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LITURGIA DEL VATICANO II

DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO -CICLO B. Reflexión

UNA LEPROSERÍA MUNDIAL

«Si quieres, puedes limpiarme»


 

Un leproso del tiempo de Jesús estaba excluido de los actos religiosos, familiares y sociales. Era, además, un apestado al que había que evitar por todos los medios y, si alguien se topaba con él de modo imprevisto, tenía la obligación de gritar «inmundo, inmundo», para que se apartara. Era, pues, un muerto en vida. Un día Jesús se encontró con un leproso. No por casualidad, sino porque el leproso había venido hasta Él y, puesto de rodillas, le había suplicado con toda la confianza de que era capaz: «si quieres, puedes limpiarme». Jesús podía haberle reprochado su desfachatez o tratarle con menosprecio. Pero su reacción fue muy distinta: le miró, le tocó con su mano -¡su mano superlimpia tocando lo intocable!- y le dijo: «quiero, queda limpio». Y se obró el milagro. Jesús tuvo una reacción extraña: «no se lo digas a nadie», sino preséntate al sacerdote para que certifique tu curación. ¡Bendita desobediencia la del otrora leproso!, que se puso a pregonarlo a grandes voces. Me viene a la cabeza el comentario que muchos Santos Padres hacen de este relato: la lepra es sinónimo del pecado; y todos los hombres y mujeres del mundo somos leprosos. A lo que sólo cabe sacar la consecuencia: el mundo es una inmensa leprosería. Algunos se han autoexcluido de la comunión de la Iglesia; muchos más se excluyen de la comunión eucarística, porque no pueden recibirla, al estar en pecado grave; otros han roto la comunión familiar; otros, la comunión social. Además, todos hemos sido portadores de la lepra del pecado original y, aunque el Bautismo nos ha curado, padecemos sus consecuencias. El mundo sería insoportable si Jesús se desentendiera de él. Pero es demasiado bueno y misericordioso para dejarnos en tanta miseria moral. Sólo necesitamos acudir a él y decirle como el leproso: «si quieres, puedes curarme». El sacramento de la Penitencia es el consultorio espiritual de ese médico incomparable que es Jesús. ¿Por qué no tener la sencillez y valentía del leproso para acercarnos y decirle: «Si quieres, puedes curarme»?        

DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO (15.II) - CICLO B (Proyecto de homilía)

EL MUNDO, UNA INMENSA LEPROSERÍA A LA QUE JESÚS QUIERE CURAR

 


 

 1. El leproso, un excluido religioso y social. La primera lectura y el evangelio tienen delante un enfermo de lepra, aunque lo consideran desde distinto ángulo: la primera describe cuál era su situación social y religiosa; el evangelio muestra la curación de un leproso por Jesús.

 

La lepra –enfermedad contagiosa y casi incurable en aquel momento- llevaba consigo la impureza ritual. Esta impureza comportaba no sólo la prohibición de participar en la vida cultual, sino incluso compartir la vida ordinaria de la comunidad. Por eso, prohibía entrar en el templo, asistir a las fiestas y participar en los banquetes sagrados; más aún, prohibía la vida en el seno de la comunidad, y obligaba a vivir fuera del campamento y, si alguien se acercaba de modo imprevisto, gritar ¡«inmundo, inmundo!», para que se alejara y no contrajera la lepra y quedase contaminado. Si alguno tocaba al leproso, quedaba el mismo contagiado de la impureza legal, hecho un impuro. 

El leproso era, pues, un excluido religioso y social; un muerto en vida; alguien que no existía ni para su familia ni para sus conciudadanos ni siquiera para Dios. Vivía físicamente; pero estaba muerto existencialmente. Nadie como el leproso veía alterada su vida.

La lepra era signo del pecado: Dios hiere con la lepra a los egipcios (Ex 9, 9ss), a María y Ocias, y amenaza a Israel con la misma plaga (Dt 28, 27-35). El Siervo de Yahvé, inocente en sí mismo, presenta el aspecto de un leproso, al ser portador de los pecados de los hombres, los cuales serán curados gracias a sus heridas (Is 53, 3-12).

La curación de la lepra, muy difícil, reintegraba al leproso a la vida familiar, social y religiosa. Además de la salud, recuperaba la comunión con los hombres.

 

2. Jesús se sitúa por encima de la Ley y respetuoso con ella. Un hombre, afectado por esta enfermedad y sus consecuencias, se dirige a Jesús y le dice con sencillez y  confianza ilimitada en su poder: «Si quieres, puedes limpiarme». No obstante, deja que sea Jesús quién decida lo que ha de hacer. Insólito y sorprendente es el modo de proceder de este leproso, pues no sólo no grita «impuro, impuro» y se aleja, sino que viene hasta Jesús, se postra de rodillas delante de él y le muestra su deseo de ser curado.

Insólita y sorprendente es también la actitud de Jesús: no le rechaza, no le recrimina que haya tenido la osadía de presentarse ante él, no se marcha para no quedar contaminado. Al contrario, tiene compasión de él, participa en su corazón de su miseria, se conmueve interiormente, le toca –él, precisamente, toca al impuro e intocable- y le habla. Jesús se dirige a este hombre marginado, aislado y le dice: «Quiero, queda limpio». Al curarle, le purifica y devuelve a la comunión con Dios y con los hombres. ¡Jesús es más que la Ley, está por encima de ella!

Pero también es respetuoso con ella. Quiere demostrar que no desprecia la Ley y, al mismo tiempo, conseguir que el leproso sea reconocido puro y que, desde el punto de vista religioso y social, vuelva a ser un hombre en plenitud de derechos. Por eso, le manda presentarse al sacerdote para que deje constancia oficial de lo ocurrido.

A la vez, Jesús le da un mandato: que no se lo comunique a nadie. Pero el leproso, como es lógico, no se puede callar y proclama a los cuatro vientos que ha sido curado milagrosamente por Jesús. Se convierte en «misionero», en anunciador de Jesús. Lo cual provoca lo que Jesús temía: que sea reconocido y proclamado por todos como el que puede curar todas las enfermedades.

¡Qué bondad, qué misericordia, qué amor hacia los enfermos y marginados, qué poder puesto al servicio de los demás demuestra Jesús! ¡Qué confianza, qué gratitud muestra el leproso hacia Jesús! Ambos pueden y deben ser imitados.

 

3. Todos somos leprosos. Los Padres han comparado con frecuencia la lepra con el pecado: por su gravedad, por sus consecuencias, por su facilidad de contagio, por la dificultad de su curación.

Efectivamente, hay pecados que excluyen del todo de la comunidad eclesial (la apostasía); otros excluyen de la comunión eclesial plena (herejía y apostasía); todos los pecados graves excluyen de la comunión eucarística (de modo que es preciso confesarse previamente para poder recibirla); todos, incluso los veniales, debilitan la comunión eclesial, porque enfrían la caridad, que es el vínculo de esa comunión.

Muchos pecados –de hecho- rompen o debilitan la comunión familiar: el divorcio, el flirteo con otras personas, los malos tratos, la violencia física o verbal, la ruptura con los padres y/o hermanos. Otros, rompen o debilitan la comunión social: guerras, terrorismo, enfrentamientos de odio y malquerencia, lucha de clases, etc.

Con frecuencia, estas rupturas se agravan con el paso de las generaciones y la generalización de las situaciones; dando lugar así a los «pecados sociales»

 

Todos los hombres y mujeres somos unos leprosos del alma: ¡todos somos pecadores! El mundo es una inmensa leprosería. Adán le ha trasmitido la lepra del pecado original. El Bautismo nos ha curado de ella, pero las cicatrices se reabren por menos de nada y cometemos fácilmente pecados personales, de los cuales somos cada uno responsables. Si fuera posible que nos hicieran una resonancia espiritual, nos llevaríamos las manos a la cabeza, viendo la situación de nuestra vida; y descubriríamos dónde está la causa verdadera de sentirnos mal con nosotros mismos, con nuestra familia, con los compañeros de trabajo.

 

4. Jesús sigue curando. Pero nuestra situación no es más desesperada que la del leproso, con tal que estemos dispuestos a recorrer su mismo camino. ¿Qué hizo el leproso para ser curado? Reconoció la gravedad de su situación; quiso salir de ella; fue al que podía librarle; se lo pidió con toda confianza y humildad; y obtuvo la curación. Luego, fue agradecido y se puso a proclamar lo que Jesús había hecho con él.

Reconozcamos nuestros pecados; vayamos al sacerdote para que nos los perdone («cuando el sacerdote perdona, es Cristo quien perdona», dice san Agustín), pidamos humildemente perdón y ...Jesús se compadecerá de nosotros. ¡Cómo cambiarían nuestras relaciones familiares, profesionales y sociales si nos confesáramos más y mejor!

 

La comunión sacramental –hecha con las debidas disposiciones de alma y cuerpo- nos da la posibilidad de encontrarnos con el mismo Jesucristo, médico de los cuerpos y de las almas. Si hoy podemos comulgar, digámosle con la misma confianza del leproso: «Jesús, si quieres puedes curarme ... de esto, y de esto y de aquello». Y el, que es tan rebueno, te curará.  

 

          

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO (8.II). CICLO B. Proyecto de homilía

ANUNCIO DEL EVANGELIO Y ACCIÓN PODEROSA

 

1. Job, prototipo de la humanidad doliente (1ª lectura). Dios no creó el dolor, la enfermedad y la muerte. Su plan era que el hombre viviese feliz en la tierra y luego en el cielo. Fue el pecado el que introdujo el sufrimiento en el mundo. Desde la primera y decisiva rebelión en el Paraíso, todos los hombres y mujeres son un Job en pequeño o en tamaño natural. Unas veces, es la enfermedad, física o psíquica, propia o de un familiar; otras, la pérdida de un ser querido; otras, un fracaso profesional o una quiebra del negocio; otras, la pérdida del empleo y la subsiguiente imposibilidad de afrontar la hipoteca y los estudios de los hijos; con frecuencia, las crisis en el matrimonio y las desaprensiones y disgustos de los hijos. Así ha ocurrido y así seguirá ocurriendo hasta el fin del mundo. Es verdad que los adelantos técnicos y médicos curan o alivian mucho dolor. Pero también lo es que nunca triunfan del todo y cuando vencen una enfermedad, aparece otra quizás más grave y virulenta. Sin necesidad de caer en pesimismos baratos ni en un sentido trágico de la existencia, hemos de admitir que el hombre padece muchos sufrimientos físicos y morales.

 

2. Jesús, médico de las almas y de los cuerpos (Evangelio).  Jesús se encontró con el sufrimiento humano durante sus correrías apostólicas por Galilea y Judea. Conoció a ciegos, leprosos, paralíticos, moribundos, muertos. No se quedó indiferente; menos todavía, los miró con desprecio o autosuficiencia. Al contrario, se acercó a ellos y los curó. Hoy lo señala el evangelio con absoluta claridad: curó a la suegra de Pedro, «curó a muchos de diversos males» en Cafarnaún y recorrió ciudades y aldeas de Galilea «expulsando demonios». Ciertamente, no curó a todos los enfermos que encontró en su camino ni erradicó la enfermedad y el sufrimiento. A veces, quiso y no pudo hacerlo, por falta de fe y confianza de quienes los padecían; las más de las veces, porque no era su misión. Su misión era anunciar la Buena Nueva de la salvación, es decir: que Dios nos quiere y desea que seamos hijos suyos, hermanos unos de otros y un día vayamos al Cielo para ser felices del todo y para siempre. Esa misión la unía a su acción curativa milagrosa, para apoyar así su mensaje y hacer posible que todos puedan creer y confiar en Dios. Viendo actuar a Jesús descubrimos quién es el que tiene la última palabra y quién es superior a todas las fuerzas y poderes. ¡¡Entonces y ahora!!

 

3. Jesús, un contemplativo que predica, cura y ora (Evangelio). La gente de Cafarnaún estaba entusiasmada con el poder y milagros de Jesús. Viendo que echaba a los demonios y curaba a los enfermos, estaba encantada de que se quedase a vivir con ellos. Pero Jesús se marcha. Primero, a rezar. San Marcos, tan lacónico y detallista siempre, lo dice con claridad: al alba, en el silencio y la paz del amanecer, va a orar a un lugar solitario y al aire libre. En el evangelio de Marcos, la figura de Jesús tiene dos rasgos característicos: su actividad incesante y su oración. Jesús trabaja incansablemente, pero no se deja atrapar por el activismo. Es un contemplativo que predica y reza sin interrupción.

Esta primera marcha no implicaba dejar Cafarnaún; la segunda sí: se fue a predicar por todas las ciudades y aldeas de Galilea. Viene a anunciar a Dios como el verdadero Señor de todos los hombres y que su presencia es portadora de gracia. Este mensaje no tiene como destinatarios exclusivos a los cafarnaítas; ni siquiera a los hijos de Israel. Es para todos. Porque Dios es Dios de todos y todos necesitan el poder y la bondad de Dios.

 

4. Los actuales Cafarnaún y Galilea. Los hombres de hoy sufren la acción del demonio y del dolor con la misma intensidad y extensión que los de Cafarnaún y Galilea de tiempos de Jesús. Nuestro mundo es el Cafarnaún y la Galilea de hoy. Para su fortuna y suerte, Jesús sigue anunciando el Evangelio del Reino, expulsando los demonios y curando las enfermedades y dolencias. Lo hace por medio de la Iglesia, a la cual ha encargado predicar el Evangelio a toda criatura, bautizar y absolver para el perdón de los pecados, orar-ungir a los enfermos con un sacramento específico y aliviar el dolor en todas sus gamas con la acción de todos los cristianos. A veces, como ocurre en el caso de Lourdes, Fátima y tantos casos de curaciones milagrosas, él actúa directamente; pero lo normal es que lo haga por la mediación de la Iglesia. ¡Cuánta gente se llevaría mejor con su cónyuge, con sus hijos, con sus empleados y jefes, con sus amigos y compañeros de profesión, con sus alumnos, consigo mismo y con Dios si se acercara los domingos a escuchar la Palabra de Dios en la Misa, y pidiera a un sacerdote ayuda espiritual de consejo y de perdón! Es la experiencia que tienen quienes así lo hacen: la paz de Dios trae consigo la paz con los demás y la paz con uno mismo. Al margen de Dios y, mucho más, enfrentados con Dios no podemos tener paz ni alegría ni felicidad.

 

5. ¡Ay de mí, si no evangelizare! El evangelio habla de la misión evangelizadora de Jesús por toda Galilea. La segunda lectura muestra a Pablo como un heraldo convencido, incansable, encarnado y gozoso del Evangelio. No lo hacía por propia iniciativa sino porque Jesucristo le había elegido para que le anunciara por todas partes, hasta los confines de la tierra. ¡Ojalá que nosotros sintamos el mismo imperativo y el mismo gozo que él de anunciar el Evangelio en nuestra familia, entre nuestras amistades y colegas y en todos los foros de la vida social en que participamos!              

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B

EL PODER DE JESÚS AL SERVICIO DE LOS HOMBRES

«Curó a muchos enfermos de sus males»


Seguimos en Cafarnaún, pero ya no en la Sinagoga, sino en la casa de Pedro, donde la suegra de éste está gravemente enferma. Andrés y Pedro le manifiestan su preocupación. Jesús no se hace rogar, se acerca al lecho, le da la mano y la levanta sana y salva.¡Es evidente que lo puede todo¡:en la sinagoga, expulsó al demonio; ahora, se sobrepone a la enfermedad. Ambas cosas se difunden rápidamente por todo Cafarnaún. Y la gente –que tiene muchas penas y sufrimientos- viene con sus enfermos y endemoniados para que Jesús los cure. Cualquiera otro se habría puesto nervioso, viendo ante sí tanta tarea y tantas expectativas. Jesús no se inquieta, porque tiene sobrado poder para ofrecer ayuda a todos los que la necesitan. Y cura a muchos enfermos. La gente está encantada y querría que se quedase siempre con ellos. Pero Jesús se marcha. El evangelista hace dos puntualizaciones. La primera es ésta: Jesús, antes del amanecer, va a un lugar solitario para rezar. No sabemos cómo fue su oración ni cuánto tiempo duró. Pero conocemos lo esencial: el hecho de que Jesús no es un activista que sólo sabe trabajar, sino un contemplativo que trabaja y reza con la misma intensidad. La segunda puntualización es ésta: Jesús deja Cafarnaún y se va a predicar por toda Galilea. También aquí une el anuncio del Reino con las curaciones. Con su laconismo acostumbrado lo señala san Marcos: «Recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios» Anuncio y acción poderosa. Acción poderosa que cura a los enfermos, pero cuyo último significado es mostrar de modo ejemplar la fuerza superior de Dios, para que todos puedan creer y depositar en él toda su esperanza. Cafarnaún y Galilea son hoy el mundo entero. Todo el mundo necesita que Jesús le siga anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando sus dolencias. Jesús realiza ambas cosas por medio de su Iglesia. Ella predica el Evangelio en todas partes y, por medio de los cristianos, ayuda a que este mundo sea más habitable.¿No necesitamos tú yo acercarnos a Jesús para que nos evangelice y nos cure?

HOMILÍA: ALGUNAS REFLEXIONES Y ORIENTACIONES

«Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21). Estas palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret, tras la proclamación de una perícopa del profeta Isaías, son el primer eslabón de la larga historia de la homilía cristiana; una historia que ha conocido momentos de gran esplendor y otros de menor realce cuando no de decadencia. Quienes han ejercido el ministerio en los años anteriores y posteriores al concilio Vaticano II pueden levantar acta de esta realidad.

En estos momentos, la homilía está pacíficamente poseída y practicada, y tiene poco que ver en sus contenidos y estilo con los sermones y panegíricos de hace algunas décadas. No obstante, justo es reconocer que sir ser una asignatura pendiente, debe mejorar mucho en su puntuación. De hecho, no es infrecuente que salga mal parada en las conversaciones de los fieles, en las encuestas y en la opinión pública en general. 

Quizás sea sintomático que, además de haber sido un tema «estrella» en el Sínodo sobre la Palabra, una de las proposiciones presentadas al Papa diga literalmente: «Los Padres sinodales esperan que se elabore un “Directorio sobre la homilía”, en el que se exponga, junto a los principios de la homilética y del arte de la comunicación, el contenido de los temas bíblicos que aparecen en los leccionarios que se usan en la liturgia» (Proposición 15).

Se elabore o no ese instrumento, no está demás que todos sigamos reflexionando y tratemos de aportar nuestro pequeño granito de arena para mejorarla en cuanto a su preparación, estructura, estilo y dicción. Pues todos estamos convencidos de que se trata de una cuestión de capital importancia para que los fieles participen en la liturgia y fortifiquen su vida cristiana.

Las páginas que siguen se inscriben en este contexto y están divididas en dos partes. La primera es una reflexión de tipo teológico-pastoral sobre algunos puntos ya conocidos, pero que vale la pena recordar y profundizar; la segunda indica el modo concreto de proceder a la hora de realizar una homilía. Una y otra se refieren exclusivamente a la homilía de la Eucaristía, aunque lo que de ella se dice tiene una aplicación más general.    

 

I.                   PRINCIPIOS TEOLÓGICO-PASTORALES SOBRE LA HOMILÍA 

 

1.      La homilía, parte de la liturgia

 

La principal afirmación sobre la homilía es que se trata no sólo de algo que acontece en la liturgia -por ejemplo, una celebración eucarística, bautismal o exequial-, sino que ella misma es parte de la acción litúrgica. La homilía –dice la Sacrosanctum Concilium- es «parte integrante de la misma liturgia» (SC 52). Ya sería mucho que fuese «una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que esta siempre presente y obra en nosotros particularmente en la celebración litúrgica» (SC 32). Pero, para que una predicación sea homilía, ha de acontecer en la celebración de un misterio litúrgico, brotar de él, insertarse en él y llevarle a su total acabamiento. La homilía no es, por tanto, algo superpuesto o yuxtapuesto a la acción litúrgica, sino algo plenamente integrado en ella.

Por eso, la liturgia del día y la del tiempo son la fuente principal de la homilía. Al decir  «liturgia del día» no me refiero exclusivamente a las lecturas, por más que éstas jueguen un papel fundamental. «Liturgia del día» son también las oraciones colecta, sobre las ofrendas y postcomunión, la Plegaria eucarística que se use en aquella ocasión, -especialmente el prefacio, todo cuando es propio-, las antífonas de entrada y de comunión, los cantos y las preces, sin olvidar los diversos elementos del ordinario de la misa. 

 

2.      La homilía, palabra recibida en la oración

 

La homilía tiene como función fundamental hacerse eco de la Palabra revelada. Ahora bien ¿cómo entregar la Palabra si antes no ha sido recibida? La homilía se engendra en aquel estado de disponibilidad interior que tenía el pequeño Samuel en el templo: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1S 3, 9). Hay comenzar, por tanto, acogiendo los textos en el propio corazón y, antes de consultar cualquier comentario, iniciar un proceso personal de asimilación y maduración de la Palabra. Como sugiere Orígenes, las palabras divinas enseñan que las Escrituras están cerradas con la llave de David, y esa llave se encuentra en la oración.

Es en su iglesia donde el predicador prepara su mejor homilía, pues es allí donde encuentra inspiración y convicción para acoplar su instrumento al que escribió la partitura y dirige el concierto: el Espíritu Santo. El homileta viene a la oración para encontrar en ella las huellas de Dios. Allí, en compañía de Jesucristo, contempla quiénes son los destinatarios de sus palabras. Lo mismo que Moisés subía a la montaña para recibir de Dios lo que luego debía comunicar al pueblo, el homileta sube a la montaña de la contemplación para encontrarse allí con el Dios vivo y bajar luego al llano de la vida y trasmitir lo que brota de la abundancia del corazón.

La homilía y la Escritura brotan de la misma fuente y una y otra sólo se convierten en carne y sangre de los hombres por la inspiración del Espíritu Santo. Él comunica a la homilía su «energía» y hace que, domingo tras domingo, el pueblo de la nueva Alianza consolide o reencuentre el camino que lo lleva hacia la tierra prometida.

 

3.      La homilía, palabra “trabajada” y asimilada

 

La oración no dispensa del trabajo de comprensión y asimilación de los textos que van a ser expuestos al pueblo. Porque la homilía consiste en trasmitir la Palabra a la comunidad, lo cual exige entablar con los textos una conversación tan amorosa como profunda. Sólo cuando se ha dialogado con el sentido del texto, con su estructura, con su género literario, con el lugar que ocupa en el conjunto de las Escrituras, se posibilita una posterior conversación del homileta con la asamblea litúrgica.

La lectura atenta y comprensiva lleva desde el primer momento a interesarse por los oyentes. En este sentido, se puede hablar de una «exégesis homilética» distinta de la «exégesis bíblica». Porque es una exégesis que se preocupa menos de los debates técnicos o históricos que ha suscitado la ciencia exegética que por el sentido de los textos en orden a reconfigurar el mundo de los oyentes futuros. Evidentemente, no se trata de manipular el texto y acomodarlo ficticiamente a la asamblea, porque entonces no se trasmitiría el mensaje de Dios. Se trata de extraer lo que más ayuda a los fieles a mejorar su participación en la liturgia y su compromiso vital cristiano.

Este afán de sintonizar el texto y los oyentes no tiene que ser malinterpretado, como si el homileta tuviera que proclamar mensajes políticamente correctos y sin aristas. Muchos textos provocan un saludable descentramiento del homileta y de los oyentes, debido a que las concepciones de éstos son estrechas, parciales o erróneas y es preciso entrar en un verdadero diálogo de fe con el Dios bíblico. Por eso, no es infrecuente que surjan verdaderos «escándalos», debido al choque innato que produce la fe cristiana. Por ejemplo, ¿no es un verdadero escándalo que Dios se haga hombre y muera en una cruz para la salvar a la humanidad; que la Iglesia, tan humana, haya sido constituida como signo e instrumento de salvación para los hombres; o que el cuerpo, ahora muerto, un día vuelva a la vida?

El homileta ejerce una doble misión: que los oyentes entren en el mundo de los textos bíblicos y que los textos bíblicos entren en el mundo de los oyentes. Esto le exige eclipsarse ante el misterio de ese encuentro, convirtiéndose en un humilde servidor, en un altavoz de Dios. Más aún, el homileta ha de tener la clara conciencia de ser un siervo «inútil», pues sólo el Espíritu Santo es el único que es capaz de realizar ese encuentro del texto bíblico con el oyente, crear una verdadera empatía entre ambos y, de modo especial, hacer que la Palabra trasforme la vida de los oyentes.

Por eso, en esta labor de asimilación del texto el homileta ha de ponerse a disposición de Dios para hacer de humilde portavoz. Él es el primero que se deja interpelar por la Palabra, consciente de que sólo así podrá hacerla eco y descubrir a los demás las cosas que a él le han maravillado, interpelado, iluminado. Sólo entonces es capaz de esclarecer de un modo nuevo los grandes campos de la vida humana: la vida y la muerte, la verdad y la mentira, el dolor y la enfermedad, los fracasos y los éxitos. El estudio, la reflexión y la asimilación se convierten entonces en un acto de obediencia, en un momento de adoración, en una actividad profundamente pastoral. ¡Qué bien, si al final de todo su proceso, puede decir a sus oyentes: os ofrezco lo que me dice este texto de Marcos, tal y como lo veo hoy!   

 

4.      La homilía, palabra dicha con autenticidad

 

Así como las personas son irrepetibles, cada homileta tiene su propio estilo, su propia voz. Cada homileta lleva consigo su vibración propia y sólo cuando comunica desde ella, lo que dice «suena bien y con verdad». Por eso, es desaconsejable bajar una homilía de internet o copiarla de un homiliario, aunque se trate de textos de gran calidad. Es necesario ser y permanecer uno mismo, si se quiere escribir e interpretar la propia música, tanto en el estilo, como en la voz, el tono y los gestos.

Hay géneros que han de evitarse completamente, como el «charlatán», el «tribuno» o el «profesoral». El primero es el del que vuelve siempre con las mismas historias personales y usa siempre los mismos clichés; el segundo, trata de arrancar la adhesión del pueblo a su propia ideología; finalmente, el «profesoral» es el que predica como si dictase una lección, colocándose, aunque sea inconscientemente, por encima de la gente y relegando a sus oyentes al estatuto de ignorantes.

Para predicar con verdad y autenticidad nada mejor que ser un hombre de Dios. Si el predicador actúa por lo que es y por lo que dice, ¿cómo hablar con autenticidad de la relación de sus oyentes con Dios, si él mismo no la vive? El pueblo tiene un sexto sentido para captar cuándo el homileta habla de «oídas y leídas» y cuándo destapa el tarro de las esencias de su corazón.

Así mismo, es necesario que el predicador se deje interpelar por lo que pasa a su alrededor y por la vida de su gente. Si tiene el corazón atento, sabrá descubrir a lo largo de la semana algo que le toque el corazón: una alegría, una pena..., que más tarde compartirá con pudor y delicadeza con sus oyentes.

 

5.      La homilía, palabra sencilla y clara

 

«Ser complicado está al alcance de todos, pero el gran arte asume el camino de la sencillez», decía el director de orquesta W. Furtwängler. Y el violinista Pablo Casals: «Las cosas más sencillas son las que realmente cuentan». La complejidad conduce con frecuencia a la oscuridad, no a la profundidad. Por eso, hay que tener muy presente que una homilía oscura y complicada  no es más profunda que otra clara y sencilla. Del doctor Marañón, padre, se cuenta que le gustaba desplazarse desde Madrid a un pueblecito de Toledo, para escuchar la homilía de un sacerdote que comentaba el evangelio con exquisita sencillez y claridad.

Jesucristo sigue siendo el modelo de todo predicador. Su público habitual fueron labradores, pastores, pescadores, amas de casa, escribas y fariseos. No deja de ser sorprendente que a esa gente –iletrada en la mayor parte de los casos- les explicara los más grandes misterios del Reino con parábolas sacadas de su propio ambiente y con un lenguaje llano y sencillo. Y, más sorprendente aún, que la gente no se cansara de oírle y proclamara abiertamente que hablaba mejor que nadie.

Esto exige que el homileta conozca muy bien la vida de sus oyentes: lo que piensan, desean, sufren, buscan; los temas de conversación de sus feligreses cuando están en casa, en la oficina, en el mostrador del comercio o del bar; los silencios, los tabúes, las debilidades y ambiciones; en una palabra: la vida. Si la homilía no habla el lenguaje de la gente no podrá ser un acto de comunión con ella, pues sólo cuando el oyente se siente verdaderamente reconocido en lo que dice el predicador, presta su atención.

Como en toda comunicación, es el oyente el que «da sentido», a partir de la proposición que se trasmite. Consiguientemente, es importante evitar un lenguaje cerrado u oscuro y, al contrario, hay que cultivar un modo de decir trasparente y evocador.

Todos los géneros son válidos excepto uno: el pesado. Para evitarlo, es muy conveniente recurrir alternativamente a los diversos géneros literarios: el narrativo, el meditativo, el exhortativo, el poético, el anecdótico, el moral, el dogmático, el litúrgico.

La claridad y la sencillez se logran mejor cuando la homilía se dice sin leerla. No obstante, si el homileta prefiere escribirla íntegramente, que lo haga teniendo en cuenta que la va a decir oralmente. Esto exige que las frases sean breves, que no haya muchas oraciones subordinadas, que se mezclen imágenes, como en una conversación.

 

6.      La homilía, palabra positiva y propositiva

 

El Evangelio es el anuncio de la Buena Noticia, no de una catástrofe. Sin embargo, muchos predicadores leen o dicen sus homilías como si anticiparan el fin del mundo. El homileta no está allí para minar la moral de la gente con  mensajes lacrimógenos, moralizantes y siniestros, sino para ayudar a sus oyentes a construir o reconstruir su vida. Ciertamente, la homilía ayuda a tomar conciencia de las sombras y de los pecados, pero con la finalidad de aumentar el deseo de la luz y del perdón.

Conviene que los fieles no salgan de la Eucaristía disgustados consigo mismos sino llenos de afán para luchar y afrontar serenamente la realidad de su vida y del mundo circundante tal y como es. Si los fieles perciben que el amor de Dios y la gracia son alcanzables; si salen convencidos de que  su arrepentimiento y su confianza son agradables a los ojos de Dios; si vuelven a sus hogares con un corazón más abierto a los demás y con más deseos de vivir en la alianza de Dios, en ese supuesto cabe esperar que incluso los más tibios digan en su interior: «este sacerdote me comprende»; y se decidan a cambiar.

La proposición de la fe requiere una predicación esperanzada que consuela, reconforta, cura y manifiesta el poder de la gracia. Si es necesario decir que hay que convertirse, aún lo es más dar la ilusión de hacerlo. El ministerio del predicador asume entonces el rostro de un acompañante espiritual colectivo.

La proposición de la fe exige que la homilía sea robusta y profética, que vaya a lo esencial. Por eso, el homileta verdadero encara los puntos cruciales de la fe: la relación con Dios, la resurrección de Cristo y la nuestra, la divinidad de Jesucristo, su presencia real en la Eucaristía y en el Sagrario, el sacramento de la reconciliación, la unidad y la convivencia entre los que piensan de modo distinto, el perdón de las ofensas y de los enemigos, la trasmisión de la vida y su cuidado en todas las fases y situaciones, la justicia y el amor a los pobres y necesitados. Los fieles necesitan pastores que les trasmitan la Buena Nueva con fe, convencimiento y pasión; que les abran caminos de esperanza y amor hacia Dios y hacia los hermanos.      

 

II.                ETAPAS DEL ITINERAIO HOMILÉTICO O CÓMO HACER LA HOMILÍA

 

Esta segunda parte, mucho mas breve que la anterior, es eminentemente práctica. Se limita a señalar los pasos que un pastor debe seguir para realizar adecuadamente su ministerio homilético. Estos pasos son tres: la preparación,  la realización y la ejecución.

 

1.      La preparación

 

Un verdadero buen pastor es consciente de que la homilía de cada domingo es, probablemente, el momento culminante de todo su ministerio profético durante la semana respecto a su comunidad, considerada en su globalidad. A diferencia de lo que ocurre los días de entre semana, no habla a un grupo, asociación o movimiento, sino a toda la comunidad. A la cual, además, solo tiene presente en esta ocasión y otras especialmente solemnes. Esto ya da idea de la necesidad de prepararse a conciencia y huir de toda improvisación o preparación superficial. Estoy convencido de que nuestras comunidades serían «otra» cosa, si nuestras homilías ganaran muchos puntos en sus contenidos y forma.

Esta preparación concienzuda comienza al principio de la semana con la lectura de todos los textos de la liturgia del día: lecturas, salmo responsorial, oraciones, prefacio y  antífonas; incluso de la letra de los cantos que se van a emplear. Esta lectura ha de ser previa a la de cualquier comentario o subsidio. De este modo, se evita acercarse a los textos con pre-juicios, en el sentido de juicios previos, aunque sean de calidad. El primer comentario de un texto es siempre el mismo texto.

Pero esta lectura necesita unos conocimientos fundamentales previos para que se puedan comprender, aunque sea de modo elemental. Entre ellos señalo estos dos. 1º. La colecta y el prefacio, si son propios, contienen la temática del día. 2º. Los textos bíblicos tienen algunas claves de lectura. Estas claves son: a) los títulos o minimociones que les preceden –que van escritos en tinta roja- dan en dos palabras la clave de por qué  han sido elegidos; b) las lecturas no se leen como si fuesen partes de la Biblia –aunque están sacadas de ella-, sino como partes del Leccionario, el cual ha sido confeccionado con ciertas claves. Así, por ejemplo, los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del Ciclo A son textos bautismales, pues se han seleccionado para que sirvan a los catecúmenos en su tramo final y para dar a los fieles una catequesis sobre el Bautismo; c) las lecturas de los domingos del tiempo ordinario no tienen las tres la misma temática, sino que van emparejadas así: la 1ª y el Evangelio; la 2ª va libre y tiene su propio dinamismo. Hay que añadir que tanto las oraciones como las lecturas y la homilía forman parte de un todo, que es la liturgia del día; de ahí que sea imprescindible conocer –al menos a grandes rasgos- las características del tiempo litúrgico y del día.

Esta lectura se hace, a ser posible, delante del Señor o, al menos, con la conciencia refleja de estar delante de él, y tras invocar al Espíritu Santo.

Después de esta primera lectura, hay que llevar los textos a la oración personal e interiorizarlos. Quien no es oyente de la Palabra de Dios no puede ser un trasmisor eficaz, porque le faltaría, entre otras cosas, convicción y pasión. ¡Qué fácil es ser una campana que repica y tintinea bien, pero que no mueve a nadie!.

En esa oración hay tres preguntas ineludibles: qué dicen los textos, qué me dicen a mí, qué quiere Dios que yo diga a los oyentes.

 

2.      Realización

 

Después de esto sigue el estudio concienzudo de los textos, echando mano de buenos y probados autores, de comentarios de Santos Padres, de textos del Magisterio. Si nadie daría una conferencia sin prepararla, nadie debe proclamar una homilía sin prepararla bien. Sería una falta de respeto al misterio que celebramos y a la asamblea que nos va a escuchar. No deberíamos olvidar que para hablar durante unos minutos se necesita mucha más preparación que para hablar durante largo rato.

Cuando ya se tienen todos los materiales, llega la hora de hacer la homilía. Ésta tiene tres partes: introducción, cuerpo y conclusión. La introducción y la conclusión son breves; en cambio, en el cuerpo se desarrollan las ideas.

Los expertos aconsejan que la homilía se centre en una sola idea; o, cuando más, en dos. Y ponen el ejemplo de la banda sonora de una buena película: tiene un único tema, el cual se va modulando en diversos tonos y con diversos aires. El resultado es que, al final, todos tararean dicho tema y se han identificado con él. Terminada la homilía, cualquier oyente debería responder sin dudar a esta pregunta: «¿De qué ha hablado hoy el sacerdote?»

Esa idea se expone, se explica, se apuntala con ejemplos y anécdotas, sacados preferentemente de la actualidad. Es bueno dialogar mentalmente con el público, poniéndose en su lugar, viendo cómo reaccionará, qué dificultades pondrá, qué equívocos pueden surgirle; y tratar de responder de modo breve, claro y sencillo.

La conclusión ha de ser lógica, clara, concreta y posible.

Al preparar la homilía se puede escribir integrante y luego aprenderla de memoria. Si se lee, ha de hacerse con soltura y naturalidad. Tanto si se lee como si se dice de memoria, el lenguaje ha de ser actual, sencillo pero sin caer en la banalidad, y huyendo de la jerga eclesiástica y clerical. Este lenguaje se encuentra en la buena literatura, en el periódico y en las revistas de actualidad.

       

3.      Proclamación

 

El último paso es la proclamación de la homilía en la fecha y lugar previstos. Hay que cuidar que funcionen bien todos los instrumentos: el micrófono, las luces... El micrófono es fundamental, porque, si se oye mal o con dificultad, hace tediosa y molesta la escucha y merma sensiblemente la eficacia.

Como ya he dicho, el ideal es pronunciar la homilía sin leerla. En este supuesto, hay que mirar a la cara a los oyentes, no gritar, cambiar el tono, realizar bien los gestos, observar las reacciones de la gente, hablar con soltura y naturalidad. No hay inconveniente en enfatizar algunas ideas y subrayarlas con un tono de voz más fuerte; al contrario, la buena oratoria, que no está reñida con la predicación homilética, usa estos recursos para captar la atención de los oyentes.              

     

                                  

DOMINGO 4 DEL TIEMPO ORDINARIO (1.II.09) -CICLO B

CRISTO Y EL DEMONIO

«Cállate y sal de él»


 

Estamos en Cafarnaún, en la parte septentrional del lago de Genesaret. Es sábado y ha venido mucha gente a la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios y hacer las solemnes oraciones. También están Jesús y sus apóstoles. Entre la muchedumbre hay un hombre que, a primera vista, no llama la atención, pero que en realidad es portador de un «espíritu inmundo» Tan pronto como ha visto a Jesús se ha puesto a dar voces y a gritar: «Jesús Nazareno, ¿qué quieres? Sé quién eres: el Santo de Dios» Jesús se encara y le dice con autoridad: «Cállate y sal de él» El «espíritu inmundo» se enfurece, lanza «un grito muy fuerte», tira al hombre por el suelo y le retuerce. Jesús es el gran adversario de ese «espíritu inmundo», que no es otro que el demonio. De hecho, ha venido a derrotarle y vencerle. No va a resultarle fácil, porque el demonio va a tratar de hacerle la vida imposible, hasta el punto de que logrará que un día le condenen a muerte como a un malhechor. Y aunque Jesús termine venciéndole con su Resurrección, él no se dará por vencido y continuará la lucha con los amigos y discípulos de Jesús. Lo sabemos muy bien todos nosotros. Bueno, no sé si todos somos conscientes de ello. Pero lo seamos o no, lo cierto es que la lucha entre el demonio y cada uno de los cristianos es una lucha a muerte. Como él no tiene escrúpulos, todos los medios le sirven. Tanto da que sea una calumnia o una infamia, como que sea una invitación a que nos apropiemos de lo que no es nuestro o una provocación a lujuria, al alcohol, la soberbia, la idolatría y el ateísmo. Detrás de tantas leyes absurdas e inicuas, detrás de tanta violencia y extorsión, detrás de tanta pornografía y blasfemia, detrás de tanto aborto y divorcio, detrás de tanta impiedad contra los padres, detrás de tanta mentira institucionalizada, detrás de... todo mal, está el demonio moviendo los hilos de nuestras pasiones y malas inclinaciones. Nuestra única salvación es ir a Cristo, para que le diga:  «Sal de él». Y, de hecho, salga. La confesión es el lugar por antonomasia donde Cristo dice y hace este gran milagro.     

DOMINGO 3 DEL TIEMPO ORDINARIO (25.I) - CICLO B

¿VOCACIONES CRISTIANAS DE SEGUNDA?

 

 

"Dejándolo todo, le siguieron”

Estamos en el lago de Tiberíades. Los pescadores han venido a la orilla después de una noche de pesca. Unos arreglan las redes, otros charlan amigablemente con sus compañeros. Jesús de Nazaret pasa por allí y se queda mirando complacido. Ve una pareja de hermanos, Andrés y Pedro, y les dice: “Venid conmigo”. Ellos, sin dudarlo un instante, dejan la barca y los aparejos y se van con Él. Jesús sigue caminado y encuentra otros dos hermanos que están con su padre reparando las redes. También a ellos les dice “Venid conmigo”. Y ellos también dejan la barca y a su padre y se van con Él. Todos son llamados para lo mismo: para estar con Jesús y luego ir a predicar su mensaje salvador. Los cuatro formarán parte del grupo de los “Los Doce” sobre los que Jesús fundamentaría su Iglesia. Tres de ellos Pedro, Santiago y Juan serán los más íntimos entre los íntimos, y un día tendrán el privilegio de acompañarle en la Trasfiguración y en el Huerto de los Olivos. Uno, Pedro, será elegido como Vicario suyo en la tierra. Hay tres notas que les competen a todos: todos son llamados mientras realizan su trabajo profesional de pescadores, todos son invitados a dejar ese trabajo y todos responden con absoluta prontitud y rotundidad: “Dejándolo todo, le siguieron”, dice el evangelista. Jesús sigue llamando de este modo actualmente. Así llama, por ejemplo, a los que elige para que sean sacerdotes y religiosos. Sin embargo, a la inmensa mayoría de los cristianos no sólo no les invita a dejar su trabajo profesional sino que les manda que sean discípulos suyos en y desde la profesión que ejercen: un taller de reparación de automóviles, un despacho de abogados, un mostrador de bar, una cátedra universitaria, un quirófano de hospital, un escaño de las cortes regionales o nacionales, en una palabra: en cualquier trabajo honesto. Esta llamada no es menos radical que la de  los sacerdotes y religiosos, porque es una llamada que exige llevar a su plenitud todas las virtualidades del Bautismo. Lo que varía no es la radicalidad de la llamada sino la modalidad que reviste. El error de pensar que un padre de familia, un profesor, un político o un obrero manual están llamados a una vida cristiana inferior a un religioso o un sacerdote nos ha costado muy caro. Tan caro, que está impidiendo, de hecho,  que la Iglesia sea luz del mundo, sal de la tierra y fermento que trasforme la masa. Gracias a Dios el concilio Vaticano II ha dejado claro –pienso que de una vez por todas- que toda vocación cristiana es vocación a la santidad y que no hay vocaciones de primera, de segunda o de regional. ¡¡Todas son vocaciones de primera!!Ojalá que cada uno de nosotros respondamos con la misma generosidad y decisión que Pedro, Andrés, Santiago y Juan.  

 

DOMINGO 2 DEL TIEMPO ORDINARIO (18.I) - CICLO B

LA VOCACIÓN: LLAMADA DIVINA Y RESPUESTA HUMANA


                   

 

 

1. Tres grandes vocaciones. La liturgia de este domingo corresponde al ya al «Tiempo Ordinario», o «Tiempo del año», en el que no celebramos un acontecimiento concreto del misterio de Cristo, sino la globalidad de este misterio: su muerte y resurrección, su Misterio Pascual. La lectura del Antiguo Testamento y el Evangelio nos presentan el mismo tema: varias personas reciben una vocación específica de Dios. Samuel es llamado como profeta; Juan, Andrés y Pedro a formar parte de los más íntimos de Jesús. En los cuatro supuestos aparece con claridad que la iniciativa la toma Dios, aunque tal iniciativa es más clara en los casos de Samuel y de Pedro (Jesús le cambia el nombre común y le da el nombre de la nueva vocación y misión). Sin embargo, en todos los casos Dios se sirve de mediaciones humanas: del sacerdote Elí, en el caso de Samuel; del Bautista, en el de Juan y Andrés; de Andrés, en el caso de Pedro.

 

Dios no ha dejado de llamar, sino que sigue llamando en nuestros días. Unas veces, de modo directo y tajante; las más, de modo indirecto y con suavidad. Llama, por ejemplo, a ser misionero en países lejanos, a ser sacerdote o religiosa, a entregarse en celibato y virginidad en medio del mundo; a vivir el matrimonio con más generosidad en la trasmisión de la vida y en la educación de los hijos; a acercarse a la fe y al Bautismo. Dios llama sirviéndose de un sacerdote, de un amigo, de un hermano, de un colega de profesión... Quiere proceder así para que ejerzamos responsablemente nuestra libertad, pues Dios no impone sino que propone. Lo explicaba muy bien san Agustín, cuando decía que Dios se manifiesta con claridad suficiente para que le vea el que le quiere ver y con suficiente oscuridad para que no le vea el que no desea verle.

 

En las llamadas de este domingo, la respuesta es positiva en todos los supuestos: Dios llama y los llamados responden con un «aquí estoy», más o menos explícito. No siempre ocurre así. Hay personas que reciben la llamada de Dios, pero vuelven la espalda. Unas veces por comodidad; otras, por no complicarse la vida; otras, por falsos miedos; las más, porque supone dar un cambio profundo en nuestros proyectos y en nuestros comportamientos. Los seminarios y casas religiosas de formación no están vacíos porque Dios no llame a esa vocación; sino porque los llamados no están dispuestos a decir como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha», «dime, Señor, lo que quieres, que yo estoy dispuesto a todo». Lo mismo ocurre con el amor conyugal: muchos no quieren escuchar la voz de Dios que les llama a tener más hijos y a educarles cristianamente. Es una lástima, porque el que dice «no» a Dios no es feliz, está desencajado en la vida, nunca está del todo contento aunque las cosas le salgan redondas. El camino de la felicidad pasa por el de la fidelidad a la propia vocación.

 

2. Huida del paganismo ambiental. La segunda lectura discurre por un camino distinto al de las otras dos. Pablo pone en guardia a los fieles de Jesucristo de Corinto frente a la vida licenciosa y corrompida de esa ciudad. Corinto tenía fama de ciudad disoluta y depravada, hasta el punto de que, cuando se quería describir una vida disoluta e inmoral, se decía que aquel modo de comportarse era «vivir a la corintia». Baste decir que se consideraba sagrada la misma prostitución. Los discípulos de Jesucristo –entonces y ahora- al convertirse no habían dejado de vivir en medio de sus parientes y conciudadanos. Al contrario, vivían en las mismas casas y trabajaban –salvo en casos abiertamente inmorales- en las mismas profesiones. Lo que había cambiado era su modo de vivir, su conducta; que ya no podía seguir las pautas del paganismo decadente e inmoral sino la nueva vida en Cristo. Concretamente, no podían fornicar (unión sexual de una persona no casada con otra fuera del matrimonio), por muy extendida y común que fuese esa práctica en la sociedad de Corinto (y en general en el paganismo de entonces). Pablo va al fondo de la cuestión: los cuerpos de los que han recibido el Bautismo son miembros de Cristo; por ello, pertenecen al Señor, no a una prostituta. Por otra parte, los bautizados han sido comprados con el precio de la Sangre de Cristo. Consiguientemente, los cuerpos santificados en el Bautismos son de Cristo y no se pueden dar a una prostituta. ¡Este es el verdadero planteamiento de la castidad!.

 

Nuestra sociedad occidental vive un clima moral muy semejante al de Corinto en materia sexual. Muchos bautizados han caído en las redes del paganismo ambiental: parejas de hecho antes del matrimonio, prostitución muy extendida, abuso de menores, turismo sexual... ¡Es hora de recordarles que el Bautismo les ha hecho miembros del Cuerpo de Cuerpo y templos del Espíritu Santo!; por lo que no pueden vivir de espaldas a esta realidad. La castidad es posible, aunque sea más difícil en un ambiente tan erótico y sensual como el nuestro. Pero la vivencia de esta virtud –que tanto ennoblece la dignidad de la persona humana- requiere tomarse en serio las palabras de san Pablo: «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor» y «no os pertenecéis en propiedad, porque os han comprado, pagando un precio por vosotros»: el precio de la Sangre de Cristo.

 

3. La Eucaristía, alimento para la vida cristiana. La respuesta a la propia vocación y la vivencia de la castidad no es fruto –única o principalmente- de nuestro esfuerzo, de nuestra fuerza de voluntad. Ambas realidades son un don de Dios y, por ello, fruto de la gracia (con la cual hemos de colaborar). La gracia o ayuda de Dios nos viene, sobre todo, a través de la comunión sacramental eucarística, hecha con las debidas disposiciones. La Eucaristía es el alimento indispensable para caminar como cristianos; pues, lo que es la comida para la vida material, es la Eucaristía para la vida espiritual. No es un premio o algo que está mejor que lo contrario: ¡¡es imprescindible, absolutamente necesario, algo sin lo cual es imposible ser buen cristiano!! Que el Señor nos lo haga comprender ahora.     

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (11 de enero) - Ciclo B. Proyecto de homilía

EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO

 


 

1. Jesús de Nazaret, plenamente solidario con los hombres. Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo de Jesús. En ella, el Padre manifiesta públicamente que Jesús de Nazaret no es un hombre, menos aún, un pecador. Se hace bautizar como pecador, porque es el Mesías que Él ha enviado a solidarizarse con el hombre pecador y salvarle; pero es su Hijo amado, su predilecto. Un día, cuando suba al árbol de la Cruz con los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, la solidaridad con el hombre será tal, que llegue hacerse no sólo pecador sino «pecado». No cabe mayor ni más completa solidaridad. El Espíritu Santo desciende ahora sobre Jesús «como una paloma», es decir, de un modo que no se puede describir. Se revela así el gran misterio de que Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo y que la obra de la salvación es también obra de las tres Personas Divinas. Se desvela, finalmente, el misterio de nuestro Bautismo: gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo y a la fuerza del Espíritu Santo, las aguas bautismales se convertirán en el nuevo Jordán, donde entramos pecadores y salimos como hijos amados del Padre y posesionados por el Espíritu Santo.      

 

 2. «Este mi Hijo amado» Los Magos ya habían reconocido que Jesús era el Mesías y Señor. Simeón también lo había proclamadon («mis ojos han visto a tu Salvador»). Eran testimonios más cualificados que el de los pastores, que también lo habían reconocido y anunciado a sus paisanos. Hoy llega el testimonio supremo: el del mismo Dios Padre. No cabe otro mayor, porque «nadie conoce al Hijo sino el Padre». El Padre interviene para manifestar, con toda solemnidad y claridad, quién es este Jesús de Nazaret: aunque lo parezca, no es uno más. ¡¡Es su Hijo Unigénito, su Hijo amado!! El Hijo a quien ha enviado al mundo para reconciliarlo y salvarlo de su pecado, y así revelar y realizar, de modo pleno y definitivo, su eterno plan de salvación, que no es otro que introducir al hombre en el ámbito de su más profunda intimidad, hacerle miembro de su propia familia y comunicarle su misma vida divina.

Según el testimonio del Padre, Jesucristo no es un superstar ni un superhombre ni el profeta por antonomasia ni el hombre más bueno que haya existido ni existirá nunca. Es mucho más: es Dios y es el Hijo Único de Dios. ¡Hay que dar este salto! Porque, si no lo damos, nunca comprenderemos la grandeza del amor del Padre que nos ha enviado a su Hijo –que es lo que más quería-; ni la grandeza del amor del Hijo, que ha acogido con amorosa obediencia este envío del Padre; ni saldremos más allá del espacio de los grandes fundadores de religiones, todo lo grandes que se quiera, pero humanos (Buda, Confucio, Mahoma); ni captaremos la originalidad y grandeza de ser cristianos.

Que salga hoy de nuestro corazón la confesión creyente de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» ¡Señor Jesús: Te reconozco como si Dios y mi Señor!

 

3. «Escuchadle» A Dios nadie le ha visto nunca. Sólo el Hijo, que ha sido engendrado por Él y vive con Él desde toda la eternidad, sabe quién es Dios, cómo es el corazón del Padre, cuánto ama este Padre a quienes somos sus hijos en el Hijo, qué es lo que el Padre quiere y espera de nosotros, cómo desea que le tratemos y nos dirijamos a Él, y nos tratemos entre nosotros, cómo cuida de la creación y de todo lo que hay en ella... Sólo el Hijo sabe también quiénes somos nosotros, los hombres; cuál es nuestro destino; qué sentido tiene el dolor, la enfermedad y la muerte; qué hay más allá de la muerte... Por eso, no hay que ir en busca de otra doctrina, ni de otra luz, ni de otro salvador, sino sólo detrás de Él, para escucharle lo que nos vaya diciendo, a lo largo de su predicación y, sobre todo, con el más elocuente de todos los discursos: su entrega por nosotros hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Los evangelios contienen las palabras de la Palabra, la revelación de lo que el Padre nos ha comunicado por medio de su Hijo. Por eso, leer y meditar el Evangelio es absolutamente imprescindible.

 

4. «Se abrió el cielo y descendió sobre Él el Espíritu». El Dios que se nos revela hoy es un Dios Trinidad, un Dios familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La salvación de los hombres es obra de los tres: el Padre envía a su Hijo para que el Hijo salve al mundo mediante su humanización y su Muerte y Resurrección redentoras; el Hijo realiza este proyecto, haciéndose hombre verdadero y muriendo y resucitando por nosotros. El Espíritu Santo asume la obra del Hijo y la hace presente y operativa en los hombres.  Los artífices de nuestra salvación y santificación son las Tres Personas: ninguna queda al margen ni ninguna hace más que la otra. Las Tres actúan conjunta y armónicamente.

 

Así lo confesamos en el Bautismo, que se nos confiere «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; en el sacramento de la Reconciliación (somos reconciliados por el Padre, Hijo y Espíritu Santo, como dice la fórmula de la absolución); en la Eucaristía (pedimos al Padre que nos envíe el Espíritu para así actualizar el sacrificio de su Hijo), y en los demás sacramentos. También comenzamos y terminamos las cosas, sobre todo al comienzo y final del día, con el signo de la Cruz, que hacemos diciendo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y concluimos el Padre Nuestro y los Salmos con el «Gloria» a las tres divinas Personas. 

 

5. Nuestro bautismo. Nosotros fuimos llevados un día hasta el bautista de la Iglesia: el párroco, con el fin de que nos bautizara en unas aguas consagradas y vivificadas por la Pasión de Jesucristo y el Espíritu Santo. Fuimos introducidos en ellas como «hijos de la ira», «esclavos del pecado» y «condenados a muerte». Y salimos convertidos en «hijos de Dios», «libres de todas las ataduras del pecado» y «destinados a la vida eterna». Bien podemos volver a repetir con san León Magno: ¡¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!! ¿Cómo? Pues... viviendo como tal.

 

Escasas y titubeantes son nuestras fuerzas. Pero contamos con la fuerza de la Eucaristía que ahora estamos celebrando, la cual nos alimenta con la Palabra de Dios y con el Cuerpo de Cristo.             

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (11 de enero)

EL MÁS SOLIDARIO DE LOS HOMBRES

«Este es mi Hijo amado»


 

Estamos en el río Jordán. Hay una larga cola de hombres y mujeres que esperan que Juan Bautista escuche sus pecados, su arrepentimiento y sus propósitos de cambiar de vida, y les sumerja en las aguas del río. Como uno más, Jesús de Nazaret espera este momento. Cuando llega, el Bautista se detiene, le mira sorprendido y le dice: «¿Soy yo el que debe ser bautizado por Ti y vienes Tú a que yo te bautice?» Juan no entiende nada, pero ha de ceder, ante la respuesta de Jesús: «Déjalo, ahora hay que cumplir lo que Dios quiere» Enseguida Jesús entra en el agua como un pecador y Juan le bautiza. ¡Que la máquina siga filmando la escena! ¡¡Jesús, el inocente por antonomasia, más aún, la misma inocencia, como un pecador más!! Un día se desvelará completamente el misterio que ahora se entreabre. Será el día en que suba al árbol de la cruz no sólo como un pecador, sino «hecho pecado», en palabras que no pueden ser más fuertes, pero que son de san Pablo. Entonces aparecerá hasta qué punto se ha hecho solidario con el hombre pecador y hasta qué límite ha asumido las consecuencias de los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. El Bautismo de Jesús en el Jordán sólo se entiende y esclarece proyectándolo sobre la Cruz. Jesús de Nazaret es, sí, un hombre de carne y hueso. Pero es mucho más. Es «el Hijo amado, el predilecto» del Padre. El que Éste ha enviado al mundo para que lo reconcilie con Él y lo haga «hijo en el Hijo» El Espíritu, confirmando al Padre, desciende «como una paloma». Que es tanto como decir, de «un modo que no se puede describir». Pero viene y permanece en Jesús, que es lo definitivo. El Jordán se hace testigo de la primera gran revelación de Dios como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Testigo también de que la salvación del mundo es obra de los Tres. Por eso nosotros somos bautizados en el nombre de los tres,  los pecados nos los perdonan los tres y la Eucaristía es obra de los tres. ¡Gran misterio el del Bautismo de Jesús que hoy celebramos!                 

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero). Proyecto de homilía

«DIOS QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES SE SALVEN»

 


 

1.  Epifanía, fiesta de la universalidad de la salvación. Hasta hoy, todos los personajes que hemos encontrado junto al Verbo-Humanado eran judíos. Judía era la Virgen María; judíos eran san José, los pastores, los ancianos Simeón y Ana. Tenía que ser así, porque Israel era el Pueblo que Dios mismo se había escogido como «su» Pueblo y a esa estirpe pertenecía David, del que nacería el Salvador. Dios  había cumplido su promesa, tantas veces anunciada en la Antigua Alianza.

Hoy se da un cambio radical de perspectiva. Entran en escena «otros» que no son judíos ni de raza ni de religión ni de geografía. Para los judíos, no había más que dos clases de personas: «ellos» y «los demás», porque sólo ellos se consideraban herederos de las promesas. Hoy ese muro se derrumba estrepitosamente y hace posible que «los otros» también entren a formar parte del Pueblo de Dios. No importa que vengan de «más allá» de las fronteras político-religiosas de Israel (de lo que hoy llamamos Irak). Vienen y son acogidos. Vienen guiados por el mismo Dios, que de una forma misteriosa pero eficiente, les lleva hasta donde se encuentra su Hijo hecho hombre. Más aún, Dios mismo les otorga el don de la fe, para que reconozcan en el recién nacido no un niño más, sino al Mesías y Salvador del mundo. La fe les descubre que ese Niño es Dios; y se postran, le adoran y le presentan sus dones.

La fiesta de la Epifanía –que así la llama la liturgia- es, pues, muchísimo más que la fiesta de los Santos Reyes. Es la fiesta que revela que Dios, al atraer hacia Cristo a estos magos de Oriente, quiere revelar el misterio de su salvación: misterio que comprende a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, lugares y razas, sin hacer discriminación alguna. Cristo aparece así como «luz del mundo», «luz de las naciones», Salvador universal. Consiguientemente, la Epifanía es también la fiesta de la vocación de los hombres a la fe ahora y a la gloria después. Lo canta maravillosamente el prefacio: «Hoy has revelado en Cristo, para luz de los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación; pues, al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad». La Colecta también abunda en las mismas ideas: «Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo Unigénito por medio de una estrella a los pueblos gentiles: concede a los que ya te conocemos por la fe poder gozar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

 

2. Nosotros, estrella que guíe a los nuevos magos. Hasta hace pocos años, este lenguaje podía parecernos muy bonito pero un tanto lejano. Hoy, en cambio, la emigración y la secularización lo han hecho no sólo atractivo sino actual. Nuestras plazas y calles, nuestros comercios y fábricas, nuestros lugares de trabajo se han convertido en un inmenso país de «magos posibles». Ya no somos todos católicos ni todos practicantes ni todos creyentes. Mucha gente que convive con nosotros nunca ha oído hablar de Jesucristo; muchos otros lo consideran un personaje extraño a su vida, en el sentido de que no cuentan con él a la hora de organizar el matrimonio, el trabajo, las relaciones sociales, la preocupación por los más necesitados, etcétera.

Ante este panorama, las palabras de san Pablo, en la segunda lectura, han de sonarnos como un aldabonazo: ahora «ha sido revelado... que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio». Es decir, en lugar de llenarnos de pesimismo, tristeza y desesperanza, hemos de ver la «nueva situación» como una «oportunidad magnífica» para anunciar el Evangelio.

¡Por supuesto que habrá dificultades! Pero recordemos que los Magos tuvieron muchísimas más; lo mismo que san Pablo y los demás Apóstoles, y todos los misioneros que se han ido a cualquier rincón del mundo, desconociendo la lengua, las costumbres y ...todo. Seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que somos bastante cobardes y muy poco apostólicos. Alguien ha recordado recientemente que «lo peor no es el mal que hacen los malos, sino el bien que dejan de hacer los que son buenos».

Dios espera que nuestro trato, nuestra acogida, nuestra comprensión, nuestra amistad, nuestra pacífica convivencia con todos, nuestro consejo y ayuda oportunos, nuestra palabra creyente y nuestra vida coherente sean la «luz» que atraiga hasta Jesucristo a quienes viven con nosotros –quizás en nuestra propia familia o empresa- y no le conocen o han dejado de conocerle. ¡Qué alegría ponerse al servicio de los demás para llevarles hasta el único que les quiere de verdad y no desea otra cosa que su felicidad y dar sentido a su vida!

 

3. «Que vivamos con amor sincero el misterio que hemos celebrado», pediremos al final de la Misa en la postcomunión. La Palabra de Dios y la liturgia que estamos celebrando nos revelan el sentido de ese «misterio». La fuerza de Cristo, en la comunión, nos ayudará a realizarlo a lo largo de la semana.                  

    

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD (4 de enero) - Ciclo B. Proyecto de homilía

UN DOMINGO DE TRANSICIÓN

 

El segundo domingo de Navidad hace de lazo de unión entre la solemnidad del Nacimiento de Cristo y la Epifanía, que celebraremos pasado mañana. Eso explica que varios textos sean los mismos del día de Navidad y que se vislumbre ya la luz que reportará la manifestación de Cristo.

 

1. En Cristo, Dios salva a todos los hombres. La liturgia de hoy nos hacer escuchar el mismo Evangelio de la Misa del día de Navidad: el Prólogo del evangelio de san Juan. Es una manifestación más de la sabia pedagogía de la Iglesia, que siente la necesidad de dedicar los domingos que siguen a Navidad y a Pascua a profundizar en el misterio celebrado; consciente de que es tan gran grande que no se puede comprender de una sola vez. Al proclamar hoy el Prólogo de san Juan deberíamos tener muy en cuenta lo que de él decía san Agustín: «Debería estar escrito en letras de oro en todas las iglesias y colocado en el lugar más eminente».

San Juan se remonta en este Prólogo al origen último de la Persona de Jesucristo. El verdadero y último principio de Jesús  está «en el Padre» y antes de que existiese el tiempo: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo era junto al Padre y el Verbo era Dios».

Con todo, la liturgia de hoy se preocupa menos de explorar el origen del Verbo que de celebrar su presencia entre nosotros. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios se había servido de mediadores para comunicarse con los hombres: Moisés, Abrahán, los profetas...Con Jesucristo, esta comunicación es inmediata, no nos habla mediante una persona interpuesta sino que él mismo en persona nos habla.

En Jesucristo, Dios y el hombre se han unido personalmente, hasta constituir una sola Persona, que es la Persona divina de Cristo. Esta es la roca sobre la que descansa nuestra salvación, lo que da un valor universal e irrompible a la redención que ha obrado Jesucristo. Desde el momento de esta unión (que los teólogos llaman hipostática) ya no puede interrumpirse el diálogo entre Dios y el hombre, porque ese diálogo tiene lugar en la misma Persona de Cristo; y así como  nadie puede separar en Cristo el Verbo de la carne, igualmente, nadie podrá separar a Dios del hombre.

 

2. El plan eterno de Dios se revela (2ª lectura). La encarnación del Verbo lleva a cumplimiento, por tanto, el plan que Dios había concebido desde toda la eternidad. Esto es lo que desvela la segunda lectura. Hemos sigo elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables en su presencia; y estamos predestinados de antemano a ser hijos de Dios en Jesucristo. Descubrimos así cómo el misterio de la Encarnación nos hace entrar en la Trinidad. Desde toda la eternidad, el Padre nos ama, no se desanima a pesar de nuestras infidelidades y nos envía a su Hijo. Este Hijo muere por nosotros y nos rescata. El Espíritu Santo traza en nosotros la imagen del Hijo, de modo que, cuando el Padre nos mira, ve en nosotros a su propio Hijo ¡Cómo no a va explotar san Pablo en un sentimiento de admiración y de inmensa gratitud! Es lógico también que pida que el Espíritu abra nuestros corazones y que podamos entender la esperanza que nos da la llamada del Padre y el valor inapreciable de la herencia en la que, junto con todos los fieles, participamos.

 

3. De la Eucaristía a la vida. La Eucaristía que estamos celebrando nos ayuda a vivir como hijos en el Hijo. No es algo que dure un momento o una temporada: se extiende a toda la vida. La gran tarea de toda nuestra vida es reconocer que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos verdaderos hijos suyos y esforzarnos para vivirla con esta coherencia. En la Eucaristía recibimos el Verbo que se hizo «Carne» y ahora se hace «pan» para ser nuestra comida. Desde la mesa eucarística, partiremos –con la fuerza de esa Carne, a la vida, con el deseo de ser durante la semana un poco mejores hijos de Dios.      

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD (4 de enero) -Ciclo B

LO QUE PASÓ DESPUÉS

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron 


 

Un día, después de haberle contado el Nacimiento de Jesús en Belén, un niño me dijo: «Ahora, cuéntame qué pasó después» Bajé un poco los ojos, me quedé pensativo y añadí: «Bueno, lo que pasó después te lo contaré otro día». Era un modo de autodefenderme de una pregunta sumamente inquietante. Porque «lo que pasó después»  lo cuenta Juan, el evangelista teólogo, sin irse por las ramas: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». No todos reaccionaron así, porque otros «le recibieron» y él se lo pagó con un regalo inmenso: les hizo hijos de Dios. La respuesta acogida-rechazo ha sido lo ordinario en la historia de los hombres. Y así seguirá siendo mientras los hombres y las mujeres seamos personas libres, capaces de decir «sí» y «no». No resulta sencillo colocar en un lado a los que dicen «sí» y en otro a los que dicen «no», y luego trazar su perfil. De todos modos, en el contexto del Nacimiento de Jesús hay personas que pueden ser paradigmáticas. En aquel momento, le rechazaron los incrédulos y engreídos doctores de la Ley, capaces de describir con pelos y señales dónde había nacido el Mesías, pero incapaces de humillarse ante Dios hecho Niño. Le rechazó también el ambicioso y sanguinario Herodes, incapaz de no politizar incluso lo más sagrado. En cambio, le acogió la «humilde esclava del Señor», María, y el buenazo de san José. Le acogieron los pastores que se llenaron de fe y docilidad al anuncio del ángel y «encontraron a María y al Niño en su regazo». Le acogieron los ancianísimos Simeón y Ana, porque eran creyentes de verdad y habían sabido esperar la hora de Dios. La historia se repite al pie de la letra. Hoy rechazan a Cristo los que creen que lo saben todo, que lo pueden todo, que lo politizan todo, que no ven en los demás personas a quienes servir sino de quienes servirse. Y la siguen acogiendo los humildes, los necesitados de amor y de perdón, los que tienen alma de niño, los que ponen toda su esperanza en Dios y sólo en Dios. Tú y yo, ¿dónde estamos, con quienes nos identificamos, qué respuesta estamos dando en esta Navidad?    

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS - Ciclo B. Proyecto de homilía

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, REINA DE LA PAZ


 

1. Ambientación histórico-litúrgica. Celebramos hoy la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. El Papa Pío XI, en 1932, instituyó la fiesta de la Maternidad Divina de María, para conmemorar el 15º centenario de su definición dogmática, en el concilio de Éfeso (a. 431), y la asignó al 11 de octubre, día en que se clausuró dicho concilio. Otro concilio, el Vaticano II, aumentó su celebridad, pues comenzó su andadura en dicha fecha (11 de octubre de 1962). En la reforma litúrgica de Pablo VI ha ganado en importancia, porque ahora tiene rango de solemnidad y es de precepto. Ahora se celebra el 1 de enero, debido a su contenido y al deseo de recuperar la antiquísima memoria que la Liturgia Romana hacía de ella en ese día.

La solemnidad tiene por objeto «celebrar la parte que María tuvo en el misterio de la salvación y exaltar la singular dignidad que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir al Autor de la Vida»; así mismo, es «ocasión para renovar la adoración al recién nacido, Príncipe de la Paz, para escuchar de nuevo el anuncio angélico, para implorar de Dios, por medio de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz» (Pablo VI, Marialis Cultus, n. 5). La inserción en el misterio de la Navidad contribuye a resaltar el papel del todo singular que María tuvo en el misterio de la Encarnación y, en última instancia, en la toda la economía de la salvación.

 

2. María, Madre de Dios. Toda la liturgia del día proclama, confiesa y celebra que María es verdadera Madre de Dios. «¡Salve, Madre santa! Virgen, madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos» (antífona de entrada); «Señor y Dios nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación» (Colecta); «a cuantos celebramos hoy la fiesta de la Madre de Dios» (Oración sobre las ofrendas); «te pedimos que  a cuantos proclamamos a María Madre de tu Hijo» (Poscomunión); «Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la Maternidad de Santa María siempre virgen» (Prefacio); «Dios envió a su Hijo nacido de una mujer» (2ª lectura; el texto mariológico más denso del Nuevo Testamento); el evangelio presenta al Niño con María y José.

 

3. Verdadera Madre de Dios. Lo que la Iglesia celebra es que María realizó con el Verbo Encarnado la misma función y aportación que hacen todas las madres respecto a sus hijos. Sus entrañas virginales fueron hechas fecundas por la acción del Espíritu Santo; llevó en su seno al Verbo humanado, le alimentó y le dio a luz. Madre como cualquier madre, salvo en la concepción y parto virginales. Gracias a ello, Jesús podía llamarla «Madre» con la misma verdad, sentido y radicalidad con que lo hace cualquier hijo respecto a la suya. Y María podía llamar a Jesucristo «hijo mío» con la misma radicalidad, verdad y sentido que nosotros lo hacemos con nuestra madre.

Desde esta perspectiva se comprende que la Maternidad divina de María sea su mayor título y el fundamento de todos los demás. Porque estaba predestinada a ser «la Madre de Dios», fue concebida sin pecado original y en la plenitud de gracia; y porque fue realmente «la Madre de Dios», fue también Asunta al Cielo. En este título se fundamenta todo el culto mariano y toda la devoción  y confianza que le profesa el pueblo cristiano. En la Maternidad divina se fundamenta también la unión «indisoluble» que existe entre Cristo y María en la obra de la salvación. María quedaría reducida a la nada, si fuera desposeída de su Maternidad divina. Gracias a esta Maternidad nadie ha conocido a Jesucristo con tanta profundidad y con tanta verdad; nadie lo ha querido como Ella; y Jesucristo a nadie, como a Ella, ha querido, escuchado y asociado a su obra redentora.

Las almas santas han comprendido muy bien que el amor a María es garantía del amor a Jesucristo y que su Maternidad divina es también la mejor garantía para acudir a Ella con entera confianza en todas las necesidades.

 

4. María, Madre de Dios por la fe. La Maternidad divina de María no comprende sólo el momento de la concepción y del parto. La concepción, el parto, la alimentación, la crianza constituyen el primer momento, esencial y determinante, de la Maternidad divina salvífica. Junto a esto, María se unió de modo íntimo y constante a la  obra de la salvación –desde Nazaret a Belén, desde Caná a Jerusalén, desde el Calvario a la Asunción al Cielo-, de modo que Ella vivió plenamente identificada, psicológica y espiritualmente, con su Maternidad salvífica. Los Santos Padres ya destacaron que María en la Anunciación dio su consentimiento con plena libertad y conciencia, comprometiéndose a la invitación divina para un servicio total a Cristo y a su obra salvífica. Pusieron también de relieve que María vivió su maternidad divina y salvífica bajo el impulso gratificante del Espíritu Santo, desde el  principio hasta el fin de su vida terrena, en un progresivo camino de fe, obediencia y caridad, consagrando su propia persona a la obra salvífica de su Hijo.

Un día, un oyente entusiasmado gritó a Jesús: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Jesús le apostrofó: «Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Esta exégesis es el mejor comentario teológico al modo con el que su Madre vivió la Maternidad: no sólo de modo biológico sino con total y permanente entrega al servicio de la obra de su Hijo, de acuerdo con su consciente y rendido: «Soy la esclava del Señor, hágase lo que Dios quiere». ¡¡Qué ejemplo para nosotros, al celebrar hoy la Maternidad de María!! ¡¡Qué ejemplo a imitar durante todo el año que hoy comienza!!

 

5. María, Madre-Reina de la Paz. En medio del gozo que hoy nos embarga, sentimos también una gran pena por la situación que presenta la familia de los hijos de Dios: guerras violentas, terrorismo, enfrentamientos rencorosos, lucha de clases, división en las familias, ... Una cuestión especialmente dolorosa es el sufrimiento y el daño que se está causando a los niños: hambre, explotación para la guerra, comercio sexual, violencia doméstica, divorcio, etc. Pablo VI tenía sobrados motivos para unir la fiesta de la Maternidad Divina de María con la súplica por la Paz, a Jesucristo, Príncipe de la Paz y a su Madre, Reina de la Paz. Que ellos nos concedan el don de la paz: al mundo, a nuestra Patria, a la Iglesia, a nuestras familias, y a todos y cada uno de nosotros.                       

SAGRADA FAMILIA. 28. XII. Proyecto de homilía

LA SAGRADA FAMILIA Y LAS VIRTUDES DE LA FAMILIA CRISTIANA

 


 

 

1. Ambientación histórica. El culto a la Sagrada Familia floreció a partir del siglo XVII, al cobrar relieve el culto a san José (el culto a la Santísima Virgen viene desde muy antiguo). Sin embargo, fue en el momento en que la familia cristiana sufrió los embates de la secularización laicista, en pleno siglo XIX, cuando la Iglesia se decidió a crear una fiesta litúrgica consagrada a la S. Familia. León XIII la introdujo en el Calendario Romano y estableció que se celebrase el tercer domingo después de la Epifanía. Tras  una desaparición transitoria, fue restablecida y asignada al domingo siguiente a la Epifanía. El Papa Pablo VI quiso realzarla y darla una orientación todavía más familiar, presentando a la S. Familia como ejemplo de las virtudes domésticas de la familia cristiana; motivo por el cual la colocó en el domingo situado entre la Navidad y el 1 de enero. En España se ha instituido como «Jornada por la Familia y la Vida», dependiente de la Conferencia Episcopal. Actualmente, se congrega en Madrid una inmensa multitud de personas que quieren celebrar el gozo de la familia cristiana y afirmar su validez y su extraordinaria importancia.

 

2. «Imitar sus virtudes domésticas» y estar «unidos por el amor» Estas palabras de la oración colecta resumen y centran el objeto de la celebración: si la Sagrada Familia es un «maravilloso ejemplo», lo lógico es que pidamos que las nuestras imiten sus virtudes y su amor.

María puso toda su condición femenina a disposición de Dios, para acoger en su seno, criar, dar a luz y educar al Hijo del Eterno Padre hecho hombre. Se puso al servicio de la misión de este Hijo, aunque tuvo que sufrir que una espada le atravesase el alma, al hacer suyo el rechazo de Jesús como Mesías  («una espada te traspasará el alma», le dijo Simeón. La espada hiere y mata y tiene siempre un carácter hostil contra la vida; el alma es lo más íntimo de la persona. Las ofensas a Jesús, fueron las de María; el destino de Jesús fue también de María. Ella y Él están unidos de modo total y cordial); le acompañó en los momentos de la persecución, del abandono y del desamparo; gozó con Él mil detalles de la vida cotidiana y, especialmente, la gloria de su Resurrección.

José tuvo que asumir la paternidad adoptiva de Jesús, y cumplir con él todas las obligaciones de un padre responsable: le protegió del impío Herodes, le enseñó a rezar antes de las comidas, le llevó cada sábado a la sinagoga de Nazaret, le acompañó a Jerusalén cada Pascua, desde que Jesús tuvo doce años, le enseñó el oficio con el que ganarse la vida.

No resulta difícil imaginarse la vida de la Sagrada Familia: cada día,  José, en el taller; María, moliendo el grano y cociendo el pan cada día, y preparando la comida y la casa; Jesús, ayudando en lo que podía; todos, rezando antes de cada comida, al levantarse y al atardecer; los sábados, observando el descanso impuesto por la Ley y participando en la liturgia de la sinagoga (se leía y explicaba el Antiguo Testamento y se hacían unas oraciones solemnes); y, cuando llegaban las Fiestas, subiendo a Jerusalén si era el caso (Pascua). Y en todo momento, viviendo en paz, unidad, concordia y amor.

Nuestras familias imitan las virtudes domésticas de la Nazaret: viviendo el amor, servicio y respeto mutuo entre los esposos y los hijos, acogiendo la vida y cuidándola en todas sus fases y situaciones, educando a los hijos en lo humano (virtudes humanas, educación física, síquica, intelectual y moral), en lo espiritual y en lo estrictamente cristiano (trasmitiéndoles la fe, llevándoles a la catequesis, ayudándoles en la preparación a los sacramentos, enseñándoles a rezar y a tratar a Dios como a un Padre), enseñándoles, con la palabra y el ejemplo, a descubrir, respetar, ayudar y servir el otro, -especialmente a los enfermos y a los mayores-, a aceptar y santificar el dolor, a preocuparse por los más pobres y necesitados.

La primera lectura describe con gran delicadeza algunos comportamientos de los hijos para con los padres; y la lectura de san Pablo ofrece unas pistas del mayor interés sobre el modo de comportarse las esposas, los maridos y los hijos. El «sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otros» tiene una actualidad extraordinaria.

 

3. «Edificar nuestros hogares sobre la base firme de la paz verdadera» Estas palabras de la «Oración sobre las ofrendas» completan las de la Colecta. La oración no concreta cuáles son esas bases firmes de la paz verdadera. Entre otras, son fundamentales estas tres: la aceptación del otro, tal y cual es, el perdón mutuo sin cansancio y el amor. Las tres son fundamentalísimas; aunque se resumen en el amor, tal y como lo explica san Pablo en el himno a la caridad: «la caridad es paciente, es amable, no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra con la injusticia, se complace con la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13, 4-7).

 

4. «Que después de las dificultades de la vida» le acompañemos en el Cielo. Estas palabras de la Poscomunión, rematan el cuado precedente. La vida no es nunca de color de rosa; sino que es siempre una rosa con flores y espinas. El dolor acompaña al hombre y a la familia como la sombra al cuerpo: enfermedades, fracasos, accidentes, vejez, muerte, etc. Hay que contar con esto, asumirlo y santificarlo. No es un obstáculo para la felicidad verdadera; sabiendo, no obstante, que ésta no se da plenamente en la tierra, sino en la patria del Cielo.

Pidamos en nuestra eucaristía que Dios bendiga a nuestras familias y las defienda contra tantos enemigos que las atacan. Pidamos para ellas –especialmente para las que se encuentren en dificultades- la paz, el consuelo, la ayuda y el amor. Pidamos, sobre todo, que se miren siempre en el espejo de la Sagrada Familia para imitar sus virtudes.      

           

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA - CICLO B. 28.XII

EL FARO DE TODAS LAS FAMILIAS


En una ocasión, alguien me hizo notar que un niño es mucho más impotente que un patito y me dio esta sabia explicación: el patito tiene que valerse por sí mismo desde su nacimiento, mientras que un niño nace en la cuna de una familia. Cuando Dios se hizo hombre confirmó esta ley general, como muestra el evangelio de hoy. José y María le llevan al Templo para presentárselo a Dios. Porque, al ser el primogénito, Jesús pertenecía a Dios, según la Ley. San Lucas no dice que fuera rescatado, como debían serlo los primogénitos varones, sino que fue «consagrado». Jesús pertenece a Dios de un modo singular, habida cuenta de que María lo había concebido por obra del Espíritu Santo, no por la acción de san José. El Templo es el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. La primera vez en su vida que Jesús va al Templo, va en los brazos de María. Volverá cuando tenga doce años, pero lo hará por su propio pie. Entonces dejará más claro lo que ahora confiesa su Madre: que este hijo no le pertenece a Ella sino a Dios. En el Templo, José y María se encuentran con dos ancianos: Simeón y Ana. Simeón reconoce en aquel Niño al Mesías que él ha esperado durante toda su vida. Y rompe cantar alabanzas a Dios, porque Dios siempre cumple lo que promete: mantiene su palabra y sus promesas. Luego bendice a María y a José, y hace una profecía de enorme calado: Jesús es, ciertamente, el Mesías; pero no se llevará a la gente de calle, sino que unos lo recocerán como Mesías y otros lo rechazarán. Y eso tendrá consecuencias para María. Tantas y tan serias, que una espada –la espada hiere y mata y tiene un carácter hostil con la vida- herirá lo que es el centro de toda su vida: el alma. Las ofensas a Jesús, serán ofensas suyas, y el destino de Jesús será su destino. Ella y Él estarán unidos de modo total y cordial. Desde el Templo vuelven a Nazaret, que será durante muchos años la patria de Jesús. Allí vivirá como uno más. Pero estará redimiendo al mundo. José y María forman una comunión íntima de personas y tienen una única vida, cuyo centro es el Niño y su bien. ¡Qué ejemplo para nuestras familias!

 

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR - 25. XII. Proyecto de homilía

FILICIACIÓN DIVINA Y FRATERNIDAD HUMANA Y CRISTIANA

 


 

 

1. (Dios se hace hombre: este es el misterio de la Navidad). «Hoy ha amanecido un día sagrado, hoy una gran luz ha bajado a la tierra», canta con alborozo el Aleluya. Es un «día sagrado», porque «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el imperio, y tendrá por nombre ‘Ángel del Gran Consuelo’» (antífona de entrada). Ese Niño tiene la apariencia de todos los niños: débil, indefenso, necesitado de todo. Pero es Dios e Hijo de Dios. Nos lo dice con toda claridad san Juan en el evangelio: «En el principio existía el Verbo y el Verbo era Dios...Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros». Dios se ha hecho verdadero hombre. Dios ha entrado de lleno en la historia de los hombres, para compartir en todo nuestra condición humana, salvo en el pecado. Dios –que había hablado a nuestros Padres de muchas maneras-, «ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo» (segunda lectura) y lo ha hecho con el gran acontecimiento de la humanización de este Hijo. Su venida a la tierra trae la salvación que, según apunta la primera lectura, llegará a todos los confines de la tierra. ¿Qué cosa más lógica que romper a cantar henchidos de gozo y gratitud, puesto que «los confines de la tierra ha contemplado la victoria de nuestro Dios»? (salmo responsorial)

 

2. (Dios se hace hombre, para comunicarnos su vida divina)  En Jesucristo se ha hecho hombre el Hijo de Dios para hacernos partícipes de su vida divina. Lo proclaman con fuerza el evangelio y las oraciones. El evangelio no puede decirlo con más fuerza y claridad: «(El Verbo) vino a su casa y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios. Éstos no han nacido de sangre ni de amor humano sino de Dios». La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios nos da la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios en él y por él, si le acogemos por la fe y recibimos el Bautismo.

Darnos la posibilidad de ser «hijos en el Hijo»: estE es el objetivo último de la humanización del Verbo de Dios. Ciertamente, no hijos en el sentido del Hijo, porque el hombre no puede convertirse en Dios. Pero tampoco meros hijos adoptivos, mediante un título externo (como ocurre en la adopción humana: que es «cosa de papeles», aunque genere derechos y obligaciones paterno-filiales). Nosotros nos hacemos verdaderos hijos de Dios, porque participamos de su misma naturaleza divina. Ningún teólogo se habría atrevido a afirmarlo; pero san Pedro lo dice expresamente en una de sus cartas: «consortes –participantes- de la naturaleza divina». Nadie podrá arrancarnos este título; ni siquiera nuestros pecados, por muchos y graves que sean: aunque podemos ser  pródigos, nunca dejaremos de ser hijos de Dios.

La filiación divina es el gran regalo de Dios en Navidad. Recibirla, si todavía no estamos bautizados; o revivirla y reactualizarla, si hemos recibido el Bautismo, pero llevamos una vida tibia o pecaminosa: he aquí la gran tarea de esta Navidad. Nada hay comparable con ser hijos de Dios. San Pablo no se cansaba de repetírselo a todas las comunidades que fundó: «ya no hay hombre o mujer, esclavo o libre, judío o gentil» (estas eran todas las categorías posibles), porque todos somos «una sola cosa en Cristo». Ese «una cosa», era que todos somos hijos de Dios por el Bautismo.

 

3. (Si hijos, hermanos) Esta filiación fundamenta y exige la fraternidad entre los hombres. Si todos somos del mismo Padre, todos somos hermanos. Y, si todos somos hermanos, todos hemos de tratarnos como hermanos. Ricos o pobres, muy inteligentes o menos, de un estatus social alto o bajo ... son cosas de poca importancia; lo verdaderamente importante es que todos somos hijos de Dios, todos formamos una misma familia, todos estamos destinados a la misma gloria, todos llamamos Padre a Dios.

Este «título de grandeza» lo ignoran muchísimos cristianos. Por eso, tienen miedo a Dios, se alejan de él, le ofenden continuamente, piensan que Dios les castiga cuando las cosas no les salen bien o que Dios no les quiere. Es un gravísimo error, porque sólo el amor mueve al amor. El día en que descubramos que Dios es nuestro Padre, dejaremos de blasfemar, nos acercaremos al sacramento de la Penitencia para pedir su perdón, no nos preocuparemos por el futuro, no nos agobiarán los problemas, iremos por la vida sin miedo a nada ni a nadie, y nos apoyaremos en Dios a la hora de emprender cualquier proyecto.

 

4. María, Madre del Verbo Encarnado. Dios ha «necesitado» a una mujer: la Virgen María, para hacer su entrada en este mundo. El Verbo recibió su Humanidad del Espíritu Santo y de la Virgen María. María ocupa un lugar central en el misterio de la salvación: ella está indisolublemente unida al misterio de Cristo y a su obra salvadora, cuyos comienzos celebramos hoy. Dentro de poco, el mismo Espíritu convertirá el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Verbo Encarnado y nacido en Belén. Si luego nos acercamos a comulgar, en las debidas disposiciones, será nuestro propio corazón el que se convierta en Belén.                

DOMINGO 4 DE ADVIENTO - CICLO B. Proyecto de homilía

MARÍA, EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA

 

1. María, en el centro de la liturgia y de nuestra vida. María es el personaje central de este cuarto domingo de adviento; pues de Ella hablan la oración colecta, la oración sobre las ofrendas, el evangelio y el aleluya. De modo implícito,  la primera y segunda lectura, que son una profecía (la 1ª) y una revelación (la 2ª) del gran misterio escondido en Dios y revelado ahora en el Hijo que nace «de una mujer».

Este domingo es, pues, una piedra más que se coloca en el gran edificio mariano que se ha ido construyendo a lo largo de todo el Adviento actual. Con ello, la liturgia pone de relieve que María ocupa un papel excepcional en la historia de la salvación y, por ello, en el misterio de Cristo. Tan excepcional, que el Credo se ve obligado a hacer esta confesión: «Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación..., se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Dios se ha hecho hombre gracias a la cooperación total, espiritual y corporal, de María. Ella le ha aportado lo que aportan todas las madres a sus hijos: su seno para acogerle, albergarle, alimentarle darle a luz llegado el momento y continuar durante muchos años, dedicada totalmente al cuidado del hijo de sus entrañas.

Realmente no es una exageración afirmar que María es paso obligado para ir a Dios, porque ha sido el mismo Dios quien ha establecido este itinerario. Si ya en el orden humano decimos que «donde no cabe la madre no tiene cabida el hijo», en el orden de la gracia, la Madre del Redentor está indisolublemente unida al Redentor y a su obra. Por eso, el amor tierno a María es imprescindible en la vida cristiana. Ahora que nos preparamos con más intensidad a la celebración de la Navidad, vayamos de la mano de María. Si nos pegamos a su corazón, escucharemos cuáles son los sentimientos que –a cuatro días del parto- hay en su corazón de madre, por primera y única vez.

 

2. María, madre virginal de Dios. El mensaje que el ángel trasmitió a María no pudo ser más explícito: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin». Se oye el eco de las grandes profecías y, en particular, de la profecía de Natán (1ª lectura): «Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas...Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre». Se revelaba así el «misterio mantenido en secreto durante siglos» (2ª lectura). María acogió con total disponibilidad la vocación a la que Dios la destinaba, sin poner pegas o trabas. Porque sus palabras: «¿Cómo será esto, pues yo no conozco varón?», no son una resistencia, sino la manifestación de su prontitud: «Dime que tengo que hacer para realizarlo, porque yo no sé cómo, pues tengo consagrada a Dios mi virginidad» El ángel se lo manifestó en forma misteriosa pero clara: «El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y te cubrirá con su sombra». María no necesitó más aclaraciones, y añadió: «Que se haga lo que Dios desea, porque yo soy su esclava». Y se realizó el más grande de los prodigios que han presenciado los siglos: «El Verbo se hizo hombre», Dios irrumpió en la historia de los hombres, Dios se hizo hombre para divinizar al hombre.

Esta maternidad divina es el fundamento de la grandeza de María. Precisamente, porque iba a ser la Madre de Dios, fue concebida Inmaculada; y porque lo fue, de hecho, fue asunta al Cielo y allí intercede por nosotros. Por eso, ninguna oración más hermosa ni más gloriosa para la Virgen que la que tantas veces repetimos, especialmente en el Santo Rosario: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros»   ¡Qué confianza y qué consuelo para nosotros poder repetirla una y mil veces!           

3. Navidad y pascua. Navidad no es sólo ni principalmente ese misterio que nos presentan los belenes y los árboles que estos días colocamos en casa, en las iglesias y en ciertos lugares públicos o privados. Un villancico de nuestra tierra lo expresa con tanta ingenuidad como verdad: «Vino a la tierra para padecer». Dios se hizo hombre para salvar al hombre. Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros y por nosotros. Navidad es el comienzo de nuestra salvación. Este Niño será un día «Cordero que quita el pecado del mundo» derramando su Preciosísima Sangre «por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados». La colecta no lo puede decir con mayor claridad:  «Derrama, Señor, tu gracia, sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección». Jesús nace, para morir; muere, para resucitar; resucita, para consumar su sacrificio pascual, con el cual lleva a cabo el  designio salvífico que el Padre le ha encargado realizar: la salvación de todos los hombres. Pesebre y cruz, nacimiento y muerte, humillación y exaltación. ¡Este es el itinerario de Dios!   

 

4. María, la Eucaristía y el Espíritu Santo: un trinomio inseparable. La oración sobre las ofrendas aporta la última joya de este domingo:  el papel esencial que el Espíritu Santo juega en la Eucaristía. Es por la fuerza del Espíritu Santo como el pan y el vino se convierten sacramentalmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada; Cuerpo y Sangre que formó en el seno de la Virgen María. Si  la Eucaristía es la prolongación sacramental de la Encarnación y si la Encarnación fue obra del Espíritu Santo, la «encarnación» sacramental –la Eucaristía-, no puede ser más que obra suya. Esta teología la expresa, con enorme sobriedad y belleza, la oración sobre las ofrendas: «El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar».

 

5. Esto es lo que le pedimos ahora, al terminar nuestra homilía. Enseguida completaremos esta petición, cuando, en la Plegaria Eucarística, supliquemos al mismo Espíritu que «congregue en la unidad» a cuantos comulguemos el Cuerpo que Él nos ha preparado. De este modo, podremos abrirnos al proyecto que Dios tiene sobre nosotros, con la misma docilidad que la Santísima Virgen. Y Dios podrá hacer «obras grandes» por medio de nosotros, aunque nosotros seamos tan poca cosa.         

DOMINGO 4 DE ADVIENTO - CICLO B

LA «MISS UNIVERSO» DE LA GRACIA

«Bendita tú entre todas las mujeres»


 

Estamos en Nazaret. Pero no en la actual ciudad, sino en el villorrio de hace dos mil años. Una muchacha se va a convertir en «miss universo». Y, no por un año, sino mientras el mundo sea mundo. Ella, lo ignora completamente, pero la cosa va en serio: «Alégrate, María, llena de gracia», le dice un ángel al comunicarle la gran noticia. La muchacha se echa a temblar. El ángel la tranquiliza: «No temas», pero «concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» Ella comprende en un instante que Dios le pide su capacidad de mujer para dar la vida humana a Jesús. A ella se le confía enteramente la misión que una madre tiene con su hijo. Se le pide una entrega total, corporal y espiritual. Queda asociada por completo al servicio de Jesús. Aunque es él, no ella, el Salvador del mundo, a ella se le llama a prestar su servicio, para que Jesús pueda llegar a la existencia humana y tener un desarrollo plenamente humano. ¡Pobre muchacha, si tuviera que ser ella la que realizara esta prodigiosa misión! Pero no. «El Señor está contigo», le ratifica el ángel. Es decir, Dios hará que puedas cumplir lo que para ti es imposible. María pregunta, con toda humildad y candidez: «Dime cómo voy a realizar esto, porque yo no sé cómo, pues soy virgen y virgen he de permanecer» Propio de una verdadera vocación divina es comprender la insuficiencia personal. María lo ha comprendido perfectamente. Será Dios quien le haga posible realizar la misión que él mismo le ha confiado. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra», le dice el ángel. Será el mismo Dios quien te fecunde y te haga Madre suya. María sólo alcanza a decir: «Aquí estoy. Que se haga lo que Dios quiere». Y «el Verbo se hizo hombre». María hizo posible el más grande prodigio que han contemplado los siglos. La belleza de su humilde y total disponibilidad ha servido a Dios para declararla «miss» universo del Cielo y la Tierra. ¡Dios te salve, María...Bendita tú entre todas las mujeres» 

GRANOS DE TRIGO

Un grano de trigo es bien poca cosa. Pero unido a otros, puede trasformarse en pan sabroso y nutritivo. Incluso en Pan Eucarístico, capaz de reunir, en íntima unidad y fraternidad, a todos los granos cristianos esparcidos por el mundo. Los «granos de trigo» litúrgicos que irán apareciendo en esta sección, sentirían una gran alegría si ayudaran a que la liturgia y, lo que es su corazón: la Eucaristía, se convirtieran en fermento de unidad y fraternidad en la verdad.

 

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HOY HACE 45 AÑOS

 

RESUMEN. La Constitución Conciliar de liturgia es el resultado final de un largo proceso que ha durado más de medio siglo. Su aprobación fue un hito histórico por sus contenidos y orientaciones. Sin embargo, a estas alturas todavía son no pocos los que no la han leído ni asimilado. Urge, por tanto, conocerla bien, para trasmitir su letra y espíritu a los fieles.

 

 

Efectivamente, hoy, 4 de diciembre, hace 45 años que los Padres Conciliares aprobaron por abrumadora mayoría el primer fruto del concilio Vaticano II: la constitución Sacrosanctum Concilium (=SC), que Pablo VI promulgó con estas históricas palabras: «Nos, con la potestad apostólica que hemos recibido de Cristo, en unión con los venerables Padres, aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos y establecemos, y disponemos que lo decidido conciliarmente sea promulgado para la gloria de Dios».

 

Llegaba así a su desembocadura aquel río que inició su andadura oficial en el pontificado de san Pío X y que fue creciendo sin cesar, hasta convertirse en río navegable; por él que podría circular la nave de la Iglesia, cargada con los hombres y mujeres del siglo veinte y posteriores, deseosos de beber el genuino espíritu cristiano en las mismas fuentes de la salvación. No en vano la liturgia es, ante todo y sobre todo, el momento culminante de la Historia de la salvación y el ámbito en el que «se realiza la obra de nuestra redención, cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la Cruz, en el que nuestra Pascua, Cristo, fue inmolado» (LG 3).

 

Las aguas de ese inmenso río –llamado “movimiento litúrgico”-, a medida que discurría el tiempo y cruzaban la campiña, iban aumentando en cantidad y -quizás sobre todo- en calidad; gracias a las aportaciones históricas, teológicas y pastorales de tantos sabios y santos hijos de la Iglesia. Entre ellos merece una mención honorífica, en primer lugar, el gran Pío XII, sin cuyo magisterio y reformas hubiera sido imposible llegar felizmente a buen término, o haberlo hecho con la misma firmeza, seguridad y prontitud. Junto a él, si bien en otra esfera y por otros méritos, destacan dom Beauduin, dom Odo Casel, Romano Guardini, J.A. Jungmann y una pléyade de nombres de las más diversas geografías y sensibilidades religiosas.

 

Como 45 años son muchos años en una sociedad tan acelerada como la nuestra, algunos han afirmado que Sacrosanctum Concilium es ya un documento desfasado y necesitado de un serio aggiornamento. Es posible. Pero yo no comparto esta opinión. Pienso, más bien, que SC no es conocida bien; más aún, que son muchos los que no la han leído nunca de modo íntegro ni la han asimilado en sus grandes principios. Por eso, pienso que es absolutamente necesario que –sin dilación- volvamos a tomar en las manos el texto venerado de SC, lo llevemos a nuestra oración personal, lo interioricemos, lo proyectemos sobre la reforma posterior y se lo enseñemos al pueblo, a través de una paciente, pedagógica y mistagógica catequesis.

 

Esto no quiere decir que todo el documento tenga el mismo valor. Sin duda, lo más importante se encuentra en el capítulo primero y en las introducciones doctrinales con las que se abren cada uno de los capítulos. Dentro del capítulo primero, tienen una importancia decisiva los artículos 5-8, y 9 al 13. Ahí está esbozada la naturaleza verdadera de la liturgia, que es teológica, no estética, jurídica, arqueológica o anarcoide. La liturgia es una acción sagrada de Cristo Sacerdote que, asociando consigo a la Iglesia, hace presente en cada “aquí” y “ahora” su obra redentora, con la que Dios es perfectamente glorificado y el hombre plenamente salvado. ¡Nada menos!