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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (18.XI.2012) - Ciclo B

EL ENCUENTRO DEFINITIVO CON CRISTO

“Nadie sabe el día ni la hora”

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Me contaba un conocido, que un amigo suyo oriental se echó atrás a última hora en un viaje que habían programado pasar juntos. Cuando regresó, se atrevió a preguntarle: “Fuiste a la echadora de cartas y te dijo que no vinieras ¿verdad?” Él le confesó que, efectivamente, había ido a la echadora de cartas y le había anunciado una catástrofe. Esta persona era profesor universitario y presumía de ser ateo. Traigo esto a colación, porque el evangelio de este penúltimo domingo del año litúrgico habla del fin del mundo. Con un lenguaje apocalíptico, Jesús ha señalado que “el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán”. Pero no quiso precisar ni el cuándo ni el cómo. Sin embargo, no faltarán echadores de cartas o miembros de sectas, que se atrevan a poner día y hora. Aunque han sido ridiculizados por los hechos, seguirán apostando fuerte. Jesús nos ha prevenido a sus discípulos: “No lo sabe nadie, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo del hombre” (en cuanto hombre, sí en cuanto Dios), sólo el Padre”. Los hombres, que somos muy curiosos, nos encandilamos con todo lo relacionado con el fin del mundo. Seamos razonables, y advirtamos que eso no es lo importante. Lo que debe importarnos es que, para nosotros, el fin del mundo –que, a la postre, es el fin de nuestra vida en la tierra- puede llegar esta misma noche. Las chicas del Madrid Arena no pensaron que aquella fiesta sería el final de sus vidas. Pero lo fue. Tengamos, por tanto, siempre preparadas las maletas de la eternidad, con el fin de que esté bien expedito el camino de nuestro encuentro definitivo con Cristo y así compartir con él la herencia del Cielo que nos ganó con su muerte en la Cruz. Quien no quiso vivir en comunión con Cristo durante su vida, no será obligado por Cristo a vivir con Él por toda la eternidad. Para él, el fin del mundo –el final de su vida- será el comienzo de una eternidad fuera del Cielo ¡Jesús: quiero vivir ahora como amigo tuyo y quiero vivir siempre contigo en el Cielo. Concédeme esta inmensa gracia!          

 

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (11.XI.2012) - Ciclo B

UN REPROCHE Y UNA ALABANZA

“Esta viuda ha echado todo”

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El evangelio de este domingo se resume en dos palabras: Jesús reprocha a los escribas su comportamiento y alaba el de una pobre viuda. Los escribas conocen la Ley, se la enseñan al pueblo, son sus guías espirituales. Su conducta es, pues, un grave peligro para el pueblo, que puede pensar que ha de imitarles. El peligro radica, sobre todo, en que los escribas se ponen siempre a sí mismos en el centro de todo. Pretenden ser tratados con honores en todas partes: en el mercado, en la sinagoga, en los banquetes, en los actos religiosos. Lo suyo es brillar, sobresalir y ocupar los primeros puestos. Frente a este proceder Jesús levanta su voz autorizada y advierte al pueblo: “¡Cuidado con ellos!, no son un ejemplo a seguir” Especialmente duro es el reproche que les dirige por devorar los bienes de las viudas, pues ellas y los huérfanos forman parte de las personas socialmente débiles y están bajo una especial protección de Dios. Quien se aprovecha de ellas, pervierte de un modo extraordinariamente grave el mandamiento del amor al prójimo. Frente a este reproche contundente, una alabanza sin matices a una pobre viuda. Quien no tiene fina la piel de su humanidad y de su espíritu, puede escandalizarse. Porque la alabanza se debe a que ha echado en el cepillo del Templo la irrisoria cantidad de la sexagésima parte de un denario, que era el salario de un día de trabajo en el campo. Era la limosna a los pobres y lo que ella podía haber recuperado con sólo ponerse a pedir a la salida del Templo. Pero estas son disquisiciones y valoraciones nuestras. Jesús va al fondo y sentencia: “Esta pobre viuda ha echado más que nadie, porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Jesús no juzga la cantidad sino la totalidad. Aquí está la diferencia entre nosotros y los santos: nosotros damos mucho  o poco, pero nunca “todo”; mientras que ellos se dan incluso a sí mismos. De todos modos, para llegar a darlo “todo” hay que recorrer, de ordinario, un largo camino de ir dando “algo” sin cansarse y sin rendirse: tiempo, compañía, conocimiento, limosna…   

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (5.XI.2012) - Ciclo B

¿CUÁL ES LO MÁS IMPORTANTE?

“Amarás a Dios con todo tu corazón”

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Cuenta el actual predicador del Papa, que un viejo profesor fue reclamado para que hablase a los directivos de algunas multinacionales americanas sobre cómo planificar eficazmente el trabajo. En lugar de una gran conferencia, prefirió hacer un experimento. Tomó un gran vaso vacío y una docena de piedras grandes. Con gran parsimonia fue colocando las piedras en el vaso. Al terminar la faena preguntó: “¿Os parece que el vaso está lleno?” La respuesta inmediata fue “sí”. Sin decir palabra, tomó un recipiente lleno de grava y la derramó sobre las piedras, moviéndolas un poco. De nuevo preguntó: “¿Está lleno ahora?” Ya más prudentes, respondieron: “Quizás todavía no”. Luego tomó un fardel de harina y con ella fue llenando los huecos que dejaban las piedras y la arena. Volvió a preguntar: “Ahora ¿está lleno el vaso?” Ellos, que habían aprendido la lección, dijeron unánimemente: “No”. Efectivamente, el viejo profesor tomó una jarra de agua y la derramó sobre la harina y la grava hasta el borde. En este momento preguntó: “¿Cuál es la gran lección que encierra nuestro experimento?” El más audaz respondió: “El experimento demuestra que incluso cuando nuestra agenda esté completamente llena, siempre se puede añadir algo con un poco de buena voluntad”. “No”, respondió el profesor. “Lo que el experimento demuestra es que si no se meten al principio las piedras grandes, no será posible que entren las más pequeñas”. Luego prosiguió: ¿Cuáles son las grandes piedras, las prioridades en vuestra vida? ¿La salud? ¿La familia? ¿Los amigos?. La que sea la más importante es la primera que hay poner en la agenda El viejo profesor debió añadir otras dos, que son las del evangelio de este domingo: Dios y los demás. Mejor, el amor a Dios por encima de todo y el amor al prójimo como a nosotros mismos. La vieja Europa debería recordar que cuando puso a Dios en primer lugar y a la persona humana por encima de las demás cosas, se hizo grande en todo. Ahora, olvidada la lección, se ha empobrecido y empequeñecido en lo que hace grandes a los pueblos.         

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (28.X.2012) - Ciclo B

CIEGOS DEL CUERPO Y DEL ALMA

“¡Señor, que vea!”

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Estamos acompañando a Jesús en el camino de Cesarea de Filipo a Jerusalén. Viene  mucha gente. A la vera del camino, hay un hombre sentado y pidiendo limosna. Está ciego. A través de sus oídos llega a saber que Jesús de Nazaret está allí. Acostumbrado a gritar, lo hace ahora con  especial fuerza, pues no quiere desaprovechar la ocasión: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Los que están su lado se enfadan y le piden que se calle. Pero él no se deja intimidar y grita todavía con más fuerza: “Hijo de David, ten compasión de mí!”. Para su fortuna, Jesús no es como los demás. Le manda venir y él se acerca con toda rapidez. Y se entabla entre ambos un diálogo tan sencillo como maravilloso. Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que haga contigo?” Él responde con toda lógica: “Maestro, que pueda ver”. Jesús atiende de inmediato la súplica y el ciego comienza a ver. A partir de ahora verá salir y ponerse el sol, sabrá cuándo es de día y cuándo de noche, no necesitará que nadie le lleve de un lado a otro. Y lo que es más importante: hoy se ha encontrado personalmente con quien es la Luz del mundo y ha venido para manifestar a los hombres quién es Dios, cuánto les ama y cuál es el camino que han de recorrer para llegar hasta él. Por eso, cuando Bartimeo –éste es el nombre del ciego- ha recobrado la vista, se ha puesto a seguirle por el camino. ¡¡Imposible vivir ya lejos de Jesús!! El mundo actual está llenos de ciegos, con una ceguera peor que la de Bartimeo. Son ciegos espirituales, cerrados a todo lo que sepa a Dios. No sólo no ven, sino que quieren seguir sin ver. Van por la vida a tientas, porque desconocen cuál es el sentido que ésta tiene, de dónde vienen y hacia dónde se encaminan, y qué hay después de la muerte. El día que decidan acercarse a Jesús y pedirle la fe humilde que les falta, ese día comenzarán a ver de un modo muy distinto las personas, los acontecimientos, el trabajo, el dolor y la muerte; y comprenderán que ser cristiano no sólo es maravilloso, sino lo más maravilloso que puede ocurrirle a un hombre y a una mujer.          

Domingo 29 del Tiempo Ordinario( 21.X.2012)- Ciclo B

SERVIR ES EL SUPREMO PODER

“El Hijo del hombre ha venido a dar la vida”

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Los tres grandes ídolos humanos son el dinero, el poder y el placer. El evangelio del domingo pasado hablaba del ídolo del dinero; el hoy, del ídolo del poder. Más en concreto, del ídolo del poder en la Iglesia. Porque idolatrar el poder no es exclusivo de los grandes de este mundo: políticos, empresarios, dueños de grandes cadenas de comunicación, directores de grandes proyectos científicos o culturales. Se da incluso en la familia, donde él o ella –ahora ellos, los hijos- quiere imponerse sobre el otro. Y se da en la Iglesia. El Papa actual se ha referido a él en más de una ocasión. No hay que asombrarse, porque se dio ya entre los mismos apóstoles. Lo dice el evangelio de hoy con toda claridad: “Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, a decirle: Maestro: concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Los otros diez no se quedaron atrás, sino que “se indignaron contra Santiago y Juan”, pues ambicionaban lo mismo. Jesús no pensaba ni actuaba como ellos. Él era Dios, pero al hacerse hombre no se presentó como “Señor” sino como “servidor”, entregando su vida en rescate salvador por todos. Por eso, reuniendo en torno a él a los Doce, les dijo: “Los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes les oprimen. Entre vosotros, nada de eso. El que quiera ser el primero que sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre –Yo- no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar la vida en rescate por todos”. Jesús ha cambiado el poder en servicio. Ciertamente, reina sobre el mundo y la historia después de su glorificación. Pero también “reinó desde la Cruz”, como canta la liturgia del Viernes Santo. Más aún, porque –como proclama esa misma liturgia- sirvió entregándose a la cruz por amor a los hombres, ha sido constituido tan “Señor”, que ante Él se postran el cielo, la tierra, todos y todo. Un adagio alemán dice: “O eres yunque o martillo”, es decir: o dominas o eres dominado. Jesús ha dicho: sé yunque y sé martillo: domina sirviendo.  

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (7.X.2012)- Ciclo B



 

EL DIVORCIO NO ES LA SOLUCIÓN

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”



La sociedad judía del tiempo de Jesús practicaba el divorcio. Con una salvedad: los hombres podían divorciarse, pero no las mujeres. Por eso, cuando unos fariseos preguntan a Jesús si “¿es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”, plantean el problema real. Jesús sabe muy bien que Moisés lo había permitido, pero prefiere que se lo digan sus interlocutores, y les pregunta: “¿Qué os ha mandado Moisés?”. Replicaron: “Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer el acta de divorcio”. Oída la respuesta, contesta a la pregunta con claridad, sin miedo a perder seguidores y sin temor a las represalias de Herodes, que había
encarcelado al Bautista por haberle echado en cara que viviese con una
divorciada. Su respuesta va a la raíz. “Al principio de la creación Dios los
creó hombre y mujer. Por eso, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido, no lo
separe el hombre”. La respuesta es muy actual. Aunque muchas legislaciones lo
admitan, el divorcio contraviene el plan originario de Dios, que ha creado al
hombre y a la mujer para que se unan en matrimonio y permanezcan unidos para
siempre. La respuesta de Jesús desconcertó a sus discípulos que, ya en casa,
volvieron a preguntarle, y él se ratificó, diciéndoles: “Si uno se divorcia de
su mujer y se casa con otra, comete adulterio y si ella se divorcia de su
marido y se casa con otro, comete también adulterio”. “Si es así -replicaron-, no tiene cuenta casarse”. No es verdad. Sí tiene cuenta que se case el que tiene esa vocación. Ahí están millones de matrimonios que lo confirman. Pero hay que casarse como es debido. Es decir, con una preparación adecuada en todos los sentidos y a sabiendas de que el matrimonio –como cualquier otra cosa seria- cuesta y cuesta mucho. No hay que ser frívolos ni superficiales a la hora de casarse y a la hora de vivir el Matrimonio. El que se lo toma a broma, termina en el divorcio.Y el divorcio no es la solución. No sólo porque el hombre no puede enmendar la plana a Dios Creador, sino porque la experiencia lo confirma.

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO (30.IX.2012) - Ciclo B

¿CÓMO VIVEN LOS CRISTIANOS?

“Si tu mano te
escandaliza, córtatela”

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¿Cómo tiene que comportarse el cristiano con los que no lo son?, ¿cómo
debe valorar el escándalo?, ¿cómo debe actuar cuando hay cosas que le apartan
de Dios? Estas tres son las grandes cuestiones que plantea el evangelio del
presente domingo. Su actualidad no puede ser mayor. Respecto a la primera,
Jesús es muy claro: “El que no está contra nosotros, está con nosotros”. Es
decir, hay que tener la mente y el corazón abierto para que en ellos quepan los
que no piensan ni actúan como nosotros. La tendencia humana es dividir el mundo
en dos mitades: “los nuestros” y “los que no son” de los nuestros, aceptado a
los primeros y excluyendo a los segundos. Esa postura no es cristiana. Los
cristianos no diremos que está bien lo que está mal, pero sabremos convivir con
todos, disculpar a todos y perdonar a todos. En cuanto al escándalo dado “a los
pequeños”, es decir: a la gente sencilla y buena que cree en Jesús, el
evangelio de hoy emite un juicio
tremendo: “al que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría
ponerle una rueda de molino y echarle al fondo del mal”. Es tal la gravedad del
escándalo, que no es un precio excesivo poner en el fondo del mar al que
pretende hacer caer a los pequeños, especialmente si son niños. Deberían
pensarlo en serio los periodistas, los editores de revistas y libros, los
realizadores de programas televisivos, los profesores de primaria y secundaria,
lo políticos y tantos otros. La misma reacción drástica hemos de aplicarnos
respecto a personas, cosas y ocasiones que nos llevan a apartarnos de Dios.
Aunque sea algo tan querido y necesario como los ojos, las manos y los pies,
hay que preferir quedarse tuerto, manco o cojo –en sentido figurado- antes que
ofender a Dios. Jesús nos ha anunciado el evangelio. Pero la “buena noticia”
–eso significa el evangelio- tiene sus exigencias. Él mismo señala las
consecuencias de no asumirlas: será “echado en la gehenna, donde el gusano no
muere y el fuego no se apaga”. No es Dios quien nos excluye de su compañía
eterna. Somos nosotros quienes nos excluimos con nuestras decisiones y modo de
vivir. Actuar en cristiano es maravilloso, pero eso tiene un precio.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (23.IX.2012) - Ciclo B

¿ES LA RESPUESTA EL

SUPERHOMBRE?

“El que quiera ser grande, que sea servidor de todos”

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Nietzsche combatió ferozmente el cristianismo, porque –según él- había introducido en la sociedad ‘el cáncer’ de la  humildad y de la renuncia. Frente a este valor evangélico opuso el de la ‘voluntad de poder’, encarnado en  el superhombre: el hombre que quiere engrandecerse, no abajarse. Nietzsche no entendió lo que es la verdadera humildad y, por ello, tampoco entendió lo que es la verdadera grandeza. ¿Fue poca cosa la Madre Teresa de Calcuta y un hombre grande Hitler? ¿Son grandes esos multimillonarios que no tienen más dios que su dinero y pisotean los derechos más elementales de los pobres y son poca cosa los misioneros que entregan su vida en un rincón de la selva, sin más testigos que su propio servicio por amor a Dios y a los demás? Pero no pensemos sólo en el nazismo o en los poseedores de ingente poder económico, político y mediático. Casi todos los males del mundo provienen de la misma fuente y tienen idéntica raíz. ¿Quién, por ejemplo, provoca las guerras? El evangelio de este domingo nos da la respuesta: el afán de dominio de los unos sobre los otros. El afán de dominio de un pueblo sobre otro, de una raza sobre otra, de un partido político sobre otro, de un sexo sobre otro, incluso –en el caso del fundamentalismo- de una religión sobre otra. Con el ‘superhombre’ de Nietzsche todos perdemos. En cambio, con el modelo que propone Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de todos”, ganamos todos. El que se hace grande sirviendo, hace grandes a los demás y, en vez de sobreponerse a ellos, les levanta consigo. Es la historia de los grandes maestros, de los grandes hombres de Estado, de los grandes benefactores de la humanidad. Es la historia de los santos, especialmente, de los mártires. ¡Qué  bien nos vendría meditar y sacar conclusiones operativas -para nuestra vida diaria en familia, en el trabajo, en las relaciones sociales- de estas palabras de Cristo a sus apóstoles, que discutían  quién era el primero y el más importante: “Quien quiera ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”!.     

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (16.9.2012) - Ciclo B

LA GRAN PREGUNTA

“Tú eres el Cristo”

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El evangelio de este domingo plantea lo que, en términos actuales, es una encuesta de opinión. Jesús quiere saber qué piensa la gente sobre Él y se lo pregunta a los discípulos. Éstos le dan la respuesta que han ido recogiendo al compás de su acompañamiento  apostólico: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, uno de los profetas”. Una opinión muy favorable, ciertamente, pero insuficiente. Luego la pregunta sube de tono y se hace trascendental: “¿Vosotros, quién decís que soy YO? Es la gran pregunta que Jesús puede hacer a un discípulo y la más importante pregunta que un discípulo debe formularse. De ella depende todo lo demás. Si la respuesta es que Jesús es un gran hombre, un liberador, un líder de un gran programa de justicia para la humanidad, el que quiera unirse a Él como discípulo, se quedará en un plano sustancialmente igual que el seguidor de Buda, Zoroastro o Séneca. Si, en cambio, responde como Pedro: “Tú eres el Mesías, tú eres el Salvador definitivo del pueblo enviado de Dios”, se ubicará en un plano radicalmente distinto al de los demás fundadores de religión. La línea roja es la divinidad de Jesús. Si es un hombre, por grande que sea, no me juego gran cosa si le sigo o le rechazo. En cambio, si la respuesta es que es Dios, que es mi Salvador, entonces me juego la vida de acá y la del más allá según, según le siga o le rechace. Estamos, pues, ante una pregunta que no admite rebajas o que otro pueda contestar por mí. La respuesta es personal y decisiva. Muchos que se llaman cristianos, discípulos de Jesús, son cristianos de pacotilla porque no saben a quién siguen. A muchísimos se los está llevando por delante la corriente de la adversa opinión pública actual. Sólo quien sabe que sigue a su Salvador, al enviado de Dios, al Señor de la historia y de su vida, podrá ser fiel y resistir la tentación de apostasía. Porque entonces no dudará en jugarse la vida y, si es preciso, perderla ahora, para recuperarla de nuevo y conservarla por toda  la eternidad. 

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (9.IX.2012) - Ciclo B

TODO LO HA HECHO BIEN

“No se lo digáis a nadie”

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El escenario del evangelio de este domingo está situado más allá de Galilea y sus habitantes no son judíos de religión sino paganos. Se trata de la Decápolis o región de las diez ciudades. Jesús no es el Mesías nacionalista que muchos esperaban, sino un Mesías universalista, que ha venido a salvar a todos los hombres, sea cual sea su etnia, religión y situación. No sabemos si es porque ya había estado en esta región otras veces o porque la fama de sus milagros había llegado hasta allí, lo cierto es que, cuando la gente del lugar se enteró de que estaba entre ellos, les faltó tiempo para llevarle un sordomudo y pedirle que le curara. Jesús no se hizo de rogar. Le separó un poco, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con su saliva y quedó curado. Jesús no hace acepción de personas ni hace ascos de los que están en las cunetas de la vida. Al contrario, se acerca a todos lleno de compasión y no duda en hacer milagros a quien le necesite. Dos grandes lecciones para nosotros, que tendemos a dividir a los hombres en “los nuestros” y “los otros” y tratarles con distinto baremo. La Iglesia ha alargado el sentido del milagro del sordomudo, al situarlo en un contexto bautismal. Cuando nos han llevado a bautizar, el sacerdote ha pedido a Dios que nos abra los oídos para que escuchemos su Palabra y haga expedita nuestra lengua para que la proclamemos a los que encontremos en nuestro rodar por la vida. La Palabra de Dios es la gran luz que ilumina todos los sucesos y personas con los que se teje nuestra andadura terrena. Quien no la conoce, va a ciegas y con riesgo de extraviarse o equivocarse a cada paso. Por eso, el Vaticano II quiso abrir sus tesoros de par en par a los fieles que participan en los sagrados misterios, especialmente en la misa de cada domingo. También fue deseo expreso del Vaticano II que los fieles sean apóstoles en sus respectivos ambientes. Algo vamos consiguiendo, pero la meta está aún muy lejana tanto en el amor a la Palabra de Dios como en la vibración apostólica. ¡Bienvenido sea, por tanto, el ya inminente Año de la fe para que impulsemos el conocimiento y vivencia del Vaticano II!   .

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (19.VIII.2012) - Ciclo B

 

COMUNIÓN EUCARÍSTICA Y PERSONAL

«El pan que yo daré es mi carne»

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Cuando subimos una escalera de caracol, tenemos la sensación de que estamos girando siempre sobre nosotros mismos. Pero no es así. Subimos sin cesar. El evangelio de san Juan es una escalera literaria de caracol. De modo especial el capítulo sexto, al que corresponde el evangelio de hoy. Durante tres domingos consecutivos hemos ido subiendo peldaño a peldaño la escalera. Hoy llegamos a la cumbre y encajamos todas las piezas que hemos ido encontrando. El pan sobreabundante que sacia a las muchedumbres (primera parte del capítulo); el pan no material que es preciso buscar (segunda parte); el Pan bajado del Cielo que es preciso comer por la fe (tercera parte) es Jesús mismo que se nos da en comida y bebida. Jesús ha bajado del Cielo –se ha hecho hombre- para entregarse a la muerte por nosotros y luego dársenos hecho carne y sangre sacrificadas en la Eucaristía. Lo que ha hecho es tan extraordinario que no cabe en una afirmación y Jesús se ve obligado a desgranarlo en cuatro frases lapidarias: 1ª) «El que come mi carne y bebe mi  sangre tiene vida eterna y YO le resucitaré el último día». 2ª) «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en Mí y YO en él». 3ª) «Yo vivo por el Padre; el que me come, vivirá por Mí». 4ª) «El que come este pan, vivirá eternamente». Es imposible decir más ni mejor. «Carne» y «sangre» en labios de Jesús tienen el sentido que tenían en labios de todo judío: son la totalidad de su ser, él mismo: Dios y Hombre. Comulgar es recibir la misma Persona de Jesús, entrar en comunión personal con él. Por eso, el que comulga se inserta en la dinámica de la vida de Cristo: «Yo le resucitaré en el último día», porque «yo soy la resurrección y la vida». El que comulga, se funde con Cristo en una profundidad tal, que se funden en un abrazo sin igual: «Habita en Mí y YO en él». El que comulga, comienza a vivir la misma vida trinitaria, porque Jesús ha recibido la vida del Padre y comunica esa misma vida al que se une a Él en la comunión. Por eso, el que comulga no puede morir, porque come la misma Resurrección. ¡¡Gracias, Jesús, por haber hecho posible algo tan grande!! 

Domingo 19 del tiempo ordinario (12.VIII.2012)- Ciclo B

 

COMER A CRISTO POR LA

FE Y POR LA EUCARISTÍA

«Yo soy el pan vivo bajado del Cielo»

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Seguimos en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús avanza en su discurso hacia la gran revelación de la Eucaristía. Como es habitual en san Juan, el discurso no avanza en línea recta sino subiendo por una escalera de caracol, porque su densidad no permite otra cosa. Comenzó siendo un panadero capaz de fabricar pan para que comiera una gran multitud y  sobrasen doce cestos. Luego, él mismo se hizo pan. Hoy da un paso más: este pan no se ha amasado en ninguna panadería de la tierra. Lo ha amasado y cocido el Padre en el cielo para que puedan comerlo los hombres y tener vida divina. Por eso, Jesús puede decir con toda verdad: «Yo soy el pan que ha bajado del Cielo». Ya nos lo había dicho al principio del evangelio, cuando en el Prólogo del evangelio de san Juan, nos dijo: «En el principio existía ya el Verbo» -la Palabra Eterna, el Hijo del Padre- el cual «era Dios y estaba junto a Dios» y «se hizo carne y habitó entre nosotros». Sin esta radical carnicidad del Verbo –sin esta verdadera Encarnación del Verbo- la Eucaristía nunca habría sido posible. Porque la Eucaristía es la Carne del Verbo hecho verdadero hombre, Muerto y Resucitado: «El pan que Yo os daré es mi Carne, para la vida del mundo». Todo esto es demasiado elevado y demasiado profundo para que quepa en una mente humana, sino que se necesita la fe. Por eso insiste Jesús: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que me ha enviado», nadie puede comer el pan preparado por el Padre, si el mismo Padre no le hace descubrir que ese Pan es «pan del Cielo», su propio Hijo mismo. Sin fe no se puede recibir la Eucaristía. Se la puede comer materialmente, pero sin que esa comida comunique «la vida eterna», la misma vida divina. Ahora bien, la fe no es una conquista humana sino un don, algo que nos da Dios de modo gratuito. Pero hay que pedirlo con humildad y perseverancia. La fe no es cuestión de puños ni de fuerza de voluntad. Bajemos de nuestra autosuficiencia, seamos pobres ante el Padre y el Padre nos llevará hasta su Hijo, ahora en la Eucaristía y luego en el Cielo.

 

DOMINGO 18 TIEMPO ORDINARIO (5.VIII.2012) - Ciclo B

PAN PARA EL CUERPO Y PAN PARA EL ALMA

“Trabajad por el alimento que no perece”

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Continuamos en el mismo escenario del domingo anterior. Jesús sigue rodeado de multitudes, aunque las de ayer se fueron a sus casas y han vuelto de nuevo. Pero en pocas horas han cambiado mucho sus motivaciones. Si  ayer le seguían para escucharle, hoy lo hacen porque quiere que les vuelva a llenar su estómago. Jesús se lo echa en cara con tanta amabilidad como claridad: “Me buscáis porque os di de comer. Buscad no el alimento que perece, sino el que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre”. ¡Con qué cansina facilidad nos quedamos en el pan que necesitamos para vivir corporalmente y, también, con qué cansina facilidad nos olvidamos de ese “otro” pan que necesitamos para vivir como hijos de Dios! Los dos son necesarios. No hay que contraponerlos ni crear entre ellos ficticias alternativas. Jesús hizo el milagro prodigioso de la multiplicación de los panes y los peces para matar el hambre física de sus oyentes. Les dio hasta hartarse. Seguramente que alguno se llevaría a casa algún rebojillo de lo mucho que sobró. Pero Jesús no tiene la menor duda de la necesidad de otro pan: el pan de la Palabra de Dios y el Pan de la Eucaristía. El que piensa en un cristianismo ‘espiritualista’, piensa en un cristianismo que no es el de Jesucristo. Y el que piensa en un cristianismo ‘materialista’, piensa en un cristianismo que tampoco es el de Jesucristo. Dios creó al hombre con su doble vertiente: material y espiritual. No lo hizo ángel ni mera bestia. Lo hizo “mitad ángel y mitad bestia”, según sentenció Pascal. Por eso, necesita el alimento de las bestias y el alimento de los ángeles: la comida material y la espiritual. Eso explica que la Iglesia, cuando planta la semilla del Evangelio en algún lugar, planta a la vez dispensarios, orfanatos, escuelas y, con el  paso del tiempo, grandes hospitales y grandes universidades. Ahora que nos agobia el paro, hacemos bien en intentar por todos los medios su solución. Pero no olvidemos que Europa y España se mueren de materialismo y necesitan con urgencia la Palabra de Dios que revitalice su fe.

 

DOMINGO 17 del Tiempo Ordinario (29. VII. 2012) - Ciclo B

DADLES VOSOTROS DE COMER

¿Qué es esto para tanta gente?

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El evangelio de este domingo es el de «la multiplicación de los panes y los peces». Jesús está rodeado de una inmensa muchedumbre: «unos cinco mil hombres», más otras tantas mujeres y no pocos niños y jóvenes. «Despídeles», le dicen sus apóstoles, porque estamos en descampado y atardece. Pero él les replica: «No, dadles vosotros de comer» Es el mimo imperativo que hoy nos dirige a cuantos vivimos en esta tierra y, más en general, en España. Porque ahora hay mucha gente que tiene hambre de pan y no tiene trabajo o cobra una pensión miserable. A los cristianos –y a la gente de buena voluntad- Jesús nos dice: «Yo no quiero que muchos pasen hambre mientras otros muchos no carecen de nada. Quiero que les deis de comer». No nos pide que hagamos milagros. Mejor dicho, nos pide que hagamos el milagro de compartir lo que tenemos. Todavía recuerdo el impacto que sufrí en una parroquia de Lima, el domingo siguiente al terremoto de Arequipa. Era gente sencilla y pobre, pero, cuando fue a misa, no se olvidó de llevar algo de lo poco que tenía: un kilo de arroz, una bolsita de patatas, una barra de pan. ¿Qué pasaría en el mundo si todos los que vamos a misa cada domingo obedeciéramos el mandato del Señor: «dadles vosotros de comer»? Ahora bien, el Señor no se contenta con que repartamos el pan material. Sabe mejor que nosotros que hay muchos ricos que son paupérrimos: han destrozado su matrimonio,  están desesperados, viven sin más horizonte que el placer, Dios no existe para ellos. Como me decía un amigo, refiriéndose a una persona con mucho dinero pero sin gente que le quiera:  «tiene la desgracia de tener sólo dinero» Todos conocemos personas de este tipo: entre los jóvenes, entre los mayores, incluso entre la gente de tercera edad. Estos son «los nuevos pobres» de la sociedad materialista. A ellos hay que llevarles el pan de la Palabra de Dios. Porque el hombre no vive sólo de pan material: trabajo fijo, buena pensión de jubilación, viajes y placeres. ¡Todos necesitamos a Dios para llevar una vida que merezca ese nombre!.

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO (22.VII.2012) - Ciclo

 

DESCANSO NECESARIO Y

POSIBLE

«Vamos a un lugar tranquilo para descansar»

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El de hoy es el reverso del evangelio del domingo pasado. Allí veíamos a Jesús enviando a los apóstoles a realizar sus primeros pinitos apostólicos: «Id, predicad la conversión, echad demonios». Hoy esos apóstoles están de vuelta para seguir al lado del Maestro, y continuar aprendiendo cómo trata él a la gente, cómo les predica y cómo se preocupa de sus problemas materiales y espirituales. Han vuelto contentos, porque los frutos conseguidos han sido abundantes. Pero también han vuelto cansados. Jesús se da cuenta y les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco, porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer». Jesús sabe mejor que nadie que la mies es abundante y que en su campo no sirven los  vagos y comodones. Pero sabe también que no se puede trabajar sin parar, porque se rompe la salud física y psíquica o las dos. Por eso, se preocupa de que sus cansados discípulos se retiren con él a un lugar tranquilo para descansar. Si vale la extrapolación, para pasar un fin de semana en el campo o en la montaña. Conocedores del terreno, se disponen a pasar al otro lado del lago y ponerse al abrigo a de la gente. No contaban con lo que dice el evangelista: «Entonces, de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron». Conociendo cómo es Jesús, no extraña que reaccionara como nos dice san Marcos: «Al desembarcar vio Jesús una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor». Y, ni corto ni perezoso, «se puso a enseñarles con calma». ¡Adiós plan de descanso! El evangelista no ha recogido la reacción de los apóstoles ni la cara que pusieron. Sea como fuere, lo cierto es que Jesús les estaba dando esta gran lección. Hay que descansar siempre que es necesario. Eso es bueno. Pero, si surgen necesidades ineludibles e inaplazables, hay que seguir trabajando. Decía Napoleón que las batallas siempre las han ganado soldados «cansados». Las batallas de la educación, del espíritu y de los necesitados de ayuda las tienen que ganar trabajadores «cansados».         

 

JESÚS CUENTA CON

NOSOTROS

«No llevéis nada para el camino»

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Han pasado seis meses desde que Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con él y  enviarles luego a predicar. Hasta ahora han hecho lo primero. Se han limitado a estar con Jesús, y ver lo que hacía y decía. Hoy comienza para ellos una gran aventura. Jesús les ha dividido en parejas y les ha dicho: id a predicar, y no llevéis nada para el camino: ni pan, ni alforjas, ni dinero, ni una túnica de repuesto, sólo un bastón y un par de sandalias. Les ha dado, así mismo, su mismo poder: echar demonios y curar a los enfermos. Y les ha delimitado bien el terreno de operaciones: han de dirigirse sólo a los judíos, no a los gentiles, ni siquiera a los samaritanos. Eso vendría después. De momento su campo son «las ovejas perdidas de la casa de Israel». Fue duro para estos pescadores y recaudadores de impuestos ponerse a predicar. Lo sabe muy bien el que ha hablado a una multitud. Incluso si es intelectual, cosa que ellos no eran. Más difícil todavía es predicar sobre algo que todavía no entienden con claridad. Pues «el Reino» es para ellos más material que espiritual. Y lo que debió resultarles dificilísimo fue «echar demonios y sanar a los enfermos». Al hacerlo, un escalofrío les corrió por la espina dorsal. Antes de que partiesen, quiso prevenirles: unos les aceptarían y otros les rechazarían. Como a Él. Al que los recibiese, le comunicarían la paz; en cambio, si alguien no les recibía, al salir bastaba sacudirse el polvo de las sandalias, como señal de que no tenían nada en común. Ellos «marcharon y predicaron que se convirtieran, y echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban». ¡Qué maravillosa disponibilidad y obediencia la de los Apóstoles! ¡Y qué prodigiosa eficacia! Hoy los Doce son «el Papa y los obispos en comunión con él»: el Colegio Episcopal, que sucede a los Doce. Nosotros no somos de ese grupo, pero también somos enviados a hacer apostolado y realizar milagros incluso mayores: de conversión y de entrega a Dios. ¡Si tuviéramos la misma docilidad y obediencia...!          

 

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO (8.VII. 2012)- Ciclo B

EL NAZARET DE HOY SE LLAMA EUROPA

“Nadie es profeta en su tierra”

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Giremos la moviola dos mil años y situémonos en Nazaret, aquel racimo de casas en un montículo de Galilea. Jesús ha vivido aquí treinta años. No fue a Jerusalén para estudiar en la escuela de los grandes rabinos, sino que se ha dedicado a reparar casas y aperos de labranza. Ha vivido como uno más de su paisanos. Hoy ha vuelto a su pueblo, al cabo de un cierto tiempo de ausencia, aureolado con fama de gran  predicador y gran taumaturgo. Como es su costumbre, ha ido a la sinagoga, ha leído un pasaje del Antiguo Testamento y luego lo ha comentado. Todos se han quedado boquiabiertos. Tanto, que han terminado preguntándose: ¿Dónde ha aprendido todo esto? Pero en vez de seguir preguntándose, prefieren descalificarle: “No te engañes, eres uno de los nuestros, te conocemos bien. Tu madre se llama María y eres primo de Santiago, José, Judas y Simón”. El rechazo de sus paisanos ata las manos a Jesús y le impide hacer milagros. El evangelista, fiel a los hechos, ha tenido que escribir: “No pudo hacer allí ningún milagro. Y se extrañó de su falta de fe”. Si hubieran tenido la fe del leproso, de la hemorroisa, de Jairo, del ciego de Jericó o del Centurión, habrían sido testigos de los mismos milagros. En cambio, han pasado a la historia por esta triste sentencia: “No desprecian a un  profeta, más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. O, lo que es igual:  “Nadie es profeta en su tierra”. España y Europa están reaccionando ahora con Jesús de la misma manera que aquellos nazarenos. El Cristianismo nació en Asía, pero Europa fue la tierra donde arraigó tanto y con tanta fuerza, que vino a ser el pueblo de Jesús. Al cabo de los siglos, se ha cansado de él y, de una u otra forma, le apostrofa: “Te conocemos demasiado bien, eres uno más de los fundadores de religión, no te necesitamos”. No obstante, como el sol no deja de existir porque cerremos los ojos, Jesús tampoco deja de ser el Salvador y Redentor del mundo. Por eso, la salvación de Europa está en acoger el grito angustioso de Juan Pablo II en Santiago de Compostela: “Vuelve a tus raíces, vuelve a lo que te hizo grande, vuelve a Jesucristo”.                        

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO (1.VII.2012) - Ciclo B

 

JESÚS PUEDE A LA MISMA

MUERTE

«¿Para qué molestar al Maestro?»

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Jairo era el jefe de una sinagoga judía. Se encontraba en una situación familiar muy difícil, pues tenía una hija de doce años a las puertas de la muerte. Pero reaccionó con las entrañas de padre. Porque, tras haber agotado los recursos de la medicina, no se dio por vencido. Él conocía –quizás había sido testigo presencial- el poder milagroso de Jesús. Y como era su única tabla de salvación, fue a encontrarle y pedirle el milagro de la curación de su hija. Jesús no le recibió con indiferencia o frialdad. Al contrario, acogió con benevolencia su petición y se puso en camino hacia la casa donde yacía la niña enferma. Mientras iban caminando, llegó un criado de Jairo y le dijo al oído el terrible mensaje: «La niña ha muerto, ¿para qué molestar más al maestro?» Emociona lo que san Marcos señala a continuación: «Jesús alcanzó a oír lo que hablaban, y dijo el jefe de la sinagoga: No tengas miedo, basta que tengas fe». Y siguieron caminando. Llegados a la casa, encontraron el típico lamento de las plañideras cuando moría alguien. Señal evidente de que el criado había dicho la verdad sobre la muerte de la niña. Los humanos ante un muerto sólo podemos hacer dos cosas: llorarle y rezar por él, y luego enterrarle. Pero Jesús, es un hombre como nosotros, pero es mucho más que un hombre. ¡Es Dios! Su poder llega más allá de nuestra impotencia. No haciendo caso de los lloros plañideros, pide a Jairo que le suba donde está la niña muerta. Ya en la habitación, Jesús se acerca a ella, la toma de la mano y le dice con el imperio de su omnipotencia: «Niña, contigo hablo, levántate». Y añade el evangelio: «La niña se puso en pie inmediatamente y comenzó a andar» A lo largo de mi ministerio he visto mayores milagros que la resurrección de esta niña: matrimonios destrozados que se reconstruían, odios inveterados que se convertían en perdón generoso, homicidas a sueldo que se hacían apóstoles de la vida, gente completamente alejada de Dios que volvía al redil. ¡Es cuestión de tener la fe y la confianza de Jairo! ¿La tienen los padres de hoy a la hora de pedir el milagro de la resurrección espiritual de sus hijos?                 

Natividad de san Juan Bautista (24. VI.2012).

SE LLAMARÁ JUAN

«¿Qué va a ser de este niño?»

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La liturgia no celebra el día del nacimiento de los santos sino el de su muerte, pues la muerte abre las puertas a una vida que no terminará nunca. Pero tiene dos excepciones: la Santísima Virgen y san Juan Bautista. La explicación es obvia: María y Juan tienen una singular vinculación con Jesús y ocupan un lugar excepcional en el plan salvador de Dios. Juan fue santificado cuando todavía estaba en el seno de su madre Isabel. María fue el medio del que se sirvió Dios para realizar este gran prodigio. También lo fue para que se encontraran frente a frente, a pesar de ser no-natos, el Mesías y el pregonero del Mesías. Su padre se quedó mudo, cuando dudó del mensaje del ángel, que le dijo que iba a ser padre; y los meses de esa mudez concluyeron con algo excepcional: Zacarías se llenó del Espíritu Santo y prorrumpió en alabanzas por las maravillas que Yahvé había realizado en el pasado y continuaría realizando en el futuro. Nacido el niño y llegado el día de su circuncisión y de ponerle nombre, en lugar de llamarle Zacarías, como lo pedía la costumbre, se llamó Juan. Realmente. No les faltaba razón a sus vecinos para preguntarse: «¿Qué va a ser de este niño?». Con todo, donde más patente queda la grandeza e importancia de Juan es en la valoración que Jesús hace de él y de su bautismo. Su testimonio no puede ser más explícito ni más elogioso: «es más que un profeta» y «más grande que todos los nacidos hasta ahora». Los profetas habían tenido la misión de reconducir a Israel a los caminos que había marcado la Ley del Sinaí y prepararse a recibir al futuro Mesías. Juan, en cambio, tiene la misión de anunciarlo ya presente. Su acogida y fama fue tal, que pudo hacerse pasar por el Mesías. Pero prefirió la verdad a la vanagloria: «Yo no soy el Mesías», yo soy una voz: la que anuncia que el Mesías ha entrado en la historia y hay que ir a buscarle y a seguirle. Juan fue grande no sólo porque su misión fue excepcional sino porque la cumplió a la perfección ¡Ojalá que, al final de nuestra vida, quienes nos conocen puedan decir: ha hecho fielmente lo que tenía que hacer. Auque no haya sido de relumbrón.

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO (17. VII. 2012). Ciclo B

APARIENCIAS Y REALIDAD

«La semilla crece de día y de noche»

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A estas alturas de la vida pública de Jesús, el contenido de su predicación -el Reino de Dios- y la extrema sencillez de su actuar han provocado fuertes críticas. ¿Cómo puede Dios reinar en el mundo y permitir tantos sufrimientos, injusticias y miserias? Así mismo, ¿cómo puede ser que un actuar tan humilde y con tan escasa resonancia como el de Jesús pueda revelar que está cerca el Reino de Dios? A quienes se escandalizaban de que Dios reine en un mundo lleno de dolores e injusticias, les dijo esta parábola: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y de mañana; la semilla va creciendo y germinando, sin que él sepa cómo: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, mete la hoz, porque ha llegado la siega». El labrador está ausente entre la sementera y la siega, pero no abandonado la semilla a su suerte para siempre, pues cuando llegue la siega, vendrá a recogerla. “La siega es el fin del mundo” aclaró el mismo Jesús. Dios es realmente Rey y Señor. El hecho de que no intervenga antes del fin del mundo, no significa que no intervendrá nunca. Cuando llegue el momento del juicio final, intervendrá con todo su poder y dirá la última palabra sobre la justicia, la verdad, el bien y el mal. A los que se escandalizaban de que un actuar tan humilde como el suyo pudiera revelar la cercanía del Reino de Dios, les dijo otra parábola: “El Reino de Dios es como un grano de mostaza. Al sembrarlo, es la semilla más pequeña, pero después se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar”. Su obra, que ahora aparecía débil e insignificante, tendría un porvenir grandioso. Porque, precisamente, lo pequeño y humilde es lo que Dios ensalza. Esto valía para Jesús y su tiempo, pero vale también para el nuestro y para todos los tiempos. Valía para la predicación y obra de Jesucristo y vale para la predicación y obra de la Iglesia. Pero no es evidente y reclama nuestra fe en Jesucristo. Ambas parábolas son, por tanto, una ayuda y una invitación a la fe.