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LITURGIA DEL VATICANO II

Ascensión del Señor (24.V.2020) - ciclo A

NUESTRA PATRIA ES EL CIELO

“Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”

***“La campana suena igual, aunque la cambien de sitio”, dice el adagio popular. La campana de la Ascensión ha cambiado de sitio –del jueves al domingo- pero sigue sonando igual el misterio que en ella se celebra. Antes y ahora la Ascensión es una solemnidad de inmensa alegría, de firme esperanza y de fuerte compromiso. De alegría, porque Jesús, victorioso del pecado y de la muerte, sube hoy al lado de su Padre en el Cielo. De firme esperanza, porque no sube solo. Nosotros subimos con él. Él es la Cabeza, nosotros los miembros, él y nosotros formamos su Cuerpo Místico. Por tanto donde él ya ha llegado, llegaremos un día nosotros. De compromiso, porque al subir al Cielo nos ha dejado este mandato: “Id al mundo entero y haced discípulos míos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Los discípulos de Jesús no somos personas descomprometidas, apocadas y con una personalidad incapaz de afrontar y resolver los problemas que conlleva la existencia humana en este mundo. La religión no sólo no es el opio del pueblo, sino su acicate, su estímulo y su fuerza para arremangarse y mirar de frente el trabajo, el dolor, la enfermedad, como ahora han demostrado tantos médicos, enfermeras, personal de servicios de supermercados, ejército, familias con hijos pequeños, sacerdotes y un largo etcétera. Se han jugado la vida muchas veces, precisamente porque sabían que éste era ahora su camino hacia el cielo. No obstante, sabemos que la tierra no es nuestra Patria. La Patria es el Cielo. Aquí estamos de paso, pero bien comprometidos; allí, descansaremos y gozaremos para siempre. ¡Pobres de nosotros si contáramos únicamente con nuestras fuerzas, tan limitadas y débiles! Para fortuna nuestra, Jesucristo nos ha dejado en la última línea del evangelio de san Mateo, que leemos en la misa de este domingo, este mensaje: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin  del mundo”. Él hará por nosotros lo que nosotros no podemos. Y, cuando tenga que levantarnos del suelo de nuestros pecados, seguirá a nuestro lado.

Domingo 6 de Pascua (17.V.2020) - Ciclo A

EL ESPÍRTU SANTO Y EL CORONAVIRUS

“No os dejaré huérfanos”

*** Faltan dos domingos para Pentecostés. Pero la liturgia se comporta como las campanas de nuestra catedral, que anuncian de víspera las grandes solemnidades. De hecho, tanto los textos del oficio divino como, sobre todo, los de la misa, rezuman el Espíritu Santo por los cuatro costados. En realidad la liturgia lo viene haciendo durante todo el tiempo de Pascua, porque Pascua es “el tiempo del Espíritu”. En este contexto, no sorprende que el evangelio de hoy esté impregnado todo él de la presencia y fuerza del Espíritu. Jesús vuelve a repetir a sus discípulos que él se va, pero que no les dejará huérfanos. No puede dejarles solos, porque tienen que recordar y profundizar en sus palabras y en su obra redentora, pues están todavía muy lejos de haberlo comprendido en toda su hondura. “Recordar” lo que él les ha enseñado. Recordarlo con la  memoria, pero también con las obras. Porque ellos tienen que ser testigos de “otra cosa”, de algo radicalmente nuevo y consolador: que el Padre nos ha amado tanto, que nos ha enviado a su Hijo para salvarnos, mediante el insondable misterio de su muerte y resurrección. Ser testigos de esto con su predicación y con su vida, con su doctrina y con su testimonio. ¡Sí, ellos que son tan poca cosa y que tienen tanta dificultad para entender sus palabras y obras! Necesitarán al Espíritu Santo para que, con la nueva luz de la Pascua, se lo aclare todo de modo tan perfecto, que deje desconcertados a los sabios doctores. Nosotros necesitamos también esa luz. Porque no acabamos de leer el mensaje que Dios nos envía a través de tantas palabras y acontecimientos. ¿Hemos aprendido a leer los mensajes que Dios nos está enviando con el coronavirus? ¿Estamos evaluando ya las consecuencias que traerá consigo para muchos hermanos nuestros, hermanos en la fe o hermanos en cuanto personas? ¿Hemos previsto ya cómo arrimaremos el hombro a tantas necesidades materiales y humanas dando lo que cada uno pueda: dinero, cosas, tiempo, habilidades, y ese largo etcétera que sabe descubrir el amor cuando es verdadero?¿Te atreverías a decir que tú no necesitas la luz de Dios y del Espíritu Santo?               

Domingo 5 de Pascua (10.V.2020) - Ciclo A

LA META Y EL CAMINO

“Voy a prepararos una morada”

Estamos en el Cenáculo. Jesús acaba de celebrar la Pascua con sus discípulos. Sabe que es la última vez que lo hará en este mundo, pues la pasión y la muerte están a la puerta. Por eso, hace con los que le han seguido siempre, pese a tantas vacilaciones y tropiezos, lo que hacen los esposos, los novios y los amigos en la última conversación: abre su corazón y va sacando de él perlas con las que se puede formar un collar espiritual maravilloso. Imposible recogerlas todas. Nos quedamos con tres. La primera es ésta: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Voy a prepararos una. Cuando la haya preparado, volveré a vosotros para llevaros conmigo”. No puede decirles, ni decirnos, palabras más consoladoras. Porque lo que ellas revelan es que, mediante su muerte y resurrección, nos abrirá a los suyos las puertas del cielo, para que, cuando dejemos este mundo, vivamos para siempre con él. La segunda perla suena así: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Dios no se puede revelar completamente al hombre, porque sería intentar meter el mar en un vaso de agua. El hombre, por tanto, no puede ver a Dios en este mundo. Lo verá luego. Pero ya desde ahora puede contemplar el rostro de Dios. Jesús nos muestra ese rostro. Por eso, él es el camino para ir al Padre. No hay otro. La última perla está en estas palabras: “El que cree en Mí hará las obras que yo hago. Incluso mayores”. No es una hipérbole ni una concesión populista. Es la verdad. Los que crean en Jesús, es decir, quienes le conocen, aman y siguen no son superhombres, pero harán obras extraordinarias y sobrehumanas. Porque Jesús les ha trasferido su misión, su poder y su presencia de modo permanente. Al cabo de los siglos vemos que la promesa iba en serio. De hecho, mientras sus obras tuvieron por escenario el espacio de Palestina y unos pocos años, sus discípulos las han realizado en todo el mundo y las seguirán haciendo a lo largo y ancho del tiempo y de la geografía. Tú y yo podemos hacer lo mismo. En nuestra vida personal, familiar, profesional y de relaciones podemos hacer maravillas, pese a nuestra pequeñez Basta que no dejemos el Camino: Jesucristo.  

Domingo 4 de Pascua (3.V.2020) - Ciclo A

UNA IMAGEN CIFRADA

“Y soy el Buen Pastor”

****La imagen de un joven vestido de pastor y con un cordero sobre sus hombros es uno de los iconos más antiguos del arte cristiano. Procede de un tiempo en que ser cristiano estaba mal visto y, con frecuencia, era merecedor de persecución y de burla. Había que recurrir a un lenguaje cifrado que sólo ellos entendiesen. Hoy no sería necesario, pues bastaría poner un letrero que dijese “Jesucristo, Buen Pastor”. Sin embargo, a los no familiarizados con la lectura del Evangelio, quizás haya que explicarles que la imagen descrita remite a una parábola, en la que Cristo explica lo que hizo él con todos nosotros: ir en nuestra busca y cargar sobre sus hombros la oveja extraviada y devolvernos al redil. Todo esto tiene hoy una especial actualidad y vigencia. Porque en este domingo, cuarto de Pascua, la Iglesia celebra la Jornada de oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Lo celebra este domingo porque el tiempo de Pascua es el más propicio para recordar que Jesucristo es el Buen Pastor que dio su vida por las ovejas y dispuso que, tras su Ascensión al Cielo y el envío del Espíritu Santo, otros siguieran sus pasos e hicieran lo mismo que él: entregar toda su vida por amor a los demás como sacerdotes y religiosos. Nadie tiene derecho a ello ni nadie puede presentarse voluntario. Sólo pueden serlo quienes sean llamados y donados por él y alcancen ese inmenso e inmerecido don mediante la oración al Padre. El coronavirus ha devuelto a la actualidad lo que significa disponer de un sacerdote que esté al lado de nuestros padres y esposos en el lecho mortuorio para darle la absolución y/o la unción de enfermos, o al pie del altar para dar la Primera Comunión a nuestros hijos y nietos, administrarles apenas nacidos el santo bautismo,  casarles cuando sean mayores, celebrarnos a todos la Santa Misa cada domingo y cada día, predicarnos la Palabra de Dios, enseñarnos a rezar y a practicar el bien. Bienvenida sea, pues, la Jornada para rezar a Dios para pedirle que nos mande muchos y santos sacerdotes. No nos cansemos, porque la mies sigue muy abundante y los obreros pocos.                       

Domingo 3 de Pascua (26.IV.2020) - Ciclo A

TODOS TENEMOS NUESTRO EMAÚS

“¿No ardía nuestro corazón?”

**** Muchas veces habían hecho este camino Cleofás y su compañero, dejando atrás la Ciudad Santa. Hoy no sucede así. Caminan cabizbajos y el corazón no les responde con la alegría del retorno a casa. Quien les observa, de inmediato percibe que están tristes. Mejor: hundidos. De pronto se les une un viajero, al que le falta tiempo para preguntarles: ¿De qué habláis? - De qué vamos a hablar sino de lo que ha pasado estos días en Jerusalén. - ¿Qué es lo que ha pasado?, replica el viajero como si fuese ignorante de todo. Ellos vuelven a contestar: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un gran profeta ante Dios y ante los hombres, cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros esperábamos que iba a liberar a Israel, pero ya estamos en el tercer día y no ha pasado nada”. Es verdad que unas mujeres han venido diciendo que había resucitado y le habían visto. Pero ya sabes cómo son las mujeres. El viajero no aguanta más. Toma la palabra y les recuerda con calma lo que habían predicho los profetas y los salmos y cómo todo se ha cumplido al pie de la letra. Ellos no dicen nada, pero su corazón ya es otro. Llegados a Emaús, él hace ademán de proseguir el camino. Pero la hospitalidad oriental se impone: “Quédate con nosotros, que la tarde ya va de caída”. No se hace de rogar. Ya a la mesa, parte el pan, ellos le reconocen pero él desaparece. Sin pensárselo, los dos dicen al unísono: ¡hay que volver a Jerusalén a contárselo a los demás”! Ya no les importa que haya once kilómetros de distancia y esté anocheciendo. La noticia es una bomba que devolverá la alegría de vivir a los Apóstoles, como se la ha devuelto a ellos. Cuando llegan, ya no pueden contar su primicia, porque ellos también han visto al Resucitado. Siempre ocurre igual. Cuando estamos tristes, cuando titubeamos en la fe, cuando parece todo un sinsentido, cuando tenemos la tentación de echarlo todo por la borda, el remedio no es alejarse más, sino ir a Jesús, escucharle en el Evangelio y dejarle hacer. Por eso es tan importante ir a misa cada domingo. ¡Cuántos podrían confirmarlo con su experiencia!                

Domingo 2 de Pascua (19. IV. 20220) - Ciclo A

MISERICORDIA Y PANDEMIA

“Dichosos los que crean sin haber visto”

Hasta el año 2000, el domingo segundo de Pascua era “el domingo in albis”, día en que los bautizados en la última Vigilia Pascual dejaban la vestidura blanca que habían recibido en su bautismo. Desde el año 2000, el santo papa Juan Pablo II quiso que, además de eso, fuese el domingo de la misericordia. Es decir, el domingo en el que el mundo se redefiniese y se reorientase hacia Cristo, porque Cristo nos ha revelado el rostro de Dios. Un rostro que devolvió la vida al hijo único de una viuda que llevaban a enterrar, que no dudó en tocar la carne de un leproso para curarle, que prefirió hacer un gran milagro antes que despedir a la gente que no tenía que comer y podía desfallecer en su retorno a casa, que defendió y perdonó a una mujer sorprendida en adulterio, que miró con amor compasivo a Pedro que acaba de negarle, que llevó consigo al Paraíso al ladrón arrepentido y que imploró el perdón de quienes le estaban matando. Ese Dios y su rostro misericordioso no han quedado atrás en la historia sino que siguen con nosotros. También ahora, cuando esta pandemia nos tiene desconcertados y asustados. A ese rostro podemos y debemos volvernos todos, recordarle que es nuestro Padre, pedirle que tenga piedad y ayude a los científicos a encontrar la medicina adecuada y a los políticos a tener conciencia de que son servidores del bien común. Todos, especialmente los políticos, los empresarios, los hombres de la ciencia y del saber, hemos de escuchar el grito que san Juan Pablo II lanzó en la Plaza de san Pedro y las cámaras de televisión de todo el mundo el día que comenzó su Pontificado: “¡No tengáis miedo. Abrid, todavía más, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Ahora, mientras rogamos con insistencia y confianza a Dios que nos ayude, dejemos que Cristo abra las puertas de nuestro corazón para que, empapados en su misericordia, salgamos al encuentro del enfermo, del anciano que vive solo, del padre que ha perdido el trabajo, de los que pasan hambre en África o combaten en Oriente Medio. Y que, mientras seguimos confinados, nos hagamos muchos y pequeños actos de misericordia.           

Domingo de Resurrección (12.IV.2020) - Ciclo A

VENCIÓ LA VIDA

“Ha resucitado, no está aquí”

*** El pasado Viernes Santo, cuando los sacerdotes conmemoraron la Muerte del Señor, llevaban vestiduras de color rojo. Un extraño que contemplase la escena, quedaría desconcertado, porque ser ése el símbolo de la victoria y de la gloria. ¿Cómo usarlo, se diría, el día de la muerte, símbolo por antonomasia de la derrota humana? La respuesta la da este domingo: Jesucristo murió, ciertamente, pero resucitó. Más aún, con su muerte mató nuestra muerte y nos abrió el camino de una vida para siempre junto a él. Cuando sus enemigos le desafiaron a bajar de la Cruz para que les demostrase que era el Mesías, podría haberlo hecho. Pero si hubiera cedido a la tentación y bajado de la Cruz, ese espectacular triunfo sería, en realidad, su derrota. Su Padre, que era el divino Labrador, necesitaba de su entrega hasta la muerte para que, haciéndose grano sembrado en tierra, produjera fruto abundante. Dar la vida por amor y en una cruz era un precio muy alto, pero no  había otra salida para demostrarnos hasta qué punto nos amaba. El Hijo amado del Padre pagó ese precio, entregó su vida y, así, nos libró del pecado y de la muerte a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Cundo ese Hijo amado entregaba su vida, el Padre sabía que era imposible un amor más grande. Pero ¿cómo podrían conocer sus futuros discípulos que, muriendo de ese modo, sus enemigos no le habían vencido y desmentido toda su predicación y su obra? El Padre nos dio la respuesta resucitándolo de entre los muertos. La resurrección era la prueba suprema de que la muerte de su Hijo no era la de un vulgar bandido sino la de quien es capaz de dar la vida para cumplir su voluntad y así realizar la salvación de los hombres y del mundo. Alguna vez me han preguntado personas sin fe, qué ha aportado Cristo al mundo y qué aportamos los cristianos a la historia. Mi respuesta siempre ha sido la misma: su Resurrección. Nadie puede hacer la misma aportación. Por eso, sólo él es el Salvador, el Único Salvador. Lo que Cristo me ha aportado a mí y lo que yo puedo aportar al mundo y a la historia es eso: nada más y nada menos. ¿Alguien puede ofrecer otro tanto?

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (5.IV.2020) - Ciclo A

LA HORA DE JESÚS Y LA NUESTRA

“¡Viva el Hijo de David!”

*** Jesús está en Caná de Galilea. Apenas ha iniciado su ministerio público. Pero ya lo tiene muy claro. Así se lo ha hecho saber a su madre cuando le ha pedido un milagro para dos recién casados: “Todavía no ha llegado mi hora”. Realizará, sí, el prodigio de convertir seiscientos litros de agua en un supervino. Pero queda pendiente lo de “su hora”. Esa “hora” es la de su entrega amorosa y voluntaria a la muerte por los hombres y mujeres de todos los tiempos, lugares y etnias. Por fin, hoy la llegado. Por eso ha venido a Jerusalén y se deja proclamar Mesías y Rey por los niños y la gente sencilla. ¡Qué tendrán los niños y la gente sencilla que son capaces de abrirse a la fe y proclamarla sin miedos ni reticencias! Los de siempre reaccionan como siempre. La soberbia altanera les ciega. Pero incluso cuando le vean colgado en la Cruz y colmadas sus ansias asesinas, tendrán que admitir el título que Pilatos ha mandado escribir en latín, griego y hebreo, para que pueda leerlo todo el mundo: “Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos”. Era otro modo de escribir “Jesús Nazareno, el Hijo de David”. Pero “la hora de Jesús” no sólo era la de su muerte. También era la hora de la gloria del Padre y la de su exaltación suprema: “Dios reinó desde la Cruz”, cantará más tarde el pueblo, mientras celebre su muerte gloriosa. Y no se equivocará. Porque “el Nazareno”, muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida”. De ese modo, entregaba a su Padre un Reino eterno y universal, un reino de gracia, amor y paz. Cada uno de nosotros tenemos también nuestra hora. Para algunos ha llegado con el coronavirus. Para los demás llegará cuando Dios quiera. Pero “nuestra hora” es participación en “la hora de Jesús”. Por eso, no  sólo tendrá un momento de dolor y de angustia sino también de resurrección y de gloria. Moriremos, sí. Pero con Cristo, porque somos miembros de su Cuerpo, y éstos no pueden correr una suerte distinta que la Cabeza. Un día resucitaremos y ya no volveremos a morir. Como en Cristo, nuestra muerte será el trámite para ir a la Vida verdadera, a la gloria eterna, si somos fieles¡Vale la pena serlo!             

Domingo 5 de Cuaresma ( 29. III. 20202) - Ciclo A

SUEÑOS Y MUERTES

“Huele. Lleva muerto cuatro días”

**** “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí, aunque haya muerto vivirá y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre”, fue la respuesta que dio Jesús a Marta, cuando le dijo que su hermano había muerto cuatro días antes. Nos la trasmite el evangelio de este quinto domingo de Cuaresma. Es una respuesta que encierra y resume la misión y obra de Jesús, cuando, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre como nosotros. Jesucristo no vino para unirse al gremio de los filósofos y enseñar una filosofía nueva, ni al de los éticos para anunciar una moralidad más exigente, ni al de los fundadores de religiones para hacernos experimentar con más hondura la propia existencia. Jesucristo ha venido para abrirnos a una nueva realidad: la vida para siempre junto a él y la vida en la que “ya no habrá ni llanto ni dolor, porque todo esto habrá quedado atrás”. A quienes creemos en él y recibimos el Bautismo, se nos planta esta semilla. En el Bautismo, en efecto, morimos sin morir y resucitamos sin haber muerto. Porque morimos en la muerte de Cristo y resucitamos en su resurrección. Al convertirse desde ese momento en nuestra Cabeza y hacernos sus miembros, nos comunica su misma vida, cuya síntesis es lo que estos días celebramos: su Muerte y Resurrección. Ese árbol va creciendo sin cesar a lo largo de nuestra vida gracias a la Eucaristía. Pues “al que come mi Carne y bebe mi Sangre Yo le resucitaré en el último día”, dijo también Jesús. La Eucaristía se convierte así en el gran antídoto contra la muerte y en el gran alimentador de la resurrección. La Providencia divina ha querido que este mensaje llegue a nosotros en cuando están muriendo personas muy queridas y cercanas y ninguno de nosotros está fuera de esa órbita. No es un mensaje para consolar a los ignorantes ni a los necios y superficiales. Es un mensaje que consuela de verdad a quienes son humildes y lo acogen como acogen los niños lo que les dicen sus padres. Momento importante, pues, para ahondar y personalizar más nuestra fe. Los que creemos en Jesús nos dormimos y despertaremos el día de nuestra gloriosa resurrección. ¡Vale la pena ser cristiano!                       

Domingo 4 de Cuaresma (22.III.2020) - Ciclo A

LA LUZ DEL MUNDO

“Lo estás viendo, el que habla contigo”

***Un ciego. Jesús que le devuelve la vista. La gente que discute si es o no el mismo que pedía limosna. Los fariseos que niegan el milagro. Los padres del ciego que tienen miedo. El fiel creyente. Estos son los personajes del evangelio de este cuarto domingo de cuaresma. El protagonista es Jesús y, de alguna manera, el ciego. El antagonista son las autoridades judías que no están dispuestas a admitir que Jesús es el Mesías y niegan la verdad de un gran milagro. Los otros personajes son, digamos, simples comparsas, aunque cada uno tenga su propia actitud de fe. Como ocurre siempre en las obras dramáticas, los protagonistas y antagonistas son claves. ¿Cuál es aquí el fondo del drama, porque es un drama y grande? Algo sencillo y, a la vez, extremadamente difícil: ante Cristo hay que tomar partido. Con él o contra él, no hay alternativa. Aquí sucede que “la gente” discute pero no se pronuncia. Los fariseos sí se pronuncian pero cerrándose a la luz y a la verdad y empecinándose en su orgullo. Los padres, se pronuncian pero lo hacen en su interior, porque tienen miedo a manifestarlo por temor a las consecuencias. Finalmente el ciego que recorre un largo camino de fe. Primero ve en Jesús “un hombre”; luego, “un profeta”; por último, “el Mesías”, al que presta su asentimiento y acogida: “Creo, Señor. Y se postró ante él”. Quienes hemos recibido el bautismo fuimos ciegos a la fuente bautismal. Jesucristo, por medio del sacerdote y sirviéndose del agua, nos comunicó la luz de la fe y volvimos con la luz del que es “luz del mundo”. A lo largo de nuestra existencia tenemos que demostrar que Jesús es el único que da sentido a nuestra vida y confesarle como nuestro único Salvador. Los de siempre –los que lo saben todo- nos meterán miedo con sus sonrisas burlonas y sus orillamientos fácticos. Pero nosotros, a pesar de nuestra pequeñez, repetiremos: “Creo en Ti, Señor”.               

 

Domingo 3 de Cuaresma (15.III.2020) - Ciclo A

EL AGUA QUE NO SE COMPRA NI SE VENDE

“Dame de beber”

**** Estamos junto al pozo de Jacob, cerca de Sicar. Jesús está sentado sobre el brocal, cansado y con mucha sed. Porque el sol de mediodía aprieta y ha caminado varias horas. Nada más lógico que, cuando llega una mujer a sacar agua del pozo, le diga “dame de beber”. Lo que no es lógico es que se lo pida un judío a una samaritana, porque “no se tratan”, dice el evangelista. Pero Jesús no entiende de rencores ni enfrentamientos y no duda en pedirle un poco de agua para quitar la sed. Un gesto sencillo, ciertamente, pero con una fuerza tan grande que inicia en esta mujer un camino interior que lleva a que sea ella la que pida agua a Jesús, que le ha ofrecido “un agua que salta hasta la vida eterna”. Es que en ella –como en todo hombre y mujer, por alejados y ateos que se proclamen- hay una sed innata que sólo Dios puede saciar. Este evangelio se proclamará hoy en las misas con catecúmenos, como ocurrirá en nuestra catedral, en un rito llamado “primer escrutinio”, pocos días antes de que reciban el bautismo. De este modo, la Samaritana será para cada de ellos todo un símbolo: iluminados y convertidos por la fe, piden a Jesús el agua viva de la gracia que les purifique de sus pecados y les haga nacer a la vida de los hijos de Dios. La samaritana también se convierte en un estímulo para redescubrir la importancia y el sentido de la vida cristiana. Sólo si nos encontramos con Jesús de modo personal y tan verdadero que le pidamos “dame de beber esa agua que salta hasta la vida eterna”, esa agua que no vende ningún supermercado y es la única capaz de saciar la sed de infinito que hay en nuestro corazón, nos convertiremos en misioneros que anuncien la fe, la alegría y la esperanza a los hombres y mujeres allí donde están: en su familia, en su trabajo, en su lugar de diversión, en su lucha actual contra la pandemia que nos asola.  Los hombres creemos que somos “dioses”, pero la realidad nos revela que sólo Dios es Dios.                     

Domingo 2 de Cuaresma (8.III.2020) - ciclo A

POR LA MUERTE A LA VIDA

“Este es mi Hijo: Escuchadle”

Di Dios hiciera ahora una encueta a los líderes de opinión de todo el mundo que no han oído hablar de Jesucristo y les preguntara dónde y cómo se ha realizado la salvación del mundo, ninguno daría la respuesta verdadera. Y si, en un segundo momento, les preguntara qué le ocurriría a ese pretendido salvador si era condenado y crucificado por sus enemigos, la respuesta no distaría mucho de ésta: “pues… que habría sido un iluso y la muerte acabó con su locura”. Nosotros no somos líderes de nada, pero hubiéramos acertado las dos preguntas. ¿Por qué? Porque tenemos las cartas marcadas y sabemos la respuesta de antemano. El Catecismo nos ha enseñado que Jesucristo murió y fue crucificado. Pero que resucitó al tercer día y nos abrió ese camino a todos sus discípulos. Los cristianos de hoy conocemos que en los planes de Dios, la salvación tenía que pasar por dos estadios contrapuestos y, a la vez, complementarios: la gloria pasa previamente por la cruz y la resurrección exige la muerte. No hay otra dialéctica. En cambio, Pedro, Santiago y Juan lo ignoraban cuando subieron con Jesús al monte Tabor. Más aún, su mentalidad era tan contraria a esos planes, que podrían derrumbarse –y, de hecho, se derrumbaron- cuando llegase el momento de la pasión y de la muerte. Al llevarles al monte y trasfigurase ante ellos, Jesús les quiere abrir a la realidad total. Su muerte no sólo no terminará con él, sino que él la derrotará para siempre cuando resucite de entre los muertos. Tampoco eso lo entendieron, cuando les dijo que no contasen a nadie lo que habían visto “hasta que resucitase de entre los muertos”. Muerte y vida, cruz y gloria. Más aún, a la vida por la muerte y a la gloria por la cruz. Este es el camino de la Pascua. De la de Cristo y de la nuestra. Los hombres y mujeres de hoy, incluidos los cristianos, necesitamos actualizar y, sobre todo, aceptar este gran misterio. ¿No es maravilloso saber que el dolor y la muerte tienen sólo la penúltima palabra, pues la última la tienen la resurrección y la gloria?     

Domingo 1 de Cuaresma (1. III. 2020) - ciclo A

UNA VARIOPINTA PROCESIÓN

“No sólo de pan vive el hombre”

+++El pasado miércoles comenzó la Cuaresma. Hoy es el primer domingo de este itinerario que dura cuarenta días, en recuerdo de los cuarenta días que Moisés estuvo orando en el monte Sinaí, de los cuarenta días que Elías caminó con el alimento celestial y de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto en ayuno y oración. Por ese camino, que concluirá en el Triduo Pascual y, dentro de él, en la solemne Vigilia Pascual, avanza una gran muchedumbre compuesta por tres grupos de personas: los catecúmenos, los penitentes y los practicantes. Los catecúmenos son los niños entre siete y catorce años y los mayores de edad que no están bautizados, pero que recibirán el Bautismo en la Vigilia Pascual o en un domingo próximo a ella, tras una larga preparación. En Burgos también los hay. Los penitentes son los que apenas practican y, desde luego, no se confiesan desde hace tiempo, pero ahora están dispuestos a reconciliarse con Dios y reiniciar la vida cristiana. Los practicantes son los que participan de modo habitual en la misa del domingo y tratan de vivir con coherencia su vida personal, matrimonial, profesional y social, pero que, con frecuencia, se duermen en los laureles de la rutina, del conformismo y hasta del pecado habitual. Todos quieren vivir la Cuaresma como una ocasión muy propicia para renovarse, celebrar en verdad la Pascua y, de paso, vivir con más paz y más alegría. En esa procesión van también dos grandes personajes. El uno es un enemigo encarnizado y el otro el mejor amigo de los caminantes. El enemigo tiene muchas caras, pero en el fondo siempre es el mismo: el demonio, cuya pretensión es hacer todo el mal moral que pueda, aunque procediendo como en el Paraíso: presentando el pecado como algo apetecible, atrayente y más digno del hombre que lo contrario. Jesucristo, en cambio, lo único que busca es nuestro bien. Está tan interesado en ello, que hasta dará su vida en una cruz para librarnos de todas las esclavitudes a las que nos encadenan el pecado y el demonio. No ofrece bicocas ni falsas promesas. Lo que él ofrece es su cruz. Pero no una cruz de muerte, sino de resurrección. ¿Cuál eliges?             

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (23.II.2020) - ciclo A

EL BIEN VENCE AL MAL

“Sed perfectos como vuestro Padre”

¿Es posible amar al que mató a tu padre, a tu hermano, a tu esposo, a tu hijo? ¿Es posible amar al que toda la vida nos ha tratado mal, nos ha injuriado y postergado? ¿Es posible amar al que nos calumnió, nos causó un serio perjuicio en nuestros bienes y nos tiene enfilados? No es posible. Pero hay que hacer una añadidura: “No es posible desde el punto de vista humano”. Es posible desde la perspectiva de Dios. Todos sabemos que nuestra tendencia instintiva es devolver mal por mal, violencia por violencia, injuria por injuria. Y, al contrario, el instinto nos lleva a querer bien al que nos trata bien, amar al que nos ama, hacer favores al que nos los hace a nosotros. Para proceder así no necesitamos ser cristianos. Eso lo hacen “los paganos”, dice el evangelio de hoy. Sin embargo, seguir el instinto y dejarnos guiar por él, además de no ser racional, no es cristiano. Porque los discípulos de Jesús –vuelve a decirnos el evangelio de este domingo- han de seguir una ruta alternativa, aunque sea costosa y humanamente impracticable: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. Pasar la vida con odio en el corazón, con rencor impenitente y con deseos de venganza no es vivir, es un pequeño – o no tan pequeño- infierno. Los que vivieron el llamado “espíritu de la transición” saben que unos y otros pasaron página, perdonaron y olvidaron. El resultado fue la convivencia pacífica, el progreso, la alegría de vivir. El evangelio del amor a los enemigos va todavía más lejos, pero nos adelanta y asegura que al mal se le vence con el bien, a la guerra se la vence con la paz, a la violencia no se la vence con más violencia. Si miramos a la Cruz donde Jesucristo fue ajusticiado como un malhechor cualificado e insultado con saña por quienes eran sus enemigos, quizás no entendamos pero sí aceptemos lo que hoy nos pide el evangelio. Porque en ese terrible momento, de la boca de Jesús no salió un grito de odio y de venganza sino de perdón y amor: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.                   

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (16.II.2020) - ciclo A

TRES ASUNTOS DE ACTUALIDAD

“Se dijo, pero Yo os digo”

****Los telediarios y la prensa dan cuenta cada día de casos de violencia. Un hombre que mata a su compañera, sentimental o no, y luego él mismo se suicida. Un loco que invade un espacio comercial o docente y acaba con la vida de varias personas inocentes. Un terrorista que dispara su metralleta y convierte en tragedia un momento lúdico. No hablan, pero no habría espacio suficiente, si dieran cuenta de los inocentes masacrados. Pronto se añadirá a la ya larga lista la eutanasia. El evangelio de este domingo afronta esta realidad y la juzga: “No matarás”. También afronta la del adulterio y el perjuro, y de las dos dice: “No puedes hacerlo”. Pero Jesús va todavía más lejos, y añade: Aunque “se dijo a los antiguos no matarás y no cometerás adulterio”, “Yo os digo” que eso es poco. Ciertamente no hay que matar ni cometer adulterio ni jurar en falso. Pero hay que ir más allá de ese acto externo y meterse en el propio corazón. Ahí se pueden cometer muertes y adulterios que quizás nadie verá, pero que son pecados contra la vida y la moral conyugal. Quien, por ejemplo, quita la fama del prójimo,  levanta una calumnia, le critica despiadadamente, le odia, le desea el mal…, ése ya no vive el mandamiento según la ley de Jesucristo, que es una ley de amor. Lo mismo ocurre con el adulterio. Aun sin tener relaciones sexuales con la mujer o el marido del prójimo, se puede cometer –y se comete, por desgracia- el adulterio del corazón: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio”. Además, el caso de David que miró y deseó  a la mujer de Urías antes de adulterar con ella y acabar con la vida de su mejor general, debería servirnos de alerta ante tantas imágenes y películas con que algunos medios de comunicación pretenden invadir nuestra vida. ¡Qué poco conscientes son algunos del David que llevan agazapado en el corazón y puede despertar violentamente ante esos estímulos! ¿Quién duda que nuestro mundo sería mucho más habitable si desterráramos de él todo tipo de violencia, física o verbal, todos los adulterios y todos los perjuros y calumnias? Vale la pena acoger y practicar lo que hoy nos dice Jesús.       

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (9.II.2020) - Ciclo A

UNA LUZ ESPECIAL

“Vosotros sois la luz del mundo”

*****La semana pasada, Holanda aprobaba una pastilla para quitarse la vida si al llegar a los setenta años no se quiere vivir más. “Las 50 personas más ricas del mundo tienen un patrimonio equivalente a 2,2 billones de dólares. Por sí solas podrían financiar la atención médica y la educación de cada niño pobre en el mundo”, denunciaba el papa Francisco en un discurso el pasado cinco de febrero. Los abortos cometidos sólo en los EEUU han causado ya más muertes que la segunda guerra mundial. Las “perlas” podrían multiplicarse, pero bastan para demostrar la actualidad y fuerza de las palabras que Jesús nos dice a los cristianos en el evangelio de este domingo: “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”. ¡Grandiosa vocación! La luz es símbolo de vida, de calor, de alegría. Donde luce el sol, hay flores y frutos, hay fiesta y crecen los jardines y los bosques. En cambio, la oscuridad es signo de muerte, de inactividad, de pecado. Sin la luz de la verdad y del amor la vida se hace imposible, se destruyen las sociedades y se empobrecen las culturas. Los tres ejemplos aducidos son pruebas fehacientes. Por eso, el mundo actual necesita el testimonio valiente y coherente de los cristianos. Ahí está su grandeza y su responsabilidad. Si ocultamos nuestra fe en la vida pública: familia, educación, trabajo, relaciones sociales, no sólo fracasamos nosotros sino que hacemos un gran mal a este mundo nuestro. Lo mismo ocurre si dejamos de ser sal, la otra metáfora que emplea Jesús en el evangelio de hoy. Sin la sal los alimentos se corrompen y las comidas se hacen insípidas. La sal las da sabor y hace apetecibles. Esta es otra aportación a nuestro mundo que hemos de hacer los cristianos. Es verdad que la sal escuece, cuando se deposita en la herida, y se hace insoportable cuando aparece en demasía o sin diluirse. Por eso, los cristianos nos diluimos en la masa y sólo se nos nota cuando dejamos de estar, como el calor de la calefacción, cuya existencia se advierte cuando se apaga. Preguntémonos si tú y yo irradiamos verdad, amor, gusto de vivir en nuestro ambiente. Si hacemos grata la convivencia y si da gusto estar con nosotros.                

Prsentación del Señor (domingo IV TO: 2 de II. 2020) - Ciclo A

LUCES DE VERDAD Y AMOR

“Ahora ya puedo morir en paz”

    Jesucristo es la luz del mundo. Estas palabras con las que comienza el más importante documento del Concilio Vaticano II, no se las inventaron los obispos reunidos en Roma entre 1962 y 1965. Las había dicho el anciano Simeón, cuando tuvo lugar la primera fiesta que hoy celebramos: La Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén. Muchos fueron quienes vieron a José y María con el Niño en brazos. Pero sólo este anciano profeta fue capaz de descubrir en él que era el Mesías esperado durante tantos siglos y por el que había suspirado y rogado ver antes de morir. Por eso, al recibir una luz del Espíritu Santo que le hizo ver que lo tenía ante sus ojos, lo tomó en brazos y entonó un jubiloso canto de alabanza a Dios y proclamar a voz en grito: “Ahora, Señor, y puedo morir en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, que es luz para todas las naciones y la gloria de tu pueblo Israel”.  Cuando hoy vayamos a la iglesia para celebrar la fiesta de la Candelaria, como se llama en esta tierra, el ministro que preside, en nombre de Jesucristo, nos entregará una vela encendida para formar una procesión en la que proclamaremos con el profeta Simeón que “Jesucristo es la luz del mundo”, que él es el Único salvador, la única verdadera luz que ilumina realmente y en verdad el misterio que encierra todo hombre, su inmensa dignidad, su vocación a ser hijo de Dios en el Hijo y, por ello, heredero legítimo de la gloria del cielo. Esta procesión nos recordara otra, todavía más solemne y significativa, en cuanto que es la plenitud de la de hoy: la procesión que hicimos en la Noche de Pascua, cuando el Resucitado nos comunicó la luz de su triunfo sobre el pecado y la muerte. Y, nos remitía, a la primera luz que nos dio en el bautismo, cuando nuestros padres nos llevaron a ser regenerados con las aguas de ese maravilloso sacramento. Entonces nos trasmitió este encargo: “Ahora, con esta luz, id a todos los caminos de la tierra y llenad las mentes de los corazones de todos los hombres con la luminaria de la verdad y del amor”. Esta es la misión que, ahora más que nunca, hemos de realizar los cristianos.                    

Domingo 3 del Tiempo Ordinario(26.I.2020)- ciclo A

PESCADORES DE HOMBRES“

Venid conmigo” 

Cuando Pedro y su hermano Andrés salieron aquella mañana hacia Genesaret, pensaron que la jornada trascurriría con la misma rutina de todos los días. Pero no fue así. Ciertamente hicieron lo que hacían siempre tras una jornada de pesca: limpiaron las redes, las recosieron y las echaron al agua para pescar. Pero, mientras hacían esto, pasó Jesús, se detuvo, les miró con aquella irresistible mirada que él tenía y les dijo: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Ellos se volvieron, dejaron las redes y le siguieron. Quienes hemos recibido la llamada al sacerdocio y a la vida religiosa hemos vivido la misma experiencia. Jesús se acercó un día a la playa de nuestra vida, nos miró con inmenso cariño y nos llamo a entregar la vida para ganarle almas. Le seguimos y, lejos de arrepentirnos, hemos sido inmensamente felices. Todos los bautizados han recibido la misma invitación de Jesús. El mismo día en que las aguas bautismales hicieron de nosotros una nueva creatura, Jesús puso en nuestra alma un sello imborrable, mucho más indeleble que el más sofisticado tatuaje, que decía: “Desde hoy eres pescador de hombres”. No era una frase bonita, sino expresión de una realidad maravillosa. Gracias al sacramento del Bautismo, quien lo recibe queda incorporado a la misión de Jesucristo. Misión que no es otra que “pescar hombres”, salvar a quienes, libre y responsablemente, acogen su oferta salvadora. Por eso, donde hay un cristiano allí hay un pescador de hombres. Y, si no lo hay, es que ese cristiano ha dejado de ser sal y luz; y, como consecuencia, en su derredor crecen el error, la mentira, el desamor y el egoísmo. ¿Cuál es el mar en el que pesca un cristiano corriente? No está en las iglesias ni en las sacristías y sus aledaños. Ahí se va reponer fuerzas para la pesca. Pero la pesca se hace en la familia, con los hijos y nietos, en el trabajo con los compañeros y personas a las que se trata, en el sindicato y en el partido político, mientras se toma un café con el viajante que ha  invitado o se charla con el vecino de asiento en el autobús y en el tren. ¿Echamos las redes con respeto y, a la vez, con audacia y valentía?                   

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (19.I.2020) - Ciclo A

UN CORDERO MUY ESPECIAL

“El que quita el pecado del mundo”

*+ Los oyentes del Bautista conocían bien las ovejas y los corderos. No en vano procedían  de un pueblo de pastores y muchos de ellos todavía ejercían entonces esa profesión. Ese conocimiento no era sólo el biológico. Ellos sabían que cada mañana y cada tarde se ofrecía en el Templo de Jerusalén el sacrificio de un cordero por los pecados del pueblo. Además, cada año celebraban la Pascua, en cuyo centro de hallaba el “Cordero Pascual”, del que todos comían para participar en la gran liberación de la esclavitud egipcia. No ignoraban que ese Cordero y los corderos del sacrificio perpetuo eran previamente degollados. Sangre y cordero eran, por tanto, dos cosas íntimamente unidas. Pero desconocían que tanto el Cordero pascual como los demás corderos ofrecidos en sacrificio, eran sólo sombras, imágenes de otro Cordero y de otra Sangre. Este nuevo Cordero es el que les anuncia Juan cuando ve a Jesús que acaba de bautizarse. “Este el Cordero que quita el pecado del mundo”. Llegará un día en el que este Cordero será degollado y su sangre será entregada por los pecados del mundo, en un acto supremo de amor al Padre y a todos los hombres. No sólo por los pecados de los oyentes de Juan y del Pueblo judío, sino por el mal moral cometido por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. También de los míos y de los tuyos, que estás leyendo este comentario al evangelio de hoy, segundo domingo del Tiempo Ordinario. Por mucho que el hombre y la mujer actual se empeñen en negar la existencia del pecado, el pecado existe. Basta abrir los ojos y tener un mínimo de sinceridad para llamar a las cosas por su nombre. ¿Es bueno o malo condenar a un inocente? ¿Es bueno o malo amar a los padres? ¿Es bueno o malo ser injusto en los salarios? ¿Es bueno o malo encerrarse en el propio ego, remitiendo a un descomprometido “que cada uno se las arregle como pueda” la miseria y la pobreza de tantos? Jesucristo nos mira con amor a ti y a mí y nos dice: “Yo he dado mi vida por tus pecados: basta que tú la acojas y recibas el bautismo o el segundo bautismo –la Confesión- para que desaparezcan”.              

Bautismo de Jesús (12.I.2020)

EL BAUTISMO DE CRISTO Y NUESTRO BAUTISMO

“En Él me complazco”

*** Tres grandes ideas sostienen la trama del evangelio de este domingo: el Bautismo de Jesús en el Jordán, el significado profundo de este gesto y nuestra participación en él. El Bautismo que recibió Jesús de manos Juan no fue un bautismo sacramental como el nuestro. Los que acudían a Juan para bautizarse, reconocían que habían pecado, manifestaban su arrepentimiento, prometían un cambio de vida y él les sumergía en las aguas del río Jordán. Un día Jesús se metió en el agua, se puso en la fila de los pecadores y, llegado su turno, pidió a Juan que le bautizase. La reacción negativa de Juan era del todo lógica. Juan sabía perfectamente que Jesús no era pecador. Más aún, que era el Cordero que quita el pecado del mundo. ¿Podría comportarse con Él como si fuese un pecador más? Juan responde así porque desconoce el sentido verdadero del gesto de Jesús. Está en lo cierto cuando piensa que no es pecador. Pero ignora  que  haciéndose bautizar como un pecador más, Jesús comienza a cargar sobre sus hombros los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Cuando, al final de su vida, se bautice en su sangre, es decir, muera en la Cruz por los pecados de toda la humanidad, el gesto del bautismo en el Jordán se aclarará de modo pleno. Pues, con esa muerte por los pecadores y por su posterior resurrección, nos ha dado a todos la posibilidad de incorporarnos a su Bautismo, obtener el perdón de nuestros pecados –el heredado de nuestros primeros padres y los personales, en el caso de los adultos- y comenzar una vida nueva. Esto tiene lugar cuando los padres llevan a bautizar a sus hijos, o los hijos, ya desde los siete años, lo piden ellos mismos. Al hacerlo, los padres se convierten en colaboradores de Dios no sólo respecto a la trasmisión de la vida física sino también de la vida espiritual de sus hijos. A la vez se comprometen a desarrollar en ellos las virtudes de la fe, esperanza y caridad, que son las virtudes propias de la vida nueva que trasmite el Bautismo. Sigamos bautizando a nuestros hijos y sigan pidiendo ser bautizados los adultos que todavía no han recibido gracia tan grande.