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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (9.IX.2016). Ciclo C

NUEVOS LEPROSOS

Los otros ¿dónde están?

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Afortunadamente, hoy la lepra es una enfermedad vencida y controlada, aunque todavía cause víctimas. En tiempo de Jesús era prácticamente incurable. Pero lo más grave eran las consecuencias sociales y religiosas que comportaba para el que la contraía. El leproso, en efecto, era un apestado y se le apartaba de la familia, del pueblo o ciudad, de las sinagogas y de cualquier otra persona que no corriera su misma suerte. Por eso vivía en el campo y, si alguien se acercaba, tenía que gritar el equivalente a “peligro, aléjate”. El leproso era un muerto en vida. No sabemos cómo ni por qué, pero lo cierto es que un día se acercó a Jesús un grupo de diez leprosos que le gritaron: ¡Ten compasión de nosotros! Jesús, lejos de recriminarles que se hubieran acercado, les mandó hacer lo previsto en le Ley de Moisés para los posibles supuestos de curación: presentarse a los sacerdotes, para que éstos expidieran el certificado oficial de curación y así pudiesen reintegrarse a su familia y a su comunidad social y religiosa. Mientras iban de camino, uno de ellos advirtió que se había curado. Y, volviendo sobre sus pasos, vino hasta Jesús, se postró ante él y le agradeció el inmenso favor. Jesús le quedó agradecido. Pero reaccionó como hubiéramos reaccionado cualquiera de nosotros: “Los otros ¿dónde están? ¿Sólo uno ha vuelto a dar gloria a Dios?” Ciertamente, no les había curado para que se lo agradecieran sino por pura misericordia. Pero, como era tan hombre como nosotros, acusó el golpe del desagradecimiento. No les devolvió la lepra pero echó en falta un sencillo “muchas gracias”. El pecado ha sido comparado tradicionalmente con la lepra, por su fealdad, facilidad de contagio y dificultad de curación. ¿Quién de nosotros no ha sido perdonado una y mil veces? ¿Cuántos se lo han agradecido? Y si de este beneficio pasamos a los que recibimos cada día: la vida, la salud, el trabajo, el amor de los nuestros, el móvil que usamos, las pastillas que nos curan, las personas que nos cuidan y un larguísima etcétera ¿no tenemos sobrados motivos para dar gracias a Dios? ¿Podría Jesús quejarse como en el caso de los leprosos desagradecidos?                

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (2 de octubre de 2016) - Ciclo C

FE, CABEZA Y CORAZÓN

Fe como un grano de mostaza

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“¡Señor: auméntanos la fe!” Esta es la petición que hicieron los apóstoles cuando comprobaron cuánto distaba su fe de la que debían tener. ¿Qué querían los apóstoles y a qué se refirió el Señor cuando les contestó? Ciertamente no le pedían que les enseñara más verdades, que les diera más ideas sobre Dios sino que les aumentara la confianza en Dios. Jesús les responde en esa línea, pues les dice: “Si tuvierais fe como un gramo de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería”. Se trata de una fe que obra, de una fe que no se queda en la inteligencia sino que pasa a la vida, que se traduce en obras. Obras son, en efecto, arrancarse y plantarse, y obra es también obedecer. Es la fe que han tenido los santos. Ellos han hecho lo que los demás llamamos “cosas imposibles”. Como imposible nos parece lo de la morera de la que habla Jesús. ¿Por qué hicieron posible lo imposible? Porque se fiaron de Dios, porque confiaron plenamente en Dios. Los cristianos de hoy tenemos que hacer posibles cosas que son imposibles para nuestras fuerzas y cualidades. ¿Quién es, en efecto, tan iluso que piense que la nueva evangelización la podemos hacer nosotros con nuestros talentos? Y, con todo, hay que hacerla. Pero no la haremos si no pedimos al Señor que aumente nuestra fe en su poder y en su amor y, luego, si no obramos de acuerdo con lo que le pedimos. El papa Benedicto XVI –con su clarividencia y precisión de siempre- escribió, al principio de su primera encíclica, unas palabras que pueden esclarecer qué tipo de fe necesitamos los cristianos de hoy. Decía: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Para ser cristiano hay que tener fe-confianza en Jesucristo, encontrarnos con su Persona, hacerle “la razón de nuestra vida”. Mientras esto no ocurra, nuestra fe será teórica y tibia. La morera no se plantará en el mar. Aunque sepamos bien el Credo ¡Cómo no acudir a Jesucristo con las mismas palabras de los apóstoles: Señor, auméntanos la fe!          

 

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (25.IX.2016) - Ciclo C

DERROCHAR Y MAL VIVIR

“Fue sepultado en los infiernos”

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El evangelio de este domingo es una fotocopia de nuestra sociedad, en la que, mientras unos pocos lo tienen de todo, la mayoría carecen de todo. Esa es, en efecto, la versión moderna de la parábola del rico Epulón y el mendigo Lázaro. Epulón era un hombre que banqueteaba a diario, vestía ricos trajes y vivía lujosamente. Mientras tanto, un pobre mendigo estaba a su puerta cubierto de llagas y muerto de hambre, sin que él le remediara. Un día llamó la muerte a la puerta de los dos y murieron el uno y el otro. Pero no corrieron la misma suerte. Hubiera sido una injusticia insufrible y contra el más elemental sentido común y Dios no es injusto ni actúa contra la razón. Por eso, Epulón fue castigado y sepultado en el infierno y Lázaro fue premiado y llevado al Cielo. Después sucedió lo que siempre ocurre. El que no se había preocupado nunca de ayudar a Lázaro, pide que ahora venga en su ayuda. La respuesta de Dios es clara: es imposible, porque la eternidad es invariable y del lado que cae el árbol permanecerá para siempre. La parábola termina con un acto de súplica de Epulón a favor de cinco hermanos que viven todavía y corren el peligro de acabar como él. Pero Dios le responde: que escuchen a mis representantes, porque si no lo hacen, no reaccionarán aunque venga a decírselo un muerto resucitado. En nuestros días hay más epulones y más lázaros de los que pueda parecer. Mucha gente gasta sin duelo, mientras otros muchos están en paro o sacando a su familia con un salario ridículo. Seguramente que cada uno de nosotros puede poner nombre y apellidos a más de uno. Pensemos, por ejemplo, lo que tantos gastan en viajes superfluos, en ropas de lujo, en diversiones de todo tipo, en vivir a lo grande, sin acordarse de dar una limosna ni ayudar a los necesitados.¿Qué hacer para no llevarnos el susto que se llevó Epulón y correr su misma suerte? Poner la riqueza al servicio del bien de los demás. Por ejemplo, creando puestos de trabajo, construyendo casas baratas, haciendo colegios en zonas desfavorecidas, ayudando a los países pobres. Lázaros hay muchos. Basta que tengamos ojos y sensibilidad.               

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (18.IX.2016) - Ciclo C

SAGACIDAD Y CORRUPCIÓN

“Lo alabó por su astucia”

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El evangelio de hoy es una parábola sobre la corrupción. Mejor dicho, sobre la actitud de un corrupto. El caso está descrito en tres actos y una conclusión. El primer acto es muy claro: un administrador es acusado de defraudar y su amo le cesa en el cargo. El acto segundo es una especie de soliloquio que mantiene el despedido consigo mismo sobre su futuro: “para cavar no tengo fuerzas; pedir limosna me da vergüenza”. El tercer acto es la solución a la que llega: como todavía tengo poder, voy a ganarme amigos para cuando me despidan definitivamente. Y pone manos a la obra. Llama a uno que debía cien barriles de aceite y le dice que rompa ese recibo y firme otro en el que diga que debe cincuenta. A otro que debía cien fanegas de trigo, le dijo lo mismo y le propuso que firmara un recibo de ochenta. La conclusión es desconcertante: “el dueño alabó al administrador”. ¿Quiere decir que Jesús ababa la corrupción y los desfalcos? En modo alguno. Lo que Jesús alaba no es el mal comportamiento del administrador sino su sagacidad y celeridad para resolver su futuro. La enseñanza de Jesús es ésta: sus discípulos tenemos que tener la misma sagacidad para las cosas buenas que tuvo este administrador para las malas. De hecho, añadió este ejemplo: “ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. No cabe duda que el dinero se presta a la injusticia, al egoísmo, al despilfarro y a tantas cosas malas. No es malo en sí mismo, pero lleva consigo peligros serios. ¿Cómo proceder con él  con la misma astucia y sagacidad que el administrador? Dándoselo a los pobres y necesitados.  Lo que damos a los pobres y necesitados, se lo damos al mismo Cristo. Si ahora procedemos así, cuando llegue el momento en que Cristo venga a juzgarnos, nos abrirá las puertas del cielo. ¡Eso sí que es proceder con sagacidad, prever el futuro de verdad y hacer negocio! Y quien dice “dinero” puede decir talentos, cualidades, habilidades, etc. Dar esto a los demás por amor a Jesucristo es allanar el camino del cielo. ¡Lástima que los hijos de este mundo son, tantas veces, más sagaces que nosotros!  

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (11.IX.2016) - Ciclo C

LO IMPORTANTE ES VOLVER

Se puso a cuidar cerdos

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El evangelio de hoy es la parábola del “hijo pródigo”, o mejor, “del padre” del hijo pródigo. Intentemos refrescarla. Un rico hacendado tenía dos hijos. Un día, el más pequeño le dijo: “Me voy de casa a vivir la vida, dame lo que me corresponde”. Su padre le escuchó dolorido pero respetó su libertad y se lo dio. Durante un tiempo, el chico se decía: “Esto es vida. Cómo no me habré dado cuenta antes”. Pero, al ir de juerga en juerga y de prostituta en prostituta, al cabo de no mucho tiempo no sólo había malgastado su dinero sino que pasaba hambre. Incluso se ajustó para cuidar cerdos –que era el animal más vitando en su cultura-, sin que le dejaran comer las bellotas que ellos comían. ¡Pobre chico! Hundido en la miseria, comenzó a aceptar la realidad y la verdad: ¡”Cuantos criados en casa de mi padre tienen todo el pan que quieren y yo me muero de hambre!” Al aceptar la verdad, le vino la cordura: “Iré a mi  padre, le pediré perdón y le diré que me admita en casa como un criado”! Y comenzó a reandar el camino. El corazón le latía cada vez con más fuerza y amenazaba con salírsele del pecho. El de su padre, que le estaba esperando, dio un vuelco. Fue en su busca y antes de que el hijo comenzara a decir: “He pecado…, no soy digno de que me recibas como hijo, trátame como un criado”, el padre le comía a besos, y le abrazaba llorando de alegría. Al verle tan andrajoso y desaliñado, sintió lástima y dijo a sus criados: ponedle las sandalias, el mejor traje y los anillos. Y preparad un gran banquete, porque “este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Cuántos chicos y chicas, cuántos maridos y cuántas esposas se han marchado de casa, aunque vivan materialmente en ella. Han roto con las costumbres cristianas que les inculcaron sus padres y se han alejado de Dios. Externamente parecen muy felices, pero ellos saben muy bien que es pura apariencia. Es la hora de volver. Dios –que es el padre bueno y tierno de la parábola- perdona con gusto y con alegría. Basta reconocernos pecadores, arrepentirnos y volver a su casa. ¡Vale la pena reemprender el camino del retorno!                  

Domingo 22 del Tiempo ordinario (28.VIII.2016) - Ciclo C

ORO Y OROPEL

No busques los primeros puestos

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El evangelio presenta con frecuencia a Jesús sentado a la mesa para comer. Es el caso, por ejemplo, del banquete que le dieron el fariseo Simón y el publicano Zaqueo, o la invitación que él mismo se hizo en casa de Pedro y de las hermanas Marta y María, o la que preparó en la última Cena o a las orillas del lago Tiberíades. Debieron ser muchas más, porque él mismo dice que sus enemigos le llamaban “comedor y bebedor”, porque, a diferencia del Bautista, que no comía ni bebía, él disfrutaba compartiendo mesa con los demás, que era -y es- señal de hospitalidad y amistad entre los orientales. El evangelio de hoy, también le presenta invitado a comer en casa de un fariseo. Jesús era muy observador. Llegaba al fondo de las cosas y sacaba punta incluso a las más sencillas y comunes. Pensemos, por ejemplo, en el fermento en la masa, el grano de mostaza, el trigo y la cizaña, el remiendo del paño viejo, los odres nuevos y el vino viejo, los pájaros que no siembran ni siegan y los lirios que no hilan, la poda de la viña. Apoyado en ellas, hizo un rosario de parábolas, a cual más hermosas y profundas, para explicar el reino de Dios. En el banquete de hoy, también observa y ve la reacción: todos quieren ocupar los primeros puestos, es decir, destacar por encima de los demás. Apoyado en este hecho, saca esta conclusión: en el banquete de la vida no busques sobresalir ni ser más que los demás sino sé humilde, no busques la gloria de los hombres sino el aprecio de Dios, no quieras que todos se fijen en ti sino trata de ser sencillo y pasar desapercibido. ¡Gran lección! Y ¡de gran actualidad! Porque todos –tú y yo también- tendemos naturalmente a ser considerados, apreciados, preferidos, exaltados y aplaudidos; y rechazamos instintivamente ser preteridos, orillados o humillados. No en vano el gran pecado de todos y de siempre es la soberbia, mientras que la gran lección de Dios es el “abajamiento”: se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz. Pero, por eso, fue exaltado y encumbrado por encima de todos y de todo. ¡Jesús: danos el oro de la humildad y haz que huyamos del oropel de la vanidad!          

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (31.VII.2016) - Ciclo C

NO ERRAR LA META

Hoy te reclamarán la vida

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Según todos los indicios, la de este verano es una cosecha excepcional. Lo dicen hasta los mismos labradores. Yo me alegro, porque mis raíces están ahí. Pero si hablo de ella no es porque quiera ponderar los kilos que ha rendido la hectárea de trigo o de colza sino porque el evangelio de hoy habla de algo parecido. Un labrador tuvo un cosechón. Mientras cavilaba dónde almacenaría tanto grano, se decía complacido: “Túmbate, come, bebe y date a la buena vida”. Pero aquella misma noche Dios le pidió la vida y revivió el cuento de la lechera. Con el agravante de que no tuvo una segunda oportunidad. Y pregunta el evangelio: “¿Lo que acumuló de quién será?” Y saca esta gran conclusión: “Así le sucederá al que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios”. Los hombres y mujeres de hoy obramos, con demasiada frecuencia, como el rico labrador. Quizás no tratemos de resolvernos la vida sembrando tierras sino con una buena carrera, una gran colocación o una paga generosa de jubilado. Pensamos que con ello vamos a ser felices. Pero ocurre con frecuencia que, cuando íbamos a disfrutar de la oposición que tanto nos había costado sacar, detectan un cáncer a la esposa. Y cuando empezábamos a tener un cierto desahogo, el hijo mayor muere en un accidente. O cuando todo parecía sonreírnos, sufrimos un ictus. ¿Para qué han valido todos los afanes, si habíamos puesto en ellos la meta y el sentido de nuestra vida? Que nadie interprete mal las cosas. No se trata de no hacer una carrera o unas oposiciones, o de no luchar por mejorar la calidad de vida o aspirar a cobrar una buena pensión. De lo que se trata es de no poner ahí el objetivo único o principal de nuestra vida. Porque, además de llevarnos una decepción, pues los bienes de este mundo dejan siempre un vacío en el corazón, cuando llegue el momento de la muerte –que llegará- estaremos con las manos vacías y lo que hayamos acumulado se quedará aquí. Lo que nos llevaremos serán nuestras buenas obras. Las cosas que hemos hecho por amor a Dios y a los demás. ¡Amar a Dios y por Dios a los demás: ésta es la meta de una vida!                 

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (24.VII.2016) - Ciclo C

“NO SÉ REZAR”

Danos hoy nuestro pan

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Jesucristo fue un gran orante. Como buen israelita, rezaba el Schemà al levantarse y al atardecer, rezaba antes y después de cada comida, rezaba los sábados en la sinagoga, rezaba antes de hacer cosas importantes –la elección de los Apóstoles, la Pasión, la Muerte en la cruz-, cuando estaba descansado –madrugaba para ir a rezar al monte él solo- y cuando estaba muy cansado –alguna vez pasó toda la noche en oración después de un día de intenso trabajo-. Su ejemplo arrastró a los apóstoles y un día le dijeron, “Enséñanos a orar”. Y él, como buen maestro, les enseñó a rezar cómo rezaba él. A pesar de que los evangelios son parcos, siempre que hablan de la oración de Jesús dicen que trataba a Dios como a su Padre: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y se las has revelado a los sencillos”; “Padre: no se haga mi voluntad sino la tuya”; “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”; “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Así quería que rezaran sus discípulos. Por eso, les dijo: “Cuando recéis, decid: Padre  nuestro”. Esta es la clave: tratar a Dios como Padre. Si entendemos esto, seremos rezadores y sentiremos la necesidad de acudir a Dios para decirle lo que dice el Padre Nuestro: que queremos que él sea conocido y amado por todos y que el evangelio –su Reino- llegue a todos los rincones del mundo y a todas las actividades honestas de los hombres; que nos dé el pan de cada día: alimento, vestido, trabajo, salud, y las mil cosas que necesitamos, incluida la Eucaristía; que nos perdone, porque somos débiles y le ofendemos; que no nos deje de la mano, porque somos muy poquita cosa aunque nos creamos que valemos mucho; y que nos libre de todo mal. “A peste, fame et bello” han suplicado mil generaciones de cristianos, pidiendo que Dios les librase “de la peste, del hambre y de la guerra”. Que nos libre hoy de la peste de la droga, del aborto y del divorcio; del hambre de tanta gente en el mundo; de la guerra de Oriente Medio y África, y la del terrorismo. ¿Por qué no repetir nosotros la petición de los apóstoles: Señor, enséñanos a orar?” Dios es nuestro Padre y quiere ayudarnos.         

Domingo 16 del Tiempo Ordianrio (17.VII.2016) - Ciclo C

LO MÁS IMPORTANTE

“Una cosa es necesaria”

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Estamos en Betania. Más en concreto, en casa de dos hermanas, llamadas Marta y María. Jesús ha llegado allí y, como es amigo de la familia, ha ido a hospedarse. No viene solo sino acompañado de los Doce discípulos. Las dos hermanas se han puesto muy contentas de poder hospedarles. Marta, que es la mayor y la que lleva la casa, ha empezado a preparar todo lo necesario para que estén a gusto: la comida, la mesa, el agua para lavarse. María, en cambio, se ha quedado embobada escuchando a Jesús. Marta va y viene, se multiplica. Pero no llega. Y estalla. Se acerca a Jesús y le dice con la clara intención de que lo escuche su hermana. “¿No te preocupa que me haya dejado sola? Dile que me eche una mano”. Nadie con sentido común recriminaría que Marta se afanase en preparar las cosas. Jesús tampoco lo hace, pero le quita la razón: “Marta, Marta, andas inquieta por muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha escogido lo mejor”. Más importante que dar de comer a Jesús es escucharle, estar pendiente de su Palabra, estar con él. Es lo que ha hecho María. Y es lo que deberíamos hacer todos, comenzando por los sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos. Con frecuencia nos pasa como a Marta: vamos y venimos, no paramos de hacer planes y cosas, perdemos los nervios ante tanto trabajo. Es muy probable que Jesús nos diga: está bien que trabajes, pero tienes que estar más tiempo conmigo, tienes que venir más a los pies del Sagrario de tu parroquia, necesitas leer y meditar más mi Palabra, has de ahondar en la amistad conmigo. No me parece mal que trabajes por Mí; todo lo contrario. Pero lo más importante no son las cosas que hagas por Mí sino Yo mismo. Algo parecido pueden decirnos las personas con las que convivimos. El niño necesita de sus padres no sólo comida, vestidos y libros. Necesita su tiempo, necesita que estén con él, que le escuchen. Otro tanto les ocurre a los ancianos y a los enfermos. Y ¿qué decir de quien está pasando un mal momento en su matrimonio o en su trabajo? Si escucháramos más al Maestro y a los demás, haríamos mucho más haciendo muchas menos cosas.          

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (10.VII.2016) - Ciclo C

¿QUIÉN TE NECESITA?

“Haz tú lo mismo”

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El ministerio público de Jesús está tan avanzado que dentro de unos meses sus enemigos le darán muerte. La parábola del buen Samaritano que recoge el evangelio de hoy será uno de los motivos principales para acelerarla. Se le ha acercado un doctor de la Ley a preguntarle: “¿Qué tengo que hacer para ir al Cielo?”. Él le devuelve la pregunta: ¿Qué enseña la Ley de Moisés”. El doctor responde correctamente: “Amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo”. Jesús aprueba la contestación, pero el doctor insiste: “Bien, pero ¿quién es mi prójimo?”  Jesús da un rodeo y le cuenta una parábola. Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue asaltado por unos ladrones, que le robaron y le apalearon de tal suerte, que le dejaron medio muerto. Poco después pasaron por allí un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros miraron para otro lado y siguieron su camino. El samaritano no. Al verlo, bajó de su caballería, le hizo una cura de urgencia, le llevó a una posada y dijo al posadero: cuida de él y, cuando vuelva, ya haremos cuentas”. El malherido era “un hombre”. Jesús no dice si era judío, samaritano o pagano. El que le auxilió no fueron quienes tenían la obligación de ser ejemplares ante los demás sino un samaritano. Recordemos que los samaritanos y los judíos no se trataban y que los judíos despreciaban de tal modo a los samaritanos que no había peor injuria que llamarte “samaritano”. Por eso, la pregunta de Jesús al doctor de la Ley fue tremenda: “¿Quién de los tres te parece que se portó como un prójimo con el herido?” Porque el doctor tuvo que responder: “el samaritano”, pues tuvo compasión. Jesús deja al doctor de la Ley y nos pregunta a ti y a mí: “¿Quién te necesita ahora?” No te preocupes si es español o inmigrante, si es musulmán o cristiano, si es católico o protestante, si es de los tuyos o de tus enemigos. Pregúntate únicamente: ¿me necesita? Si te necesita, tienes que ayudarle. Y no sólo con buenas palabras, sino con hechos. Aunque te cree problemas. Ser discípulo de Jesús lleva consigo esto. Lo demás es engañarnos.       

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (3.VII.2016) - Ciclo C

ES LA HORA DE SALIR

“Envió otros setenta y dos”

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“El evangelio de la misión universal”. Esta es la síntesis del evangelio de hoy. Misión, en efecto, viene de enviar y hoy Jesús envía a setenta y dos discípulos a predicar. No es todavía la misión universal, que tendrá lugar después de la Resurrección. Pero es un adelanto y una profecía. No en vano “setenta y dos” es un número simbólico que significa “totalidad, universalidad”. Lucas hace una clara distinción entre “los Doce” –de los que ha hablado poco antes- y estos “setenta y dos”. Esto tiene gran importancia. Porque con ello nos está diciendo que son misioneros, “enviados”, no sólo los Apóstoles y los Obispos, como sucesores suyos. También lo son los demás cristianos, todos los seglares. El Papa Francisco no se cansa de repetirlo en ese tono y modo tan porteño de expresarse: “Quiero una Iglesia en salida”. En salida no sólo física, yendo a las periferias de extrarradio –que también hay que ir- sino en salida a todas las realidades en las que los seglares están metidos: el matrimonio, la familia, la judicatura, la universidad, la política, la economía, la cultura, los medios de comunicación social, en una palabra: todo el inmenso panorama de las realidades humanas. No hace falta ser muy lince para percibir que el Papa sabe lo que dice y por qué lo dice. Basta mirar con un poco de perspicacia y comprobar que son incontables los seglares, incluso de los practicantes habituales, que han desertado del apostolado en lo que es su campo específico. Por ejemplo, ¿cuántos padres trasmiten la fe a sus hijos?, ¿cuántos profesores lo hacen con sus  alumnos?, ¿cuántos políticos dejan su impronta cristiana en las instituciones en las que se encuentran?, ¿cuántos periodistas y comunicadores que están bautizados son coherentes con su fe?, ¿cuántos cristianos de a pie se atreven a dar la cara por Jesucristo mientras toman un café con sus amigos en una terraza o en una tertulia familiar? ¡Salgamos, salgamos! Seamos apóstoles, comuniquemos nuestra fe allí  donde estamos. Porque son incontables los hombres y mujeres que necesitan oír que Dios es su Padre, que Jesucristo ha muerto por ellos, que el n14uestro es un Dios de amor.   

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (25.VI.2016)- Ciclo C

LIBERTAD Y RADICALIDAD

“Te seguiré a donde vayas”

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Evangelio de la libertad, de la radicalidad, de las vocaciones, del discipulado. Estos y otros calificativos podríamos poner al evangelio de hoy. Pero hay dos que destacan por encima de las demás: la libertad y la radicalidad. Una persona, en efecto, se acerca a Jesús y le dice: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús no hace como los políticos en campaña, que prometen montes y morenas para que les voten y, luego, ya se encargan de hacer lo que callaban. Jesús no procede así. Descubre sus cartas para que, quien le siga, lo  haga con plena libertad. A este que le dice que le “acompañará a donde haga falta”, le responde: piénsalo bien antes de decidirte, “porque las aves tienen nido y las zorras madriguera pero el Hijo del Hombre –Yo-, no tienen casa ni nada”. Que es como decirle: si quieres venir conmigo, has de saber lo que haces y dónde vienes, has de hacerlo con plena libertad. Pero además de libertad hay radicalidad. Sobre todo, radicalidad. Al contrario que en el caso anterior, Jesús toma la iniciativa e invita a seguirle a uno que se le cruza en el camino. Este responde “sí”, pero pone condiciones. Parecen razonables, porque dice que le seguirá una vez que haya muerto su padre. Jesús le contesta tajante: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú sigueme”. El lenguaje de Jesús es exigente y duro. Jesús no acepta condiciones a quien quiera seguirle. Ni siquiera las que puedan venir de la propia familia. No es que exija faltar al amor a los padres. Lo que él señala es que, si llega el caso en que hay que hacer la opción entre él y la familia, aunque la opción sea muy dolorosa, hay que optar por él. Sin esta opción hoy no existirían san Francisco de Asís, ni santa Clara, ni san Francisco Javier ni santa Teresita de Jesús. Por citar algunos casos. En resumidas cuentas, lo que Jesús nos enseña hoy en su evangelio es que no podemos ponerle condiciones a la hora de ser discípulos suyos. Nadar y guardar la ropa, una vela a Dios y otra al diablo no entran en su programa. ¡Qué mundo resultaría si los cristianos fuéramos consecuentes con esto!         

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (19.VI.2016) - Ciclo C

¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?

______________“Tú eres el Mesías”?

s la pregunta más importante que nos pueden hacer. Yo te la formulo a ti, amigo lector del comentario al evangelio de hoy. Te la formulo si perteneces al grupo de los que están bautizados e hicieron la primera comunión pero no pisan la iglesia. O sí la pisas, pero muy de tarde en tarde. O si vas a misa todos los domingos y hasta bastantes días de la semana. Me la formulo también a mí. ¿Quién es Jesús para ti y para mí? ¿Un gran hombre, un superestar, un revolucionario al estilo del Che Guevara, un líder político que ha venido a implantar la justicia social en nuestro mundo? Si fuera esto, no valdría la pena ir detrás de él, no valdría la pena ser discípulo suyo. Porque sería “uno más”. Quizás el más grande, el más importante, el prototipo ideal. Pero uno más y quién sabe si detrás no vendrá otro más grande. Mucha gente de su tiempo dio este tipo de respuesta. De hecho, unos decían que era un gran profeta, otros que más grande incluso que Juan el Bautista, Elías o Jeremías. Pero él mismo se encargó de decir que esas respuestas, aun siendo tan elogiosas, eran falsas y no las aceptaba. La única respuesta verdadera y que aceptó es la que dio Pedro y era una respuesta de “exclusividad”: “Tú eres el Mesías”. Ser el Mesías era ser “único”, algo que nadie puede compartir. Esta es la respuesta que espera de ti y de mí. Jesús es único. Sólo él es nuestro Salvador, el que da sentido a nuestra vida. Pero hemos de estar atentos, no sea que nos pase como a Pedro, que después haber sido alabado por lo atinado de su respuesta, tuvo que escuchar las palabras más duras que recoge el evangelio: “Apártate de mi, satanás” ¿Qué le pasaba a Pedro? Pues que él soñaba en un Mesías glorioso, triunfador, dominador que hiciese de Israel una nación de primer orden. También en esto era “otro”. Mesías sí, pero al estilo de Dios. Y ese estilo es la humildad, el servicio, la cruz, la persecución, el perdón generoso e incondicional. Ahora caminaba a la realización plena de este mesianismo, pues subía a Jerusalén, donde sería crucificado y muerto. Pero así salvaría a todos los hombres y mujeres del mundo. Este es el Cristo, el Mesías de Dios, el único.                

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (12.VI.2016) - Ciclo C

MUCHOS PECADOS Y MÁS MISERICORDIA

“Tiene mucho amor”

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Si entonces hubiera existido televisión, Jesucristo seria esta noche noticia de cabecera en todos los telediarios. Y ¡con qué titulares! Seguro que más de uno titularía: “Gran escándalo en la Iglesia. Una prostituta limpia con su cabellera los pies del Profeta Jesús”. Porque el evangelio de hoy dice esto y mucho más. Dice que una prostituta, enterada de que Jesús estaba comiendo en casa un fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose a los pies de Jesús, llorando, se puso a regarlos con sus lágrimas, luego se los enjugó con sus cabellos, los cubría a besos y, finalmente, se los ungía con perfume. El director del presunto telediario de esta noche tuvo ya una réplica perfecta en el fariseo. Al ver toda aquella escena, se llevó las manos a la cabeza de su alma y comenzó a decir interiormente: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora”. No sólo fue duro con la mujer, lo fue también con  Jesús: ¡imposible que sea un gran Profeta el que se deja hacer esto por una prostituta! Sin embargo, no sólo era un profeta sino el Profeta por antonomasia: él sabía cómo es el corazón de Dios respecto a los pecadores y quería demostrárselo a través de esta mujer. Dios no es como era él: Dios perdona mucho al que ama mucho. Dios lo perdona todo, por sucio o monstruoso que sea, si uno se arrepiente y pide perdón. Es lo que estaba haciendo esta mujer: había pecado mucho, pero sus lágrimas y sus gestos atestiguaban que estaba arrepentida. Para que no quedara ninguna duda, Jesús quiso dejar constancia pública: “Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”. Luego dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Volvamos al supuesto telediario, del que somos directores todos nosotros: dejemos de acusar y condenar, dejemos de escandalizarnos farisaicamente y vayamos a los pies de Jesús con la misma actitud de la mujer del evangelio de hoy. Para tener “muchos pecados”, y de los gordos, no es preciso ser una prostituta o equivalente. Si repasamos los mandamientos, quizás nos llevemos una sorpresa. Pero tenemos remedio: basta confesarse arrepentido.     

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (5. VI. 2016) - Ciclo C

UN ENTIERRO CONVERTIDO EN FIESTA

“Muchacho, levántate”

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Estamos en Naim. Un pueblo cercano a Nazaret. Jesús está de paso y se encuentra con una realidad que no se da todos los días: un cortejo fúnebre en el que llevan a enterrar a un chico joven. Hijo “único”, para más señas. Y, por si fuera poco, “hijo de una viuda”. Jesús se topa de improviso con la comitiva. Pero no pasa de largo ni se queda al margen de lo que está viendo. Al contrario, descubre una madre que va hecha un mar de lágrimas, se conmueve y manda detener el cortejo. ¡Gran  humanidad y gran corazón el suyo! La primera condición para remediar una necesidad es tener ojos para verla y corazón para sentirla. Quien está ciego por las cataratas del egoísmo o tiene el corazón endurecido por la indiferencia nunca hará nada por los demás, aunque sus necesidades griten con fuerza. Pero no es suficiente ver y sentir las necesidades, por más que tantas veces sea lo único que podemos hacer. Es necesario actuar. Hay que remangarse y hacer lo que esté en nuestras manos. Podemos mucho más de lo que nos imaginamos. ¡Cuántos milagros se harían en el mundo si cada uno hiciéramos lo que podemos hacer! No tenemos el  poder y la omnipotencia de Jesús, que mandó al muchacho volver a la vida y resucitó. Nosotros no podemos convertir un cortejo fúnebre en una gran fiesta, como hizo Él. Pero podemos mucho más que lamentarnos. Recordemos a la madre de san Agustín. Ella se sentía impotente para sacarle del vicio. Sólo podía  rezar y llorar. Y fueron sus lágrimas hechas oración las que hicieron que Dios hiciera de aquel libertino un gran santo. ¡Cuántas viudas de Naim hay ahora en el mundo! No sólo las madres que tienen que enterrar a sus hijos muertos en un accidente o por una enfermedad galopante. Hay muchas otras que ven que sus hijos están muertos por el alcohol, la droga, el sexo o tantas y tantas dependencias destructoras. Jesús no os quiere menos que a la de Naim, me atrevo a deciros. Y, si me perdonáis, añadiros: Id a Jesús. Golpead su corazón misericordioso con vuestras lágrimas hechas oración suplicante. Sabed esperar. ¡Y logaréis el milagro!       

Corpus Christi (29.V.2016) - Ciclo C

LA CAMPANA Y LOS CAMPANEROS  

“Dadles vosotros de comer”

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No importa que ya no podamos cantar “tres jueves hay en el año que relucen más que el sol”. Porque si “la campana suena igual aunque la cambien de sitio”, lo decisivo no es si el Corpus suena desde la torre del domingo o del jueves, sino si el misterio que celebramos hoy, domingo, es el mismo que el de antes. Afortunadamente, así es: hoy como entonces el Corpus es la fiesta que confiesa, celebra y proclama alborozada la presencia real de Jesucristo entre nosotros. Jesucristo, en efecto, se hace presente cada vez que un sacerdote le presta su voz en la misa para decir estas sobrecogedoras palabras: “Esto es mi Cuerpo”, “Este es el cáliz de mi Sangre”. Dichas por él tienen una fuerza tal, que cambian el pan y el vino en él mismo. En sus labios esas palabras nos entregan mucho más que un símbolo o una fuerza salvadora: una especie de fotografía fija o animada. Nos entregan a Él mismo, en su realidad total de Dios-Hombre. Por eso es lo que es la Eucaristía. Santo Tomás lo razonaba con el rigor y el vigor que le caracterizan: “Porque los demás sacramentos contienen la gracia, éste, en cambio, contiene al autor de la gracia”. La gente de nuestro pueblo asumió con gran fe esta verdad y se sintió empujada a convertir la fiesta del Corpus es una especie de fiesta nacional. Que eso fue el Corpus en España, cuando éramos capaces de descubrir y evangelizar un nuevo mundo. Nosotros somos hoy los herederos de esa gran tradición, los campaneros que portan la campana de la Eucaristía por las calles y plazas de nuestras ciudades y pueblos, invitando a propios y extraños a gritar a pleno pulmón: “Dios está aquí. Venid, adoradores, adoradores, adoremos a Cristo Redentor”. En un mundo tan secularizado como el nuestro urge proclamar que el gran mensaje del Corpus es que es “el día de la Eucaristía”. Pues, si creemos esto y en la medida que lo creamos, seremos capaces de hacer del Corpus también “el Día de la Caridad”, el día de dar a los demás pan, cercanía, tiempo, soluciones laborales, trabajo y tantas cosas. La caridad cristiana, que no es mera filantropía, tiene su justificación y exigencia en la fe.               

SANTÍSIMA TRINIDAD (22.V.2016)- Ciclo C

¿GALIMATÍAS O MISTERIO INSONDABLE?

“El Padre os enviará el Espíritu”

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Un día charlaba amigablemente con un universitario sobre asuntos de teología. En un momento de la conversación, me interrumpió y me dijo: “Ustedes, los católicos, son muy complicados: “Dicen que hay  tres Personas que son Dios pero que sólo hay un Dios. ¿No sería más sencillo –como hacen los musulmanes y los judíos- creer que hay un único Dios? Mi respuesta fue ésta: “Mira, no se trata de que seamos complicados o sencillos. Es que nosotros sólo podemos creer y enseñar lo que Dios mismo nos ha revelado. Y lo que él nos ha manifestado es que hay un Padre que es Dios, un Hijo de ese Padre que también es Dios y un Espíritu que les une a los dos y que también es Dios”. Como aval aduje algunos textos, entre ellos el evangelio de este domingo de la Santísima Trinidad. En él, en efecto, Jesucristo –que reiteradamente se llamó y demostró que es Dios- dice que tiene un Padre que es igual que él y que ese Padre enviará al Espíritu de la verdad que es igual que él. Seguimos hablando y añadí: “Mira, esto es un gran misterio, no un galimatías. Un misterio que, ni tú ni yo ni nadie hubiera podido descubrir con su talento. Lo cual es un aval a su favor. De todos modos, una vez que conocemos el misterio, tenemos que convenir que las cosas tenían que ser como son. Por este motivo: Dios es amor. Ahora bien, para que haya amor se necesita alguien que ame, alguien que sea amado y el amor que les une. Si Dios fuera una única persona, no podría ser Amor. Porque no podría amarse más que a sí mismo, y esto no es amor sino egoísmo o narcisismo. Y concluí: esta es la gran lección que tú y yo hemos de aprender: somos distintos por ideas, costumbres, cualidades…pero tenemos la misma  dignidad, como personas y como bautizados. Podemos y debemos vivir al estilo de la Trinidad: amándonos intensamente. Por cierto ¿no es este modo de vivir el que ahora necesita nuestro mundo y nuestro entorno con una especial urgencia? ¡Ojalá lo recordemos siempre que hacemos la señal de la Cruz, vamos a misa, o rezamos el Gloria!, ya que lo hacemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ascensión del Señor (8.V.2016) - Ciclo C

TESTIGOS DE JESUCRISTO

“Ascendió al Cielo”

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Estamos en  Betania pero no en casa de los amigos de Jesús sino al aire libre. El Resucitado ha venido con sus discípulos. Será la última vez que estará con ellos de forma visible. A partir de hoy no les dejará huérfanos pero ya no le verán con los ojos de la cara. Antes de despedirse les confirma en lo que ya les ha dicho en otros momentos: desde ahora serán ellos los que saquen adelante el anuncio del evangelio, la conversión de los hombres en discípulos suyos y la preparación del advenimiento del Reino. “Seréis testigos de esto”, les dice. “Esto” no es un reino político y humano, como piensan todavía. “Esto” es que Él es el Mesías que ha muerto y ha resucitado y ha hecho posible que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.  Su testimonio no se fundamentará en especulaciones, en ideas u opiniones personales sino en acontecimientos históricos y en las instrucciones que él les ha dado. Tendrán que comenzar por Jerusalén. Pero su patria será “el mundo entero”. No han de tener miedo, aunque son poca cosa. Porque les enviará “lo que el Padre ha prometido”: el Espíritu Santo. Con esa fuerza y ese poder de alto nada ni nadie podrá detenerlos e impedir que cumplan su misión. Ahora nos toca a nosotros. Los discípulos actuales de Jesús tenemos que decir a todos y en todas partes que Jesucristo es el único Salvador de los hombres y la única respuesta válida para las grandes aspiraciones y anhelos que alberga todo corazón humano. Nos toca “ser testigos de Jesucristo”, comprometernos más que nadie en hacer un mundo que refleje que es criatura de Dios y patria común de hermanos. No lo vamos a tener fácil, porque querrán meternos en las iglesias y confinarnos en actos de culto. Pero iremos a la familia, a la universidad, al parlamento, a la ciencia y al arte, a todas partes. Y haremos presente la Palabra que da esperanza y el amor que supera los odios y las rivalidades. Somos tan poca cosa como los Apóstoles. Pero lo haremos, como lo hicieron ello. Porque contamos también con “la fuerza de lo alto”: el Espíritu Santo.         

Domingo 6 de Pascua (1.V.2016) - Ciclo C

PAZ DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

“Mi Padre le amará”

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El domingo anterior ya lo insinuaba, pero el de hoy lo muestra con toda claridad: la Iglesia no mira ya al Resucitado presente entre los suyos sino a su ausencia. Mejor dicho, mira más a otro tipo de presencia del Resucitado que a su presencia visual. Por eso, el evangelio de hoy es parte del gran discurso de la Última Cena, momento en que Jesús se despide de los suyos y les comunica grandes intimidades. Ante todo, que no les abandonará ni dejará solos. Dentro de poco ya dejarán de verle, pero él les seguirá acompañando. Más aún, les acompañará con el Padre y el Espíritu Santo. “Al que guarda mis palabras, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” y “el Padre en mi nombre“, os  enviará “un Consolador”. Él hará de maestro y de memoria. Será “maestro” porque les enseñará “todo”, es decir, les hará comprender lo que hasta ahora no han entendido. Será “memoria” porque les hará recordar “todo lo que os he dicho”. Por eso, no tienen que tener miedo. Tendrán, ciertamente, dificultades en la vida pero saldrán vencedoras de todas ellas, porque él estará detrás ayudando, consolando y perdonando. Además, les da su paz. No la paz del mundo sino “su” paz. La paz del Resucitado es un don interior, brota de la armonía interior, que, a su vez, hunde sus raíces en la aceptación de la voluntad de Dios y en saberse amado por él, pase lo que pase. La paz del mundo, como comprobamos a diario, no es paz verdadera, sino una paz frágil, exterior, que se rompe por poco y que es incapaz de sobrepasar los conflictos. La paz de Cristo, en cambio, es una paz que resiste incluso en las circunstancias más adversas, negativas y difíciles. Porque esas adversidades se convierten en ocasiones para ahondar en el paz interior, para abandonarse en los brazos de Dios y para crecer en la confianza y el amor. Los hombres y mujeres de hoy hablan mucho de paz, pero pocas veces en la historia han existido más inquietudes y más luchas que ahora en las personas, en las familias y en los pueblos. Es así, porque se busca la paz donde no se encuentra o se quiere comprar con dinero, armas, poder y placer lo que es don de Dios. 

Domingo 5 de Pascua (24.IV.2016) - Ciclo C

“¡MIRAD CÓMO SE AMAN!”

“Esto os mando”

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Las últimas palabras de un padre, de un maestro o de un líder tienen siempre sabor a testamento. Las de Jesús no son una excepción. Eso explica que el evangelio de este domingo sea muy importante a pesar de su brevedad. Porque contiene “el testamento de Jesús”. Lo que él quiso dejar a sus discípulos como “el distintivo”. El testamento de Jesús lo conocemos bien: “Os doy una mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois discípulos míos”. Quizás alguno se sorprenda de que Jesús llame “nuevo” a un mandamiento que ya existía en el Antiguo Testamento.  Sin embargo, Jesús tiene razón, porque él no dice simplemente que nos amemos los unos a los otros sino que hace este añadido: “como yo os he amado”. Esta es la novedad radical. Los discípulos tenemos que amarnos y amar a los demás como nos ha amado Jesús. Ya sabemos cómo fue su amor: incondicional, universal, hasta el extremo, dando incluso su vida por quienes le estaban crucificando. Haría falta ser muy soberbio para pensar que nosotros podemos amar de este modo con  nuestras propias fuerzas. No somos capaces de hacerlo. Porque somos demasiado débiles, demasiado egoístas, demasiado ególatras, demasiado tardos en superar los rencores, cuando no los odios, demasiado envidiosos, demasiado volubles. Necesitamos una fuerza superior a nosotros que haga posible lo que nos resulta imposible. Amar a los demás como Jesús nos ha amado, sólo es posible con el amor que él mismo nos comunica en la Eucaristía. Quien comulga, comulga al Amor, a la Fuente del amor, al Horno más ardiente de amor que cabe imaginar. Queda, pues, sumergido, anegado, traspasado por el Amor.  Lo han entendido muy bien los mártires y los encarcelados por su fe, que siempre se las han arreglado para celebrar la misa o recibir la comunión. ¡Qué necesidad tiene el mundo de hoy de personas que amen de verdad hasta el sacrificio de su vida! El cristianismo –que tiene ese distintivo- es, por tanto, más actual que nunca. Pero hay que vivirlo como nos mandó Jesús: amándonos los unos a los otros “como él” nos ha amado y nos ama.