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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 3 de Pascua (14. IV. 2013) - Ciclo C

ÉXITOS Y FRACASOS

“Es el Señor”

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Estamos en el lago de Genesaret. Jesús está en la orilla. Los siete discípulos que han estado pescando con Pedro durante la noche vienen de vacío. No saben que Jesús es el que está en la orilla, pero lo sabrán enseguida. Cuando él les diga que echen las redes a la derecha y ellos, obedientes, echen las redes y cojan una redada de peces tan grande que estén a punto de reventarse. ¡¡Ciento cincuenta y tres grandes peces!! Lo mismo que ocurrió en la mañana de Pascua, Juan se da cuenta de que es el Señor el que está en la orilla. Pedro, que no ha cambiado un ápice a pesar del traspiés tremendo de la noche de las negaciones, se olvida de los peces y de la barca y se lanza al agua para ganar tierra lo antes posible. Jesús ha hecho lumbre y les asa unos peces recién pescados. Ya les ha dado la gran lección que hoy pretendía: en el momento del fracaso ha estado con ellos y también en el momento del éxito. Ellos no han tenido más que obedecerle para obtener un resultado sorprendente. La experiencia les ha demostrado dos cosas importantes: cuando actúen en su nombre y le obedezcan, cosecharán grandes resultados; y cuando obtengan esos resultados, el éxito no se deberá a su esfuerzo sino a la ayuda del Señor. Tras haber almorzado, Jesús se dirige a Pedro y le dice por tres veces: “Pedro, ¿me amas más que éstos?” Pedro no responde con grandes afirmaciones sino con un sencillo “Señor, tú sabes que te quiero” Bien es verdad que la tercera vez se entristece, porque recuerda que le ha negado tres veces. Pero ahora, cuando ha experimentado en profundidad su debilidad, el Resucitado le confía la misión de Pastor: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Jesús se irá pronto al Cielo y Pedro se encargará de su rebaño. Pedro será el Pastor de pastores y fieles. Pedro hará las veces de Cristo en la tierra y, consciente de que la vida sólo viene de la comunión con Cristo, tendrá el encargo de conducirlos a la comunión con él y mantenerles en esa comunión. ¡Gran lección para los pastores y fieles de hoy!!: con Jesús haremos milagros; con  nuestras solas fuerzas, sólo cosecharemos fracasos. ¿Dónde estamos?     

Domingo de Resurrección (31.III.2013) - Ciclo C

LA OFERTA CRISTIANA TIENE FUTURO

«No está aquí. Ha resucitado»

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¿Es horizonte atractivo para el ahombre terminar como un perro o una bolsa de basura? Pues es el que ofrecen todas las concepciones materialistas. La meta de la existencia humana, el final del camino, es la nada. Ante un panorama tan desolador hay que preguntarse si  vale la pena ser hombre. A pesar de ello, muchos ‘pensadores’ actuales difunden y propugnan esta concepción materialista. La vida, el trabajo, todo lo que hacemos  y padecemos están destinados a la destrucción. Su oferta suprema es disfrutar a tope, tener un cuerpo bonito, triunfar en la vida, ganar mucho dinero. De todos modos, es una oferta que no va más allá del buen deseo, porque la experiencia se encarga de demostrar que ese ‘ideal’ es imposible. Se quiera o no, el dolor, la enfermedad, los fracasos, la muerte... llegan inevitablemente y cuando menos se esperan. Nada de extraño que el horizonte materialista se resuelva en pesimismo, en hastío de la vida, en subterfugios de la droga y del alcohol, en la desilusión y en la desesperación; y que tantos jóvenes y adolescentes del mundo más desarrollado encuentren en el suicidio la única ‘salida’ para su existencia angustiada. La oferta cristiana es muy distinta: «Jesucristo ha vencido a la muerte y da -a quienes creen en Él- la posibilidad de vencerla también» Los seguidores de Jesús morirán, ciertamente. Pero la suya no será la muerte de un perro o la de un roble quemado. Será una muerte que dará paso a la vida verdadera, la Vida con mayúscula. Esta es la esencia de la fe cristiana. Por ella han dado la vida los mártires de todos los tiempos. Por ella vive la buena gente. Por ella vale la pena llevar una vida limpia, honrada y sacrificada por los demás. Por ella no desesperan los que experimentan el dolor. Por ella se encierran las monjas en una clausura. Por ella marchan a lejanas tierras todos los misioneros. Por ella hay jóvenes que se entregan a Jesucristo en cuerpo y alma. Por ella muchos luchan en pro de la justicia y la convivencia en nuestro mundo. En una palabra: por ella merece la pena ser hombre. ¿Hay algo que tenga más futuro?  

Domingo 6 de Cuaresma. Domingo de Ramos (24.III.2013)- Ciclo C

¿QUIÉN MATÓ A JESÚS?

“Hosanna al Hijo de David”  

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Estamos en el monte de los Olivos, a la altura de Betfagé. Mientras bajamos la pendiente hacia el valle del Cedrón, quedamos deslumbrados por la visión del Templo y de toda la ciudad de Jerusalén. Jesús viene escoltado por un nutrido grupo de discípulos que ha retomado el grito del ciego de Jericó: “Jesús, hijo de David”, dándolo un sentido completamente mesiánico: “Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en lo alto del cielo”. Viendo a Jesús cabalgando a lomos de un pollino, han comprendido que se está cumpliendo la profecía de Zacarías: “He aquí a tu rey”. Por eso, tienden sus vestidos sobre el suelo, cortan ramos de los árboles y alfombran el camino para que pase  su Señor. Saben que su rey cuenta con el favor de Dios. Es el bendito de Dios, Dios le ha bendecido dándole la fuerza que necesita para llevar a cabo su obra, precisamente en Jerusalén. Jesús consiente, más aún, aprueba gozoso lo que están haciendo, mientras sigue cabalgando hacia el cumplimiento de su obra. Tiempo atrás había dicho a Pedro y a los demás apóstoles: “Subimos a Jerusalén y allí el Hijo del hombre será crucificado y al tercer día resucitará”. Ya estamos en Jerusalén. Y, tras esta entrada triunfal y apoteósica, otra muchedumbre volverá a gritar, pero con un grito que romperá los tímpanos más insensibles: “Crucifícale, crucifícale”. Es un grito coreado por la muchedumbre pero instigado y azuzado por las autoridades político-religiosas del Sanedrín. Pilatos también queda implicado, porque su cobardía le lleva a lavarse las manos y entregar a Jesús para que le crucifiquen. Pero la historia completa no concluye con la condena de Jesús a muerte por pueblo, las autoridades judías y Pilatos. La historia completa es que todos formamos parte de esa muchedumbre que grita enfurecida “crucifícale”. Todos hemos condenado a muerte a Jesús, todos somos culpables de su muerte. Porque él ha muerto por nuestros pecados. Pero no nos lo echa en cara, sino que nos dice: “Déjame verter mi sangre sobre ti, hecha perdón y esperanza”. ¿Seremos tan crueles que rechacemos un amor tan limpio y tan verdadero?      

Domingo 5 de Cuaresma (17.III.2013) - Ciclo C

EL PECADO Y EL PECADOR

“Tampoco Yo te condeno”

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Jesús está rodeado de mucha gente que le escucha embelesada. Hay también un nutrido grupo de fariseos que han venido con la intención de desprestigiarle definitivamente ante el pueblo. Todos saben que la Ley de Moisés dice con claridad que “Si alguno comete adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera deben ser castigados con la muerte” (Lev 20, 10). Sus enemigos no entablan con él una discusión sino que le presentan una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Quieren que se pronuncie sobre el caso. Si no la condena, se desprestigiará ante el pueblo como violador de la Ley de Dios. Si la condena, aparecerá ante ese pueblo como un hombre sin entrañas. Sea, pues, cual sea su respuesta, Jesús aparecerá ante todos como alguien que está extraviado y al que no hay que seguir, objetivo último de todo. Jesús no les contesta directamente. Se inclina sobre el suelo y comienza a escribir. Jeremías había escrito: “Cuantos se alejan de ti serán escritos en el polvo” (Jr 17, 13). ¿Quiere recordarles que ellos han sido infieles a Dios y que merecen ser escritos en el polvo y destruidos? Ellos insisten: “¿Hay que condenar a esta mujer o no?” Ante la insistencia, Jesús se pone en pie y sentencia: “El que no tenga pecado, que tire la primera piedra”. No esperaban esto. Jesús les da tiempo para que recapaciten y, para ello, vuelve a agacharse y escribir. Ninguno coge piedras. Al contrario, uno a uno se van escabullendo. Por fin Jesús se pone en pie y pregunta a la mujer: “¿Ninguno te ha condenado?”. “Ninguno, Señor”, contesta temblorosa. Y Jesús: “Yo tampoco te condeno. Vete y, en adelante, no peques más”. No aprueba lo que ha hecho, porque va contra lo que Dios manda. Pero no la condena, sino que la perdona. Suprema lección para todos nosotros en este final de la Cuaresma: ¿Quién se atreverá a decir que él puede tirar la primera piedra y que no necesita confesarse?. Todos necesitamos reconciliarnos con Dios en el sacramento de la Penitencia. Allí, Jesús –no el sacerdote-, también nos dice: “Yo no te condeno. Te perdono. Vete y no vuelvas a hacerlo”.            

Cuarto domingo de Cuaresma (10.III.2013)- Ciclo C

¿FELICIDAD SIN DIOS?

“Volveré a mi padre”

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Lo tenía todo: casas, ganados, dinero. Sobre todo, tenía el amor de predilección de su padre, porque era el hijo más pequeño. Pero quería respirar otros aires, buscar una pretendida libertad más allá de la casa paterna. Un buen día le pidió por adelantado a su padre la herencia que le correspondía. Su padre se la dio. Él, con los bolsillos repletos de dinero, se fue mundo adelante a disfrutar de la vida. Comenzaron las juergas, las mujeres, las buenas mesas. Lleno de satisfacción se decía: ¡esto es vida, no la que llevaba en casa de mi padre! Pronto advirtió que los bolsillos se aligeraban y que las juergas salían caras. Las cosas se precipitaron y cuando quiso darse cuenta, no tenía ni para comer. La necesidad se agravó hasta el extremo de tener que cuidar cerdos, el animal más vitando para un judío como él. ¡Pobre porquero, ni siquiera le permitían comer las bellotas de esos animales! Esta situación de extrema necesidad se convirtió en su tabla de salvación. Y comenzó a reflexionar: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre comen hasta saciarse y yo aquí me muero de hambre! Iré a mi padre y le diré: “He pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamare hijo tuyo, pero admíteme como a uno de tus criados”. Y comenzó el retorno a casa. A medida que se acercaba, el corazón le latía con más fuerza. Al fin, se encontró ante su padre. Y su padre, cuando comenzó la confesión, no le dejó terminar. Le abrazaba y le besaba, mientras repetía: “Hijo mío, has vuelto, qué alegría. Que te pongan el mejor vestido, que te calcen las mejores sandalias y te coloquen el mejor anillo. Vamos a celebrar un gran banquete”. La historia del hijo pródigo es la historia de tantos hijos, de tantos maridos y esposas, de tantos consagrados que pensaron que para ser feliz había que romper los lazos de los padres, del matrimonio y del sacerdocio o estado religioso. La experiencia les ha demostrado que lejos de Dios no hay felicidad. ¡Ojalá que ellos y todos los alejados vuelvan a casa!. Porque Dios es más padre que el padrazo del hijo pródigo y les dará el abrazo de perdón. La confesión es el camino del retorno a casa.               

Domingo 3 de Cuaresma (3.III.2013) - Ciclo C

LA HORA DE RECTIFICAR

“El año que viene la cortarás”

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¿No leemos a diario que ha sido asesinado un grupo de personas o que alguien ha perdido la vida porque se derrumbó un edificio o le cayó encima un objeto que le aplastó? El evangelio de hoy habla de dos sucesos parecidos: la muerte violenta de un grupo de galileos y la muerte por aplastamiento de un grupo de habitantes de Jerusalén. Sin embargo, la diferencia entre las páginas de sucesos de  nuestros periódicos y el evangelio es abismal. Las páginas de la crónica negra se limitan a narrar los hechos sin sacar conclusiones. El evangelio, en cambio, las saca. Y ¡qué conclusiones! A los que le recuerdan la muerte de los galileos, Jesús les responde: No os equivoquéis pensando que eran peores que los demás y fueron castigados por ello. La misma conclusión extrae cuando él mismo recuerda los accidentados de Jerusalén: no eran más culpables que los demás habitantes de la ciudad. Pero no es ésta la conclusión principal sino la que aparece cuando Jesús la personaliza en sus interlocutores: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Era tanto como decirles: todos sois pecadores, todos mantenéis con Dios una relación pervertida, todos estáis en un camino equivocado, todos debéis cambiar de vida, todos necesitáis convertiros. Este es el núcleo del evangelio de hoy: la necesidad que todos tenemos de convertirnos, de dejar de ir en la dirección que hemos tomado, de detenernos y volver al principio. A poco sincero que seas, tendrás que admitir que necesitas dejar de convivir con quien no es tu mujer o tu marido; devolver el dinero robado o malganado; hablarte de nuevo con tu hermano; acercarte al sacramento de la Penitencia del que te alejaste hace años; dejar de odiar al que te ha hecho mal; volver a ir a misa los domingos; pagar el justo salario y tener asegurado al emigrante; no malgastar el dinero y ser mucho más generoso en la limosna al necesitado; cortarte la lengua antes que calumniar. ¡Ya lo creo que necesitamos convertirnos! El Señor llama a nuestra puerta en esta Cuaresma y nos dice: te doy una nueva oportunidad. Yo añado: no la desaproveches, porque no te arrepentirás.              

Domingo 2 de Cuaresma (24.II.2013) - Ciclo C

POR LA CRUZ A LA GLORIA

“Se trasfiguró ante ellos”

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Han pasado ocho días desde que Jesús anunció a los apóstoles que sería crucificado. Hoy, en lo alto de un monte y acompañado de sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan completará el cuadro. Si antes había anunciado su cruz, hoy va a anunciar su gloria, su resurrección. En un momento, el que no parecía Dios, se trasfigura y, sin dejar de ser hombre, aparece como Dios. Sus vestidos se vuelven más blancos que la nieve. Entra en conversación con Moisés, el máximo representante de la Ley, y Elías, el representante máximo de los profetas. Hablan de lo mismo que había hablado en Cesarea de Filipo con sus discípulos: de su muerte. Hay que dejar claro que esa muerte no es un accidente fortuito en su vida sino que entraba en los planes del Padre, que lo había anunciado ya por la Ley y los Profetas. Cuando, una vez resucitado, camine con los dos discípulos de Emaús, tendrá que recordárselo y encender así la lámpara de la fe perdida. Lo mismo hará con el resto de los Apóstoles. Pero antes había que aprender la lección: muerte y gloria son inseparables. No sólo porque la gloria viene después de la muerte, sino porque la gloria viene a través de la muerte. Por eso, hoy los apóstoles tienen que escuchar al Padre: “Este es mi Hijo”. Tal revelación no podrán olvidarla en ningún momento. Suceda lo que suceda, Jesús es y seguirá siendo el Hijo de Dios. También cuando le estén crucificando. Precisamente, porque lo olvidaron, todos huyeron cobardemente. Los discípulos de hoy tampoco podemos olvidarlo. Cuando se cierran los seminarios y se vacían los conventos, cuando hay una desbandada general, cuando tantos discípulos tienen miedo de decir que lo son, cuando todo el mundo tiene patente de corso para despreciar la doctrina e insultar la persona de Jesús, es la hora de recordar que muerte y vida, derrota y gloria, son inseparables. ¡Pasará la tormenta y volverá a brillar el sol de la fe y de la entrega! Del “resto” que permanezca fiel, Dios se servirá para probar que Jesucristo es el Señor de la historia y el único Redentor del mundo. ¡Es, pues, la hora de la fidelidad y de la fe!        

Domingo 1º de Cuaresma (17.II.2013- Ciclo C

PAN Y PODER

“A él sólo adorarás”

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El evangelio de hoy es uno de los más conocidos y, sin duda, el que más hemos experimentado todos, sean cuales sean nuestra edad y circunstancias personales. ¿Quién puede, en efecto, levantar la mano para decir que él no ha tenido tentaciones, es decir, sugerencias atractivas que le invitaban a alejarse de Dios? Hasta el mismo Jesucristo las tuvo. Un día que estaba hambriento, debido al ayuno riguroso que había llevado en el desierto, el demonio le sugirió ladinamente: “Convierte estas piedras en pan”. La propuesta no podía ser más razonable, pues era decirle: Si eres Dios y puedes hacer lo que quieras, convierte estas piedras en pan y sacia tu hambre. La respuesta de Jesús pone de manifiesto dónde estaba la tentación: en preferir el pan a la voluntad de Dios. Por eso, le contestó: “No sólo de pan vive el hombre”. El hombre, además de la vida corporal, tiene la vida del espíritu. Esta también necesita alimento y ese alimento es hacer la voluntad del Padre. Pero el demonio no aceptó la derrota y volvió con una propuesta mucho más atractiva: la del poder y el dominio del mundo. “Todo esto te daré –le mostró todos los reinos de la tierra- si, postrándote, me adoras”. El poder y el dominio a cambio de Dios. ¡Qué tentación más actual y más extendida! Varía la forma de presentación, pero el fondo no cambia. Al político, le ofrece los gobiernos; a los jueces, ascender a un tribunal de más rango; a un cantante o artista, la fama; a una mujer, un cuerpazo; a un empresario, aquella contrata sustanciosa; al comerciante, sisar en calidad y pesos; al profesor universitario, el prestigio y el brillo profesional; a un casado, una vida cómoda sin hijos; a un consagrado o consagrada, la libertad frente a su superior. ¿A qué precio? Siempre al mismo: adorarle a él, prescindir de Dios, alejarse de la Iglesia, centrarse en el propio yo. Muchísimos aceptan la propuesta. Luego, pasa lo que pasa: que el demonio no puede dar lo que promete. Y, cuando lo da, siempre con fecha de caducidad. La experiencia demuestra que lo más razonable es, con mucho, seguir el ejemplo de Jesucristo, decir ‘no’ a la tentación y ‘sí’ a Dios.                  

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (10.II.2013) - Ciclo C

PODEMOS FIARNOS DE JESÚS

“Apártate de mí, que soy un pecador”

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Estamos en el lago de Genesaret, cerca de Cafarnaún. Jesús no se ha desanimado tras el rechazo violento de sus paisanos y se ha puesto a predicar. Hay tanta gente, que ha subido a la barca de Pedro para que puedan verle y oírle mejor. Terminada la predicación, da esta orden a Pedro: “Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. No es tiempo propicio, porque es de día y el tiempo adecuado es la noche. Además, hay un agravante, que le recuerda Pedro, pescador de oficio: “Hemos estado pescando toda la noche y no hemos cogido nada”. Pedro, no obstante, obedece. Enseguida va a tener una experiencia inolvidable: hoy comprenderá lo que significa llevar a cabo un encargo de Jesús y lo secundarias que son las escasas probabilidades de éxito y las incapacidades personales. En adelante sabrá lo que implica ser colaborador de Jesús. Porque puesto a pescar, no sólo coge algunos peces de buen tamaño, sino que hace una redada tan grande que la barca se hunde. Más aún, tiene que llamar a los Zebedeos que vengan con la suya y ésta también se llena. La pesca abundantísima demuestra a Pedro que puede fiarse de la palabra de Jesús. Le demuestra también que él no está en el mismo plano. Por eso, cuando llega a tierra, se echa a sus pies y le dice con absoluta convicción: “Apártate de mí, que yo soy un pecador”. Como tendrá ocasión de experimentarlo la noche triste de su triple negación, Jesús no se aleja de los pecadores ni les deja a su suerte. Por hoy basta que retenga estas palabras del Señor: “No tengas miedo, desde hoy serás pescador de hombres”. Es como decirle: “Tú pon de tu parte la experiencia y conocimientos que poseas. Pero eso no es lo importante para que tengas éxito. Lo importante es que te fíes de Mí. Tú me pescarás hombres porque te mando Yo”. Todos los que hemos sido llamados por Jesús a colaborar en esta tarea –incluidos los padres, respecto a la trasmisión de la fe a sus hijos-, deberíamos aprender bien la lección: el servicio apostólico no se fundamenta en nuestras capacidades ni en nuestra buena voluntad sino en el encargo recibido y en el poder del Señor.

Domingo cuarto del Tiempo Ordinario (3.II.2013) - Ciclo C

¿REACCIONAMOS YA COMO LOS NAZARENOS?

“Nadie es profeta en su patria”

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Seguimos en el mismo lugar que el domingo anterior: en la sinagoga de Nazaret. Sin embargo, los evangelios de san Mateo y san Marcos hacen pensar que han trascurrido varios meses entre lo que san Lucas narraba el día anterior y lo que nos cuenta hoy, por más que a primera vista dé la impresión de que todo sucede el mismo día. Es más coherente y lógico pensar que no es así. Porque se explica mejor que los nazarenos tengan dos reacciones contrarias si hay dos supuestos distintos; y, sobre todo, que Jesús traiga a colación que sus paisanos puedan decirle que haga en su pueblo lo que había hecho en Cafarnaún. Todo encaja mejor, si su llegada a Nazaret sucede después de haber obrado en Cafarnaún la resurrección de la hija de Jairo. Sea como fuere, lo cierto es que el evangelio de hoy certifica que los paisanos de Jesús no están dispuestos a que “el hijo del carpintero” –uno más de ellos- pueda ser el enviado de Dios. Y reaccionan con extrema violencia hacia Jesús: le echan mano y deciden llevarle a lo alto de la colina para despeñarlo y acabar con él. El que había resucitado a una muerta, no tuvo mayor dificultad en escabullirse y -como apunta san Lucas- “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”. Nuestra España, y en general Europa, ha sido para el cristianismo lo que Nazaret fue para Jesucristo: el lugar donde él se ha criado. Pero nosotros corremos el riesgo de reaccionar como los nazarenos. Quizás habría que matizar y decir que ya hemos empezado a recorrer ese camino, cuyo final no puede ser otro que el desastre. Porque sin Dios, la vida nunca termina bien. Podemos enloquecernos con una quimérica libertad y –como el hijo pródigo- marcharnos de casa, pensando que de espaldas a Dios vamos a ser felices. ¡Los hechos nos sacarán de nuestras ensoñaciones! Miremos dónde estamos ya: matando a seres inocentes antes de nacer, llenando de tristeza a los hijos del  divorcio exprés, sembrando todos los estratos de la sociedad de corrupción y llevando al paro a millones de conciudadanos, especialmente jóvenes. No hay más salida que abrirnos al Dios-Amor revelado en Jesucristo.             

Tercer domingo del Tiempo Ordinario (27. I. 2013) - Ciclo C

SABEMOS QUIÉN ES JESÚS

“Hoy se cumple esto en Mí”

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Durante el tiempo ordinario del año litúrgico en curso leemos el evangelio de san Lucas. San Lucas era médico. Para más señas, de Antioquía, una de las principales ciudades de entonces. Fue compañero de san Pablo y escribió también el libro de Los Hechos de los Apóstoles. Conocía bien la lengua griega. La lectura de su evangelio deja constancia de algunas evidencias: es un cristiano que procede de la gentilidad, culto, de amplios horizontes y con gran delicadeza de espíritu. Quiere dejar patente el vigor y la belleza del cristianismo. Rasgo característico suyo es que la salvación de Dios es universal, en cuanto está destinada a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y situaciones. No fue testigo presencial de los hechos que narra –como les pasa actualmente a los historiadores-, pero fue muy riguroso a la hora de informarse. Basta leer el comienzo del evangelio de este domingo, que dice así: “Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las trasmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada”. Estamos, pues, ante una persona que conoce a los testigos presenciales de los hechos (las fuentes), que ha investigado a fondo lo que dice y que se propone narrar lo que ha acontecido (historia).  En eso ha consistido su trabajo: en haber indagado críticamente todo lo que le era accesible y haber escrito un relato ordenado. A él le interesa la fiabilidad. Por eso quiere mostrar que lo que dice tiene sólido fundamento y es digno de todo crédito. Ha sido honrado. Y todos nosotros hemos de estarle inmensamente agradecidos porque nos da acceso a la historia real de Jesús de Nazaret, la Persona que ha cambiado el rumbo del mundo y, más en concreto, el tuyo y el mío. No en vano somos sus discípulos. Desde hoy iremos conociendo su doctrina y su vida. Algo realmente apasionante. Os invito a completar lo que yo escriba con el texto completo del evangelio de san Lucas. No os defraudará.

Segundo domingo del Tiempo Ordinario (20. I. 2013)- Ciclo C

DE LA MANO DE “LA MADRE DE JESÚS”

“Haced lo que él os diga”

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Estamos en Caná de Galilea. Se está celebrando una boda y ha sido invitada la Madre de Jesús. Éste llega un poco más tarde acompañado de cinco discípulos. Ha comenzado a escasear el vino y, ya se sabe, una boda sin vino no puede ser una fiesta. La Madre de Jesús se ha dado cuenta y ha comprendido que aquella pareja puede convertir en tragedia el día más feliz de su vida. Hará lo que esté en su mano para evitarlo. Se acerca a Jesús y le dice con sencillez: “No tienen vino”. Jesús le da una contestación que para nosotros resulta enigmática: “Mujer, todavía no ha llegado mi hora”. Ella la entiende como un “sí” implícito, pues se acerca de inmediato a los sirvientes y les dice: “Haced lo que Él os diga”. Son las últimas palabras que el evangelio pone en labios de María. No podían haber sido mejores. A los sirvientes, Jesús dice dos cosas: “Llenad las hidrias de agua” y “llevádselo al maestrescuela”, que ellos cumplen de inmediato. Los seiscientos litros de agua se han convertido en vino exquisito. Mucho mejor que el bebido hasta ahora. ¡Demasiadas coincidencias para no ver una clara referencia a la Eucaristía! Es un vino de bodas, vino de alegría, vino abundante, vino de mejor calidad que el anterior, vino del final, vino que da Jesús, vino que viene por mediación de María. El evangelio de Juan sólo habla de María dos veces: al principio del ministerio público de Jesús –aquí en Caná- y al final, al pie de la Cruz. Ninguna de las dos veces es llamada “María”, sino “mujer”. Al pie de la Cruz esta “mujer” recibe la realidad de la Eucaristía: la sangre de su Hijo sacrificado como Redentor; en
Caná, la misma mujer nos da el símbolo de esa realidad. En los dos casos su presencia es determinante. La “Madre de Jesús” es “la Madre de los hermanos de Jesús”, porque el mismo Jesús así lo ha querido: “Ahí tienes a tu hijo”. Juan la recibió en nuestro nombre. La devoción a María no es una devoción. Es una necesidad. Una gozosa necesidad, que nos asegura que nuestro camino es el camino Jesús y que ese camino pasa necesariamente por la Eucaristía.         

El Bautismo del Señor (13 de enero de 2013) - Ciclo C

EL BAUTISMO DEL SEÑOR Y EL NUESTRO

“Tú eres mi Hijo"

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Estamos en las orillas del Jordán. Grandes muchedumbres han llegado hasta aquí atraídas por la predicación de Juan, que llama a cambiar de vida. Él les bautiza, sumergiéndoles en las aguas del río. Es el símbolo que manifiesta su arrepentimiento y su promesa de una nueva vida. Todos los que han venido hasta ahora son pecadores que necesitan el perdón. Pero hoy ha llegado una persona tan especial, que Juan se considera indigno de desatarle la correa de las sandalias, aunque esta función sea propia de los siervos y esclavos. Es Jesús de Nazaret. Viene porque quiere que le bautice. Hay un forcejeo entre ambos, pero al fin Juan cede a las palabras de Jesús: “Conviene hacer esto ahora”. Y “en un bautismo general, Jesús es bautizado”. Jesús se hace bautizar no porque tenga necesidad del bautismo, sino por algo que constituye la razón de su venida y su misión: su compromiso y cercanía con los hombres. Jesús se pone en medio y está cerca de los hombres, quiere alcanzarlos allí donde se encuentran y hacerles partícipes de su conocimiento de Dios y de su relación con Dios. El bautismo es un anticipo de todo su comportamiento posterior y de sus palabras: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”. Las aguas del Jordán de hoy bañan todas las riberas del mundo. Un número cuas infinito de hombres y mujeres, de situaciones y profesiones, de ambientes sociales, culturales y políticos necesitan ser lavados de tanta suciedad como llevan a sus espaldas y dar un giro radical a su vida. Ciertamente, hay mucha corrupción entre los políticos y los jueces, pero éste no es su patrimonio exclusivo. La corrupción afecta a demasiados estratos y personas. Desde los dicen que no existe verdad objetiva alguna, a los que defienden que cualquier cosa es matrimonio, pasando por los que pagan sueldos abusivos, practican el sexo sin estar casados, escandalizan a los niños y a los jóvenes, o llaman bien al mal y viceversa. ¡¡Necesitamos nuevos bautistas, que clamen la conversión y la logren!!.Los necesitamos también los que ya hemos recibido el bautismo.            

Epifanía del Señor (6.I.2013) - Ciclo C

LOS MAGOS, BUSCADORES DE LA VERDAD

“Hemos visto su estrella”

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El evangelio de hoy es uno de los más conocidos y el primero que hemos celebrado con toda solemnidad desde nuestra más tierna infancia. En líneas generales lo seguimos recordando, aunque hayamos dejado de frecuentar la Iglesia. Sabemos que se trata de tres “magos”, probablemente “astrólogos”, es decir: estudiosos de las estrellas y de los astros. Mientras cultivan su disciplina, reciben una indicación del nacimiento del Mesías y un impulso de ponerse en camino para buscarlo, sin conocer ningún itinerario preciso ni la meta. Asumen el esfuerzo y el riesgo,  y emprenden la marcha. Llegan a Jerusalén, Al preguntar les indican que esta no es la meta y son remitidos a otro lugar. Se lo indican “los escribas”, “los escrituristas”, que saben muy bien que Miqueas ha profetizado que Belén es el lugar preciso. Ellos pertenecen al pueblo para el que ha venido el Mesías, pero no se mueven de Jerusalén, no van a encontrarse con el Mesías que ya ha nacido. Los Magos no pertenecen a ese pueblo, pero se ponen en camino. Se sirven de la ciencia de los escribas y prosiguen la marcha. Y Dios les da la última orientación a través de una nueva luz. Llegan a Belén y encuentran al Niño y a su Madre. Al verlo,  hacen lo que hacen los orientales –ellos lo son- cuando reconocen que alguien es su señor y saben que dependen de él, sea un rey o un dios: “se postraron y le adoraron”. Los Magos se postran ante un niño que no dice nada ni les da nada, que no tiene ningún señorío ni poder exterior. Desde la fe ven que es su Señor, el Rey y Pastor de los paganos. En las representaciones antiguas, aparecen siempre tres Magos: uno joven, otro en plena madurez y otro anciano; uno asiático, otro europeo y otro africano. No se corresponde con el texto literal pero sí con el espíritu del Evangelio. Todas las edades de la vida y los hombres de todos los continentes llegan a la meta cuando se encuentran con este Niño y le reconocen como su Señor y su Dios. Él ha venido para todos los hombres y mujeres de todos los colores y situaciones. También para mí y para ti. ¿Tendremos la fe y la humildad de los Magos para adorarle?         

Domingo de la Sagrada Familia (30. XII. 2012) - Ciclo C

CUANDO LOS PLANES DE DIOS NOS SUPERAN

“¿Por qué has hecho esto?”

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Estamos en el Templo de Jerusalén, donde un grupo de doctores explica la Ley de Moisés a un grupo de fieles judíos, entre los que hay algunos niños. Uno de ellos es Jesús, que ha venido por primera vez desde Nazaret para celebrar la Pascua. Sus preguntas son tan profundas que les asombra. Llega su Madre. En otra ocasión, se hubiera sentido profundamente halagada por ese hijo tan listo. Pero ahora, sólo es capaz de decirle: “Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Es la expresión espontánea de una madre que ha pasado por una situación angustiosa y deja traslucir todo lo que ha sufrido. No estaba acostumbrada a un comportamiento semejante. Más aún, nunca se lo hubiera imaginado. Efectivamente, hace tres días que ‘su’ Jesús se ha perdido…voluntariamente. Pero si  inesperada y desconcertante había sido esta pérdida intencionada, no lo es menos la respuesta que da a su Madre: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme en las cosas de mi Padre?” Jesús llama “Padre” suyo a Dios. Nadie hasta ahora lo había hecho. “Señor y Dios”, le había llamado María en la Anunciación; “Señor, Dios de Israel”, le había confesado Zacarías; “Señor”, le había proclamado el anciano Simeón. Llamando a Dios “Padre”, Jesús es consciente de estar en una situación absolutamente singular respecto a él. Tiene conciencia clara de ser el Hijo de Dios y de haber venido a cumplir la voluntad de su Padre. María y José no comprendieron la respuesta. No es extraño, porque todavía hoy no es fácil captar su tenor y su mensaje. María y José tienen que aprender -y experimentarlo dolorosamente- que Jesús está sometido a una autoridad más alta que ellos. Que Jesús recorrerá su camino, tal y como se lo ha trazado de antemano su Padre. Cuando en nuestra vida  aparezcan “porqués” incomprensibles, desconcertantes, María nos señala el camino a recorrer: “Ella lo meditaba en su corazón”, lo rumiaba, y … lo aceptaba. Se fiaba de Dios y asumía unos planes que la superaban. Tener confianza y fiarse de Dios. Esta es la respuesta.     

Domingo cuarto de adviento (23. XII. 2012) - Ciclo C

DEL CORPUS A NAVIDAD

“Bendita tú que has creído”

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Estamos en Aym-Karim, ocho kilómetros al noroeste de Jerusalén. Acaba de terminar la primera y más larga procesión del Corpus, con una custodia del todo excepcional: el vientre de María, que ha portado al Señor desde Nazaret hasta aquí. No ha habido cantos ni vítores. Pero no ha faltado lo importante: Dios hecho hombre. No lo sabe nadie, salvo la Virgen María y otra persona. El Espíritu Santo no ha querido revelárselo al Sumo Sacerdote ni al Rey Herodes, aunque ambos viven muy cerca de aquí. La persona afortunada es una mujer que, además, es muy mayor. Se llama Isabel y está casada con un santo varón, mayor él también, que se llama Zacarías. Dios es imprevisible, salvo en la elección de personas y escenarios, pues escoge siempre lo pequeño y lo escondido. Isabel ha sido estéril, que es el mayor baldón para una mujer judía. Cuando menos lo podía esperar, Dios se ha fijado en ella y ya está en el sexto mes de su embarazo. Su prima María lo ha sabido por el ángel de la anunciación y le ha faltado tiempo para venir a cuidarla. No esperaba que Isabel le saludase con el entusiasmo y, sobre todo, con la verdad con que lo ha hecho: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?” Es la primera proclamación de la maternidad divina de María. Le da esta prueba irrefutable: “Al entrar tú aquí, la criatura que llevo en mi seno ha saltado de alegría”. Para dejar constancia de que el anunciador no será digno de desatar la sandalia del anunciado, éste le santifica en el seno de su madre. La primera gran bendición del Santísimo al concluir la primera procesión del Corpus. María no rechaza el encomiástico saludo de Isabel. Al contrario, lo asume para proclamar que todo es de Dios, que es Dios el que la ha bendecido más que a todas las mujeres de la tierra, porque ha querido hacer grande a la que se considera pequeña. ¡Navidad: fiesta de la gente sencilla, de la gente humilde, de la gente que todo lo espera de Dios, de la gente que sabe que –como María- puede fiarse de Dios!           

Domingo tercero de adviento (16. XII. 2012) - Ciclo C

MENSAJE DEL BAUTISTA PARA LA NAVIDAD

“Dad frutos de penitencia”

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Estamos en las orillas del Jordán, donde Juan predica y bautiza. Sabe que no es el Mesías sino que es su pregonero y el que le prepara el camino con un cambio profundo del corazón y de las obras de quienes le escuchan. No se cansa de predicar este mensaje de conversión. La gente acude en masa, confiesa sus pecados y recibe de inmediato el bautismo de agua. Juan no es el único que bautiza. Lo hacen también los esenios, una especie de monjes de estricta observancia, que sólo admiten al bautismo a los que hacen un largo proceso de purificación. Pero el que Juan bautice de inmediato no supone que haga las cosas a la ligera. Al contrario, exige un cambio profundo de criterio y de vida. De hecho, cuando viene gente corriente y le pregunta qué debe hacer, él responde: “el que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna”. Si vienen –y vienen- los recaudadores de los tributos, no les manda dejar su profesión, pero les indica: “No exijáis más de lo establecido”. Cuando vienen soldados, les hace esta encomienda: “No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga”. Juan ya no predica ni bautiza, porque hace dos mil años que murió. Sin embargo, su mensaje no está muerto ni trasnochado. Al contrario, no puede ser más actual. Por eso, si en este “aquí y “ahora” se le acercase una pareja de conviventes, les diría: “casaos”; si fuesen unos padres de familia, les diría: “trasmitid la fe a vuestros hijos con vuestras palabras y vuestro comportamiento”; si lo hiciese un empresario, le diría: “crea puestos de trabajo y paga un salario justo”; si viniese un trabajador asalariado, le diría: “trabaja bien y no pierdas el tiempo”; si se tratase de un político, le diría: “no uses el poder para tu provecho personal y el de los tuyos sino para servir a quienes te han elegido como representante suyo”; si el que se acercara fuese profesor de instituto o de universidad, le diría: “prepara a conciencia tus clases y enseña a tus alumnos la verdad, no una ideología”; y así sucesivamente. ¿Qué sucedería si cada uno de nosotros preparase la próxima Navidad según el mensaje del Bautista?        

Domingo segundo de adviento (9.XII.2012) - Ciclo C

UN SUICIDIO MORAL Y SOCIAL

"Preparad el camino del Señor"

El Bautista es una de las tres grandes figuras de Adviento. Hoy entra en escena con su estilo vibrante y contundente: «Preparad el camino del Señor. Allanad sus sendas. Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». Más en concreto: «Convertíos de vuestros pecados». Quizás alguno, al oír este mensaje, se sonría y pregunte en tono burlón: ¿A estas alturas de la historia todavía seguimos hablando del pecado y sin enterarnos de que en una sociedad abierta y progresista cada uno tiene su propia verdad y su personal esquema de valores? Semejante pregunta, aunque chulesca y engreída, no invalida el mensaje del Bautista. Al contrario, lo hace aún más actual. Porque convertirse es, en el fondo, cambiar de criterio, de valoración, de modo de ver y juzgar las cosas. Luego vendrá el cambio de vida. Y a nadie se le oculta que, desde el punto de vista ético y religioso, en la España de hoy necesitamos cambiar de rumbo intelectual y existencial. A la vista de más de cinco millones de parados, de una economía en bancarrota, de una corrupción política, judicial, laboral y cívica rampante, ya no es posible negar que en el fondo de todo hay una profunda crisis moral de los individuos y de las instituciones, fruto del alejamiento de Dios. Si se vive como si Dios no existiera, ¿puede alguien extrañarse de que el campo social se convierta en una selva? Eso explica que nuestro problema número uno no es la crisis económica sino el “vivir de espaldas a Dios”. Como han señalado nuestros obispos, el afán «de dirigir nuestra propia existencia y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios» es, además de un «deseo ilusorio y blasfemo», una ruina social. Ante este panorama, nuestra pregunta obligada en la misma que formularon sus oyentes al Bautista: «¿Qué hemos de hacer» La respuesta es fácil de adivinar: «Volveos a Dios, dejad de avanzar hacia el abismo del nihilismo, de la idolatría de los bienes materiales y de la soberbia estéril. Si oímos esta voz, el resultado será el que anunciaba Juan: «Todos verán la salvación de Dios». Nuestro cuerpo social dejará de suicidarse. 

 

DOMINGO 1 DE ADVIENTO (2. XII. 2012) - Ciclo C

¿ANGUSTIA PAGANA O ESPERANZA CRISTIANA?

“Se acerca vuestra liberación”

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Samuel Beckett escribió una obra teatral muy famosa: “Esperando a Godot”. En ella se describe la espera de un misterioso personaje, sin que se tenga la certeza de que realmente llegará. Debía venir por la mañana, pero envía recado que llegará por la tarde; por la tarde anuncia que vendrá al atardecer, y al atardecer que quizás llegue a la mañana siguiente. No es ésta la actitud vital del cristiano. El cristiano sabe que su vida, como la historia entera y el mundo, es una larga espera de un gran personaje. Pero a diferencia de lo que ocurre en la obra de Beckett, ese personaje llegará y no es otro que nuestro Señor Jesucristo. Durante muchos siglos se esperó su llegada a la tierra. Y, realmente, llegó cuando el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana y nació en Belén. Ahora, al cabo de muchos siglos, seguimos esperándole, pero de un modo muy diverso: “Vendrá al final de los tiempos en poder y gloria”. No sabemos cuándo ocurrirá esto, pero tenemos la certeza de que un día la espera se convertirá en encuentro. Al comenzar hoy el nuevo año de la Iglesia, el primer domingo de Adviento nos ofrece un evangelio que nos recuerda ese gran retorno de Cristo al final del mundo. Por eso, el Adviento tiene algo muy importante que comunicarnos. El mensaje es que nuestra vida no es una meta ya lograda, sino una serie de etapas que nos conducen a lo que será lo definitivo. Ese mensaje incluye también cómo ha de ser nuestro comportamiento durante la espera: “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, y se os eche de repente aquel día”. Nuestra espera no es del mal estudiante que se olvida de que un día tendrá que examinarse y se dedica a todo, menos a estudiar. Aunque tampoco puede ser la de un estudiante angustiado por el examen.  Nosotros esperamos haciendo la tarea que Dios nos ha encomendado y con la esperanza y la paz del que sabe que Dios es su Padre amoroso. El final de nuestra espera no será, por tanto, ni el vacío de la nada ni el temor del siervo holgazán. Será la llegada amistosa y fraterna de nuestro Salvador.    

Domingo 34 del Tiempo Ordinario. Jesucristo Rey del Universo (25.XI.2012) - Ciclo B

EL REINO DE CRISTO Y EL DE LOS HOMBRES

“¿Tú eres rey?”

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Jesús está delante de Pilato. Le han traído los jefes de los judíos, porque quieren arrancarle la pena capital. La acusación no puede ser más grave: “Este se ha declarado rey”, por tanto, enemigo del César. Si no le condenas, cometerás un crimen de alta traición. Pilato, hábil político, se ha dado cuenta de lo que está en juego. Por eso, pregunta directamente al reo: “¿Tú eres rey?” Jesús es consciente de las consecuencias de su respuesta, pero no duda: “Sí, soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad?” En aras a ese testimonio a favor de la verdad añade: “Soy rey. Pero mi reino no es de este mundo” Y da una razón inapelable: “Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Pilato queda convencido de la demostración y admite que Jesús no es un rey en el sentido de la acusación. Jesús no tiene ejércitos, ni armas, ni ambición de usurpar el poder. Su reino “no es de este mundo”. Pocas frases han hecho correr más ríos de tinta y de sangre. Los laicistas de todo signo, sobre todo, los más radicales, han sentenciado: Efectivamente, Jesús de Nazaret no tiene nada que decir a la convivencia entre los hombres, al diseño del mundo, a las leyes, al ejercicio de la autoridad, al matrimonio y la familia, a los bienes de la tierra, a la vida, al trabajo y a ese largo entramado que constituye la existencia humana. Ni Él ni sus discípulos. Craso error. El reino de Cristo, ciertamente, no es de este mundo, pero vive en este mundo y afecta a este mundo. Porque “este mundo” es criatura de Dios, ha salido de sus manos y ha de volver un día a ellas. Y para que sea así, es preciso que cumpla las leyes intrínsecas que Él mismo le ha dado. La política, la economía, la cultura, el trabajo, la propiedad, la convivencia se rigen por leyes propias, pero no por las que ellas quieran autodarse con total autonomía de Dios, sino en conformidad con el plan de quien las ha dado el origen y el destino. ¡Qué horizonte tan apasionante para los discípulos de Jesucristo, especialmente para los seglares!