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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (2.III.2014)- Ciclo A

¿INVITA EL EVANGELIO A LA VAGANCIA?

“Buscad, sobre todo, el reino de Dios”

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“No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. Mirad los pájaros: ni siembran ni siegan ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni tejen ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos”. Estas palabras han servido para que los marxistas digan que el cristianismo es irrelevante y tachen de parásitos a los cristianos. Según ellos, Jesús ha dicho: “Discípulos míos, no trabajéis, no faltará quien lo haga por vosotros”. La pregunta es, pues, ineludible: ¿Ha invitado Jesús a los cristianos a no trabajar y a vivir a expensas de los demás? Recordemos un par de cosas. En la parábola de los talentos, Jesús alaba al que recibió cinco y al que recibió dos, porque habían negociado con ellos y habían ganado otros cinco y otros dos. En cambio, condenó el que recibió uno y lo escondió bajo tierra, en lugar de hacer lo que hicieron los otros.  En el juicio final, nos condenará si no hemos dado de comer y si no hemos vestido a nuestro prójimo, imposible de hacer si no trabajamos. San Pablo, por su parte, fue tajante: “El que no trabaje, que no coma”. La cuestión que hoy plantea Jesús a sus discípulos no es si tienen o no tienen que trabajar, sino si tienen que ser esclavos del trabajo y de los bienes de la tierra. Y su respuesta es clara: no podéis ser esclavos ni de la comida, ni del vestido, ni del trabajo, ni de nada. El evangelio de este domingo planeta otra cuestión en estas palabras: “No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio”. ¿Dice Jesús que no hay que ser previsores para el día de mañana? Lo que plantea es otra cosa; que no podemos vivir agobiados por el mañana. ¡Previsores, sí; angustiados y agobiados, no!. Está bien que hagamos una carrera, que aprendamos un oficio, que montemos una empresa, que tengamos al día el seguro de enfermedad y de vejez. Pero no nos creamos dioses. Porque, por no saber, ignoramos si viviremos mañana. Es mejor trabajar con Dios, descansar en Dios, confiar plenamente en Dios, que es nuestro Padre.          

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (23.II.2014) - Ciclo A

¿ES POSIBLE PERDONAR?

“Amad a vuestros enemigos”

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No diré que lo más difícil de este mundo es perdonar a quien nos persigue, calumnia, perjudica y desprestigia. Pero no creo exagerar si afirmo que es muy costoso. El instinto clama por el “me la has hecho, me la pagas”. Más aún, por el “me las vas a pagar dobladas”. No en vano en muchas culturas sigue vigente la ley de la venganza y se considera un notable avance el “ojo por ojo y diente por diente”, que establece que no se puede infligir un castigo superior al delito cometido. Jesús ha ido infinitamente más lejos. La ley de su reino no es la venganza ni el talión sino el  perdón y amor: “Yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. ¿No es pedir imposibles? Ciertamente, es imposible realizar esto con las fuerzas humanas. Pero Jesús no sólo nos ha dado el mandato de perdonar y amar a los enemigos, sino la gracia para realizarlo. Recientemente he vuelto a ver –ahora en video- la película “Un Dios prohibido”, en la que una treintena de chicos jóvenes fueron fusilados por odio, pero murieron perdonando y rezando por quienes les mataban. Jesús lo había hecho con los que le crucificaban: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen”. También san Esteban, el primer mártir cristiano, murió implorando por quienes le lapidaban: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. El Beato Juan Pablo II fue a la cárcel a ver a Alí Agca y decirle que le perdonaba que hubiera intentado matarle. San Pablo escribió en su carta a los Romanos: “No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza del bien” (Rm 12, 21). No está en nuestras manos no “sentir” rechazo, aversión, malquerencia, odio. Pero sí lo está, no dar cabida a esos sentimientos en nuestro corazón. Si pedimos a Dios que perdone, ayude y bendiga a nuestros enemigos, Él nos concederá la gracia de perdonarles y amarles. Y, si nos acercamos a comulgar, las llamas de ese horno ardiente de caridad, que es Cristo, terminarán abrasando toda la escoria de nuestro corazón. Pensemos: ¿qué mundo resultaría si viviéramos el mandato del Señor?            

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (16.II.2014) - Ciclo A

RESPETO A LA PROPIA MUJER Y A LA DEL PRÓJIMO

“Ya ha adulterado en su corazón”

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Hace unos años, un periódico nacional llamaba retrógrado a Juan Pablo II, por este delito: afirmar que no sólo es pecado tener relaciones sexuales con la mujer del prójimo, sino mirarla con el deseo de tenerlas. El evangelio de este domingo resuelve la cuestión y deja en evidencia al periódico. Porque Juan Pablo II no hacía otra cosa que repetir la doctrina de Jesús. Y Jesús no pudo ser más claro: “Habéis oído el mandamiento: ‘No cometerás adulterio’. Pues Yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón”. Para una sociedad hipersexualizada, como la nuestra, estas palabras son un trallazo inadmisible. Pero eso nos las invalida. Al contrario, las hace más actuales y necesarias. Porque son su medicina imprescindible. Doy por descontado que más de uno se reirá de esta doctrina. También se reían hace algunos años, cuando predicaba que el trabajo es una bendición y una gran suerte. El paro terrible que estamos padeciendo ha puesto las cosas en su sitio. ¿Quién se atreve hoy a maldecir que cada día pueda ir a la fábrica? Cuando la sociedad haya tocado fondo y el clima matrimonial sea del todo irrespirable, comprenderemos la verdad y la bondad de las palabras de Jesús, que recoge el evangelio de este domingo, sobre el adulterio sexual y el adulterio del corazón. Como entenderemos también lo que dice sobre el divorcio: “El que se divorcie de su mujer, la induce al adulterio y el que se case con la divorciada, comete adulterio”. Cuando san Pablo predicó esta doctrina en la supercorrompida Corinto, lo hizo con temor y temblor, pero confiado en su fuerza sanadora y salvadora. Al cabo de unos años, parte de aquellos hombres y mujeres dejaron de considerar ‘sagrada’ la prostitución, aceptaron la doctrina de san Pablo  y se convirtieron en fermento de aquella masa putrefacta. Los hombres y mujeres que acogen hoy la doctrina de Jesús y rechazan en sus vidas el adulterio y el divorcio, son también el fermento curativo de nuestra sociedad. Quizás ellos no lo vean. No importa, otros lo verán.          

Domingo 5 ordinario (10. II. 2014) - Ciclo A

¿CAMUFLARSE O DAR LA CARA?

Vosotros sois la luz del mundo

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Los que somos de pueblo y peinamos canas, lo recordamos perfectamente. Todos los anocheceres se prendía el candil –o un farol- y se colgaba del clavo que estaba agarrado al techo de la cocina. Era un gesto imprescindible, porque no había luz eléctrica ni otros servicios para hacer frente a la oscuridad de la noche. ¡Cuántos ojos se han desojado a la luz de esos candiles, cosiendo y remendando, y cuántas comidas no se han quemado, precisamente por la luz de ese instrumento tan elemental! A nadie se le hubiera ocurrido encender el candil para ponerlo debajo de la mesa o metido en la cómoda. En la era de los transistores, de los móviles y del internet se hace muy difícil captar la fuerza del candil y, menos todavía, decirle a un cristiano que su función es ser “candil”. La gente que escuchaba a Jesucristo –como ocurre a los de mi generación- lo entendía perfectamente. Por eso, no nos extraña que en el evangelio de este domingo el Señor nos diga a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”, vosotros sois un candil en el ámbito en el que trascurre vuestra existencia. No podéis meteros debajo de la cama sino que debéis ser punto de orientación y dar luz a vuestro alrededor. Tenéis que estar, por tanto, en posición bien visible. No se trata, ciertamente, de exhibirse por soberbia o por vanagloria. Pero un cristiano no puede camuflarse y esconderse. Hay que preguntarse, por tanto, ¿cómo puede ser candil hoy el cristiano? La respuesta nos la da también el Evangelio: con las buenas obras. Por ejemplo, cuando hoy casi todos los casaderos conviven antes de casarse, o tantos se separan y divorcian, o estorban los hijos y los ancianos, o la corrupción está instalada en todas las capas y estamentos sociales, o cada uno va a lo suyo sin importarle para nada el vecino, o está de moda no pisar por la iglesia, hoy… es una luz que ilumina y da calor el cristiano que hace lo contrario, sin miedo al ridículo, a ir contracorriente o ser tachado de carca. Plegarse a lo que todos hacen, dicen y piensan es muy cómodo pero…, además de muy cobarde, es muy penoso. Porque es dejar que reinen el error, la mentira, la corrupción y el egoísmo.       

Presentación del Señor (2.II.2014)

FIESTA DE LA LUZ Y DE LA SALVACIÓN

“Una espada te atravesará el alma”

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Entran por la puerta José y María, que lleva en sus brazos a Jesús, de cuarenta días. Vienen a “presentar” al Niño a Dios y a que la Madre haga la purificación ritual, pese a no estar obligada, pues es Inmaculada. Hay mucha gente, pero nadie repara en ellos, salvo dos ancianos: Simeón y Ana. Simeón es un hombre de Dios, a quien el Espíritu Santo ha traído aquí, porque él mismo le ha inspirado que no moriría sin ver al Mesías. Al ver al Niño, su corazón se ha puesto a latir con fuerza especial. Se lo ha pedido a María y, con el Niño ya en sus brazos, prorrumpe en este alborozado canto: “Ahora, Señor, ya puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto tu salvación, la que has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. El Espíritu Santo le ha hecho reconocer en este Niño al Salvador que Dios da a la humanidad, al anunciado y esperado durante siglos. Hoy es el día de su vida. Mientras entrega el Niño a su Madre, llega una anciana, bastante mayor que él. Se quedó viuda siendo muy joven y ha pasado toda la vida en el Templo. Humanamente es muy poca cosa. Pero Dios hace grande lo pequeño. Por eso, ella también es capaz de percibir lo mismo que Simeón. Más aún, no sólo descubre en el Niño al Salvador, sino que comienza a “hablar del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. ¡Qué bien representa Ana a esas mujeres, sencillas pero buenas, que aprovechan el tiempo para rezar y confiesan abiertamente su fe, y que son un tesoro para la comunidad humana y cristiana!. Con todo, hoy no todo es fiesta y alegría. Simeón tiene que decir a María unas palabras muy duras, que el Espíritu Santo pone en su boca: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten. Y a ti una espada te atravesará el alma”. Es el anuncio del rechazo y de la muerte de este Niño, cuando sea mayor. Desde hoy llevará clavada esta espada en su corazón de Madre. ¿Somos, tú y yo, como Simeón que espera sin cansarse, como Ana que reza con constancia, como María que se asocia a Jesús en el dolor?           

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (26.I.2014) - Ciclo A

Evangelio

José-Antonio Abad

EL REINO DE CRISTO NO TIENE FRONTERAS

«Dejándolo todo, le siguieron»

Estamos en Cafarnaúm, al norte del lago de Libertades. Es tierra que ha sufrido siglos atrás infiltraciones paulatinas de colonos gentiles: arameos, fenicios y griegos. Actualmente es paso obligado de las caravanas que van y viene desde Siria al moderno  Irak. Lógicamente, abundaban los comerciantes. Es una ciudad llena de vida. También es una ciudad políglota, pues muchas de sus gentes, sobre todo las que se dedican al comercio y las de una cierta cultura, además de hablar el arameo, entienden el hebreo y el griego. Jesús ha dejado Nazaret, de donde es oriundo, y se ha instalado aquí. Desde ahora, predicará y hará milagros. Saldrá también a otros lugares, pero volverá aquí una y otra vez. El tiempo confirmará que Cafarnaúm fue el escenario en torno al cual se desarrolló gran parte del ministerio público de Jesús. En ella puso también los cimientos de su Iglesia, cuando eligió a un grupo de discípulos, a los que hizoconvivir con Él y acompañarle en sus correrías apostólicas, para que tuvieran la experiencia de cómo rezaba, cómo trataba a la gente, cómo se comportaba en la sinagoga, cómo actuaba con los paganos, cómo se relacionaba con los judíos y qué predicaba. Porque ellos tendrían que ser, más tarde, testigos de Jesús y continuadores de su misión. Isaías había profetizado que en Galilea aparecería un día una gran luz y el «Día del Señor», que supondría la liberación de los exiliados de Israel. San Mateo, comenzando su evangelio con el  relato del ministerio de Jesús en Galilea, ha querido dejar constancia del cumplimiento de esta profecía. De ella habla el evangelio de este domingo, cuando dice escuetamente: «Jesús se estableció en Cafarnaúm”, en la «Galilea de los gentiles». En esa encrucijada, donde confluían los que eran miembros del Pueblo de Dios y los que eran «no Pueblo», Jesús comienza su predicación. Desde el principio hay que dejar claro que su Reino no tiene fronteras y se pueden incorporar a él, cuantos quieran seguirle. Tú y yo, por ejemplo. Pero no seamos egoístas ¿Por qué no invitar a nuestros  hermanos y amigos a conocer a Jesús y a seguirle? Nada mejor podemos ofrecerles.            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BAUTISMO DEL SEÑOR (12. I. 2014) - Ciclo A

JESÚS ESTÁ DE NUESTRA PARTE

“Cumplamos lo que Dios quiere”

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Estamos en el río Jordán. Una larga fila de hombres y mujeres vienen a que Juan les bautice. Hay labradores, pescadores, amas de casa, pastores, soldados, gente de mal vivir. Todos han escuchado la llamada del Bautista a cambiar de vida y vienen arrepentidos y dispuestos a emprender otro modo de vivir. Cuando le llega su turno, Jesús se acerca también para que Juan le bautice. Juan reacciona como hubiéramos reaccionado nosotros: “Soy yo el que necesita que tú le bautices ¿y tú acudes a mí?” Jesús no se pone a discutir y le dice llanamente: “Déjalo por ahora. Es preciso que cumplamos toda justicia”. “Justicia” es sinónimo de lo que Dios quiere. Jesús, pues,  dice a Juan que la voluntad de Dios es que se ponga en medio de los pecadores, no entre los que se creen justos e irreprensibles, y que reciba el bautismo. Ciertamente, él sabe que no tiene ningún pecado del que arrepentirse, pues se ha hecho igual a nosotros en todo, menos en el pecado. No es un pecador, pero ha venido a salvar a los pecadores. A todos. Incluso a los que sean grandísimos pecadores. Su ayuda a los pecadores comienza ya desde ahora poniéndose no a parte sino entre ellos, a su lado. Juan accede y le bautiza. Y, en ese preciso momento, recibe la confirmación de que el que tiene delante no es un pecador sino nada menos que el Hijo de Dios, el Santo de los santos. Precisamente por esto, por no ser pecador, puede ponerse al lado de los pecadores y ayudarles. El Papa Francisco no se cansa de invitar a los pecadores a venir a reconciliarse con Jesús sin cansarse. Él no se cansa de perdonar. Nosotros –insiste el Papa- no hemos de cansarnos de pedir perdón. Tenemos que cambiar el chip y asumir que el gran enemigo nuestro no es el pecado sino la impenitencia, el cerrarnos al perdón. No pedir perdón por el orgullo de creernos buenos y no pedirlo por el orgullo herido al tener que reconocer que no lo somos. Mientras tanto, el demonio se frota las manos, porque seguimos siendo sus esclavos. Y nuestra alma se resiente. Porque sólo el perdón de Dios pacifica la conciencia y nos devuelve el gusto de vivir. ¿A qué esperar?

LA SAGRADA FAMILIA (domingo 29.XII. 2013: infraoctava de Navidad) - Ciclo A

¿QUIÉN MUEVE LOS HILOS DE LA HISTORIA?

“Así se cumplió lo que dijeron los profetas”

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Tres mandatos imperiosos, tres obediencias perfectas, un proyecto realizado y otro destruido. Este es cuadro del evangelio de este domingo de la Sagrada Familia. Dios envía su ángel a José por tres veces con un mensaje tajante: “Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto”; “Levántate, toma al Niño  a su Madre y vuelve a Israel”; “Toma al Niño y a su Madre y vete a Nazaret”. José no discute ni protesta. Cumple sin pestañear lo mandado: “José se levantó, tomó al Niño y a su Madre de noche, y fue a Egipto”; “José se levantó, tomó al Niño y a su Madre y volvió a Israel”, “José tomó al Niño y a su Madre y se fue a Nazaret”. Esta obediencia rendida destrozó el plan destructor de Herodes y sacó adelante el plan protector de Dios con su Hijo recién nacido. Herodes, ciertamente, mató a todos los niños de Belén y alrededores de dos años para abajo. Pero ha pasado a la historia como un sanguinario y un burlado, pues mató a los que no le molestaban y dejó vivo al que quería aniquilar. El gran triunfador fue, como siempre, Dios, que es quien mueve realmente los hilos de la historia. Los hombres, sobre todo los poderosos, creen que son ellos los que hacen y deshacen. Así lo pensaba Augusto cuando mandó hacer el censo universal, que obligó a María y a José a ir a Belén desde Nazaret. No podía imaginar que, en realidad, su proyecto era un instrumento en las manos de Dios para llevar a cabo lo que había puesto en boca de los profetas muchos siglos antes: que  el Mesías nacería en Belén. Sin embargo, Dios necesita personas tan obedientes y serviciales como José. Por eso suele echar mano de gente sencilla y dócil, que sólo busca servir y obedecer. Y suele prescindir de la gente importante y poderosa, que busca su bien personal incluso a costa de pisotear a los inocentes. Deberíamos pensar más que Dios cuenta con nosotros para hacer cosas grandes, pero necesita nuestra obediencia amorosa y rendida a sus designios. Así mismo, los que quieren “acabar con Jesucristo y con la Iglesia” también deberían tentarse más la ropa, porque no son ni serán nunca dios, aunque se lo propongan.       

Domingo 4 de adviento (22. XII. 2013) -Ciclo A

DIOS SE HA HECHO HOMBRE

“Viene del Espíritu Santo”

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El evangelio de este domingo contiene un misterio, un drama y una confirmación. El misterio es que una mujer virgen, sin dejar de ser virgen y sin relaciones conyugales se ha convertido en madre. Con un laconismo extremo lo narra así san Mateo: “La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo”. Se lo había anunciado el ángel a María en Nazaret: “Concebirás y darás a luz un hijo”. Ante el desconcierto de María, porque había consagrado a Dios su virginidad, el ángel le había dicho: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la sombra del Altísimo te cubrirá con su sombra”. María dijo “sí” y Dios realizó el prodigio, haciendo de ella una virgen-madre. ¡Gran misterio! Tan grande, que se convierte en drama para san José. Él sabía que no había tenido relaciones sexuales con María. Sabía también que María no le había sido infiel. Sin embargo, sus ojos le muestran una evidencia: María lleva un hijo en su vientre, un hijo que no es suyo. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo seguir creyendo en la fidelidad de María -que guarda absoluto silencio sobre el misterio que en ella se ha realizado- y no volverse loco? ¡Tremendo drama para José! Y no menos tremendo para María, que, si calla, es porque no debe hablar. Pero Dios nunca deja en la estacada. Lleva las cosas hasta límites que a nosotros nos desconciertan, pero está siempre a nuestro lado. Y, cuando llega el momento oportuno, interviene. Ahora sigue este proceder. Ha llevado a María hasta el límite de hacerle aceptar que será madre sin dejar de ser virgen. Lleva a José hasta el límite de ver que María tiene en su vientre un hijo que no es suyo, pero que tampoco lo es de ningún hombre. Cuando ella y él han acogido sumisamente su designio, en un momento lo aclara todo. Manda un ángel a José para que le resuelva el enigma: “No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, a casa, porque lo hay en ella viene del Espíritu Santo”. ¡Qué gran confirmación de la fidelidad de Dios a quien acoge sus planes! ¡Ojalá seamos nosotros así! FELIZ NAVIDAD A QUIENES LEÁIS ESTO. 

Tercer domingo de Adviento (15.XII.2013) -Ciclo A

EL EVANGELIO DE LAS TRES PREGUNTAS

¿Eres tú o debemos esperar a otro?

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Juan el Bautista está en la cárcel, porque Herodes no le perdona que le haya  recriminado públicamente que conviva con la mujer de su hermano. Allí le han llegado noticias sobre Jesús. Y le han entrado dudas si será o no el Mesías. Por una parte, le parece que sí, pues hace cosas maravillosas; por otra parte, le parece que no, porque no separa el trigo de la cizaña –los buenos de los malos- como él mismo había predicado, y, además, podría haberle liberado a él de su cautiverio. La duda es demasiado importante como para dejarla en suspenso. Concibe un plan: dado que él no puede ir a escuchar y observar a Jesús, envía unos discípulos con el encargo preciso de formularle la gran pregunta: “¿Eres tú el Mesías o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta que, desde entonces, no ha dejado de ser formulada en mil tonos y circunstancias. Jesús no responde directamente. Se remite a sus obras: “Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. A Juan le sonaban esas palabras, porque conocía perfectamente lo que había profetizado Isaías sobre los tiempos mesiánicos: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos se abrirán, saltará el cojo como un ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo”. La respuesta no era evidente, pero tenía suficiente luz como para ser aceptada. Y, desde entonces, Juan la aceptó e identificó a Jesús con el personaje que él había anunciado y del que había sido mensajero. Todo esto nos enfrenta a nosotros con estas tres preguntas. Primera: “¿Me he preguntado en serio alguna vez quién es Jesús?”. Segunda: “¿Si alguien me preguntara en qué creo, qué me preocupa en la vida, para qué trabajo, me atrevería a responderle como Jesús: mira lo que hago, mira mis obras?” Tercera: “Ante los poderosos de este mundo: los que tienen el dinero, el poder y los medios ¿soy tan valiente como Juan o me doblo como una caña?” Jesús viene a nuestro encuentro para ayudarnos a responder. Porque hay que responder.Nos va la vida en ello.              

Inmaculada Concepción (2 de Adviento- Ciclo A)

MARÍA ES CAMINO OBLIGADO

“Alégrate, llena de gracia”

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Hoy toda la Iglesia celebra el segundo domingo de adviento. Menos España. No es por desobediencia sino por privilegio. Ha sido necesario acudir a Roma, para que nos permitieran celebrar esta fiesta en un domingo de los llamados “privilegiados”, es decir, sobre los que nada prevalece. Pero España es la tierra de la Inmaculada, la tierra de María Purísima y no podían privarnos de celebrarla. Además, bien miradas las cosas, María encaja en cualquier parte del Adviento. Porque si el Adviento es para prepararnos a la venida del Salvador, ¿no es María el camino obligado y más andadero, dado que en su seno se gestó la humanidad del Salvador? ¿No es Ella la puerta a la que debemos llamar para decirle que nos le entregue? María, en efecto, fue Inmaculada no “porque sí” o porque Dios quería lucirse en una mujer. María fue preservada del pecado original -que todos contraemos cuando somos engendrados por nuestros padres- por una razón suprema: porque estaba destinada a ser la Madre de Dios. Y el huerto donde brotaría la flor que salvaría a toda la humanidad, no podía ser posesión del demonio, ni siquiera por un instante. Dios tuvo que emplearse a fondo para que esto pudiera ser así. Porque María, por ser hija de Adán como nosotros, debía recibir la herencia del pecado original. Además, tenía que ser alcanzada por la redención antes de que ésta tuviera lugar. Era tan peliaguda la cuestión, que los teólogos tardaron siglos en encontrar la respuesta adecuada. Al fin dieron con ella: María no ha contraído el pecado original porque la gracia de la redención se le aplicó por anticipado. Así, mientras a todos los demás Jesucristo nos da la gracia del Bautismo para levantarnos y lavarnos de ese pecado, a María le puso la mano para evitar que cayera en él. Como diría más tarde el clásico castellano, la hizo “la Hidalga del Valle”, porque fue la única que mantuvo en pie. Otro clásico, aunque menos brillante, explicó así el misterio: “¿Quiso y no pudo?/No es Dios. ¿Pudo y no quiso?/No es hijo./Digamos pues, pudo y quiso” hacerla Inmaculada. Si queremos encontrar a Jesús en Navidad, vayamos a María en este Adviento.    

Domingo primero de Adviento (1.XII.2013) - Ciclo A

LA META ILUMINA EL CAMINO

“Vigilad, pues no sabéis el día”

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Decía el gran Indurain en una entrevista: “Cuando doy la primera pedalada, ya estoy pensando en los Campos Elíseos”. Era una bonita manera de explicar que, si quería ganar la vuelta a Francia, tenía que ganarla desde la primera etapa. Traducía así, de modo muy realista y objetivo, el gran principio de santo Tomás de Aquino: “El fin es lo último que se alcanza pero lo primero que se elige”. Hasta tal punto que, sólo quien conoce cuál es su fin, puede vivir como le conviene. Todo esto viene a mi memoria porque hoy, día de año nuevo en la Iglesia por ser primer domingo de Adviento, el evangelio nos sitúa en el final de la historia y de nuestra vida. Es una sabia pedagogía. Porque un opositor que quiera ganar de verdad la oposición, necesita conocer cuáles son los temas que debe preparar, trazarse un exigente plan de trabajo y poner todo el esfuerzo necesario para aprenderlos. Si procede a tontas y a locas, corre el riesgo de no preparar todos los temas, de dar mucha importancia a lo que no tiene tanta y descuidar lo verdaderamente nuclear. Por eso, la Iglesia, que, además de formidable maestra, es  una buenísima madre, al empezar un año nuevo nos recuerda cuál es nuestra meta y cuál es el camino para alcanzarla. No sea que nos ocurra lo que ocurrió “en tiempos de Noé”, cuando “antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba”; y “cuando menos lo esperaba, llegó el diluvio y se los llevó a todos”. Porque la tentación para todos y la realidad para no pocos es vivir preocupados exclusivamente de las cosas terrenas: comer, beber, trabajar, divertirnos, disfrutar de la vida…sin pararnos a pensar si todo eso nos está llevando a buen puerto o nos está alejando de Dios y del fin al que está orientada nuestra existencia. No en vano cantaba el juglar: “Al final de la jornada/, el que se salva, sabe/ y el que no, no sabe nada”. La pregunta surge espontánea: ¿Estoy viviendo de modo que, si hoy fuera el final de mi vida, Dios me daría su gloria o tendría que excluirme de ella?. Jesús viene otra vez a nuestro encuentro para darnos la oportunidad de pararnos a pensar y, si es preciso, rectificar. Su ayuda está asegurada.  

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (Domingo 34 del Tiempo Ordinario) 24.XI.2013

LA CRUZ ES EL TRONO DE JESÚS

“Hoy estás conmigo en el Paraíso”

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Estamos en el monte Calvario. Tres ajusticiados mueren en una cruz. Dos son ladrones y nadie se preocupa de ellos. El tercero, Jesús de Nazaret, es el blanco de todos los dardos. “Si eres el Cristo, el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!, ¡muestra tu poder!”, le gritan desafiantes los jefes de los judíos, los saldados y uno de los malhechores que está a su lado. La cruz pone un gran interrogante a todo lo que hasta entonces ha dicho y hecho. ¿Para qué sirve un Cristo que no puede siquiera salvarse a sí mismo de la muerte? Si alguien depende de él sólo tiene esta alternativa: buscar otra ayuda o desesperarse. En medio de tanto odio y desprecio, una voz se levanta pidiendo justicia. Es la de uno de los ladrones que están a su lado sufriendo la misma suerte. Encarándose con el otro compañero, proclama la inocencia de Jesús. “Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado a nadie”. Más aún, sabe descubrir que Jesús Crucificado es un Rey salvador. Y le dice: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús, que había callado ante los insultos, abre ahora la boca para decirle: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Hoy sigue oyéndose el mismo grito del Calvario: ¿Para qué sirve un Cristo que no resuelve los problemas del hambre, de la vivienda, del paro, del cáncer, de los fracasos, de la guerra, del terrorismo? Los que –por pura gracia de Dios- hemos recibido el inmenso don de la fe, sabemos para qué sirve ese Crucificado. Él no sirve para garantizar el bienestar material o librarnos del dolor en esta vida. Pero sirve para algo que es mucho más valioso. Sirve para salvarnos de la lejanía de Dios y para llevarnos al Paraíso eterno con el buen ladrón. Quien busca a este Jesús, es salvado por él de sus pecados, de sus esclavitudes, de sus sinsentidos, de la peor de todas las muertes: la muerte de la nada. Repite conmigo lo que cantamos cada Viernes Santo: “Jesús, Señor de mi vida/, que en la Cruz estáis por mí/, en la vida y en la muerte/, tened compasión de mí”. Repítelo despacio y ya me vendrás a contarme para qué sirve ese Jesús Crucificado.   

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (17.XI.2013) - Ciclo C

ENTRE EL HOY Y EL MAÑANA

“No quedará piedra sobre piedra”.

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El Templo de Jerusalén, edificado después del destierro (s.VI av.), fue ampliado por Herodes el Grande entre el año 20 a C. y el 64 d. C. Las proporciones colosales, la ornamentación armónica y la riqueza de los materiales hacían del edificio el orgullo de cualquier judío de la época. Un día, oyó Jesús cómo algunos ponderaban las maravillas del Templo y sentenció: “No quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”. Los discípulos lo oyeron y le preguntaron: “¿Cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que está a punto de suceder?” Él no contestó directamente, se ratificó en lo dicho y añadió: la destrucción irá acompañada de la aparición de falsos mesías y de guerras y revoluciones. Más aún, vaticinó que ellos estarían involucrados, porque sufrirían grandes dificultades para expandir el Reino de Dios: persecuciones, odios y hasta traiciones de los familiares más próximos. Los discípulos quedaron impactados. Jesús lo advirtió y les hizo dos grandes promesas: Dios os cuidará con una asistencia especial y saldréis victoriosos de las pruebas por vuestra perseverancia. Al día de hoy, sabemos que la profecía de Jesús se cumplió al pie de la letra. Pocos años más tarde, los ejércitos de Vespasiano arrasaron Jerusalén y destruyeron el Templo hasta sus cimientos. Los Apóstoles sufrieron también las grandes persecuciones prometidas a la hora de predicar el Evangelio. De hecho, todos fueron martirizados. Pero todos perseveraron. Atrás quedaron las cobardías, negaciones y huidas del día de la Pasión. Eran los mismos de entonces, pero ahora ya habían recibido el Espíritu Santo. Con esa especial ayuda divina fueron fieles hasta el final. La historia continúa en nosotros, los cristianos de hoy. Muchos están sufriendo persecuciones violentas por regímenes totalitarios y por grupos fanáticos. En los países de vieja cristiandad, como el nuestro, esta persecución no es física pero no es menos violenta. Todos somos testigos de odios, malquerencias, calumnias y exclusiones sociales sólo porque somos cristianos. Es la hora de saber que Dios está con nosotros y de pedir su ayuda para ser fieles hasta el fin.              

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (10.XI.2013) - Ciclo C

¿TERMINA TODO CON LA MUERTE?

“Dios es Dios de vivos”

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Muchos responden “sí”. No hay más vida que la de este mundo. Aquí nacemos, nos casamos, trabajamos, comemos, descansamos, sufrimos y morimos. Una paletada de cemento o de tierra certifica para siempre que hemos pasado a la nada. En tiempos de Jesús eran los saduceos los que mantenían esta opinión. Creían que Dios había creado al mundo y a los hombres y que había dado la Ley al pueblo de Israel por medio de Moisés para que pudiera vivir en este mundo de una forma ordenada. Pero por encima del mundo actual y de la vida en este mundo Dios no puede ni quiere hacer nada. Cuando se muere, termina la vida en este mundo y termina la relación con Dios. Un día está Jesús enseñando en el Templo. Un grupo de saduceos se acerca para ponerle un caso, tan absurdo como aparentemente incontestable: si en obediencia a la ley del “levirato” –que mandaba casarse con la viuda del hermano que había muerto sin descendencia- se casan sucesivamente seis hermanos con la misma mujer del primer marido, ¿de cuál de ellos sería mujer en el momento de la resurrección? Los saduceos de hoy –todos los materialistas- no niegan la resurrección recurriendo a este argumento. Pero, en el fondo, razonan con el mismo presupuesto: la vida que seguiría a la muerte es como la que ahora conocemos. Es inimaginable, por tanto, que exista la resurrección. Porque, ¿dónde podrían vivir los millones y millones de hombres y mujeres que han vivido y vivirán mientras el mundo siga existiendo?, ¿qué harán en esa vida sin fin? La respuesta de Jesús a los saduceos es sumamente esclarecedora: la vida que Dios da con la resurrección, no es una simple continuidad de la vida de este mundo ni un tiempo vacío que hay que llenar con alguna actividad. No. Es participar en la misma vida de Dios. Cuando morimos, ni vamos a la nada ni a una vida como la actual, sino que pasamos de este mundo al Padre. ¡Hay que cambiar la perspectiva! Traspasamos la barrera del tiempo y llegamos a la meta: a nuestro encuentro definitivo con Dios, para vivir como hijos suyos y gozar de su amor para siempre, y en compañía de los nuestros.                

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (3.XI.2013)- Ciclo C

JESÚS NUNCA PASA DE LARGO

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”

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Estamos en Jericó, ciudad rica y comercial y lugar de paso obligado hacia Jerusalén. Aquí vive un hombre que es muy rico, porque, además de ser cobrador de los impuestos que Roma le ha vendido y explotar a la gente, es “jefe de los recaudadores” de esos impuestos. Aunque tiene mucho dinero, la gente le desprecia. Más aún, se ríe de él, porque es llamativamente bajo de estatura. No es mala persona, al contrario, tiene buen corazón. Ha oído hablar de Jesús de Nazaret: de sus milagros, de sus parábolas, de cómo trata a la gente, y le ha picado la curiosidad. Hoy va a tener la oportunidad de satisfacerla, porque Jesús está en Jericó camino de Jerusalén. Tendrá que pagar el precio del ridículo, porque, como es tan pequeño de estatura, o se encarama a un árbol –con el consiguiente ridículo que esto supone para hombre y encima “jefe de publicanos”- o se queda sin verle. Sin pensárselo dos veces, opta por subirse a un árbol del camino por dónde pasará Jesús. Y Jesús pasa. Pero no de largo. ¡¡Jesús nunca pasa de largo ante quien le necesita!! Y  Zaqueo necesita que le saque de su situación moral. Jesús se detiene, le mira y le dice: “Zaqueo, invítame a comer a tu casa”. Zaqueo –ya hemos dicho que tenía buen corazón-, baja deprisa y le invita lleno de alegría y prepara un banquete al que asisten los publicanos que despenden de él. La gente se lleva las manos a la cabeza y murmura escandalizada: “¡Ha entrado a comer en casa de un pecador!”. Efectivamente, ha entrado en casa de un pecador, porque ha venido a buscar a los pecadores, no para condenarles sino para salvarles. Zaqueo es alcanzado por la gracia de Jesús y dice en alta voz, ante el asombro de sus correligionarios: “Señor, la mitad de mis bienes los repartiré con los pobres y si a alguien le he robado, le devolveré cuatro veces más”. Jesús sentencia: “Hoy ha llegado la salvación a esa casa”. Amigo mío, ¿estás lejos de Dios porque no rezas, porque no vas a la Iglesia, porque te has separado de tu mujer, porque eres un tirano con tus empelados, porque estás en el fango de la lujuria? Jesús quiere salvarte como a Zaqueo. Acércate a Jesús.          

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (28. X. 2013) - Ciclo C

¿PUBLICANOS Y FARISEOS A LA VEZ?

“Ten piedad de mí, que soy un pecador”

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El evangelio de este domingo es la conocidísima parábola del fariseo y el publicano. Ambos han ido al templo a rezar. El fariseo, se pie oraba así para sus adentros: “Te doy gracias, Señor, porque soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, con los ojos bajos, rezaba así: “Señor, ten compasión de este pecador”. Jesús sentencia: “Éste bajo a su casa justificado y el otro no”. No hay motivo para dudar que el fariseo está diciendo la verdad: no roba, no adultera, paga lo estipulado, es cumplidor. Lo cual es bueno. También lo es, dar gracias a Dios por ello. ¿Por qué, entonces, sale del templo sin agradar a Dios, más aún, habiéndose indispuesto con Él?. Es condenado por Jesús, porque piensa que es bueno por sus propias fuerzas, no por la gracia de Dios. Por eso, se compara con los demás, especialmente con el publicano, y sobre ese trasfondo oscuro trata de brillar con más resplandor. “Te doy gracias porque no soy como los demás”. Su acción de gracias es, en el fondo, una autocomplacencia refinada, un superlativo elogio de sí mismo. Nada más lógico que esta soberbia altanera molestase profundamente a Dios. Todo lo contrario que la oración humilde del publicano. Él no era un dechado de virtudes. Al contrario, típico de su profesión era estafar a los demás y vivir para el dinero, lo cual es malo. Pero él lo reconoce con humildad, como lo atestigua tener los ojos bajos y golpearse el pecho, y sobre todo su confesión humilde: “Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”. Dios no podía menos de perdonarle y reconciliarle consigo, porque ha venido a salvar a los pecadores. Actualmente, la parábola tiene otras tres lecturas. La del fariseo que no tiene nada que reprocharse, porque “yo no mato, ni robo, ni cometo adulterio” y, por eso, no necesita confesarse y vive, aunque él no lo crea, empecatado. La del fariseo ateo o alejado que presume de no ser creyente ni practicante “como los demás”, sino “trasgresor”, y tampoco se arrepiente. Y la del que es publicano en la vida y fariseo en el templo, que es la máxima perversión. ¿Dónde estás tú?       

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (20.X.2013) - Ciclo C

¿PODEMOS FIARNOS DE DIOS?

“Les hará justicia sin tardar”

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Hace algunos domingos, el evangelio se ocupaba de un administrador corrupto. El de hoy lo hace de un juez injusto, déspota y engreído. “No temía a Dios ni le importaban los hombres”, dice el texto sagrado. No es de extrañar que diera largas a una viuda que insistía “que le hiciese justicia frente a su adversario”. Pero la viuda era de esas mujeres recias a las que no se dobla fácilmente. El juez se percató de ello y se dijo a sí mismo: o resuelvo el pleito o termina aburriéndome y, quizás, pegándome en la cara. A la postre, aunque “no temía a Dios ni le importaban los hombres”, terminó haciéndola justicia. La debilidad había triunfado sobre el poder y la altanería. Quizás alguno se pregunte por qué el evangelio aborda esta cuestión. La respuesta es que Jesús quería enseñar a sus discípulos una lección sencilla pero esencial: “que tenían que orar siempre sin desanimarse”. Sabía el Señor que los hombres –y sus discípulos también lo somos- se preguntan con frecuencia si la oración tiene algún valor, si Dios se interesa por quien le pide ayuda, si rezar no será una pérdida de tiempo y, por tanto, si no es más razonable dejar de rezar y tratar de resolver por nuestra cuenta los problemas y, si no podemos, conformarnos o desesperarnos. El asunto es serio, porque el hombre es un indigente permanente y, con frecuencia, impotente frente a sus necesidades. ¿Qué hacer? Jesús responde: lo que hizo la viuda: insistir y seguir insistiendo con total confianza. Porque Dios no es como el juez injusto del que hablábamos. Es nuestro Padre, nuestro amigo, nuestro protector. Lo que ocurre es que él tiene otros plazos y otros distintos a los nuestros. Nosotros hemos de pedir con insistencia y sin desanimarnos, aunque la respuesta se haga esperar. Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos. Díscolos y hasta desvergonzados, a veces, pero hijos al fin y al cabo. La paternidad de Dios y nuestra condición de hijos es el motivo de nuestra confianza perseverante. Este es clavo ardiente al que hay que agarrarse. Confiemos, insistamos, pidamos con humildad y…Dios, como buen Padre, nos dará lo que más nos convenga.          

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (13.X.2013) - Ciclo C

UNA LPEROSERÍA GIGANTESCA

“¿Los otros dónde están?”

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La lepra era, en tiempos de Jesús, una enfermedad casi incurable y siempre contagiosa. Quienes tenían la desdicha de contraerla, quedaban rigurosamente excluidos de la comunidad familiar y social. Por el peligro de contagio, tenían que vivir fuera de los pueblos y ciudades y, aunque se situaban no lejos de las poblaciones para pedir limosna y poder subsistir, tenían que advertir de su presencia, dando gritos o tocando esquilas.  Un día Jesús se disponía a entrar en una aldea. De pronto oyó este grito: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Era el lamento desgarrado de un grupo de diez leprosos que pedían la curación. Jesús no se acercó a ellos ni les mandó acercarse. Se limitó a decirles: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ellos eran los que, en caso de curación de la lepra, tenían que certificarlo, pues de su juicio dependía la admisión en la sociedad. Detrás de este mandato, se escondía una exigencia de fe y de confianza, pues él no había hecho nada para curarlos. Ellos superaron la prueba que Jesús exigía siempre para hacer milagros: tener plena confianza en él y en su poder. De hecho, se pusieron en camino hacia los sacerdotes. No obstante, sólo uno –extranjero para más señas- llevó esa fe hasta el final. En efecto, mientras iban caminando, los diez advirtieron que habían sido curados, pero sólo uno volvió sobre sus pasos para dar gracias. Jesús, que era tan hombre como nosotros en todo menos en el pecado, acusó el golpe de la ingratitud, y dijo: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?”. Todos los que me lean han sido y son leprosos. Yo también. Arrastramos una lepra peor que la de aquellos desgraciados. Pero podemos vencerla, aunque sin llegar a erradicarla del todo. Esa lepra es el pecado, que siempre nos sitúa en la periferia familiar y social, porque siempre debilita la comunión. A veces, la rompe de modo radical, destruyendo la propia familia y corrompiendo la vida social.  Jesús es el único médico que puede curar la gran leprosería del mundo actual. Basta que vayamos a él y confesemos nuestros pecados a un sacerdote, a través del cual Él es quien perdona.  

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (6.X.2013)- Ciclo C

HACER POSIBLE LO IMPOSIBLE

“Señor, auméntanos la fe”

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En una ocasión escuché a un santo sacerdote, hoy ya canonizado: “Hay que pedir a Dios imposibles”. Entonces no entendí la hondura de estas palabras. Con el paso de los años, me ha dado cuenta de que Dios hace posible lo imposible. No existen límites para su poder. Puede ocurrir que encargue tareas y pida exigencias aparentemente imposibles. O que prometa lo que es imposible para los hombres. Él hace posible lo imposible si nosotros ponemos una condición: la fe, la confianza en Él. Imposible le parecía a María ser madre sin dejar de ser Virgen, pero Dios hizo posibles ambas cosas y hoy la proclamamos “la siempre Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra”. Imposible pensaba Zacarías que era convertirse en padre, siendo viejo y estando casado con una mujer, que además de vieja era estéril. Pero Dios le dio nada menos que al que fue el Precursor de Jesucristo: san Juan Bautista. Imposible era que Abrahán se hiciera padre de un pueblo más numeroso que las estrellas del cielo y las arenas de la playa, pero en Jesucristo –“hijo de Abrahán”, según las genealogías de san Mateo y san Lucas- Dios lo hizo realidad. La historia de todos los santos fundadores es la historia de los imposibles convertidos en realidad. Nuestra propia historia personal puede ser así. Basta que hagamos lo que dice el Evangelio de hoy: pedir a Dios que nos aumente la fe. Sí, que nos la aumente, porque ya la tenemos. Quizás sea tan pequeña como una semilla de azafrán o un “grano de mostaza”, como dice el Evangelio. Quizás se tambalee ante la menor dificultad. No importa. Jesús dice: Si tenéis la fe de un grano de mostaza, podréis decir a un monte, “arráncate y plántate en el mar”, y se hará. ¡Bello modo de decir que haremos posible lo imposible! Lo que ocurre es que, a veces, nuestra fe ni siquiera es como un grano de mostaza. ¿Qué hacer? ¿Apartarse definitivamente de Jesús, renunciar a seguir viviendo y luchando? La respuesta nos la dan los apóstoles en el evangelio de este domingo: “Señor, auméntanos la fe”. Esta es la receta: Pedir a Jesús que nos aumente la fe, la confianza, el abandono en Él.