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LITURGIA DEL VATICANO II

DOMINBO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO (21.VI.09) - Ciclo B

MIEDO DE LOS HOMBRES Y PODER DE CRISTO

«¡Sálvanos, que perecemos!»

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Estamos en medio del lago de Tiberiades. Atardece. Jesús va en la barca con sus discípulos hacia la otra orilla. Otras barcas les acompañan. El lago está como una balsa de aceite. Pero va a durar poco la calma, porque está a punto de estallar una gran borrasca. Llegará cuando Jesús se quede profundamente dormido. Los apóstoles están acostumbrados a este tipo de borrascas y saben que, a veces, su vida corre peligro. Viejos lobos de mar, se dan cuenta de inmediato de que la de hoy es de esas borrascas amenazantes. Y sienten miedo. Tanto, que se ponen a gritar. ¡Ellos, pescadores avezados y curtidos en mil batallas de mar, gritando de miedo y gritándole a Jesús! ¿«No te importa que nos hundamos»?, claman asustados y nerviosos. Ciertamente, están en situación de peligro. De mucho peligro. Pueden naufragar y hundirse. Así podría ocurrir si Jesús no estuviera en la barca. Acompañar a Jesús lleva consigo, muchas veces, ponerse en peligro. Incluso en peligro de perder la vida. Pero lo que cuenta –ahora y siempre- no es la fuerza del peligro ni la debilidad nuestra. Lo que cuenta es que Jesús vaya en la barca. Si hay unión, comunión, entre Jesús y sus discípulos, no hay que tener miedo. Por eso, Jesús –que ya se ha despertado-, se encara con los apóstoles y les apostrofa: «¿Por qué tenéis miedo?». No os dais cuenta de que yo estoy aquí con vosotros. Luego les da la explicación: «Increpó al viento y dijo: ¡silencio, cállate!» Habitualmente, las fuerzas de la naturaleza –una gota fría, un terremoto, un incendio pavoroso- perturban a los hombres y no hacen el menor caso a lo que éstos les imperan. Pero aquí va alguien que es más que hombre. Al oír «¡silencio, cállate!», el viento se para y viene una gran calma. Luego, Jesús pregunta: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Les reprocha mirar sólo el peligro, las dificultades, las fuerzas amenazadoras. La lección que han de aprender es enormemente actual para nosotros: Lo único que cuenta es estar en la misma barca que Jesús. No hay ninguna situación que él no pueda dominar. ¡¡Ninguna!! Entonces y ahora. Y siempre.    

CORPUS CHRISTI (14.VI.09) - Ciclo B

MISA, PROCESIÓN Y VIDA

«Esto es mi Cuerpo»

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¡Hoy es el Corpus Christi! Todos los pueblos y ciudades de España celebran, después de la misa y como lógica prolongación de ella, la procesión de Jesús en la Custodia. Y en todas partes resonará el mismo canto, hecho plegaria: «Cantemos al amor de los amores. Dios está aquí. Venid a doradores, adoremos a Cristo Redentor» ¡¡Dios está aquí!! No hay exageración alguna. La Palabra de Jesús –por medio del sacerdote, su ministro- y el poder del Espíritu Santo realizan el milagro de convertir el pan y el vino en el mismo Cristo. «Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre». Esto soy YO, en persona, el Dios Encarnado, Muerto, Resucitado y Glorificado. Jesús se hace presente en unos signos que se ven, se tocan y se palpan, porque sin ellos no es posible el sacramento. Por eso, mientras hay realidad sensible –sagradas especies, precisa la teología- hay presencia de Cristo en la Eucaristía. Aquí está la razón que justifica que guardemos las Sagradas Formas en el sagrario, terminada la Misa, y pongamos junto a él una lámpara encendida, que nos indica y recuerda esa presencia. Aquí está también la causa que explica por qué hoy hacemos la procesión de la Eucaristía por nuestras calles y plazas con la Hostia consagrada en la misa celebrada inmediatamente antes, repitiendo el espectáculo, tan sencillo y tan evocador, de aquellas muchedumbres –sencillas pero fervorosas- que seguían a Jesús por los caminos y pueblos de Palestina. Como ellas, sabemos que él, Jesús, es completamente necesario para seamos algo más que hojarasca o follaje. Necesitamos participar en la Eucaristía y comulgar con frecuencia para ir detrás de él con fidelidad, a pesar de nuestras flaquezas. Pero esa participación no se compadece con una Eucaristía formalista, sin alma, apresurada, distraída, vacía de contenido y de entrega. Misa-Procesión-vida forman una única secuencia. Que nadie sueñe ser cristiano sin ir a Misa y comulgar con frecuencia. Pero que nadie piense que basta con ir a Misa y comulgar. Misa, sí. Comunión, también. ¡Y vida, cuajada en frutos de entrega y de amor!!       

 

DOMINGO 10 DEl TIEMPO ORDINARIO (7.VI). Santísima Trinidad

TODO EL MUNDO ES LA HEREDAD

«Id al mundo entero»

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«Id al mundo entero. Haced discípulos míos a todos los hombres. Bautizadlos. Y consagradlos al Padre y el Hijo y al Espíritu Santo». Estas cuatro frases condensan el evangelio de este domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad. En primer lugar, Jesús da a sus Apóstoles un mandato: «Id al mundo entero». Es un imperativo, no un simple ruego, cuyo horizonte son todos los hombres y mujeres del mundo. Él, Jesucristo, es el Señor de todos, porque ha dado su vida por todos y a todos les ha reconciliado con su Padre. Por eso los Apóstoles han de  ir a todos y comunicarles esta Gran Noticia y hacerles discípulos suyos. Ser discípulo comporta vivir la propia vida con Jesús y seguir su ejemplo. No se puede ser discípulo, no se puede ser cristiano, si permanecemos distanciados de Jesús o si acogemos parte de su mensaje, en función de nuestros gustos o caprichos. Para ser discípulo, es indispensable dejarse ganar por Jesús de modo que sea Él el que moldee nuestros pensamientos, nuestros proyectos, nuestras ilusiones, nuestra actividad, en una palabra: nuestra vida entera. El Bautismo es el medio por el cual uno se convierte en discípulo de Jesús, pues el Bautismo realiza lo que simboliza y lo que simboliza es una inmersión total en la vida divina. Bautizarse es bañarse, sumergirse plenamente en la vida de Dios, en el ámbito de la vida y protección del Dios trinitario: «Bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Este en el núcleo del mensaje de Jesús. Él nos ha revelado a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. El Dios que nos ha dado a conocer Jesucristo no es un Dios solitario, un Dios que está sólo sino un Dios que tiene interlocutor. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo viven en comunión. Junto a Dios Padre está el Hijo y ambos están unidos por el Espíritu Santo en el amor divino. Nosotros somos bautizados en el nombre de este Dios que es en sí mismo comunión y por el Bautismo somos acogidos en la familia de Dios, pasamos a ser hijos e hijas de Dios. ¡Qué grande es el Dios cristiano y qué inmensa suerte formar parte de su familia!   

PENTECOSTÉS (31.V.09) -Ciclo B

NECESITAMOS AL ESPÍRITU SANTO

«Recibid el Espíritu Santo»


 

 

Estamos en el Cenáculo, la tarde de la Resurrección. Los Apóstoles ya han oído a María Magdalena que Jesús ha resucitado. Deberían estar rebosantes de alegría y de seguridad. Con todo, el miedo les sigue atenazando y no se atreven a salir de casa. En estas, el Resucitado se hace presente. Primero les convence de que está vivo. Después les confía una misión. Les enseña las manos y el costado. Son las manos

traspasadas por los clavos y fijadas en la cruz. Es el costado atravesado por la lanza del soldado, del que manó sangre y agua, como símbolos de la Iglesia y de los sacramentos, especialmente del Bautismo y la Eucaristía. Jesús se ha dejado clavar en una cruz porque ha sido enviado desde el amor del Padre como salvador del mundo. O lo que es igual: para dar a conocer al mundo a Dios como Padre y para cargar sobre Sí con todos los pecados de todos. Lo que ellos ya saben, han de darlo a conocer a los demás, ya que su misión es la misma que la de Jesús. Solos no podrán. Pero terminarán pudiendo con el Espíritu que les comunicará Jesús, cuando sople sobre ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo». Ahora sí. Ahora ya pueden anunciar la gran amnistía que Dios ha concedido al mundo por la Cruz y Resurrección de su Hijo. Más aún, podrán realizarla en cada hombre y en cada mujer. Primero, tendrán que anunciarla con la Palabra. Luego, celebrarla con el sacramento del Bautismo. La misión de los Apóstoles, como la de Jesús, no puede ser más que una misión de salvación. Su relación con los hombres no tiene otro fin que anunciarles que Dios les ama como Padre y que desea perdonarles. No violentarán las conciencias, porque es el hombre quien libremente ha de abrirse o cerrarse. Sólo la libertad puede acoger la salvación o dictar sentencia condenatoria contra sí misma. Estamos en unos momentos de especial cerrazón a la salvación que Dios oferta. Es urgente una nueva venida del Espíritu para que nos convenza de nuestra estupidez, de nuestra ceguera, de nuestra miseria. Sólo Él puede cambiarnos. ¡Por eso le necesitamos tanto!             

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (24.V.09)- Ciclo B

MIRANDO AL CIELO Y AL SUELO

«Id al mundo entero a predicar el Evangelio»

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En mis clases de liturgia, he repetido siempre a los alumnos que, si la celebración tiene prefacio propio, nada mejor que ir directamente a él, para comprender el misterio que celebramos. Hoy es una prueba palmaria, pues el texto prefacial, además de una gran calidad literaria, posee un enfoque casi insuperable de la Ascensión de Jesucristo al Cielo. A su luz, entendemos que ella no es sólo un acontecimiento sino un misterio: el misterio del cumplimiento de la Pascua en el Cuerpo total de Cristo, Cabeza y miembros. Dice así: «Jesús, el Señor, el Rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy al Cielo, como Mediador entre Dios y los hombres, como Juez de vivos y muertos. No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como Cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su Reino». ¡Nada menos que esto es el misterio de la Ascensión! Cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo- vino desde el seno del Padre a la tierra, venía como Dios. Cuando hoy vuelve junto al Padre, vuelve como Verbo Encarnado-Muerto-Resucitado para ser plenamente exaltado y glorificado; y vuelve llevando consigo a todos los que nos hemos incorporado a Él por la fe y el Bautismo. Vuelve como Cabeza de un Cuerpo, de modo que su entrada en la gloria es la prenda segura de que allí entraremos nosotros si le seguimos fielmente en la tierra. Gracias a esa capitalidad, no ha querido ni puede desentenderse de nosotros. En el Cielo intercede por nosotros ante el Padre y en la tierra nos acompaña de modo permanente, sobre todo, en la Eucaristía. Por eso, nuestra celebración de la Ascensión, además de recordarnos que el Cielo es nuestro destino y nuestra meta, nos remite necesariamente al suelo, al mundo, a nuestras tareas. Para que, en ellas y por ellas, hagamos que su Pascua llegue a vivificar nuestra vida y la de nuestros hermanos, y lleve la justicia, la solidaridad, la comprensión y el amor a las estructuras sociales del mundo, tantas veces sucias e inhumanas.

DOMINGO SEXTO DE PASCUA (17.V.09) - Ciclo B

LA VIDA DE LA VID ES EL AMOR

«Permaneced en mi amor»

 

El de hoy es uno de esos evangelios que, más que comentado, pide ser leído y contemplado en un clima de quietud y confidencialidad entre Cristo y nosotros. Basta enunciar algunas de sus enseñanzas. «Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor». «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». «Este es mi mandamiento: que os améis uso a otros como Yo os he amado» «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que Yo os mando» Cada una encierra un mundo. Sobre todo, leída como conclusión y consecuencia de la alegoría de la vid y los sarmientos, que encontrábamos el domingo anterior. Allí se decía el dato fundamental y decisivo: Jesús es la vid y sus discípulos somos los sarmientos; si queremos dar fruto, necesitamos permanecer unidos a Él. Hoy se da un paso más y se muestra cuál es la vida que caracteriza a esa Cepa, vida que debe pasar a los sarmientos. Esa vida es descrita con estas características: Jesús ama al Padre, guarda los mandamientos que el Padre le ha dado y así permanece en su amor, se entrega hasta la muerte por sus amigos, y tiene como característica esencial el amor y la entrega universal. Todo esto ha de ser compartido por los discípulos en su vida y actividad. La imagen de la vid y los sarmientos muestra así la profunda y completa comunión de vida que rige entre Jesús y sus discípulos. Por eso, como la vida de Jesús es una vida de amor hacia ellos y hacia los demás hombres, este mismo amor debe ser el rasgo característico de la vida y actividad de sus discípulos. El amor fraterno se convierte así en criterio y medida de su comportamiento: «Esto os mando: que os améis unos a otros». Para que sea el «amor fraterno de Jesús», ha de ser como el amor del mismo Jesús. Los discípulos son remitidos expresamente al amor que han recibido de Jesús, como la savia del sarmiento remite necesariamente a la que recibe de la vid. ¡¡El amor fraterno como distintivo del discípulo de Cristo! ¡Con qué facilidad lo decimos y con qué facilidad lo negamos! 

 

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (10.v.09) - Ciclo B

CRISTIANISMO Y EFICACIA

«El que permanece en Mí, ése da fruto abundante»


El evangelio de hoy es la famosísima alegoría de la vid y los sarmientos. Jesús, que tiene delante a unos hombres que saben bien qué es un viñedo y las reglas por las que se rige, hace esta sencilla y, a la vez, hondísima afirmación: «Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y yo en él, ése da fruto abundante. Al que no permanece en Mí lo tiran fuera y se seca; luego los recogen y los echan al fuego» Las conclusiones son obvias: Si los Apóstoles son los sarmientos y Jesús la vid, toda su eficacia apostólica y misionera depende exclusivamente de Él: «Sin Mí no podéis hacer nada»; y es imprescindible que permanezcan unidos a Él. Luego, Él mismo les aclara cómo lograr esta permanencia: guardar sus «palabras» y sus «mandamientos», especialmente el del amor fraterno. «Las Palabras» de Jesús comprenden todas sus enseñanzas y todas sus exigencias. Ellos las conocen bien, porque les ha contado todo lo que ha recibido del Padre. Si las aceptan y guardan con fe, estarán firmemente unidos a Él. Por lo demás, ¿cómo se podría dar testimonio de Jesús y ganarle a otros por la fe, si no se cree en Él con la fe más viva? Ahora bien, la producción de frutos depende también del empeño misionero de los Apóstoles. No pueden dejar de hacerlo, al contrario, han de ganar almas para Cristo, porque Jesús no les deja elegir entre dar o no dar fruto. Al contrario, han de darlo y en abundancia, porque Jesús les ha elegido y destinado para esto y ésta es la voluntad del Padre. De ahí que el que no dé fruto, «será cortado y echado fuera» Todos sus esfuerzos apostólicos han de tener siempre la misma meta: «dar fruto abundante» Las preguntas se amontonan, aunque se imponen estas dos. ¿Los cristianos –pastores y fieles- estamos convencidos de que sin Jesucristo somos un cero a la izquierda y más estériles que una estepa? ¿Tenemos evidencia de que nuestra permanencia en Cristo, además de ser imprescindible, es una quimera sin la lectura asidua de su  Palabra y la observancia de sus mandamientos, especialmente el del amor fraterno?      

DOMINGO CUARTO DE PASCUA (3.V.2009) - Ciclo B

JESUCRISTO, NUESTRO PASTOR

«El Buen pastor da la vida por las ovejas»


 

 

El hombre moderno no siente necesidad de nadie. Se siente seguro y cree bastarse a sí mismo.  Por eso, se puede poner nervioso ante la parábola de este domingo: «el Buen Pastor», en la que nosotros somos «ovejas» de las que cuida Jesucristo. Reconocerse «oveja cuidada por un pastor» equivale a reconocer limitaciones y dependencias, que son, precisamente, las que no quiere admitir. Sin embargo, el hombre moderno, tú yo,  es mucho más impotente y menesteroso de lo que se imagina. En tu vida, en la mía y en la de casi todos hay circunstancias personales complicadas que no conseguimos desembrollar; fuerzas que nos separan y enfrentan, dividiendo entre sí a los hombres y a los pueblos; injusticias sociales que somos incapaces de superar; vidas de tantos no nacidos que querríamos salvar y no podemos; sementeras de odio depositadas por «el enemigo» en los campos que hemos intentado sembrar de comprensión y fraternidad. Muchas veces somos un niño abandonado a su suerte, un enfermo aquejado de una enfermedad incurable, un montañero suspendido en el abismo. Necesitamos la ayuda de alguien que nos quiera bien, que nos ayude, que sea nuestro guía y nuestro «pastor». Jesús es ese Buen Pastor. Él ha venido para hacerse cargo de nuestras necesidades y conducirnos a la vida en plenitud. Nos ama más que a Sí mismo, pues ha preferido nuestro bien a su vida. A veces, tiene que lanzarnos una piedra que nos hace daño, porque nuestra rebeldía se hace terca y nos empeñamos en despeñarnos hacia el abismo. Pero esto, lejos de ser un desamor, es muestra de un amor de muchos quilates. Eso explica que su relación con nosotros no sea impersonal y fría sino profundamente personal y cordial. Él conoce nuestra propia historia, nuestras dificultades, nuestros defectos, nuestras características.  Y, precisamente por eso, nos ama y quiere introducirnos cada vez más en comunión con Él. Pero esto será imposible si nuestra relación con Él es fría, distante, impersonal. Necesitamos conocer más a Jesucristo. Tratarle más y mejor. Dejarnos querer por Él. Considerarle nuestro «Buen Pastor» a todos los efectos.

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA (19.IV)- Ciclo B

EL RESUCITADO BUSCA HOMBRES Y MUJERES

“Señor mío y Dios mío”


 Lo decía Benedicto XVI en su mensaje de Pascua del domingo pasado: “Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos gustar la vida eterna”. Que se lo pregunten al terco Tomás –del que nos habla el evangelio de este domingo- si la Resurrección fue un sueño, una quimera, una utopía, una teoría o una realidad histórica, que él tocó, palpó y vio con sus propios ojos. “Si no veo las llagas de sus manos, si no meto la mano en su costado, no creo”, había fanfarroneado, cuando los demás discípulos le dijeron que era verdad lo que habían dicho las mujeres y que se había presentado ante ellos mientras él estaba ausente del Cenáculo. A los ocho días se repitió la escena: puertas cerradas y dentro los apóstoles, en este caso estando presente el incrédulo Tomás. Cuando vio al Resucitado y oyó “trae tu dedo, aquí tienes mi costado”, se tapó los ojos con las manos –así me lo imagino yo- se echó a los pies de Jesús e hizo esta maravillosa confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. La pasta antropológica de los apóstoles no estaba hecha de fantasías, sino forjada con el duro realismo que imprime la naturaleza, el aire y el mar. Eran mucho menos propensos a deslizarse por la ruta de la imaginación que por la de la desilusión y desesperanza de los caminantes de Emaús. Por otra parte, ¿alguien conoce que el sueño de unos desconocidos –eso eran los apóstoles- haya sido seguido por millones y millones de personas de todos los tiempos, situaciones culturales y económicas y ambientes sociales? Pues aquí estamos más de mil millones de cristianos esparcidos por todo el mundo. Jesús ha resucitado verdaderamente y ha iluminado las zonas oscuras del  materialismo y nihilismo, que se debaten en el sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana. Pero aunque Cristo ha extirpado la raíz del mal y de la muerte definitiva, necesita hombres y mujeres que le ayuden siempre y en todo a afianzar su victoria con sus mismas armas: la verdad, la justicia, la misericordia, el perdón y el amor.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (12.IV) - Ciclo B

LA ÚLTIMA PALABRA SE LLAMA «VIDA

«Resucitó. No está aquí»


 

Nietzsche acusó a los cristianos de haber matado la alegría de vivir. Se equivocaba. Como se equivocan todos los que piensan que seguimos a un crucificado. No han leído a san Pablo, que afirmó con contundencia: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es  nuestra fe; y somos los más desgraciados de los hombres» Sin embargo, añadía con idéntica garra: «Pero, no. Cristo ha resucitado; se me ha aparecido a mí» y a otros muchos. La Resurrección es la gran estrella que brilla en el firmamento de los cristianos y alumbra las oscuridades y penumbras de sus dolores, enfermedades y de su misma muerte. No seguimos a un crucificado sin más, sino a uno que «fue crucificado y al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha de Dios Padre». La última secuencia de nuestra Semana Santa no es el Viernes Santo sino esta mañana luminosa de Resurrección. Vamos detrás de la Vida, con mayúscula. Es verdad que no hemos visto al Resucitado con los ojos de nuestra cara. Como tampoco hemos visto a Recaredo, Colón o el Cid. Pero hay un montón de gente que le vio y nos lo ha trasmitido de boca en boca y de generación en generación; como se trasmiten las cosas de una familia y tantas otras cosas. Esos testigos le vieron, le tocaron, hablaron con Él, comieron con Él. Los discípulos de Jesús no somos, pues, unos ilusos que se refugian en una quimera imposible. Es mucho más sencillo. Simplemente creemos que Jesucristo está vivo y que nosotros, aunque un día muramos, otro día volveremos a la vida con Él. ¡Y para ser felices eternamente!. Se equivoca Nietzsche cuando afirmaba que los cristianos hemos matado el placer. Hemos matado el placer alicorto y sin más horizonte que esta vida, que da mucho menos de lo que promete. Él mismo es un testigo cualificado. Nosotros estamos persuadidos de que vale la pena seguir a Quien ofrece una meta y un horizonte mucho más maravillosos que los que ofrecen esta tierra y al final... la nada. Esta es «la marca» de nuestra casa. Una «marca» excepcional. Por eso lo anunciamos a quien quiera escucharnos.

 

DOMINGO DE RAMOS (5. IV) - Ciclo B

ACTITUDES PARA LA SEMANA SANTA


 

 

Ante la imposibilidad de comentar todo el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Marcos –que es el evangelio de este domingo-, he optado por glosar algunas actitudes que reclaman los misterios de esta Semana, que tradicionalmente llamamos «Santa». Me parece que son fundamentales estas cuatro. Ante todo, sentido de lo sagrado. Semana Santa no es una semana turística. Ni siquiera vacacional. Es una semana sagrada. La más sagrada del año. Porque nada hay más sagrado para el hombre –no sólo para el cristiano- que situarse ante el misterio de la entrega de Dios-Hombre a la muerte para salvarnos de la impiedad, de la miseria moral y de la muerte eterna. En segundo lugar, participación en la liturgia. La Semana Santa no es una representación teatral de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. No está mal hacerlo, pero «eso» no es la Semana Santa. Nosotros, ciertamente, re-presentamos ese inefable misterio. Pero en el sentido más fuerte del término. Lo re-presentamos porque lo volvemos a hacer presente. La diferencia entre lo uno y lo otro es la misma que existe entre la persona y su fotografía. Ahora bien, esta re-presentación sólo es posible en la liturgia, donde el mismo Jesucristo actúa y actualiza su misterio redentor. Por eso, sin participación en los actos litúrgicos no hay Semana Santa. En tercer lugar, seriedad y responsabilidad. Los misterios de la Semana Santa no son cosas «de niños y gente sin personalidad», sino de hombres y mujeres hechos y derechos. Porque son misterios que comprometen nuestra vida. Es decir, «nuestra historia» personal, familiar, profesional y social. ¡No rebajemos su grandeza al nivel de unos actos de culto sin proyección existencial y sin compromiso!. Finalmente, sentido de reconciliación. La muerte-Resurrección de Jesucristo reconcilió al hombre con Dios, consigo mismo y con la creación. Semana Santa es la gran llamada a reconciliarnos con Dios –acercándonos al sacramento de la confesión-, con los demás –pidiendo y otorgando el perdón-, con nosotros mismos –aceptándonos como somos y como estamos- y con la creación entera.       

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA (29.III) - Ciclo B

ES POSIBLE UNA GRAN COSECHA

«Si el grano de trigo muere, da fruto abundante»


 

 

Jesucristo vio mil veces hacer la sementera a los labriegos de  Nazaret. Siendo, como era, muy observador, descubrió que no había mejor modo de explicar el sentido profundo de su vida, que servirse de lo que esos labradores hacían. Un día, ya en su ministerio público, se lo explicó a la gente con la soberana sencillez y galanura del genio. Comenzó remitiéndoles a su experiencia: «Si el grano de trigo, que se siembra en la en tierra, no germina, queda infecundo; pero sí germina, da fruto abundante». La germinación, ciertamente, conlleva su muerte, pero sólo así se convertirá en trigal. Seguramente, los que le escuchaban nunca hubieran pensado que aquella sentencia encerraba la síntesis de su misterio. Pero era así. Él era el grano de trigo enviado por su Padre a dar la vida por la salvación de los hombres. Podía habérsela reservado, ahorrándose todas las persecuciones, calumnias, desprecios y sufrimientos –muerte incluida- de que fue objeto. Pero su vida habría sido estéril e inútil, al dejar incumplidos los planes del Padre e irredentos a los hombres. Jesús prefirió realizar la secuencia completa del grano de trigo: ser sembrado, germinar, morir y resucitar multiplicado. «Con su muerte, destruyó nuestra muerte; y con su resurrección restauró la vida», canta entusiasmada la liturgia. ¡Son las paradojas del Reino!: el que se entrega, sufre y padece. Pero es fecundo, deja poso, produce flores y frutos. Es la historia de los santos. Incluso la de todos los hombres honrados que han sido grandes. El comodón y egoísta no sufre -es un decir, porque sufre incluso más-, pero es estéril. Su paso por la tierra es arar en el mar. El cristiano de hoy y de siempre no tiene otro camino: si quiere dar fruto, ha de entregar su tiempo, sus ilusiones, sus cualidades, su vida entera por el Reino de Dios. Si tú y yo optamos por ser grano de trigo que se autodestruye por amor, daremos fruto abundante. Si preferimos una vida aburguesada y comodona, nuestro paso por este mundo dejará el fruto de un inmenso erial. ¿A qué opción nos apuntamos? 

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (22.III) - Ciclo B

DIOS ES AMIGO DEL HOMBRE


 

Cada día me convenzo más. La gran mentira, con la que el demonio ha engañado al hombre moderno, es haberle convencido de que Dios es su antagonista y, por ello, su enemigo. No hay mentira más radical. Porque Dios, además de haber creado al hombre «a su imagen y semejanza» y haberle constituido rey de la creación, no lo destruyó cuando se rebeló contra Él en el Paraíso. Al contrario, salió a su encuentro con el único fin de devolverle el rostro que había desfigurado y la herencia que había dilapidado. Este acercarse benevolente de Dios al hombre no fue algo puntual o esporádico. Nunca ha sido interrumpido por parte de Dios, por más que el hombre se ha empeñado en huir de ese encuentro. La historia de la salvación –recogida en las páginas del Antiguo Testamento y del Nuevo y continuada en la vida de la Iglesia y de, alguna manera, en la de la humanidad- es la historia de un amor no correspondido: Dios ha querido y quiere hacer el bien al hombre y el hombre rechaza, una y otra vez, el ofrecimiento, incluso con malas maneras. Esta historia de amor alcanzó su punto culminante en Jesucristo, el Hijo y Enviado del Padre. Cansado Dios de hacerse encontradizo del hombre por medio de otros hombres: los Patriarcas, los Profetas, los Pastores y Jefes del Pueblo, decidió enviar a su Hijo. Y, no contento con ello, quise que entregara su vida por nosotros. La glosa teológica que hace de este hecho el evangelio de hoy, no puede ser más impresionante: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan la vida eterna» San Juan añade, entusiasmado: «porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Pero esto no es toda la verdad. La verdad completa tiene este complemento: «el que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado» Es imprescindible que Dios ofrezca el don de su salvación. Pero el hombre tiene que poner su parte y acogerlo libremente. ¿Qué hacemos tú y yo?    

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ (19 de marzo)

1. San José tuvo una vocación importantísima

Estamos celebrando la Solemnidad de San José, el Esposo de Maria, el Padre y custodio del Hijo de Dios, el Patrono y Protector de la Iglesia y el Patrono de nuestro seminario. Esta simple enumeración de títulos nos indica que san José no es un santo cualquiera, ni siquiera un santo muy importante: es único.
Porque él y solo él fue verdadero padre de Dios, no porque lo engendrara -como hacen los padres de la tierra con sus hijos-, sino porque ejerció como verdadero padre de Jesucristo. José aseguró que Jesús naciese en el pueblo de Dios y le dio unas raíces davídicas, pues sólo los varones contaban para la genealogía e insertaban en la tribu correspondiente. Sin José, Jesús hubiera entrado en nuestra historia como un extraño y la verdad de ser hombre verdadero, no estaría libre de sospechas. José le defendió de Herodes, que quería matarle; le alimentó en Egipto y luego en Nazaret; le llevó a celebrar la Pascua a Jerusalén; le enseñó un oficio con el que ganarse el pan -que quizás tuvo que ganarse entre la muerte de José y su ministerio público-; en una palabra, ejerció de tal modo su paternidad, que la gente de Nazaret pensó que José era el padre de Jesús. «¿No es éste el hijo de José?», dicen sus paisanos, el primer día que les predica en la sinagoga.

José fue verdadero esposo de María. Estuvo casado con ella, según la ley judía. Primero celebró los esponsales -como consta en el momento posterior a la Anunciación-; luego la llevó a su casa y vivieron juntos, aunque en perfecta y completa virginidad, según el testimonio constante de la tradición viva de la Iglesia.

Desde León XIII es patrono oficial de la Iglesia. También lo es de muchos seminarios, incluido el nuestro. Hoy, día de su fiesta, la Iglesia que peregrina en España celebra el DIA del Seminario.

2. José fue grande por la fidelidad a su vocación

Pero san José no fue grande sólo ni principalmente porque tuvo una vocación y una misión tan excelsas. Sin salirnos del evangelio, sabemos que Judas tuvo una misión muy grande; lo mismo que el joven rico. Pero el primero traicionó a su Maestro y Señor, y el segundo prefirió sus riquezas y vida fácil a la llamada de Jesús. San José fue grande porque fue muy fiel. Lo que dice san Agustín de María -«fue más grande porque concibió a Jesús en su mente que en su vientre»-, se le puede aplicar de lleno a José. Lo mismo que las palabras de Jesús: «¿Quién es mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de mi Padre ese es mi padre, mi madre y mi hermano»
Esto es lo que hizo José siempre. Los textos que hemos leído nos le presentan como justo. Un hombre que se dejo conducir por Dios, un hombre que respondió con generosidad a la llamada. «Vete, haz, vuelve, acoge, no rechaces a María»: son imperativos de Dios -órdenes expresas de Dios- a las que José obedeció siempre y con toda prontitud. San José está en la misma línea de fe de los grandes Patriarcas y personajes del Antiguo Testamento. Él, junto con María, rotura el camino de fe de la Iglesia. Apoyado en la fe, creyó contra toda esperanza.
Por eso es grande. Por eso es también patrono de la Iglesia -que tiene que mantenerse siempre fiel y pronta a la voluntad de Dios- y Patrono de los seminaristas, que tienen que seguir fielmente su vocación, si Dios les llama, sin pararse ni echarse atrás por las dificultades.
La vida de José no una vida de grandes hazañas; al contrario, es una vida sencilla, muy similar a la de cualquiera de los vecinos de Nazaret. Si en algo es grande la vida de José es en que convirtió en extraordinario, lo más ordinario. La vida de cada día.

3. Fieles, como José, a nuestra propia vocación

Todos y cada uno de nosotros hemos recibido una vocación y una misión que cumplir. No hay ningún hombre ni ninguna mujer que no haya recibido de Dios una encomienda que realizar, que si él no la realiza, nadie lo hará por él. Esto es la vocación.
Unos –los menos- hemos recibido la vocación de ser sacerdotes; otros pocos, la de apartarse del mundo a un convento de clausura o a la vida consagrada; la inmensa mayoría habéis recibido la vocación de formar una familia –en el matrimonio- y santificaros estando comprometidos en los asuntos nobles en los que están comprometidos los demás hombres, para iluminarles –sin cambiar su naturaleza- con la luz de la verdad y del amor, que hemos recibido de Cristo por el ministerio de la Iglesia.
San José nos enseña hoy a ser fieles. A cumplir siempre, y con prontitud y fidelidad lo que Dios nos pide en cada momento. Si lo hacemos, nos ocurrirá como a él: José, en hebreo significa «Dios añadirá». Dios «añadió» a la vida sencilla de José –si se puede hablar así- la grandeza de Santa María, la Virgen, y de Jesús. Si nosotros somos fieles a lo que Dios nos pide, Dios añadirá a nuestra vida –sencilla y sin especial relieve- la grandeza de la santidad y de la eficacia apostólica. Si no fuéramos fieles, nuestra vida sería un rotundo fracaso, aun en el supuesto de que fuera brillante.

4. Seamos devotos de san José

Quizás alguno pregunte: ¿Qué hacer para ser tan fiel como san José? Se me ocurre, sobre todo, esto: tenerle una tierna y recia devoción. Esta devoción nos llevará a meditar su vida, a imitar sus virtudes y –sobre todo- a implorar su protección poderosa.
Santa Teresa de Jesús, la gran santa castellana, nos ha dejado esta impresionante invitación, sacada de su experiencia personal y apostólica:
«Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de ese gran santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios; no he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan...
Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargaría en decir muy por menudo las mercedes que me ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción; en especial personas de oración siempre le habrían de ser aficionadas». (Vida, 6).
Pidámosle hoy, la gracia que más necesitemos para responder a lo que Dios nos está pidiendo en este momento. Pidámosle también que aumente las vocaciones al seminario; o, mejor, que aumente la generosidad de los padres para trasmitir la vida y luego regalar los hijos a Dios; y mayor generosidad por parte de los hijos, para seguir la llamada de Dios. Porque ¡Dios llama más de lo que parece! Y nosotros le respondemos ¡menos de lo que pensamos!

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA (15.III.09) - Ciclo B

TEMPLO ETERNO HECHO EN TRES DÍAS

«Él hablaba de su cuerpo»


 

Hoy estamos en el Templo de Jerusalén, aquella maravilla que era la gloria máxima del judaísmo, centro de unidad y como la encarnación más representativa del pueblo judío. Jesús va a realizar el gran signo mesiánico de la «purificación» de ese lugar, convertido en mercado de bueyes, ovejas y palomas, y en banco de negocios. «No convirtáis mi casa en un mercado», dice proféticamente. Y, sin más, echa fuera a los animales y tira por el suelo el dinero de los cambistas. Se cumplía así lo que había profetizado Zacarías sobre «el día del Señor». Sus discípulos interpretaron el gesto según «lo que está escrito: el celo de tu casa me consume», que son unas palabras del salmo 69, 10, donde un orante justo es perseguido y afrentado por todos. El texto del salmista se convierte así en una prueba de que Jesús ha purificado el Templo a costa de su vida. El evangelio llega a su cumbre en el reto lanzado por sus enemigos a Jesús y en la respuesta que Él les da. Para ellos, Jesús había realizado un acto sacrílego contra el Templo y castigable incluso con la muerte. Se sienten, pues, con pleno derecho para interrogarle: «¿con qué autoridad haces esto?» «Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días», les contesta Jesús. No es una respuesta absurda, porque él no se refería al Templo que tenía delante, que se había construido en cuarenta y seis años. Él –puntualiza san Juan- «hablaba de su cuerpo» La escena quedó totalmente esclarecida,  cuando su cuerpo, destruido por la muerte a manos de sus enemigos, resucitó glorioso al tercer día. Estamos, pues, ante el gran desplazamiento. Todo el sistema ritual, sacrificial y de alabanza que estaba vinculado al Templo en el judaísmo, se traspasa a Jesús. El cuerpo resucitado de Jesucristo es el nuevo y definitivo Templo, el espacio para el culto «en espíritu y en verdad». En él se da la presencia personal de Dios entre los hombres, la fuente inagotable de salvación, el lugar del encuentro con Él de todos los hombres y mujeres, sea cual sea la situación y necesidad en que se encuentren.         

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA. (8.II.09)

DE VIERNES SANTO A RESURRECCIÓN

«Se trasfiguró delante de ellos»


 

Estamos en la cima del monte Tabor. Jesús ha subido acompañado de sus tres apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Los tres necesitan ser testigos de un acontecimiento extraordinario. Sobre todo, Pedro, que ha recibido la promesa de ser un día el garante de la fe de sus hermanos.  Todos ellos, en efecto, iban a ser testigos de la verdad de lo que les había dicho el Maestro: «Subimos a Jerusalén y, allí, el hijo del hombre será entregado a los jefes del pueblo, que le crucificarán y darán muerte» El golpe de los apóstoles iba a ser tremendo. Sobre todo, porque no comprendían que Dios quisiera salvar al mundo con el sufrimiento y, menos todavía, con una muerte que se reservaba a los peores criminales: la Cruz. Por eso, antes de que ocurriera, necesitaban experimentar que el Padre, lejos de rechazar al Hijo en el trance de la Cruz, aceptaba su sacrificio y se lo manifestaba a los hombres con el hecho incontrovertible de la Resurrección. La secuencia que el Padre tenía prevista tenía dos cuadros: la muerte de Cristo y la Resurrección. Para no hundirse, necesitaban un anticipo de esa gloria. Y eso es lo que experimentan hoy. Jesús se trasfigura ante ellos, sus vestidos se hacen más blancos que la nieve, su rostro brilla más que el sol. Por si fuera poco, se oye la voz del Padre, que dice: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto» Terminada la experiencia, mientras vuelven al llano, Jesús les apostilla: «lo que habéis visto es un secreto, que no podéis comunicar a nadie hasta que Yo resucite de entre los muertos». Desde este momento, los Apóstoles ya conocen toda la secuencia: la muerte no es muerte sino el camino imprescindible de la resurrección. Nuestra conversión cuaresmal –con todo lo que comporta de huida de las ocasiones de pecado, de no realizar acciones paganas, de más oración, sacrificio y limosna- es una secuencia de muerte; muerte al pecado; que, si es verdadera, concluye en una confesión sacramental contrita y sincera. Nuestro Viernes Santo nos llevará a la Resurrección, a una vida nueva.

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo B. Proyecto de homilía

DIOS NO PERDONÓ A SU HIJO, SINO QUE LO ENTREGÓ POR NOSOTROS

 

 

1. En este segundo domingo de Cuaresma, del ciclo B, se puede desorientar la homilía desde la primera lectura y el evangelio. Desde la primera lectura, porque podemos explicarla únicamente como la respuesta de un profundo creyente que se fía plenamente de Dios, hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, que era «el hijo de la promesa». Desde el evangelio, insistiendo en el hecho histórico de la Trasfiguración. Es verdad que Abrahán resplandece aquí -como en las otras dos grandes pruebas a las que Dios le sometió: la de su vocación y la de la alianza-promesa de una gran descendencia cuando era viejo y su mujer estéril- como creyente que se fía completamente de Dios. También lo es que la Trasfiguración es un acontecimiento histórico, no un relato novelesco.

 

2. Sin embargo, la liturgia no se pone en esa perspectiva. Para comprobarlo, tenemos dos grandes claves: el prefacio y la segunda lectura. En ésta, hay unas palabras –precisamente las que ha elegido el leccionario (que van al principio como título)- que lo centran todo: «Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. Estas palabras dan a la primera lectura una dimensión insospechada: la convierte en profecía de la Muerte de Jesucristo y en luz que ilumina el hondón más profundo del amor trinitario hacia el hombre: Dios Padre, que ahorró a Abrahán el sacrificio de su hijo Isaac, no se ahorró a Sí mismo el sacrificio de su Hijo. ¡Desde el amor paterno de Abrahán, entendemos mejor el amor paterno de Dios hacia nosotros! Y vemos la muerte de Cristo como un acto supremo de amor de toda la Trinidad hacia el hombre.

La otra clave de lectura es el prefacio: «Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la resurrección». Es decir, la Trasfiguración hay que leerla en clave teológica o teológico-salvífica. Veamos cómo.

Los apóstoles participaban de la mentalidad común entonces de un Mesías temporal, político y glorioso. Se habían olvidado -o no habían sabido descubrir- que los Cantos del Siervo de Yahvé (Is 49-53) habían anunciado un Mesías humilde, probado en el sufrimiento hasta los límites más insospechados, castigado por Dios y humillado; pero adquiriendo, como fruto de su entrega, todas las naciones. Pedro mismo, que había sido alabado por Jesucristo por haberle confesado como el Mesías enviado por Dios, quería oponerse a que Cristo muriese a manos de sus enemigos y recibió la más dura reprensión que se encuentra en el Evangelio: «Apártate de Mí, Satanás, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Los planes de Dios eran estos: la salvación de los hombres no tendría lugar por medio de milagros y actos de poder y fuerza, sino por la suprema humillación de la muerte del Hijo amado: «la pasión es el camino de la resurrección». La Trasfiguración fue el anticipo de la Resurrección y debía servir a los apóstoles de testimonio cuando llegara el momento terrible de la muerte del Maestro a manos de sus enemigos: entonces habrían de recordar que «la pasión es el camino de la resurrección». Es decir, que la muerte de Jesús no era el final del camino sino la penúltima etapa, indispensable, por lo demás, para llegar hasta la meta de la Resurrección.

 

3. Ahora que nosotros subimos a Jerusalén, a través del largo y laborioso camino cuaresmal, hemos de tener presente que la muerte al hombre viejo que todos llevamos muy enraizado en lo más íntimo y hondo de nuestra personalidad, es el paso previo y obligado para llegar a resucitar al hombre nuevo, en el gran día de la Pascua. Sin morir al pecado, a las acciones malas -que hay en nuestra vida personal, familiar, profesional y social-, a los ocasiones próximas y voluntarias de pecado, al egoísmo e individualismo que nos consume, no podremos celebrar la Pascua de modo realmente cristiano. La muerte al hombre viejo ha de llevarnos a un cambio de mentalidad y de vida en profundidad.

 

4. Desde estas ideas, las consecuencias que se pueden deducir son varias:

 

a)      el Misterio Pascual, al que nos encaminamos, es un inmenso misterio de amor del Padre a los hombres. Insistir en que Dios es amor y en que Dios nos ama. Un cauce maravilloso de ese amor es el sacramento del perdón: ahí Dios nos reconcilia por Jesucristo en el Espíritu. Presentar este sacramento como un sacramento de amor del Padre hacia sus hijos.

b)      Para corredimir con Cristo, necesitamos pisar sus huellas y no querer resucitar a una vida cristiana auténtica sin morir al pecado en todas sus manifestaciones.

c)      Cuando el grano de trigo muere, es decir: cuando uno entrega su tiempo, su dinero, sus cualidades en un servicio constante a los demás por amor a Dios, los frutos son siempre muy grandes y duraderos; en cambio, sin esa sementera, no cabe esperar una cosecha generosa.              

 

DOMINGO 1 DE CUARESMA - Ciclo B. HOMILÍA

 

DOMINGO DE LAS TENTACIONES

 

1. Jesús fue tentado en el desierto. El primer domingo de Cuaresma es el «domingo de las tentaciones» en los tres ciclos. Pero a diferencia de lo que ocurre en el A (Mateo) y en el C (Lucas) –que explican y pormenorizan las tentaciones concretas de Jesús (la conversión de las piedras en pan; la vanagloria; el dominio temporal del mundo)- san Marcos (ciclo B de este año)  se limita a decir que «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu y allí fue tentado por el demonio». Respetemos el texto y vayamos a lo que es su meollo: que Jesús fue tentado; que fue tentado por el demonio; y que salió victorioso.

 

2. Jesús fue tentado en el desierto, a lo largo de su ministerio público y en el momento cumbre de la Cruz. Las tentaciones del desierto son un adelanto de las que sufriría a lo largo de su ministerio público, las cuales consistieron –en última instancia- en que Jesús se presentase como un Mesías distinto al que el Padre quería. El Padre quería un Mesías pobre y espiritual, un Mesías humilde y doliente, un Mesías no terreno y político. El pueblo, en cambio, anhelaba y esperaba un Mesías que le llenara de trigo sus graneros y de vino sus lagares (temporal); un Mesías glorioso y triunfador del poder de Roma; un Mesías dominador, que sometiera todos los demás pueblos al Pueblo de Dios (político y nacionalista).

 

Si Jesús hubiera cedido a la opinión pública –que parecía lo más razonable-, lejos de ser rechazado por el pueblo, habría sido acogido con entusiasmo y proclamado rey. Pero habría sido infiel al proyecto del Padre y no habría realizado sus planes salvadores, dejando al mundo sometido al imperio del mal y del maligno. Jesús hizo siempre -con las palabras o con las obras-, la misma confesión orante del Huerto de los Olivos: «Que no se haga mi voluntad sino la tuya».

 

Incluso cuando sufrió la más terrible de las tentaciones: «Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz, y creeremos en Ti». Lo razonable era bajar de la Cruz, realizar ese gran prodigio y vencer y convencer a sus verdugos. Pero lo que el Padre esperaba de él era que siguiera allí y diera la vida por los hombres. Y es lo que hizo Jesús. Lo «irracional» a los ojos y juicios de los hombres, fue tan «racional» a los ojos y juicio del Padre, que aceptó su muerte como sacrificio redentor de todos los hombres y de toda la creación y, luego, le resucitó de entre los muertos y le constituyó «Señor y Cristo».            

 

3. Qué es la tentación y su existencia en la historia. La tentación es una propuesta razonable y atrayente que se nos hace para apartarnos del cumplimiento de la voluntad de Dios. Si se presentara como irracional y repelente, la rechazaríamos de inmediato, pues el hombre tiende a la verdad y al bien; y, además, se diferencia del bruto precisamente porque es inteligente.

La racionabilidad-atracción de la propuesta aparece con meridiana claridad en el Paraíso, en la Torre de Babel y el desierto. A Eva se le propone comer el fruto que era grato a la vista y en forma muy atractiva: «seréis como Dios» En Babel la propuesta es también razonable y atractiva: construir una torre más alta que la altura que pueda alcanzar el agua, en el supuesto de un nuevo diluvio. En el desierto, cuando el pueblo se muere de hambre y de sed, lo razonable y atrayente era pensar en Egipto y en sus puerros y cebollas. Eva fue vencida; como lo fueron los constructores de la torre –de una civilización que quería ser superior a Dios- y el pueblo elegido.

 

4. Nosotros somos tentados... por el mismo tentador. «Bajo el signo de Satán», tituló Bernanos una de sus novelas. Más aún, muchos de sus atormentados personajes muestran la presencia del Maligno como una constante en la vida del hombre. Así ha sido y así será siempre. Porque el demonio es el gran enemigo de los hombres, tanto a nivel individual como colectivo. Con la desobediencia a Dios, no perdió su condición personal, ni su inteligencia y poder; pero se convirtió en el gran mentiroso y en el gran instigador del mal, del enfrentamiento y de la división.

 

Dios y Satán. El bien y el mal. La luz y las tinieblas. El trigo y la cizaña. Todo esto no es una simplificación, sino las dos llamadas que resuenan tercamente en el interior del hombre y que, a la vez, le activan desde el exterior. Con un mínimo de realismo –y sin necesidad de asumir peligrosos maniqueísmos- aparece con claridad que el hombre está ahí, en esa encrucijada del bien y del mal. Más aún, teniendo que reconocer que cede con facilidad a la tentación y se va detrás de las propuestas –siempre razonables y atrayentes en apariencia, pero objetivamente malas y destructoras- del demonio. 

 

5. Paradojas del hombre moderno. El hombre moderno –y nosotros los cristianos- «pasa» de muchas cosas, incluido el demonio, al que considera algo en lo que creyeron las gentes de la Edad Media pero que es inadmisible en una época tan avanzada y madura como la  nuestra. En lugar de verificar la «denominación de origen» de la «dicha» que se le ofrece, la da por buena y se lanza sin más a «gozar», a «vivir la vida», a «ser feliz».

 

Es preciso desenmascarar la trampa que tan arteramente nos tiende el tentador. Pero esto será imposible si antes no nos preguntamos si será tan claro que no existe el demonio. Porque, como alguien ha escrito, «el mayor triunfo de Satán es habernos convencido de que no existe».

 

Es hora de advertir la paradoja que se da en nuestra vida. Mientras rezamos cada día «No nos dejes caer en la tentación, y librarnos del mal», nos resistimos a creer que vivimos «bajo el sol de Satán». Nosotros, que nos horrorizamos ante los males de nuestro entorno: las injusticias sociales, la lujuria desatada, la violencia doméstica, el terrorismo, las guerras, el hambre... somos incapaces de preguntarnos cómo puede explicarse todo esto sin la presencia de Satán.

 

Entramos en la cuaresma. Es tiempo de seguir a Jesús desde el desierto hasta su muerte; y verle siempre victorioso. Es también tiempo de advertir que las propuestas «razonables y atrayentes» que nos hace el demonio, además de no llevarnos de hecho a la felicidad –él siempre ofrece más de lo que puede dar-, nos conducen a traicionar los compromisos cristianos que asumimos en el Bautismo. Seamos valientes y humildes para llamar por su nombre a esas acciones, a esos espectáculos , a esos ambientes, a esas personas...que tanto daño nos hacen, no sea que, mientras pedimos a Dios «no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal», nosotros nos metamos voluntariamente en ella.

PENITENTES Y COMULGANTES

GRANOS DE TRIGO. 2

"A la tierra no la engaña nadie"


 

 

Un grano de trigo es bien poca cosa. Pero unido a otros, puede trasformarse en pan sabroso y nutritivo. Incluso en Pan Eucarístico, capaz de reunir, en íntima unidad y fraternidad, a todos los granos cristianos esparcidos por el mundo. Los «granos de trigo» litúrgicos que irán apareciendo en esta sección, sentirían una gran alegría si ayudaran a que la liturgia y, lo que es su corazón: la Eucaristía, se convirtieran en fermento de unidad y fraternidad en la verdad.

 

No hace falta ser quisquilloso o tener en ristre la espada de la hipercrítica. Basta que la  piel sea un poco más fina que la de un hipopótamo y advertir que, si es tanta la desproporción entre comulgantes y penitentes, algo pasa. «Lo que pasa», dicho de modo claro y sencillo, es que mucha gente se acerca a recibir la Sagrada Comunión sin las debidas disposiciones. Por eso, aunque son tantos los que comulgan, los frutos de vida cristiana son tan exiguos. Y es que la ley de «A la tierra no la engaña nadie», sigue en pie.

Los labradores de mi tierra explican muy bien qué quieren decir cuando la formulan. «Engañar a la tierra» es, por ejemplo, echar cien kilos de abono donde son necesarios doscientos. En el mes de abril, todos los trigales están iguales. Pero cuando llega agosto y la hora de cosechar, pasa lo que tiene que pasar: que la tierra donde ha faltado la mitad del abonado, produce la mitad que la que ha sido bien abonada. Y sentencian con mucho sentido común: «A la tierra no la engaña nadie».

Lo mismo ocurre con la Sagrada Comunión. Parece que es lo mismo acercarse con el alma limpia que con el alma manchada por el pecado grave y sin haberse confesado previamente. Pero no es lo mismo. Hace dos mil años dijo san Pablo lo que ahora recoge el Catecismo de la Iglesia Católica: « “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” [1 Co 11, 27-29]», (Catecismo, n. 1385). El mismo Catecismo explica algo que ha de hacerse para no comulgar indignamente el Cuerpo y la Sangre del Señor: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (Ibidem).

Dicho con otras palabras: se comulga indignamente cuando se ha cometido un pecado grave y se recibe la Comunión sin confesarse antes. No basta un acto de contrición; aunque sea perfecta. Hay que confesarse previamente.  

Mientras no volvamos a esta práctica, no daremos frutos de vida cristiana; al contrario, cada día seremos más baldíos. Confesión-comunión-santidad de vida forman un trinomio inseparable. Tan inseparable que incluso hay que unirlos habitualmente, aunque no haya pecados graves de por medio.

¿Cómo remontar la situación presente y equilibrar las filas de comulgantes y penitentes?

Entre otros, se me ocurren tres remedios básicos:

1º. Que los sacerdotes demos una catequesis –sencilla pero clara- sobre la realidad y gravedad del pecado y la necesidad de confesarse antes de comulgar, cuando exista conciencia de pecado grave (Esta catequesis lleva consigo la formación de la conciencia de los fieles).  

2º. Que los fieles que no se confiesan desde hace mucho tiempo, se pregunten si esto obedece a que realmente no lo necesitan o a que se han acostumbrado a quitar importancia a lo que realmente la tiene.

3º. Que todos tengamos presente que «el clima ambiental» pasa por alto incluso gravísimas aberraciones y que la presión es tan fuerte, que resulta muy fácil dejarse llevar por la corriente de la frivolidad y superficialidad; desvalorizando y hasta despreciando lo más noble y sagrado.

HOMILÍA (Proyecto de). DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

 

JESÚS SIGUE PERDONANDO LOS PECADOS

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1. Jesús, médico del cuerpo y del alma. El evangelio de hoy presenta a Jesús como médico prodigioso e integral: cura las enfermedades más graves del cuerpo y cura las enfermedades del alma. Concretamente, sana a un paralítico y le perdona sus pecados. Los dos actos están profundamente relacionados entre sí. Para demostrar a los fariseos que tiene poder para perdonar los pecados, Jesús realiza el milagro de la curación del cuerpo: «Toma tu camilla y vete a tu casa», dice al paralítico. Con el mismo poder le dice: «Perdono tus pecados». La muchedumbre vio que el paralítico «cogió su camilla, echó a andar y se fue a su casa». Que sus pecados quedaran perdonados, no lo veía; pero la parálisis curada era un signo de que así acontecía. Los fariseos no se equivocaban cuando decían: «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?», porque si el pecado a quien ofende es a Dios, sólo Dios puede perdonarlo. Jesús, realizando la curación del paralítico, demuestra que tiene el poder de Dios para sanar y para perdonar.

 

Jesús realiza el milagro por la fe vicaria de los amigos / conocidos del paralítico, que no se detuvieron ante los que parecían obstáculos insalvables; al contrario, tuvieron una fe-confianza tan recia en el poder de Jesús que no cejaron hasta colocar al paralítico delante de Él. «Si quieres, puedes limpiarme», decía el leproso del domingo pasado. Lo mismo dicen estos amigos / conocidos del paralítico; lo dicen con lo que hacen. Entonces, el Señor curó al leproso; hoy también cura al enfermo.

 

(Aunque sea una enseñanza colateral, no podemos pasar por alto el valor ejemplar de éstos amigos: ellos no piden la curación para sí sino para el amigo; y Jesús les escucha. Los padres, los amigos, los sacerdotes, los religiosos, ... tenemos aquí mucho que aprender. Se podrían recordar las lágrimas-oración de santa Mónica y la conversión de san Agustín; «¡Mujer, un hijo de tantas lágrimas no se puede perder!», le dijo san Ambrosio, obispo de Milán. Rezar con fe-confianza no es perder el tiempo). 

 

2. Jesús sigue perdonando hoy. El poder de perdonar los pecados se lo comunicó Jesús a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados». Ellos, mediante el sacramento del orden, trasmitieron este poder a sus sucesores y los sucesores se los siguen trasmitiendo a sus colaboradores, los sacerdotes. Por eso, cuando un obispo o un sacerdote dice al pecador «Yo perdono tus pecados», realmente le son perdonados. Porque –como dice san Agustín- «cuando alguien perdona, es Cristo quien perdona». «En el sacramento de la Penitencia –dice santo Tomás de Aquino-, actúa la fuerza de la Pasión de Cristo, mediante la absolución del sacerdote, junto con la colaboración del penitente, que colabora con la gracia de Dios a la destrucción del pecado» (Suma Teológica, III, q.84, a.5 in c). Los obispos y sacerdotes son ministros de Cristo; la autoridad que tienen no es suya sino de Jesucristo. De hecho, ellos no se autoperdonan, es decir: no se absuelven a sí mismos de sus pecados, sino que son perdonados por otros sacerdotes u obispos.

 

El que no ve con los ojos de la fe al sacerdote, no se acercará al sacramento de la Penitencia y repetirá la misma acusación de los fariseos: «¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios?». Esto es lo que está detrás de lo que dicen ahora algunos cristianos: «Yo me confieso directamente con Dios; no necesito decir mis pecados al sacerdote». Se equivocan como se equivocaron los fariseos; porque Dios quiere conceder el perdón no de modo directo sino por los cauces legítimos que él ha establecido: el sacramento de la Penitencia o Reconciliación.

 

Este poder es una de las dos joyas del sacerdocio católico; la otra es la celebración de la Eucaristía. Nadie, salvo los sacerdotes, puede consagrar el Cuerpo y Sangre de Cristo y perdonar los pecados. ¡Poderes inauditos, divinos!

 

3. Nosotros necesitamos el perdón de Dios. Al comienzo de la misa hemos dicho: «Yo confieso –reconozco- ante Dios Todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión». ¡Es verdad! Si repasamos los mandamientos, seguramente encontraremos blasfemias, faltas a la misa de los domingos, ofensas a los padres, escándalos a los hijos, malos pensamientos y acciones, difamación del prójimo, faltas contra la justicia, etc. Por eso, necesitamos el perdón de Dios. Para nuestra fortuna, Dios está ansioso de concedérnoslo y lo hará siempre que vayamos al sacerdote a confesarnos. Con la misma facilidad y gozo que al paralítico. 

 

Los pasos que hemos de dar son estos: reconocernos pecadores, pedir perdón, confesar todos los pecados graves, recibir la absolución y cumplir lo que nos mande el confesor. Quien tiene experiencia, sabe que el sacramento de la Penitencia es el sacramento de la alegría y de la paz. Es también el sacramento que restaña las relaciones en el matrimonio, entre los hermanos y amigos, y en las relaciones sociales.

 

Hoy, cuando estamos a un paso de comenzar la Cuaresma, deberíamos hacer el propósito de acercarnos al sacramento de la Penitencia lo antes posible. Si hace mucho que no lo hacemos, razón de más. Jesucristo nos está esperando para darnos su perdón y, luego, invitarnos a la Mesa de su Cuerpo y Sangre en la comunión.