DOMINGO 4 DEL TIEMPO ORDINARIO (29.i.2012) - Ciclo B
CON JESÚS O CONTRA JESÚS
«¡Calla, y sal de él!»
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Estamos en la sinagoga de Cafarnaum. Jesús ha venido aquí para iniciar su ministerio público. Es sábado y la sinagoga está llena de gente. Jesús sube al estrado y pronuncia la homilía. No sigue el modelo de los escribas, que se limitan a repetir las sentencias de los grandes maestros del pasado. Él «lo hace con autoridad», habla en nombre propio. Y se produce un contraste de reacciones, anticipo de lo que ocurrirá a lo largo de la historia. La mayoría de los asistentes reacciona con admiración y entusiasmo. Pero «uno» de los presentes, «un poseído por el demonio», reacciona de un modo completamente opuesto y comienza a gritar: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús Nazareno? ¡Has venido a perderme!. Yo sé que tú eres el santo de Dios» Seinte miedo a Jesús. Más aún, hostilidad y rechazo. Jesús pone fin al asunto y le grita: «¡Cállate y sal de él. Y el espíritu salió dando grandes gritos». La historia se repite al pie de la letra. Hoy se siguen dando las dos reacciones frente Cristo y su Iglesia. Unos, reconocen que Jesús es distinto a los demás maestros y que su enseñanza sólo puede explicarse porque es Dios. Son los que le siguen como discípulos, aunque sea entre grandes ambigüedades vitales. Pero hay otros que se oponen a Jesús y a la Iglesia sistemáticamente. Tienen un programa radicalmente opuesto. Entre ellos hay pensadores, políticos, financieros y, sobre todo, divulgadores y escritores que trabajan en grandes medios de comunicación social. A ellos se debe, por ejemplo, que el aborto siga siendo considerado «derecho» o que algunas conductas, absolutamente reprobables, sean juzgadas dignas y hasta modélicas. Luchan contra Jesús y su Iglesia por intereses ideológicos y comerciales. Se presentan como paladines y guardianes de la libertad, pero están «poseídos», es decir: son esclavos de su ideología, de la moda y de sus egoístas intereses. Parecen todopoderosos. En realidad,
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DISCÍPULOS Y APÓSTOLES
«Ellos, dejaron las redes y le siguieron»
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Si pasamos por tierras de la Ribera en tiempo de vendimia, encontraremos cuadrillas de vendimiadores cortando los racimos y echándolos al remolque. Si nuestro paso es por tierras de Campos en verano, la estampa se convertirá en cosechadoras y tractores recogiendo y trasportando el trigo y la cebada. Hasta aquí todo es muy lógico. Pero la lógica se rompería si tú o yo dijéramos a los viñadores y labradores: dejad las viñas y la siega y venid conmigo a vendimiar y cosechar hombres. Y la lógica se haría trizas, si esa llamada no fuera para un rato o unos días sino para siempre. Pues bien, esto es lo que ocurre con el evangelio de hoy. Jesús pasa delante de una pareja de hermanos pescadores: Pedro y Andrés, y les dice: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Ellos, «inmediatamente dejaron las redes y le siguieron». Dando unos pasos más, encuentra otra pareja de hermanos pescadores: Santiago y Juan, y repite la llamada. Y ellos, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». La llamada de Jesús es la vocación. Tiene lugar en medio de los quehaceres profesionales. Está orientada, ante todo, a seguirle. Implica dejarse formar por él. Lleva consigo entrar a formar parte de una comunidad de discípulos. Tiene como finalidad última hacer que otros hombres se hagan discípulos de Jesús. Toda esta maravilla arrancó del hecho, sencillo y fundamental, de encontrarse frente a frente de Jesús, escuchar su voz y seguirle. Sin ese encuentro personal, todo lo demás es imposible. Aquí está la clave de la nueva evangelización, a la que estamos llamados todos los cristianos de este momento: desde los obispos a los fieles laicos, pasando por los sacerdotes, religiosos y contemplativos. Sin ese encuentro personal con Cristo, todo será inútil. La nueva evangelización lleva consigo, ciertamente, nuevo ardor, nuevos proyectos y nuevos métodos. Pero necesita un alma que dé vida a todo eso. El alma es hace
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TENER EXPERIENCIA DE JESUCRISTO
«Fueron y se quedaron con él»
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Estamos con Juan el Bautista y sus discípulos Juan y Andrés al día siguiente del Bautismo de Jesús. Éste ha vuelto allí y el Bautista no pierde la ocasión de que sus discípulos entren en contacto personal con él. Al contrario, fijándose en Jesús, les dice: «Este es el Cordero de Dios». Uno de los protagonistas -que es el autor del evangelio de este domingo-, añade con conocimiento de causa: «Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron sus pasos» Comienza para ellos una historia maravillosa. Jesús oye que le siguen y se vuelve a preguntarles: «¿Qué buscáis?». Ellos: «¿Dónde vives?». Y Él: «Venid y lo veréis». Y, efectivamente, fueron y les cautivó de tal modo su Persona, que se quedaron todo el día con él. Los años no harían olvidar a Juan este momento: «Eran las cuatro de la tarde». Vueltos a casa, Andrés se encontró con su hermano Simón y le faltó tiempo para comunicarle su gran hallazgo: «Hemos encontrado al Mesías. Y le llevó hasta Jesús». Jesús, viendo a Pedro, le miró complacido y le añadió: «Tú te llamarás Pedro» Es el camino de la fe. Para ser cristiano hay que encontrarse personalmente con Jesucristo y seguirle. No hay otro camino. Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida» (Benedicto XVI). En la Iglesia son necesarias muchas y muy profundas reformas. Pero «si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real, gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás serán reformas ineficaces» (Id). Nadie duda de la necesidad urgente de ser apóstoles. Pero nunca deberíamos dejar de añadir esta coletilla: «No se puede ser apóstol si antes no se es discípul
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