerte. Esto sucede también en el Evangelio de hoy. Jesús ha vivido para sus discípulos, los ha querido inmensamente, se ha preocupado día y noche por ellos, ha tenido que pasar por alto todas sus limitaciones. Ellos lo saben mejor que nadie. Por eso, cuando les ha dicho que se va, porque le van a condenar a muerte sus enemigos, se han puesto muy tristes. Él se ha dado cuenta y ha salido al paso: “No os dejaré huérfanos”, “no os dejaré desamparados”, “volveré” y “pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros”. Es verdad que “dentro de poco el mundo no me verá”, pero “vosotros sí me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Va a la muerte, pero volverá con ellos cuando resucite. La separación de la muerte no es definitiva sino transitoria. Más aún,   cuando resucite ya no volverán a separarse. Él estará a su lado para que sean capaces de cumplir una misión que les sobrepasa y para que no caigan en las redes de los malos maestros y de las opciones equivocadas. Lo único que tienen que hacer es “cumplir sus mandamientos”. Es decir, acoger con fe la totalidad de sus palabras, dejándose guiar por ellas en todas las circunstancias y situaciones. Porque sus mandamientos y su mensaje no pierden vigencia aunque la muerte les separe. Al contrario, son tan válidos, que ellos tendrán que anunciárselos a los hombres y mujeres de todos los tiempos. ¿Tenemos los cristianos de hoy la clara conciencia de que no estamos solos ni olvidados de Dios, sino que Jesús está siempre a nuestro lado y nos sostiene en nuestras dificultades, nos defiende de nuestros enemigos, nos apoya en nuestros esfuerzos y nos perdona cuando somos débiles? ¡Pobres de nosotros si no sentimos esta cercanía amorosa! Porque, además de no ser cristianos, la vida será insufrible.

Domingo 5 de Pascua (18. V. 2014) - Ciclo A

EL PARAÍSO NO ESTÁ EN LA TIERRA

“Volveré y os llevaré conmigo”

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El año 1989 está escrito con negrita y subrayado en la historia moderna de Occidente.  Ese año, en efecto, fue el de la caída “oficial” del comunismo. Todos recordamos que el famoso imperio soviético se derrumbó como las fichas de una fila de ajedrez. Sin embargo, el comunismo, en su forma de marxismo radical, no sólo no ha caído sino que nos ha contaminado un poco –o un mucho- a cuantos vivimos en Europa. La crisis lo ha puesto de manifiesto. ¿De qué hablamos en las conversaciones, en las tertulias radiofónicas y televisivas, en la prensa diaria y especializada? De dinero, de economía, de bienestar material. Si quitamos el término y el concepto “economía” y “bienestar” ¿qué queda del debate televisivo sobre Europa de los cabeza de lista de los dos principales partidos? Por si fuera poco, cuando abordaron el tema de la vida del no nacido, uno habló en términos materialistas y el otro con miedo a perder votos por defender algo tan humano como impedir la agresión injusta de un no-nacido, impotente e inocente. ¿Quién cogió por los cuernos al toro de la crisis ética que está en la base y es la causa profunda de la crisis económica y financiera? No se trata de despreciar ni minusvalorar la crisis económica ni la legitimidad de aspirar a un puesto de trabajo, a una escuela digna, a una sanidad universal y de calidad y a tantas otras cosas. Pero si nuestra exclusiva o primordial aspiración es poseer y disfrutar esas cosas, ¿no estamos pretendiendo construir el paraíso en la tierra y siendo más o menos marxistas? Los que creemos en Jesucristo estamos –o debemos estar- comprometidos como el que más en la construcción de un mundo más justo y más humano. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda dónde está nuestro verdadero Paraíso: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis también vosotros”. Al fin y al cabo, con dinero o estrecheces, con salud o con enfermedad, con éxitos o fracasos, nuestra vida terrena acabará un día. Después ¿qué? Jesús nos lo ha dicho: el verdadero Paraíso. 

Domingo 4 de Pascua (11. V. 2014) - Ciclo A

PUERTAS, PASTORES Y LADRONES

“He venido para que tengan vida”

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El evangelio de este domingo es un poco desconcertante, pues Jesús se llama  “puerta”: “Yo soy la puerta”. En todo el evangelio sólo hay otra expresión semejante: “Yo soy el camino”. Con todo, vistas las cosas más de cerca, comprobamos que detrás de esa aparente banalidad hay una gran verdad. Basta completar la frase: “Yo soy la puerta de las ovejas”. Y situarla en su auténtica perspectiva, que no es otra que el Antiguo Testamento, donde las ovejas son “el pueblo” de Dios: “Vosotros, ovejas mías, sois el rebaño de mis pastos y yo soy vuestro Dios”, había dicho el profeta Ezequiel. Cuando Jesús se denomina “la puerta de las ovejas”, está diciendo que él es el Pastor que cuida de su pueblo en el doble sentido de la puerta: porque las ovejas entran y salen por ella con total confianza, y porque sirve para identificar quién es “de casa” y quién es “ladrón y salteador”. El que “entre” por esta puerta se salvará, tendrá vida eterna; el que “salga” por ella, encontrará pastos. Quien no quiera usar esa puerta, no podrá llegar al Padre y pondrá de manifiesto que no es un verdadero pastor sino un ladrón y salteador. La expresión queda todavía más perfilada cuando advertimos que es una respuesta que Jesús da a los jefes político-religiosos de Israel de su tiempo. Al reivindicar para sí el ser “puerta”, está desautorizando a esos jefes y diciéndoles que no son los pastores que Dios esperaba de ellos. Más aún, como ellos rechazan esa “puerta” y proclaman que Jesús no es el enviado por Dios, están demostrando que, además de no ser buenos pastores, son ladrones y salteadores. ¿Quiénes son ahora los buenos pastores del pueblo y quiénes los ladrones y salteadores? Son buenos pastores los padres, profesores, educadores, sacerdotes, hombres y mujeres públicos que reconocen que Jesucristo es “la puerta” de acceso para ir al Padre. Es decir, que enseñan y predican su doctrina salvadora y llevan al pueblo a los pastos a los que conduce salir por esa “puerta”: la verdad y el amor. Los que echan a Cristo de la sociedad y las costumbres, son lo que dice el Evangelio: ladrones y salteadores.    

Domingo 3 de Pascua (4. V. 2014) - Ciclo A

PALABRA Y EUCARISTÍA

“Le reconocieron al partir el pan”

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La muerte de Jesucristo fue un mazazo para la fe de los apóstoles y de los que se consideraban discípulos. Un ejemplo notorio nos lo narra hoy san Lucas. Dos discípulos se dirigían a una pequeña aldea llamada Emaús, al atardecer del día de Resurrección. Iban hundidos en la desilusión y en la desesperanza. Mientras van cavilando con un razonamiento y conversación entrecortados, les da alcance un viajero y se une a ellos. Durante un tiempo se dedica a escuchar. Al fin, viéndoles tan tristes y preocupados, se atreve a preguntarles qué les pasa. “Lo de Jesús Nazareno, poderoso en obras y palabras”,  a quien nuestras autoridades han crucificado. Luego viene la gran confesión: “Nosotros esperábamos que restaurase Israel”, pero no ha sido así. ¡Qué pozo de amargura y decepción se esconde tras estas palabras!. Él toma la palabra y les va recordando lo que han dicho la Ley y los Profetas: que el Mesías tenía que morir, pero que resucitaría glorioso. Habla despacio y con voz queda. Pero su palabra va llegando al hondón de su corazón y de su alma. Ellos sienten un “no sé qué” especial, como un hormigueo que les devuelve la luz y la esperanza. Llegados al punto de destino, él hace ademán de continuar. Le invitan a quedarse, porque ya está anocheciendo. Acepta. Se ponen a la mesa, “parte el pan” y se da a conocer: es el mismo Resucitado en persona. Pero desaparece. A ellos les falta tiempo para reaccionar: hay que volver a Jerusalén a decírselo a los demás. Vuelven y les comunican alborozados la gran noticia. ¡Qué abismo entre el principio y el final de estos caminantes! Muchos cristianos de hoy han perdido la frescura de la fe y están decepcionados de todos y de todo. ¡¡No sólo de la Iglesia sino de Dios!! Los caminantes de Emaús, además de trasmitirles un rayo de esperanza –la esperanza del cambio-, les envían este mensaje: “Volved a escuchar la Palabra de Dios y a la Misa del Domingo. Recuperaréis una fe que, en el fondo, no habéis perdido nunca del todo. Y sentiréis de nuevo la alegría de crear y esperar en un Dios que nos ama tanto, que ha dado la vida por nosotros”.   

Domingo 2 de Pascua (27. IV. 2014) - Ciclo A

VER DONDE LOS DEMÁS NO VEN

“Señor mío y Dios mío”.

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Estamos en el Cenáculo de Jerusalén. A diferencia de lo que ocurría hace ocho días, hoy  están todos los apóstoles. También Tomás, el que, para admitir que Jesús ha resucitado, ha hecho esta apuesta: “Si no veo las llagas de sus manos y si no meto mi mano en su costado, no creeré”. Jesús le ha cogido la palabra, se hace presente y dice a Tomás: “Trae tu mano, aquí están mis manos. Trae tu dedo y mételo en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás no pone resistencia. Pero ni mete la mano en las llagas ni el dedo en el costado abierto. Avergonzado se echa a los pies de Jesús, y le dice, lleno de arrepentimiento y amor: “Señor mío y Dios mío”. Jesús aprovecha para darle y darnos una gran lección: “¿Porque me has visto, has creído?, le dice. Dichosos los que crean sin haber visto”. Andan sueltos por ahí muchos tomases. Para creer, exigen ver, tocar, probar. No se dan cuenta de que la fe no es resultado de pruebas oculares o científicas sino fiarse de un testimonio. ¿Por qué sabemos que somos hijos de nuestro padre y de nuestra madre? ¿Porque lo hemos visto? ¿Porque hemos hecho la prueba del ADN en algún laboratorio? No. Porque ellos nos lo han dicho y nosotros nos fiamos de su testimonio. Valdría la pena pensar que los jefes del pueblo judío vieron muchas veces a Jesús y fueron testigos de milagros tan espectaculares como la resurrección de Lázaro, vuelto a la vida cuando su cuerpo ya estaba pudriéndose. Sin embargo, le mataron. Mucha gente de hoy niega que Jesús sea Dios, Redentor, Salvador y no admite que haya resucitado y esté vivo y camine con nosotros en la historia de nuestra vida y en la historia de los demás. Les parece más fiable su razón que el testimonio de quienes le vieron y comieron con él, una vez resucitado. En el fondo, siempre estamos en el mismo sitio y ante la misma situación: la soberbia intelectual, el ser nosotros la última palabra. La fe es un don que sólo reciben los humildes. Así resulta que los sabios se quedan a oscuras y los sencillos, de mente y de corazón, se convierten en verdaderos sabios, pues ven donde los demás no ven y van por el mundo seguros y sin tropiezos.            

Domingo 5 de Cuaresma (6.IV.2014) - Ciclo A

JESUCRISTO, VENCEDOR DE LA MUERTE

“Yo soy la resurrección y la vida”

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Estamos en el lado oriental del Jordán. Jesús ha venido aquí con sus discípulos, porque sus enemigos quieren matarle. Como siempre, predica y cura a los enfermos. De pronto alguien se acerca y le trasmite este recado de parte de Marta y María, sus amigos de Betania: ”Señor, tu amigo está enfermo”. Él no se da por enterado y sigue predicando. Al cabo de dos días, dice a sus discípulos: “Lázaro está dormido”. Ellos lo interpretan  como suena, pero Jesús sabe que es sinónimo de “está muerto”. Al llegar a Betania, viene Marta hecha un mar de lágrimas y le dice: “Lázaro ha muerto”. Jesús le responde: “Tu hermano resucitará”. Ella replica: “Ya lo sé, resucitará al final de los tiempos”. Jesús no se lo niega, pero va mucho más lejos, y le dice: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Marta no duda en hacer esta sencilla y grandiosa profesión de fe: “Sí Señor, yo creo que eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, sin más, va en busca de su hermana y le trasmite este mensaje: “El Maestro está ahí, y te llama”. María –la gran enamorada de Jesús- viene en un santiamén y le dice, llorando: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Jesús no es de madera, sino que “viéndola llorar a ella y a los judíos”, él mismo se echa a llorar. Pero hoy quiere hacer algo más que mostrar que tiene corazón y que sabe ser un gran amigo de sus amigos. Quiere dejar patente su poder sobre la muerte. Pide que le lleven al sepulcro donde Lázaro está enterrado desde hace cuatro días. Manda quitar la losa que cierra el sepulcro, a pesar de que Marta le dice que “ya huele”. Dice con imperio: “Lázaro, sal fuera”. Y Lázaro sale vivo. Los hombres somos impotentes ante la muerte. Lo más que podemos hacer es retrasarla y, cuando llega, llorar al difunto y consolar a sus deudos. Jesús, por el contrario, convierte la muerte en sueño y un día nos despertará a los que creemos en él. ¿Hay alguien que ofrezca y dé más? ¡Moriré, Señor, pero sé que resucitaré para no volver a morir, y espero fundirme contigo en un abrazo eterno!         

Domingo 4 de Cuaresma (30. III. 2014- Ciclo A

¿QUIÉNES SON LOS CIEGOS DE HOY?

“Sólo sé que ahora veo”

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El evangelio de este domingo, cuarto de Cuaresma, es muy movido. Lo es siempre que los fariseos se enfrentan con Jesús, pero es este caso es mayor. El núcleo central gira en torno a un hecho evidente y espectacular: la curación de un ciego de nacimiento por Jesús. Jesús le pone un poco de lodo en los ojos, le manda que se lave en la piscina de Siloé, él lo hace y vuelve curado. Y en ese momento comienza el drama. Para él y sus padres es claro que antes no veía y ahora ve. Pero los fariseos no opinan lo mismo. Ellos tienen la llave de la verdad. Y como la verdad es –para ellos- que el sábado es un día en que nadie puede hacer milagros, la conclusión es clara: miente el que dice que ha sido curado de su ceguera. Y de ahí no se mueven. Mejor dicho, de ahí no les apea ni la evidencia de un milagro. El que había sido ciego acepta con sencillez el hecho, lo defiende ante los fariseos, defiende también a Jesús y termina confesando que Jesús es el Mesías y haciéndose discípulo suyo. Los fariseos, en cambio, niegan el milagro, tratan de convencer al ciego de que dice una mentira, rechazan a Jesús, se esfuerzan en que el ciego no se haga su discípulo y, al no conseguirlo, le insultan y le echan fuera de la comunidad, llenándole insultos: “Empecatado naciste ¿y vienes a darnos lecciones?” Así, resultó que un ciego comenzó a ver y que unos que creían ver estaban ciegos y ciegos permanecieron. Hoy se cumple al pie de la letra. La gente sencilla  y humilde acepta a Jesús como Luz del mundo y Salvador de los hombres. El resultado es que van por la vida con paz, buen humor y conociendo que de Dios vienen y a Dios vuelven, que Él les ama como un padre buenísimo, que cuida de ellos y les dará un abrazo eterno en el cielo. En cambio, los sabelotodo, los engreídos y autosuficientes, los que no necesitan de Dios, van a ciegas por la vida, sin saber de dónde vienen, a dónde van, por qué trabajan, qué sentido tiene la vida y qué hay después de la muerte. Se verifica en ellos lo que escribió el beato Palafox: “El que sin Dios vivir quiere//, sin Dios vive// y sin Dios muere”. ¿Hay algo más terrible? ¿Dónde estamos yo y tú?       

Domingo 3 de Cuaresma (23. III. 2014)- Ciclo A

“SOY YO. EL QUE HABLA CONTIGO”

“Dame de beber”

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Son las cuatro de la tarde. Cae el sol a plomo. Jesús ha llegado hasta este pozo de Samaría cansado y sediento. Se ha sentado en el brocal en espera de alguien que venga sacar agua. Llega ese “alguien”. Pero es una mujer y está muy mal visto que un hombre hable con una mujer en descampado. Además, él es judío y ella samaritana y “los judíos no se hablan con los samaritanos”, que es un modo suave de decir que se odian cordialmente desde hace siglos. Pero él abate las barreras que levantamos los humanos y le dice con sencillez: “Dame de beber”. Ella se sorprende: “¿Cómo tú que eres judío, me pides de beber a mí que soy samaritana”. Se ha roto el hielo y surge un diálogo que será cada vez más personal e íntimo. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él que te diera un agua que quien la bebe, nunca vuelve a tener sed”. La respuesta viene sin dilación: “Dame de esa agua” para que no tenga que volver todos los días  a sacarla. Se ha creado ya el clima necesario para que Jesús entre hasta el fondo de esta mujer: “Ve a llamar a tu marido”. Ella responde con vivacidad: “No tengo marido”. Jesús no recoge velas, sino que le descubre el fondo de su alma: “Es verdad. Has tenido cinco maridos y con el que ahora convives tampoco es tu marido”. La afirmación es un dardo que se clava en el hondón de la personalidad de esta mujer y comienza una conversión que nadie hubiera sospechado: “Veo que eres un profeta. Sé que tiene que venir el Mesías. Cuando él venga nos aclarará donde hay que adorar a Dios”. Llega el momento de la gran revelación. Jesús le dice: “El Mesías soy Yo, el que está hablando contigo”. La mujer, buena persona en  el fondo pese a sus devaneos, deja el cántaro y va en busca de sus paisanos para que vengan al pozo, porque ha encontrado al Mesías. Estos vienen y creen también en Jesús. ¡Cuando se da el encuentro personal con Jesucristo no sólo nos hacemos discípulos de Jesús sino apóstoles! Mientras esto no sucede, no ha tenido lugar el acontecimiento decisivo que cambia la vida. Encuéntrate personalmente con Jesucristo en el confesionario, descubre su misericordia y serás otro.    

Domingo 2 de Cuaresma (16.III.2014) - Ciclo A

POR LA HUMILLACIÓN, A LA EXALTACIÓN

“Este es mi Hijo, escuchadle”

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Estamos en la cumbre del monte Tabor. Jesús ha subido aquí por un camino de cabras. Ha venido acompañado sólo por tres discípulos. Sorprende que uno de los elegidos sea Pedro. Porque hace “seis días” le reprendió con una dureza desusada, llamándole “satanás”. Al pobre Pedro no le cabía en la cabeza que Jesús fuera maltratado, crucificado y matado. Él necesitaba un Mesías glorioso y triunfador. Su mentalidad chocaba frontalmente con los planes de Dios que preveían, ciertamente, un Mesías glorioso y triunfador, pero después de haber sufrido el desprecio y la muerte en la cruz. La secuencia de Dios era muy clara: primero, el sufrimiento, el dolor, el desprecio, la muerte; después, la resurrección, la exaltación y la gloria. Bien entendido que ese “después” no era sólo temporal sino también causal: la resurrección y la gloria vendrían por el camino previo de la cruz y de la muerte. Pedro tenía que aprender esta lección. Ante todo, porque ya había recibido la promesa de ser un día el fundamento visible de la Iglesia. Además, no faltaba mucho para que Jesús le diera el mandato de ir al mundo entero a anunciarlo la salvación obrada por su Muerte y Resurrección. Para aprenderla ha venido al Tabor. Aquí verá un anticipo de esa gloria futura, contemplando a su Maestro “más brillante que el sol”. Aquí oirá decir al Padre: “Este es mi Hijo predilecto, escuchadle”. Aquí tenemos que venir nosotros para recorrer el itinerario de la Cuaresma, que nos llevará hasta la gloria del Resucitado en la Vigilia Pascual; pero después de haber pasado por el Cristo crucificado y muerto del Viernes Santo. Y aquí hemos de venir para recorrer el camino de la vida, que debe concluir en la gloria eterna del Cielo, pero después de pagar el billete del fracaso, de la humillación, del desprecio, de la persecución y de la muerte. Detente un momento y piensa si tus esquemas son los mismos que obligaron a Jesús a recriminar tan severamente a Pedro, o si estás dispuesto –aunque te cueste- a pisar encima de las huellas que Él nos ha marcado mientras subía al Calvario. Te va -y me va- en ello la felicidad eterna.       

Domingo 1 de Cuaresma (9.III.2014) - Ciclo A

¿PARA QUÉ SIRVE EL CRISTIANISMO?

“No sólo de pan vive el hombre”

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“La religión es el opio del pueblo. Despertad del letargo y tomad conciencia de que  el paraíso está en la tierra. A eso hemos venido nosotros”. Esta era la acusación y la contrapuesta del marxismo frente al cristianismo y la Iglesia. Han sido suficientes unos pocos decenios, para ver la gran mentira de este programa en todos los lugares donde han intentado implantarlo: Rusia, China, Cuba, Corea del Norte, etc. Hoy no es el marxismo ni el materialismo dialéctico los que formulan la acusación y hacen la propuesta: son el materialismo liberal y el materialismo práctico. ¿De qué hablan, cuál es su propuesta, cuáles los ideales que nos ofrecen la televisión, la radio, el cine, los periódicos, los políticos, los cantantes y casi todo los literatos?. El mensaje es siempre el mismo: dinero, placer, poder. Varían los modos de presentarlo, pero ¿quién habla de Dios, de la otra vida, del sentido del dolor, del bien y de la verdad? ¿Qué ha exportado el Occidente rico y presuntuoso al Tercer mundo? Lo mismo: progreso material, aunque ello haya supuesto arrancarlo su cultura, sus tradiciones, sus creencias. Mejor dicho, ha intentado exportarlo, porque ahí están el hambre, las guerras, la explotación de los débiles, la esterilización masiva de la mujer, el aborto impuesto. Es urgente volver los pasos y los ojos a Jesús. E él le hizo el demonio las mismas propuestas: “Haz que estas piedras se conviertan en pan” (bienestar material), “tírate desde el alero del Templo, que no te ocurrirá nada” (gloria humana), “todo esto te daré si, postrándote, me adoras” (poder y dominio). Pero él venció al demonio en los tres casos: “no sólo de pan vive el hombre sino de la Palabra de Dios”, “adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás”. El miércoles pasado comenzamos la Cuaresma. Cuarenta días que la Iglesia nos brinda para descubrir y reconocer que estamos muy alejados de Dios, que no es Dios lo que más nos preocupa y ocupa sino el dinero, pasarlo bien, tener un cuerpo hermoso. ¡Y no somos felices!, porque lejos de Dios y de su casa no se es feliz. ¡Vuelve a Dios, vuelve a la práctica religiosa, vuelve a pedir perdón, vuelve a ser feliz de verdad!