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LITURGIA DEL VATICANO II

ADVIENTO 3 - CICLO B. Proyecto de homilía

CRISTO, FUNDAMENTO DE LA ALEGRÍA CRISTIANA


 

1. Este tercer domingo de Adviento se llama ‘domingo gaudete’ o ‘domingo de estar alegres’, porque la alegría lo llena todo. De ella nos hablaba la primera lectura y, sobre todo, la segunda. La antífona de entrada -que hemos cambiado por el canto de entrada-, insiste en la misma idea: «estad siempre alegres, os lo repito: estad alegres». El estribillo del salmo responsorial, que recoge el canto del Magnificat de la Virgen, repetía una y otra vez: «se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» La oración colecta que acabamos de rezar pedía que Dios nos concediera celebrar la Navidad «con alegría desbordante».

 

2. Llama mucho la atención esta insistencia; y, sobre todo, que se eche mano de la primera y la segunda lectura para invitarnos a estar alegres, dadas las circunstancias en que fueron escritas.

La primera lectura, tomada del tercer Isaías, está escrita en un momento de gran desconsuelo. El pueblo acaba de regresar del destierro de Babilonia y eso le ha producido un inmenso gozo; pero se ha encontrado con la ciudad de Jerusalén completamente destruida. En medio de tanta desolación, el profeta se siente enviado a «dar una buena noticia a los que sufren» y prorrumpe en un gran canto de alegría: «desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios. Y proclama esta alegre  noticia: «como el suelo echa sus brotes y como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia ente todos los pueblos». Es decir, ahora estáis tristes, pero un día la alegría llenará toda la tierra.

 

Más llamativa es todavía la segunda lectura, tomada de la primera carta a los tesalonicenses. San Pablo había fundado aquella comunidad en medio de una fuerte persecución por parte de los judíos, hasta el punto de haber tenido que ausentarse, sin haber concluido la formación de aquellos cristianos. Varias veces había intentado volver, pero no le había sido posible. Estando en Corinto, Timoteo gira una visita a Tesalónica y, a la vuelta, comunica a Pablo la situación en que se encuentra. Ciertamente, no han sucumbido ante la persecución, pero un grupo más o menos numeroso piensa que es inminente la última venida del Señor –la Parusía-, y muchos más están desconcertados por la suerte que corren los difuntos. Pues bien, a pesar de su situación personal y de la comunidad, Pablo coge la pluma y les escribe: «estad siempre alegres».

 

3. ¿Por qué esta insistencia de la liturgia y de la Iglesia en que estemos alegres? La antífona de entrada nos da la clave: «el Señor está cerca». Tan cerca, que el Evangelio puede afirmar: «está en medio de vosotros». Quizás no lo sabemos, como los fariseos; pero el Señor está en medio de nosotros. Necesitamos saberlo y testificarlo. Porque la gente no sabe lo que es la «alegría»; aunque la busca afanosamente.

Nuestra sociedad, en efecto, presenta un estado de gran desencanto y desilusión en los jóvenes y adultos y que se manifiesta, por ejemplo, en la tragedia del aborto, las desavenencias y rupturas matrimoniales, la droga, el alcoholismo, la violencia doméstica, el paro, la imposibilidad de pagar la hipoteca o llegar a final de mes y tantas y tantas cosas más.

Todo este desencanto crea tristeza, malestar, ansiedad, depresiones y angustias. Es decir, el polo opuesto a la alegría. ‘El hombre moderno, que ha centrado toda su felicidad egoísta en triunfar, tener, gastar y disfrutar, es víctima de su propio invento: la sociedad del bienestar y del consumo. Una sociedad inmensamente triste, como reconocen todos los analistas y reconocemos todos.

 

4. Por eso, hoy, más que nunca, los cristianos hemos de tomarnos en serio el mensaje de este domingo: «estad alegres; sí, os lo repito: estad alegres»; pues sólo si estamos alegres podremos dar un testimonio personal y comunitario de alegría a nuestro mundo, que tanto la necesita. Pero hemos de apoyarla en su verdadero fundamento

Nuestra alegría no procede de que en la vida todo nos salga redondo; porque también experimentamos el dolor en todas sus vertientes; o de que tengamos resuelta la vida, porque tantas veces no la tenemos resuelta; o porque cerremos los ojos a tantas desgracias como hay en el mundo; porque hemos de tenerlos bien abiertos. No. Nuestra alegría se fundamenta en Jesucristo, que está presente en medio de nosotros, nos quiere, nos perdona y nos ayuda.

Santa Teresa de Jesús supo decirlo con galanura: «Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta». Que nosotros podemos parafrasear así: «Quien a Dios no tiene, nada le basta, todo le falta». El que no fundamenta en Dios su alegría, está condenado a la tristeza y a la angustia.

Me decía un misionero que ha vivido muchos años en China, que ese país es inmensamente triste. Y, cuando yo le pregunté el motivo, me contestó: «viven bajo la angustia de la superstición y del miedo». Como no saben que Dios es su padre y que les ama, viven bajo la espada de Damocles del miedo y de la angustia; lógicamente, están tristes». Parece que su diagnóstico es acertada, porque Japón –que es una de las naciones más desarrolladas y ricas del mundo, pero donde apenas ha entrado el cristianismo- es la que arroja mayor número de suicidios de jóvenes. ¡Sí, de jóvenes, que se quitan la vida porque no quieren seguir viviendo!

 

Pero no hace falta ir tan lejos: todos nosotros somos testigos de gente que lo tiene todo y vive amargada; y, al revés, que les faltan muchas cosas, pero viven felices. ¿Razón? Los unos no han descubierto que Dios ha venido a nuestra tierra para salvarnos y hacernos felices en este mundo –con la felicidad relativa que aquí es posible- y para hacernos plenamente felices cuando lleguemos a la Patria del Cielo.

«El Señor está cerca»; más aún: está entre nosotros». Está aquí, en esta comunidad, pues donde dos o más están congregados en su nombres, él está en medio de ellos», está presente en la Palabra proclamada, pues cuando se leen las Escrituras en la Iglesia, es Cristo mismo quien anuncia su evangelio; está presente en cada hombre y en cada acontecimiento; está presente en la Iglesia, pues él es su Cabeza; está presente en los sacramentos, pues cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza, y cuando alguien perdona es Cristo quien perdona; está presente –de modo cualificado y eminente- en la Eucaristía, pues ella es la presencia sacramental de Jesucristo.

 

5. Dentro de unos momentos, diremos los sacerdotes: esto es mi Cuerpo, está es mi Sangre; es decir: este soy Yo. Y se hará presente el mismo Jesucristo en persona. Luego, cuando comulguéis, os diremos: «el Cuerpo de Cristo», y responderéis: «Amén», es decir: así es, así lo creo.

Que sepamos reconocer a Jesucristo ahora, que sepamos encontrar en él la causa de nuestra alegría y que salgamos de aquí con la ilusión de comunicar nuestra alegría a todas las personas que encontremos durante esta semana.                    

 

 

     

     

DOMINGO 3 DE ADVIENTO - CICLO B

FISCALES Y ACUSADOS

«Está entre vosotros y no le conocéis»

Juan el Bautista se lleva a la gente de calle. Vienen a él de toda Judea y de Jerusalén. Su mensaje suena como un látigo: «Arrepentios de vuestros pecados, bautizaos y cambiad de vida». Intrigados por su personalidad, los jefes religiosos del pueblo le envían algunos emisarios para conocer quién es este profeta tan popular. No se andan con rodeos y preguntan abiertamente: «Tú ¿quién eres?» Juan es un hombre sincero y humilde, y tampoco se va por las ramas: «Yo no soy el Mesías. Yo no soy Elías, resucitado. Ni el Profeta, Moisés» Los emisarios le acosan. «Entonces ¿por qué bautizas?» La pregunta es lógica, porque la tradición judía atribuía a los precursores mesiánicos la función de dar al pueblo un bautismo de purificación, previo a la aparición del Mesías. Juan sigue sin escabullirse: «Yo os bautizo con agua. Pero en medio de vosotros está uno que es más grande que yo, al que vosotros no conocéis y del cual yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia». «Desatar la correa de la sandalia» era función de esclavos. Juan se considera esclavo de Jesús. ¡Jesús es el Señor! ¡Jesús es el Mesías!  Él es un mero testigo de ello. Y de que ya ha venido, aunque ellos lo ignoren, aunque deberían saberlo por su lectura de las Escrituras. Han venido como fiscales y Juan los ha convertido en reos. Luego añade con entusiasmo: Yo soy la voz que anuncia al Mesías y prepara los caminos del corazón humano para que pueda reconocerlo en medio de tanta baraúnda de signos y contrasignos. ¡Preparadle vosotros el camino para que llegue hasta vuestra vida y la cambie! Qué ejemplo para nosotros, cristianos, que nos encontramos en medio de tanta gente que pregunta por Jesús, aunque tantas veces no sea consciente de ello Deberíamos tener la franqueza y humildad de Juan para decirles: «Yo he encontrado a Jesús. Yo puedo asegurar que no me ha defraudado en mi trabajo, en mi matrimonio, en mis relaciones sociales, en mi fuerza para encarar la vida. Haced vosotros la experiencia, y veréis como no os engaño»  

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

LA INMACULADA

(ideas para la homilía y la reflexión personal)

 

1.      La primera lectura daba cuenta de la tragedia acontecida en el Paraíso: nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y arruinaron a todos sus hijos, privándoles de la gran herencia que debían haberles trasmitido.

  1. Pero Dios, que había predestinado al hombre a ser hijo suyo en Cristo (2º lectura), no lo abandonó a su suerte y le dejó hundido en su miseria. Al contrario, ya en el momento de la caída, le promete salvarlo, mediante la victoria sobre el demonio; victoria que llevaría a cabo «la descendencia» de la mujer. A estas alturas de la historia de la salvación, sabemos que esa victoria «ya» ha tenido lugar, gracias a la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
  2. De esa victoria participamos todos nosotros, gracias al Bautismo (que destruye la obra del primer Adán, aunque no las secuelas de aquella violación del plan de Dios). El Bautismo, hace realidad nuestra predestinación a ser hijos de Dios. Sin embargo, esta victoria en Jesucristo «todavía no» es plena ni irrevocable, por parte nuestra. Ya que con mucha frecuencia somos vencidos por el demonio. Por ejemplo: destruimos la vida no nacida, no cuidamos de nuestros padres mayores, dejamos “tirados” a los parados-divorciados-y necesitados del cuerpo y del alma, tenemos rencor y odio a quienes nos tratan mal, no sabemos convivir en paz y armonía con los que no piensan como nosotros. Y tantas cosas más.
  3. Pero tenemos la certeza de que esta victoria será perfecta e irrevocable un día: cuando Dios nos lleve al Cielo (¡eso esperamos!)
  4. María Inmaculada es la garante de esta esperanza. Porque Ella es, a la vez, realidad, anticipo-prenda y garantía de esa victoria plena y definitiva.
    1. Realidad: porque Ella nunca fue vencida por el demonio; ni siquiera un instante, sino que en ya en su Concepción es Purísima, limpísima y llena de gracia.
    2. Anticipo: porque Ella, aunque sea el miembro más eminente de la Iglesia, no deja de ser miembro. Por tanto, si en Ella ya se ha verificado la victoria, también se verificará en los demás miembros.
    3. Garantía: Ella es ‘imagen’ de la Iglesia; es decir: La Iglesia será un día limpia e inmaculada como lo es ya la Purísima.
  5. Situada en el corazón del Adviento, la Inmaculada es: la certeza de que la Navidad es segura y está próxima; y, a la vez, el modelo para prepararnos a recibir al Mesías, que Ella nos entrega. Recibir el sacramento de la Penitencia para limpiarnos de nuestros pecados actuales es el mejor modo de celebrar en verdad la Inmaculada y la mejor preparación para recibir al Redentor, en ya próxima Navidad.

 

 

DOMINGO 2 DE ADVIENTO - CICLO B

¿QUIÉN ES REALMENTE TU DIOS?

«Preparadle el camino al Señor»


 

Todos los hombres y mujeres tendemos a alejarnos de Dios y trocar en diosecillos los bienes materiales, la salud, la profesión, el placer, el poder y tantas cosas.  Los hombres y mujeres a los que se dirige Juan no son una excepción. Juan es muy consciente de ello y de que, como Precursor del Mesías, debe prepararle el camino, llamando a sus oyentes a cambiar de conducta. Y lo hace con toda fuerza. De sus labios salen preguntas tan incisivas como éstas: ¿Quién es realmente tu Dios? ¿Qué es lo que realmente está en el centro de tu vida? ¿Qué quieres alcanzar en la vida? ¿En qué empleas tus energías y tu tiempo? La predicación de Juan tuvo un eco tan formidable, que su eco llegó a todas las montañas de Judea y a los alrededores de Jerusalén. La gente venía a escucharle, hacía suya la invitación a cambiar de su vida y deseaba prepararse a recibir al Mesías. Más aún, todo el mundo se reconocía pecador y pedía a Juan que les bautizara. Hacerse bautizar expresa que uno es impuro y quiere ser purificado. Juan bautizó tanto, que ha pasado a la historia como «el Bautista», el bautizador. Pero Juan conocía bien cuál era su misión y hasta donde llegaban sus posibilidades. Su  bautismo no podía purificar verdaderamente, porque el agua es incapaz de limpiar los pecados. Se necesita agua y Espíritu Santo, que él no tiene. Lo tiene el que viene detrás. Por eso, desde la más radical humildad y verdad dice a sus oyentes: «Yo os bautizo con agua, pero Él (el Mesías) os bautizará con el Espíritu Santo». La obra de Juan tuvo lugar hace dos mil años, pero no ha perdido actualidad. Si nosotros queremos encontrar al Señor, también necesitamos convertirnos, confesar nuestros pecados, ser reconciliados por un sacerdote y reordenar nuestra vida. Porque, aunque hayamos recibido ya el bautismo de agua y del Espíritu, ¿quién se atrevería a decir que está completamente limpio, que no necesita confesarse, que su vida va por donde debe ir? El que lleve meses o años sin confesarse, que no  se engañe: si de verdad quiere prepararse a recibir a Jesús, que vaya a un sacerdote, confiese sus culpas, se reconcilie y reemprenda una nueva vida.

DOMINGO 1 DE ADVIENTO - Ciclo B

¡VEN, SEÑOR JESÚS!

No sabéis el día ni la hora 


Hoy comienza el Año Cristiano y el tiempo de Adviento. Por eso sorprende que el evangelio hable del final del mundo y de la necesidad de estar preparados para aquel momento trascendental. ¿No es Adviento el tiempo que prepara la venida del Mesías? Por otra parte, ¿el Mesías no vino ya hace dos mil años? La Iglesia ha resuelto esta dificultad con gran verdad y profundidad. No ha optado por el recurso psicológico de prepararse a recibir a Jesucristo «como si» no hubiera venido, sino que ha hecho una opción profundamente teológica: el Mesías –Jesucristo- «ya» ha venido, «ya» ha muerto, «ya» ha resucitado. Más aún, ha venido, muerto y resucitado «en cumplimiento de las Escrituras». Lo que estaba anunciado y profetizado se ha cumplido. Ver esto «como si»  no hubiera ocurrido, privaría a Jesucristo de ser el enviado por el Padre para salvarnos y a nosotros nos llevaría a una situación de «no salvados». Y eso ni siquiera es admisible en nuestra imaginación. ¡Jesucristo «ya» ha venido. Nosotros «ya» hemos sido salvados por Él! Pero Él «todavía no» ha venido del todo y nosotros «todavía no» estamos salvados del todo. Lo uno y lo otro acontecerá al final de los siglos. En ese momento, Jesucristo vendrá «del todo» y será fácticamente el «Señor» de la creación, de la historia y de la vida de cada uno. Precisamente, porque «todavía no» estamos salvados del todo y podemos perdernos con nuestra irresponsabilidad, necesitamos gritar desde lo más hondo de nuestra alma: «¡Ven, Señor, a salvarnos. Ven, Señor, ven Salvador»! No podemos lanzar ese grito a nada ni a nadie más. Porque nuestra salvación –y la salvación del mundo- no está en un partido político, ni una institución económica o cultural, ni en el poderío de una nación. ¡¡El único Salvador es Jesucristo!! Viendo nuestra impotencia y nuestra pobreza hemos de sentir la urgencia de gritarle: «Jesús: necesito que sigas viniendo a mi vida, para que no me duerma en el vicio, en la soberbia engreída, en la indolencia. Este es el sentido profundo del Adviento actual que hoy empieza. Ojalá repitamos una y otra vez: «¡Ven, Señor, y no tardes. Ven a salvarnos!».   

 

D.O. 34 - A. CRISTO REY DEL UNIVERSO

VALE LA PENA AYUDAR A JESUCRISTO


 

 

El evangelio de hoy, solemnidad de Cristo Rey, cierra los domingos del año litúrgico. Es un símbolo y un adelanto de lo que realmente acontecerá el último domingo de la historia humana: el fin del mundo, cuando Jesucristo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Todos los pueblos y todos los hombres sin excepción responderán ante Él de sus acciones. Realizará un juicio y dictará sentencia definitiva, ante la cual no caben recursos. El criterio para esa sentencia lo ha establecido Él mismo. Es igual para todos; sin ninguna diferencia de posición social, rango, sexo, raza o edad. El criterio es éste: el que haya ayudado a Jesús en una situación de necesidad será aprobado; el que lo haya dejado en situación de necesidad, será condenado. La ayuda, o la omisión de ayuda, deciden el valor o sin valor de cada existencia. En el Juicio final todos quedan sorprendidos por el criterio establecido, pues todos le preguntarán dónde le han encontrado necesitado y dónde le han ayudado o dejado de ayudar. Jesús responderá que se encuentra en cada persona que está necesitada: el que tiene hambre o sed, el que está enfermo o triste, el que no tiene cultura y tantas cosas.  Jesús aduce algunos ejemplos, sin querer ofrecer un elenco exhaustivo: tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo y en la cárcel. Hay muchas más necesidades. Para remediarlas, no pide imposibles ni cosas dificilísimas. No dice «Yo estaba enfermo y vosotros me habéis curado; Yo estaba prisionero y vosotros me habéis liberado» Porque la curación y la liberación sobrepasan con frecuencia nuestras posibilidades. Además, para ayudar y compartir no es necesario ser rico ni tener muchas capacidades: basta un corazón abierto y compasivo. Muchas y muy diversas son las necesidades actuales ante las que nos encontramos cada día: materiales, corporales, psíquicas, espirituales. No olvidemos que detrás de cada persona que las sufre está Jesucristo mismo. Si tratamos de ayudar, ayudamos a Jesús. Si miramos para otro lado, damos la espalda a Jesús. El día del Juicio Él nos recordará lo uno y lo otro.     

D.O. 33 - A

VIDAS APROVECHADAS Y ESTÉRILES

«Entra al banquete de su Señor»


 

¿Por qué tanta gente destroza su juventud, su matrimonio, sus creencias, su conciencia? ¿Por qué, en cambio, hay personas cuya vida es maravillosa por su entrega a los hijos, por la honradez en sus negocios, por el aprovechamiento del tiempo, por las obras sociales y de caridad que realiza en servicio del prójimo? La respuesta está en el evangelio de hoy: porque muchos hombres y mujeres explotan las cualidades físicas, intelectuales y morales que han recibido de Dios como Él quiere; mientras que otros las emplean en alimentar su egoísmo y su comodidad. El abundante hambre que existe en el mundo, no se debe a que no haya recursos; sino a que sobra egoísmo y explotación de los demás. Hay tanta injusticia y tanta corrupción en todos los estamentos y niveles porque, sabiéndolo, todos nos encogemos de hombros. Las televisiones insultan a la religión católica porque, entre otros motivos, saben que los católicos ven esos programas, en vez de boicotearlos. Y así sucesivamente. No echemos las culpas a Dios de los males y carencias de nuestro mundo, como el siervo holgazán del evangelio de hoy, que quería cargar su holgazanería en la cuenta de su amo. Dios no tiene la culpa de que nosotros matemos a los niños no nacidos y luego haya tantas depresiones y suicidios; o  que promovamos la plaga del divorcio y después nos encontremos con toneladas de odio, maltrato, violencia y fracasos educativos; o que promovamos la cultura del placer y del hedonismo en los jóvenes y terminemos viéndoles consumir quintales de droga. La responsabilidad del hambre, de la corrupción, de las enormes desigualdades, de los abusos financieros, de tanta gente destrozada es nuestra. ¡Qué pena pasar la vida arando en el mar! ¡Qué maravilla, en cambio, darse a los demás por amor a Dios y emplear el talento, el tiempo y el dinero en hacer universidades, colegios, hospitales, fábricas, comercios, residencias de ancianos, centros de investigación médica, obras sociales de todo tipo, etcétera. Todavía estamos a tiempo de desenterrar los talentos y ponerse a trabajar en serio para servir a los demás.     

 

MISA DOMINICAL

MISA DOMINICAL

 

Sumario. 1. Primeros testimonios. 2. La descripción de san Justino. 3. La misa dominical durante el medievo y el periodo de la contrarreforma. 4. Los postulados del Vaticano II. 5. La misa dominical en un contexto de nueva evangelización. 6. Obligatoriedad de la misa dominical. 

 


 

 

1. Primeros testimonios. La primera descripción completa de la Eucaristía dominical se encuentra en la Apología I de san Justino (ca. 150). Pero existen testimonios que nos retrotraen a la misma época apostólica y, sin dejar de ser parcos en detalles, atestiguan un dato fundamental: la Eucaristía está tan vinculada con la celebración del domingo, que la primera finalidad al crearse esta institución fue que la comunidad pudiera reunirse en torno al altar del Señor. Los Apóstoles, al instituir el domingo en Jerusalén poco después de Pentecostés, no tuvieron más que seguir la enseñanza del Maestro, que había querido señalar «el primer día de la semana» judía, resucitando de entre los muertos y presentándose a ellos estando primero ausente y luego presente Tomás ( ). Debió resultarles normal reunirse ese día para hablar de su Señor, orar en su nombre y celebrar mediante la Eucaristía el misterio del cual ellos eran testigos. Por eso, detrás del primer sumario de Lucas sobre la vida de la primera comunidad jerosolimitana, en el que «la fracción del pan» ocupa un puesto cuando menos importante, hay que ver en él la praxis de esa comunidad desde los primeros momentos y descubrir la celebración eucarística dominical, aunque no la mencione expresamente. La «fracción del pan» reunía la comunidad cada día, especialmente el domingo, en torno al Resucitado; y lo hacía con tanta eficacia que les impulsaba a la comunión espontánea de bienes y a la asunción como propias de las necesidades de los demás. 

El mismo san Lucas, cuando describe la despedida de Pablo de la comunidad de Tróade después de la Pascua del 57/58, señala con toda intencionalidad una serie de detalles que ponen de relieve tanto que se trata de la celebración de la Eucaristía dominical como la importancia que la misma tiene en esta ocasión (cf. Hch 20, 7-20). La narración de Lucas da por descontado que la celebración dominical no es algo insólito sino que forma parte de la praxis habitual de esta comunidad, puesto que no se siente obligado a dar ningún tipo de justificación.

Por otra parte, algunos años antes Pablo manda a los fieles de Corinto que realicen cada domingo una colecta a favor de la comunidad de Jerusalén (1 Co 16, 1-2), que se encuentra en una situación crítica. Aunque el texto no hace ninguna alusión a que la colecta tenga lugar durante la celebración de la Eucaristía, los exégetas se inclinan a pensar que a ella se alude de modo implícito; más aún, dan como muy verosímil que la colecta definitiva se recogió en una celebración eucarística dominical.

Unos decenios más tarde, la Didaké deja constancia de que los cristianos se reúnen cada domingo para celebrar la Eucaristía y de la importancia que ella tiene para la vida de la comunidad, puesto que todos se reúnen en un mismo lugar, todos se reconcilian entre sí de sus posibles faltas de fraternidad, todos experimentan la presencia viva del Resucitado y todos encuentran en aquella reunión eucarística la fuerza para reforzar sus vínculos fraternales y su testimonio cristiano (cf. cap. 14).

  Cuando enseguida san Juan escriba el Apocalipsis (cf. Ap 2, 7; 2, 17; 3,20; 22, 2) la situación está tan consolidada, que se siente obligado a situar las revelaciones al vidente de Patmos en el domingo. La expresión «en el día del Señor» es una alusión clara a la «cena del Señor», es decir, a la Eucaristía. Esta impresión se confirma con la lectura del informe que Plinio envía al Emperador Trajano unos años después, dándole cuenta de que los cristianos de Bitinia se reúnen el domingo para cantar cantos a Cristo (Ep. X, 96,7). A ello hay que añadir que, según parece, el domingo fue la única celebración cristiana hasta bien entrado el siglo II y, dentro de él, la celebración de la Eucaristía. La misma celebración de la Pascual anual se inscribe en la misma línea, dado que su más primitiva celebración consistió en la celebración de la Eucaristía. Sólo en un segundo momento se le añadieron la liturgia de la Palabra y la liturgia bautismal; el lucernario es muy posterior.

2. La descripción de san Justino. San Justino nos ha dejado un relato muy completo sobre la celebración de la Eucaristía dominical en la comunidad de la Iglesia de Roma; la cual no debía ser muy diferente de la que celebraban las demás comunidades, que el santo conocía por su origen oriental y sus viajes hacia la capital del Imperio. Según él, semana tras semana, la comunidad se reunía en un determinado lugar –de ordinario la casa de un cristiano- y allí participaba en la Eucaristía que presidía el obispo. Esta Eucaristía llevaba consigo la proclamación de la Palabra de Dios de ambos Testamentos, la homilía del que presidía, la preparación de los dones-consagración-comunión por los presentes y los ausentes, y la colecta para subvenir a las necesidades asistenciales de la comunidad y de los transeúntes (Ap I, 67; cf. Ap I, 65). Aunque el domingo era un día de trabajo y no era preceptiva la participación en la Eucaristía, los cristianos se sentían impelidos a tomar parte en ella antes de ir al trabajo –«antes del amanecer»- para encontrarse con los hermanos y con el Resucitado. La comunidad cristiana encontraba en esta participación la fuerza para dar aquel testimonio de coherencia, unidad y santidad que tanto llamaron la atención de los paganos; un testimonio que se llegaba hasta la propia familia, el trabajo y las diversas situaciones de la vida, a pesar de las incomprensiones y persecuciones, incluso de tipo martirial.

3. La misa dominical durante el medievo y el periodo de la contrarreforma. Este estado de cosas se mantuvo sustancialmente invariable durante los tres primeros siglos. Sin embargo, la entrada en la Iglesia de masas no suficientemente evangelizadas y convertidas, dio lugar a una inflexión respecto a la presencia y participación, que se fue ahondando con el paso de los siglos.

Eso explica que los Pastores se viesen obligados a urgir moralmente la misa dominical; primero en términos más pastorales y luego más disciplinares. Así se  fueron sentando las bases doctrinales para la legislación canónica posterior, que imponía bajo pecado grave la participación en la misa del domingo.

Por otra parte, las leyes civiles comienzan a prohibir ciertos trabajos, especialmente los de los siervos y los Padres tratan de justificar teológicamente el descanso, en cuanto favorece la participación en el culto y contribuye a incrementar el sentido festivo y alegre del domingo, así como el equilibrio físico y psíquico de la persona.

Esta situación se consolida a lo largo de la Edad Media, pero con una creciente tendencia a una mera presencia en la Eucaristía sin apenas participar en ella. De hecho, no pasa mucho tiempo en que los Pastores insten a comulgar al menos tres veces al año: Navidad, Pascua y Pentecostés. La respuesta de los fieles no fue satisfactoria, pues el cuarto concilio de Letrán (a.1215) se vio urgido a legislar bajo pecado grave la obligatoriedad de la comunión pascual para los que habían alcanzado la edad de la discreción.

Por otra parte, la pervivencia del latín y la no inclusión de las lenguas romances del pueblo en la liturgia, así como la complicación de los ritos, la clericalización de la liturgia, la decadencia de la predicación homilética y otros factores se aliaron para dar como resultado final que el pueblo se apartase cada más de la comunión eucarística del domingo y que su presencia en la misa estuviese mucho más próxima al «estar en» que al «participar en» la Eucaristía. Al final de la Edad Media el mismo domingo ya no era considerado como el día por antonomasia en el que el Resucitado convocaba a su comunidad a la doble mesa de la Palabra y del Pan, sino que era visto como un día más o menos devocional, que cedía a otras celebraciones. En este contexto fue posible también que la misa votiva de la Santísima Trinidad suplantase con harta frecuencia a la misa dominical.

4. Los postulados del Vaticano II. Hubo algunos intentos de reforma e incluso alguna reforma, como la de san Pío X, que recuperó el domingo como día primordial cristiano y la misa comunitaria como el momento álgido de su celebración. Pero continuó en buena medida la situación heredada, puesto que el Vaticano II tuvo que insistir en que la misa de los domingos no podía seguir siendo para los fieles los fieles una realidad en la que ellos estaban extraños y mudos espectadores, sino como algo que reclamaba su participación consciente, piadosa y activa (cf. SC 48). No dejan de halagar a cualquier oído escuchar de un concilio ecuménico estas palabras: «La iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón ‘el día del Señor’ o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo d entre los muertos (1 P 1,3). Por eso, el domingo es la fiesta primordial [...] No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean sumamente importantes, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» (SC106). Con ello, el Vaticano II remitía a la Iglesia a sus fuentes y sentaba las bases teológico-litúrgicas para la recuperación de la misa dominical.

Entre las bases más firmes para esta recuperación están la inclusión de la lengua vernácula –requisito previo para una participación consciente del pueblo-; una más abundante y selecta presencia de la Sagrada Escritura, de modo que los fieles tengan acceso en pocos años a las partes más importantes de ambos Testamentos; la obligatoriedad de la homilía; la recuperación de la oración de los fieles; la comunión sacramental dentro de la misa como la forma más perfecta de participar en la Eucaristía; el fomento de la formación catequético-litúrgica de los pastores y de los fieles; y la afirmación categórica de que sin Eucaristía no hay domingo. 

5. La misa dominical en un contexto de nueva evangelización. Estas orientaciones encontraron eco en los documentos magisteriales de la Sede Apostólica y de los diversos Episcopados del mundo, entre ellos, el español. Entre los múltiples textos del Magisterio anteriores a Juan Pablo II hay que destacar la instrucción Eucharisticum Mysterium [25.5.1967: AAS 59 (1967) 539-573], cuya enseñanza puede sintetizarse en los puntos siguientes: 1º. La Misa dominical es la que mejor manifiesta que la celebración de la Eucaristía anuncia siempre la muerte y la resurrección del Señor, en la esperanza de su gloriosa venida (n. 25); 2º. La formación cristiana debe inculcar a los fieles, ya desde el principio, que la Eucaristía del domingo es el núcleo de ese día (n.25); 3º El sentido de la comunidad eclesial se nutre y expresa de un modo especial en la  celebración comunitaria de la misa dominical, tanto en la torno al obispo –sobre todo en la catedral-, como en la asamblea parroquial,-cuyo pastor hace las veces del obispo (n. 26); 4º. Es preciso coordinar adecuadamente con la parroquia las celebraciones de la Eucaristía que tienen lugar los domingos en las diversas iglesias y oratorios, de manera que no se multipliquen indebidamente o dificulten la acción pastoral. 5º. La misa parroquial del domingo ha de ser potenciada. Por ello, conviene que participen en ella las pequeñas comunidades de religiosos no clericales y otras del mismo tipo, sobre todo si desarrollan su actividad en el ámbito de la parroquia (n. 26); de modo que las misas con grupos particulares se celebren, dentro de lo posible, los días laborables» (n. 27).

Sin embargo, ha sido Juan Pablo II quien ha situado la misa dominical en el contexto de la nueva evangelización y ha puesto de relieve su absoluta importancia en la reconstrucción del nuevo tejido eclesial y en la revitalización de las comunidades parroquiales. El documento más emblemático es la carta Dies Domini (31.V.1998); aunque son los documentos publicados con motivo del Jubileo del año dos mil los que mejor aclaran la relación entre Eucaristía dominical y nueva evangelización.

La Dies Domini subraya que en la Eucaristía dominical los cristianos de hoy reviven, de manera particularmente intensa, la experiencia que tuvieron los Apóstoles cuando el Resucitado se les manifestó (n.33) y la comunidad cristiana actual encuentra su lugar privilegiado de unidad (n.36), se abre a la comunión con la Iglesia universal (n.34) y se proyecta a la misión (n.45), de modo que quienes «cada domingo son convocados para vivir y confesar la presencia del Resucitado, están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana» (n.45).

Sin embargo, es en la carta Novo Millennio ineunte donde aparece con especial fuerza y solemnidad la importancia evangelizadora que conlleva la Eucaristía dominical. «No sabemos –dice Juan Pablo II- qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación “lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo” (DD 2)» (NMI 35). La Pascual semanal, es decir, la Eucaristía dominical se convierte así en el eje de toda actividad parroquial y en el centro propulsor de toda la evangelización y pone de manifiesto que la Eucaristía es la fuente y cumbre de toda evangelización» (PO 5). Consecuentemente es el centro del ministerio del obispo (Pastores gregis 36) y del presbítero y no exsite ninguna actividad parroquial es tan vital e importante para la comunidad parroquial (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos de EEUU, 17.3.1998; cf. PO 5). El reto de testimoniar en condiciones de soledad y dificultad, plantea a la nueva evangelización la necesidad de subrayar los aspectos específicos de la identidad cristiana, «uno de los cuales es la participación eucarística de cada domingo» (NMI 36).

Por otra parte, la Eucaristía dominical, reuniendo semanalmente a los cristianos como familia entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, se convierte en el antídoto natural frente a la dispersión y desempeña el papel de sacramento de unidad.

La Eucaristía dominical se convierte así en el momento estelar del ministerio de todo pastor de almas. De ahí la necesidad imperiosa de preparar hasta el mínimo detalle, primando la proclamación de la Palabra, la homilía y la Plegaria eucarística. Tiene también mucha importancia la correcta selección y ejecución de los cantos, y el entorno y ritmo celebrativos, que han de estar cargados de unción y sacralidad.       

6. Obligatoriedad de la misa dominical. Para los cristianos de los primeros siglos, dejar de participar en la celebración eucarística del domingo era un contrasentido; más aún, la ausencia injustificada y habitual equivalía a romper la comunión con la Iglesia, a autoexcomulgarse. Eso explica que durante al principio no se considerase necesario prescribirla, aunque los Pastores no dejaban de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica (Didascalia II, 59, 2-3).

 Ahora bien, como la pereza espiritual es inherente a la naturaleza humana, es lógico que hubiera cristianos tibios e indolentes desde los orígenes. Esta indolencia se acrecentó no poco después de la paz constantiniana, debido a la menor exigencia para ser acogido en la Iglesia y a las conversiones menos profundas, fruto de su masificación; aunque tal estado de cosas se había iniciado, cuando menos, desde mediados del siglo tercero, a juzgar por el modo con el que la Didascalia de los Apóstoles (ca. 240) urge la misa: «¿Qué excusa presentará a Dios quien, anteponiendo sus intereses particulares, no acude el domingo a nutrirse de la Palabra que salva y del alimento divino que permanece» (Didascalia, 2,59, 3); o el concilio de Elvira (ca. 305) sanciona moralmente a los que se ausentan de ella: «Si alguno, encontrándose en la ciudad, deja de acudir a la Iglesia durante tres domingos, sea privado durante algún tiempo de la comunión para que se vea que ha de enmendarse» (c. 21). Las homilías de los Padres del siglo IV se lamentan frecuentemente de la indolencia de muchos cristianos que dejan la misa dominical por dedicarse a los negocios, o acudir al circo y al teatro, a la vez que insisten en el peligro de condenación al que se expone el que falta voluntaria y reiteradamente. Poco a poco se afianza la idea de la obligación moral de participar en la Misa dominical, y no tarda en concluirse que esta obligación es grave. A principios del siglo VI, el concilio de Agde (a.506) promulgó la primera ley sobre la obligación grave de participar en la Eucaristía del domingo. A él se uniría el de Orleáns (a.511), los cuales, junto con los Statuta Ecclesiae Antiqua, se convertirían en la base jurídica de la disciplina posterior hasta nuestros días.

La llamada de los Pastores encontró una adhesión desigual según épocas y situaciones. A veces, la respuesta ha supuesto un acto de verdadero heroísmo tanto por parte de los sacerdotes como de los fieles; pues han debido desafiar la restricción o anulación de la libertad religiosa tanto en los primeros siglos como en al época moderna. El testimonio de los mártires de Abitinia a sus acusadores no puede ser más conmovedor: «Hemos celebrado la Cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley. Nosotros no podemos vivir sin la Cena del Señor». Uno de ellos confesó: «Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la Cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana» (PL 8, 707. 709-710). En nuestros muchos cristianos de la URSS, China o África han repetido el mismo testimonio, con el lenguaje de los hechos.

De todas formas, a medida que iba avanzando la secularización de la sociedad y los países tradicionalmente cristianos se alejaban de la Iglesia y de Dios, fue decreciendo la participación en la Eucaristía dominical. Dado que la Eucaristía es el verdadero centro del domingo y que éste no es posible sin celebración eucarística, los Pastores se han sentido impelidos a urgir el precepto dominical. El Código de Derecho Canónico de 1917 fue el primer documento que sancionó la tradición como ley universal (c.1247.1). El Código actual de 1983 la ha confirmado, al decir que «el domingo y demás días festivos los fieles tienen la obligación de participar en la Misa» (c. 1247). «Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave» (DD 47). Así lo dice expresamente el Catecismo de la Iglesia Católica: «

D.O. 32 Ciclo - A. Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán

TEMPLOS DE PIEDRA Y DE CARNE

«Él hablaba de su Cuerpo»


 

 

 

Monseñor Van Thuan era obispo de Saigón cuando los comunistas le encarcelaron. Liberado y expulsado de su país, Vietnam, como persona indeseable, se refugió en Roma. En una ocasión dirigió los Ejercicios Espirituales a Juan Pablo II y a la Curia Romana y les contó muchas anécdotas de su cautiverio. Entre otras, cómo camuflaba el vino como si se tratase de un jarabe  para su estómago y cómo se las arreglaba para celebrar la misa: su mano era el cáliz donde depositaba unas gotas de vino; su memoria, el único libro litúrgico; y la oscura celda, el templo donde hacía sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz y se unía a él con el ofrecimiento de su vida y la comunión sacramental. Cada vez que lo hacía se jugaba mucho, pero estaba convencido de que, sin la Eucaristía, su fe podía venirse abajo y con ella sería fiel, como así ocurrió. ¡Emocionante!. Y muy apropiado para comprender la fiesta que hoy celebramos: la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa y Madre de todas las Iglesias Cristianas. Los cristianos sabemos que nuestro verdadero Templo es Jesucristo Resucitado, como Él mismo se lo dijo a los fariseos: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Aunque ellos pensaron que se refería al Templo de Jerusalén, san Juan puntualiza: «Él hablaba del templo de su cuerpo», que, efectivamente, levantó en tres días de la muerte, mediante su resurrección. Este Templo está construido con piedras vivas: la piedra angular es Cristo y cada cristiano es un sillar vivo por su Bautismo. Cuando la piedra angular se hace presente, sobre todo en la Eucaristía, las otras piedras nos unimos más estrechamente con ella y entre nosotros, y hacemos que el templo que formamos sea cada vez más consistente y hermoso. Aunque se trate de un rincón tan miserable como el de una cárcel comunista. Lo cual no impide,  muy al contrario, que construyamos templos tan bellos como el de san Juan de Letrán. Pero estos templos deben ser siempre un espejo terso que refleje el verdadero Templo cristiano: Jesucristo.           

D.O. 30 Ciclo - A

EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO

 


 

 

          Seiscientos trece mandamientos son tantos, que es un lío no digo cumplirlos sino recordarlos. No sorprende, por eso, que un fariseo se acercara a Jesús para preguntarle: «De los 613 preceptos y prohibiciones que –según la interpretación de los doctores- contiene la Ley de Moisés ¿cuál es realmente el más importante, aquel que Dios tiene el mayor interés en que se cumpla». Jesús sabía muy bien que los Mandamientos de la Ley de Dios no son un peso o una limitación a la libertad humana sino una gran ayuda para usarla convenientemente y evitar que el hombre vaya a su ruina. Por eso respondió con claridad y concisión a su pregunta: «Lo que Dios quiere del hombre en primer lugar, lo que el hombre debe hacer antes que cualquier otra cosa es esto: amar al Señor su Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Ese Dios no es un ser desconocido o extraño, sino el Dios que se manifestó a Israel a lo largo del Antiguo Testamento y, al final, se nos ha manifestado en Jesucristo. A este Dios hay que conocerle, amarle y reconocerle como nuestro Creador, Salvador y Padre. Este amor debe comprender el corazón, el alma y la mente; es decir: todas las facultades y capacidades del ser humano. Con ellas ha de «amarle». No se trata de un mero o vago sentimiento; al contrario, se trata de que el hombre se oriente a Dios con todo lo que vive en él; se trata de que se abra a Dios, le busque y camine hacia él. Esta apertura, ilimitada  y activa, es para el hombre lo más importante bajo todos los aspectos. El escriba sólo había preguntado por el primer mandamiento. Jesús, por propia iniciativa, añadió: «el segundo es amarás a tu prójimo como a ti mismo». Amar al prójimo es respetar su vida, sus bienes, su fama, su mujer, sus creencias, sus derechos de persona; es, además, ayudarle en sus necesidades, independientemente de cuál sea su nación, estatuto social y religión; es perdonarle y quererle bien. Todos los demás reciben de ellos su significado y han de contribuir a su cumplimiento. 

D.O. 31 Ciclo - A

LA VIDA NO TERMINA

        


Hoy se oye un grito unánime en los más variados rincones del mundo: no todo termina con la última palada de tierra o con las cenizas de la cremación. Ante él, desaparece el guirigay de todos los materialismos y se reafirma la fe de todos los creyentes, sean o no cristianos. Para quienes nos confesamos discípulos de Jesucristo, hoy es un día muy especial. Como los demás, visitamos el cementerio para depositar un ramo de flores y un recuerdo en la tumba de nuestros seres queridos. Pero vamos mucho más lejos, pues reafirmamos la quintaesencia de nuestra fe: la resurrección de los muertos. Nosotros creemos que este cuerpo, que depositamos en la tierra débil y corruptible, volverá un día a la vida para nunca más volver a morir. Ocurre con él algo similar al grano de trigo o la pepita de ciruelo que sembramos en la tierra: cuando germinan, se “autodestruyen”, desaparecen. Pero, precisamente así, producen el milagro de la vida, multiplicado y ennoblecido: el grano se convierte en manojo de espigas y la pepita en árbol vivo, que un día recreará con su fruto nuestro paladar. Nuestro cuerpo ha de pasar por la destrucción de la muerte. Pero esa destrucción no es aniquilación sino trasformación. Nosotros se lo damos a la tierra corruptible y débil. Cristo nos lo devolverá espiritual, inmortal y glorioso. De este modo, el “hasta el Cielo” -con que nos despedimos de los padres, esposos, amigos- se revela como algo mucho mayor que un buen deseo. Es la proclamación de nuestro reencuentro como hombres totales: con alma y cuerpo. Porque entre el “más allá” de la muerte y el “más acá” de la vida mortal, no hay ruptura sino continuidad. El “ya, pero  todavía no” de nuestra salvación por Cristo, dará paso al “ahora sí, definitivo, pleno y glorioso”. Con esta esperanza vamos caminando por la vida. Compartimos con los demás el sufrimiento, el fracaso, los problemas. Pero nosotros tenemos la luz que ilumina y da sentido a nuestro existir  y a nuestro quehacer. Una luz que pone cada cosa en su sitio: por encima de todo, Dios, los demás, el bien, la verdad; el dinero, la fama, la salud, la belleza... después, mucho después.