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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (27.VIII.2017) - Ciclo A

LA IGLESIA,PEDRO Y EL PAPA

"El infierno no la vencerá”

__________________________Una confesión, una promesa y un mandato. Este es el haz de  ideas del evangelio de este domingo. La confesión es ésta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús había preguntado quién era él para la gente y los apóstoles habían dado unas respuestas muy elogiosas pero falsas. Elogioso, y grande, era compararle con el Bautista, con Elías, con Jeremías. Pero tales respuestas se quedaban cortas. Él era alguien distinto, otro tipo de persona. Pedro fue tajante y certero: “Tú eres el Mesías. Más aún, tú eres el Hijo de Dios”. La respuesta tenía tal relieve que ni él ni nadie podía haberla descubierto. Era un don, un regalo que le habían hecho. Así lo proclamó Jesús, cuando le dijo: “Dichoso tú, Simón, porque esto te lo ha revelado mi Padre”. Efectivamente, Jesús dirá en otra ocasión que “nadie conoce al Padre sino el Hijo ni nadie conoce el Hijo más que el Padre y aquel a quien se lo quiera revelar”. El mérito de Pedro no era haber hallado la respuesta sino haberla asumido y proclamado con fe. La respuesta agradó tanto a Jesús, que le llevó a revelarle un gran misterio y, a la vez, hacerle una promesa. El misterio era quién era él para Jesús y cuál sería el puesto que le daría en su Iglesia: “Tú eres piedra, tú eres roca, y sobre esta piedra-roca edificaré mi Iglesia”. ¡Nada menos! Por si fuera poco, añadió esta gran promesa: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”. No sólo serás el cimiento de mi Iglesia, sino que tendrás en ella la máxima autoridad. Pedro debió quedar no sólo sorprendido sino abrumado. ¿Quién era él para que Jesús quisiera convertirle en alguien tan excepcionalmente importante? Pero en el evangelio de hoy todo es grande y desconcertante. También el mandato que Jesús da a sus apóstoles: no decir quién es “hasta que resucite de entre los muertos”. Los cristianos de hoy nos apoyamos en el Papa y vemos en él a Pedro, de quien es sucesor. Le miramos, le queremos y le seguimos. Y, a pesar de todas las persecuciones, trabas y enredos que ponen a la Iglesia, sabemos que no la destruirán ni impedirán su misión.   

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (20. VIII. 2017) - Ciclo A

RODILLAS OMNIPOTENTES DE MUJER

“Qué grande es tu fe”

____________________Nos encontramos fuera de Palestina. Más en concreto, en tierras de Tiro y Sidón, Tierra, por tanto, de paganos, no de creyentes y judíos. Jesús ha venido aquí acompañado de sus discípulos. Cuando menos lo espera, una mujer, que resulta ser madre, se pone a gritarle: “Ten  compasión de mí. Mi  hija tiene un demonio muy malo”. Contra todo pronóstico, Jesús se hace el sordo. Más aún, toma una aparente postura de distancia cuando sus discípulos interceden por ella y le piden que la haga caso. De hecho contesta de un modo que no admite réplica: “Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Entre tanto, ella se ha acercado y se ha puesto de rodillas delante de él. En esa actitud –que movería al más duro y reticente-, vuelve a suplicar: “Señor, ayúdame”. Pero Jesús hoy actúa de un modo inusual y le dice: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Ella, lejos de ofenderse con una respuesta humillante y darse por vencida, replica: “Es verdad, pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. No cabía resistirse más. Y Jesús no se resiste. Al contrario, le responde con uno de los más grandes elogios del Evangelio: “Mujer: qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas”. Y apostilla el evangelista: “En aquel momento quedó curada su hija”. Una madre, puesta de rodillas y suplicando a Dios por sus hijos enfermos del cuerpo o del alma o de ambos, es omnipotente para alcanzar lo que desea. El evangelio de hoy nos presenta un caso concreto de una que pide y obtiene  un remedio material: la salud corporal de su hija. Dentro de una semana, cuando celebremos la fiesta de san Agustín, veremos lo que pueden las rodillas suplicantes de una madre cristiana que reza por la salud espiritual de un hijo hundido en la miseria moral. Cuántas veces he pensado en la respuesta de san Ambrosio, cuando acudía a él desconsolada: “Mujer, un hijo de tantas lágrimas no se puede perder”. Efectivamente, lejos de perderse se hizo un gran santo. ¡Madres del temple de la Cananea del Evangelio y de la madre de san Agustín: no dejéis de rezar y de confiar! Llegará el milagro.           

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (30.VII.2017) - Ciclo A

TESOROS Y PERLAS

“Vende todo y compra aquel campo”

_______________________El de este domingo es también un evangelio con tres parábolas sobre el “Reino de Dios”, como ocurría el domingo anterior. Pero las de hoy no hablan de simientes y levadura sino de tesoros y perlas, de compras y de venta. Son sumamente breves, pero no por eso menos enjundiosas. La primera dice así: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo, que, quien lo encuentra, lo oculta y, lleno de alegría va y vende cuanto tiene y compra aquel campo”. La segunda tiene la misma extensión: ”El reino de los Cielos  se parece a un mercader que busca perlas preciosas, y, hallando una de gran precio, va, vende todo lo que tiene y la compra”. La enseñanza de la primera es esta: así como el hombre que encontró un tesoro vendió todos sus bienes para adquirirlo, del mismo modo el que encuentra el tesoro del Reino ha de sacrificarlo todo para adquirirlo, porque el Reino es “lo único necesario”. La enseñanza de la perla es muy parecida: el Reino de los Cielos es tan valioso que hay que dejarlo todo para adquirirlo. La pregunta es ineludible: ¿por qué el Reino de los Cielos es “un tesoro” y una “perla” que vale más que todo lo demás? La respuesta no es difícil: porque el Reino de los Cielos o Reino de Dios es la salvación revelada y realizada por Jesucristo. O si se prefiere: porque el Reino de Dios es el mismo Jesucristo. Ahora bien, Jesucristo vale más, sin duda, que todo lo que podemos tener y adquirir. Por eso, quien descubre ese “tesoro” y esa “perla” no sólo sacrifica todo lo que tiene sino que lo hace con alegría. Si alguno quiere comprobarlo, le invito a hacer esta experiencia: que vaya al convento de “Iesu Communio”, en La Aguilera, y pregunte a tantas chicas jóvenes universitarias que allí están por qué han cometido “la locura” de dejar la carrera, el novio, las diversiones y tantas cosas. Se encontrarán con las parábolas de hoy hechas realidad viva. Otro tanto podrían decir esas chicas que, en medio del mundo, ponen a los pies de Jesucristo su carrera, su juventud, sus diversiones, su vida. ¿Por qué no haces tú la prueba de experimentar que Jesucristo es lo único que vale la pena? No quedarás defraudado.         

Domingo 16 del Tiempo Ordinario (23.VII.2017) - Ciclo A

SIMIENTE Y LEVADURA

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

____________________Convivencia, expansión, trasformación. Estas tres palabras resumen el mensaje del evangelio de este domingo. En primer lugar, “convivencia”. Jesús daba por supuesto que en el Reino que él iba a instaurar y, más en general, en las diversas sociedades habría trigo y cizaña, grano y paja, buenos y malos. Nosotros podemos confirmar que no se equivocaba. Basta mirar lo que pasa en la Iglesia, en nuestra sociedad y en la familia. Dentro de veinte o cien siglos seguirán coexistiendo el trigo y la cizaña, el bien y el mal. Nosotros tendemos instintivamente a arrancar la cizaña y quemar la paja. No es sólo por falta de paciencia como por conveniencia. Pues es más fácil convivir con los que tienen nuestras mismas ideas y comparten nuestros mismos proyectos que hacerlo con el que piensa y actúa de otra manera. Lo hacemos también por falta de perspectiva y porque desconfiamos de la fuerza de la verdad y del amor. Por eso, nos gusta actuar como a los criados del dueño de la parábola que sembró trigo en su campo y se encontró con que había brotado cizaña: arrancarla, destruirla. Dios tiene otros designios. Llegará un momento en el que separará el trigo de la cizaña, quemará la paja y guardará el grano en la panera del cielo. Pero eso ocurrirá al final del mundo, cuando venga a juzgar a todos y a todo. Mientras tanto, lo nuestro es hacer el bien y tratar de ahogar el mal con la verdad y el amor. Dios ha previsto que los buenos convivan con los malos, que el bien se imponga con su fuerza expansiva y trasformadora. Que la tiene. Como la tiene la mostaza que, siendo casi imperceptible, cuando crece la semilla llega a dar cobijo a los pájaros. Como la tiene la levadura que, siendo mucho más pequeña que la medida de harina que se amasa, es capaz de transformarla en pan sabroso. Actualísimo e importantísimo mensaje, por tanto, el de este domingo. ¿Qué pasaría en la Iglesia y en la sociedad si los que creemos en Jesucristo fuésemos de verdad trigo, mostaza y levadura allí donde discurre nuestra vida?          

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (16.7.2017)- Ciclo A

SEMBRADOS Y COSECHAS

“Salió el sembrador a sembrar”

_______________________El mismo sembrador. La misma semilla. El mismo método de siembra. Todo igual. Sin embargo, la cosecha fue muy desigual. Una parte de la semilla quedó baldía desde el primer momento. Otra,  nació y creció enseguida, pero se secó con la misma rapidez. Otra, pese a su fuerza originaria, terminó siendo anulada por la maleza. Pero no todo fueron fracasos.  Pues parte de la semilla produjo tanto fruto que se multiplicó por treinta, por sesenta y hasta por ciento. ¿Qué había ocurrido? Algo tan simple como la variedad de la tierra. Eso es lo que nos enseña el evangelio de este domingo. Un evangelio en el que Jesucristo hace balance de su predicación. Porque “el sembrador que salió a sembrar” era él. La semilla era la Palabra divina que había salido de su boca y de sus actos. A estas alturas de su ministerio tenía que constatar que algunos le habían oído como quien oye llover: sin prestarle el mínimo interés. Otros le habían escuchado con gusto al principio, pero se habían echado atrás cuando les había presentado su programa de vida. Otros habían querido compaginar su enseñanza con sus intereses y éstos habían prevalecido. Sin embargo, no todo era fracaso. Al contrario, tenía un grupo de incondicionales que se bebían su enseñanza y cada día estaban más entusiasmados con él. La historia vuelve a repetirse. Jesucristo sigue sembrando su Palabra por medio del Papa, los Obispos, los sacerdotes, los padres y educadores cristianos, los comunicadores de masas con criterio y honestidad. Y la cosecha vuelve a ser idéntica: nula en muchos casos y abundante en otros. No seamos superficiales y vayamos más allá de la mera constatación de los hechos. Interioricemos las cosas y preguntémonos: Yo ¿qué clase de tierra soy? ¿La Palabra de Cristo produce en mí frutos de servicio, de comprensión, de ayuda al necesitado, de paz y fraternidad, de convivencia, de entrega al que reclama mi tiempo, mis cualidades y mis posibilidades? O ¿sigo con odio en el corazón, con envidia, preocupado sólo de mí y de mis cosas? Sopesa tu vida. Porque tienes que dar fruto. Más aún, fruto abundante. No puedes malgastarla.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (9.VII.2017) - Ciclo A

AUTOSUFICIENTES Y SENCILLOS

“Te doy gracias, Padre”

_________________Breve pero muy enjundioso. Así se presenta el evangelio de este domingo catorce del Tiempo Ordinario. Breve, porque apenas tiene diez líneas. Y enjundioso porque en ellas hay una revelación muy  importante, un designio divino desconcertante y una invitación consoladora. La revelación se realiza en una sola palabra: “Padre”. Así llama Jesús a Dios. El rostro del Dios que nos revela Jesucristo es el de un Padre amoroso, que nos quiere, que nos escucha, que nos ayuda. Que, a veces, nos desconcierta con sus designios. Desconcertante es, en efecto, que él se dé a conocer y manifieste sus grandes verdades no a los “sabios y entendidos” –a los superinteligentes, a los que lo saben todo- sino “a la gente sencilla”, es decir, a los “pobres de espíritu”, a los que le necesitan. Quienes piensan que siempre saben el camino y están muy seguros de sí mismos no tienen capacidad para acoger a Jesús y a su Padre. Mientras no se hagan “gente sencilla”, personas que tienen preguntas a las que no saben responder, anhelos que no son capaces de llenar y horizontes que necesitan descubrir, serán como los “sabios y entendidos” del evangelio de hoy: creyendo saberlo todo –como pensaban los escribas y fariseos- en realidad se quedan ignorándolo todo y encerrados en sus esquemas viejos y caducos. Es una invitación a que no se nos suban a la cabeza nuestros conocimientos, nuestro talento, nuestras cualidades, nuestros dineros y poderes. Este designio divino no merma nuestra hombría y nuestra capacidad. Al contrario nos hace más hombres. Porque este Dios viene en nuestra ayuda cuando nos puede la vida, cuando estamos agobiados. ¿Y quién no experimenta dificultades que es incapaz de resolver, dudas que no sabe despejar, contrasentidos reales o aparentes que no acierta a encajar? Que nos lo digan los que han fracasado en su matrimonio, los que han perdido el empleo, los que recogen sólo ingratitud de unos hijos por los que ha dado la vida. Jesús nos da este gran consejo: “Venid a mí, que yo os aliviaré”. No se lo discutamos. Es mejor que lo pongamos en práctica. Porque la vida se nos hará mucho más llevadera.     

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (2. VII.2017) - Ciclo A

EL SEÑOR DE NUESTRO CORAZÓN

“No perderá la recompensa”

__________________Jesús ha dado una larga instrucción para la misión a sus Doce discípulos. Les ha preparado para afrontar con valentía las persecuciones que les aguardan y para anunciar con coraje y entusiasmo el mensaje que han de trasmitir. Ellos han quedado impresionados. Ciertamente, no es para menos, porque les ha dicho cosas de excepcional importancia. Con todo, lo verdaderamente trascendental es lo que va a trasmitirles ahora: la relación que deben mantener con él. Si él no está en el centro de su vida y de su actividad no podrán llevar a cabo su tarea. Si en el centro de su vida no está la Persona de Jesús, no podrán anunciarla de manera convincente. Más aún, terminarán por descuidar y abandonar dicha misión. Esta es la clave de todo apóstol: que Jesús ocupe el centro de su vida y de su actividad. Pero que Jesús esté en cl centro es algo muy exigente. Tanto, que nada ni nadie puede ocupar ese lugar: ni el padre ni la madre ni los hijos. Ni siquiera la propia vida. Porque si alguno “quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí”. O él está en primer lugar o no se está consagrado a la misión. ¿No será demasiado exigente todo esto? ¿No será incluso una aberración? En una sociedad carcomida por el egoísmo y la comodidad a ultranza, la respuesta no puede ser más que afirmativa: sí, es demasiado exigente y hasta aberrante preferir a Jesucristo antes a los hijos, a los padres y a la propia vida. Pero cuando hay fe y verdadero amor, se entiende que Dios –y eso es Jesucristo- es el valor supremo y no puede estar nunca en segundo lugar. Esto no es fanatismo ni fundamentalismo. Esto es amor de muchos quilates ¡Qué bien lo entienden esos hermanos nuestros de Oriente Medio que lo están perdiendo todo: el hogar, el trabajo, la vida antes que renegar de Jesucristo! Es ahí hacia donde hay que mirar para entender el evangelio de hoy, no hacia nuestra carcomida sociedad occidental. Será ese heroísmo el que nos salve, no nuestro blandengue cristianismo.        

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (25.VI.2017) - Ciclo A

TRANQUILIZANTES Y FE

“No les tengáis miedo”

___________________Hay gente que va por la vida llena de miedos y angustias. Otros, en cambio, lo hacen serenos y tranquilos. Quizás los segundos no tienen menos dificultades que los primeros. Puede suceder que las tengan incluso mayores. ¿A qué se debe una reacción tan diferente? Puede ocurrir que los que van llenos de miedos y angustias tengan un status sicológico averiado, en cuyo supuesto lo oportuno es que se vayan al médico para que les aplique un tratamiento eficaz. Sin embargo, las más de las veces no es la sicología lo que está de por medio sino la falta de fe en Dios, en su providencia amorosa, en su amor de Padre. Van por el mundo sin rumbo y sin apoyo. Solos y contando con sus propias fuerzas. ¿Cómo no angustiarse ante la muerte? ¿Cómo no tener miedo a perder el trabajo, a contraer enfermedades, a la llegada inexorable de la vejez? En cambio, si nos tomamos en serio lo que dice el evangelio de este domingo, no perderemos la paz ni caeremos en la angustia. En efecto, dicho evangelio nos dice estas consoladoras palabras: “Dos pajarillos se venden por unos céntimos. Con todo ni uno solo cae al suelo sin que lo permita mi Padre”, Dios cuida de ellos. Y añade: “En cuanto a vosotros, hasta los pelos de vuestra cabeza están contados”. No es, por tanto, cuestión de pastillas tranquilizantes ni de dietas de relajación ni de cosas por el estilo. Lo que importa es fiarse de Dios, saber que Dios es nuestro Padre y cuida de nosotros con amor. Ese cuidado es continuo, desde que nacemos hasta que morimos, cuando somos jóvenes y cuando somos mayores, en las circunstancias favorables y en las adversas. ¡Siempre! ¿Quiere decir esto que todo nos va a resultar fácil y hasta redondo? No. Lo que quiere decir es que si las cosas se ponen tan cuesta arriba que debamos jugarnos la vida por ser fieles, Dios estará a nuestro lado para que demos la vida por él. Es una pena que tantos cristianos vivan creyendo en un Dios que no se preocupa de ellos, en vez de creer en el Dios que nos ha revelado Jesucristo: Un Dios que es nuestro Padre y cuida de nosotros como un Padre ¡Cómo cambiaría su vida si aceptasen este Dios!  

Solemnidad del Corpus Cristi (18.VI.2017) - Ciclo A

JESÚS VIVE ENTRE NOSOTROS

“Vivirá por Mí”

___________________En una ocasión oí a un compañero esta afirmación: “Si  quemaran todas las Biblias del mundo y a mí me dejaran salvar uno de sus libros, yo me quedaría con el Evangelio de san Juan”. Precisamente este domingo leemos un relato de ese libro, más en concreto, del capítulo seis, donde Jesús promete lo que nos daría en la última Cena: quedarse él mismo con nosotros y dársenos en comunión mediante la Eucaristía. “Yo soy el Pan bajado del Cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,.. vive en Mí y yo en él… Yo le resucitaré el último día”. “Mi Carne” y “Mi Sangre” en lenguaje arameo, que es el hablado por Jesús y sus oyentes, es lo mismo que decir: “Os daré a comer y a beber a Mí mismo, como verdadero Dios y como verdadero Hombre”. Jesucristo promete, por tanto, quedarse él mismo como Resucitado y darse en comunión. Jesús nunca miente y cumple siempre su palabra. “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, diría en otra ocasión. En la Eucaristía lo cumple con tanta verdad y radicalidad, que nosotros podemos hablar con él, estar con él, comerle a él. Son palabras sobrecogedoras pero verdaderas. Por eso le llenaron de improperios no pocos de sus oyentes, que vinieron a decir, al escucharle: “Está loco, ¿quién puede hacerle caso? ¿Cómo puede darnos a comer su carne?” Fueron incluso más lejos, porque “desde aquel día muchos dejaron de ser discípulos”, apostilla san Juan. Jesús no se desdijo ni rectificó  sino que se ratificó. Eso explica que, cuando comulgamos, bebemos no sólo el agua sino la fuente: bebemos a Cristo mismo. Mejor: nos bebe él a nosotros, nos come él a nosotros. Por eso nos diviniza y nos comunica la misma vida trinitaria que él recibe del Padre. Nada hay comparable con la Eucaristía y todos los misterios de nuestra fe quedan imantados, penetrados y fecundados por ella. Hoy, día del Corpus, es una gran oportunidad para preguntarnos si creemos de verdad que Jesús está tan presente en la Eucaristía como estaba con los Apóstoles y la gente, si comulgamos y en qué condiciones, si todos los días vamos a estar un rato con él en algún sagrario.           

La Santísima Trinidad ( 11. VI. 2017) - Ciclo A

EL DIOS DE JESUCRISTO

“Tanto amó Dios al mundo”

_________________Hoy celebramos la Santísima Trinidad. ¿Qué significa esto? Que Dios es Trinidad porque es Amor. Para que haya amor se requieren tres cosas: alguien que ame, otro que sea amado y el amor propiamente dicho. Si Dios fuera una única Persona, sólo tendría la posibilidad de amarse a sí mismo. Pero ese tipo de amor no merece tal nombre: es egoísmo. Quizás alguien piense que podría amar a la creación. Pero la creación tuvo un principio y tendrá un final. Antes de que existiera y cuando deje de existir Dios no puede amarla. Todavía cabría una tercera hipótesis: que Dios amara al hombre. Pero sucede lo mismo que con la creación. La única respuesta posible es la que el mismo Dios nos ha dado: sólo hay un Dios pero ese Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre tiene un Hijo desde toda la eternidad y le ama infinitamente, el Hijo hace lo mismo con el Padre y el Espíritu Santo es el Amor. La teología ha encontrado tres palabras clave para explicarlo: naturaleza, persona y relación. La naturaleza sirve para explicar la unicidad de Dios: sólo hay un Dios, porque sólo hay una naturaleza divina; la persona sirve para explicar la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas; la palabra relación indica que dichas Personas no sólo se relacionan sino que son relación. Volvamos al principio: Dios es Amor. Por esto, con nosotros juega el papel que la fuente respecto al agua y el sol respecto a la luz y el calor. La fuente no sabe hacer otra cosa que dar agua. El sol sólo sabe comunicar luz y calor. Dios sólo sabe amar. El Papa Francisco lo recordaba en la audiencia del miércoles pasado: “Dios sólo es capaz de conjugar la palabra ‘amor’”. Y añadía: “El Evangelio nos revela que Dios no puede estar sin nosotros; él no será nunca un ‘Dios sin el hombre’. Esto es un gran misterio”. ¡Qué lejos queda esta realidad de un Dios vengador, al acecho de nuestras debilidades para castigarnos! Es verdad que podemos abusar de nuestra libertad y rechazar ahora y en la hora de la muerte el amor que Dios nos ofrece. Pero seremos nosotros, no él, el que realice la tragedia. Pidamos no cometer esa locura            

Pentecostés (4.VI.2017)- Ciclo A

NECESITAMOS UN NUEVO PENTECOSTÉS

“Recibid el Espíritu Santo”

_________________________Nunca me ha llamado la atención que san Pablo haya escrito la magnífica carta a los Romanos. Al fin y al cabo, era un gran intelectual y se había “doctorado” en la mejor “universidad” bíblica de entonces: Jerusalén. Lo que me llama poderosamente la atención es que san Pedro escribiera una carta muy profunda sobre el Bautismo y que san Juan haya sido llamado “el evangelista teólogo”. Porque la universidad que frecuentaron uno y otro fue el mar y los libros que manejaron fueron las redes de pesca. Además, tampoco eran unos linces para comprender las lecciones que les impartía Jesús mientras vivió con ellos. ¿Cómo es posible, por tanto, que ellos hayan escrito y enseñado con tanta profundidad sobre el misterio de Cristo? El acontecimiento que hoy celebramos es la clave que lo explica todo. Hoy, en efecto, es Pentecostés, la fiesta en que los judíos celebraban la entrega de la Ley y de la Alianza y que Jesús convirtió en fiesta del Espíritu. Aquí se encuentra la causa que explica por qué los apóstoles, además de escribir profundas epístolas, se lanzaran a evangelizar al poderoso y corrompido Imperio Romano. Sus frutos fueron abundantes, como lo atestigua el racimo de comunidades cristianas que crearon en todas las grandes ciudades del Mediterráneo. La Iglesia que peregrina hoy en Europa y, por tanto, la que lo hace en España, tiene ante sí un reto no inferior: volver a anunciar, con  gozo, entusiasmo y convicción, que Jesucristo es su único Redentor y Salvador. Y que la Buena Noticia del Evangelio de Jesús es la linfa que puede volver a fecundar sus instituciones, sus expectativas y sus proyectos. Del Evangelio tomó Europa la luz y la fuerza para dignificar a toda persona humana, y para crear las universidades, las grandes catedrales y colegiatas, los escritorios que trasmitieron la cultura grecolatina, en una palabra: lo que la hizo grande y causó la admiración del mundo. Los cristianos de hoy, tan pobres y torpes como los pescadores Pedro y Juan, somos incapaces de esta sobrehumana tarea. Necesitamos un nuevo Pentecostés. Clamemos, pues, todos con fuerza: “¡Espíritu Santo ven, ven!”

 

 

Ascensión (Domingo 7 Pascua. 28. V. 2017) - Ciclo A

CUATRO MANDATOS Y UNA PROMESA

“Haced discípulos míos”

___________________El evangelio de hoy, día de la Ascensión, es extremadamente corto. “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”. Son cuatro mandatos a cual más exigentes: Id, haced discípulos, bautizad, enseñad. “Id” ¿A dónde? “Al mundo entero”. Pero no pensemos que nos manda ir a China, Nigeria o Guatemala. Ahí tienen que ir los que viven allí. También algunos de nosotros. Pero para la mayoría, nuestro “id” se concreta en algo tan próximo y cercano como la propia familia, el lugar donde trabajamos, el espacio y las personas con quienes nos divertimos, el sindicato y partido político en que militamos. ¡Nada de apoltronarse en la cómoda butaca del egoísmo individualista! Los cristianos nos hemos vuelto muy cómodos y muy miedosos y hemos desertado de algo que es tan necesario como respirar: hacer apostolado. Mejor, ser apóstoles. “Haced discípulos míos”. Esta es la gran cuestión y la gran tarea. No se trata de pedir la Primera Comunión o ir a Misa los domingos. Evidentemente, eso hay que hacerlo. Pero hacerse discípulo de Jesús es, ante todo, acoger su mensaje salvador, dejar que su Persona y mensaje moldeen nuestros modos de pensar y valorar a las personas, las cosas y los acontecimientos, afrontar la vida y la muerte como él, tener las preferencias que él tenía y, en particular, convivir con todos, acoger a todos, disculpar a todos, perdonar a todos y amar a todos, especialmente a los más  necesitados del alma y del cuerpo. “Bautizad”. Después de aceptarle por la fe y decidirse a ser discípulos suyos, es preciso recibir el Bautismo. Porque sólo así se renace a la vida de los hijos de Dios. Finalmente, “enseñadles a guardar lo que yo os he enseñado” y os enseña la Iglesia. Tarea imposible para nuestras fuerzas. Pero tarea realizable con su gracia y su ayuda. No nos faltará, porque ha prometido estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. ¿Puede haber tarea más consoladora y más apasionante?          

Domingo 6 de Pascua (21.V.2017) - Ciclo A

NO ESTAMOS HUÉRFANOS

“Volveré”

______________________Sigue la despedida de Jesús a sus discípulos en la Última Cena. Pero sus palabras son hoy, si cabe, todavía más íntimas y testamentarias: Me voy, pero “volveré”. Me voy, pero no “no os dejaré desamparados”. Me voy, pero no me desentenderé de vosotros, pues “pediré al Padre que os dé otro Consolador que esté siempre con vosotros”. Jesús conoce muy bien la debilidad de sus discípulos, su torpeza para comprender su mensaje, su incapacidad para cumplir la misión que les encomendará una vez que haya Resucitado y la sensación de orfandad y soledad que sentirán tras su muerte en la Cruz. Pero sabe que, en los planes de Dios, serán ellos, quienes, a pesar de todos los pesares, atestiguarán su Resurrección y su triunfo a lo largo y ancho de la tierra. No puede evitar la separación, porque dejaría incumplido el designio salvador del Padre que ha condicionado su glorificación a la humillación y a la muerte.  Pero hará cuanto esté en su mano para irse y quedarse, para separarse y volver a encontrarse. Incluso con una presencia más eficaz y consoladora. Esta nueva presencia será tan maravillosa que, además de la suya, incluirá la del Espíritu Santo y la del Padre. “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros”. Ese “otro Consolador” será el Espíritu Santo, fruto de su Cruz y de su Muerte. Él les hará entender hasta el fondo las experiencias y palabras que han compartido a lo largo de sus tres años de convivencia. Más aún, les capacitará para que sean testigos de ellas ante todos los hombres de todas las razas y lenguas. Gracias a la presencia y acción de ese “otro Consolador”, aceptarán sus mandatos, los cumplirán y le amarán. La consecuencia última será que les “amará mi Padre”. Ahora somos nosotros los destinatarios de este consolador mensaje, porque nosotros somos sus discípulos y testigos. Somos tan débiles e impotentes como los primeros. Pero no menos afortunados, porque hemos recibido el mismo Espíritu en el Bautismo y en la Confirmación. Con él, seguiremos anunciando la Persona, obra y  doctrina de Jesús en nuestros ambientes.                

Domingo 5 de Pascua (14.V.2017) - Ciclo A

AL ENCUENTRO CON JESÚS

Yo soy el Camino

____________________El evangelio de este domingo se resume en tres frases lapidarias. La primera es ésta: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”. Jesús sabe que, dentro de unas horas, sus discípulos le verán muerto en una cruz. Para ellos será un mazazo tan grande, que puede echar abajo toda su fe y esperanza. Como le quiere, les advierte: “no perdáis la calma”. Me voy pero volveré. Y, cuando vuelva, no vendré con las manos vacías sino con un inmenso regalo: el puesto que os he preparado junto a mi Padre. Tras esta frase lapidaria, una segunda: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Soy “el Camino”, porque quien quera llegar al Padre tiene que pasar por Mí. No en vano el Padre y Yo vivimos inseparablemente unidos y todo lo tenemos en común. Soy “la Verdad”, porque sólo por Mí se puede llegar al conocimiento del misterio de Dios, pues Yo soy el único que ha visto y ve al Padre. Yo soy “la Vida”, porque sólo por Mí se llega hasta la fuente de la Vida, que es el Padre. Como colofón, la tercera frase lapidaria: “Os lo aseguro: el que cree en Mí, también hará las obras que Yo hago, y aún mayores”. Si no la dijera él, la frase nos parecería una blasfemia. Pero él no miente, es la Verdad. ¿Cómo es posible que quien no puede hacer nada por sí mismo, a la vez pueda hacer obras tan grandes? La respuesta nos la ofrece a renglón seguido: “Porque todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Los apóstoles por sí mismos no pueden nada. Pero apoyados en la misión y el poder que Jesús les concede, harán cosas más grandes que él. Y así fue. Jesús limitó su ministerio casi exclusivamente a Palestina. Los apóstoles llegaron al mundo entero. ¡Qué consuelo, qué esperanza y qué confianza pensar que ahora nos dice a ti y a mí las mismas palabras! Porque tú y yo somos ahora sus discípulos. Un día vendrá a buscarnos y nos llevará para estar siempre con él. Mientras tanto, nuestra tarea es inmensa: sembrar el mundo entero con obras de verdad y amor y ayudar a todos a encontrarle y recorrerle como Camino que lleva al Padre.      

Domingo 4 de Pascua (7.V.2017) - Ciclo A

PASTORES Y LADRONES  

“Yo soy la puerta de las ovejas”

______________Puerta, ovejas, ladrón y pastor. Sobre estas cuatro palabras se articula el evangelio de este cuarto domingo de pascua, conocido también como “domingo del Buen Pastor”. Jesús se autoproclama y autodefine como la puerta del aprisco donde se encuentran las ovejas. El que quiera acceder a ellas, tiene que pasar por esa puerta. Es decir, quien quiere acercarse al pueblo para cuidarlo, guiarlo y alimentarlo tiene que presentarse como representante de Jesucristo. Tiene que ser enviado por Él y llevar sus mismas credenciales: su doctrina, su ejemplo, su amor y su entrega. Si viene por propia cuenta o con unas doctrinas, orientaciones y propuestas distintas y, mucho más, si son contrarias a las de Cristo es un ladrón. El ladrón, precisamente porque lo es, no entra por la puerta sino que salta la tapia y no lo hace a la luz del día y a la vista de todos sino de una forma subrepticia. Tiene motivos para obrar así: no viene a servir a las ovejas sino a aprovecharse de ellas, Pero Cristo no sólo es la puerta de acceso a las ovejas sino la puerta por la que éstas entran y salen. Las ovejas entran por la puerta cuando vuelven del campo para pasar la noche al resguardo de las inclemencias del tiempo y de los furtivos. Vienen buscando seguridad y refugio. Las ovejas usan también la puerta para salir de mañana detrás del pastor hacia los pastos y el agua. En otras palabras, las ovejas usan la puerta para ir detrás del alimento que les asegura la subsistencia, la vida. Eso es, precisamente, lo que hace Cristo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Él y solo Él ha dado la vida por las ovejas y las ha hecho suyas con el precio de su propia sangre. Él es, por eso, el único Salvador. No hay ningún otro. Nuestra cultura no habla ya de ovejas y pastores sino de ordenadores, móviles, y WhatsApp. Poco importa. Sigue entendiendo el mensaje y, sobre todo, la persona de Jesucristo. Diría más. La gente de hoy tiene una especial sensibilidad para conectar con esa Persona. Gran responsabilidad para nosotros, los pastores. Porque de nosotros esperan una palabra limpia y una vida alegre y convincente.        

Domingo 3 de Pascua (30.IV.2017)- Ciclo A

CAMINOS ACTUALES DE EMAÚS

“¿No ardía nuestro corazón?”

_________________Tarde de Resurrección. Dos discípulos de Jesús caminan de Jerusalén a Emaús, un pueblo a ocho kilómetros. Llevan el alma destrozada. Van comentando la noticia del día: la muerte y sepultura del que había sido su héroe. De pronto se les une un caminante y pregunta: ¿De qué habláis? ¿De qué podemos hablar que no sea de Jesús, profeta grande en obras y palabras, al que han dado muerte los jefes del pueblo? Él había dicho que resucitaría pero, ya ves, hace de esto tres días y no ha tenido lugar. Es verdad que unas mujeres han ido al sepulcro, lo han encontrado vacío y dicen que unos ángeles les han dicho que ha resucitado, pero a él no le han visto. Ya sabes, cosas de mujeres. Les escucha atentamente y deja que saquen a superficie lo que les oprime el alma. Cuando llega su turno, echa mano, de memoria, de los Profetas, Salmos y otros escritos de la Escritura y al final les dice: ¿No estaba dicho todo esto y que al tercer día resucitaría? Les habla con amor y con pasión. La mente y el corazón de los caminantes se va calentando sin que sean muy conscientes. Por fin, llegan a Emaús. Él les da el saludo de despedida y hace ademán de proseguir su camino. No, no, le dicen, porque ya es muy tarde. Quédate con nosotros. Ya en la mesa, bendice y parte el pan y se da a conocer: ¡Es Jesús, que ha Resucitado! Les deja con la palabra en la boca y desaparece. La presencia ha sido mínima, pero suficiente para devolverles la fe y el sentido de su vida. Me parece que los caminos del mundo, de la Iglesia, de nuestras parroquias, de nuestras casas, de nuestros lugares de trabajo y de diversión están abarrotados de caminantes de Emaús. Pero no está todo perdido. El Resucitado no se ha olvidado de ellos. ¡No puede hacerlo, porque ha dado la vida por ellos! Pero necesita que tú –madre de familia, amigo, esposa- y yo le hagamos presente en esos caminos. Lo haremos si le copiamos al pie de la letra: acercarnos, escuchar con atención, hablarles de Dios, poner en sus manos un Evangelio y ¿por qué no? invitarles a volver a la Iglesia y a la misa del domingo. Vale la pena, porque están tan hundidos y tan necesitados como aquéllos.           

Domingo 2 de Pascua (23.IV.2017) - Ciclo A

EL DOMINGO, PIEZA FUNDAMENTAL

“Paz a vosotros”

______________________Estamos en Jerusalén. Los discípulos de Jesús están en el Cenáculo con las puertas bien trancadas. No sólo porque está anocheciendo sino, sobre todo, porque tienen miedo a que los judíos hagan con ellos lo que han hecho con su Maestro. Si a Él, que hacía cosas maravillosas y realizaba milagros, le han matado, con ellos lo tienen más fácil. Su única defensa es meterse en casa, cerrar las puertas y llorar juntos su pena. Falta Tomás. De pronto, se presenta Jesús y se pone en medio de ellos. No viene a echarles una bronca, aunque la tienen sobradamente merecida, pues todos le dejaron solo cuando más les necesitaba. Jesús Resucitado no viene en plan de guerra. Por eso, su primer saludo es “la paz esté con vosotros”. Enseguida les muestra las señales de su Pasión: sus manos llagadas y su costado abierto. Ellos se llenan de tanta alegría, que el corazón no les cabe en el pecho. Nada más lógico, por ello, que cuando el Resucitado desaparece y llega Tomás, todos a una voz le griten: “¡Hemos visto a Jesús!”. Tomás se hace el interesante, el intelectual: “Si no veo la señal de los clavos y meto la mano en el costado, no creo”. Podría haberle costado cara su separación del grupo y su obstinación. Jesús prefirió darle una segunda oportunidad. A los  ocho días –tal día como hoy, segundo domingo de Pascua- vuelve el Resucitado, llama a Tomás, acepta sus condiciones y le enseña las manos y el costado. Pero Tomás no mete sus dedos ni su mano. Con humildad hace el acto de fe más grande que hay en el Evangelio: “Señor mío y Dios mío”. Jesús Resucitado se hace presente a los discípulos de hoy cuando nos reunimos en la Eucaristía de cada domingo. ¡Pobres de los que se ausentan de esta celebración! “Se arriesgan a perder la fe”, dijo san Juan Pablo II. Más aún, si persisten en su ausencia, no sólo se privarán de la paz y de la alegría que Jesús otorga incluso en los momentos duros de la vida, sino que tirarán la toalla y echarán por la borda su fe en Cristo y en la Iglesia. Recuperar la misa del domingo y recuperar la unión con los demás hermanos en la fe es imprescindible –aunque insuficiente-  para vivir hoy como cristianos.

Domingo de Resurrección (16.IV.2017) - Ciclo A

TRIUNFÓ LA VIDA

“Vio y creyó”

___________________________Los españoles celebramos como nadie la Semana Santa. Pero tenemos más preferencia por los Cristos yacentes que por los Cristos gloriosos. De hecho, no  hay comparación posible entre el número de imágenes del Crucificado y del Resucitado. Sin embargo, el fundamento de nuestra fe no es que Jesús murió sino que resucitó. La muerte de Cristo sin resurrección sería la de un derrotado, la de un vencido por sus enemigos, la de un impotente para librarse de algo tan horrendo. Gracias a la Resurrección, la muerte de Cristo es una victoria formidable: la victoria de quien, con su muerte, ha matado a la muerte. Lo que al fin ha triunfado no es el odio y la injusticia de los poderosos. Lo que ha triunfado ha sido el amor. El Padre, al resucitar a su Hijo del sepulcro, nos ha demostrado que ha aceptado la muerte de ese Hijo por nosotros y que esa muerte ha sido la muerte de quien salió fiador por nosotros para que Él perdonase nuestros pecados y nos devolviese la herencia que nos había  arrebatado la conducta irresponsable de nuestros  primeros padres Adán y Eva.  La Resurrección es, pues, el fruto multiplicado  del grano de trigo que, al caer en tierra y destruirse, germina en cosecha abundante. Sin la Resurrección, toda la enseñanza, todos los milagros y toda la vida bondadosa de Jesús se quedaría en un proyecto, todo lo bello que se quiera, pero, en el fondo, un proyecto fracasado. Tan fracasado, que nadie se habría hecho discípulo suyo. Lo entendieron muy bien los Apóstoles y la primera comunidad cristiana, cuyo mensaje originario y principal fue éste: “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras y resucitó según las Escrituras, aceptadlo, arrepentíos y recibid el Bautismo para que seáis salvados”. Así surgió la primera comunidad cristiana. Así surgieron luego todas las comunidades cristianas que fundaron los Apóstoles y las que vendrían a lo largo de los siglos. Y así tendrán que volver a surgir las nuevas comunidades cristianas que sean capaces de presentar a este mundo nuestro un mensaje tan atrayente, que valga la pena jugarse la vida por vivirlo y proclamarlo. ¡Feliz Pascua!

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (9.IV.2017) - Ciclo A

TÚ ERES ESE HOMBRE

“Dando un grito, expiró

___________________El rey David cometió un doble gravísimo pecado: adulteró con la mujer de Urías, su más valiente general, y mandó matar a éste para casarse con su esposa. El profeta Natán vino a su encuentro y le contó que en una ciudad había dos hombres: uno rico que tenía muchas ovejas y vacas y uno pobre que tenía sólo una oveja. Llegó un peregrino a casa del rico y no quiso coger una de sus ovejas para darle de comer sino la oveja del pobre. David montó en cólera y preguntó: ¿Dónde está ese hombre, para acabar con él? Natán le contestó: “Ese hombre eres tú”. Estos días, las calles y plazas de España se convierten en un inmenso templo en el que se dan cita los Cristos y Vírgenes de nuestras mejores escuelas de imaginería. Todas impresionan. Pero hay una que golpea incluso a quienes no son proclives al sentimiento: los Cristos yacentes de Gregorio Fernández. Contemplando esos ojos que miraron con tanta compasión a todos los necesitados, esas manos que no se cansaron de tocar todos los dolores humanos, esa figura otrora esbelta y ahora convertida en un guiñapo, uno no puede menos que preguntarse: ¿quién ha podido cometer tan infame villanía y un crimen para el que no existe calificativo en el diccionario? La voz resucitada de Natán se encara conmigo y contigo y nos dice: “Tú”. Sí. Yo y tú lo hemos hecho. Con el agravante de que nos quedamos tan frescos. No hacemos como David, que lloró y se arrepintió. Nosotros ni siquiera decimos que es un crimen. Hemos cambiado hasta las mismas palabras, para llenarlas de eufemismos, relativismos y posverdades. Pero “contra facta non sunt argumenta”, frente a los hechos no hay razones que los nieguen. Por fortuna, tú y yo no podemos deshacer lo que hemos hecho. Pero podemos agarrarnos a otro clavo ardiendo. Nuestros pecados no fueron la causa última de esos Cristos yacentes. Algo tan grande no podía ser fruto del odio sino del amor. Por eso, sin negar nuestra responsabilidad, Pablo nos da la clave para la esperanza: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Sí. Fue el amor de Jesús a ti y a mí el que le llevó a morir en la Cruz. ¡Ojalá que esto nos haga un David arrepentido!

Domingo 5 de Cuaresma (2.IV.2017) - Ciclo A

¿MUERTOS O DORMIDOS?

“Yo soy la resurrección”

____________________El evangelio de este domingo narra la resurrección de Lázaro de Betania. Allí vivían tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Jesús tenía una gran amistad con ellos. Un día enfermó gravemente Lázaro y a Marta le faltó tiempo para pasar aviso a Jesús, consciente que vendría a curarle. Jesús recibió la noticia pero siguió predicando. Por fin vino a Betania. Marta, hecha un mar de lágrimas, musitó: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús le replicó: “Tu hermano resucitará”. A lo que ella contestó: “Sí, el último día”. Jesús se refería a otra cosa. Le estaba diciendo que volvería enseguida a vivir. Y pidió que le llevaran donde estaba el cadáver. Al llegar al sepulcro, Jesús mandó quitar la losa. Pero Marta reaccionó: “No, ya huele. Lleva muerto cuatro días”. Jesús, después de repetirla que creyera, da una fuerte voz y grita: “Lázaro, sal fuera”. Y Lázaro volvió a la vida. Fue un milagro espectacular. Pero la Iglesia no lo lee hoy con ese registro sino en clave bautismal. Quiere dar, en efecto, la tercera y última catequesis sobre el Bautismo a los adultos que recibirán ese sacramento la próxima Noche de Pascua. Jesús volverá a repetir el milagro. Más aún, lo mejorará. Efectivamente, Lázaro resucito pero volvió a morir. El que se bautiza viene muerto, pues trae a cuestas el pecado original y los pecados personales que ha cometido a lo largo de su vida. Si se abriera en canal su alma, daría un olor mucho más fétido que Lázaro. Jesús –que es quien en realidad bautiza, a través del ministro- le devuelve la vida de la gracia y amistad con Dios. Un día, la vida biológica llegará a su término y morirá. Pero no de modo definitivo. Porque el Bautismo le ha hecho miembro de Cristo Resucitado. Le ha dado, por tanto, la prenda y la semilla de victoria sobre la muerte. También él resucitará. Pero no como Lázaro, sino como Jesús: para vivir para siempre. Los que creemos en Cristo y recibimos el Bautismo podemos decir, con verdad, que no nos morimos sino que nos dormimos por una temporada. Un día nos despertaremos para siempre. Por eso hemos sustituido necrópolis por cementerio, que significa dormitorio.