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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 4 de Cuarsma (26.III.2017) - Ciclo A

CIEGOS E ILMUMINADOS

“Yo soy la luz del mundo”

___________________El evangelio de este domingo es la segunda catequesis sobre el Bautismo que la Iglesia imparte a los que lo recibirán en la próxima Pascua y a quienes ya lo han recibido, pero lo renovarán con las promesas bautismales de la Noche Pascual. La Iglesia se sirve de un milagro espectacular realizado por Jesucristo: la curación de un ciego de nacimiento, al que mandó lavarse en una piscina. “Fue, se lavó y vio”. Es lo que sucede en el Bautismo: vamos ciegos, Cristo nos da su luz de Resucitado –simbolizada en el Cirio Pascual que está en el Bautisterio- y comenzamos a ver. Por eso las fuentes primitivas llaman “iluminado” al que era bautizado. Pero el ciego que recobró la vista no sólo nos muestra el milagro sino el proceso de fe que recorrió y que tuvo tres etapas. En la primera sólo sabe que quien le curó “se llama Jesús”. En la segunda ya ha descubierto que es “un profeta”. En la tercera confiesa que es el “Hijo del hombre”, expresión equivalente a “Dios”. Todavía hay un tercer elemento bautismal: las dificultades que tuvo que afrontar por profesar que Jesús era Dios: los jefes le llenan de improperios y le expulsan de la sinagoga. Nosotros hemos recibido la luz de Cristo, porque estamos bautizados. (Si no lo estás, llama hoy mismo al 650.284.658 o escribe a catecumenadodeburgos@gmail.com). Pero no es improbable que la luz de la fe que recibimos entonces esté demasiado mortecina sino apagada. Necesitamos recorrer el itinerario del ciego: ir a Jesús, decirle que nos devuelva o afiance la fe y pechar con las consecuencias. Ir a Jesús es ir a su Palabra, acercarte luego al sacramento de la Reconciliación y, después, concluir en la Eucaristía participada y comulgada para seguir a Cristo pase lo que pase. ¡Qué alegría la del ciego al ver las cosas y las personas, ante las cuales pasaba cada día pero no existían para él! La misma que tendremos nosotros cuando reavivemos nuestra fe y descubramos ¡otra vez! para qué hemos nacido, qué sentido tiene nuestro trabajo, por qué sufrimos, qué hay después de la muerte, en una palabra: el sentido verdadero de nuestra existencia.       

Domingo 3 de Cuaresma (19. III. 2017) - Ciclo A

¿PARA QUÉ SIRVE LA SED?

“Dame de beber”

Todo estaba en contra para que Jesús le dirigiera la palabra y, menos todavía, para que le pidiera un favor: “dame de beber”. Estaba mal visto que un hombre y una mujer hablasen a solas en pleno campo. Él estaba cansadísimo después de la larga caminata a pleno sol. Ella venía con prisa a sacar agua. Y, sobre todo, él era judío y ella samaritana y “los judíos –dice expresamente el Evangelio de hoy- no se tratan con los samaritanos”. Más aún, se odiaban desde tiempo inmemorial. Por si fuera poco, ella ha convivido con cinco distintos y con el que ahora vive tampoco es marido. Todo estaba en contra para que Jesús entablara una conversación. Pero lo hizo. Y pasó lo que suele ocurrir cuando hay verdad y amor de por medio: ella se dejó atrapar por la conversación de Jesús y terminó tan “ganada”, que dejó el cántaro y fue al pueblo a gritar a sus compatriotas lo que no le cabía en el pecho: que había encontrado al Mesías. Debió decirlo con tanta convicción, que vinieron y terminaron pidiendo a Jesús que se quedara con ellos. Y él “se quedó tres días”. Sin embargo, la Iglesia proclama hoy este evangelio desde otra perspectiva: el agua y, más en concreto, el agua del Bautismo. No en vano son “elegidos” hoy los que se bautizarán la próxima Noche de Pascua. La Samaritana había venido a sacar agua del pozo y Jesús le ofrece otra incomparablemente mejor: “el agua que salta hasta la vida eterna”. Jesús ha traído al mundo, mediante su muerte y resurrección, una nueva agua viva, que nos ofrece en el Bautismo, y con ella nos rescata del mal, nos da el don de la fe y se convierte para nosotros en fuente que nos abre a la eternidad. Un agua que calma la sed más profunda del corazón humano y da respuesta a aquel verso de Machado: “Bueno es saber// que el vaso sirve para beber//; lo malo es que no sabemos//para qué sirve la sed”. La sed sirve para ir a Jesucristo, recibir la fe en el Bautismo y, con ella, aunque sea en oscuridad, encontrar la salvación. ¡Qué bien lo expresó L. Rosales: “De noche iremos, de noche//; sin luna iremos, sin luna//; que para encontrar la fuente// sólo la sed nos alumbra”.  ¡La sed de Dios que todos tenemos!    

Domingo 2 de Cuaresma (12. III. 2017) - Ciclo A

POR LA MUERTE A LA VIDA

“Se transfiguró ante ellos”

____________________Cuando san Agustín tuvo que defender el pecado original, echó mano de este argumento decisivo: la Iglesia bautiza desde siempre a los niños para libarles de ese pecado; por tanto, todo el que lo niega, “es refutado por la verdad de los mismos sacramentos de la Iglesia”. La “ley de la oración” le daba la clave para conocer “la ley de fe”. Nosotros podemos hacer lo mismo: echar mano de la oración de la Iglesia de este domingo para comprender cuál es el mensaje que nos quiere enseñar y, más en concreto, el sentido exacto que tiene el evangelio. Leamos, pues, el Prefacio de este día. Dice así: “Ël (Jesucristo), después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. No cabe mayor nitidez: Jesús se trasfigura ante sus discípulos para revelarles el sentido de su muerte y resurrección. Una y otra están tan íntimamente ensambladas, que sólo entendiendo su Muerte podremos comprender su Resurrección. En otras palabras: la glorificación de Jesús llegará cuando haya pasado por el misterio de la humillación. Por la muerte a la vida, por la Pasión a la Resurrección. A lo largo de la Cuaresma vamos caminando hacia la Pascua. No vamos por nuestra cuenta sino siguiendo los pasos de Jesús. Y los pasos obligados son los del dolor, el sufrimiento, la muerte. Necesitamos entender que para nosotros, como para Cristo, la humillación del dolor es paso obligado e imprescindible para nuestra exaltación. En caso contrario, nos sucederá como a los dos discípulos que caminaban a Emaús: nos hundiremos ante el fracaso, la enfermedad, la muerte. Deberíamos darle muchas vueltas a las palabras que san Pablo escribió un día a los fieles de Filipo: “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte de Cruz. Por eso, Dios lo exaltó sobre todos y sobre todo”. Lo dicho: si queremos ser “hombres nuevos” tenemos que matar al “hombre viejo” que todos arrastramos. Para celebrar el misterio de la Noche de Pascua hay que celebrar previamente el del Viernes Santo.       

Domingo 1 de Cuaesma (5. III. 2017) - Ciclo A

LA GRAN TENTACIÓN DE HOY

“No solo de pan vive el hombre”

_______________________Hoy es el primer domingo de Cuaresma. Una palabra que dice poco a mucha gente, como tampoco les dice gran cosa “domingo de las tentaciones”, “tentación” y “demonio”. Sin embargo, esas cuatro palabras tienen una profunda actualidad. Es muy actual, “el demonio”. Tanto, que ha logrado convencer al hombre de que no existe. Y, claro, si no existen los ladrones, ¿para qué vamos a cerrar las puertas, si nadie nos robará? También es muy actual “la tentación”. Es decir, las propuestas que, de una u otra forma, nos hace el demonio para apartarnos de Dios. Tentó al mismo Jesucristo, diciéndole que usara en provecho propio su poder para convertir las piedras en panes y así quitarse el hambre acumulada durante cuarenta días. Y, sobre todo, que le adorara, pues así podría hacerle dueño y señor del mundo. La “Cuaresma” también es actual, porque ¿quién puede decir que todo lo hace bien, que no tiene pecados, que es un dechado de virtudes? ¿No son incontables los que están apartados de Dios, de la Iglesia, del sacramento de la Penitencia, de la misa dominical, de la oración? Por tanto si esto es así, y lo es, necesitamos salir de ese camino y emprender el camino del amor, de la verdad y de la alegría. Necesitamos deshacer la gran tentación de pensar que Dios es nuestro enemigo, el que nos quita la alegría de vivir, el aguafiestas. No hay tentación más terrible. Porque es convertir en enemigo nuestro al que nos ha dado la vida y nos la conserva, al que nos quiere como un padrazo. Dios no es enemigo del hombre. Al contrario, nos quiere más que nadie y ha muerto en la Cruz por nosotros.  Es el demonio quien nos engaña, como engañó a Eva y Adán. Ya sabemos cómo concluyó entonces la impostura de que serían dioses: en la ruina total y en la experiencia del dolor, de la enfermedad y de la muerte. Quizás el hombre moderno necesite, para volver a Dios, darse de bruces con un fracaso sentimental o profesional, con una enfermedad grave e  incurable, con la traición de quien se proclamaba amigo, con el abandono de sus hijos y con tantas y tantas cosas muy dolorosas ¿Por qué no aprovechar ya esta Cuaresma?            

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (26.II.2017) - Ciclo A

DIOS Y EL DINERO

No podéis servir a dos amos”

________________________El dinero es necesario. Más aún, muy necesario. Necesitamos comer, vestir, ir a la peluquería, comprar unos zapatos y mil cosas más. Los padres tienen que comprar desde las papillas hasta los libros del colegio y, si los hijos estudian fuera, pagar el costo de la pensión o del colegio mayor. Por eso, Dios nos ha dado la inteligencia y las manos. Trabajar, por tanto, para ganar dinero no sólo no es malo sino que es positivamente bueno. Por algo decía san Pablo a los que vivían del cuento, pensando en que el fin del mundo era inminente: “El que no trabaja, que no coma”. ¿Qué quiere decir, entonces, el Señor cuando sentencia en el evangelio de hoy que no podemos “servir a dos amos, a Dios y al dinero”? Pues que no podemos hacer lo que hace tanta gente hoy: vivir obsesionados con ganar dinero para gastar cada vez más, sacrificando toda su vida en el altar de ese ídolo: el matrimonio, la esposa, los hijos, los padres, los amigos, el descanso y la misa del domingo, la salud, en una palabra: todo. El dinero es buen esclavo pero muy mal amo. Si le dominas, puedes hacer grandes cosas con él: criar y educar a los hijos, dar limosna con generosidad, impulsar grandes obras de apostolado, prestar servicios eficaces a los demás, especialmente a los pobres, ayudar al sostenimiento de la Iglesia, etcétera. Pero si nos domina, nos lleva al desastre, incluso en lo económico. ¡Que se lo pregunten al hijo pequeño de la parábola del padre del hijo pródigo! O a esos futbolistas, artistas o cantantes que, después de ganar dinero a manos llenas, viven en la miseria. ¿Qué hacer, qué camino seguir, qué actitud tomar? Lo que nos dice el final del evangelio de este domingo: “Buscad, primero el reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura”. El “reino de Dios” es Dios mismo, hecho hombre en Jesucristo. Su “justicia” es su voluntad. Dios y su voluntad: ¡ese ha de ser nuestro amo, nuestro tesoro! “Lo demás”: comida, vestido, vivienda y ese largo etcétera que necesitan quienes son personas humanas, vendrá como consecuencia Hagamos caso a Jesús y sigamos el ejemplo de los santos. ¡Acertaremos y seremos felices!               

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (19.II.2017) - Ciclo A

UNA LOCURA CRISTIANA

Amad a vuestros enemigos

_______________________El evangelio de este domingo nos pide hacer una locura. Más aún, una gran locura. Porque no se contenta con pedirnos que no seamos vengativos ni que perdonemos siempre sino que nos manda amar a los enemigos y rezar por ellos. Nuestro instinto e  inclinaciones van por otro camino. Lo que nos pide el cuerpo es: “Me las has hecho, me la pagarás doblada”. Es decir, la ley de la venganza. O, cuando menos, que no hagamos un  favor al que nos ha causado un perjuicio. Jesús va mucho más lejos y nos pide algo que supera completamente nuestras fuerzas: “Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen”. Si ya era un gran avance la “ley del talión” –“ojo por ojo, diente por diente”, es decir, no extralimitarse respecto al daño infligido- todavía entraba dentro de los cálculos humanos de la generosidad o bonhomía. Pero lo que pide Jesús es incomparablemente más. Jesús pide que amenos al que nos hace daño, al que nos quita la fama, al que puede haber matado a nuestro padre o a nuestro  hijo, al que nos ha puesto en la lista negra, al que nos hace la vida imposible. ¿Dónde queda el odio, la malquerencia, el desprecio y ese largo etcétera que envenena la convivencia diaria de quienes tienen ideas políticas, sociales, económicas o religiosas no sólo distintas sino opuestas? Jesús sabía lo que decía y la revolución que su doctrina suponía para un mundo destrozado por las guerras, muertes, violencias e injusticias. Por otra parte, no era un teórico ni un utópico. Años más tarde, tendría ocasión de demostrar que no pedía imposibles sino heroicidades. ¿Qué hizo él, cuando sus enemigos, no contentos con clavarle en una cruz, se reían de él y le desafiaban a que probara su divinidad bajando de aquel suplicio? Su respuesta no fue fulminarlos con un rayo ni pedir a su  Padre que enviara una legión de ángeles que acabara con aquella tropa encanallada. Su respuesta fue la que nos pide hoy en el Evangelio: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”. ¿Qué pasaría en el mundo si tú y yo, y todos los que nos llamamos cristianos, viviéramos de verdad el “amad a vuestros enemigos y rezad por ellos”?       

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (12.II.2017) - Ciclo A

DOS ASUNTOS DE ACTUALIDAD

“Se dijo, pero Yo os digo”

_____________________El evangelio de este domingo es tan largo, que su mera trascripción ocuparía todo el espacio disponible. Imposible, por tanto, comentarlo en su integridad. Pero esto no impide que nos fijemos en dos cuestiones de máxima actualidad: la  ocasión próxima de pecado y el divorcio. La primera viene expresada en estas palabras: “si tu ojo derecho te hace caer y si tu mano te hace caer”. Es decir, si el ojo o la mano te llevan al pecado. ¿Qué hacer? “Arráncate el ojo y córtate la mano”. Es un modo de hablar figurado. Pero que se entiende bien. Es como decir: aunque te cueste tanto como te costaría cortarte la mano o sacarte el ojo, tienes que hacerlo. ¿Razón? “Porque más te vale quedarte tuerto o cojo que ir con los dos ojos y las dos manos al infierno”. Jesús no exagera. Recordemos el caso de David. David tenía un general excepcional: Urías. Un día, mientras este general peleaba contra los enemigos de su rey, éste vio desde la ventana a su esposa, que era muy guapa y estaba desnuda. Mandó llamarla, se acostó con ella y, cuando volvió Urías de la batalla, le emborrachó para que no fuera a su casa. Más aún, al despedirle, le dio una carta cerrada en la que decía: “Poned a Urías en el lugar más peligroso y dejadle solo”. Así lo hicieron y, como es lógico, Urías murió. Cuando lo supo David, llamó a la esposa de Urías y se casó con ella. La secuencia de estos hechos es terrible pero tiene una lógica irrefutable. Tanta como la que tiene un papel que dice que no quiere quemarse, pero se pone junto a una vela encendida. ¡Cuántos pecados a lo David en la televisión, en las películas y revistas escandalosas, en los orgías sexuales! Con el divorcio ocurre algo parecido. Hoy es moneda corriente. También lo es la corrupción. Pero a nadie se le ocurre decir, como en el caso del divorcio, que está permitida y, menos todavía, que eso es lo progresista. Por eso, las palabras de Jesús vuelven a resonar con la fuerza de la verdad: aunque Moisés permitió el divorcio, “yo os digo: el que se divorcie de su mujer, la induce al adulterio y el que se casa con la divorciada, comete adulterio”. Nunca fue fácil seguir a Jesucristo. Pero compensa.

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (5.II.2017) - Ciclo A

NI PLEGARSE NI ENCERRARSE

“Luz del mundo”

____________________En una ocasión oí a un colega de Facultad un comentario que parecía una perogrullada pero que era, en realidad, una fina observación: “La luz es más luz cuando la oscuridad es más acusada”. Quien hay viajado en coche, habrá tenido oportunidad de comprobarlo. Los faros de su coche lucen más en una noche oscura que a plena luz del sol. Por eso, ahora suenan con especial claridad las palabras de Jesucristo, cuando nos indicó cuál es la vocación que nos ha dado a quienes somos sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”. Digo que “ahora” se ve mejor el alcance de lo que significan estas palabras, porque ahora hay mucha oscuridad en las ideas y conductas de mucha gente sobre la persona humana, el matrimonio, la familia, las relaciones prematrimoniales, el trabajo, el ocio, el éxito y un largo etcétera. Resulta que, al cabo de los siglos, quieren convencernos de que ser varón o mujer no es algo que nos da la naturaliza sino la opción personal que uno haga; o que los vientres de alquiler no son una explotación más de la mujer sino algo propio de gente moderna y progresista; o que el divorcio es una conquista y no una frustración cuando no un rotundo fracaso; o que los hijos no son la corona del matrimonio sino un peso insoportable y rechazable; o que lo más importante en la vida es ganar dinero y triunfar a toda costa; o que los mayores son trastos viejos y no las raíces de donde han brotado y en las que se sustentan las ramas de los niños y de los jóvenes. La lista se haría casi interminable. Frente a esta situación, los cristianos no podemos plegarnos al ambiente ni huir al desierto. Ni camuflar nuestras convicciones ni desentendernos. Jesucristo ha sido muy claro al señalarnos cuál es nuestro cometido: “Vosotros sois la luz del mundo”. Por eso, nuestra vocación es un don maravilloso. Pero, a la vez, es una gran responsabilidad y una gran tarea. Ciertamente, nada fácil de realizar. Pero ¿qué sería de un mundo del que desaparecieran la luz y el calor del amor y de la verdad?  Por eso, ahora vale la pena, más aún, es apasionante ser un cristiano coherente en las palabras y en la conducta.    

4 Domingo del Tiempo Ordinario (29,.2017) - Ciclo A

LA FELICIDAD NO SE COMPRA

Felices los perseguidos

Si ahora saliera a la calle y preguntara a las cien primeras personas que encontrase, si querían ser felices, estoy seguro de que la respuesta sería unánime: “Por supuesto, quiero ser feliz”. Si, luego, formulara esta otra: ¿“Tú eres feliz?”, la respuesta ya no sería igual, pues unos dirían que sí son felices, al menos bastante felices, mientras que otros contestarían con un “no” rotundo. Finalmente, si insistiera preguntando “¿cómo ser feliz?”, las respuestas serían muy variadas, aunque me temo que la mayoría diría algo parecido a esto: teniendo mucho dinero, viajando por todo el mundo, con un trabajo seguro y bien remunerado, disfrutando de la vida a tope y cosas por el estilo.  Efectivamente, muchos hombres y mujeres de hoy piensan que la felicidad está en el dinero, en el placer, en el sexo, en el éxito profesional, en no carecer de nada, en que las cosas te salgan redondas. Me parece que es preciso pararse y pensar. Porque todos conocemos gente con mucho dinero que no es feliz, porque, por ejemplo, está en la cárcel por haberlo robado. Todos conocemos alguna persona que ha triunfado en sus negocios y en su profesión, y no es feliz, porque ha fracasado en su matrimonio. También conocemos personas que son aparentemente superfelices, pero que, cuando rascas un poco y te contestan con un mínimo de sinceridad, te encuentras que son profundamente desgraciadas. La conclusión lógica sería que el dinero, el placer, el sexo, etcétera no dan la felicidad y que habría que buscarla en otras cosas. Sin embargo, la conclusión que sacan muchos es ésta: “No es posible ser felices”. De nuevo hay que detenerse y pensar. Porque hay gente que es feliz. Más aún, muy feliz; y no tiene dinero, vive casta y sobriamente, tiene dificultades, sufre incomprensiones y enfermedades. Es la paradoja de las Bienaventuranzas que son el evangelio de este domingo. Dichosos –dijo Jesús- los pobres, los que sufren, los castos, los perseguidos, los calumniados por ser buenos. Jesús nunca engaña. Somos nosotros los que nos engañamos no fiándonos de su palabra.          

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (22.I.2017) - Ciclo A

LLAMADAS SIN RESPUESTA

“Dejaron todo y le siguieron”

______________________Hace unos años visité Tierra Santa. Cuando el guía nos explicó Cafarnaúm, le  pregunté por qué Jesús se había establecido allí, si Nazaret estaba a dos horas de camino en línea recta. “No sé, me contestó, quizás porque Cafarnaúm era una población cosmopolita, muy comercial y paso obligado de gentes y mercancías desde Siria al actual Iraq. No debía ir muy descaminado, porque en Cafarnaúm –dice el evangelio- vivía, entre otros,  un centurión romano que era pagano y mandaba un piquete de soldados también paganos. Si tenemos en cuenta que para los judíos de entonces el mundo se dividía en dos mitades: “los descendiente de Abrahán” –ello- y los demás, no es de extrañar que pensasen que el Mesías era cosa suya en exclusiva. Jesucristo quiso marcar distancias desde el principio de su ministerio. Él había bajado a la tierra para salvar a los hijos de Abrahán –a los judíos- y a todos los demás. Cafarnaúm era un escenario óptimo. Allí, en efecto, además de judíos, vivían y por allí pasaban gentiles. Jesús trataba y hablaba con unos y otros. Incluso curaba de sus enfermedades a los unos y a los otros. Para él, el mundo no era un mapa de buenos y malos, ni de los míos y de los otros. Para él, el mundo es el espacio donde viven hombres y mujeres de toda raza, lengua y condición, que necesitan su salvación y su amor. A lo largo de su ministerio tendría ocasión de probarlo claramente. Gran lección para los cristianos de hoy. Nosotros no dividimos a la gente en el grupo de los míos y en el de los extraños. Mucho menos, en el de los amigos y de los enemigos. Nos entendemos con todos, comprendemos a todos, ayudamos a todos, convivimos con  todos, no excluimos a nadie ni le tachamos de nuestra lista. Esta es la primera lección del evangelio de hoy. La segunda es que Jesús quiso rodearse de un grupo de colaboradores para que conviviesen con él y pudiesen un día ser “pescadores de hombres”. Ellos respondieron de inmediato, dejando las barcas y las redes. Hoy sigue llamando. Pero muchos prefieren seguir pescando peces en vez de hombres ¡Qué pena! cambiar el oro por el oropel y renunciar a tan apasionante aventura.                   

El Bautismo del Señor (8.I.2017)- Ciclo A

EL MAYOR SOLIDARIO

“Y lo bautizó”

_________________El evangelio de este domingo del “Bautismo del Señor” desconcertó a los primeros cristianos. No es para menos. Juan, en efecto, llamaba a un verdadero arrepentimiento de los pecados y exigía recibir un bautismo de agua en el río Jordán. Las gentes se conmovían y venían en masa a que los bautizase. Un día se presentó Jesús y se puso en la fila para recibir el bautismo como un pecador más. Juan fue tajante: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?” Pero Jesús le replicó: “Déjame, así es como debemos cumplir toda justicia”. Juan lo bautizó. ¿No era Jesús inocente, más aún, el que quitaba el pecado del mundo? Si lo era y no hacía teatro ¿cómo explicar esta aparente contradicción o, mejor, este misterio? Aquí radicaba el desconcierto de los primeros cristianos. Sin embargo, las cosas eran así: Jesús era inocente y, a la vez, era pecador. Lo era, no porque él hubiera cometido algún pecado, pues era la misma inocencia. Pero –como hemos revivido la pasada Navidad- se hizo hombre para salvar a los hombres de sus pecados. Para ello tuvo que solidarizarse con los hombres pecadores. Y lo hizo de tal forma, que san Pablo llega a decir: “se empecató”, “se hizo pecado”. Eso es lo que ocurrió cuando, en la Cruz, se hizo responsable de los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. También de los míos y de los tuyos. El Bautismo de Jesús sólo puede entenderse en esta perspectiva. Jesús adelanta en su Bautismo la suprema solidaridad con los pecadores mientras moría en la Cruz. Algún predicador habrá dicho estos días que Navidad es el comienzo de nuestra salvación. Y en más de una iglesia o familia habrá sonado el villancico “Madre en la puerta hay un niño”, una de cuyas estrofas dice: “Él bajó a la tierra, para padecer”. Gracias al Bautismo de Cristo en la Cruz, adelantando al de agua en el Jordán, nosotros podemos recibir un  Bautismo con el que destruimos nuestro hombre pecador y nacemos a un hombre nuevo. ¿Cómo explicar que los padres no quieran bautizar ya a sus hijos y que los adultos no pidan el Bautismo?           

Domingo 4 de Adviento (18.XII.2016) - Ciclo A

LA IMPORTANCIA DE DECIR SÍ

“Viene del Espíritu Santo”

________________El evangelio de este domingo, cuarto y último de Adviento, se resume en una palabra. Incluso toda la liturgia del día. Esa palabra es “María”. María, en efecto, lo llena todo. Desde que en obediencia rendida de fe dijo sí al mensaje del ángel de ser la Madre de Dios, el Verbo Eterno de Dios quedó convertido en Mediador entre Dios y los hombres, en puente de unión entre el cielo y la tierra, en acueducto por el que viene y vuelve la salvación. Sin aquel “hágase” de María, la segunda Persona de la Trinidad no hubiera tenido el instrumento con el que realizar la salvación: su Santísima Humanidad. Y nosotros todavía tendríamos pendiente el ser salvados. Gracias a ese “sí”, María se convirtió en la primera y principal colaboradora de la Redención. Pero José desconocía este misterio. Por eso, cuando se le hizo evidente que María –su mujer- iba a ser madre, quedó desconcertado. La conocía suficientemente bien para no pensar que le había sido infiel. Pero tenía suficiente sentido común para negar lo que era evidente. ¡Qué mal lo debió pasar José, mientras pensaba y repensaba lo que debía hacer! Al fin, tomó la resolución de dejar a María libre de los compromisos esponsalicios. Su corazón enamorado sufrió lo inimaginable y sus ojos vertieron muchas lágrimas, no menos amargas por ser ocultas. Dios estaba detrás de todo y terminó haciéndole conocedor del misterio: “No tengas miedo, José, en llevarte a María como esposa”. Ciertamente va a ser madre. Pero lo será, no porque la haya fecundado un hombre sino  porque el Espíritu Santo la ha cubierto con su sombra. “Del Espíritu Santo viene la criatura que hay en ella”. Al hijo que dé a luz, tú “le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados”. Dentro de ocho días, ese mismo Hijo volverá a nacer entre nosotros. La Eucaristía lo hará posible. Ella es el portal de Belén de nuestro tiempo. Navidad fue posible porque lo hizo posible María. Navidad será otra vez posible –para ti y para mí- si María nos lleva de la mano a la Eucaristía ¡Cuánto depende de un si rendido a Dios, aunque no entendamos sus planes!. Así fue en la primera y así será en la nueva Navidad.

Domingo 2 de Adviento (4.XII. 2016) - Ciclo A

PREDICAR Y DAR TRIGO

“Convertíos”

____________El evangelio de este domingo no es apto para gente de piel fina. Léase para quienes son amigos de componendas y para quienes “todo el mundo es bueno”. Porque nunca fue fácil presentarse ante un Profeta verdadero y escuchar su mensaje. Eso es lo que ocurre con el evangelio de hoy. Nos sitúa ante un Profeta que acredita su condición con el género de vida que lleva y el mensaje que predica. Es Juan el Bautista, el segundo gran personaje del Adviento. Vive en un desierto. Viste no sólo con sobriedad sino con austeridad. Tiene conciencia clara de ser portador de una misión tan importante como arriesgada: anunciar que el Mesías esperado está a la puerta y es preciso cambiar de vida para que, cuando llegue, no le obliguemos a pasar de largo y nos quedemos maniatados y postrados. “Haced obras dignas de penitencia”, clama con voz potente y poderosa. No esgrimáis ningún título ante quien ve el fondo de vuestra vida, no sólo lo que aparentáis y “puede sacar hijos de Abrahán de las piedras”. Es un mensaje exigente, pero no duda en decírselo a los que detentan el poder del dinero –los saduceos- y de la ciencia y práctica religiosa –los fariseos-. Sus palabras suenan como un trueno en la noche: “Dad el fruto que pide la conversión”. Sí, convertíos. Pero de verdad. Convertirse es más que predicar. Convertirse es dar trigo. Convertirse es reconocer que somos pecadores, pedir perdón y reconciliarnos con Dios y con los demás mediante el sacramento de la Penitencia. Miremos dos puntos concretos: la familia y la justicia. La familia: ¿Cómo trasmiten los padres la vida y la fe a los hijos? ¿Cómo obedecen, respetan y aman los hijos a sus padres? ¿Cómo se tratan los esposos entre si? ¿Cómo se preparan los novios al matrimonio? ¿Cómo colaboran padres y profesores en la educación de los niños y jóvenes? La justicia: ¿Pagamos sueldos justos? ¿Trabajamos con honradez y profesionalidad? ¿Qué comportamiento tenemos hacia los emigrantes? Jesús está a la puerta y viene a salvarnos. Preparemos el camino con un cambio verdadero de vida, que vaya más allá que pintar de colorines la fachada de nuestra alma.         

Domingo 1 de Adviento (27.XI.2016) - Ciclo A

COMILONAS Y BORRACHERAS

______“Estad preparados”

n una entrevista que le hacían a Induráin sobre cómo planificaba las cosas para ganar una tras otra la Vuelta a Francia, contó un detalle que me impactó. “Cuando subo a la bicicleta y doy la primera pedalada, tengo la mente puesta en los Campos Elíseos”. Venía a decir que la última etapa condicionaba todas las demás. Era una glosa ciclista al gran principio del Doctor Angélico: “El fin es lo último que se consigue pero lo primero que se piensa”. Efectivamente, el que no sabe a dónde va ni para qué hace lo que hace, no irá hacia ninguna meta sino que caminará sin rumbo ni sentido. Es lo que les pasaba a los contemporáneos de Noé, como nos recuerda el evangelio de este primer domingo de Adviento: “La gente comía y bebía, y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos”. Dios les había amonestado reiteradamente que se convirtieran de su vida de pecado. Pero no hicieron caso y siguieron con el único objetivo de gozar a tope de los placeres mundanos. No se preparaban para presentarse ante Dios. Sólo Noé y sus más cercanos lo hacían. Por eso, sólo ellos entraron en la barca y sólo ellos se salvaron de las aguas torrenciales. Si lo de Noé y los suyos fuera un asunto de historia pasada, podría incluso hacernos gracia. Pero no es así. Jesús nos dice en el evangelio de hoy que a nosotros nos puede pasar lo mismo. El papa Francisco lo decía hace unos pocos días: hay que estar atentos, “porque podemos quedar al margen de Dios por toda la eternidad”. Y concretaba cómo podía ocurrirnos esto: “si la muerte nos sorprende fuera del amor de Dios”. Ahora que estamos estrenando año en la vida de la Iglesia, Induráin nos da la falsilla: tener la cabeza puesta en el final, en el momento en que cerraremos los ojos a este mundo con la muerte. Si él se hubiera dedicado durante las etapas de la Vuelta a emborracharse, a comilonas, a juergas ininterrumpidas nunca habría vestido el maillot amarillo en París. Nuestra “Vuelta” es muchísimo más importante que las que él corría. Oigamos el consejo amoroso del Señor en el evangelio de hoy: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”.               

Jesucristo, Rey del Universo (20. XI. 2016) - Ciclo C

UN REY DESCONCERTANTE

“¡Baja de la cruz!”

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Jesús está a punto de morir. Sus enemigos le han clavado en una cruz. No contentos con ello, le han puesto por escolta a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda. En frente tiene a sus enemigos y a la masa del pueblo. Todos se ríen de él y le desafían a que muestre que no es un loco sino el Mesías. “A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”, le gritan sarcásticamente las autoridades. “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”, le dice uno de los ladrones. “Si eres el Cristo, el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo, muestra tu poder!” ¿Para qué sirve un Cristo que no puede salvarse a sí mismo de la muerte ni a los demás? ¿Quién pondrá en él su confianza? La tentación no puede ser más terrible ni más insidiosa: ¡qué espectáculo bajar de la Cruz y salvar a los dos ladrones dejando atónita a esta jauría humana! ¿Quién de nosotros la hubiera resistido? ¡Claro que puede bajar de la cruz! Pero, si lo hace, será un gran fracasado. Permaneciendo en ella será un triunfador. Son las paradojas de Dios, que tiene sus baremos para medir los éxitos y los fracasos. Nosotros llamamos “éxitos” a tener mucho dinero, estar por encima de los demás, triunfar en la vida, disfrutar a tope. Por eso al pie de la cruz sus compatriotas siguen esperando que Jesús sea un Mesías glorioso y victorioso. Es la misma propuesta del demonio en el desierto y de Pedro cuando habló de su Pasión. En cambio, para Dios los éxitos son servir y dar la vida por amor. El que sirve por amor, triunfa, incluso cuando los hombres dicen que fracasa ¡Eso es lo que hizo Jesús permaneciendo en la cruz y no cediendo a la tentación de presentarse como un Mesías glorioso y espectacular! Lo había dicho y lo ha cumplido: “Cuando sea levantado sobre lo alto, atraeré a todos hacia mí”. Jesucristo es rey y la cruz es su trono, porque allí cumplió el plan de Dios: dar la vida por los hombres para reconciliarlos con el Padre. Hoy, día de Jesucristo Rey, déjale que reine en tu vida, en tus proyectos, en tu familia, en tu trabajo, en tu corazón. Ya sabes el camino: servir amor, preferir la voluntad de Dios a la tuya. Y yo, a la mía.     

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (13. XI. 2016) - Ciclo C

 FIN DEL MUNDO Y COMPROMISO CRISTIANO

“Todo será destruido”

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Estamos frente al Templo de Jerusalén. Es una construcción fantástica y de la que todos los judíos se sienten orgullosos. También los discípulos de Jesús y Jesús mismo. Pero tiene los días contados. Nadie puede pensar que dentro de cuarenta años todo esto se habrá venido abajo. Para hacernos una idea, pensemos que un terremoto convirtiera nuestra sin par Catedral en un montón de escombros. El ejército de Vespasiano se encargará de ello, prendiéndole fuego el año setenta. El evangelio de hoy deja constancia de la profecía hecha por Cristo: “Llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra; todo será destruido”. Algo semejante ocurrirá con nuestro mundo. Aunque no acertemos a comprenderlo, llegará un día en que todo se acabará. No sabemos ni cómo ni cuándo. No lo sabe nadie, salvo Dios y Dios no ha querido revelarlo. De todos modos, una cosa es cierta: sería una conclusión falsa adoptar la misma posición que los fieles de Tesalónica ante la venida de Cristo: que no vale la pena trabajar. San Pablo tuvo que amonestarles con decisión: “el que no trabaja, que no coma”. A nosotros se vería obligado a decirnos: si alguno se descompromete con este mundo, porque un día dejará de existir, se equivoca radicalmente y no es cristiano. Los que creemos en Cristo tenemos que amar este mundo y amarlo apasionadamente. Incluso sabiendo que tiene limitaciones, deficiencias y pecados. Ese amor nos llevará a asumir con toda responsabilidad su trasformación, tratando de que reinen en él los valores evangélicos. No lo vamos a tener fácil. Porque –también lo profetizó Jesucristo- nos perseguirán, nos llevarán a los tribunales y a la cárcel. Ahí está lo que ocurre en China, en Siria, en África. Incluso en la misma Europa, cuyo laicismo no tolera la presencia de nuestra fe en la vida pública. No hay que inquietarse, porque el mal no soporta el brillo del bien. Pero la polvareda del camino no apaga el Sol, aunque lo oscurece. Compromiso y perseverancia en el bien. Esta es la gran lección del evangelio de hoy.       

Dominto 32 del Tiempo Ordinario (6.XI.2017) - Ciclo C

¿TODO TERMINA CON LA MUERTE?

“Dios es Dios de vivos”

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Actualmente son muchos los que piensan que no hay más vida que la vida en la tierra. Y que, cuando morimos, nos convertimos en nada. En tiempos de Jesús encarnaban esta mentalidad los saduceos. Ellos admitían la existencia de Dios y creían también que Dios había creado al mundo y a los hombres y había dado unos mandamientos por medio de Moisés. Pero negaban que, después de la muerte, los muertos volviesen a la vida, es decir, resucitasen. Un día, un grupo de ellos se acercó a Jesús para ponerle en aprietos, visto que había salido airoso en sus disputas con los fariseos, respecto a los que se sentían superiores. Y lo hicieron con un argumento tan alambicado como absurdo. Como la Ley de Moisés mandaba que, si uno moría sin descendencia, el hermano se casase con la viuda, plantean este aparente callejón sin salida. En una familia había siete hermanos. Todos se fueron casando con la misma viuda, porque todos morían sin descendencia. Cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, ¿de cuál de ellos será mujer? porque todos estuvieron casados con ella. Lo que a ellos les parecía una dificultad insoluble lo resolvió Jesús con la misma facilidad que un azucarillo se disuelve en una taza de café. “No entendéis nada, les dice. Después de la resurrección los hombres y las mujeres no se casarán, pues serán como ángeles”. Sin embargo, habrá resurrección, “porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos”. Ninguna verdad cristiana debería ser tan consoladora para nosotros como el dogma de la resurrección de nuestra carne, de nuestro ser corporal. Porque él nos asegura que la vida –como reza el prefacio de la misa de difuntos- “no termina, se trasforma”. Como el grano de trigo que se siembra y germina: no se destruye sino que se trasforma y donde había un grano surge un puñado de espigas. Sí. La “muerte no es el final del camino”. “La nada” no es el destino de los hombres. Nuestro destino es vivir. Vivir para siempre. De una forma completamente nueva, pero real. Tan real como la resurrección de Jesucristo, de la que es participación. Esta es nuestra fe. ¡¡Maravillosa y consoladora fe!!    

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (39.X.2016) - Ciclo C

JESÚS TRAE ALGO NUEVO

“Quiero hospedarme en tu casa”

Estamos en Jericó, esa ciudad oasis en el desierto que viene desde el Mar Muerto hasta Jerusalén. Es una ciudad próspera y cosmopolita. Cuenta con un buen número de soldados que custodian el orden y los bolsillos. Porque en Jericó hay dinero. Mucho dinero. Por eso viven aquí muchos recaudadores de impuestos. La gente les odia no sólo porque los cobran para una potencia invasora y pagana, como es Roma, sino porque cobran en demasía. Al frente de todos hay uno que se llamaba Zaqueo. El evangelio puntualiza que es “rico”. Si nadie aceptaría una invitación para comer en casa de un vulgar publicano es fácil adivinar el rechazo que les provocaría hacerlo en casa de Zaqueo. Un día pasó Jesús por Jericó. No sabemos por qué, pues el evangelio no aporta datos, pero lo cierto es que a Zaqueo le entraron tantas ganas de ver a Jesús que no dudó en hacer el ridículo. Pues, como era “pequeño de estatura”, se subió a una higuera cercana al lugar por donde preveía que pasaría Jesús. Y, en efecto, pasó Jesús. Pero no pasó de largo. Menos todavía, despreciándole en su interior y en sus gestos por ser jefe de publicanos. Eso lo hacía la gente, pero Jesús era distinto. Tanto, que se paró delante de la higuera y le ordenó: “Zaqueo, baja enseguida, porque tengo que hospedarme en tu casa”. El escándalo que se armó fue mayúsculo. Todo el mundo comentaba: “¡Ha entrado a comer en casa de un pecador!” –que era el apelativo con que llamaban a los publicanos. No se dan cuenta de que Jesús ha venido a cambiar las cosas, a traer algo nuevo. Él ha venido a salvar a los pecadores, a cambiar los corazones y las situaciones que crean esos corazones. Zaqueo es un ejemplo palmario. Porque fue tal impacto que le produjo el comportamiento amistoso de Jesús, que, sin que nadie se lo pidiera, dijo: “Señor, si he perjudicado a alguno le devolveré cuatro veces más”. ¿Qué pasaría en tantos corazones, rotos por las mil heridas de la vida, si alguien les dijera desde el corazón: quiero hospedarme en tu casa, quiero ser amigo tuyo?          

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (23.X.2016) - Ciclo C

PAVONEARSE Y HUMILLARSE

“Subieron al Templo a rezar”

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El evangelio de este domingo coincide con el anterior en el contenido, el género literario y la lección práctica que imparte. Los dos, en efecto, tratan de la oración, los dos son una parábola y los dos hablan de cuál ha de ser nuestra actitud cuando rezamos. Sólo difieren en esto: mientras el evangelio del domingo pasado enseñaba que teníamos que rezar con perseverancia y santa tozudez, el de hoy nos enseña que hemos de hacerlo con humildad y confianza. El texto es muy conocido. Un fariseo y un publicano van al Templo a rezar. El fariseo se sitúa en lugar bien visible, se queda de pie y reza así: “Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. El publicano, en cambio, “se quedó atrás, no se atrevía a levantar los ojos y se golpeaba el pecho diciendo: ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’”. Es indudable que el fariseo decía la verdad: no robaba ni era adúltero. También el publicano la decía cuando aseguraba que era un vulgar ladronzuelo que ponía el dinero y los negocios por encima de todo. Sin embargo, siendo dos comportamientos moralmente tan distintos, el publicano es alabado y reprobado el fariseo. ¿No es incomprensible? No. Porque el fariseo piensa que lo bueno que hace, lo realiza por sí mismo. Olvidaba lo que, siglos más tarde, diría de una forma tan sencilla como contundente el Catecismo del padre Astete, a saber: que sin la ayuda de Dios “no podemos comenzar, ni continuar ni concluir cosa alguna conducente a la vida eterna”. Es decir: sin la gracia de Dios no podemos hacer nada. Oraba, pues, con soberbia. Y, además, despreciando a los demás, en lugar de compadecerse. Por esto es reprobado, no por lo bueno que había hecho. El publicano no es alabado por sus malas obras sino porque las reconoce y pide perdón de ellas con humildad y confianza. Y Dios, que es un Padre infinitamente misericordioso, le perdona. Cuando veo que son tan pocos los que se confiesan y escucho aquello de “yo no lo necesito, porque no robo ni mato”, suelo acordarme de la parábola de hoy. ¡Ojo, que podemos ser un poco fariseos!            

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (16.X.2016) - Ciclo C

INSISTENCIA Y TOZUDEZ

”La haré justicia”

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“He dejado de rezar, porque Dios no me escucha”. Frente a esa y parecidas expresiones  he dado siempre la misma respuesta: “sigue rezando”. No era una contestación para salir del paso o rutinaria sino que obedecía a una gran convicción, apoyada tanto en la experiencia como, sobre todo, en la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura, en efecto, está llena de hechos y palabras en los que queda patente que Dios nos escucha. El evangelio de este domingo es una página muy elocuente y, además, está formulada en términos muy actuales. En una ciudad había un juez corrupto, soberbio y descreído. No temía a nada ni a nadie. Si siquiera a Dios. Amparado en su poder impune, se negaba a impartir justicia a una pobre viuda, cuya única arma era la insistencia. Y la empleó a fondo. Un día sí y otro también acudía al juez para que dictara sentencia. Aburrido por la insistencia, el juez terminó haciéndola caso. Jesús da un quiebro a esta parábola y razona así: si este juez, corrompido e injusto, terminó atendiendo a esta pobre viuda, ¡cuánto más escuchará Dios a quien le pide! Luego saca esta conclusión: por eso os digo que conviene orar con insistencia y sin desfallecer. Nosotros solemos quedarnos con la mitad de la frase: oramos, acudimos a Dios. Pero no lo hacemos “con insistencia,  sin cansarnos”. Más de una vez me he preguntado por qué Dios no nos hace caso de inmediato siendo, como es, nuestro Padre. He sacado luz fijándome en lo que hacen los padres de la tierra. Cuando les pedimos una cosa razonable y conveniente, si está en sus manos nos la dan. Sin embargo, suelen hacerse de rogar. No quieren hacernos sufrir sino que crezca nuestra relación personal con ellos. Si nos dieran de inmediato lo que les pedimos, nos haríamos egoístas y aprovechados. “Haciéndose de rogar” estimulan nuestra confianza y nuestro amor. Esto es lo que quiere Dios: que crezcamos en fe y confianza con él. En consecuencia: seamos sensatos, porque nosotros somos más menesterosos e impotentes que la pobre viuda. No olvidemos nunca que nuestra mejor arma es importunar a Dios, pedir y pedir. Ser santamente tozudos.