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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (29.IX. 2013) - Ciclo C

PARÁBOLA MUY ACTUAL

“Murió el rico y fue llevado al infierno”

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La parábola de este domingo es la del rico Epulón y el pobre Lázaro. Epulón  se vestía de lino y púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día. Lázaro era un mendigo cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. A la postre murieron los dos. Pero la suerte fue completamente diversa: Epulón fue llevado al infierno y Lázaro al Cielo. La parábola se hace dramática, porque tiene una rabiosa actualidad a nivel internacional, nacional y de clases. Epulón representa los llamados países ricos; Lázaro, los países en vías de desarrollo o del tercer mundo. La televisión nos lo permite comprobar a diario. Pero podemos verlo con nuestros propios ojos. ¡Cuántos futbolistas, cantantes, estrellas de la televisión, grandes directivos, etc. cobran millones de euros mientras un padre de familia numerosa no pasa de mil euros mensuales o no llega a ellos, si está en paro! ¡Cuánta gente cambia de vestido a diario, incluso por la mañana y por la tarde, y tiene trajes de diario, de fiesta y de noche y no da una limosna a un pobre miserable! ¡Cuántos coches, televisiones, móviles hay en algunas casas, frente a las cuales vive gente como Lázaro! ¡Cuántos comen, visten, gastan y se divierten a placer, mientras otros no tienen donde caerse muertos! No hace falta ser muy finos para darse cuenta de que el final no puede ser el mismo. Y no lo es. La parábola de hoy lo dice con toda claridad: el rico fue llevado al infierno y el pobre fue llevado al cielo. El que dicta la sentencia es Jesús, que no es un hombre de parte. Jesús, en efecto, no ha muerto sólo por los pobres ni sólo por los ricos, ni quiere que se salven los pobres y que se condenen los ricos. No. Él ha dado su sangre por los unos y por los otros y quiere que vayan al cielo los unos y los otros. Pero -¡una vez más!- llama la atención: ¡Ojo, las riquezas son peligrosas, mucho más peligrosas que la pobreza y la enfermedad!. ¿No recordamos la bienaventuranza del evangelio de san Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” y la malaventura recogida en el de san Lucas: “¡Ay de los ricos!”?   

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (22.IX.2013) - Ciclo C

JESUCRISTO Y LA CORRUPCIÓN

“Los hijos de las tinieblas son más sagaces”

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Por extraño que parezca, el evangelio de este domingo es una parábola sobre la corrupción. Y, lo que es más llamativo todavía, da la impresión de que no sólo no se condena al corrupto sino que se le pone como modelo a seguir. En efecto, Jesús habla de un administrador corrompido. Comenzó falsificando las cuentas y balances; luego, cuando fue descubierto, pensó cómo corromper a los deudores y, finalmente, les corrompió de hecho. Más en concreto, se trata de un administrador que, sorprendido en su mala gestión y viéndose despedido, trama cómo arreglárselas cuando se encuentre en la calle y cavila un modo bastante simple pero eficaz: que los deudores firmen contratos falsos y amañados muy a la baja de lo real. De este modo, tejió una red de estómagos agradecidos, que le echaron una mano cuando perdió el empleo. Cuando lo supo su jefe, “le alabó por su astucia”. A primera vista, da la impresión de que Jesús alaba también a este delincuente, porque saca esta conclusión: “Ciertamente, los hijos de las tinieblas son más astutos en sus cosas que los hijos de la luz”. Sin embargo, es claro que Jesús no aprueba el fraude sino la agudeza con la que procedió el defraudador. Efectivamente, este hombre demostró dos cosas: extrema rapidez en actuar y gran astucia. Actuó con gran inteligencia e ingenio, aunque no con honestidad. Esto es lo que deberíamos hacer nosotros: no remitir al mañana, no dejar que se duerman las cosas, sino actuar con prontitud e inteligencia en hacer el bien. Además, ganarnos amigos para cuando llegue la hora de presentar nuestro balance ante Dios. Esos amigos son los pobres, los necesitados, los que pasan hambre, sed, enfermedad o cárcel. Porque el Señor se ha identificado con ellos. Si ahora les dedicamos nuestro tiempo, nuestras cualidades, nuestros dineros y nuestros servicios, cuando llegue el momento del balance, podemos estar seguros. Los pobres son nuestras cuentas corrientes y nuestros cheques bancarios, pues nos permiten trasferir nuestros bienes de “acá” al “más allá”. Esta es la gran lección.           

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (15.IX.2013)- Ciclo C

UNA PARÁBOLA MUY ACTUAL

“Dame la herencia que me corresponde”

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El evangelio de este domingo contiene todo el capítulo 15 de san Lucas, compuesto por las tres parábolas de la misericordia: la oveja descarriada, la dracma perdida y el hijo pródigo. Me detengo en esta última, un relato sencillo y conmovedor. Es una historia vista desde tres perspectivas: la del hijo menor, la del padre y la del hijo mayor. La historia del hijo menor es casi un modelo del proceso que sigue el pecador: abandono de la casa paterna, pensando que fuera de ella está la libertad y la propia realización; la del padre, que sufre y espera la vuelta del hijo y se vuelve loco de alegría cuando éste retorna a casa; y la historia del hijo aparentemente fiel pero que no ha comprendido lo que es ser hijo, hermano y padre, y reacciona como un extraño. El hijo pródigo somos todos nosotros. Sin ninguna excepción. Unos se han alegado más y otros menos, pero todos nos hemos alejado mucho del amor del Padre, que es Dios. Dejándonos embaucar por la astucia artera del demonio, hemos pensado que en casa -en la Iglesia, en una vida cristiana seria- no hay libertad y sólo prohibiciones; mientras que fuera –en las juergas, en el lucimiento personal, en el dinero y el poder- está la felicidad. Pero la vida se encarga de ponernos en nuestro sitio y darnos de bruces con la realidad. ¡Cuántos que se las prometían muy felices dejando a su mujer y yendo con otra, viviendo en demasía el placer y la diversión, sacrificando la familia por el trabajo, luchando con denuedo por ganar dinero y situarse en una clase social elevada… se han encontrado como el pródigo: vacíos por fuera y por dentro, y metidos en un camino de infierno jalonado por la droga, el alcohol, el sexo, el juego y Dios sabe qué más y, como resumen, con una inmensa infelicidad y hasta asqueados de vivir. El pródigo lo descubrió y puso remedio, que no fue otro que volver a la casa de su padre. Cuando volvió, lo menos que esperaba era encontrarse con una fiesta, un banquete y un padre que lloraba de alegría por su vuelta. ¡¡Ese es el final del que, quizás después de años, se postra a los pies de un sacerdote, confiesa sus pecados y recibe el perdón!! Revive. Haz la prueba.

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (8. IX.2013) - Ciclo C

HAY QUE PREFERIR A JESÚS

“Para ser discípulo mío…”

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Estamos acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Avanza con decisión y a buen ritmo. Le sigue mucha gente. Él no la desprecia, pero quiere que nadie se llame a engaño ni que le sigan con falsas esperanzas. Quien va detrás de él, tiene que saber cuáles con las condiciones y las exigencias que pone. Jesús señala tres: Primera: “odiar” al padre, a la madre, a los hijos, a los hermanos, incluso a sí mismo. Segunda: llevar la cruz de cada día. Tercera: renunciar a todos los bienes. ¿Es celoso Jesús de los amores humanos, y por eso pide “odiar” a los más íntimos? ¿Cómo podía serlo, si él mismo es  quien ha creado esos amores y ha mandado amar a los demás más que a uno mismo? La lengua hebrea, parca en vocabulario, emplea un término que no responde exactamente a nuestro castellano “odiar”. Lo que Jesús dice es esto: Quien se vea obligado a hacer una opción entre Él y otra persona, por cercana y querida que sea, debe optar por Jesús. Es lo que les ha ocurrido a más de uno y a más de una, cuando han tenido que dejar la novia para ingresar en el seminario y al novio para entregarse a Dios con radicalidad, dentro o fuera del mundo. Además, quien quiera seguir a Jesús, ha de cargar con su cruz de cada día. El “seguimiento” de Cristo o es total o no es tal seguimiento. No se pueden escoger sólo aquellos tramos de la vida que nos agradan. No. Hay que asumir también los que son dolorosos. Más aún, los que nos ponen en la suprema alternativa: ser fieles o ser traidores a cambio de conservar la vida. Los mártires –todos- no lo dudaron: prefirieron morir antes que renegar de Cristo y de su fe. Por último, hay que estar dispuesto a dejar todos los bienes, si él nos lo pide. El que da la misma respuesta que el joven rico del evangelio, tendrá la misma recompensa: “se fue triste”, porque era muy rico y prefirió sus riquezas a la propuesta de seguir a Jesús. Hoy sucede igual. Mucha gente tiene de todo, disfruta de todo… y está triste. ¿Qué ocurre? Que “eso” no da felicidad. Con la felicidad sucede como con el amor: ni se compra ni se vende. Se recibe como don. Pero antes hay que donarse del todo.         

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (25.VIII.2013) - Ciclo C

¿UNA PREGUNTA O UNA RESPUESTA?

“Entrad por la puerta estrecha”

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Hay una pregunta que siempre ha preocupado a los cristianos: ¿son muchos los que se salvan? Un día se la hicieron a Jesús, como nos cuenta el evangelio de este domingo. Jesús no contestó directamente, diciendo si eran muchos o eran pocos. Al contrario, dio un giro a la pregunta, sacándola del terreno de la curiosidad y llevándola al campo de lo que es imprescindible saber. Más que responder sobre el cuántos prefirió hablar sobre el modo. Actúa como un buen maestro que quiere educar a sus discípulos, llevándoles del terreno de la superficialidad al de la sabiduría, de las cuestiones intranscendentes a las cuestiones verdaderamente importantes de la vida. Por eso, le interesa menos el número de los salvados que el modo de salvarnos. A este respecto da dos claves: una negativa y otra positiva. La negativa es ésta: No basta pertenecer a un determinado pueblo, nación, estrato social o religioso para salvarse. La positiva es ésta: es necesario llevar una vida coherente. El evangelio de san Mateo lo dice, si cabe con más claridad, cuando habla de los dos caminos: el camino que lleva a la perdición y el camino que lleva a la salvación. El primero es ancho y carretero, el segundo es estrecho y empinado. ¿Quiénes van por el uno y por el otro? A veces, pensamos que el camino ancho y carretero –el camino fácil- es el de los malos, a quienes todo les sale redondo; mientras que el camino de los buenos está lleno de dificultades y sinsabores. Es un error de apreciación. El camino de “los impíos” –por emplear un término muy bíblico- comienza bien, pero a medida que lo van recorriendo se hace cada vez es más triste y penoso. La vida de muchas celebridades del cine, de la canción o del espectáculo lo prueba a diario. ¡Cuántos terminan emborrachados de alcohol, droga y sexo y… destrozados! Al contrario, el camino de “los justos” –también es una expresión bíblica- comienza siendo dificultoso, pero poco a poco se va llenando de alegría, consuelo, gozo y esperanza. Pero volvamos a la pregunta y la personalicemos: “¿Me salvaré yo?” La respuesta nos la da Jesús: mira cómo vives, examina el camino que estás recorriendo, pregúntate si eres coherente o no.        

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (18 de agosto de 2013)- Ciclo C

PAZ Y GUERRA

“No he venido a traer paz sino guerra”

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Tengo un amigo sacerdote a quien su padre le puso ante esta alternativa: “O dejas el seminario o dejas de ser hijo mío”. Mi amigo estaba convencido de que Dios le llamaba a ser sacerdote y tuvo que preferir a Dios antes que a su padre. Conozco más personas que se han visto en una situación parecida. Los traigo a colación, porque aclaran muy bien lo que dice el Evangelio de hoy. Éste, en efecto, contiene algunas de las palabras más provocativas de Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra?. No. He venido a traer la división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: dos contra tres y tres contra dos; estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la nuera contra la suegra y la suegra contra la nuera”. Son desconcertantes porque estas palabras han salido de la misma boca que dijo “Bienaventurados los pacíficos” y por quien fue anunciado al mundo con este mensaje: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz”. ¿Cómo se explica esta contradicción? Muy sencillo. Porque Jesús ha traído la paz verdadera y ha destruido la paz falsa. Ha venido a traer la paz y la unidad que conduce a la vida eterna y ha venido de quitar la paz que sólo sirve para adormecer las conciencias y llevarlas a la ruina. Ante Él hay decidirse. Y unos se ponen a su lado y otros se ponen en frente, unos le siguen y otros le combaten. Sus palabras y acciones fueron las mismas para los fariseos y para la gente sencilla. Pero los primeros le llamaron “endemoniado” y la gente sencilla le proclamó “el enviado de Dios”. Jesús señala que esta división puede tener lugar dentro de la misma familia: el padre y la madre contra el hijo o la hija, como le pasó a mi amigo. Más aún, puede tener lugar dentro de la misma persona, que se ve ante la alternativa permanente de seguir el amor o el egoísmo, la voluntad de Dios o los propios caprichos. Vale la pena optar por Jesucristo. El bien termina venciendo al mal. El padre de mi amigo terminó reconociendo su obcecación y hoy está feliz de tener un hijo sacerdote. En cualquier caso,¿qué mejor paga que jugarse la vida por ser coherente?         

 

 

 

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (28.VII.2013) - Ciclo C

EL CLIMA DE LA ORACIÓN CRISTIANA

“Padre nuestro que estás en el Cielo”

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El gran especialista Joaquin Jeremías, ha escrito tras largas investigaciones: “Jesús nació en un pueblo de gran tradición orante y él mismo fue un gran orante”. En efecto, los evangelios prueban fehacientemente que Jesús era un gran rezador: pasaba noches enteras en oración, se retiraba con frecuencia a orar, y todos los grandes momentos de su vida y ministerio están marcados por la oración: antes de comenzar la vida pública se retira cuarenta días al desierto a rezar y hacer penitencia, antes de elegir a los apóstoles pasa toda la noche en oración, antes de comenzar la pasión está tres horas rezando en Getsemaní, y mientras está muriéndose en la cruz no deja de rezar, como nos recuerdan eso que llamamos “las siete palabras”, que son, en realidad, siete oraciones. La figura de “Jesús orante” impresionó tanto a los apóstoles, que un día le dijeron: “Enséñanos a rezar”. Y, como Jesús nunca enseñaba algo que él no hiciese, les entregó su modo de rezar: el Padre Nuestro. De esta oración dijo el gran polemista Tertuliano que era “el resumen del evangelio”. Algo parecido debieron pensar san Cipriano, san Agustín, san Juan Crisóstomo, Santo Tomás, Santa Teresa de Jesús y una lista interminable de santos y sabios que no se resistieron a comentarlo. El último y más autorizado testimonio es el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. El espacio reservado al “evangelio” del domingo en esta columna no permite ni siquiera hacer una glosa elemental. Puede, en cambio, decir que la clave del “Padre nuestro” se encuentra en esas dos primeras palabras. Más aun, ése es “el clima” que nos descubre cómo oraba Jesús. Las tres o cuatro oraciones que conserva el Evangelio, prueban que Jesús siempre se dirigía a Dios como Padre: “Padre, te doy gracias porque ocultaste estas cosas a los sabios y se las revelaste a los sencillos”, “Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya”, “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Somos hijos que rezamos a un Padre, no siervos que suplican a un señor. Prueba a rezar el Padre Nuestro en este clima y despacio, y verás que Tertuliano tenía toda la razón al decir que es la síntesis de todo el Evangelio.      

Domingo 16 del Tiempo Ordinario (21.VII.2013) - Ciclo C

ESCUCHAR A JESÚS

“María ha elegido lo mejor”

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Estamos en Betania en casa de las hermanas Marta y María. No es la primera vez que Jesús está aquí, pues es un huésped muy conocido. Marta, que es una espléndida ama de casa, se ha puesto de inmediato a preparar todo lo necesario para que Jesús se encuentre a gusto. Su hermana ha preferido sentarse junto a su lado y escucharle atentamente. Al cabo de un rato, Marta ha perdido los nervios, porque no da abasto, y viene a decirle a Jesús: “Dile a mi hermana que me eche una mano”. Marta ha dado por supuesto que lo que más le importa a su huésped es que le prepare una buena comida y todo lo necesario para descansar. Está llena de buena voluntad, pero se ha olvidado preguntarse si es eso lo que más desea su huésped. Jesús le hace comprender que para él hay algo mucho más importante. Lo que a él le importa por encima de todo es que se esté a su lado en una conversación atenta y amistosa. Él ha venido aquí no tanto para ser atendido con todo detalle cuanto para ser acogido y escuchado, como ha hecho María, que “sentada a sus pies, escuchaba su palabra”. Y así se lo dice a Marta con tanta sencillez como franqueza: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con muchas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte”. Con frecuencia nosotros reaccionamos como Marta. Evidentemente, un ama de casa – y cualquiera que tiene una responsabilidad- necesita preocuparse de muchos pequeños servicios. Pero nuestra convivencia ganaría mucho si descubriéramos que lo que más desean los hijos es que sus padres les dediquen tiempo para hablar con ellos, que los ancianos reclaman, ante todo,  que escuchemos sus preocupaciones y temores, que los empleados de cualquier empresa, además del sueldo, desean que les preguntemos por su esposo/a, sus hijos y sus cosas. Ninguna asistencia material puede suplir que nos demos tiempo los unos a los otros, que nos escuchemos con paciencia y amor. Lo que más quiere Jesús es que le escuchemos y hablemos con él. Es decir, que recemos. Sólo así podrá enseñarnos cuál es lo único realmente importante.     

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (14.VII.2013- Ciclo C

LA COMPASIÓN PUEDE CAMBIAR EL MUNDO

“Vete y haz tu lo mismo”

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El Antiguo Testamento mandaba amar al prójimo. Pero “prójimo” era sólo el que pertenecía al mismo pueblo. Jesús rompe estas barreras. No se puede poner límites y decir que “mi prójimo” son los parientes hasta segundo grado, o los que viven en mi misma calle, o el que trabaja en mi misma fábrica, o el que no es emigrante, o el que me cae simpático. Jesús rechaza este criterio con la parábola del Buen Samaritano –que leemos en el evangelio de este domingo- y estable el suyo: “mi prójimo” es “el que me necesita”. Según la parábola, un hombre fue asaltado por unos salteadores que le dejaron medio muerto en el camino que bajaba de Jerusalén a Jericó. La situación del herido era de extrema gravedad y necesidad. Sin la ayuda de alguien, moriría sin remedio. Es evidente que ese hombre –y cualquiera que se encuentre en una situación parecida- necesitaba ayuda y que sólo el que se la prestase era su prójimo. También lo es que la ayuda a este hombre suponía complicaciones, pues había que cambiar de planes y perturbar la propia tranquilidad. Eso explica que le viesen dos personas y pasaran de largo. La preocupación por sus propios planes fue más fuerte que la compasión hacia el herido. Sin embargo, hay un tercero en el que puede más la compasión hacia el herido que su propia comodidad y sus planes, pues al verlo “sintió lástima, se le acercó, le vendó las heridas echándole vino y aceite y, montándolo en su cabalgadura, lo llevó a una posada y le cuidó”. No contento con esto, al día siguiente, cuando reemprendió su camino, dijo al posadero, después de darle un anticipo: “Cuida de él y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a la vuelta”. Jesús había recurrido a esta parábola para responder a un doctor de la Ley que le había preguntado “quién es mi prójimo”. Ahora, Jesús le devuelve la pregunta y le dice: “¿quién se portó como prójimo?”. Era demasiado evidente la respuesta: “El que practicó misericordia con él”. Jesús sólo tuvo que añadirle: “Vete y haz tu lo mismo”. “Vete y haz tu lo mismo” con quien te necesite, nos dice a mí y a ti. ¿Qué mundo resultaría si hiciéramos caso a Jesús?      

Domingo 13 del Tiempo Ordianrio (30.VI.2013) - Ciclo C

NO SE PUEDE PONER CONDICIONES A JESÚS

“Tú vete a anunciar el Evangelio”

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Estamos en camino hacia Jerusalén. Jesús ha destruido todos los puentes que le unen con Galilea y se dirige hacia la ciudad santa, consciente de lo que allí le espera. A lo largo de su itinerario encontrará tres personas, que le darán la oportunidad de recordar cuáles son las condiciones para seguirle. Dos se acercan a él de modo espontáneo y le dicen que quieren irse con él. Otra, es llamado por Jesús mismo. Una no pone ninguna condición. Las otras dos sí. Una muestra su disposición a seguirle, pero antes ha de esperar a que muera su padre o, quizás, a darle sepultura, pues estaría de cuerpo presente. La otra muestra la misma intención, pero antes ha de ir a despedirse de su familia. Jesús es tajante y no acepta estas condiciones; “Deja que los muertos entierren a sus muertos” y “el que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de los cielos”, les replica. Es innegable que sus palabras son muy duras. Pero expresan con total claridad que el seguimiento que él exige es incondicional. Seguir a Jesús comporta siempre renuncias dolorosas. A veces, muy dolorosas. Sobre todo, respecto a la familia. Es el caso de un novio que tiene que dejar a su novia, porque siente que Dios le llama al sacerdocio. Es el caso de un hijo único, que siente la llamada de Dios a seguirle en el celibato apostólico. Es el caso del que está jugando con fuego en su vocación matrimonial. No es que Jesús legitime la falta de amor y respeto a la propia familia. Lo que quiere dejar claro es que las relaciones familiares vividas hasta entonces, no pueden ser las mismas, si él llama a seguirle. Jesús no necesita personas talentosas y llenas de cualidades. Lo que necesita son personas con las que pueda contar en todo y para todo. Personas disponibles. Personas que vayan de acá para allá según las exigencias del Reino de Dios. Lo demás lo hace él. No se trata de renunciar por renunciar. Se trata de renunciar para poseer. Casi suena a blasfemia llamar “renuncia” a dejar las cosas materiales para consagrarse en cuerpo y alma a Jesús. ¿Estoy decidido a soltar amarras, a cortar vinculaciones, a tomar decisiones por Él?

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (23. VI. 2013) -Ciclo C

Y  TÚ ¿QUIÉN DICES QUE ES JESÚS?

«Tú eres el Mesías de Dios»

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Hay una pregunta que recorre el evangelio. Se la formuló la gente, cuando Jesús perdonó a la pecadora; Herodes, cuando oyó las cosas extraordinarias que le contaban de Él; luego, los apóstoles, tras calmar la tempestad en el lago. Estas personas no sólo se hicieron la pregunta sino que dieron su respuesta. Unos decían que era Moisés o Elías, que habían vuelto a la vida. Otros, más parcos, se limitaban a afirmar que era “un gran profeta». Hoy la gente vuelve preguntar quién es Jesús, porque Jesús sigue interesando a muchos. Y, como entonces, también dan su veredicto. Unos dicen que es un superstar; otros, un gran líder social; otros, el prototipo de hombre ideal. Grandes alabanzas las de entonces y las de ahora. Pero insuficientes. Porque Jesús es mucho más. Por eso, se dirigió a los Apóstoles y les preguntó: “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?»  Pedro responde en nombre de todos y dice: «Tú eres el Mesías de Dios», Tú eres el Salvador definitivo que Dios ha enviado al mundo para librarle del todo y para siempre. Ha dado en la diana y acertado de plano. Jesús, efectivamente, es el Hijo Eterno de Dios, que se ha hecho  hombre para salvar a los hombres del pecado y de la muerte eterna y abrirles las puertas del cielo. Si le despojamos de “eso”, hemos destruido a Jesús, le hemos rebajado a la condición de un superhombre o un superfundador de una gran religión. Pero le hemos quitado el título que le hace “único”, “irrepetible”, “absolutamente imprescindible”. Jesús se siente satisfecho con la respuesta de Pedro. Ahora  ya puede manifestarle cuál es su destino y, enseguida, cuál ha de ser el seguimiento al que él y todos los demás están llamados. Su destino es ser un Mesías sufriente y doliente, no temporal y político, como era el que soñaba la gente, un Mesías para quien el dolor y la Pasión son el camino necesario para el triunfo de la Resurrección. Ese es el destino de los que le sigan. Si son fieles, llegarán a la gloria eterna del Cielo. Pero han de pasar antes por el dolor y la muerte. De todos modos, volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién es Jesús? ¿quién es Él para mí?

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (16.VI.2013) - Ciclo C

¿NUESTROS JUICIOS SON DUROS Y FALSOS?

“Se le perdona mucho”

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Estamos en casa de Simón, un fariseo pudiente que ha invitado a comer a Jesús. En el momento más imprevisto, ha entrado una mujer. Simón no la habría invitado jamás, porque es una mujer de la vida, una mujer de usar y tirar. Ella ha vencido todo lo que hay que vencer y ha venido para echarse a los pies de Jesús. Ha traído un frasco de perfume, fruto quizás de sus pecados. Ni corta ni perezosa, se ha tirado al suelo, ha comenzado a llorar a lágrima viva y con esas lágrimas se ha puesto a lavar los pies de Jesús. Después los ha secado con sus cabellos. Simón no dice nada. Pero en su interior ha dicho unas palabras terribles: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora, una prostituta”. Jesús quiere a Simón. Por eso, se vuelve a él y le pregunta: si un prestamista perdona a un deudor quinientos denarios y a otro cincuenta, ¿cuál de ellos estará más agradecido? Pienso que al que le perdonó más. Has dicho bien, responde Jesús. Luego añade: “Ves a esta mujer: sus muchos pecados le son perdonados porque ha amado mucho”. Jesús no dice que esta mujer no haya cometido pecados. Al contrario, afirma que ha cometido “muchos”. Pero él no reacciona como Simón. Jesús no condena, perdona; no juzga con dureza sino con misericordia; no niega a esta mujer la posibilidad de regenerarse y emprender una nueva vida. Simón es duro, muy duro y tajante en condenar a esta mujer. Es también injusto, ya que juzga a Jesús  como impostor, no como profeta. Esto es lo nos pasa a nosotros con más frecuencia de la debida. Somos duros, muy duros con la conducta de las personas.  Además, nos aferramos a un juicio, válido quizás para un momento determinado, y ya no hay quien nos mueva. Con ello, además de duros, nos hacemos injustos, porque las personas cambian. ¡Cuánto mejor sería que no juzgáramos con tanta ligereza y dureza, que echáramos un velo de comprensión y disculpa sobre las reales o supuestas faltas de los demás. El Dios que nos ha revelado Jesucristo, con su proceder misericordioso, ha de ser el modelo que reproduzcamos en nuestra vida.                 

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (9.VI.2013) - Ciclo C

¿CÓMO ES EL CORAZÓN DE DIOS?

“Jesús se lo entregó a su madre”

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Estamos en Naim, un pueblecito cercano a Nazaret. Jesús, que está de paso, se topa con un cortejo fúnebre. Un entierro siempre es motivo de duelo, pero el de hoy lo es de modo especial. Porque llevan a enterrar a un joven, que era el hijo único de una pobre viuda. Esta mujer ya sabía por experiencia lo que perder su puesto estable en la sociedad y el mismo sustento, pues había enterrado a su marido. No obstante, le quedaba el consuelo de que su hijo ocupaba el puesto de su padre –según mandaba la Ley- y la proveería de lo más necesario para vivir. Ahora, se queda sola en la vida, y dependiendo exclusivamente de sus vecinos, a los que quedaba confiada. Jesús se da cuenta de la tragedia. Se le conmueve el corazón. Manda detener el cortejo y se dirige a ella en estos términos: “Mujer, deja de llorar”. Luego se acerca al féretro y dice con tanta sencillez como imperio: “¡Muchacho, a ti te lo digo: Levántate!”. El muerto se incorpora. Jesús, no contento con la ‘proeza’, añade un gesto conmovedor: “se lo entregó a su madre”. No se ha sentido movido a compasión por piedad hacia el joven sino por la viuda. Resucita al muerto no tanto para que él vuelva a la vida, cuanto para que sirva de apoyo y ayuda a su madre. Jesús no conquista reinos, no construye edificios, no crea un nuevo orden social. Él se dirige al hombre que se encuentra necesitado, toma en serio su necesidad personal y le ayuda. Y nos descubre que el sentido de nuestra vida es que no vivamos para nosotros mismos sino para que nos ayudemos los unos a los otros y hagamos posible la existencia de todos. Desde el punto de vista cuantitativo, el gesto de Jesús fue una gota en el inmenso océano de las viudas de entonces y de todos los tiempos. Pero fue suficiente para revelarnos cómo es su corazón y descubrirnos que el Dios que él nos revela es un Dios de misericordia, que se comporta con nosotros como él con esta viuda. Podemos estar seguros: lo más tarde al final de los tiempos, todos y cada uno de los necesitados -¡y todos lo somos!- podemos contar con el corazón de Jesús y el amor de Dios. ¡Ojalá que nosotros nos creamos ese amor mientras vivimos!                    

 

 

CORPUS CHRISTI (2.VI.2013)- Ciclo C

DIOS VIVE ENTRE NOSOTROS

“Esto es mi Cuerpo”

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Hoy es Corpus Christi, no Jueves Santo. Es una obviedad, pero quizás no esté de más  recordarlo. Ciertamente, en uno y otro caso, la Eucaristía es el centro de nuestra celebración y de nuestro amor. Pero en cada uno de ellos contemplamos el misterio desde un ángulo diferente. Algo así como cuando miramos las diversas fotografías de familia. Todas recogen la misma realidad: los padres, los hijos y los nietos. Pero unas son de primera comunión, otras de boda y otras de bautizo. La Eucaristía es un misterio con muchas caras. Es el sacrificio de Jesucristo en la Cruz, actualizado sacramentalmente. Es comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Y es presencia de Cristo Resucitado, gracias a la conversión del pan y del vino por las palabras y el poder del mismo Jesucristo –dichas por su ministro: el sacerdote- y la acción del Espíritu Santo. Esa presencia es tan verdadera, tan real, que podemos hincar la rodilla en adoración. Si no fuera así, cada vez que hacemos ese gesto: del Papa al último cristiano, haríamos un acto de idolatría. En cambio, al hacerlo con fe y reverencia, confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y, por eso, digno de ser reconocido y proclamado como tal. Esta presencia se hace realidad durante la Misa. Pero dura cuando ésta termina. Como enseña el Catecismo, la presencia de Jesucristo permanece mientras no se corrompen las sagradas especies de pan y vino. Por eso, las guardamos en el sagrario y desde allí las llevamos a los moribundos y a los enfermos, y las exponemos en la custodia o en el copón sobre el altar, bien sea durante un cierto tiempo –como ocurre diariamente, por ejemplo, en las Esclavas o en el Santo Cristo de la Catedral-, o durante toda la noche –como hacen los adoradores de la Adoración Nocturna- o de día y de noche ininterrumpidamente, como acontece ahora en la Parroquia de san José Obrero de nuestra ciudad. Y una vez al año, el día del Corpus Christi, procesionamos la Sagrada Hostia por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades, y hacemos una proclamación de fe eucarística tan rica, variada y multicolor que se podría decir que  ‘tiramos la casa por la ventana’ para adorar al Señor. ¡¡Bendita misa y procesión del Corpus que conserva, acrecienta y fortalece lo que es ‘la joya de la corona’ de la Iglesia.     

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (SS. Trinidad. 26. V. 2013) - Ciclo C

NO ES UN GALIMATÍAS

“Gloria al Padre, Hijo y Espíritu Santo”

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En una ocasión, me topé con esta aseveración de un teólogo famoso: “Los cristianos son tan poco instruidos que ignoran la más importante de todas sus verdades: la Trinidad”. Yo no soy tan buen teólogo como él, pero no subscribo su afirmación. Pues tengo la experiencia –como la tendrán la mayoría de mis lectores- de haber aprendido de mis padres a hacer la señal de la cruz y rezar el Gloria, cuando apenas me tenía en pie. Y en la señal de la Cruz y el Gloria se mencionan expresamente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Recuerdo que, siendo todavía muy niño, cuando iba al rosario, escuchaba que el cura de mi pueblo, antes de concluirlo, decía siempre: “Hagamos actos de fe, esperanza y caridad” y todos contestábamos: “Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios y amo a Dios Espíritu Santo, amo a la Santísima Trinidad, amo a mi Señor Jesucristo Dios y Hombre verdadero”. Ahora, cuando celebro la Santa Misa, invito a los presentes a comenzarla invocando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y los despido bendiciéndoles en el nombre de cada una de las Tres divinas personas. Por otra parte, ahora que se reza en castellano, es fácil verificar que la Plegaria Eucarística siempre termina así: “Por Cristo, con él y Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”. Todas las oraciones se dirigen a la Santísima Trinidad. El Credo está dividido en tres partes, correspondientes a cada una de las tres Personas divinas. Quizás quería decir el teólogo al que me refería al principio, que no sabemos explicar este gran misterio. No estaría fuera de tono replicarle que él tampoco es capaz de mucho más y que un niño que chupa un caramelo no sabe explicar su composición, pero sabe de él mucho más que un químico que no puede degustar nunca lo rico que sabe ese dulce. ¡Ojalá tratemos a la Santísima Trinidad con la ingenuidad y sencillez del niño que chupa un caramelo, aunque no sepamos mucha teología!               

Domingo de Pentecostés (19,V.2013) - Ciclo C

EL QUINTO EVANGELIO SE ESTÁ ESCRIBIENDO

“Os enviaré otro Consolador”

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Quizás alguno se sorprenda al leer “quinto evangelio”. Porque en la catequesis y en la clase de religión le han enseñado que hay cuatro: los que escribieron Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Siendo esto verdad, también lo es que muchos teólogos llaman “quinto evangelio” o “evangelio del Espíritu Santo” al libro de los Hechos de los Apóstoles. No les falta razón, porque todas las páginas de ese libro rezuman presencia y acción del Espíritu Santo. Él inspira la predicación de los apóstoles, les ayuda en las grandes decisiones del concilio de Jerusalén y cuando han de abrirse a los paganos, les da inteligencia para comprender la misión que habían recibido de Jesucristo y, muy especialmente, les acompaña en su realización con la predicación evangélica, la celebración de los sacramentos y la vida de caridad hacia dentro y hacia fuera. Con todo, sería un error limitar la presencia y acción del Espíritu Santo –el quinto evangelio- al primer Pentecostés y a los posteriores decenios de la Iglesia. El Espíritu no se ha ausentado nunca de la vida de la Iglesia ni dejará de estar a su lado hasta el día del retorno definitivo de Jesucristo, al final de los tiempos. Más aún, en nuestro tiempo ha vuelto a hacerse notar tanto como en el primer Pentecostés. Nosotros mismos somos testigos de algunas grandes manifestaciones suyas: el Vaticano II, los nuevos carismas religiosos y laicales y la elección del Papa Francisco. El Vaticano II real –no el que nos ha vendido la prensa sensacionalista y una cierta teología- fue un nuevo Pentecostés. Todavía hoy se nos escapa lo que supone llevar como programa la llamada a santidad y al apostolado no sólo de los obispos, sacerdotes y religiosos sino también de los seglares. El día en que este programa pase del papel a la vida, veremos la verdad de lo que han afirmado Juan Pablo II y Benedicto XVI, cuando dijeron que era “la gran gracia” del Espíritu a la Iglesia en el siglo XX y el “faro” que debe iluminar su andadura en siglo XXI. ¡Ven Espíritu Santo, ven, para que sigamos el paso del Papa Francisco y llegue una nueva primavera a tu Iglesia y a cada uno de sus miembros!    

Ascensión del Señor (12.V.2013) - Ciclo C

EL CIELO ES LA META DEL CRISTIANO

“Seréis mis testigos”

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El cristianismo no es un partido político. No lo es, porque los partidos políticos son grupos de personas que se unen en torno a las ideas y opiniones personales de un líder. El cristianismo, en cambio, no se fundamenta en especulaciones, ideas u opiniones de un líder llamado Jesucristo, sino en acontecimientos históricos que Él vivió. Por eso, el cristianismo sólo ha podido ser trasmitido por los que fueron testigos oculares de esos hechos: los Apóstoles. Eso explica que ellos, y sólo ellos, fueran designados oficialmente por Jesús como los encargados de testimoniar que él había muerto y resucitado. Tal designación tuvo lugar en el momento de la despedida definitiva, el día de la Ascensión. En ese momento, les llevó a Betania y, antes de desaparecer físicamente de su vista, les dijo: “Vosotros seréis testigos de esto”. ¡Pobres apóstoles si hubiesen tenido que contar sólo con su talento, cualidades y fuerzas! Nunca hubieran podido cumplirlo, porque eran demasiado poca cosa para tamaña empresa. Sin embargo, pudieron hacerlo porque Jesús les envió el Espíritu Santo y, con Él, la comprensión plena de su misión y la fuerza necesaria para llevarla a cabo. A partir de entonces, los acontecimientos históricos y las instrucciones de Jesús han ido pasando de una a otra generación. Los padres han sido los grandes protagonistas de esta trasmisión. No sé si en este momento siguen siéndolo. Es verdad que piden el bautismo y la primera comunión para sus hijos, cosa que está muy bien. Pero si, luego, esos hijos comprueban que sus padres no van a misa nunca los domingos, que no rezan antes de las comidas, que no les hablan nunca de Dios, que no se preocupan de los pobres  y necesitados, que no les ponen un Crucifijo o una estampa de la Virgen en su habitación y en la sala donde estudian o juegan ¿verán en ellos los indicadores –los testigos- que les señalan el camino del Cielo? Pienso que los padres cristianos deberían escuchar hoy con especial sensibilidad y renovada ilusión las palabras de Jesús: “Vosotros seréis testigos de todo esto” ante vuestros hijos y, luego, ante los demás.           

Domingo 6 de Pascua (5.V.2013)- Ciclo C

TRES REGALOS ANTES DE PARTIR

“Mi paz os doy”

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El evangelio de este sexto domingo de Pascua podría llamarse el “evangelio de los tres regalos”. Jesús, en efecto, al despedirse de sus discípulos les hace esta triple oferta: la comunión del Padre y de Él mismo, la promesa del Espíritu Santo y la donación de la paz. En primer lugar, la oferta de la comunión: “El que me ama, será amado por mi Padre y vendremos a él y haremos morada en él”. El que ama a Jesús no está solo, nunca está perdido ni abandonado a sí mismo, sino que –aunque sea de manera invisible-, Jesús y el Padre están a su lado y nunca le dejan solo en la tribulación. En segundo lugar, la promesa del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Jesús deja a sus discípulos su palabra, su mensaje, sus mandamientos. A la hora de comprenderlo y vivirlo, los discípulos y todos los creyentes no contarán con sus únicas fuerzas, sino que tendrán siempre la ayuda del Espíritu Santo. Él no les enseñará nada nuevo. Su misión será explicarles lo que Jesús ha dicho y ha hecho, para que lo comprendan, lo trasmitan y lo vivan. Finalmente, la paz: “Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. ¿De qué paz se trata? No es la ausencia de la guerra o de conflictos entre naciones, grupos o personas. De ésta ya les habló en su momento. Ahora se refiere a la paz fundamental: la del corazón, la de la persona consigo misma y con Dios. Sin esta paz no es posible ninguna otra. Porque si millones de gotas sucias no hacen un mar limpio, tampoco millones de corazones inquietos pueden hacer una humanidad en paz. La paz que Cristo da a sus discípulos y que todos anhelamos es la paz que está por encima de la turbación, la ansiedad, el miedo, el nerviosismo. ¿Cómo lograr, al menos, un poco de esta paz? ¿En el sicólogo, en las drogas, en el alcohol, en el dinero, en el éxito, en el placer?. Esa paz es consecuencia de sentirse amado y querido por Dios, de saberse y sentirse hijos de Dios, de tener confianza en Dios. Lo demás son sucedáneos.           

Domingo 5 de Pascua (28.IV.2013) - Ciclo C

EL GRAN MANDATO DE JESÚS

“Como Yo os he amado”

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Es una experiencia de vida. Cuando un padre siente que llega el momento de partir de este mundo, si está en sus manos, junta a sus hijos para trasmitirles lo que él desea que no olviden nunca. Jesús hizo lo mismo. Próxima ya su muerte, manifiesta  a los Apóstoles cuál es su último y principal deseo. No les manda que hagan grandes milagros ni que escriban libros muy brillantes o que prediquen sermones elocuentes. Su última voluntad es ésta: “Amaos entre vosotros como  Yo os he amado”. Es más que un mero mandato. Es un mandato que tiene detrás una experiencia que ellos han de reproducir: el amor que Él les ha tenido y el modo con el que les ha demostrado ese amor. ¿Cómo les ha amado? Él les ha querido como un verdadero padre y como un amigo íntimo e incondicional. Ha tenido con ellos una paciencia casi infinita, dada su dificultad y tardanza para comprender su mensaje. Les ha corregido con amor y, en alguna ocasión, incluso con dureza, dada la gravedad del asunto. Ha ido formándoles poco a poco, adaptándose a su situación y modos de ser. En las pocas horas que estará con ellos, tendrá que perdonarles que le hayan dejado solo cuando más necesitaba su compañía y que Pedro haya renegado de Él. Este modo de querer y amar es el que tendrán que reproducir. Cada uno tendrá que representar para el otro al mismo Jesús en lo que le caracteriza por encima de todo: el amor. Gracias a este amor recíproco, Jesús continuará estando presente en medio de ellos, guidando su comportamiento y su ministerio. También se prolongará la comunión que hasta ahora han tenido. Ciertamente, la comunión visible entre él y ellos llega a su término, pero continúa la comunión invisible. Él no los abandona. Se despide, pero no los deja. Permanecerá con ellos a través de su vida de amor mutuo. Ellos seguirán unidos a Él. ¿Nos imaginamos qué revolución se produciría en el mundo, qué tipo de familia, de pueblo, de parroquia, de comunidad humana cualquiera surgiría si el amor mutuo fuera algo más buenas intenciones y se encarnara en las cosas pequeñas y grandes de cada día?

Domingo 4 de Pascua (21.IV.2013) - Ciclo C

JESÚS SÓLO SABE CONTAR HASTA UNO

“Mis ovejas escuchan mi voz”

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El evangelio de este domingo está tomado del Discurso de Jesús sobre el Buen Pastor y tiene tres partes. En  la primera, Jesús describe la relación que existe entre el pastor y las ovejas, entre él y los hombres; en la segunda señala lo que él hace por sus ovejas y lo que éstas pueden esperar de él como pastor; en la tercera muestra que todo viene y está sostenido por su Padre, Dios. La relación que existe entre él y los suyos es ésta: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen”. Sólo los que escuchen su voz y le sigan, podrán participar de su amor y de su solicitud, creer que él conoce el sentido y el fin de su vida, y confiar en él como su pastor y guía. Jesús es y será siempre el buen pastor, pero su solicitud pastoral únicamente se hará efectiva en nosotros, si le escuchamos y seguimos. El que no se acerca al evangelio, no hace oración y no practica los sacramentos, será difícil, por no decir, imposible que conozca y siga a Jesucristo, Buen Pastor. En cambio, el que se acerca a esas fuentes, entra en intimidad con Jesús y experimenta que él conoce a los suyos y los suyos le conocen a él. Este conocimiento es tan íntimo, tan personal, que Jesús lo equipara al que él tiene con su Padre. No cabe una relación más íntima y más cordial. Quien tiene experiencia de esto, llega a saborear que Jesús no es un señor distante ni un legislador despótico, sino un amigo cercano; y que la amistad y la fraternidad son las dos reglas supremas de su relación. Amistad y fraternidad que son tan fuertes, que no serán rotas ni siquiera por la muerte. Ciertamente, las ovejas de Jesús terminan su relación terrena con él con la muerte. Pero no serán aniquiladas ni vencidas por ella muerte. Jesús, que tiene poder sobre la muerte, las resucitará y dará la vida eterna. Como un pastor protege a sus ovejas de los lobos y chacales, así defiende Jesús a las suyas. No hay poder alguno, sea del tipo que sea, que esté por encima de él. Si escuchamos a Jesús, si le seguimos, si le amamos, experimentaremos la verdad que encierra la sentencia de un gran autor: ·Jesús sólo sabe contar hasta uno, y ese uno es cada uno de nosotros”.