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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 2 de Pascua (11.4.20212) - Ciclo B

EL PELIGRO DE PASARSE DE LISTO

“No seas incrédulo sino creyente”

*** Estamos en el Cenáculo de Jerusalén. Hoy, a diferencia del domingo anterior, está Tomás con los demás apóstoles. Cuando ha vuelto, a sus compañeros les ha faltado tiempo para decirle: “Jesús está vivo. Estuvo aquí hace ocho días. Ha resucitado”. Tomás se envalentona y piensa son unos ilusos, que han visto visiones. Él no quiere caer en la trampa y pide una prueba irrefutable: meter su dedo en las llagas de las manos y su mano en la llaga del costado. Ver es poco. Necesita tocar, probar científicamente que el Crucificado ha vuelto a la vida. Antes que termine de hablar, se presenta Jesús y le dice: Tomás, ven. “Mete tu dedo en mis manos y tu mano en mi costado”. Tomás, que, en el fondo, es más un vanidosillo que un ateo, cae rendido y realiza una gran confesión de fe en el Resucitado: “Señor mío y Dios mío”. Jesús acepta su confesión pero no deja de trasmitirle un mensaje imperecedero, que llega hasta hoy: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Nosotros no hemos visto, pero creemos, nos fiamos de quienes lo vieron. Como nos fiamos de nuestros padres cuando nos dicen que somos hijos suyos. Buen domingo éste para celebrar la misericordia que Dios ha tenido y sigue teniendo con nosotros. Para eso lo instituyó san Juan Pablo II. ¿Cómo hacerlo? El Papa Francisco nos lo dice con su estilo paternal: “Hay que dejarse perdonar. Hay que confesarse” Y añade: “Tenemos miedo, vergüenza de decir nuestros pecados”. Pero nos anima así: “No tengamos miedo de sentir vergüenza. El drama está cuando no nos avergonzamos de nada”.             

Domingo de Resurrección (4.IV.221)- Ciclo B

EN ÉL HEMOS RESUCITADO NOSOTROS

“Vio y creyó”

**** “Cristo ayer y hoy. Principio y fin. Alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad”. Esto es lo que dijeron anoche el arzobispo y todos los párrocos de la diócesis al comienzo de la Vigilia Pascual, mientras trazaban una Cruz en el Cirio y escribían la primera y última letra del alfabeto griego y el año en curso 2021, estando apagadas todas las luces. Luego encendieron el Cirio, en cuya luz prendieron el suyo los presentes, llenando de luz todo el recinto. Era una demostración plástica de enorme belleza con la que se hacía una confesión de fe en lo que luego proclamaría el evangelio: “Buscáis a Jesús el Nazareno. Ha resucitado. No está aquí”. Efectivamente, Jesús de Nazaret, muerto el viernes precedente, había vuelto a la vida. Había vencido incluso a la misma muerte e iniciado un mundo nuevo. Jesucristo Resucitado no es, pues, una figura del pasado que vivió y nos dio un ejemplo maravilloso, pero terminó en el ocaso con su muerte. No. Él vive, es contemporáneo nuestro, es alguien con el que podemos compartir la existencia. Pero esto es demasiado poco. Lo inaudito es que ha resucitado él y nos ha dado a nosotros la misma suerte. El bautismo, en efecto, nos hace participar en su muerte y en su resurrección. Por eso, quienes hemos sido bautizados resucitaremos un día en y por Cristo. Esta es la gran novedad de los cristianos. La gran oferta y la gran propuesta. El verdadero remedio a la pandemia que nos azota. Porque su victoria no es definitiva. Lo definitivo será que, al final de los tiempos, también nosotros resucitaremos y triunfaremos.       

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (28.III.2021) - Ciclo B

DOMINGO DE RAMOS: SENTIDO Y ACTUALIDAD

“Bendito el que viene en nombre del Señor”

*** Hoy es Domingo de Ramos. Comienza la semana en la que celebraremos los principales misterios de nuestra salvación: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Debemos preguntarnos qué significó entonces y qué debe significar para nosotros este Domingo. Nos lo aclararan tres datos del evangelio: el animal sobre el que cabalga Jesús, el gesto de muchos peregrinos y el grito de la muchedumbre. Jesús entra en Jerusalén. Pero no en una suntuosa carroza o en un caballo, como entraban los grandes de la tierra. Entra sobre un pollino prestado, como lo había profetizado Zacarías: “No temas, Hija de Sion; mira que llega tu rey montado sobre un  pollino de asna”. Jesús no se presenta como un poderoso sino como un rey pobre, un rey de paz y un rey universal. He aquí el primer sentido del domingo de Ramos: si queremos seguir a Jesús, el camino es el de la pobreza, del amor y de la apertura y acogida a todos. Cuando Jesús monta sobre el borrico, muchos cortan ramos y los extienden por el camino. También extienden sus vestiduras. No pocos Padres de la Iglesia lo explican así. Delante de Jesús, hemos de deponer nuestra persona y nuestra vida en señal de adoración y gratitud. Finalmente, comienzan a gritar: “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”. Era algo así como “viva el Mesías”. La muchedumbre proclama que Jesús es el enviado por Dios para salvar a su pueblo. Gritemos nosotros el mismo “viva”. Con los labios, pero, sobre todo, con el corazón. Vivamos bien lo que es su Pórtico y luego toda la Semana Santa.        

Domingo 5 de Cuaresma (21.3.2021) - Ciclo B

VIDAS FECUNDAS Y VIDAS ESTÉRILES

“Cuando sea levantado, lo atraeré todo hacia Mí”

*** Quienes hemos nacido y crecido en un pueblo, lo sabemos muy bien. Si el grano de trigo, que deposita la sembradora en la tierra, no germina, el grano no se destruye, pero no da fruto. Más aún, incluso se hace inútil, porque nadie va a desenterrarlo. En cambio, si el grano germina, se destruye, pero es una destrucción fecunda. De él nacerá un puñado de espigas y habrá una cosecha abundante. Jesús, que también había nacido y crecido en un pueblo de labradores y pastores, recogió este dato de experiencia y lo elevó a categoría respecto a su vida. Él fue un grano de trigo que el Padre depositó en la tierra inhóspita y yerma de la cruz. Allí germinó y murió. Pero se hizo fecundo. Más aún, tan inmensamente fecundo, que redimió y libró a todos los hombres del pecado y de la muerte eterna. Estamos a ocho días de la Semana Santa. Precisamente el domingo próximo será Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Con él iniciaremos la celebración de la mayor sementera y de la mayor cosecha de la historia: la muerte y la resurrección de Jesús. Hoy la Iglesia nos invita a prepararnos para asociarnos a ese gran misterio de moto activo y positivo. No es fácil, porque el dolor y la muerte van siempre contra las inclinaciones de nuestra naturaleza. Pero, con la gracia de Dios, podemos descubrir la imperiosa necesidad de hacerlo. Porque en la vida no hay más que una alternativa: dar fruto o ser estériles. Dar fruto implica entregarse por amor. Cuesta, pero es mucho más atractivo que pasar por este mundo sin dejar huella.             

Domingo 4 de Cuaresma (14.III.2021) - Ciclo B

EL PRECIO DE LA SALVACIÓN

“Dios envió su Hijo para salvar al mundo”

Durante su peregrinaje por el desierto, el pueblo de Dios fue atacado por muchas serpientes venenosas. Quien era mordido, moría. Moisés intercedió por el pueblo y Dios le mandó hacer una serpiente de bronce y colocarla en un mástil. El que la mirara, quedaría curado. Desde que nuestros primeros padres mordieron la manzana del paraíso, queriendo ser igual que Dios, quedaron heridos de muerte y nos pasaron esta herencia a sus descendientes. Dios podía habernos dejado tirados en la cuneta de la vida. Pero reaccionó de una manera mucho más excelente que en el desierto. Porque en otro mástil puso un signo que, al mirarlo, cura nuestros pecados y nos abre las puertas del cielo. Ese signo es su propio Hijo, clavado en la Cruz por nosotros. “Mirad el árbol de la Cruz en que estuvo clavada la salvación de mundo”, cantará gozosa la liturgia del Viernes Santo, cuando el ministro presente la Cruz a los fieles para que la adoren. La cruz, mejor, el Crucificado es el signo supremo del amor que Dios nos tiene. Nos quiere tanto que, en cierto modo, podemos decir que nos quiere más que a su propio Hijo. Porque por amor nuestro entregó a ese Hijo a la muerte. Pero Dios no nos salva sin nosotros y menos todavía contra nosotros. Él nos pide la libertad de mirar a ese Hijo con amor y la libertad de acoger su salvación. No es grande el esfuerzo que nos exige pero es imprescindible. ¿Seremos tan insensatos que lo rechacemos y tan inconscientes que prefiramos nuestros pecados al amor de Dios, que nos ofrece su perdón en la confesión?              

Domingo 3 de Cuaresma (7.3.20219 - Ciclo B

LA PASCUA DE CRISTO Y LA DEL CRISTIANO

“Destruid este templo y lo reedificaré en tres días”

Se nota que avanza la Cuaresma. Eso explica que en este tercer domingo aparezca nítido el rostro de la Pascua. Jesús ha subido hasta Jerusalén para celebrar la que recordaba y actualizaba la liberación de Israel de la esclavitud. Ha venido al Templo. Pero en vez de encontrar un lugar dedicado a la oración y a los sacrificios, ha encontrado un mercado. Su celo por el culto verdadero a su Padre se ha encendido. Hace un manojo de cordeles, comienza a dar latigazos a los animales, tira las mesas de los cambistas y clama con voz potente: ¡Fuera, esto no es un mercado, esto es la casa de Dios! No es un gesto de violencia, porque sabe que la violencia nunca sirve a la humanidad, más aún, la deshumaniza. Cuando las autoridades judías se encaran con él no le echan en cara que haya sido violento. Le reclaman con qué autoridad lo ha hecho. Él se lo dice: “Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días”. Ellos no le entienden. Piensan que se refiere al Templo de piedra. “Pero él –puntualiza el evangelista- hablaba del templo de su cuerpo”. Y añade: “Cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y creyeron a la Escritura”. Resucitar es la cima de la Pascua de Cristo. Pero muerte y resurrección son inseparables. También lo son en nuestra pascua. Sin morir a nuestras pasiones, a nuestras esclavitudes, a nuestros pecados es imposible resucitar a una vida nueva de reconciliación con Dios y con los demás. Sacramento de la Penitencia y perdón. Ese es el camino de nuestra pascua.                

Domingo 2 de Cuaresma (28.II.2021) - Ciclo B

UN CAMINO DE OSCURIDAD Y DE LUZ

“Este es mi Hijo amado, escuchadle”

*** Estamos en el monte de la Trasfiguración. Jesús ha venido aquí acompañado de tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Los tres van a jugar un papel muy importante en la Iglesia naciente que aparecerá muy pronto. Tienen que aprender una gran lección: que el camino para llegar a la gloria, el camino luminoso que vence la oscuridad, pasa por el escándalo de la cruz. Hace unos pocos días ha tenido que reñir con dureza a Pedro, cuando éste le ha contestado con un “¡eso no puede ser!”, al decirle que en Jerusalén sería apresado, escarnecido, crucificado y muerto. Hoy les ha traído este monte para que vean un anticipo del “después” de la cruz. Ese “después” es la gloria de la resurrección, el triunfo rotundo y completo sobre el mal y sobre la muerte. No aprenderán la lección y sucumbirán a la prueba de ver apresado y condenado a muerte a su Maestro. Lo entenderán más tarde, cuando el mismo Jesús les envíe el Espíritu Santo, precisamente como fruto de su cruz. Nosotros también necesitamos subir al monte de la Trasfiguración para mirar con la luz de la fe el misterio del dolor cuando perdemos un hijo en accidente en la plenitud de su vida, cuando viene para quedarse una enfermedad grave, cuando la pandemia nos arrebata la presencia de los seres más queridos, quizás el empleo y el derecho de nuestra libertad. Tenemos necesidad de la luz y de la gloria de la Trasfiguración para superar esas grandes o pequeñas cruces que acompañan nuestra vida en la tierra. Necesitamos la luz de Dios para aceptar el misterio de la cruz.    

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (14.II.2021) - Ciclo B

UN CORONAVIRUS ESPECIAL

“Quiero, queda limpio”

**** Un enfermo está de rodillas delante de Jesús. Tiene un coronavirus tan peligroso, que pasará la vida confinado de su familia, del culto y de toda relación social. No ha dudado en saltárselo y ha venido hasta quien sabe que puede salvarle. No se ha equivocado. Cuando Jesús le ha visto de rodillas delante de él, se ha conmovido. Lejos de recriminarle y echarle en cara que puede contagiarle, le mira con cariño. Más aún le toca con su mano. Por si fuera poco, añade: Tú me has dicho “si quieres, puedes curarme”. Yo te digo: “Quiero, queda limpio”. Y queda curado de la lepra. Ahora ya puede volver a su casa, a la sinagoga, a la plaza del pueblo. Los hombres y mujeres de hoy –y los de todos los tiempos- tenemos una enfermedad tan contagiosa e incurable como la lepra de entonces. Es una enfermedad que rompe nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Pensemos, por ejemplo, en un hombre casado que abandona su hogar, su mujer y sus hijos. O en un adicto al alcohol, la pornografía o la ludopatía. O en un corazón lleno de odio. Pero no es esto lo más trágico. Lo más triste es que este hombre y esta mujer de hoy tantas veces no quieren acercarse al único médico que puede curarles. Bastaría que viniesen a Jesús en el sacramento de la penitencia, le dijesen con sencillez que son leprosos y le pidiesen la curación. Jesús repetiría el milagro y les devolvería a la vida. Porque hay vidas que no son vidas. El miércoles comienza la Cuaresma. Tiempo especial para reconciliarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Acojamos esta gracia.               

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (7.2.2021) - Ciclo B

EL MÉDICO QUE NECESITAMOS

“La tomó de la mano y la curó”

****Después de una intensísima jornada, Jesús ha venido a la casa de Pedro, donde vive su suegra. La encuentra encamada y con una fiebre alta. No se queda insensible. La toma de la mano, la levanta, la cura y ella se pone a servirles. Todo un símbolo de lo que hace ahora Jesús. Viene a la casa donde vivimos los hombres y mujeres de este tiempo y nos encuentra con una fiebre alta: la fiebre de las ideologías, de las idolatrías, de la vida vivida como si Dios no existiera. Como a la suegra de Pedro, nos da la mano de su Palabra, de sus sacramentos, de su Persona. Con la mano de su Palabra cura los errores y las tinieblas de las ideologías e idolatrías, con la del sacramento de la Penitencia cura la fiebre de nuestros pecados y con la de la Eucaristía nos da el alimento para continuar caminando. Una vez curada, la suegra de Pedro se puso a servirles, a estar a disposición de los demás. Como han hecho y hacen tantas abuelas y madres, tantísimas profesionales de los mil y un oficios y profesiones, tantas catequistas en nuestras parroquias, tantas religiosas en centros donde se cuida la vida con amor y compasión. ¡Qué sería de este mundo y de la Iglesia sin las mujeres! Tras descansar, antes del amanecer, Jesús se va al monte a orar. Luego vendrá otra jornada agotadora. No será un simple trabajo sino el cumplimiento amoroso de lo que es el centro de su vida: la voluntad del Padre. Sin oración hay propagandistas, quizás maestros. Pero no hay testigos. Y eso es, precisamente, lo que necesitan con urgencia el mundo y el hombre de hoy.            

Domingo 4 del Tiempo Ordinario (31.I.2021) - Ciclo B

***EL DEMONO NO ES UNA BROMA

“Cállate y sal de él”

Estamos en la sinagoga de Cafarnaún, al norte del lago de Genesaret. Es sábado. Jesús ha entrado junto con los judíos practicantes del pueblo. El archisinagogo le ha pedido que predique. Lo hace con gusto. No sabemos qué dijo. Sabemos, en cambio, los efectos. Sus oyentes quedaron impactados y muy admirados. Él no había predicado como el escriba de turno, que siempre repetía lo que opinaban otros escribas más sabios que él. Jesús no había dicho: “dice Gamaliel” o “dice Efraín”. Él ha hablado en nombre propio: “Se os ha dicho, pero Yo os digo”. ¡Cómo no iba a dejarles admirados este modo de hablar! Pero éste fue el primer acto. El segundo será más desconcertante. Hay allí un poseído por el demonio y, al ver a Jesús, ha perdido los nervios y se ha puesto a gritar: “¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno, has venido a perdernos?” Jesús no respondió “por supuesto” o algo parecido. Fue más contundente: “Cállate y sal de él”. Y el demonio salió dando un gran grito. Era el primer exorcismo de la historia de Jesús. No sería el último. Jesús no pacta con el demonio. Ha venido a destruirlo, porque no puede pactar con quien esclaviza a los hombres. Y, entonces y ahora, el demonio esclaviza siempre. El demonio no es una broma ni algo etéreo. Es un ser personal, mucho más inteligente y poderoso que el hombre. Pero infinitamente menos que Dios. Por eso, Jesús le ha derrotado y le sigue derrotando. Y nosotros con él. Quien se acerca al sacramento de la Penitencia derrota y vence al demonio. Por eso él pone tanto esfuerzo en que no lo hagamos.             

Domingo 3 del Tiempo ordinario (24.I.2021) - Ciclo B

PESCADORES DE JESÚS  

“Ellos le siguieron de inmediato”

*** Media mañana de un día soleado. Dos parejas de pescadores están en el lago de Genesaret. La de los hermanos Pedro y Andrés echa las redes; la de Juan y Santiago las lavan y recosen para echarlas enseguida. Pasa Jesús delante de ellas y les dice: “Venid con migo, y os haré pescadores de hombres”. Pedro y Andrés son pequeños autónomos; Juan y Santiago, hijos de un empresario pesquero.  Todos son bastante rudos y un poco brutos, pero nobles y generosos. Lo dejan todo de inmediato y se van con Jesús a pescar en otros mares y con otras redes. Nunca se arrepintieron. La barca a la que subieron entonces ha pescado muchos millones de peces. Y sigue su tarea. Jesús sigue hoy pasando delante de algunas y algunos y les hace la misma invitación. Les dice que dejen el quirófano, el bufete, el periódico, el ejército, la novia con la que pensaban formar un hogar, porque les quiere como sacerdotes, religiosos y religiosas. Pero a la inmensísima mayoría no sólo no les quita las redes de su trabajo y de su vida ordinaria sino que les dice que es en ellas y con ellas como serán pescadores de hombres, discípulos y apóstoles. El médico curando enfermos, la cajera de supermercado dando la cuenta a los clientes, el quiosquero vendiendo periódicos, el empresario creando puestos de trabajo y mejorando cada día las condiciones laborales de sus empleados. Basta con esto: realizarlo cada día mejor, viendo en los demás al mismo Jesús y echando las redes de pescador.  ¿Quién rechazará la invitación a esta pesca, tan sencilla y tan fecunda?        

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (17.I.2021) - Ciclo B

BUSCAR, TRATAR, ANUNCIAR

Y se quedaron con él”

***“Este es el Cordero de Dios”, “Venid y lo veréis”, “Hemos encontrado al Mesías”. Estas tres frases resumen el evangelio de hoy. “Este es el Cordero de Dios”, es decir, este es el Mesías fue la indicación que el Bautista dio a dos de sus más íntimos discípulos después del bautismo de Jesús. No necesitó decir más para que comenzase el itinerario del discipulado de Juan y Andrés. Tampoco ellos lo necesitaron, porque de inmediato fueron tras de él. Jesús lo advirtió, les preguntó qué buscaban y al responderle “¿dónde vives?”, él les hizo esta invitación: “Venid y lo veréis”, seguidme y estad conmigo. El impacto de aquel encuentro fue decisivo. Juan, al cabo de ochenta años, recordaría con exactitud: “eran las cuatro de la tarde”. Andrés, por su parte, no perdió un minuto para ir comunicar a su hermano Pedro el hallazgo. Y lo acompañó hasta Jesús. Jesús no se dejó ganar en generosidad y ya en aquel momento le dice: Simón: en adelante “te llamarás Cefas”, serás “la roca” sobre la que construiré mi Iglesia. Aquí tenemos nuestro itinerario de fe para todo el Tiempo ordinario: buscar, estar y anunciar a Jesucristo. Buscar a Jesús en el evangelio, en la Eucaristía y en la oración ante el sagrario, en el confesonario, en un sacerdote o en un amigo verdadero. Tratarle personalmente. Donde no hay trato, no surge ni se consolida la amistad y sin amistad con Jesús ¿qué sentido tiene nuestra vida de discípulos? Anunciar es la consecuencia necesaria. ¿No procedemos así cuando leemos un gran libro, compramos un vestido o hemos visitado un lugar encantador?     

Bautismo del Señor (10. I. 2021)- Ciclo B

TODOS HIJOS Y ALGUNOS MÁS HIJOS

“Tú eres mi Hijo amado”

*** Hoy es el Bautismo del Señor. Cerramos así el ciclo de Navidad. El evangelio es uno de los más breves y, a la vez, más densos del año. Pues nos descubre que el Dios cristiano es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Hijo es Jesús de Nazaret. Nadie lo diría, pues de Nazaret no puede salir algo bueno, dirá luego uno de sus discípulos. Además, está en la fila de los pecadores. Pero el Padre nos dice: no os engañéis. Éste no es un pecador. Es “mi Hijo”, al que yo amo más que a nadie, mi preferido. Lo he enviado para que se solidarice con vosotros hasta el extremo de hacerse responsable de vuestros pecados en el “bautismo” de la cruz. Finalmente entra en escena el Espíritu Santo. Porque al salir Jesús del agua del Jordán descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma. Con esta extrema sencillez se nos revela lo que llamamos “el misterio de la Santísima Trinidad”: que Dios es uno y tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Muchos de los que lean este comentario han recibido el bautismo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, mientras el sacerdote derramaba agua en la cabeza. En ese momento se nos perdonó el pecado original y nos convertimos en hijos especiales de Dios. Ya éramos hijos, porque Dios nos ha dado la vida. Pero el bautismo nos hace hijos de un modo incomparablemente superior, pues nos hace partícipes de la filiación divina del Hijo amado. “Hijos en el Hijo” ¡Qué regalo nos hicieron Dios y nuestros padres llevándonos a bautizar! Agradezcámoselo. Padres, seguid pidiendo al bautismo para los hijos.      

Domingo de la S. Familia (27.XII.2020 ) - Ciclo B

LA FAMILIA, GRAN TESORO

“Crecía en edad y gracia”

Iguales, diferentes y complementarios. Esta es la marca que el Creador ha dejado impresa en el hombre y en la mujer. Iguales, porque ambos son personas espirituales y corpóreas -mitad ángel y mistad bestia, dice Pascal-. Diferentes, porque por naturaleza uno es varón y el otro hembra y poseen unas características propias e intransferibles, más allá de las situaciones culturales y sociales. Complementarias, porque el Creador los ha ideado en vistas a que, uniéndose entre sí y cooperando con él,  comuniquen el prodigio de nuevas vidas en el matrimonio. Gracias a ello surge esa nueva realidad que llamamos familia, célula de la sociedad y anterior a ella y que el mismo Dios asumió y santificó al hacerse hombre. En ella, además de recibir el don de la vida, se aprende lo que es el amor verdadero e incondicional y las virtudes básicas para afrontar la existencia, por ejemplo, la solidaridad, la aceptación del otro  tal  cual es, el trabajo, la justicia. Quienes han nacido en una familia cristiana, han heredado el tesoro de la fe desde su más tierna edad y con ella la apertura y aceptación de Dios, el amor al prójimo, el cariño a la Virgen, la oración y un largo etcétera. La familia sufre hoy los embates de una cultura antinatalista, utilitarista y que propugna vivir como si Dios no existiera. A ello se une el ambiente de adolescencia social, que dificulta la estabilidad y la madurez de la persona y el cumplimiento de la palabra dada. Pidamos a la Sagrada Familia que bendiga las nuestras y las ayude a vivir sus virtudes domésticas: el amor y la fidelidad.

Domingo 1 de adviento (29.11.2020) - Ciclo B

EL TIEMPO DEL RELOJ Y EL DIOS

“Vigilad, pues no sabéis el día y la hora”

29 de noviembre de 2020. Esta es la fecha que señalan el calendario de pared, el ordenador y el móvil. Faltan, por tanto, 32 días para que aparezca en ellos la fecha del año nuevo: 1 de enero de 2021. Sin embargo, el calendario de los cristianos marca hoy otra cosa: “Domingo primero de Adviento. Comienzo del año litúrgico”. ¿Por qué este aparente desfase entre la sociedad civil y la Iglesia a la hora de medir el tiempo? La causa es más profunda que lo que pudiera parecer. La sociedad civil mide el tiempo como un sucederse de días, semanas y meses en los cuales hay gente que nace, que muere, que se casa y tiene su primer hijo, que aprueba o suspende un curso o una oposición, que disfruta el don de la paz o sufre los horrores de la guerra y del hambre. Es, pues, un sucederse de acontecimientos y movimientos controlados por el reloj. La Iglesia vive también todo esto, porque es un pueblo que camina en la historia y hace también la historia. Pero los contempla desde el “tiempo de Dios”. El tiempo de Dios es la entrada de Dios en nuestra historia para salvarnos. Es, pues, un tiempo no de reloj sino de salvación. Un don que el hombre puede valorar o desaprovechar, captar su significado o vivir con superficialidad. Adviento llega para ayudarnos a vivirlo con hondura y verdad. Es un grito que nos recuerda, por una parte, que Cristo vuelve a visitarnos en la próxima Navidad como nuestro Salvador y, por otra, que un día nos visitará por última vez. Precisamente cuando el tiempo de la sociedad civil se acabe, el tiempo de Dios alcanzará su cenit y aparecerá que este mundo posmoderno, en el que el hombre parece que no necesita a Dios y que es el él único “señor” y “el director” de todo: trabajo, economía, trasportes, ciencia, técnica de última generación es pura apariencia. Pues, como dice el evangelio de hoy, quien es el verdadero “dueño de la casa”, vendrá entonces a juzgar a los vivos y a los muertos según sus obras. Adviento llega cada año a recordarnos esto, para que nuestra vida recupere su orientación hacia Dios, cuyo rostro no es el “un señor” sino el un Padre y un Amigo.            

Domingo 34 del Tiempo Ordinario. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (22.11.2020)- Ciclo A

UN REY MUY ESPECIAL

“Venid, benditos de mi Padre”

*** Hoy es el último domingo del año cristiano. La Iglesia celebra en él la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús rechazó ser llamado y tenido como rey en sentido político: “Mi reino no es de este mundo”. En cambio, cuando estaba preso, maniatado, juzgado como un criminal, hecho una piltrafa humana, no dudó en responder a Pilato: “Yo soy rey. Yo para esto he venido, para dar testimonio de la verdad”. Luego campearía encima de su cruz y en tres idiomas: “Jesús Nazareno, el rey de los judíos”. Los hombres y mujeres del siglo XXI, acostumbrados a ver los signos de la realeza en el éxito, el poder, el dinero, la grandeza, tenemos dificultad para reconocer y proclamar como nuestro rey a un condenado a muerte. Tenemos dificultad en aceptar y seguir a un rey cuyo trono es una cruz. Pero este es el Rey que hoy celebramos. La Escritura no deja lugar a dudas. Para Jesucristo reinar es servir, reinar es entregar la vida por amor, reinar es identificarse con los hambrientos y sedientos, con los extranjeros, con los desnudos, con los enfermos y prisioneros, con los abandonados y despreciados. Él se identifica tanto con ellos, que lo que hagamos a ellos se lo hacemos a él. No veamos en esta página del evangelio de hoy una fórmula literaria, una simple imagen. Porque toda la vida de Cristo en la tierra fue una confirmación de su identificación con los pobres materiales y espirituales. Él, Hijo de Dios y Dios, se hizo hombre para salvar al hombre, para servirle hasta derramar la última gota de su sangre. Por eso, cuando ejerza como el juez de todos y de todo, no dudará en decir a quienes le han reconocido en los que tienen hambre y sed o están enfermos o en la cárcel: “Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. De esta  página han nacido las instituciones, las obras benéficas y sociales, las incontables iniciativas promovidas por los cristianos de todos los tiempos y geografías. Porque tan cierto es que el reino de Cristo no es de este mundo, como que cuando dejamos que Cristo reine en él, este mundo se hace más humano, más habitable, más esperanzado.        

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (15.11.20220) - Ciclo A

DEJAR POSO EN LA VIDA

“Bien, entra en el gozo de tu señor”

*** Nuestra vida en la tierra se acaba, no es para dormir la siesta y será evaluada por Dios. Este es el armazón de ideas que tejen el evangelio de este domingo, penúltimo del año litúrgico de la Iglesia. Como era habitual en él, Jesús no da una lección magistral sobre este conjunto de ideas o sobre alguna de ellas. Recurre, siguiendo su eficaz pedagogía, a la parábola. En este caso a la conocidísima parábola de los talentos. Jesús habla de un señor que entrega sus bienes a tres empleados para que los hagan fructificar, mientras él está ausente. Después de concluidos sus asuntos, regresó a casa y les pidió cuenta sobre el modo de negociar sus bienes. Dos de ellos trabajaron bien y con tesón, logrando entregarle el doble de lo que les había confiado. Como es lógico, les alabó y premió. Pero el tercero había adoptado la actitud equivocada del miedo a su señor: había escondido la moneda bajo tierra para que, a la vuelta, la pudiera devolver. A diferencia de los dos primeros, él fue recriminado y castigado. El dueño de la parábola representa a Jesucristo. Los tres siervos somos sus discípulos. Los dones que cada uno poseemos son los talentos recibidos. Estos dones no son sólo los talentos y cualidades naturales sino también los bienes que el Señor nos ha dejado en herencia. Entre ellos, el Bautismo, la Eucaristía, el perdón sacramental, el Padre Nuestro, su Palabra. Brevemente: su reino, que es él mismo, presente y vivo en medio de nosotros. La parábola insiste en la actitud interior con la que hemos de acoger y valorar esta herencia. Ciertamente, no enterrando el Bautismo, la Eucaristía, la Penitencia, la Palabra de Dios y la caridad, como hizo el tercer empleado sino siguiendo el ejemplo de los otros dos: dando frutos de santidad y apostolado. Los dones y bienes recibidos son para darlos, compartirlos, comunicarlos a los demás. La vida es siempre corta. Pero si la empleamos bien, ¡cuántos frutos podemos producir con la gracia de Dios! Por eso, vale la pena gastarse y desgastarse y pasar por este mundo abriendo o ensanchando caminos de verdad, de bien, de amor. Brevemente: dejando poso.               

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (8.11.2020) - Ciclo A

EN ESPERA DE  UN BANQUETE DE BODAS

Cinco eran sensatas y cinco necias

*** Caen las hojas de los árboles. Se acortan los días. Se acaban las fechas del calendario. Todo a nuestro alrededor nos dice de una u otra forma: “esto se acaba”. La liturgia de la Iglesia asume este sentimiento. Más aún, se sirve de él para recordarnos una gran verdad: nuestra vida en la tierra también se acabará. Para quienes creemos y esperamos en Cristo esto no es una tragedia, como lo es para los que viven según el dicho pagano “¡qué pronto pasamos de la nada a la nada!” Nosotros sabemos que el final de nuestra vida terrena es la penúltima etapa. La última es disfrutar del banquete de bodas que Dios nos tiene preparado. Jesús habló con frecuencia de esta verdad. Un caso concreto es el que relata el evangelio de hoy, en la conocida parábola de las diez doncellas, cinco de las cuales se portaron con sensatez y las otras con irresponsabilidad. Las sensatas estaban preparadas, a pesar de que el novio se retrasó y llegó muy tarde a casa de la novia para llevarla consigo, casarse y celebrar el banquete de bodas. Habían previsto esta tardanza y se habían aprovisionado del aceite necesario. Las otras, en cambio, no habían sido previsoras y mientras fueron a la tienda a comprarlo, llegó el esposo, cerró la puerta y quedaron fuera. La enseñanza de Jesús es clara y sencilla: hay que estar preparados para cuando nos llegue el momento. No es sensato esperar hasta entonces para prepararnos, porque podemos no tener tiempo y encontrarnos excluidos de la felicidad eterna. ¿Cómo estaremos preparados, cómo tendremos el aceite necesario para que la lámpara de nuestra vida siga luciendo? La respuesta es obvia: si realizamos el proyecto de vida que Dios nos va indicando mediante sus mandamientos, los deberes de nuestro estado, las responsabilidades laborales y sociales, las necesidades ajenas que se cruzan en el camino de nuestra vida. Es bueno bautizarse e ir a misa los domingos. Pero eso sólo no basta. Lo decisivo es vivir de modo habitual en amistad con Dios, trabajar por él, hacer continuas obras de servicio a los demás, arrepentirnos cuantas veces sea necesario y recibir con frecuencia el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia.                    

Festividad de Todos los Santos (1.XI.2020)- Ciclo A

COHERENCIA Y SERVICIO

“Haced lo que os digan”

*** Predicar y no dar trigo. Enseñar una cosa y hacer la contraria. Decir y no hacer. Estas actitudes siempre han sido rechazadas por la gente normal. Hoy lo son de modo especial. Jesucristo no fue una excepción. Al contrario, sin pelos en la lengua denunció la actitud de los escribas y fariseos, que se presentaban ante la gente como doctores de la Ley y llevaban una vida reprobable.”Haced y cumplid lo que ellos os digan pero no hagáis lo que ellos hacen, pues ellos no hacen lo que dicen”. No cabe mayor desautorización para quien se presenta como guía y maestro de una comunidad. Tanto religiosa como social, en la Iglesia y en la política, en la familia y en cualquier profesión de la plaza pública. Quien tiene autoridad de maestro, se desautoriza a sí mismo y desacredita su enseñanza si sus obras contradicen a sus palabras. Eso es lo que ocurría con los escribas y fariseos, cuya vida estaba mucha veces en abierta contradicción con su comportamiento. Jesús señala algunos ejemplos, pero no serían los únicos casos denunciables. “Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente, pero no están dispuestos a mover un dedo”; “todo lo que hacen es para que les vea la gente”; “buscan los primeros puestos en los banquetes y en la sinagoga”; “les agrada que les hagan reverencia por la calle y que les llamen ‘maestro’”. En lugar de que sean el servicio a los demás y Dios el centro de su actuar, son ellos los que buscan ser honrados y exaltados. Los discípulos de Jesús, sean maestros o no, han de tener un comportamiento completamente distinto. Ciertamente el maestro no debe renunciar a ejercer su misión, pues Dios así lo que quiere. Pero al hacer de maestros de los demás, no pueden olvidar que han de ser los primeros discípulos del que “vino no a ser servido sino a servir y a dar la vida”. ¡Qué Iglesia y qué sociedad tan distintas tendríamos si los sacerdotes, los profesores de colegio y de universidad, los políticos de todos los niveles tuvieran como único lema servir a los demás o no servirse nunca a sí mismos! Jesús es el único que siempre actuó así. Por eso es también Maestro, el único Maestro de todos.                    

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (25.10.2020) - Ciclo A

NI EL PRIMERO NI EL SEGUNDO

“Y al prójimo como a ti mismo”

*** Estamos en Jerusalén. Jesús acaba de responder a una pregunta insidiosa de los saduceos sobre la resurrección. Ahora toman el relevo los fariseos. Más en concreto uno de sus doctores. Viene con una pregunta no menos insidiosa y el mismo objetivo. La pregunta es ésta: Nosotros hemos encontrado 613 mandamientos en la Ley de Moisés. ¿“Cuál es el primero de ellos”? Jesús no duda un instante y le responde con absoluta claridad. “El primer mandamiento es éste: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. No eran unas palabras desconocidas para él, porque todos los israelitas las recitaban cada mañana y cada tarde desde que tenían doce años. Muchos incluso las llevaban alrededor de su frente en una gran filacteria. A pesar de ello, no habían descubierto que el primer mandamiento, que lo primero que Dios quiere del hombre, que lo que el hombre debe hacer antes que cualquier otra cosa es amar a Dios con todo su corazón, alma y mente. Es decir con todas sus facultades y capacidades. Ese Dios no es un vago ser divino sido el Dios  personal revelado. El amor ha de ser, por tanto, también personal, de persona a persona. Pero la respuesta de Jesús fue más lejos que la pregunta. El doctor de la ley había preguntado cuál era el primer mandamiento. Nada más. Jesús añade por su cuenta. “El  segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y sentenció: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. Si antaño –y ahora en no pocos casos- el peligro estuvo en quedarse a medias por arriba, ahora el peligro estriba en lo contrario: en separar el segundo mandamiento del primero. Más aún, eliminar el primero o entronizar el segundo, dejando a éste sin su referente esencial. La Palabra de Dios siempre resuelve las cosas justamente. Jesús, que dijo que el primer mandamiento es amar a Dios con todas nuestras fuerzas y capacidades, añadió que había un segundo inseparable: amar al prójimo como a nosotros mismos, más aún, como él nos amó. ¡Nos queda mucha tarea por delante a todos!