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LITURGIA DEL VATICANO II

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (22.XI.09)

JESUCRISTO, REY DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

«Mi reino no es de este mundo»

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Jesús está ante Pilato, el hombre que tiene derecho sobre la vida y la muerte en Judea. Pilato le hace esta pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Está en juego la condena a muerte o la absolución. Jesús responde, interrogando a su vez a Pilato: «¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato se deja interpelar, pero demuestra que no quiere dejarse llevar por las valoraciones de otros o por los juicios sumarios. Al contrario, antes de emitir sentencia, desea establecer lo que realmente ha hecho el acusado. Jesús insiste hasta tres veces: «Mi reino no es de este mundo» Es decir, mi reino no es humano-terreno, no tiene pretensiones territoriales o de dominio, no usa instrumentos de poder. Y le da esta prueba concluyente: sus seguidores no han arriesgado su vida para defenderle, ni han recurrido a la violencia ni al combate, como ocurre con el poder político terreno. Pilato queda convencido de la demostración. Pero vuelve a preguntar, ahora más intrigado: «Luego ¿tú eres rey?» Jesús asume la responsabilidad de su misión y le contesta con absoluta claridad: «Sí, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» En la respuesta va el significado global de su nacimiento y de su venida: dar testimonio de la verdad. Sólo por esto está en el mundo y sólo en esto consiste su obra de Rey. Jesús afirma que conoce la verdad y que su testimonio es absolutamente digno de crédito. No se refiere a una verdad cualquiera, sino a la verdad sobre Dios. Gracias a este testimonio, sabemos que Dios ama ilimitadamente a los hombres y quiere acogernos en la comunión de su vida divina. Jesús quiere conquistarnos para esa vida de comunión con el Padre, en la que vive él mismo. Desvelándonos esa vida, él se revela como Pastor y Rey sin posibilidad de comparación con nadie. La acogida de este testimonio y de esta realeza de Jesús obliga a estar abiertos a Dios y a la verdad sobre Dios. Pilato cometió el error de cerrarse a este testimonio. Tú y yo ¿qué hacemos?   

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO (15.XI) - Ciclo B

¿CUÁNDO SERÁ EL FIN DEL MUNDO?

«Mis palabras no pasarán»

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¡Esto se acaba! Se marchitan las últimas flores, se recogen los últimos frutos, caen las últimas hojas, las horas de luz son cada día menos, el año litúrgico interpreta sus últimos compases, el año civil apura sus últimas semanas. El evangelio de hoy se sumerge en esta misma atmósfera. De hecho se centra en el final del mundo y de la historia. Sin que se lo preguntase nadie, Jesús hace esta profecía: «Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán» Sin embargo, se detuvo aquí, sin precisar cuándo ocurriría todo esto. Más aún, puso en guardia a sus discípulos frente a todos los adivinos y embaucadores: «Sobre el día y la hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo del hombre, sino sólo el Padre». Ningún hombre, sea sabio o ignorante, conoce si ese final está cercano o lejano. Jesús ha querido revelarnos el hecho y ocultarnos el momento. Ha querido, en cambio, enseñarnos esta gran lección: lo importante no es conocer el momento exacto del fin del mundo sino el mismo fin del mundo. Es decir, saber que la creación y la historia humana no son lo definitivo. El mundo en su condición actual no es la última obra de Dios. Queda por venir un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21, 1). Ese mundo nuevo comenzará con la venida del Hijo del Hombre. Jesucristo, con su venida gloriosa, revelará que está sentado a la derecha del Padre y dará comienzo a la nueva creación. El Padre impregnará toda la creación con la gloria divina del Hijo resucitado, el reino de Dios se afirmará definitivamente y desaparecerán todas las fuerzas hostiles a Él. Sólo Dios reinará. Y con Él, los que en su vida no se separaron de la Persona y palabras de Jesús por nada ni por nadie. Los que no quisieron cobijarse bajo esta bandera y rechazaron la comunión con Dios, no serán obligados a hacerlo en la nueva creación. Permanecerán donde están: ¡fuera de esa comunión!. Más que saber el día y la hora del fin de mundo, lo que cuenta es si ahora asumimos o rechazamos la comunión con Dios. 

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (8.XI) - Ciclo B

CANTIDAD Y TOTALIDAD

«Una pobre viuda echó dos reales»

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Jesús se ha puesto a enseñar a la gente. Su discurso es directo y breve, pero contundente: «¡Ojo con los letrados!», dice. Es una desautorización en toda regla. Los escribas y letrados son los guías espirituales del pueblo, conocen cuál es la voluntad de Dios y animan a cumplirla. Pero Jesús les desautoriza. ¿Por qué? Porque ponen siempre su propia persona en el centro. Porque pretenden siempre ser tratados con honores: en el mercado, en la sinagoga, en los banquetes, en el ámbito público, en lo religioso y en lo privado. Sobre todo, porque devoran los bienes de las viudas y les arrebatan su patrimonio. Las viudas y los huérfanos formaban parte de las personas socialmente débiles y, por ello, estaban bajo una especial protección de Dios. El juicio severísimo de Jesús recae hoy, de modo muy especial, sobre tantos dirigentes políticos y sociales, que –a través de los Parlamentos, la televisión, la radio, la prensa-, pervierten el criterio moral y la conducta de los más indefensos: ¡los niños y adolescentes!. Aunque se vistan con la capa de una supuesta autoridad y de un falso progreso, ¡¡cuidado con ellos!! La enseñanza de Jesús al pueblo concluye aquí, pero continúa, a solas, con sus discípulos. Ha visto que la gente rica echa generosas limosnas en el cepillo del Templo y que una pobre viuda ha echado dos reales. Tan poco, que es la sexagésima parte del jornal de un obrero en un día. Jesús emite el siguiente juicio de valor: «Os aseguro –les dice- que esta pobre viuda ha echado más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra. Ella, en cambio, ha echado todo lo que tenía para vivir» Jesús no juzga por la cantidad sino por la totalidad. Me viene a la memoria aquella copla, recogida en “Camino”: «Corazones partidos yo no los quiero/ y cuando doy el mío/ lo doy entero». Esta en la medida de Dios. Incluso la de cualquier enamorado. ¿Cómo andamos tú y yo de generosidad a la hora de entregar a Dios y a los demás el tiempo, la honra y el dinero?   

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1.XI)

LA GRAN OFERTA DE DIOS AL HOMBRE

«Estad alegres y contentos»

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¿Qué es lo que Jesús tiene que ofertar a los hombres? La Bienaventuranza, dice san Mateo. Por eso ha querido comenzar el ministerio público de Jesús con las ocho bienaventuranzas. Jesús no ha venido a la tierra a ofertarnos un código moral ni un sistema de verdades. Menos todavía, un conjunto de realidades humanas para cuya realización bastan un poco de talento y un buen corazón. Lo que Él ha venido a ofertarnos es el Reino de Dios, es decir, Él mismo: su Persona y su obra salvadora. Ningún otro puede hacer tal oferta. Por eso, no entenderíamos en toda su hondura las Bienaventuranzas si pusiéramos el acento en las disposiciones, actitudes y comportamientos con que hemos de acogerlas. Ciertamente, tales actitudes y comportamientos son necesarios, porque Dios no se relaciona con cadáveres sino con personas libres y responsables; y, además, ofrece el don, no lo impone. Pero lo decisivo es que Dios se acerque a nosotros para ofrecernos la posibilidad de enrolarnos en su propia vida y compartirla por toda la eternidad. He dicho bien: para compartirla plenamente en la eternidad. Porque las Bienaventuranzas no se realizan en esta vida sino en la otra. En esta vida se incoa la posesión de Dios, la salvación, la vida eterna. Pero la total y definitiva posesión de Dios, de la salvación, de la vida que es Vida se realizará cuando este mundo haya pasado y aparezcan los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva. Esto sólo es posible por el inmenso amor que Dios tiene al hombre. De ahí que las Bienaventuranzas sean una proclamación solemne y reiterada de que Dios se nos dará a Sí mismo y con Él la satisfacción plena, total y eterna de los deseos y aspiraciones más vehementes que anidan en nuestro corazón. Vale la pena que seamos pobres de espíritu (humildes de cabeza, corazón y vida), misericordiosos, pacíficos, limpios de corazón, hambrientos de santidad y justicia, perseguidos por ser fieles a Jesucristo. El que tiene ahora el espíritu de las Bienaventuranzas, será Bienaventurado después de su muerte.¡Y  para siempre!   

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO (25.X) -Ciclo B

¿PUEDES ASEGURAR QUE NO ESTÁS CIEGO?

«Señor, que vea»

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Estamos a las afueras de Jericó. Jesús va hacia Jerusalén, acompañado de una gran muchedumbre. A la vera del camino está sentado un hombre para el que no sale ni se pone nunca el sol. No puede ver a nadie ni trabajar y depende de la compasión del prójimo. Se llama Bartimeo, está ciego. Su puesto de trabajo está junto al camino, en espera de que los peregrinos que suben a la Ciudad Santa le den una limosna. Sin embargo, gracias a sus oídos, puede hacerse cargo de lo que acontece a su alrededor y saber que Jesús de Nazaret está pasando por allí. En otras ocasiones le han contado que Jesús hace milagros y quiere a los pobres. Y él, que está acostumbrado a gritar para pedir limosna, grita con todas sus fuerzas para que Jesús pueda oírle: «Hijo de David, ten compasión de mí; Hijo de David, ten compasión de mí» Los que van delante y están más cerca, no tienen compasión y le regañan. Nunca faltan personas que no tienen simpatía por los niños, por los impedidos y por los mendigos. Pero el ciego no se deja intimidar y grita con más fuerza: «Hijo de David, ten compasión de mí» La llamada del ciego llega hasta Jesús. Él no tiene entrañas duras sino rebosantes de misericordia; y manda venir al ciego. Jesús y el ciego entablan un diálogo lleno de veracidad y de ternura. Jesús le dice: «¿Qué quieres que haga contigo?» ¡Qué puede pedir un ciego sino la vista de la que está privado¡ Por eso, responde al instante y con vivacidad: «¡Señor, que vea!» Jesús no se hace de rogar y le cura de inmediato. ¡¡Si tú y yo tuviéramos una pizca de la fe-confianza de este maravilloso ciego!! El problema no son nuestros problemas materiales y espirituales. El problema somos nosotros que no tenemos fe. Nosotros estamos tan ciegos como Bartimeo, porque no vemos las cosas más fundamentales y primarias de la vida y de los hombres. Pero no tenemos la confianza y la fe que él tenía en Jesús. ¿No te  parece que deberíamos pedir a Bartimeo la limosna de sus palabras y de su confianza para repetir muchas veces, hoy y durante esta semana, «¡Señor, que vea!?»        

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO (18.X) - Ciclo B

LO QUE VA DE «SERVIR» A «SEGUIR»

«No sabéis lo que pedís»

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Seguimos en el camino de Jerusalén, hacia donde Jesús se encamina acompañado de los Doce Apóstoles. En la cabeza del grupo van el mismo Jesús, junto con Santiago y Juan, que quieren hacerle esta importante petición: «Concédenos sentarnos en tu gloria el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». O, lo que es lo mismo, ocupar los dos primeros puestos en su reino. Oyendo esta petición, se comprende bien que Santiago y Juan eran  muy ambiciosos y con ganas de sobresalir. La verdad es no se diferenciaban mucho del resto, porque cuando los demás lo oyeron, «se indignaron contra Santiago y Juan», porque también ellos tenían las mismas aspiraciones. Jesús volvió a explicarles una lección que les costaba entender: «El que quiera ser grande, que sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos». Jesús no hace teorías, sino que les traduce en una frase su modo de comportarse: siendo el más grande, porque es Dios, se ha hecho servidor de todos, entregando su propia vida para librarnos a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte. El Padre había hecho depender de ese servicio la salvación de los hombres. Jesús lo realizó con absoluta perfección, pues entregó su vida sin reservarse nada. Gracias a ese supremo servicio, alcanzó la suprema grandeza, porque, de hecho, el Padre aceptó el servicio de su vida y salvó a todos los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte. Los discípulos de Jesús tenemos hoy una gran misión que cumplir: liberar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo de la triple ambición del poder, del poseer y del disfrutar, que les tiene esclavizados en el  pecado, les ha robado la alegría y está poniendo en serio riesgo su salvación eterna. Pero no tenemos más camino que el de «dar la vida», entregarnos con generosidad y alegría, hacernos grandes por el servicio con obras. Si lo hacemos, la cosecha será espléndida. Pero si preferimos la comodidad, la ambición y el  brillo personal, la esterilidad está asegurada. Lo que está en juego entre nuestro «servir» con obras y de verdad a los hombres y «seguir» a Cristo es nuestra salvación y la de los demás.  

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO (11.X) - Ciclo B

¿ERES RICO?

«Él se marchó triste»

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La pregunta no es retórica. La exige el evangelio de hoy, conocido como «el del joven rico». Un muchacho se acercó a Jesús y le preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Tras escuchar la respuesta: «Guarda los mandamientos», añadió contento: «Los he guardado siempre». Jesús «le miró complacido» La escena no podía comenzar mejor. Luego Jesús añadió: «Te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y ven y sígueme». Fue aquí cuando las cosas se torcieron. Porque el joven, al oírlo, se puso triste, agachó la cabeza y se fue. San Marcos nos ha dejado escrito: «Tenía muchos bienes» Jesús se le quedó mirando y quizás recordó el «sígueme» que un día había hecho a Juan, Andrés, Santiago, Mateo y su respuesta generosa: «Dejándolo todo, le siguieron» Lo cierto es que, mientras veía alejarse al joven, añadió: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» Los discípulos se quedaron impresionados, pero Jesús enfatizó: «¡Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios!». Ellos se quedaron aún más asombrados y Pedro, en nombre de todos, añadió: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» Jesús le contestó con unas palabras que a mí me encantaría podérmelas aplicar con verdad: «Os aseguro que quien deje casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» Vuelvo a hacerte la pregunta, dando por supuesto que  no tienes mucho dinero en el banco ni en acciones: ¿Eres rico? Es decir: ¿A qué cosas, personas, preferencias, prejuicios, necesidades... estás tan apegado, que te impiden decir «sí» a lo que Jesús ahora te está pidiendo? Yo te aseguro que hay muchos -¡muchos!- que están tan atenazados por «algo», que les impide vivir el noviazgo y el matrimonio como Dios quiere, entrar en un seminario o en un convento, o salir de una vida apoltronada. ¡Respóndete con sinceridad! Porque de ello depende que seas feliz o sigas estando triste.       

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO (4.X) -Ciclo B

EL DIVORCIO ES CONTRARIO AL PLAN DE DIOS

«El que se casa con otra, comete adulterio»

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El evangelio de hoy afronta un problema de máxima actualidad: el divorcio. Jesús no abordó el problema por iniciativa propia, pero, al planteárselo los fariseos, cerró cualquier resquicio de duda. Los fariseos le formularon claramente la cuestión: «¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?». Probablemente, conocían ya el punto de vista de Jesús, pero para enemistarle con quienes se divorciaban o para enfrentarle con el rey Herodes –que había encarcelado al Bautista, precisamente por recriminar su relación concubinaria con Herodías-, lo cierto es que quieren que manifieste públicamente su pensamiento. La respuesta era comprometida, pues, gracias a una mala interpretación de la ley de Moisés, era praxis común que los hombres se divorciaran -las mujeres no podían  hacerlo de sus maridos-, aunque se discutía sobre los motivos. Jesús dirimió la cuestión con la absoluta concisión y claridad: «Al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por eso, abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús deja sentado cuál es el plan de Dios sobre el matrimonio: el varón y la mujer que lo contraen, no pueden divorciarse nunca. Ya en casa, sus discípulos vuelven sobre la cuestión. Jesús confirma su doctrina y declara tajantemente: «Si uno se divorcia de su mujer, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio» Jesús no habla “del sacramento” del matrimonio sino del matrimonio tal como lo ha hecho Dios. Por eso, su respuesta sobre el divorcio no afecta sólo a los católicos. Afecta a todo hombre y mujer que se casen realmente, aunque no estén bautizados. Bien es verdad que si un católico se divorcia, no puede acercarse a comulgar y, si lo hiciera, cometería un gravísimo pecado. Sin embargo, es bueno que vaya a la Eucaristía, para que pueda beneficiarse de la misericordia divina.       

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO (27.IX) - Ciclo B

UNA RUEDA DE MOLINO MUY ESPECIAL

«Estaría mejor en el fondo del mar»

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El evangelio de este domingo es de los que ponen los pelos de punta y liberan al cristianismo del buenismo y de la blandenguería. Jesucristo no quería meter miedo a los apóstoles ni nos lo quiere meter a nosotros. Pero es honrado y nos dice que no todo le da igual y que hemos de pechar con las decisiones que tomamos. Más en concreto, a Jesús no le da igual que demos buen ejemplo a las personas sencillas y normales que creen en él y le siguen, o que les pongamos un obstáculo que ponga en peligro su unión con él. Muy al contrario, este último proceder le molesta tanto, que, al que lo haga, le dirige esta terrible sentencia: «Sería mejor que le colgasen una rueda de molino en el cuello y le pusiesen en el fondo del mar»  Es un modo de decirnos que el escándalo hay que evitarlo a cualquier precio. Algo parecido ocurre cuando somos nosotros los que nos escandalizamos. Pocas cosas apreciamos tanto los ojos, las manos y los pies. Pues bien, «si tu mano te hace caer, córtatela», «si tu pie te hace caer, córtatelo» y «si tu ojo te hace caer, sácatelo». Es claro que «mano», «pie» y «ojo» no han de ser tomados en sentido literal sino metafórico. Pero la enseñanza de Jesús es clara: estar en comunión con él, estar unido a él, es el valor supremo, de modo que hay que sacrificar incluso lo que consideramos más valioso. Podemos, ciertamente, no hacerlo, porque somos libres para abusar de nuestra libertad. Pero si lo hacemos, Jesús no nos engaña: seremos echados a la «gehenna», es decir: seremos excluidos de la eterna comunión de vida con Dios, del Cielo. No es Dios quien nos excluye. Nos excluimos nosotros mismos con nuestras decisiones y con nuestro modo de vivir. Tenía razón el que dijo que «nadie toma tan en serio al hombre como Dios, porque deja en sus manos el autoexcluirse de vivir con él para siempre». Tengamos el valor de preguntarnos cómo respetamos la vida-los bienes-la fama-la mujer del prójimo, qué ejemplo damos a los hijos y subordinados, qué enseñamos a nuestros alumnos, de qué y cómo informamos. Preguntas muy serias, pero ineludibles.           

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (13.IX) - Ciclo B

DOS EXIGENCIAS PARA SEGUIR A JESÚS

«Tú no piensas como Dios»

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Jesús ha dejado Galilea y se encuentra en el territorio pagano de Cesarea de Filipo camino de Jerusalén, donde se cumplirá su destino. En un recodo se detiene y hace a los discípulos la pregunta más radical que puede hacerles: «Vosotros ¿quién decís que soy Yo?» Pedro responde con claridad: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús alaba su respuesta, porque ha dicho la verdad: Él no es simplemente un gran hombre o un promotor de un gran programa de humanidad y de justicia, sino el Mesías anunciado y esperado durante muchos siglos. Luego, comienza a instruirles sobre el porqué de su subida a Jerusalén. Les habla con toda claridad: será apresado, condenado, crucificado y muerto; aunque al tercer día resucitará de entre los muertos. Es la primera vez que les habla claramente de su pasión y resurrección. Volverá a hacerlo en dos ocasiones más. Ellos no lo entienden. Más aún, Pedro, que hace un momento le ha reconocido como Mesías, es el primero que expresa su oposición: «Le llevó a parte y se puso a increparle: ¡No puede ser, Dios no lo quiera!». Con toda energía quiere hacer comprender a Jesús que ese camino es absurdo. Pero Jesús, con no menos energía, rechaza su propuesta y le dice estas tremendas palabras: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios». La respuesta de Pedro expresa la instintiva repugnancia humana al sufrimiento y a la muerte  y revela que nuestra instintiva reacción humana puede estar en abierto contraste con la voluntad de Dios. Aunque no lo entiendan y hasta les parezca absurdo, los discípulos de Jesús tienen que seguir el mismo camino del Maestro: asumir el sufrimiento, renunciar a sí mismos y llevar la cruz. Saber decir «no» al propio yo cuanto éste entra en contraste con el seguimiento de Jesús y aceptar los sufrimientos y amarguras destinadas a cada uno personalmente (la propia cruz). La renuncia y la cruz no son dos fines en sí mismos sino dos condiciones para seguir a Jesús. ¡Indispensables! Pero lo maravilloso es que por ellas llegan los frutos apostólicos, la resurrección y la gloria eterna.

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (6.IX) - Ciclo B

JESÚS SABE QUERER

«Todo lo ha hecho bien»

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Estamos en la Decápolis, al este del lago de Genesaret, en territorio pagano. Hasta allí ha llegado la fama milagrera de Jesús. Por eso, no dudan en llevarle un enfermo que está sordo y mudo para que le cure. Jesús sabe muy bien que esa persona no puede hablar ni  escuchar, que no puede relacionarse con los de su familia, trabajo y entorno social. No se hace de rogar y le cura. Pero, a diferencia de otras ocasiones, en las ha curado con una palabra, hoy da un rodeo. Toma al sordomudo de la mano, le aparta de la muchedumbre, le pone los dedos en sus orejas y le toca la lengua. El sordomudo puede percatarse de que Jesús no es una máquina de hacer prodigios, sino alguien que le quiere. Enseguida descubrirá la verdad y la hondura de este amor. Porque Jesús no sólo le dio la posibilidad de hablar y oír, sino de hacerlo «correctamente», puntualiza el evangelista. ¡Qué ejemplo para quienes nos llamamos discípulos suyos! En nuestro caminar por la vida nos encontramos con sordos, mudos y toda clase de enfermos y necesitados. Muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de las tragedias que hay a nuestro alrededor. Otras, las más, nos damos cuenta pero nos justificamos con un egoísta y cómodo «no puedo hacer nada» ¡Podemos hacer mucho! Podemos escuchar con interés y afecto. Podemos decir una palabra de consuelo y de ánimo. Podemos hacer esto y aquello. Podemos, sobre todo, querer de verdad a esa persona y rezar por ella. Si tuviéramos verdadero interés por los enfermos del cuerpo y del alma, por los necesitados materiales y espirituales, por los pobres en la variada gama de carencias efectivas y afectivas4, volveríamos a causar el mismo asombro que Jesús y serían incontables los que descubrirían o redescubrirían la fe cristiana. No es imprescindible que eliminemos la enfermedad y el dolor. Jesús no curó a todos los enfermos ni acabó con todas las necesidades. Pero su obrar hizo cercano el rostro y el reino de Dios y demostró, de una vez por todas, que Él quiere para los hombres la salud, la posibilidad de comunión y la vida plenamente realizada.  

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO (30.VIII)- Ciclo B

¿QUIÉN TIENE UN CORAZÓN LIMPIO?

«Su corazón está lejos de mí»

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El evangelio de este domingo comienza con una cuestión que a nosotros puede parecernos intrascendente, pero que tenía mucha importancia para los contemporáneos de Jesús: si lavarse las manos antes de las comidas condiciona o no  nuestra relación con Dios. «Los fariseos y los demás judíos –aclara el evangelio- no comían sin lavarse antes las manos, restregándolas bien». Por eso, cuando vieron que «algunos discípulos» de Jesús no lo hacían, se encararon con él: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» Jesús no anduvo por las ramas y les  contestó de modo tan inesperado como contundente: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a vuestras tradiciones» Jesús ha subido tantos peldaños, que ha planteado la cuestión más fundamental: cuál es la base desde la cual hemos de valorar nuestro comportamiento y qué es lo que tiene peso determinante en nuestras relaciones con Dios. Para Jesús lo determinante son los mandamientos de Dios. De ellos depende que nuestro corazón esté limpio o manchado. Jesús lo muestra con unos ejemplos. Concretamente, enumera las maldades de la fornicación, el robo y el homicidio; recuerda algunas actitudes que las originan, como la codicia, la envidia, la falsedad, y concluye con algunas realidades que atañen directamente a nuestra relación con Dios y, por tanto, al ámbito de los tres primeros mandamientos: la blasfemia y el orgullo, que son lo contrapuesto a la alabanza y adoración de Dios. De este modo, la cuestión de la pureza e impureza se convierte, por así decir, en un comentario al Decálogo o Diez mandamientos de la Ley de Dios. El camino para ser limpios es comportarnos no según las normas humanas sino según la voluntad de Dios, expresada en los mandamientos. La pregunta es ineludible: ¿Tú y yo seguimos en nuestras actuaciones y omisiones los mandamientos de Dios o los dictados de la moda, lo considerado moderno, lo políticamente correcto o lo que dice la mayoría.

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO (23 de agosto) -Ciclo B

FIARSE O DESCONFIAR DE DIOS

«Tú tienes palabras de vida eterna»

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«Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso?» Son palabras que espantan. Porque no las dicen quienes son sus enemigos o los que nunca han tomado en serio a Jesús. ¡Son palabras de discípulos!, de gente que le han seguido con ilusión y, quizás, con entusiasmo. Debería haberles entusiasmado o, cuando menos, sorprendido la gran promesa eucarística. Pero les pudo su racionalismo y rechazaron que Jesús pudiera prometer que un día se daría él mismo como alimento espiritual para que pudieran vivir la misma vida de Dios. Era tan suprarracional la propuesta, que sólo cabía esta alternativa: fiarse de él o rechazarle frontalmente. Había que optar entre el «dos y dos son cuatro y, por eso, lo acepto», o entre «Dios es más grande que yo y me fío de él, aunque supere mi comprensión racional o empírica». Ellos prefirieron su punto de vista y sentenciaron: «Este modo de hablar es inaceptable». Sus razonadas sinrazones les enfrentaron nada menos que con la misma Palabra de Dios y se pasaron al ateísmo militante. Jesús, que no tiene un corazón  de madera ni de corcho, sintió la deserción tanto como la habríamos sentido uno de nosotros. Pero no sacrificó la verdad por miedo a perder adictos. Al contrario, se ratificó en su enseñanza y, vuelto a los apóstoles, les dijo: «¿También vosotros queréis marcharos» ¿También vosotros decís que es inaceptable mi doctrina eucarística y que  no se me puede hacer caso? ¡Qué maravillosa la respuesta de Pedro!: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios» Jesús se dirige ahora a ti y a mí y nos pregunta: «Tú, ¿te fías de Mí, crees que yo estoy presente como persona viva en la Eucaristía y me doy como alimento tuyo cuando comulgas» o piensas que «eso» es una tontería, que sólo lo acepta la gente no inteligente e incapaz de pensar por su cuenta? No quiero ni pensar que podamos responder con altanera autosuficiencia. Nos conviene decir con Pedro: «Señor, sólo Tú tienes palabras de vida eterna».

DOMINGO 20 DEL TIEMPO ORDINARIO (16.8) - Ciclo B

EL GRAN SECRETO DE JESUCRISTO

«El que me come, vivirá por Mí»

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Hemos llegado a la cumbre del capítulo sexto de san Juan. Nos ha costado tres domingos, pero ha valido la pena. Porque en esta cima sublime Jesús va a revelarnos el gran secreto de su vida: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo». Para nosotros, gente de mentalidad griega, «carne», «cuerpo» y «sangre» son partes del hombre. En la Biblia no indican una parte del hombre sino el hombre completo. Cuando Jesucristo dice que nos dará a comer su carne y a beber sangre, nos está diciendo que nos dará su persona y su vida. Muchas veces he oído decir a las madres: «Te comería». Se lo decían al hijo chiquitín, mientras le apretaban contra su corazón. Era un modo de decirle que le gustaría fundirse totalmente con él y ser una misma cosa. Ninguna madre ha podido realizar este sueño. Jesús, sí. Jesús, que es una Persona viva, se nos da en comida y bebida a nosotros, personas vivas, fundiéndose de tal modo con nosotros que. cuando le comulgamos –eso es comerle y beberle-, la unión entre ambos es tal, que de «dos» resulta «uno». Pero un «uno» que es él, no nosotros. Ocurre como cuando comemos una manzana: no nos hacemos nosotros manzana, sino que la manzana se convierte en carne y sangre nuestra. Cuando comulgamos a Cristo,  no le convertimos a él en nosotros, sino que él nos convierte en él. El «te comería» se ha realizado plenamente: nosotros hemos comido a Cristo pero, en realidad, es él quien nos ha comido a nosotros y convertido en él. El dicho de san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí», se ha realizado a nivel sacramental. Desde ahí hay que pasar a la vida. La comunión sacramental tiene como finalidad última la comunión existencial: vivir de Cristo, vivir para Cristo, vivir como Cristo, insertarnos en su vida y su muerte, hacer que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para él y para los hermanos ¡Si comprendiéramos la Eucaristía, nos volveríamos locos! Como los santos.             

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO (9.VIII) - Ciclo B

PAN, EUCARISTÍA Y FE

«Yo soy el pan vivo bajado del Cielo»

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Seguimos en la sinagoga de Cafanaún. Jesús sigue llevando a sus oyentes hasta la gran revelación de la Eucaristía. Pero su discurso no sube en ascensor sino por una escalera de caracol. Es demasiado denso e importante para ir deprisa. Comenzó siendo un panadero capaz de saciar de pan a las multitudes hambrientas. Luego él mismo se hizo pan. Hoy da un paso más: Él es un pan que no se ha amasado en ninguna panadería de la tierra. Lo ha amasado y cocido el Padre en el cielo. Por eso, no hiperboliza ni fantasea cuando dice: «Yo soy el pan que ha bajado del Cielo». Al contrario, es una confirmación de lo que ya sabíamos desde el Prólogo del evangelio de san Juan, a saber: Que «en el principio existía ya el Verbo», la Palabra Eterna, el Hijo del Padre. Y que ese Verbo y Palabra Eterna, «era Dios y estaba junto a Dios» y «se hizo carne y habitó entre nosotros». Sin esta radical carnicidad del Verbo, la Eucaristía nunca habría sido posible. Porque la Eucaristía –nos lo dirá el evangelio del domingo próximo- es la Carne del Verbo hecho verdadero hombre, Muerto y Resucitado: «El pan que Yo os daré es mi Carne, para la vida del mundo». Todo esto es demasiado elevado y demasiado profundo para que quepa en una mente humana, por muy extraordinaria que sea su capacidad. Para «entenderla» hace falta el plus de la fe. Por eso insiste Jesús: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que me ha enviado», nadie puede comer al pan amasado por el Padre, si no se lo da el mismo Padre. Hace falta la fe. Pero como don, no como conquista humana. Como algo suplicado, pedido con insistencia, demandado con humildad y perseverancia. ¡Cuántas veces lo he experimentado en mis años de sacerdote, ante gente que me decía casi gritando: «Quiero creer, pero no puedo»! «Reza con humildad y con perseverancia», he contestado siempre, porque la fe no es cuestión de puños ni de fuerza de voluntad. Baja de tu autosuficiencia, sé pobre ante el Padre y el Padre te llevará hasta su Hijo, Pan Vivo que ha enviado para que tengamos vida. La misma vida de Dios.         

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO (26.VII.09) - Ciclo B

DADLES VOSOTROS DE COMER

«Decid a la gente que se siente»

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Le seguía una inmensa muchedumbre, hambrienta de pan y de Dios. La gente, enfervorizada, no se cansa de escucharle. Habla como no han oído hablar a nadie. En el fondo y en la forma. Jesús les embelesa de tal modo, que hasta se olvidan que tienen que comer. Los apóstoles, «más realistas», le dicen, caída ya la tarde: «estamos en descampado. Despide a la gente y que vayan a sus casas, porque de lo contrario van a desfallecer» Jesús les contesta de modo desconcertante: «dadles vosotros de comer» La réplica le sale espontánea a Andrés: «aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada. Pero ¿qué es esto para tanta gente?» Efectivamente, no servía ni para que comieran un bocado aquellos cinco mil hombres, y otras tantas mujeres y niños. A Jesús no le importa, porque él es un panadero que puede multiplicarlos indefinidamente. Y así ocurre. Manda que la gente se siente y que los apóstoles comiencen a repartir. Hay mucho apetito y todos comen hasta saciarse. Al final Jesús da esta orden a los apóstoles: «recoged las sobas, que nada se pierda» Obedientes, van echando los trozos en cestos y luego les cuentan: «doce», puntualiza el evangelista. El de hoy no es el único ni el mejor pan que Jesús les quiere dar. Se lo dirá mañana en la sinagoga de Cafarnaún, cuando haga esta revelación: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». ¡Qué desconcertantes somos los hombres y las mujeres! Los mismos que hoy le siguen enfervorizados, mañana, lejos de alegrarse por tan maravillosa promesa, le volverán la espalda. Su materialismo les afinca en el pan que mata el hambre del cuerpo. Pero Jesús sabe que en el corazón del hombre hay «otro» hambre: el hambre de felicidad verdadera, de verdad sin tapujos, de justicia sin componendas, de amor auténtico, ¡el hambre de Dios!. Él es él único que puede saciarlo. ¿Por qué nuestra reacción es alejarnos de Jesucristo, que es el único panadero que fabrica y distribuye ese pan en la Eucaristía?

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO (19 de julio) - Ciclo B

TRABAJO, DESCANSO Y ENTREGA
«Estaban como ovejas sin pastor»

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Tres son las enseñanzas del evangelio de hoy: la dependencia esencial de la misión de los apóstoles respecto a Jesús; la preocupación de Jesús por el descanso de los apóstoles y el inmenso amor de pastor que Jesús siente hacia las almas. La dependencia de los apóstoles de Jesús, queda patente en el hecho de volver a él y darle cuenta de su actividad: «Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado». Los Apóstoles no pueden cambiar el mensaje recibido en función de sus gustos o de los deseos de los oyentes. Esto vale para los primeros doce apóstoles y vale también para la Iglesia de nuestros días. No es una desagradable limitación de su libertad sino exigencia de su lealtad hacia su Señor. Jesús es el único punto de mira, el único horizonte hacia el que deben mirar los apóstoles de todos los tiempos. Cuanto mayor sea la fidelidad en la escucha y en la comunión con Jesús, tanto más vinculante será la palabra que prediquen. Jesús, tras escucharles, advierte que han trabajado mucho y que necesitan descansar. Les invita en estos términos: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Jesús les había enviado exigiéndoles esfuerzo y fatiga en el servicio apostólico, porque el que quiere una vida cómoda no es apto para este servicio. Pero Jesús sabe muy bien que el descanso y la tranquilidad son imprescindibles para el cuerpo y para el espíritu. Sólo quien sabe descansar sabe trabajar, porque sólo él es realmente «señor» de su tiempo y de su actividad. Hoy existe miedo a la tranquilidad, y el ruido, la agitación y la huida son el lugar al que vamos con demasiada frecuencia. Jesús buscó este descanso para los suyos, pero todo quedó en un buen deseo. Porque al desembarcar, vio una inmensa muchedumbre «y le dio lástima, pues estaban como ovejas sin pastor». Y, sin dudarlo dos veces, «se puso a enseñarles con calma». Se impuso su amor de pastor. ¡Qué ejemplo más impresionante para todos los ministros del Evangelio!: no es tiempo de preocuparse de uno mismo ni para reservarse. Es la hora de la dedicación exclusiva.

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO (12 de julio) - Ciclo B

RECHAZAR AL MENSAJERO Y AL MENSAJE

«Sacudid el polvo de las sandalias» 

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«Los llamó para que estuviesen con  él y para enviarles a predicar» Con esta sencillez y claridad narra san Marcos la elección de los Apóstoles. A la altura del relato evangélico de este domingo, ya se ha cumplido el primer objetivo: han estado día y noche con Jesús, han visto de qué y cómo predica, han contemplado cómo trata a los  niños, a los enfermos y a las personas importantes, se han pasmado al ver cómo expulsa a los demonios y cómo cura las enfermedades y dolencias del pueblo. Ahora ya poseen el mínimo indispensable para ser enviados a anunciar el evangelio. Y, efectivamente, Jesús les envía a predicar que sólo Dios es el Señor y que ese señorío está a punto de manifestarse. Con su palabra y acciones, los discípulos deben mostrar que el mensaje sobre el señorío único de Dios es verdaderamente una Buena Noticia que aporta felicidad y alegría a los hombres. Este es su único bagaje. No deben llevar dinero ni pertenencias. En cada aldea a la que lleguen para evangelizarla, vivirán en la casa que los acoja y comerán y beberán lo que coman y beban los demás. No deben hacerse ilusiones. No todos los recibirán, porque la suerte del discípulo no puede ser distinta de la del Maestro, y a él le han rechazado muchas veces. Cuando esto ocurra, no deben marchar corriendo, como perros apaleados, sino «sacudir el polvo de su calzado», subrayando con ese gesto inequívoco el rechazo de que son objeto y haciendo conscientes a los que así actúan de la gravedad de su comportamiento. Rechazarles a ellos como mensajeros y rechazar su mensaje es rechazar al que los envía. Jesús continúa hoy enviando a sus apóstoles en la persona del Papa y de los obispos. El mensaje que anuncian no es suyo sino de Jesús. La libertad humana puede aceptarlos o rechazarlos. Pero asumiendo las consecuencias: rechazarlos como mensajeros de Jesús es rechazar al mismo Jesús. ¡Triste suerte la de la libertad humana! Tú y yo ¿en dónde nos situamos?      

 

 

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO (5 de julio). Ciclo -B

NAZARET RECHAZA A JESÚS

«No pudo hacer allí ningún milagro»

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Es sábado y estamos en la sinagoga de Nazaret. Como ha hecho en Cafarnaún y en otros muchos lugares, Jesús ha venido a su pueblo porque sus paisanos también tienen que saber que Él ha sido enviado por el Padre para llamarles a la conversión y a la fe en el Evangelio. El público que hoy tiene delante es muy especial, porque son personas que le conocen desde niño. Comienza su homilía y ocurre lo mismo que en todas partes: todos quedan impactados y asombrados. Y se hacen una pregunta, lógica y bien intencionada: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría le han enseñado?» Después de haber convivido con Él durante tres decenios, tienen que concluir que «esto es nuevo», que antes no se comportaba así. Pero la pregunta «de dónde saca esto?», implica preguntarse si «recibe esto de los hombres o lo recibe de Dios?» y, necesariamente, formularse la gran cuestión:  «si lo recibe de Dios ¿qué hemos de hacer?» Los nazarenos no responden con razones sino con prejuicios y emociones. Jesús les parece demasiado conocido y vulgar para considerarlo como el enviado de Dios. Y llega el rechazo. A Jesús no le fue nada fácil conseguir que los hombres le reconocieran como mensajero de Dios y aceptaran su mensaje. No le fue fácil en su pueblo, ni en Cafarnaún, donde tantos le volvieron la espalda tras el anuncio de la Eucaristía, ni en ninguna parte. Llegará un momento en el que se escandalizarán de Él sus discípulos, cuando le vean apresado y llevado a la Cruz. Pablo, cuando todavía era Saulo, tendrá por locura que un crucificado pueda ser el Mesías. Con todo, no deja de ser trágico lo que señala el evangelio, al finalizar la crónica nazarena: «No pudo realizar allí ningún milagro». Donde falta la fe en Él, Jesús no puede hacer cosas grandes. Tiene poder para hacerlas, pero el terreno no es receptivo. Tú, que me estás leyendo, ¿crees que Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios y el Mesías Salvador? De tu respuesta –positiva o negativa- dependerá que realice en ti los milagros que necesitas. Sería triste que le atases las manos.

 

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO (28.VI) -Ciclo B

JESÚS Y LA MUERTE

«¡Muchacha: Levántate!»

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Jesús acaba de desembarcar, tras haber calmado una gran tempestad en el mar de Tiberíades. Enseguida se arremolina mucha gente, entre la que destaca Jairo, el jefe de la sinagoga de la cercana Naín, aldea próxima a Nazaret. No viene en calidad de jefe sino de padre de una niña que se le está muriendo y pide a Jesús que remedie la situación. Jesús y Jairo se ponen en camino hacia Naín. En estas, alguien se acerca a Jairo y le dice a media voz: no molestes a Jesús, porque la niña acaba de morir. Jesús alcanza a escucharlo y, volviéndose, dice a Jairo: «No te preocupes. Ten fe». Ante un muerto, los hombres somos absolutamente impotentes. Incluso el médico más afamado tiene que limitarse a llorarle y enterrarle. Pero esto no vale para Jesús. Jairo no ha tenido todavía oportunidad de experimentarlo, pero pronto será un testigo de primera mano. De momento, se fía más de Jesús que del criado que le ha certificado la muerte de su hija. Cuando llegan a casa, sus ojos contemplan otro testimonio que confirma la muerte de su hija. Allí están las plañideras -¡las lloronas oficiales!-, como siempre que hay difunto en casa. Jesús se dirige a ellas y les dice, con aplomo, estas enigmáticas palabras: «La niña no está muerta, sino dormida». ¡Muerta y bien muerta estaba! Jesús se hace acompañar de Jairo, su esposa y los tres discípulos predilectos, y sube a la habitación donde está la niña muerta. No hace aspavientos ni teatralidades. Le toma de la mano y le dice con imperio: «Talitha qumi», que en lenguaje paladín suena así: «Niña, a ti te lo digo, levántate». Ella, también con sencillez y naturalidad, se levanta y se pone a caminar. Y Jairo, su mujer, los discípulos, las plañideras y el gentío que se ha congregado proclama con asombro que «esto» no lo hacen los hombres. Y no se equivocan. Porque Jesús es Dios. El que cree en Jesús y le sigue con la fe de Jairo, al final de su vida comprobará que su muerte es un dormirse para resucitar para nunca más volver a morir. ¡Esta es la fe de los cristianos!