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LITURGIA DEL VATICANO II

Tercer domingo de Pascua (10. IV. 2016) - Ciclo C

ÉXITO, ESFUERZO Y DIOS
“Apacienta mis ovejas”

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El evangelio de este domingo tiene tres secuencias: la pesca milagrosa en el lago de Galilea, una comida y un diálogo íntimo con Pedro. Primera secuencia: Pedro y otros siete discípulos van a pescar. Bregan toda la noche, pero no pescan nada. Al amanecer les dice Jesús, sin que ellos sepan que es Él: “Echad la red a la derecha”. La redada de peces fue especial: “ciento cincuenta y tres peces grandes”. En el momento del fracaso de sus discípulos Jesús se hace presente, da instrucciones pertinentes, ellos obedecen y hacen una gran redada. Está claro que el éxito no es suyo sino de Jesús. ¡Gran lección para quienes nos llamamos sus discípulos!: no estamos solos nunca, especialmente cuando sentimos el peso del fracaso apostólico. Pero hay que descubrir la presencia del Señor, dejarse interpelar por él y obedecer sus inspiraciones a rajatabla. El resto es cuenta suya. Segunda secuencia: Jesús es tan humano, que ha preparado una lumbre para que se calienten sus discípulos, un pez para que coman y un poco de pan para que lo acompañen. No es difícil pensar en la Eucaristía que nos da Jesús cuando nos reunimos con él en la eucaristía de cada domingo. Él prepara para nosotros un pan especial: el pan del Cielo, Él mismo hecho comida. Tercera secuencia: la última vez que Jesús y Pedro habían hablado fue la noche triste de las negaciones. El “aunque todos, yo no”, se convirtió en un terrible “no conozco a ese hombre”. Pedro pagó muy cara su presunción. Pero la mirada de Jesús le convirtió, “lloró amargamente” y aprendió la gran lección de la humildad y la desconfianza en sí mismo. Ahora Jesús le pregunta por tres veces “¿me amas más que éstos?” Pedro dice simplemente, “sí, te amo”, sin compararse con los demás. En la tercera es todavía más humilde: “Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”. Ahora ya puede recibir el gran encargo de Jesús: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Pedro ya está ganado por el amor de Jesús. No es posible ser pastores en la Iglesia si no existe esa relación íntima con Jesús. Tampoco es posible ser oveja. ¿Cómo andamos de amor, unos y otros?

Domingo 2 de Pascua (3.IV.2016) - Ciclo C

LA FE DE LOS APÓSTOLES

“La paz sea con vosotros”

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Estamos en el Cenáculo de Jerusalén. Es de noche. Los apóstoles han trancado bien las puertas, porque tienen miedo. Éstán arropados por la Virgen, pero no saben cómo enfrentarse al futuro. Además, están tristes por lo que hicieron con Jesús: uno le negó y los demás le dejaron solo cuando más los necesitaba. Sin previo aviso se hace presente el Resucitado. Viene con lo que necesitan: la paz, la alegría, la fuerza para iniciar su misión y el poder para perdonar los pecados. Tiene sobrados motivos para reñirles, pero prefiere decirles: “Las paz esté con vosotros”. Les llena de alegría. Luego les ratifica en su misión: “Como el Padre me ha enviado, así os envío Yo”. Y, por último, añade: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retengáis, les serán retenidos”. ¡Lástima que Tomás no esté con ellos para recibir directamente todos estos dones y poderes! Cuando Jesús se ha ido, llega Tomás. A ellos les falta tiempo para decirle: “¡Hemos visto al Señor!”. Él se engalla y dice con tono autosuficiente: “No lo creo. Mientras no meta yo mis manos en las llagas de sus manos y en su costado, no creeré”. Nunca es oportuno presumir de lo que no se tiene y Tomás lo comprobará a los ocho días, cuando Jesús vuelva a repetir la escena del domingo anterior y él esté dentro con los demás. Efectivamente, Jesús llega, le llama y le dice: “Aquí tienes las manos, aquí está el costado”. Tomás se derrumba y hace esta gran confesión de fe, sin atreverse a meter sus manos en tan sagrados relicarios: “Señor mío y Dios mío”. Jesús no le recrimina, pero le deja este formidable recado para nosotros: “Porque has visto has creído. ¡Dichosos los que crean sin haber visto!”. Tú y yo no henos visto al Resucitado con nuestros propios ojos, como no lo vio Tomás en un primer momento. Pero creemos a los que sí le vieron y nos lo han dicho, como a él. ¡Dichosos nosotros, si creemos sin haber visto! Pero ¡pobres de nosotros si nos engreímos como Tomas!. Porque quedaremos fuera de la fe que salva.             

Pascua de Resurrección (27. III. 2016) - Ciclo C

LA VIDA MATÓ A LA  MUERTE

«Resucitó. No está aquí»

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Un padre narraba la Pasión a su hijo de ocho años. A medida que avanzaba en su relato,  el niño se ponía triste y, a la vez, nervioso. Hasta que no pudo más y exclamó: «Papá, ¿pero al fin ganó, verdad?» Sí, «al fin ganó», le dijo su padre. Sí, ganó el que fue crucificado, muerto y sepultado el primer Viernes Santo de la historia. Se cumplió todo tal cual lo había predicho: “Me matarán, pero al tercer día resucitaré”. Lo vieron con sus propios ojos la Magdalena, los discípulos de Emaús, los Apóstoles y más de quinientos hermanos. Los apóstoles comieron con él, le tocaron. Él les mostró sus manos y sus pies. En una ocasión, hasta les preparó un almuerzo con peces recién pescados. Los cristianos no somos ni ilusos ni impostores. Creemos a quienes le vieron, como creemos a quienes nos cuentan que hay una ciudad que se llama Pekín, en la que nosotros no hemos estado nunca. Gracias a esta fe de los cristianos, el mundo puede tener esperanza y razones para vivir. Desde ahora está claro que la muerte sólo tiene la penúltima palabra. La última la tiene la Vida. Con mayúscula, sí. Porque Cristo resucitó, pero en Él hemos resucitado todos. Llegará un día en que podremos verificarlo. Sólo es cuestión de tiempo. Quienes creemos en Él, sabemos que su resurrección es la mejor garantía de la nuestra. Porque Él es la Cabeza del Cuerpo del que nosotros somos miembros. Nuestra suerte, por tanto, tiene que ser como la suya: la vida sempiterna. La Resurrección es la más cristiana de todas las verdades de nuestra fe. Ella es la que nos distingue de todos los demás hombres. Nadie, salvo nosotros, cree que viviremos para siempre. Por eso somos capaces de jugarnos la vida por esto. No es fanatismo. Es fe. Fe razonada, fe fundada, fe apoyada en sólidos argumentos. Por lo menos, no menos sólidos que los que no lo creen. ¡Es la hora de gritárselo a este mundo descreído y, por eso, triste y avejentado! ¡Aleluya, aleluya!. Vale la pena fiarse de Jesucristo. Nuestra vida no será un camino de rosas, pero tampoco será un camino con la nada como horizonte. Será un camino cuya última etapa es la plenitud y la felicidad para siempre.

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (20.III.2016) - Ciclo C

DOS HISTORIAS ACTUALES

«Lloró amargamente»

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Comienza la Semana Santa. Jesús hace su entrada en Jerusalén entre palmas, aclamaciones y vítores. Pero él tiene una idea que ignoran  quienes le aclaman. Viene a entregar su vida. Viene a morir. Es consciente de ello. Pero para esto ha nacido: para dar su vida en rescate por todos. Con él vienen Pedro y Judas. Los dos le acompañarán en la celebración de la Pascua, la víspera de su Pasión. Pedro es el preferido. Judas, uno más entre los Doce. Uno y otro, del círculo de sus íntimos. Pedro protestará cuando quiera lavarle los pies. Judas, no se opondrá. Pedro, añadirá enseguida: “Aunque todos te abandonen, yo no”. Judas, callará. Pasa un poco de tiempo y Pedro niega y reniega: “No conozco a ese hombre”. Judas es más ladino: se ha deslizado entre las sombras y le ha dado un beso traidor, que es la contraseña para que le apresen. Pedro mira a Jesús y, al ver su villanía, llora “amargamente”. Judas se desespera y se cuelga de un árbol, donde se ahorca. Jesús “miró” a Pedro. Con Judas hizo mucho más: le llamó “amigo”. ¿Qué ha pasado aquí para que uno sea hoy un santo y el otro esté donde es mejor no pensarlo? Estas dos historias no están cerradas. Nos tocan muy de cerca. ¡Cuántas veces hemos sido requeridos a dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos respondido con nuestros hechos y con nuestro silencio:  «No conozco a este Jesús del que me hablas». Quizás nos hemos atrevido a musitar: “Soy creyente, pero no practico”. Judas nos horroriza. Pero ¿nunca hemos traicionado a Jesús? Ahora bien, en esos días importa más mirar la misericordia de Jesús que nuestra mezquindad. Los pecados de Pedro y de Judas no son muy diferentes. Pero Pedro tuvo confianza en la misericordia de Jesús; Judas, no. Hay un mandamiento de la Iglesia que manda confesarse, al menos, una vez al año y comulgar por Pascua. Ese precepto, que es más un regalo que una obligación, nos sitúa ente el dilema de seguir la historia de Pedro o la de Judas, la del mal ladrón o la del ladrón arrepentido. ¿Cuál de las dos vale la pena elegir?          

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (20.III.2016) - Ciclo C

DOS HISTORIAS ACTUALES

«Lloró amargamente»

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Comienza la Semana Santa. Jesús hace su entrada en Jerusalén entre palmas, aclamaciones y vítores. Pero él tiene una idea que ignoran  quienes le aclaman. Viene a entregar su vida. Viene a morir. Es consciente de ello. Pero para esto ha nacido: para dar su vida en rescate por todos. Con él vienen Pedro y Judas. Los dos le acompañarán en la celebración de la Pascua, la víspera de su Pasión. Pedro es el preferido. Judas, uno más entre los Doce. Uno y otro, del círculo de sus íntimos. Pedro protestará cuando quiera lavarle los pies. Judas, no se opondrá. Pedro, añadirá enseguida: “Aunque todos te abandonen, yo no”. Judas, callará. Pasa un poco de tiempo y Pedro niega y reniega: “No conozco a ese hombre”. Judas es más ladino: se ha deslizado entre las sombras y le ha dado un beso traidor, que es la contraseña para que le apresen. Pedro mira a Jesús y, al ver su villanía, llora “amargamente”. Judas se desespera y se cuelga de un árbol, donde se ahorca. Jesús “miró” a Pedro. Con Judas hizo mucho más: le llamó “amigo”. ¿Qué ha pasado aquí para que uno sea hoy un santo y el otro esté donde es mejor no pensarlo? Estas dos historias no están cerradas. Nos tocan muy de cerca. ¡Cuántas veces hemos sido requeridos a dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos respondido con nuestros hechos y con nuestro silencio:  «No conozco a este Jesús del que me hablas». Quizás nos hemos atrevido a musitar: “Soy creyente, pero no practico”. Judas nos horroriza. Pero ¿nunca hemos traicionado a Jesús? Ahora bien, en esos días importa más mirar la misericordia de Jesús que nuestra mezquindad. Los pecados de Pedro y de Judas no son muy diferentes. Pero Pedro tuvo confianza en la misericordia de Jesús; Judas, no. Hay un mandamiento de la Iglesia que manda confesarse, al menos, una vez al año y comulgar por Pascua. Ese precepto, que es más un regalo que una obligación, nos sitúa ente el dilema de seguir la historia de Pedro o la de Judas, la del mal ladrón o la del ladrón arrepentido. ¿Cuál de las dos vale la pena elegir?          

 

Domingo 5 de Cuaresma (13.III.2016) - Ciclo C

CONDENA Y PERDÓN

“Vete, y no peques más”

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Jesús está sentado y rodeado de mucha gente a la que está enseñando. Le escuchan embelesados, porque habla como nunca han visto hablar a nadie. Llegan unos fariseos con buenas maneras pero con ladinas intenciones. Esta mujer –le dicen, presentándole una mujer sorprendida en adulterio- ha sido cogida in fraganti. La Ley de Moisés dice: “Si alguno comete adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera deben ser castigados con la muerte” (Levítico, 20, 10). Tú ¿qué dices?” La trampa no puede ser más perfecta. Si dice que la lapiden, reconoce que está equivocado al acoger y comer con los pecadores. Si dice que “no” la apedreen, va en contra de la Ley. Jesús no contesta. Se pone a escribir en el suelo. Luego se levanta y sentencia: “El que de vosotros no tenga pecados, que tire la primera piedra”. Y vuelve a escribir en el suelo. Al cabo de un tiempo se levanta y pregunta a la acusada: “¿Dónde están los demás? ¿Nadie te ha condenado?” – Nadie, responde ella. Y Jesús:  Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Jesús no aprueba el adulterio de aquella mujer, porque ha cometido un acto de infidelidad conyugal muy grave, ya que ha faltado a sus compromisos, ha lesionado el signo de la Alianza –que es el matrimonio-, ha quebrantado el derecho del otro cónyuge y ha atentado contra la institución del matrimonio. Pero él ha venido a salvar, no a condenar. Por eso dice a la mujer: -  “Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar”. ¡Qué bien  retratados quedamos todos! Porque todos sin excepción somos pecadores. Unos más y otros menos, pero todos mucho. Jesús nos abre su corazón y nos dice lleno de ternura: “No apruebo tu conducta, pero no te condeno. Te perdono. Basta que te arrepientas y pidas perdón a quien es mi ministro: un confesor”. Pascua está a la puerta. Puede ser  negra o florida. Si tenemos la humildad y la valentía de reconocernos pecadores y confesarnos, se llenará de flores de alegría, de esperanza y de ganas de vivir. ¡De tantas más flores, cuanto más lejos estemos ahora de Dios!       

Domingo 4 de Cuaresma (6.II.2016) - Ciclo C

PRÓDIGO, PERO HIJO
“Deberías alegrarte”

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Durante de mis años de docencia siempre mantuve este criterio: “El mejor comentario de un texto es el mismo texto”. En el caso del evangelio de hoy tiene especial vigencia. Porque el texto es nada menos que la perla de las parábolas: el hijo pródigo. Comentarla es casi profanarla. Invito a mis lectores a leerla en el capítulo 15 del evangelio de san Lucas. Allí se encontrarán con un hijo calavera. Tenía todo es su casa, porque su padre era un rico hacendado y él era el hijo pequeño y, por tanto, el mimado. Pero pensó lo que han pensado y piensan muchos. Jóvenes y menos jóvenes. “Hay que disfrutar de la vida”. Que es tanto como pasar las noches, sobre todo, las de fin de semana emborrachándose de alcohol y de sexo, llegar a casa de madrugada, ser infiel al propio cónyuge y un largo etcétera. El chico de la parábola, con el dinero que su padre le había dado cuando le reclamó su herencia por adelantado, se dedicó a juergas, malas mujeres y fiestas. Al principio se decía: “Esto es vida, no la que llevaba antes”. Pero pronto se impuso la realidad. Primero, comenzó a escasearle el dinero, más tarde la necesidad le obligó a cuidar cerdos y, por último, se moría de hambre. Cuando lo había perdido todo, descubrió su error: ¡había perdido su dignidad de hijo! Pero fue sincero y humilde y decidió volver a casa. No como hijo, pero sí como un criado de su padre. ¡¡Pobre chico, no sabía que tenía un padre con un corazón de no de oro sino de padre, y que lo único que veía en él era a “su hijo”, que se había marchado de casa y lo estaba pasando como se pasa fuera de la casa paterna: pésimamente mal!! Por eso, cuando volvió y empezó a decir: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus criados”, su padre no le dejó seguir. Y, mientras le comía a besos, decía: traedle el mejor vestido, ponedle los anillos, calcadle y preparad un gran banquete, porque “mi hijo” ha vuelto a casa. Así es el corazón de Dios. Volvamos a casa. Volvamos a la Iglesia. Volvamos al perdón de Dios. ¡Si hemos sido pródigos, no hemos dejado de ser hijos de Dios!. Dios nos tratará como hijos suyos. Basta volver.

Domingo 3 de Cuaresma (28. II. 2016) - Ciclo C

LA ALEGRÍA DE CAMBIAR DE VIDA

“Si no os convertís, pereceréis”

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El evangelio de este domingo parece tomado de una crónica actual de sucesos. Da cuenta, en efecto, de dos casos de muerte imprevista: el de un grupo de personas asesinadas por Herodes mientras realizaban el sacrificio en el Templo y el de dieciocho personas que fueron sorprendidas por el desplome de la torre de Siloé y murieron en el acto. La gente que escuchaba a Jesús interpretaba que ambos episodios eran un castigo divino a quienes habían sido víctimas y que ellos estaban a cubierto de tales castigos. Razonaba de este modo: “Esas personas eran culpables; por eso fueron castigadas. Nosotros no somos culpables; por tanto, no seremos castigados”. Consiguientemente, el hecho de haberse visto libres de las desgracias señaladas, se convierte en un pretexto para no cambiar de vida. Jesús, en cambio, puntualiza: “¿Creéis que esos galileos eran más pecadores que los demás? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”. En lugar de pensar que estamos protegidos para siempre, deberíamos sentirnos interpelados para cambiar. Ahora bien, cambiar no es sólo un deber. Es una gran noticia, una buenísima noticia. ¿Cómo no va a ser buena noticia decir que todos –todos, sin excepción- podemos cambiar de vida y elegir otro camino? Pueden cambiar de vida los que se han vuelto a unir después de divorciarse, los que conviven sin estar casados, los que han practicado abortos, los que han estafado al Estado o a su empresa, los que se han prostituido, los que han explotado a los emigrantes y a los niños, los que están dando grandes escándalos, los que han sembrado el odio y la lucha de clases, los que no se confiesan desde que hicieron la primera comunión, los que han roto con Dios y perdido la fe, los que están hundidos en el alcohol, la droga o el sexo, los hermanos que no se hablan, los hijos que han renegado de sus padres, los que son unos fariseos y unos farsantes. ¡¡Todos podemos convertirnos en esta cuaresma!! La misericordia de Dios nos espera en el sacramento del perdón: la Penitencia. ¡Dichosos de nosotros si oímos la voz de Dios!         

domingo 2 de Cuaresma ( 21. II. 2016) - Ciclo C

REVELACIÓN, MISIÓN Y DESTINO

“Escuchadle”

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Estamos en el monte Tabor, donde Jesús ha subido con sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Quiere hacerles testigos de algo excepcionalmente importante, porque pronto serán también testigos de un acontecimiento que removerá los cimientos de su vida de apóstoles: su muerte en la Cruz. Tiene que mostrarles que “eso” es necesario, más aún, imprescindible. Pues el  Mesías que ha previsto el Padre es un Mesías que llegará a la exaltación suprema después de y a causa de una humillación suprema. Sólo después de morir podrá resucitar gloriosamente. Sus discípulos están prontos para admitir lo segundo pero no para lo primero. De hecho, hace unos pocos días ha tenido que reprender severamente a Pedro, que no estaba dispuesto a aceptar la muerte en la Cruz. Para que un día la acepten sin echarse atrás del todo, les lleva al monte y allí se les revela como quien realmente es. Él es, ciertamente, un hombre. Pero no sólo es hombre perfecto: ¡es Dios!, “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”, como rezamos en el Credo de la Misa. Hoy, en el monte, se deja ver en su totalidad: Dios-Hombre. Esta es la revelación de la Trasfiguración. Revelación que va acompañada de una misión y se resume en una sola palabra: “Escuchadle”, que dice la voz del Padre. Los cristianos tenemos la misión de escuchar a Jesús, de relacionarnos personalmente con él, de ponernos a la escucha de lo que nos diga. Porque Cristo mismo es nuestra ley. Nuestra ley es la ley del amor a Cristo y, por él, al hermano. Si hacemos esto, seremos transfigurados. Ese es nuestro destino. Trasfigurados al final de los tiempos, cuando resucitemos gloriosos para participar en la gloria que adelanta la Trasfiguración. Pero trasfigurados ya en la tierra. Porque los santos, que son quienes han escuchado de verdad a Jesús, quedaron trasfigurados, convertidos en “otros” hombres y mujeres: resplandecientes, atrayentes,  espejos que reflejaban “otra” realidad maravillosa. Cuaresma nos lleva a la Pascua. Tenemos que morir, confesando nuestros pecados. Si lo hacemos, resucitaremos.            

Domingo 1º de Cuaresma (14.II.2016) - Ciclo C

¿EXISTE EL DEMONIO?

“No sólo de pan vive el hombre”

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¡Ya lo creo que existe el demonio! Basta abrir los ojos para advertirlo o leerse la vida de santos tan santos como el cura de Ars o santa Teresa de Jesús. Lo peor, con todo, no es que existe. Lo trágico es que es nuestro mayor enemigo y nosotros le tratamos como si fuera nuestro amigo y nuestro invitado. Cuando hablo de que existe el demonio me refiero a que existe un ser personal, alguien que está dotado de inteligencia y de voluntad. Ya sé que hay muchos que no creeen ese tipo de demonio y sólo admiten que sea un símbolo, es decir, un modo de hablar del mal que existe en el mundo. Tendrían que leer a Baudelaire –que no se comía los santos- que dejó esta lapidaria sentencia: “La mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe”. O a Goethe que se lo tomó muy en serio. Bien es verdad que los cristianos lo tenemos más fácil, pues basta escuchar el evangelio de este primer domingo de Cuaresma. Ahí está la prueba del nueve sobre el demonio como ser personal, no como un mal genérico o global del mundo. Jesucristo y él se encuentran frente a frente, de tú a tú. El demonio, haciéndole tres propuestas para que se aparte de la voluntad del Padre y Jesús dándole otras tantas veces en la cabeza y volviéndole las espaldas. Pero no sólo es importante que sepamos que el demonio existe y que busca perdernos y alejarnos de nuestra felicidad, que es Dios. También lo es que sepamos que tiene muchos y eficaces colaboradores en la cultura, en la economía, en la política, en las instituciones, en el mundo de la diversión y en el de la comunicación. ¿Cómo detectarlos? Con el criterio del Evangelio: viendo sus frutos. El demonio es siempre y esencialmente odio a Dios, rebeldía, mentira, división, confusión entre el bien y el mal y la verdad y el error. Pero no tengamos miedo al demonio. Jesucristo le venció y nosotros le venceremos si usamos las armas que él nos dejó: la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración, la huida de las ocasiones de pecado, la devoción a la Virgen, la confesión frecuente. ¡Cuaresma, gran tiempo de gracia, nos ofrece una nueva oportunidad!         

Dominto 5 del Tiempo Ordinario (7.II.2016) - Ciclo C

MANOS VACÍAS Y REPLETAS

“Rema mar adentro”

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Pedro es pescador de oficio. Por eso, salió ayer al atardecer a pescar al lago de Genesaret. Durante toda la noche lo recorrió de arriba abajo y siempre con la misma suerte: no pescó nada. A primeras horas de la mañana ha venido a la orilla y se topa con una inmensa muchedumbre que se agolpa en torno a Jesús para oír sus palabras. Con el fin de que todos le oigan y no le estrujen, Jesús sube a la barca de Pedro y comienza su predicación. No sabemos de qué habló aquel día, porque san Lucas prefirió contarnos lo que hizo. Lo primero fue dar a Pedro una orden desconcertante: “Rema mar adentro, y echa las redes para pescar”. Pedro le responde con una objeción muy lógica: “Maestro, hemos estado pescando toda la noche y no hemos pescado nada”. Que era tanto como decirle: “si durante el tiempo de pesca no hemos cogido un pez, ahora que no es tiempo de pescar, ¿qué cabe esperar?” Pero enseguida rectifica y añade: “No obstante, en tu nombre echaré la red”. Y, efectivamente, remó mar adentro, echó las redes y cogió una redada de peces como nunca. Tanta, que tuvo que pedir ayuda a Juan. Aun así, “casi se hundían” las dos barcas. ¡Siempre pasa igual! Cuando los hombres de Iglesia –seglares o clérigos- vamos a pescar por nuestra cuenta, fiados en nuestras destrezas y cualidades, tenemos la misma suerte que Pedro: trabajamos, nos afanamos, nos cansamos, inventamos mil cosas… y no pescamos un pez. En cambio, cuando contamos con la fuerza del Señor y la luz del Espíritu Santo, también logramos frutos insospechados. Los tiempos que corremos no difieren mucho del lago estéril del pescador Pedro: las cosas no están fáciles y muchos hombres y mujeres se resisten. Sin embargo, un hombre de una inmensa fe y santidad, san Juan Pablo II, nos propuso en nombre de Cristo este lema para el nuevo milenio: “Duc in altum, rema mar adentro…Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Necesitamos más fe en el Señor. ¡¡Muchísima más fe!! No nos empeñemos en no contar con el Señor. Sin él, nuestras manos apostólicas estarán vacías. Con él, se colmarán. 

Domingo 4 del Tiempo Ordinario (31.I.2016)- Ciclo C

DONACIÓN Y POSESIÓN

“Haz aquí lo que en Cafarnaum”

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Seguimos en la sinagoga de Nazaret. Las cosas habían comenzado bien pero han terminado mal. Dramáticamente mal. Jesús había dicho: “Hoy se cumple lo que acabáis de oír”, tras leer un pasaje del profeta Isaías. Sus paisanos se sienten honrados y satisfechos. Pero luego se preguntan: “¿No es éste el hijo de José?”. Que era tanto como decir: “¿No es uno de los nuestros?” Por tanto, si es de los nuestros, tiene que hacer aquí en su patria los mismos milagros que ha hecho en Cafarnaum. Y así se lo dicen. Sin embargo, Jesús denuncia este plan posesivo de los suyos, aclarándoles que Dios no envía profetas ni hace milagros en beneficio de sus parientes y paisanos, sino para algo mucho más grande. Y les pone dos ejemplos: Elías y Eliseo. Ninguno de los dos profetas realizó sus milagros con personas israelitas sino con una viuda y un general de un país pagano: Sarepta y Siria. No lo entienden y se ponen  furiosos. Tanto, que intentan acabar con él y tirarle desde un barranco próximo, Pero como no había llegado su hora, “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”. ¡Triste final! Pero así acaban todos los amores “posesivos”, porque son amores que no son verdaderos. El amor auténtico, el amor verdadero, es generoso, da y se da. Todos estamos inclinados al amor posesivo. Hasta el amor de las madres puede ser posesivo. Y no digamos el de los esposos y esposas. ¿Qué son los celos, en el fondo, sino un  amor posesivo? ¿Y qué es la oposición a que los hijos sigan una llamada especial de Dios –al sacerdocio o a la vida consagrada- sino un amor posesivo? Hay que reaccionar, porque un amor posesivo puede volverse agresivo e incluso criminal. Para ello, hay que mirar a Dios. El suyo es un amor generosísimo, que da sin tasa ni medida, que no tiene cálculos, que no se cansa. Basta mirar un Crucifijo. Ahí está el paradigma y el ideal del amor. Se da hasta el extremo de entregar la vida incluso por quienes le están matando. ¡¡Este es el amor que cambia al mundo!!     

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (24.I.2016) - Ciclo C

LEER LAS ESCRITURAS

“Se cumple hoy en Mí”

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Jesús ha vuelto a su pueblo. La ausencia no ha sido larga, pero ha servido para suscitar una gran ola de simpatía en la comarca y sus rumores llegan hasta Nazaret. El sábado va a la sinagoga a escuchar la Palabra de Dios y la explicación que hace el archisinagogo. Pero éste hace lo que es habitual: cede la palabra al que se considera más digno. Le entrega el libro de Isaías, que está escrito en un rollo de pergamino. Jesús lo desenrolla y proclama esta gran profecía: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque él me ha ungido”. Y añade: “Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor”. Sus paisanos esperan con curiosidad el comentario. Pero Jesús se limita a decir: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. El mensaje no puede ser más nítido: la profecía de Isaías se cumple en él, en su persona. Lo que había sido prometido, se hace ahora realidad. Jesús es quien da cumplimiento a la Escritura. Lo dirá siglos más tarde el gran teólogo Hugo de san Víctor: “Toda la Escritura se resume en una palabra: Cristo. Porque toda la Escritura está referida a él”. Ahí está la razón por la que la Iglesia ha leído siempre el Antiguo Testamento, especialmente las profecías, para hacernos comprender mejor a Jesucristo. Jesús mismo, tras la Resurrección, siguió el mismo sistema, dando a sus discípulos la clave con la que debían leer la Escritura Santa. Quien quiere conocer a Cristo, tiene que leer la Escritura. San Jerónimo lo dijo con extrema claridad: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Gracias a la Escritura tenemos un contacto más profundo con Jesús, podemos comprenderle mejor y podemos ser más atraídos por él. El papa Francisco no cesa de invitarnos a leer a diario el Evangelio y de indicarnos que lo llevemos siempre en el bolsillo de la chaqueta o del hombro. Ahora que estamos comenzando el año, puede ser un buen propósito comprar el Evangelio y leer un poco todos los días.              

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (17.I. 2016) - Ciclo C

TRES VINOS DELICIOSOS

“No tienen vino”

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El evangelio de este domingo es el episodio de la boda de Caná de Galilea, en la que Jesús hizo su primer milagro. Tres son las ideas fundamentales que aparecen en él: el milagro-signo, la intervención de María y el vino de la Eucaristía. El milagro-signo consistió en convertir unos seiscientos litros de agua en un vino exquisito. Llama la atención que Jesús hiciera el milagro para evitar un mal trago a los nuevos esposos. Si en Occidente se haría el ridículo si en una boda no hubiese champán para todos los invitados, en Oriente hubiera sido bochornoso que faltase el vino, pues es inconcebible una fiesta sin vino. Ahora bien, Jesús no realizó el milagro por propia iniciativa. Más aún, parece que no lo habría hecho por iniciativa propia, dada la respuesta que dio a su Madre. Fue ésta la que hizo adelantar “la hora” de Jesús con esta sencilla pero eficaz presentación de cargos: “No tienen vino”. Jesús comprendió que su Madre le pedía que hiciera un milagro en favor de aquellos novios. Lo hizo. Y, ahora sí, siguiendo su modo de proceder. Podría haber convertido en vino algunos litros de agua o que el vino fuera peleón, dado que ya iba concluyendo la boda. Pero Jesús no es tacaño. Él da como Dios. Lo demostraría más tarde en la multiplicación de los panes. No sólo sació el hambre de una gran muchedumbre sino que sobraron doce cestos de pan. Ahora convierte unos seiscientos litros de agua en un vino tan bueno, que el maestreescuela, ignorante de lo que ha ocurrido, se siente autorizado para recriminar al novio, por haber dejado para el final el mejor vino. Tenía que ser así, porque aquel vino era símbolo y preludio del mejor de todos los vinos: el que daría en la Eucaristía, convirtiendo el vino de vid en el vino de su Sangre preciosa. Ese vino le daría también al final. Tendría que derramar su propia Sangre en la Cruz para darnos ese vino. Pero lo hizo y así embriagarnos de su amor y de su generosidad sin límites. Vino de Caná, vino del Calvario, vino de la Eucaristía: la misma fuente y el mismo fin: el amor.      

Bautismo del Señor (10.I.2016) - Ciclo C

EL MAYOR SOLIDARIO

“Este es mi Hijo amado”

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Estamos en las orillas del río Jordán. Juan Bautista predica y bautiza. Predica a la gente que cambie de vida, que pida perdón a Dios de sus culpas y reinicie el camino de los mandamientos. Porque hay que preparar el camino moral al que todos están esperando: el Mesías anunciado desde hace siglos por los Profetas. La gente se conmueve ante las palabras del Bautista, pues están avaladas por una vida de gran coherencia y sacrificio. Y, como signo de que quieren cambiar de vida, se meten en el agua y él les bautiza. Hoy ha venido Jesús de Nazaret y se ha puesto en la cola como uno más. Él no necesita convertirse ni recibir el bautismo de penitencia, porque no es pecador. No en vano se ha hecho igual a nosotros en todo, “menos en el pecado”. Pero quiere ponerse en la fila de los pecadores, como un pecador más, porque ha venido para salvar a los pecadores, para cargar con los pecados de todo el mundo. Esta es la misión que le ha encargado el Padre y él está dispuesto a cumplir. Bautizándose como un pecador, realiza un acto de solidaridad con los pecadores, y, a la vez, hace un adelanto y un signo del gran acto solidario que llevará a cabo en la Cruz, cuando reciba no un bautismo de agua sino el bautismo de su propia sangre, derramada por los pecados del mundo. Por eso, el Padre no duda en proclamar, cuando sale del agua: “Este es mi Hijo amado”. Es la exaltación y glorificación del Hijo que siendo inocente se ha humillado hasta el extremo de hacerse un pecador y cargar con la responsabilidad de todos los pecadores. Como dice san Gregorio Nacianceno, con su bautismo “se rasgan y se abren los cielos, los cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia”. ¡Qué ejemplo para nosotros en este Año de la Misericordia!. Nosotros sí somos pecadores y necesitamos recibir el bautismo de la Penitencia. Tengamos la humildad y la sinceridad de reconocer que necesitamos cambiar en los modos de pensar, de juzgar los acontecimientos y las personas y en tantas cosas de nuestra vida. ¡Tengamos la humildad y la valentía de confesarnos!

Domingo 2 de Navidad (3.I.2016) - Ciclo C

UNA PIRÁMIDE INVERTIDA

“Dios se ha hecho hombre”

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Todos los caminos de salvación propuestos por el hombre, sean filosóficos o religiosos, antiguos o modernos, siempre han colocado a Dios encima de una pirámide ideal, tratando de llegar a la cumbre por medio de grandes esfuerzos especulativos o ascéticos. Nunca lo han logrado y, si lo han logrado, nunca han alcanzado al Dios vivo y santo que nos propone la Biblia sino a un simulacro. La Encarnación ha dado la vuelta a esa pirámide orgullosa. “El Verbo era Dios y el Verbo se ha hecho carne y acampó entre nosotros”, dice el evangelio de este domingo. Al hacerse hombre, Dios se ha colocado en la base y se ha hecho piedra angular. Frente al Dios propuesto por Platón: “Ningún dios puede mezclarse con los hombres”, y al de Aristóteles: Dios “mueve el mundo en cuanto es amado”, la Navidad cristiana propone una verdadera revolución: no es el hombre quien va a la conquista de Dios sino que es Dios quien toma la iniciativa y viene al encuentro del hombre. “No hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios sino que ha sido Dios quien nos amó primero…Nosotros amamos, porque él nos amó antes”. Pero la pirámide creada por Dios al venir a  la tierra, corre siempre en nosotros el riesgo de volver a su posición primera. Basta observar el panorama religioso de nuestro tiempo. Está lleno de propuestas que ponen a Dios al final de largos y tortuosos caminos de búsqueda, ignorando lo que dice el evangelio de hoy: “el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer”. Dios no es un ser lejano e inaccesible. Es un Dios tan cercano que se ha hecho un Niño. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios”, gustaba repetir a los Santos Padres de la Iglesia antigua. Y exclamaban atónitos y desconcertados: “¡Oh admirable intercambio!”. Pero este intercambio admirable sólo se hace real para el hombre, cuando el hombre está dispuesto a poner su soberbia y su orgullo a los pies de la cuna de Belén, haciéndose él mismo niño, pequeño, humilde, sencillo. ¡Que el Señor nos lo conceda en el Año nuevo que acabamos de estrenar!    

Domingo 4 de Adviento (20. XII. 2015) - Ciclo C

VEINTE SIGLOS ANTES QUE EL VATICANO II

“Dichosa tú que has creído”

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Estamos en un pueblo que ahora se llama Ain Karim, a siete kilómetros de Jerusalén y unos 130 de Nazaret. Frente a frente se encuentran dos madres. Ambas son primerizas. La una es una jovencita de diez y seis años. La otra, una anciana. Son las dos madres más  importantes de toda la historia. No es vano la una lleva en su seno al “rey de cielos y tierra” y la otra al que no superará “ninguno nacido de mujer”. La Madre de Dios y la madre del que irá delante de él anunciándolo y preparando sus caminos. Sus nombres son bien conocidos para nosotros: María e Isabel. Son primas, o, quizás, tía y prima. María ha conocido por el ángel que Isabel “está ya de seis meses” y le ha faltado tiempo para dejar su casa y venir a atenderla. Podría haberse quedado en Nazaret preparando el ajuar para cuando nazca su hijo, pero ha dicho al ángel que ella es “la esclava del Señor” y si “el Señor” viene al mundo para instaurar un reino de amor y convertir su vida en un acto permanente de servicio, ella no puede sino ponerse a servir a quien la necesita. Gracias a ello, su prima podrá proclamarla como “la madre de mi Señor” –la Madre de Dios- y posibilitar que su hijo –Juan le llamarán más tarde- quede santificado desde antes de nacer. Y ella podrá cantar el mejor himno de alabanza y gratitud que se ha escuchado desde que el mundo es mundo: el Magnificat. Un himno en el que, entre otras grandes obras, se proclama que Dios ha hecho opción preferencial por los humildes y los pobres -“Derribó a los poderosos de sus tronos y encumbró a los humildes”- veinte siglos antes que lo hiciera el Vaticano II. No hay mejor pórtico para preparar la ya inminente Navidad que este evangelio de la Visitación de María a su prima santa Isabel. Hay que pararse a contemplarlo para descubrir dónde está la verdadera grandeza y dónde las apariencias. María e Isabel parecen “dos pobres aldeanas”. Tantas mujeres de hoy pueden parecer “reinas”. La verdad es que los papeles están cambiados: para Dios las “dos pobres aldeanas” son su Madre y la prima de su Madre. ¿No nos dice nada a nosotros? ¡Feliz Navidad!             

Domingo 3 de Adviento (13 de diciembre) - Ciclo C

LA VOZ Y LA PALABRA  

“Voz que grita en el desierto”

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La lengua griega, en la que hunden sus raíces muchos vocablos castellanos, distinguía dos términos: “voz” (phoné) y “palabra” (logos). La “palabra” es la idea que llevamos en el corazón; la “voz”, el instrumento con  el que la comunicamos. Lo importante es la “palabra”, porque sólo si llevamos algo dentro, podremos sacarlo a lo exterior y compartirlo con  los demás. En el evangelio de este domingo hay “una voz” y “una palabra”. Juan el Bautista dice de sí mismo que es sólo una “voz”, es decir, que todo lo que dice y hace tiene un único sentido: llevar a Cristo a quienes le escuchan y contemplan. Por eso no duda en reconocerse lo que es: “Yo no soy el Mesías”, “yo os bautizo con agua”, el Mesías es otro y será él “quien os bautice con agua y Espíritu Santo”. Que es tanto como decir: el Salvador es Cristo, no yo. ¡Qué ejemplo para quienes estamos preparando la venida del Señor, seamos sacerdotes, religiosos, padres y madres de familia, profesores o responsables del bien común! Los sacerdotes tenemos que hablar de Jesucristo y decirle al Señor cuando predicamos: “Que no me escuchen a mí sino a Ti”. Algo semejante han de hacer los padres, siguiendo el ejemplo de tantos como al que se refería aquel hijo, que confesaba: “Viví pocos años con mi madre, pero de ella aprendí que tengo una Madre eterna, la Virgen María”. Algo parecido dijo un religioso de su formador: “Hablaba poco, pero pienso que hablaba como Jesús”. Detrás de nuestra historia personal hay muchas personas que nos han mostrado con sus palabras y sus obras cómo hablaba Jesús. Fueron para nosotros como el Bautista: “una voz”, pero una voz que nos llevó a la Palabra con  mayúscula: al Verbo Encarnado, a Dios hecho Hombre, a nuestro Salvador. Volvamos a escuchar hoy esa “voz” del Bautista que nos dice: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no las tiene”, el que sea “recaudador de impuestos” –un funcionario o político- que no robe ni malgaste, el que sea “soldado” –o ejerza cualquiera otra profesión- que sirva a los demás. Así nuestra vida será una “voz” que manifiesta y conduce a “la Palabra”: Cristo.                   

Domingo 2 de Adviento (6.XII.2015) - Ciclo C

JESÚS TRAE LA SALVACIÓN A TODOS

“Verán la salvación”

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Como buen intelectual, Lucas tiene sumo cuidado en precisar el marco histórico de los acontecimientos: los lugares, los tiempos y las personas. No hay ningún fragmento del Nuevo Testamento que defina con tanto esmero este marco histórico como el evangelio de este domingo. Lucas señala, en primer lugar, el tiempo: “En el año quince del reinado de Tiberio”. Luego, la situación política del Oriente Próximo: “Siendo Poncio Pilato gobernador de Judea y Herodes virrey de Galilea”. Finalmente, el marco religioso: “Siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás”. Es consciente de que va a narrar algo sumamente importante: Dios va intervenir por medio de “Juan, hijo de Zacarías”, que ha recibido el encargo de anunciar que Dios es un Dios salvador y viene a salvar no sólo a los hijos de Abrahán sino a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y geografías. Juan predica ese mensaje y vienen a escucharle judíos, pero también soldados romanos y gentes extranjeras que viven en los contornos de Judea. Él les bautiza a todos con un bautismo de penitencia, para que así allanen el camino para recibir la salvación. Nadie queda excluido. Porque el Dios que mostrará Jesucristo no es Dios de un pueblo o de una etnia sino un Dios que ama a todos los hombres y mujeres, porque sobre todos los hombres y mujeres recaerá la sangre salvadora de una cruz, en la que él mismo se clavará para salvar a todos sin excepción, y todos podrán sumergirse en las aguas purificadoras del Bautismo para convertirse en hijos suyos de adopción. Nosotros somos uno de ellos. Pero, a veces, lo olvidamos y vivimos de espaldas –cuando no en frente- de Dios. Por eso, necesitamos que Juan nos recuerde otra vez la necesidad de convertirnos. Juan se llama ahora “papa Francisco”. Él nos convoca a un “Año de misericordia” -que comienza el próximo día de la Inmaculada- para que confesemos nuestros pecados y recibamos la salvación que tanto necesitamos. ¡¡Pobre del que piense que él no tiene pecados ni necesidad de confesarse!! Que pida a Dios que le opere de sus espesas cataratas, que le impiden ver lo que es evidente.                      

Domingo 1 de Adviento (29.XI.2015) - Ciclo C

LO IMPORANTE ES ESTAR PREPARADO

“Verán venir al Hijo del Hombre”

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Beckett escribió una famosa obra teatral: “Esperando a Godot”, en la que  describe la espera de un misterioso personaje, sin que se tenga la certeza de que realmente llegará. Debía venir por la mañana, pero envía recado que llegará por la tarde; por la tarde anuncia que vendrá al atardecer, y al atardecer, que quizás llegue a la mañana siguiente. El personaje que anuncia el evangelio es todo lo contrario: Jesucristo vendrá con plena seguridad. Y hay que esperarlo. Ya vino en la primera Navidad, cuando nació en Belén. Entonces vino  en debilidad y humildad, como un pobre hombre –un Siervo-, al que todo el mundo podía despreciar y orillar. De hecho, lo clavaron en una cruz como se hacía con los peores criminales. Pero vendrá otra vez. Será la definitiva. Y entonces, no lo hará como siervo sino como Señor, no como quien puede ser condenado sino como quien dictará juicio definitivo sobre los hombres y las mujeres de todos los tiempos, sobre los políticos y poderosos de este mundo, sobre los que mataron a los inocentes y despreciaron a los pobres, sobre los que sembraron el mundo de odio y no de amor, sobre los que practicaron la venganza y no el perdón, sobre los imperios que sometieron y explotaron a los pueblos pequeños. También sobre cada uno de nosotros y nuestras obras. Por eso, a diferencia de “Esperando a Godot”, hay que estar preparados. Durante muchos siglos se esperó su llegada a la tierra. Y llegó. Así ahora, llegará al final de los tiempos, como lo ha anunciado. Si los masacrados días pasados en Bataclan hubieran leído esto por la mañana al abrir el periódico, quizás se hubieran sonreído. Pero Jesús llegó para ellos esa noche. Y volverá a llegar al final del mundo. Por tanto, hay que estar preparados. El evangelio de hoy nos da un buen consejo: “Tened cuidado; no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios”. No se os embote la mente y el corazón con el dinero, el poder, el sexo, la droga, el juego, la pornografía, el egoísmo a ultranza. En positivo: sembremos nuestra vida y ambientes de amor, justicia y paz.  Buen programa para el Adviento que hoy comienza y que es preparación a esa espera.