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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (18.X.2020) - Ciclo A

DIOS Y LA POLÍTICA

“A Dios, lo que es de Dios”

***Palestina era parte del imperio romano en tiempo de Jesucristo. Por eso, debía pagar un tributo a Roma. El pueblo lo hacía a regañadientes y porque no le quedaba más remedio. Si alguien se pronunciaba en contra, podía ser considerado subversivo, revolucionario y enemigo del Emperador. Si, en cambio, se manifestaba favorable, podía ser tachado de colaboracionista con el invasor y contrario a la ley de Moisés, pues implicaba ayudar a un poder pagano en un estado teocrático. Se comprende así que, cuando los escribas plantearon a Jesús  si “es lícito pagar el tributo al César”, trataban de ponerle en un serio aprieto, como enemigos suyos que eran. Si respondía “sí”, perdería el favor de las masas que le seguían. Si respondía “no”, se hacía acreedor de las iras del poder civil. Jesús les ganó por elevación. Más que responder “sí” o “no”, dio una respuesta que no es una evasiva sino que sitúa las cosas en su verdadera perspectiva. El poder político tiene su campo y Dios tiene el suyo. ¿Quiere esto decir que la política es completamente autónoma y sin ninguna relación con Dios? La política es una actividad de los hombres y de las mujeres en cuanto seres sociales. Esa actividad, como todas las demás, nunca puede estar al margen o en contra de lo que Dios quiere. Porque el hombre, incluso cuando quiere ser superhombre, es siempre hombre, creatura, nunca es Dios. A lo largo de toda su historia, desde Adán hasta hoy, ha tratado de serlo. El último intento comenzó hace algo más de dos siglos, cuando destronó a Dios y entronizó como reina a su libertada completamente autónoma. Creía que la marginación total de Dios le conduciría infaliblemente a un progreso y felicidad cada vez mayores. Sin embargo, los resultados no han respondido a sus sueños. Ahí están, entre otras pruebas, las dos últimas grandes guerras y la esclavitud de muchedumbres a manos del comunismo y del liberalismo radical. Dios no es contrincante del hombre sino el garante de su plenitud. Al César, por tanto, lo que es del César, pero sabiendo que sólo cuando se esclarece lo que corresponde a Dios, puede establecerse lo que corresponde al César.   

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (11.10.2020) - Ciclo A

LIBERTAD Y CONSCUENCIAS

“La boda está preparada”

*** Seguimos en el escenario de los últimos domingos. El mensajero es el mismo. Los destinarios también son los “sacerdotes y senadores del pueblo”. Idéntico es también el mensaje: oferta de Dios a entrar en su reino –hoy una boda en vez de una viña-, envío reiterado de mensajeros, rechazo persiste de los invitados, castigo de esta actitud y, por último, traspaso de la invitación a otros. Es la síntesis de la historia de la salvación. El rechazo reiterado de la alianza por parte del pueblo elegido provocó que Dios eligiese otro pueblo para realizar su voluntad universal de salvación. Este pueblo, en contraposición al primero, no sería una nación sino que estaría formado por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, razas y culturas. Quien esto escribe y quienes esto lean son parte de este segundo pueblo. Pero ¡estemos prevenidos contra un engaño muy peligroso! A la invitación de Dios para que demos frutos de santidad y apostolado, de amor a Él y al prójimo, tantas veces reaccionamos como los invitados a la boda de la parábola de hoy: unos van a las tierras de sus intereses personales; otros, a sus negocios económicos, recreativos, políticos; otros llegan incluso a maltratar a los enviados de Dios, mediante falsas etiquetas, burlas malévolas, persecuciones de guante blanco y hostilidades verbales y físicas.  Sin embargo, Dios no se cansa de invitarnos a la boda de su Hijo: la reconciliación en el sacramento de la Penitencia para vivir en su amistad, la Eucaristía dominical y la vivencia de la caridad con la palabra, el buen trato y la ayuda generosa, en tiempo y dinero, a los necesitados. Él invita, no obliga. Pero no le da igual que respondamos de una manera u otra. Llegará un momento en el que unos entrarán en las bodas eternas del Cielo y otros no entrarán. No porque Dios no cursase la invitación pertinente sino porque nuestra respuesta la rechazó y eligió vivir sin Él. Ciertamente somos libres de elegir de un modo u otro. Pero no lo somos para  decidir las consecuencias que nuestra libertad. No endurezcamos más nuestro corazón. Abramos de par en par sus puertas al Dios clemente y misericordioso.           

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (4.10.2020) - Ciclo A

VIEJOS Y NUEVOS VIÑADORES

“Se la dará a otros”

****Una viña cargada de uvas y pronta para la vendimia. Unos viñadores arrendatarios. Un propietario que envía a recoger los frutos a sus criados y son maltratados, apedreados y  asesinados por los viñadores, el hijo del propietario que es enviado como último recurso y también es rechazado y matado, unos nuevos viñadores a quienes el propietario entrega su viña. Este es el panorama de la parábola del evangelio de hoy. Basta con añadir el comienzo: “Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a las autoridades del pueblo”, para comprender de inmediato de qué se trata. La viña es el pueblo de Israel; el propietario es Dios; los viñadores, las autoridades religioso-políticas; los enviados, los profetas; el hijo, Jesucristo. Los dirigentes del pueblo de Dios, en lugar de sentirse servidores, se consideraron propietarios y, en lugar de dar frutos de amor y de obras de justicia, precipitaron al pueblo por el descamino de alejarse de los profetas que le llamaban a la conversión. Incluso, llegado el momento, rechazaron a su propio Hijo y le crucificaron. El año 70 “los malvados viñadores” –como les califica la parábola- fueron arrasados por las tropas romanas. Pero de la piedra desechada, surgió una nueva viña y otros viñadores. La nueva viña es la Iglesia, los viñadores son los que tienen que trabajar en ella, sobre todo si tienen autoridad. Los frutos son la fidelidad a lo que establece la Palabra de Dios y la entrega y el servicio a quienes deben cuidar. “Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien, en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad” (Benedicto XVI, Angelus 2.X.2011). ¿Nosotros, como bautizados o como pastores, damos los frutos que Dios espera? ¿Nos consideramos administradores o, más bien, propietarios de cuanto Dios pone en nuestras manos: salud, inteligencia, capacidades, posibilidades económicas, cargos? Son preguntas irrecusables para los padres, los sacerdotes, las autoridades académicas, políticas y económicas. No es improbable que sea necesario un mea culpa con propósito de enmienda. Todavía estamos a tiempo.           

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (27.9.2020) - Ciclo A

NO BASTAN LAS PALABRAS

“No voy, pero luego fue”

*** Nuevamente una parábola de viñas y trabajadores. Pero en la de hoy, el dueño no sale a la plaza a contratar obreros sino que los tiene en casa: son sus dos hijos. Cuando les mandó a trabajar, el primero le dio muy buenas palabras, pero no fue. El segundo, en cambio, le contestó de pronto “no me da la gana” pero, luego, se arrepintió y fue a trabajar a la viña. ¿Cuál de los dos, preguntó Jesús a los sacerdotes y jefes del pueblo judío, hizo la voluntad del padre? La respuesta era obvia: “El segundo”. El Dueño de la viña es Dios, la viña es su voluntad, expresada en sus mandamientos, el primer hijo representa a los que se quedan en palabras y sin obras, y el segundo a los que comienzan obrando mal pero luego se arrepienten. La enseñanza de Jesús es clara: Ante Dios no bastan las palabras sino que son necesarios los hechos de conversión. Para que no quedara ninguna duda, él mismo interpretó su parábola con dos ejemplos bien conocidos por sus interlocutores. Éstos habían acogido de buena gana la alianza y sus exigencias, pero luego convirtieron la religión en algo puramente externo y vacío de lo que Dios realmente mandaba a través de ellas. Por eso, cuando Juan el Bautista y él mismo les recordaron que debían cambiar y vivir de verdad la religión, les rechazaron y persiguieron. En cambio, los publicanos y las prostitutas –ambos pecadores públicos-, acogieron su llamada a la conversión y cambiaron de conducta. Por eso sentenció: ellos y ellas  os precederán en la entrada en el reino. No porque ellos y ellas fueron lo que fueron, sino porque reconocieron su pecado y se volvieron a Dios. Una pregunta resulta hoy ineludible para cada uno de nosotros. Es ésta: “¿Vivo yo mi vida cristiana de modo rutinario y sin que influya en mi trabajo, familia, diversión, compromiso social y político o mi fe cristiana me lleva a vivir como Dios espera todas y cada una de esas dimensiones de mi vida? Pero no nos quedemos a medio camino. Si descubriéramos –y lo más probable es que descubramos- que nuestra vida de cada día está lejos de ser lo que Dios quiere que sea, estamos a tiempo de arrepentirnos y comenzar de nuevo.            

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (20.9.2020) - Ciclo A

JUSTICIA Y BENEVOLENCIA

“Id vosotros a mi viña”

*** El evangelio de hoy recoge una estampa muy familiar a los viticultores de La Ribera. Un labrador que sale a la plaza a contratar obreros para trabajar en su viña. Pero mientras la contrata se hacía aquí al comienzo del día, en el relato evangélico tiene lugar muy de mañana, a mediodía, a primera hora de la tarde y casi al ponerse el sol. Y también, a diferencia de lo que aquí y en todas partes ocurre, a la hora del salario pagó lo mismo a los de la primera hora que a los del atardecer. En lo que no hay diferencia es en la reacción de los obreros: los que habían trabajado todo el día, protestaron porque les igualaba con los que apenas había trabajado un hora, pese a que el dueño de la viña les pagó el salario convenido. Ellos se regían por el “tanto trabajas, tanto ganas”. Pero el dueño no manejó sólo la justicia sino la benevolencia. Por eso, pagó a todos el mismo jornal. Es fácil adivinar que el labrador es Dios, que los obreros somos los hombres, que las horas de contrata coinciden con las de nuestra vida: niñez, juventud, madurez, vejez, y que el salario es la vida eterna.  A lo largo de mi ministerio lo he comprobado más de una vez. Personas que, por ejemplo, habían estado totalmente apartadas de Dios y de los sacramentos, tocadas por la gracia, reaccionaron en el crítico momento de su muerte como el buen ladrón en la cruz, y murieron en paz y en gracia de Dios. He de confesar que nunca se me ocurrió pronunciar un “no hay derecho”. Todo lo contrario. Es verdad que yo fui llamado al tajo cuando era niño. ¡Bastante jornal me han pagado, permitiéndome trabajar tantos años en la Viña del Señor! Y confío que, al final, también recibiré el sueldo del Cielo, no por merecimiento mío sino por pura benevolencia suya. Todo es gracia, dijo una vez Bernanos. Efectivamente, no nos autosalvamos. Fuimos  salvados por la muerte y resurrección de Jesucristo y, luego, por las gracias continuas que Dios nos ha dado. Nosotros ponemos un poquito. Lo que pone la mano de quien recibe el dinero con el que compra el coche. No aguardemos al final de la vida para ir a la Viña del Señor. Pero si no hacemos antes, vayamos, al menos, en ese momento.             

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (13.9.2020) - Ciclo A

PERDONAR Y OLVIDAR

“Págame lo que me debes”

**** Castilla es la tierra de las lealtades, del valor de la palabra dada y de las grandes amistades. Por eso es también la tierra de los grandes rencores y de las rupturas de por vida. De hecho, hermanos que han comido durante años en la misma mesa y amigos que han sido íntimos, cuando riñen, pueden dejar de hablarse para siempre e incluso odiarse. Sin llegar a esos casos límite, nos cuesta perdonar las ofensas que todos recibimos dada la débil condición humana. Por eso, nos viene como anillo al dedo el evangelio de este domingo, en el que se nos plantea, con toda radicalidad, la necesidad de perdonar. Resulta que un empleado tenía una deuda de varios millones de euros –eso eran diez mil talentos- con su señor. En vistas de que éste estaba dispuesto a venderle a él, a su mujer y a sus hijos y luego meterle en la cárcel hasta que pagara todo, se puso de rodillas ante él con esta súplica: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Movido a compasión, el hacendado le perdonó toda la deuda. Al salir, después de este generosísimo perdón, se topó con un compañero que le debía cien denarios, cifra ridícula frente a su deuda. El compañero hizo lo mismo que había hecho él. Pero, en lugar de perdonarle la deuda, como habían hecho con él, después golpearle y tirarle al suelo, le metió en la cárcel hasta que le pagara lo debido. Cuando lo vieron los otros criados, quedaron horrorizados y fueron a contárselo al amo. Éste, mandó llamarlo y le dijo: ¡Mala persona!, “yo te perdoné la deuda. ¿No debías tú haber hecho lo mismo?” Y, ahora sí, le metió en la cárcel hasta que saldara lo adeudado. La parábola termina así: “Lo mismo hará con vosotros vuestro Padre del Cielo, si no perdonáis de corazón al hermano”. Yo soy el primero que tengo una deuda con Dios de diez mil talentos, y al que le ha sido perdonada no una sino muchas veces. Además de ridículo, sería imperdonable que yo no perdonase a quien me ofende. Ridículo y terrible. Porque, si quiero que Dios me siga perdonando, también tengo que perdonar yo. “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos”. Sin misericordia con los demás, Dios no puede tenerla conmigo.                 

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (6.9.2020) - Ciclo A

***UNA LACRA HUMANA Y CRISTIANA

“Corrígele a solas”

Tema importante el que aborda el evangelio de este domingo. El Señor, que conoce muy bien la pasta de que estamos hechos sus discípulos, sabía que no éramos perfectos y que hacemos cosas que ofenden y causan mal a los demás. Unas veces, las más, por debilidad e imperfección. Otras, por mala uva. Sabía también que muchas veces no nos damos cuenta de ello, aunque también puede ocurrir que sí seamos conscientes. Lo cómodo, lo cobarde y lo perjudicial es murmurar. Porque con la murmuración el hermano sigue obrando mal, nosotros demostramos que no le queremos de verdad y nos hacemos sembradores de discordia. Teniendo tantos puntos negativos la murmuración y tantos positivos la corrección fraterna, todos deberíamos practicar ésta y evitar aquélla. Sin embargo, ocurre lo contrario. Todo el mundo murmura de todos. El papa Francisco no cesa de denunciar esta lacra. Porque es como una gangrena para la vida cristiana y, en general, para la convivencia. Jesucristo nos dio el remedio. Cuando tu hermano te ofenda, es decir, cuando otro cristiano u otra persona te ofendan, demuéstrale tu amor corrigiéndole. No por sentirte ofendido sino porque es algo malo para él. Es lo que hicieron los primeros cristianos, comenzando por san Pablo, que no dudó en corregir al mismo san Pedro, cuando éste cedió, por miedo, ante los judaizantes y no comía ciertos alimentos. No le resultó sencillo, pero ayudó a san Pedro a rectificar, causando un bien añadido a los cristianos procedentes del paganismo. San Pablo le corrigió públicamente, porque público y notorio era el mal ejemplo de san Pedro. Pero el modo ordinario es el que indica Jesús en el evangelio de hoy, siguiendo esta graduación: primero, de tú a tú, y como un hermano no como quien viene con aires altaneros o de superioridad. Si no te hace caso, corrígele ayudado por otros dos o tres. Si también esto falla, que intervenga la comunidad. Y, si ni siquiera esto tiene resultado, hazle ver que se ha situado fuera de la comunión. ¡Cuántos bienes vendrían a nuestras comunidades y personas y cuántos males evitaríamos si, en vez de criticar, corrigiéramos con amor al que obra mal!            

Domingo 22 del Tiempo Ordinario (30.VIII.2020) - Ciclo A

DOS PROPUESTAS Y DOS LÓGICAS

“Apártate de mí, Satanás”

**** De nuevo una escena con Pedro y Jesús de protagonistas. Sin embargo, qué distinta la de hoy respecto a la del domingo anterior. Allí, Pedro hacía una verdadera confesión de fe en la divinidad de Jesucristo:”Tú eres el Hijo de Dios vivo”, aquí hace una propuesta bienintencionada pero mala: Que Jesús no asuma salvar al mundo mediante el sufrimiento y la muerte en cruz. Allí, era alabado:”Dichoso tú, Simòn”, aquí es rechazado y llamado “demonio”. Allí, no era “la carne y la sangre” –lo humano- quien hablaba por él sino el Padre. Aquí es la carne y la sangre –la lógica humana-las que salen por sus fueros. Discípulo y Maestro: dos modos de pensar, dos mundos opuestos. El discípulo que quiere enmendar la página al Maestro. El Maestro que tiene que corregir con fuerza las pretensiones del discípulo. El discípulo que quiere salvar al mundo con el éxito, el triunfo, el poder. El Maestro, que le dice que por ahí no se va a ninguna parte a la hora de dar la vuelta del calcetín a tantas cosas que van mal en el mundo y en la misma Iglesia. El discípulo que rechaza la propuesta de la cruz en todas sus formas: dolor físico y moral, enfermedad, soledad, abandono de los nuestros, fracasos. El Maestro que se abraza a la cruz y entrega su vida por amor. Aquí y ahora, nuevamente el Maestro y el discípulo. Cada uno de nosotros. Con los mismos planteamientos y la misma lógica de Pedro. El Maestro, con la misma propuesta, porque si la salvación vino por la cruz, la aplicación efectiva de la misma no puede venir por otro camino. Jesús no nos llama “Satanás” pero no se desdice de la propuesta de entonces: para corredimir con él, hay que morir con él. No hay alternativa. Hoy, como entonces y como siempre, la salvación del hombre, del mundo y de las instituciones de la Iglesia no vienen por el poder, el dinero, la autoafirmación personal, el egoísmo. Vienen por la aceptación de los planes de Dios que, de una manera u otra, siempre incluyen la cruz: el dolor en cualquiera de tus formas y la lucha contra el egoísmo y la vida comodona, y el unir nuestra entrega a la de Cristo, siendo grano de trigo que muere porque quiere ser fecundo.                  

Domingo 21 del Tiempo Ordianrio (23.VIII.20220) - Ciclo A

LA FE DE UN DISCÍ`PULO CREYENTE

“Tú eres el Hijo de Dios vivo”

*** Un héroe. Un superhombre. El más grande de todos los fundadores de religiones. Estas o parecidas respuestas daría mucha gente de nuestro tiempo, si le preguntáramos qué opinión tiene de Jesucristo, quién piensan que es él. Quienes somos sus discípulos sabemos que, efectivamente, es un héroe y que ninguno de los fundadores religiosos se le puede comparar. Pero no nos quedamos en esa visión externa, dada desde fuera, sino que decimos con Pedro y como Pedro: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”. No hacemos esa confesión porque seamos más listos que los demás o porque nos lo hayan asegurado personas tan inteligentes, sabias y buenas como san Agustín, santo Tomás de Aquino o la madre Teresa de Calcuta. Lo sabemos y profesamos porque tenemos fe, porque hemos tenido la inmensa suerte de haber  mamado ese don en nuestra familia y cultivado después en la celebración, en la catequesis y en la fraternidad de nuestras parroquias, asociaciones y movimientos. Cada domingo que hemos participado en la misa con los demás discípulos, cada vez que nos hemos reconciliado en el sacramento de la penitencia, cada vez que hemos comulgado con las debidas disposiciones de alma y cuerpo, cada vez que hemos escuchado la Palabra de Dios y su comentario en la homilía de nuestro sacerdote, cada vez que hemos ayudado o acompañado a otro discípulo en su enfermedad y en su sepelio, esa fe se ha hecho más vigorosa. Todavía no es todo lo fuerte que cabría esperar. Pero es una fe verdadera, a la que Jesús alaba, como alabó la de Pedro. Tendrá que seguir madurando, como tuvo que madurar la de Pedro. Pero llegará un momento en el que será como el mismo Jesús desea y espera. Basta que sigamos los pasos de Pedro: no separarnos de los demás discípulos, no ir solos por la vida, participar cada domingo en la Eucaristía, confesar y comulgar con frecuencia, leer cada día un poco el evangelio, escuchar la voz del Papa, de nuestro obispo y de nuestros buenos sacerdotes, en una palabra: permanecer en la Iglesia de modo activo e íntimamente unidos con los demás hermanos.           

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (16.VIII.2020) - Ciclo A

SANTAMENTE TOZUDOS

“¡Que se cumpla lo que deseas¡”

**** Estamos en territorio de Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea. Jesús ha venido a esta tierra de paganos acompañado de sus discípulos. Una mujer, madre para más señas, le sale al encuentro y comienza a gritar: “Ten compasión de mí, mi hija tiene un demonio muy malo”. Jesús no le hace caso. Ella sigue gritando, hasta el punto de que los discípulos se hacen sus aliados: “Atiéndela, que viene detrás gritando”, dicen a Jesús. Pero Jesús sigue sin dar su brazo a torcer, porque “no ha sido enviado más que a las ovejas descarriadas de Israel” y está fuera de Israel, en tierra de paganos. Pero las madres son madres y no se cansan hasta que consiguen lo que quieren para sus hijos. Lejos de desanimarse, acelera el paso y se coloca ante Jesús de rodillas, y le dice: “Socórreme”. Jesús le mira con ternura y le dice en un tono de voz muy especial: “No está bien echar el pan de los hijos a los perrillos”. Ella no le quita la razón, pero sigue insistiendo: “Es verdad, pero los perrillos también comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Jesús se rinde. Mejor, Jesús concede lo que estaba dispuesto a otorgar desde el principio, aunque antes desease aumentar la fe y la confianza de esta madre: “Mujer, qué grande es tu fe –le dice-, que se cumpla lo que deseas”. ¡Poder de la mujer y poder omnipotente de las madres intercesoras por sus hijos ante el Señor! Si una madre insiste sin cansarse y pide que el Señor libre a sus hijos de un mal demonio: la droga, el alcohol, el alejamiento de Dios, y mil coas más, terminará siendo escuchada. Y no sólo las madres biológicas. También los que tienen entrañas de madre, si insisten como la Cananea, como ella serán atendidos. Incluso los que no son ni mujeres ni madres. Si piden con insistencia que Dios les ayude en las dificultades de la vida, aunque parezca que no les escucha, Dios termina escuchando. Dios no es insensible ante las pruebas y necesidades de sus hijos y si, a veces, parece que cierra los ojos, en realidad es sólo para probarlos y templar su fe. No nos desalentemos jamás, seamos santamente tozudos.     

Domingo 19 del Tiempo Ordinario (9.VIII.2020) - Ciclo A

UNA BARQUCHUELA DESVENCIJADA

“Sálvanos, que os hundimos”.

Son las tres de la madrugada. La barca de Pedro y compañeros se debate entre las olas del mar de Tiberiades y amenaza naufragio. Aunque son pescadores expertos y conocen al dedillo este tipo de tempestades, tienen miedo. Jesús, mientras tanto, está en el monte rezando. Da la impresión de que él está despreocupado del peligro que  corren los suyos. Al fin se aproxima a la barca, pero lo pone peor. Porque Pedro y los demás piensan que es un fantasma y gritan como si fueran niños. Él trata de calmarles: “No tengáis miedo, que soy yo”. Pero ellos siguen gritando. Sólo Pedro ¿qué otro podría ser? se atreve a decir: “Si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”. Jesús le toma la palabra, Pedro baja al agua y se pone a caminar sobre ella. Pero es mucho menos valiente de lo que alardea y, sobre todo, le falta todavía fiarse plenamente de Jesús. Comienza a tener miedo y a hundirse. Sólo acierta a gritar más fuerte: “Sálvame, que me hundo”. Jesús le tiende la mano, sube a la barca, cesa la tempestad y él les dice:”¡Qué poca fe! ¿Por qué habéis dudado?” Es posible que, mientras Mateo escribía este relato, lo proyectara sobre la Iglesia de aquellos comienzos: una barquichuela en medio de persecuciones violentas. Si él no lo pensaba, nosotros sí que podemos hacerlo respecto a este momento de la historia. ¿Qué es ahora la Iglesia sino una pequeña y desvencijada barca a merced de todos los poderes económicos, mediáticos, políticos, culturales? Además ¿no da tantas veces la impresión de que Cristo la ha dejado de su mano y se despreocupa de ella? No es la primera vez que esto ocurre. Más aún, es una constante a lo largo de la historia. Pero la vieja y desvencijada barca, lejos de hundirse, sale siempre más airosa de sus pruebas. Es que Jesús está cerca. Mejor, va en ella. Y él es el señor de la historia, el que con un simple “cállate”, hace enmudecer las mayores tempestades. Sólo necesitamos fiarnos plenamente de él. Que no nos acobardemos si nuestra confianza todavía no es plena. Porque él también aceptó la fe no-plena de los apóstoles. Si es así, tengamos al menos la fuerza gritar más fuerte: “Sálvanos”.                              

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (2.VIII.2020) - Ciclo A

EL MILAGRO DE CADA DOMINGO

“Dadles vosotros de comer”

*** Atardece en las proximidades del lago de Genesaret. Una inmensa multitud está con Jesús a quien ha escuchado durante el día. Los discípulos piden que la despida, porque no hay alimento. Jesús no piensa así: “Dadles vosotros de comer”. Sólo hay cinco panes y unos peces, algo ridículo para unos cinco mil hombres, más las mujeres y los niños. Pero Jesús insiste: Traedlo y haced que se sienten en grupos de unos cincuenta. Luego, da gracias, bendice los panes y los peces y se los da a sus discípulos para que los compartan con la multitud. Les prepara así para la futura misión apostólica, en la que deberán llevar a todos los hombres y mujeres del mundo el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento. Ellos obedecen y se realiza el prodigio: comen todos hasta saciarse y sobran doce canastos. “Dadles vosotros de comer”, nos dice ahora a quienes somos sus discípulos, especialmente si participamos en la Eucaristía de cada domingo. Dad de comer a tantos que ya lo necesitan y a cuantos lo van a necesitar enseguida por los efectos del coronavirus o por situaciones inveteradas que, lejos de corregirse, van en aumento. “Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona”, porque “la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse ‘pan partido’ para los demás y, por tanto, trabajar por un mundo más justo y fraterno” (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 88). Pensemos en los que no tienen trabajo, sobre todo, si tienen hijos, en los que lo han perdido o van a perderlo y recordemos que los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes y ayudar a los pobres. Para eso nacieron las colectas en la misa. Pero estemos atentos, como Cristo, no sólo a la necesidad material, porque él quiere dar algo más, pues sabe muy bien que el hombre siempre tiene hambre de algo más. Ser cristiano y participar en la Eucaristía es mucho más que formar parte de un club de amigos y celebrar juntos unos ritos. Es encontrarse con Cristo en el altar de la iglesia y en el altar de la vida. Este es el gran milagro de hoy.                  

Domingo 17 de Tiempo Ordinario (26.VII.2020) - Ciclo A

¿DÓNDE ENCONTRAR EL SENTIDO DE LA VIDA?

“Vende todo lo que tiene y compra el campo”

*****Un campo y un tesoro. Un mercado de perlas en el que hay una de muchísimo valor. Un labrador descubre el tesoro y vende todas sus tierras para adquirirlo. Un comerciante descubre la perla y vende todo lo que posee para comprarla. Con estas dos sencillas parábolas Jesucristo quería enseñar a sus oyentes que el Reino que él anunciaba era un tesoro tan grande y una perla tan valiosa, que valía la pena sacrificar la vida entera para acogerlo. Algunos doctores de la Iglesia han dicho que el tesoro y la perla son la vocación que cada persona recibe del Creador cuando viene a este mundo. Descubrirla y acogerla es tan importante, que de ello depende la felicidad en esta vida y, probablemente, la eterna. No es una afirmación exagerada. Porque la vocación es aquello para lo que hemos venido a este mundo, lo que explica todas nuestras buenas cualidades y nuestras carencias, en una palabra: lo que da sentido a nuestra vida. La inmensa mayoría ha recibido de Dios la vocación al matrimonio, unos pocos la hemos recibido para ser sacerdotes, otros pocos para vivir el celibato y la virginidad apostólicos en medio del mundo y unos poquitos para encerrarse en un monasterio o en un convento. No se me ha ido la mano cuando he escrito que la mayoría tiene ‘vocación’ matrimonial. Sí, sí, vocación. Tan verdadera como la mía de sacerdote. Por eso, los casados no están llamados a una santidad de segunda categoría o de una categoría inferior a la de los cartujos de Miraflores. A un cartujo le asustaría pensar en ser padre de familia numerosa; lo mismo que a un padre con muchos hijos le aterraría pensar en Miraflores. En cambio, tanto el cartujo de Miraflores como el padre de familia numerosa viven felices y contentos y no se cambiarían por nadie del mundo. Han encontrado su vocación, han encontrado el sentido de su vida, saben para qué están aquí y qué vida futura les espera. ¡Pobre del que, por miedo o apegamiento a sus cosas, se casa teniendo vocación de sacerdote y pobre del sacerdote que tenia la vocación de casado! Descubramos, pues, el tesoro y la perla y la adquiramos al precio que sea.                     

Domingo 16 del Tiempo Ordinario (19.VII.20220) - Ciclo A

BLANCO, NEGRO Y GRIS

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

Un campo de trigo. Un enemigo que se quiere vengar y siembra cizaña. Unos criados que lo advierten, se lo dicen al dueño y le piden permiso para arrancar la cizaña. Una negativa del dueño del campo y la justificación de la misma: dejadlos que crezcan juntos hasta la siega. Cuando llegue ésta, diré a los segadores que la agavillen y la quemen. Ésta es la síntesis de la parábola del trigo y la cizaña que recoge el evangelio de este domingo. La pregunta es obvia: ¿Qué nos quiere enseñar el Señor cuando nos la propone hoy? Algo muy sencillo pero de excepcional importancia para nuestra vida: que el bien y el mal están mezclados en el mundo y que esa realidad entra en los planes de Dios. O, si se prefiere, que Dios permite que mientras el mundo sea mundo, crezcan juntos los buenos y los malos. Ya llegará el momento en el que cada uno reciba el premio o el castigo que merecen sus obras. ¿Por qué actúa Dios de ese modo? Por dos motivos fundamentales: porque “es paciente y no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y que viva”. Decía san Agustín, comentando esta parábola, que “muchos son primero cizaña y luego se convierten en trigo. Si éstos, cuando son malos no fueran soportados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”. Todos tenemos sobrada experiencia de que la gente cambia y que muchas veces ocurre como con el que vino: que mejora con el tiempo. Hay que saber esperar. El labrador está cosechado ahora lo que sembró en octubre o noviembre. Si lo hubiera hecho en mayo, pese a ser una cosecha excelente, no habría recogido nada. Además, hay otra razón importante, que ya señaló Jesús: que si nos precipitamos, podemos arrancar no sólo el mal sino el bien, porque no siempre las cosas son blanco o negro. Tantísimas veces son grises y no es fácil meter el bisturí sin hacer daño. Quizás más daño que el que queríamos evitar. ¿Cruzarse, entonces, de brazos como si nada ocurriere? No. Actuar. Pero como actúa la levadura en la masa: ahogando el mal en abundancia de bien. Lo cual es mucho más eficaz, aunque también mucho más exigente.                     

Domingo 15 del Tiempo Odiario (12.VII. 20202) - Ciclo A

TIERRA, SEMILLA, COSECHA

*** “Cayó en tierra buena y dio el ciento por uno”Las cosechadoras y tractores están a toda máquina. Es la hora de la cosecha y de recoger el fruto de los sudores del año. Según las primeras estimaciones, la cosecha de este año es excelente. Por lo que habrá fincas que den seis mil o más kilos por hectárea, otras entre cuatro y cinco mil y el resto entre tres y cuatro mil. Cuando pase el verano y el labrador eche cuentas, no se sorprenderá de que haya tanta diferencia en el rendimiento. Quien no conozca el oficio de labrador, quizás se sorprenda. Ciertamente la diferencia no se debe a la semilla, que ha sido igual en todas las fincas. Ni a los abonos, que también han sido los mismos. Ni a los cuidados del labrador, pues no ha hecho distinciones. La razón es muy sencilla: es la calidad de la tierra. Hace dos mil años, Jesús dijo una parábola parecida, aunque, como es lógico, no hablara de cosechadoras ni tractores. No los había. Pero sí había clases de tierra y también entonces, como siempre, las buenas tierras producían más que las medianas y regulares. Esa parábola la encontramos en el evangelio de este domingo. Él hablaba de semilla que cae al camino, en calvaras, entre espinas y en buena tierra y que, a la hora de recoger el fruto, sólo ésta lo dio abundante y sazonado. Él era el sembrador, la semilla era su Palabra y nosotros la tierra. Pregunto y me pregunto: ¿Qué clase de tierra eres tú y soy yo? ¿La que escucha la predicación y la catequesis como quien oye llover? ¿La que recibe muy contento ese mensaje, pero a las primeras de cambio –las dificultades por ser coherente, también en verano-, dice que lo deja para septiembre? ¿La que es buena tierra, pero está demasiado pendiente de la salud, de las vacaciones, de la playa, y de tantas cosas que acaban por ahogar el fruto? Quiero pensar que eres buena tierra y que das fruto. Pero sigo preguntando: ¿Das todo el fruto que Dios espera de ti y que necesitan quienes están a tu lado en tu familia, en el trabajo, en la sana diversión, en las mil y una necesidades que tiene tanta gente? Dale vueltas hoy a la pregunta: ¿Qué clase de tierra soy? ¿Doy todo el fruto que Dios espera de mí?  Y toma decisiones ahora. No mañana.                        

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (5. VI.2020) - ciclo A

EL CAMINO DE LA FE

“Se las has revelado a los pequeños”

Estos días de confinamiento he tenido tiempo y humor para leer un libro teológico del entonces profesor Ratzinger y luego papa Benedicto XVI. Si digo que varias páginas se me han resistido por su hondura, queda insinuado que no es un libro de religión para la ESO. Muchos epígrafes están dedicados a la fe. En uno de ellos se remite al evangelio de este domingo. Lo hace al relatar su experiencia con gente sencilla y teólogos de profesión. Más de una vez, dice, me he encontrado con gente sin estudios pero con una fe que algunos eruditos de teología no tenían. Para explicarlo, se apoyaba precisamente en estas palabras que dice Jesús en el Evangelio de hoy: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelado a los pequeños”. Luego justificaba esto con una explicación tan sencilla como profunda: “Porque la fe es un don, no una conquista, y los pequeños se abren mejor a los dones de Dios”. Evidentemente, no hay inconveniente en ser gran teólogo y muy creyente. Baste recordar que son santos los tres teólogos más grandes de la Iglesia: Ireneo de Lyon, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. Pero quien haya leído la vida de Santo Tomás de Aquino, conoce “lo pequeño” que se vio y lo ”paja” que le pareció cuanto había escrito, tras una especial iluminación del Espíritu Santo y cómo golpeaba con su cabeza la puerta del sagrario para qué Jesús le ayudase a escribir su tratado de la Eucaristía. Nos va la vida en hacernos pequeños, en reconocer que sin la ayuda poderosa de Dios somos un cero a la izquierda. Cuenta Halffter, que estando en Granada con Falla,  Fernando de los Ríos le dijo a Falla: “¡Qué feliz es usted por poder creer!”.  Falla, que era profundamente creyente, le contestó: “Don Fernando, empiece usted por practicar. Hay quien nace con fe y otros tenemos que luchar por mantenerla”. Pero, para “comenzar a practicar”, es preciso hacerse pequeño y pequeño hay que hacerse también para decir a Fernando de los Ríos lo que le dijo Falla. Pidamos hoy al Señor que nos haga pequeños, para que pueda revelarnos las cosas del Padre que sólo él conoce.    

Domingo 12 del Tiempo ordinario (21.VI.2020) - Ciclo A

LA FELICIDAD ES POSIBLE

“Valéis más que muchos gorriones”

*** Retomamos el “Tiempo Ordinario”, que es como decir que volvemos a lo cotidiano, a lo de cada día, a lo que forma la trama principal de nuestra existencia. A partir de ahora, la Pascua anual deja paso a la pascua semanal, al domingo. Un día que necesitamos recolocar en el lugar privilegiado que le corresponde. Una semana sin domingo y un domingo sin misa es salirse del camino y enrolarse en un mero fin de semana. A medio plazo, el abandono del domingo concluye con el abandono de la fe. Al contrario, encontrarse en la misa con el Señor y con los hermanos en la fe, robustece nuestra fe teórica y práctica. Basta escuchar, por ejemplo, el evangelio de la misa de este domingo para que el alma se esponje, oyendo que el Señor nos dice a cada uno: “No tengáis miedo. Vosotros valéis más que los gorriones”, que se venden por unos céntimos y “vuestro Padre” cuida de ellos. ¿Quién no se siente reconfortado con estas palabras, ahora que la crisis del coronavirus puede llevarnos a la angustia, olvidando el dato fundamental de que estamos en las manos de Dios, que es nuestro Padre? ¿Quién no pasa en la vida por momentos difíciles, en los que todo se nos viene abajo y tenemos la impresión de que se hunde hasta el suelo que pisamos? Es posible que entremos en la iglesia con esta situación en el alma y, más o menos, derrotados. Pero el Señor sale a nuestro encuentro, como lo hiciera en el camino de Emaús, y con su palabra nos devuelve el sosiego, la paz, la confianza en el futuro, la ilusión de seguir luchando y esperando. Al experimentar el miedo, la zozobra y la angustia puede surgir la tentación de huir de Dios y refugiarnos en el consumismo, el sexo, la droga, la diversión desenfrenada, los programas televisivos “fuertes” –en realidad son, tantas veces, mortíferos para el alma-, y mil sucedáneos más. Sería una solución tan poco inteligente como alejarnos del médico cuando estamos gravemente enfermos. El requisito para ser felices no es tener mucho dinero o que todo nos salga redondo. Es más sencillo y lo tenemos más a mano en dos palabras del evangelio de hoy: Dios es nuestro Padre.            

Corpus Christi (14. VI. 2020) - ciclo A

LA FUENTE Y EL AGUA

“Esto es mi Cuerpo”

Hoy es el Corpus Christi. La fiesta por excelencia en que proclamamos y adoramos que Jesucristo está entre nosotros, como estuvo con los apóstoles y como está en el Cielo. Lo único que varía es que los apóstoles le veían con los ojos de la cara y nosotros le vemos con los ojos de la fe. Ella nos le descubre detrás del pan y vino consagrados. Jesús había prometido que nos daría a comer su carne y a beber su sangre. No de modo simbólico sino absolutamente verdadero. Muchos se escandalizaron y dijeron que eso era inaudible y desde entonces le abandonaron. Él no dulcificó ni rectificó sus palabras sino que las ratificó: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Por eso, cuando cantamos: “Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor”, confesamos esa verdad. ¡Impresionante! Nada es comparable con ella. Santo Tomás, que tanto sabía de teología eucarística, teórica y práctica, la puso en el centro de todos sacramentos, porque “los demás contienen la gracia, la Eucaristía, en cambio, contiene al autor de la gracia”. No sólo el agua que mana de la fuente sino la fuente misma. Otro gran doctor eucarístico, san Agustín, había dicho siglos antes que este sacramento “no debe dejar de ser adorado por el hecho de haber sido instituido para ser comido”. No tengamos miedo a doblar nuestras rodillas, nuestra inteligencia y nuestra vida entera ante Jesús Eucaristía, como si lo que importase ahora fuese vivir la solidaridad y la caridad. ¡Claro que es preciso vivir la solidaridad y la caridad, ahora todavía con más radicalidad, dado lo que nos ha echado encima y echará cada vez más el coronavirus! Pero, ojo, no olvidemos la fuente de donde mana esa agua social: es Jesús eucaristía, es la Eucaristía vivida en plenitud. Sin esa fuente, no hay agua pura sino gaseosa, en el mejor de los supuestos. Sólo la comunión sacramental con Cristo en la Eucaristía hace realidad la comunión con los hermanos más necesitados, más abandonados, más vulnerados. Ni quitemos ni rebajemos el misterio. ¡Adoremos y comamos dignamente tan inmenso don!         

Santísima Trinidad (7.VI.2020) - Ciclo A

EL DIOS DEL CORONAVIRUS

“Tano amó Dios al mundo que le envió a su Hijo”

Continuamos con las grandes celebraciones. Primero fue la Resurrección, luego la Ascensión y el domingo pasado Pentecostés. Hoy, ya dentro del Tiempo Ordinario, celebramos la Santísima Trinidad y el próximo domingo el Corpus. Todos conocemos el núcleo básico de cada una de ellas. Quizás la excepción sea la de hoy. ¿Qué celebramos en la solemnidad de la Santísima Trinidad? Sin embargo ella es el centro de nuestra fe. Porque la Santísima Trinidad es la fiesta de Dios: de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Quizás lo primero que nos viene a la cabeza es el aspecto de misterio: tres Personas y un solo Dios. Ciertamente Dios es demasiado grande para no ser un misterio para nosotros. Pero la liturgia de este domingo, y más en concreto, el evangelio no ven las cosas en esa perspectiva de misterio sino del amor encerrado en ese misterio. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios porque Dios es amor, y el amor crea una unidad mayor que la unidad física. El Padre da todo al Hijo, el Hijo recibe todo del Padre con agradecimiento, y el Espíritu Santo es como el fruto de ese amor del Padre y del Hijo. Cuando Dios reveló a Moisés quién era, se manifestó como un “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira rico en clemencia”. Dios es amor misericordioso, un amor que vence al pecado, que lo destruye. Nosotros tenemos, por tanto, un Dios que no nos destruye ni aniquila sino que nos manifiesta su amor en su dimensión más profunda y sorprendente: el perdón. El evangelio de hoy lo esclarece del todo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga la vida eterna”. En nuestro mundo abunda el mal y el egoísmo. Dios podría venir para castigar a los que obran mal. En cambio, muestra que ama a este mundo, al hombre, a ti y a mí. Jesús perdonó a los pecadores, curó a los enfermos, dio la vida por nosotros. ¿Cómo no abrir las puertas de nuestro corazón a ese Dios? ¿Cómo cerrarnos a su oferta de misericordia? ¿Cómo olvidar que el coronavirus nos urge un amor compasivo y misericordioso, un amor solidario y fraternal de todos hacia todos?         

Solemnidad de Pentecostés (31.V.2020) - Ciclo A

UN NUEVO PENTECOSÉS

“Recibid el Espíritu Santo”

*****Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés. Al principio fue una fiesta agrícola por la cosecha. Luego pasó a conmemorar la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí y la entrega de los diez mandamientos y se convirtió en fiesta de peregrinación a la Ciudad Santa, a la que acudían gentes de todo el mundo entonces conocido. En el Pentecostés que siguió a la Resurrección de Jesucristo tuvo lugar un suceso extraordinario que le dio un sentido diferente: los apóstoles, reunidos en oración en el Cenáculo de Jerusalén, junto con María, la Madre de Jesús, recibieron el Espíritu Santo. Si hasta entonces habían permanecido en Jerusalén por mandato expreso de Jesús, ahora son lanzados al mundo entero: “Como el Padre me envió, así os envío Yo”. Como el Padre envió a su Hijo para salvar a todos los hombres y mujeres del mundo, una vez realizada con su entrega hasta la muerte,  él envía a sus discípulos a comunicársela mediante el bautismo y los demás sacramentos. Eran muy poca cosa: un puñado de incultos, cobardes y de visión estrecha y corta. Por eso necesitaban el Espíritu Santo. Con él podrían comerse el mundo. Y se lo comieron. Armados con la fuerza y sabiduría de lo alto se lanzan por las calles y plazas de Jerusalén, anuncian que Jesucristo ha muerto y resucitado por ellos, les llaman a la conversión y al bautismo, ellos se arrepienten y bautizan y surge la primera comunidad de discípulos de Jesús. Una comunidad hecha de todos los pueblos. Una comunidad que, consciente de que todos han recibido el mismo bautismo, no distingue entre siervos y libres, judíos y griegos, varones y hembras porque en todos ve hermanos y hermanas. Nosotros ahora podemos tener la impresión de ser un puñado de personas parecido al de los apóstoles antes de Pentecostés. Si  de nosotros dependiera la eficacia de la misión de la Iglesia, sería para tomarlo a broma. Para nuestra fortuna -y la de todos-, depende del Espíritu. Nosotros somos instrumentos en sus manos. Pidamos a María, en este último día de mayo, que su Hijo repita en su Iglesia el primitivo Pentecostés. El mundo lo necesita con urgencia.