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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 2 de Navidad (5.1.2020) - Ciclo A

EL MAYOR ACONTECIMIENTO DE LA HISTORIA

“El el Verbo se hizo carne”

****Recuerdo que, cuando visité Tierra Santa, sufrí un impacto indescriptible al leer en el frontis del altar de la Basílica de la Anunciación unas palabras que conocía muy bien y que había rezado muchas veces, pero que allí tenían una resonancia especial: “Hic, Verbum caro factum est”: “Aquí, el Verbo se hizo carne”. Comprendí entonces que no era la muerte y resurrección de Jesucristo el mayor acontecimiento de la historia sino lo que había ocurrido en aquel rincón de Nazaret. Ciertamente, si Cristo no ha muerto y resucitado por nosotros, vana es nuestra fe. Pero ¿hubiera podido morir y resucitar sin hacerse previamente hombre? Por eso, el gran acontecimiento de todos los siglos ha sido la Encarnación. A partir de ahí todo es explicable. Lo inimaginable, lo impensable es que Dios no sólo plantase su tienda entre nosotros sino que se hiciese Carne. Es decir, ser uno de los nuestros y, por tanto, sujeto a todas nuestras debilidades y carencias: pasar hambre y frío, sentir cansancio y sed, acusar el golpe de los desprecios y menosprecios, tener miedo y pavor, sufrir y morir. Quizás alguna vez te hayas preguntado, por qué Dios hizo esto, por qué quiso ser igual a nosotros en todo menos en el pecado. La primera respuesta es sencilla: lo hizo, “porque quiso”. Pero la segunda ya no admite respuesta: “Y ¿por qué quiso? Podríamos decir que “porque nos amaba”. Pero esa no es la respuesta definitiva, pues persiste la pregunta anterior, aunque formulada de otro modo: “Y, ¿por qué nos amaba?” De todos modos, lo fundamental sí queda respondido: Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, porque nos amaba hasta la locura. Sólo así es posible atisbar cómo pudo querernos, sabiendo de antemano nuestra respuesta mezquina: la indiferencia cuando no el rechazo. Porque es muy triste que vinera a los suyos y los suyos no le recibieran. ¿Tú le has recibido, le has acogido, le has dado el lugar que le corresponde en tu trabajo, en tus relaciones familiares, en tu trato con los compañeros de oficina o de taller? Atrévete a preguntarte hoy: ¿qué pasaría en mi corazón, en mi cabeza, en vida si Cristo ocupase en ellos el centro?                     

Fiesta de la S. Familia (domingo, 29.XII.2019) - Ciclo A

DÍA GRANDE PARA NUESTRAS FAMILIAS

“Toma al Niño y a su madre y huye a Egipto”

*** “Haced que siempre vivamos//en santa paz y concordia//, haced que nunca vemos//en nuestro hogar la discordia//”. Estos versos formaban parte de una oración que se rezaba en las casas de mi pueblo, cuando la madre daba “la despedida” a la capillita de la Sagrada Familia que había venido a visitarnos el día anterior. Recuerdo que tanto “la entrada“ como “la despedida”, según el modo de expresarse de la gente, se hacía estando de rodillas el padre, la madre y los hijos. La experiencia me ha demostrado la eficacia de esa oración. Porque yo no conocí ninguna de las plagas que más tarde han asediado la familia. Soy consciente de que han pasado muchos años y han cambiado muchas cosas. Aunque menos de lo que, a veces, pensamos. Porque los labradores de mi pueblo se levantaban con estrellas y regresaban a casa entre dos luces, después de haber estado tras el arado, aguantando el frío, la niebla, el sol y, más de una vez, el aguacero. Y tuvieron que sacar –y sacaron- adelante bastantes hijos con muchísimos menos recursos que hoy. Pero convengamos que han cambiado muchas cosas. Lo que no ha cambiado es que vivir juntos durante toda la vida, en la salud y en la enfermedad, cuando se es joven y cuando no se puede con los pantalones, cuando la cabeza funciona y cuando sufre demencia senil, era, es y seguirá siendo difícil. Más aún, imposible si no contamos con la ayuda de Dios. Rezar es un modo, sencillo  pero eficacísimo, de contar con la ayuda de Dios. Y si el rezo se hace en familia, todos bien unidos, esa eficacia se multiplica hasta el extremo de dar razón al gran padre Peyton, el apóstol incansable del rosario en familia, que decía: “La familia que reza unida, permanece unida”. Tendrá dificultades. Incluso grandes. Pero las superará todas, si sigue implorando la ayuda de Dios. En este domingo de Navidad, en el que la Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, pidamos a Jesús, María y  José que protejan nuestras familias, que eviten en ellas las desuniones y las discordias, que las bendigan  con hijos y nietos y las libren de los nuevos Herodes que quieren destruirlas.          

Domingo 4 de Adviento (22.XII.2019) - Ciclo A

MARÍA EN TODO Y PARA TODO

“Viene del Espíritu Santo”

*** El cuarto domingo de adviento no es sólo el último domingo de este tiempo. Es también, y sobre todo, un domingo diseñado para preparar la ya inminente Navidad. La Iglesia no encuentra mejor modelo que proponiéndonos la figura de Santa María, pues nadie como ella preparó y vivió la Navidad. De ella dice uno de los prefacios de estos días que  la “esperó con inefable amor de madre”. Quienes han sido madre, entienden muy bien que la palabra usada sea la de “inefable”, inexpresable. Porque eso es lo que siente una mujer a punto de ser madre, sobre todo, si lo será por primeva vez y, en el caso de María, primera y última. Pues Jesús fue su primer y único hijo. ¿Dónde estaría la imaginación, el pensamiento y el corazón de María cuando faltaban tres días para que naciera Jesús? ¿En qué pensaría cuando estaba a solas, de qué hablaría con José y las vecinas, qué haría mientras realizaba las labores domésticas? Ese es el camino a seguir cuando preparemos la cena de Noche Buena, cuando vayamos a la oficina o cuidemos al enfermo hospitalizado o en una residencia de mayores, cuando hagamos lo que tenemos que hacer. Si estos días previos a Navidad pensamos, decimos y hacemos lo que mismo que María, prepararemos y celebraremos Navidad como lo que realmente es: el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, que se ha hecho hombre, por “nosotros y por nuestra salvación”. No es extraño que la liturgia actual de la Iglesia haya querido recuperar la tradición de intensificar la presencia de María a medida que se acercaba la Navidad. En la liturgia ambrosiana todo el domingo cuarto de adviento era mariano. Nuestra antigua liturgia hispana fue incluso más lejos. No le asignó ese domingo sino el 18 de diciembre, pero dándole el mismo rango que a Navidad. “Meter a la Virgen en todo y para todo”, le oí aconsejar al Beato Álvaro del Portillo. Me parece un buen lema para estos días. En cualquier caso, con ese lema, con otro o con ninguno, lo importante es que nuestra mente y nuestro corazón estén estos días en María. ¡Feliz Navidad!          

Domingo 3 de Adviento (15.XII.2019) - Ciclo A

COHERENCIA Y ACOMODAMIENTO

¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?

****Juan el Bautista está en la cárcel. No ha sido la caña que se dobla ante lo políticamente correcto sino un profeta. Y como los profetas ni camuflan ni edulcoran la verdad, no ha tenido miedo en decirle a Herodes: “No puedes convivir con la que es esposa de tu hermano”.  A Herodes tampoco le ha temblado el pulso y le ha encarcelado. Estando aquí, a Juan le han llegado noticias del modo de hablar y actuar de Jesús. No es el leñador con el hacha al hombro dispuesto a cortar ya el árbol, ni el labrador con el bieldo en la mano para separar ya la paja del mal y el trigo del bien, como él había anunciado. Y le han entrado dudas sobre si Jesús será o no será el Mesías. Como no se puede vivir en la duda, envía a Jesús a dos de sus íntimos con este menaje: Id y preguntadle si es él o tenemos que esperar “a otro”. Jesús les responde no con palabras sino con unos hechos que son meridianamente mesiánicos para Juan, buen conocedor de las profecías del Antiguo Testamento. “Decidle lo que veis: cojos que andan, ciegos que ven, sordos que oyen”. Eran los signos que estaban profetizados. ¿Quedan hoy Juanes como el Bautista? La respuesta es clara: “quedan” y les siguen encarcelando como a él. Unas veces, en cárceles con barrotes y rejas. Las más de las veces, en otro tipo “más elegante y más educado” pero quizás más cruel: la cárcel del desprecio mediático, la cárcel del desprestigio social, la cárcel de la irrelevancia para los cargos en universidades e instituciones culturales, deportivas o culturales. Si alguno de quienes lean esto se encuentra en estas cárceles, que no tenga perplejidades sobre si está siguiendo al Mesías verdadero o debe buscar otro que satisfaga sus aspiraciones humanas. Seguir a Jesús no es doblarse como las cañas ante cualquier opinión de moda o adornarse con máscaras físicas o intelectuales de lujo. El Bautista no fue ese tipo de caña ni vistió esas pieles. Fue la voz del hombre coherente que siguió el dictamen de su recta conciencia sin miedo a nada ni a nadie. Ante la ya inminente Navidad, la pregunta no puede ser más que esta: ¿el Mesías que busco y quiero encontrar es el de Juan?                              

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8.XII.2019) - Ciclo A

LA HIDALGA DEL VALLE

“Llena eres de gracia”

****Hoy es segundo domingo de Adviento. Pero en España se celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, por una gracia especial que la Santa Sede nos ha concedido a petición de nuestra Conferencia Episcopal. Resultaba difícil, porque los domingos de Adviento tienen un rango especial  dentro del Año Litúrgico. Pero España es “la tierra de la Inmaculada”, la tierra de la Purísima. Esta tarde lo proclamará una vez más el Papa, cuando vaya al monumento de la Inmaculada en Roma, junto a la Embajada de España. Seguramente que el papa Francisco pensará que fue España la que llevó el amor a la Inmaculada a su tierra argentina y a toda Hispanoamérica. Porque España se adelantó varios siglos en proclamar que María fue librada del pecado original que todos contraemos por el hecho de ser engendrados. Se adelantó también en su celebración. Aquí se celebró con un fervor extraordinario desde el siglo XIV,  mientras que hubo que aguardar al XVIII para que el Papa Clemente XI la hiciera obligatoria en toda la Iglesia y un siglo más para que el papa Pío IX sancionara que María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción, en previsión a los méritos de la muerte de su Hijo. Esta redención “preservativa” fue la piedra de escándalo para teólogos tan cualificados como santo Tomás de Aquino. Si Jesucristo es Redentor de todos, se preguntaban ¿cómo explicar que lo fuera de su Madre, si Ella no había tenido nunca el pecado? Nuestro gran Calderón  de la Barca supo explicarlo con enorme fuerza y belleza. Mientras Jesucristo nos dio la mano  a todos para levantarnos, a su Madre se la dio para que no cayera, haciéndola así “La Hidalga del Valle”, la única limpia entre todos los manchados. No podía consentir que las entrañas que le acogerían como hombre, hubieran sido manchadas previamente por el demonio. Limpia de toda culpa debía ser la Cordera que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Limpia e Inmaculada, la que es ejemplo de santidad de todos los hombres y exordio de la Iglesia sin mancha. Alegrémonos, y pidámosle la gracia de cometer nunca un pecado.            

Domingo 1 de Adviento (1.XII.2019) - Ciclo A

LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD

“Estad preparados”

**** Comenzamos un nuevo año. Sí, has leído bien. Hoy es año nuevo para los cristianos, porque hoy comienza el adviento y con él el año de la Iglesia. Quizás alguno se quede desconcertado por la aparente paradoja de comenzar el año cuando enfilamos el final del año civil. No es una rareza sino una respuesta coherente. Para los cristianos, en efecto, el tiempo no es un mero arrancar hojas del calendario y subrayar los días de puente. Vivimos, ciertamente, en ese devenir de días y noches, trabajo y descanso, días laborables y festivos. Pero para nosotros el tiempo tiene un sentido mucho más profundo. Es el ámbito en el que Dios sale a nuestro encuentro para invitarnos a vivir su misma vida ya en esta tierra y así preparemos a vivirla luego por toda la eternidad. Por eso, el primer evangelio del año nos pone en tensión y nos urge a tomar la vida en serio. No podemos ser –nos dice- como los que vivieron en tiempos de Noé. Ellos se dedicaron sólo a comer, beber, casarse, disfrutar de la vida. Pensaban que la vida era eso y que eran sus dueños y señores. Pero llegó el Diluvio y todos perecieron salvo Noé, que se había preocupado de estar preparado. Algo parecido ocurre hoy para muchos. Sólo piensan en divertirse, viajar, comer, beber y pasarlo bien. Dios no entra en su esquema de vida. Rezar, trabajar por amor a Dios y para servir a los demás, no estar todo el día colgado del móvil o de la televisión, dedicar tiempo abundante a la educación humana y cristiana de los hijos, no entra en su agenda. En no pocos casos, se refugian en un cómodo y falso misericordiosismo, como si a Dios le diera igual todo. Falso espejismo y peligroso engaño. Porque –dice el evangelio de hoy- como “llegó el diluvio y se llevó a todos” los que no estaban preparados, “así sucederá cuando venga el Hijo del hombre”. No se trata de meter miedo sino de llamar a la responsabilidad. La vida no es un juego sino la oportunidad de acoger el amor de Dios y prepararse al momento definitivo con él cuando nos llegue el final de nuestro paso por este mundo. Por eso, para los cristianos el tiempo es gracia y responsabilidad.        

Domingo 34 del Tiempo Ordinario. JESUCRISTO REY DEL NIVERSO (24.XI.2019) - Ciclo C

¿PARA QUÉ VALE UN CRISTO QUE NO LIBRA DEL DOLOR?

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

*** Estamos en la cumbre del monte Calvario, donde Jesús agoniza en una cruz entre dos ladrones. Mientras el pueblo que ha pedido su muerte mira el desenlace, las autoridades se burlan de él y comentan: “A otros ha salvado, que se salve a sí mismo”. El piquete de soldados que le ha crucificado, se une también a la burla:”Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Incluso uno de los ladrones le grita blasfemo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo”. Jesús no les responde. No entenderían ni aceptarían su respuesta, pues no tienen fe y cuando no se tiene fe es imposible entender quién es y cuál es su misión. ¿Cómo iban a entender las autoridades, los soldados y el mal ladrón desde su visión terrena, que Jesús era Rey, precisamente porque prefería entregar su vida por amor y solidaridad hacia todos, en lugar de guardársela egoístamente para él? Sólo el buen ladrón, que llegó a la fe allí, comprendió que Jesús es Rey, que Jesús tiene un reino que no es de este mundo y que ese Reino no es otro que el Paraíso, el Cielo. Por eso, dirigió a Jesús una plegaria que a mí me gustaría repetir en el momento postrero de mi vida: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Jesús escucha esa petición y le dice: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús entrará en su reino acompañado de un ladrón arrepentido. Será el primero de una fila hecha de millones y millones de hombres y mujeres que encontrarán las puertas del Cielo abiertas de par en par, porque sobre ellas cayó la cruz ensangrentada del que vino a este mundo para salvar a quienes se dejen salvar. ¿Para qué sirve un Cristo que no es capaz de librarse de los desprecios, el dolor y la muerte? ¿Para qué  sirve un Cristo que no me libra a mí de la enfermedad, el dolor, el fracaso?, siguen preguntándose los incrédulos de hoy, cuyas claves son el poder, el dinero y el placer. Jesús responde: “Sirve para decirte cuál es el camino del Cielo. Sirve para librarte de todas las cadenas que te esclavizan y para llevarte un día al Paraíso y allí vivir y ser feliz para siempre”. ¡Jesús: vale la pena ser soldado tuyo, dar la vida por ti y combatir contigo las batallas del amor y de la paz!            

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (17.XI.2019) - Ciclo C

**** PROFECÍAS PARA HOY Y MAÑANA

“Todo será destruido”

Jesús y sus discípulos se encuentran en Jerusalén frente al Templo, extasiados por esa joya reedificada y embellecida por Herodes el Grande. No son los únicos que sienten esa emoción. Algunos no pueden contenerse y dicen sin rubor: ¡qué maravilla! Jesús lo escucha e interioriza. Luego pronuncia una triple profecía: una para el futuro inmediato, otra para el futuro lejano y otra para el futuro final, cuando desparezca este mundo. La primera profecía es escueta: “No quedará piedra sobre piedra”. La segunda también es clara y cortante: “Habrá guerras y revoluciones”. La última es más amplia: “Todos os odiarán por causa de mi nombre. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.  La primera ya se ha cumplido. Jesús la hacía hacia el año 30. Cuarenta años más tarde, el ejército de Vespasiano arrasaba Jerusalén y prendía fuego al Templo, calcinándolo todo. La segunda se ha cumplido también, aunque se sigue y seguirá cumpliéndose. ¡Cuántas guerras y revoluciones han tenido lugar desde entonces! Hoy mismo arden Chile, Bolivia y Hong Kong, y Venezuela es un polvorín que puede explotar en cualquier momento. Cuando estas se pacifiquen, surgirán nuevos conflictos, porque esa es la soldada del pecado. La tercera ha comenzado a cumplirse, aunque ignoramos si estamos en el preludio o en el final. Basta echar un vistazo al mapa de las persecuciones para verificarlo de inmediato. Ser cristiano está mal visto en muchas latitudes del mundo. Más aún, ser cristiano se paga con una persecución abierta, descarada y violenta en muchos países donde imperan las dictaduras o, en las democracias liberales, como ocurre en Europa y España, con persecuciones más solapadas pero también crueles y radicales mediante la burla, la ironía malévola, el sarcasmo y la mentira. Lo más probable es que la realidad se envenene aún más. ¿Qué hacer? Jesús no sólo hizo las profecías sino que nos indicó el modo de reaccionar: fiándonos de Dios y siendo fieles a nuestra fe. Dios cuida amorosamente de nosotros, pues, “hasta vuestros cabellos están contados. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.     

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (10.XI.2019) - Ciclo C

EL PRODUCTO EXCLUSIVO DE LOS CRISTIANOS

“Los saduceos niegan la resurrección”

*** Cuando el cristianismo se presentó en sociedad, la gente enterraba a sus difuntos en un lugar que llamaban “necrópolis”, término que significa “ciudad de los muertos”. A los cristianos les faltó tiempo para cambiar ese nombre por otro que, a un profano, podría parecerle inocuo pero que llevaba una enorme carga teológica. El nuevo nombre era “cementerio”, cuyo significado es “dormitorio”. Y dormitorio no es el lugar donde reposan los que nunca volverán a ver la luz del día sino donde descansan quienes al día siguiente se levantarán con una vida renovada para proseguir el trabajo, el deporte o cualquiera otra actividad. Los cristianos seremos más o menos inteligentes que los demás, podremos resolver los problemas mejor o peor que los que no lo son, trabajaremos con mayor o menor eficacia que otros. Pero hay algo que nadie más que nosotros puede ofrecer con garantía. Ese “algo” es lo que hoy aparece en el evangelio: la “resurrección de los muertos”. Resucitar quiere decir que moriremos como todos, porque es la soldada obligada del pecado original. Pero esa muerte es un sueño, más o menos largo, pero sueño del que despertaremos al final de los tiempos. Entonces vendrá Jesucristo en nuestra búsqueda para llevar a plenitud la semilla que depositó en el Bautismo y alimentó con su Cuerpo y Sangre cada vez que le recibimos en la Eucaristía. Sólo por eso, vale la pena ser cristiano. Nadie puede ofrecer ese producto. Porque sólo Jesucristo, que ha muerto y resucitado verdaderamente, puede comunicarnos su resurrección. Así como sólo la vid puede hacer que sus sarmientos se apropien de su fuerza y produzcan racimos de uvas, sólo el que esté injertado en la resurrección de Jesucristo puede participar de su vida y nunca más volver a morir. Muchos saduceos de hoy se ríen de esto como se rieron de Jesús los de su tiempo y los atenienses de san Pablo. Lo siento por ellos. Porque ¿hay algo que valga más la pena que saber que la muerte no es el final sino la última etapa de esta tierra y la llave que nos introduce en la vida eterna? ¿Qué es más hermoso, despedirnos con un “hasta luego” o “hasta nunca?      

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (3.XI.2019) - Ciclo C

CRITERIOS REVOLUCIONARIOS DE JESÚS

“Baja, quiero hospedarme en tu casa”

****Estamos en Jericó. Jesús ha llegado aquí para subir a Jerusalén. Jericó es una ciudad próspera e importante desde el punto de vista económico, militar y financiero. El ambiente moral está bastante relajado. Abundan los lugares de diversión para sus muchos comerciantes, soldados y viajeros. Hay un grupo numeroso de gente dedicada al cobro de los impuestos para Roma, potencia extranjera de la que ahora dependen políticamente los judíos. Tienen un nombre bien conocido: “publicanos”. Están muy mal vistos, porque no son honrados –pues con frecuencia cobran más de lo debido- y, además, están al servicio de Roma. Nadie les invita a su casa ni tampoco se deja invitar por ellos. Uno de ellos hace de “jefe”, pues los demás dependen de él y trabajan para él. Se llama Zaqueo. Le conoce todo el mundo. Incluso los niños. Además, es pequeñito, casi un enano. La gente le desprecia de modo especial. No obstante no es tan mala persona como se piensa y, de hecho, quiere ver a  Jesús. Como es tan bajito, se sube a un árbol en un punto estratégico por donde sabe que Jesús tiene que pasar necesariamente. Y, en efecto, Jesús pasa, pero hace algo en lo que él no podía ni soñar: le llama por su  nombre y se invita a su casa. El revuelo que se organiza es mayúsculo. ¡El Profeta de Galilea ha entrado en casa de Zaqueo y está comiendo allí con muchos publicanos! ¡Increíble, pero cierto! El escándalo es monumental. Pero Jesús no renuncia a emplear sus criterios revolucionarios: “Ha venido a salvar lo que está perdido, a curar lo que necesita médico, a traer al buen camino a los pecadores”. Por eso, en lugar de tratar mal a quienes se encuentran en esa situación, les acoge, empatiza con ellos y les llega así tan al corazón, que terminan confesando con Zaqueo: “Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres y si he robado algo, devolveré cuatro veces más” Si dejáramos entrar a Jesús en nuestras vidas, nos pasaría como a Zaqueo. Si tratáramos a los zaqueos de nuestra familia y de nuestro entorno como Jesús, se lograría más de un milagro. ¿Por qué nos empeñamos tantas veces en rechazar a Jesús y a los demás?              

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (27.X.2019) - Ciclo C

FARISEOS Y PUBLICANOS MODERNOS

“El que se humilla será ensalzado”

*** Dos hombres, dos actitudes, dos respuestas y una enseñanza. Esta es la espina dorsal del evangelio de este domingo. Dos hombres: un fariseo y un publicano. Los fariseos pasaban por ser muy cumplidores de la Ley de Moisés; los publicanos estaban en las antípodas, tanto por su mala reputación como por sus hechos. Dos actitudes: ambos suben a orar al Templo. El fariseo lo hace de pie y proclamando que no es “como los demás: ladrones, injustos, adúlteros”. El publicano lo hace de modo completamente distinto: “Señor, ten piedad de mí, que soy un pobre pecador”. Dos respuestas: Dios no escucha la oración del fariseo, porque es una oración soberbia y engreída; en cambio escucha la del publicano, porque es humilde. Una enseñanza: Dios humilla a los soberbios y enaltece a los humildes, pues a uno le escucha en su oración y a otro no. Esta es la gran enseñanza de Jesús para nosotros: hemos de rezar y hacerlo con perseverancia, como nos enseñaban los últimos domingos. Pero es imprescindible que lo hagamos con humildad. Y ¿qué es la humildad? Santa Teresa de Jesús nos lo dice con su clásica claridad y belleza: “humildad es andar en verdad”. Si uno no roba ni mata  ni trata mal a su cónyuge ni es un incompetente profesional no anda en verdad si dice que es un ladrón, un asesino, un mal esposo y un mal profesional. Porque eso es mentira. El humilde reconoce todos los bienes materiales y espirituales que posee. Está contento con ellos y da gracias a Dios. Pero, ojo, no se los atribuye a su esfuerzo, a su espíritu de iniciativa, a su trabajo, a su bondad, sino que reconoce que todo eso es un don inmerecido que Dios le ha hecho. La vida, la salud, las habilidades manuales, el talento, la inventiva y todo lo demás son un don de Dios. Él es un pobre hombre, un menesteroso radical, un arruinado incapaz de saldar sus deudas, un pecador que necesita permanentemente que Dios y los demás perdonen sus pecados, sus carencias y sus omisiones. Reconocer esto y acudir a Dios con este fardo para que tenga misericordia es andar en verdad, es rezar con verdad, es ir por el camino que a Dios le agrada.            

Domingo 29 del Teiempo Ordinario (20.X.2019) - Ciclo C

UN ARMA INFALIBLE

“Terminó haciéndole justicia”

****“Antes rezaba, pero ahora no, porque Dios no me escucha”. Cuando he oído ésta u otras afirmaciones parecidas, mi respuesta ha sido siempre la misma: “sigue rezando”. No era una respuesta prefabricada para salir del paso sino la voz de la experiencia y de la convicción. El Evangelio está lleno de hechos en los que Jesucristo demostró que nos escucha siempre que acudimos a él con humildad y perseverancia. El de este domingo es un ejemplo concreto. En una ciudad había un juez corrupto, soberbio y descreído. No tenía miedo a nada ni a nadie. Ni siquiera a Dios. Amparado en su omnímodo poder, se negaba a impartir justicia a una pobre viuda. Pero ella, con un  tesón inquebrantable, le importunaba un día sí y otro también para que dictara sentencia. Aburrido y cansado de ella, terminó haciéndola caso. Jesús razonaba así ante sus oyentes: si este juez, corrompido e injusto, terminó atendiendo a esta pobre viuda, ¡cuánto más escuchará Dios a quien le pide! Luego dedujo la consecuencia: por eso os digo que conviene orar con insistencia y sin desfallecer. Nosotros solemos nos olvidamos y, si acudimos a Dios, nos cansamos. Queremos que  Dios nos escuche enseguida y como esto no suele ocurrir, dejamos de pedir. Más de una vez me he preguntado por qué Dios no nos hace caso de inmediato siendo, como es, nuestro Padre. He sacado luz fijándome en lo que hacen los padres de la tierra. Cuando les pedimos una cosa razonable y conveniente, si está en sus manos, nos la dan. Sin embargo, suelen hacerse de rogar. No quieren hacernos sufrir sino que se estreche nuestra relación personal con ellos. Si nos la dieran de inmediato, quizás nos haríamos egoístas y aprovechados. “Haciéndose de rogar”, estimulan nuestra confianza y nuestro amor. Esto es lo que quiere Dios: que crezcamos en fe y confianza con él. Seamos, por tanto, perseverantes. Tengamos la misma santa tozudez que la viuda del evangelio  Esa es nuestra arma para hacer frente a nuestra absoluta impotencia ante tantas necesidades como tenemos. No lo olvidemos nunca. Seamos santamente tozudos.   

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (13.10.2019) - Ciclo C

MATRÍCULA O SUSPENSO EN AGRADECIMIENTO

¿“Dónde están los otros”?

***Ser leproso en tiempo de Jesús era tanto como estar muerto en vida. Los leprosos, en efecto, eran expulsados de su familia, del lugar donde habitaban y de los centros religiosos. Vivían en el campo y, si alguien se acercaba, tenían que gritar: “apestado”. El evangelio de este domingo nos presenta un grupo de diez leprosos: nueve judíos y un samaritano. Al enterarse de que Jesús venía hacia un pueblo, se aproximaron y a grandes voces gritaron: “Jesús, ten compasión de nosotros”. Jesús sólo les dijo: “Id a los sacerdotes”. Ir a los sacerdotes era indispensable para obtener el certificado de curación, con el cual venía la reinserción familiar, social y religiosa. Ellos le hicieron caso y se pusieron en camino. Mientras iban caminando, uno se dio cuenta de que había sido curado. Al advertirlo, desanduvo su camino, vino a Jesús, se postró delante de él y le dijo con gran alegría: “Muchísimas gracias, Señor, muchísimas gracias”. Jesús, que además de perfecto Dios es también perfecto hombre, agradeció el detalle y lamentó las ausencias. “¿No eran diez los curados?, preguntó. Los otros ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. Porque era samaritano, puntualiza san Lucas. Todos los que estáis leyendo esto –lo mismo que yo- hemos recibido y estamos recibiendo continuos milagros del Señor: la vida que tenemos, el aire que respiramos, los ojos con los que vemos, las medicinas que tomamos, el trabajo con que ganamos el pan de cada día, la inteligencia con la que aprendemos y enseñamos, en una palabra: todo. Y si de la vida material pasamos a la espiritual, ¿quién puede contar los pecados que le han sido perdonados, los peligros de los que ha sido librado, los empujoncitos que Dios le ha dado para hacer el bien y alejarse del mal, los buenos deseos y pensamientos que ha tenido, las pequeñas o no tan pequeñas cosas buenas que ha hecho? ¿Verdad que, junto a la petición, el dar gracias debería ser nuestra actitud constante? Cuando hoy vayamos a Misa, aprovechemos ese momento privilegiado de acción de gracias, para dar gracias por todo. Porque “todo es gracia”, decía Bernanos.   

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (6.10.2019) - Ciclo

HACER POSIBLE LO IMPOSIBLE

“Auméntanos la fe”

****¿Es posible que se mueva un monte porque nosotros se lo digamos? ¿Es posible que lo haga una morera y se plante en el mar? Pues el evangelio de hoy asegura: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os obedecería”. Un grano de mostaza es tan minúsculo, que casi es preciso verlo con microscopio para apreciarlo. La fe que Jesús nos exige para hacer verdaderos milagros, para convertir en posible lo imposible, basta que sea verdadera aunque sea muy pequeña. Los apóstoles lo habían visto y lo verían en repetidas ocasiones. Nosotros podemos recordar tres casos bien palmarios: el del Centurión, el de Jairo y la mujer Cananea. El Centurión tenía un criado a las puertas de la muerte y sólo podía salvarlo un milagro. Pero tenía fe en el poder y bondad de Jesús y se lo pidió. Cuando Jesús hizo ademán de ir a casa a curarlo, el Centurión le dijo: No soy digno de que vengas a mi casa, basta que lo digas para que mi criado sane. Jesús se admiró de la fe de aquel hombre que no era judío creyente sino pagano romano. Y curó a su criado. Con Jairo pasó algo parecido, pero más fuerte. Este hombre tenía una hija de trece años en una situación tan crítica, que cuando Jesús accedió a su petición y marchaba para curarla, unos emisarios vinieron a decirle que no molestara al Maestro, porque acababa de morir. Jesús lo oyó y le dijo: No te preocupes, ten fe. Y, efectivamente, gracias a que se fió de Jesús, Jesús resucito a su hija. La Cananea, como hacen todas las madres, vino a pedirle la curación de una hija, que no tenía remedio humano. Jesús comenzó tratándola con aparente displicencia. Luego, porfió con ella, reiterando que no podía ayudarla, porque era oveja de un rebaño al que no había sido enviado. Pero la fe de aquella mujer fue tan grande, que Jesús terminó rindiéndose y realizó lo que le pedía, a la vez que le decía: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se haga como quieres”. ¡Cuántos imposibles han realizado los santos! Los mismos lograríamos nosotros con un poco de fe. Por eso, hoy es buena ocasión para rogar al Señor, como los apóstoles: “Auméntanos la Fe”.  

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (29.9.2019) Ciclo C

LA VIDA NO ES UN JUEGO IRRESPONSABLE

Fue llevado el seno de Abrahán

****Dos hombres, dos vidas, dos destinos y una enseñanza. Este es el panorama del evangelio del presente domingo. Dos hombres: uno rico y un pobre. Dos modos de vida: la una a todo tren, la otra, en indigencia. Dos destinos: muere el pobre y va al Cielo, muere el rico y va al infierno. Una enseñanza: el que sólo se preocupa de pasarlo bien en la vida y vivir de espaldas a los necesitados está recorriendo el camino de la perdición y, si no cambia, se condenará eternamente. Al pobre, en cambio, la muerte, además de liberarle de sus miserias, le abre las puertas del Cielo. Estamos, por tanto, ante una Palabra de Dios fuerte e inquietante: la vida hay que emplearla bien para no arriesgar la eternidad, el más allá de la muerte. Al decir vida, hay que contemplar los bienes materiales, pero también las cualidades, la salud y el tiempo. Todo eso se emplea bien, cuando se pone al servicio del pobre, del necesitado material, humano y espiritual. Pobre, por ejemplo, es el enfermo. Rectifico: el enfermo es el pobre más pobre. Pobre es el que ha sido abandonado por el otro cónyuge. Pobre es el condenado al paro perpetuo o de muy larga duración. Pobre es el indigente. Pobre es el que no tiene tiempo ni medios para instruirse adecuadamente. Estos pobres no están lejos sino tendidos a la vera del camino de nuestra vida y familia. Lo que ocurre es que somos como Epulón: pasaba todos los días delante de Lázaro, que estaba tendido en su portal, y no le veía. ¡Tantas veces tenemos no sólo miopía sino ceguera! Vamos tan a lo nuestro y a vivir la vida, que no descubrimos ni las grandes tragedias que están junto a nuestra puerta. Todo esto ha de llevarnos a preguntas molestas pero necesarias: ¿Cuánto gasto en modas y lujos y cuánto en limosnas? ¿Cuánto tiempo dedico a visitar enfermos y cuánto a ver la tele y jugar con el móvil? ¿Cuánto destino a mis caprichos y cuánto a fomentar e impulsar iniciativas sociales? Cada uno puede formularse otras. Pero, las formulemos o no, una cosa es clara: el que gasta su vida en sus cosas y gustos y al margen de los demás, va por mal camino. Todavía estamos a tiempo para rectificar.         

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (22.9.2019) - Ciclo C

BILLETE PARA EL CIELO

“Ganaos amigos con el dinero injusto”

***El evangelio de este domingo habla de algo muy habitual en nuestro tiempo: la corrupción de un administrador. Quien lo lea o escuche sin especial atención, puede  sorprenderse, pues da la impresión de que Jesús aplaude la conducta de este hombre. Una conducta totalmente reprobable, porque, además de malgastar los bienes que debía administrar, falsificó a la baja los recibos de los deudores de su amo. Sin embargo, Jesús no alaba este soborno ni el derroche anterior. Lo que alaba es la sagacidad que demostró el administrador. Porque al enterarse de su despido, aprovechó el poco tiempo que le quedaba para llamar a los deudores, hacerles firmar muy a la baja los recibos de su deuda y así ganarse su simpatía y ayuda al quedarse en paro. Es esta astucia, esta sagacidad la que alaba Jesús y de ella se sirve para dar una gran lección a sus oyentes. Una lección  tan sencilla como importante: emplead vosotros –les dice- la misma sagacidad con vuestros bienes mientras vivís, para que, cuando no los tengáis después de la muerte, seáis recibidos en el Cielo. Esos “bienes” son muy variados. Jesús menciona expresamente el dinero. Emplear con sagacidad y astucia el dinero no es hacerlo rendir cada vez más o aprovecharse de él para llevar una vida cada vez más cómoda y egoísta sino emplearlo para ganarse la vida eterna. ¿Cómo hacerlo? Un modo bien concreto y sencillo es destinarlo a sacar adelante la familia y a Cáritas para ayudar a los necesitados. Pero también está bien empleado si lo destinamos a abrir o acrecentar una empresa para crear puestos de trabajo, o si lo empleamos en abrir un colegio o una universidad que garantice una  buena educación humana y cristiana, o en hacer una escuela, un hospital, un pozo artesiano en un país de misión. Quien no tiene dinero, puede tener talento, habilidades, cualidades, ciencia, tiempo. Todos estos bienes hay que emplearlos para asegurarse el cielo. No será buen camino emplearlos para levantase un pedestal de fama, de prestigio o de lo que sea. El camino adecuado es emplearlo en servir a los demás, especialmente a los más necesitados y más prójimos.    

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (15.9.2019) - Ciclo

LA CORDURA DE VOLVER

“Trátame como a uno de tus criados”

*** El evangelio de hoy es la historia de un chico, rico y mimado, que pensó que, para ser libre y vivir la vida, la casa de su padre era un estorbo. Y se marchó. Eso sí, con los bolsos llenos de dinero. Sin embargo, no tardó en toparse con la realidad y experimentar hasta dónde se llega cuando se vive sin control y se malgasta lo que no se ha ganado. Es la historia del hombre moderno. Éste ha pensado que la libertad autónoma, las ideologías, la técnica, el progreso indefinido, la ciencia y tantas cosas le harían más hombre y le darían la felicidad. Pero a estas alturas del siglo veintiuno ya ha comprobado que el placer sexual, la droga, las  ideologías, el llamado progresismo, la autonomía sin responsabilidad no le han hecho más hombre ni le han llevado a un mundo feliz. Al contrario, le han ido despeñando por una pendiente cada vez más peligrosa y hacia un horizonte en que el que la vida se le hace insoportable. Al comprobar realidades tan desoladoras como una economía al margen de la persona, una carrera armamentística tan absurda que gasta lo que habría que emplear en construir la paz y erradicar el hambre, un afán  de dominio sobre los demás que avasalla a los pobres y a los débiles, percibe con creciente claridad que ese camino no es el correcto. El chico rico y mimado del evangelio cuando advirtió su postración humana, moral y económica tuvo un arranque de sinceridad y humildad y se dijo a sí mismo: “Me he equivocado, volveré a mi casa, pediré perdón a mi padre y le diré que no me reciba como hijo pero que me acoja como un jornalero”. Y lo puso en práctica. No sé si el hombre moderno está dispuesto a hacer este acto de sinceridad y humildad y desandar el camino que emprendió hace algunos siglos. Haría bien en escuchar aquel grito, fruto de una experiencia larga y dolorosa, que el gran sabio y santo Agustín de Hipona dejó en el libro de sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón no descansará hasta que repose en Ti”. Si lo hace, se encontrará con lo mismo que el chico del evangelio: los brazos de su padre que, además darle un abrazo de amor, le harán feliz.          

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (28. VII. 2019) - Ciclo C

HIJOS, NO LORITOS

“Danos el pan de cada día”

***** Las palabras mueven y los ejemplos arrastran. El evangelio de este domingo confirma esta expresión tan castiza de nuestra tierra. Los apóstoles han visto que Jesús, su Maestro, reza y lo hace con frecuencia. Quieren imitarle. Pero no saben. Sólo les queda el recurso de acudir a él y decirle que les enseñe. Jesús no se hace de rogar.   Pero no les da una lección teórica sobre la oración. Su pedagogía va por otros caminos: les enseña cómo reza él. A diferencia de los fariseos y los hipócritas, que se hartan de decir palabras pero no hablan con Dios, él es parco en palabras. Pero sus palabras son de enorme densidad y las pronuncia en el único clima hábil para rezar. Ese clima no es otro que el de la conversación de un hijo con su padre. Esta es la gran novedad de la oración de Jesús. De hecho, en los pocos casos en los que los evangelistas nos trasmiten cómo rezaba Jesús, el clima es siempre el mismo: “Te doy gracias, Padre, porque escondiste esto a los sabios y entendidos y se lo diste a conocer a los pequeños”,  “Padre, si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”, “Padre, perdónales que no saben lo que hacen”, “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Por eso, se comprende bien que sea éste el modo de rezar que enseñe a sus apóstoles y a nosotros: “Padre nuestro, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestros ofensas como nosotros perdonamos, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del maligno”. La palabra “padre” es la que da color y sentido a todo lo demás. Si Dios es nuestro Padre, nosotros somos hijos suyos y hermanos unos de otros. Por eso, todo lo que pedimos es siempre en plural; danos, perdónanos, no nos dejes caer, líbranos. ¡Qué resonancias y qué consecuencias tan consoladoras para un sacerdote, una madre, un profesor, un amigo que reza! Vale la pena saborear el Padre nuestro y no limitarnos a decir palabras como loritos o cintas grabadas! Un Padre Nuestro dicho con amor, despacio  y repetido con la sencillez de un niño pequeño es una oración maravillosa.         

Domingo 16 del Tiempo Ordinario (21. VIII. 2019) - Ciclo C

¿TRABAJAR O REZAR?

“María ha elegido lo mejor”

***Estamos en Betania, un pueblecito próximo a Jerusalén. Jesús ha venido a descansar en casa de las hermanas Marta y María. Se ha presentado con sus doce discípulos. Las dos hermanas están encantadas de tenerle de nuevo en casa. Marta se ha puesto de inmediato a preparar la comida. No es sencillo, porque hay que preparar para quince. Y comienza a trajinar. María, en cambio, prefiere estar con Jesús y escucharle. Marta, que va y viene, al principio se ha sonreído pero pronto comienza a ponerse nerviosa. En un momento en que se siente desbordada, estalla y le dice confiadamente a Jesús: “Dile a María que me eche una mano”. La propuesta de Marta parece lógica. Sin embargo, Jesús no lo ve así, y le responde: “Marta, Marta, andas inquieta con muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha elegido lo mejor”. ¡Falso dilema sería contraponer acción y contemplación, trabajo y oración, vida activa y vida contemplativa! Hay que trabajar mucho y bien. También hay que rezar mucho y bien. Pero el dilema persistiría si metemos al trabajo en un cajón y a la oración en otro, convirtiéndolos en dos raíles en los que no se entrecruza nunca nuestro día a día. Es preciso realizar una síntesis, en la que la oración nos lleve a trabajar con más amor y empeño y el trabajo nos empuje al diálogo amoroso con Dios. No es fácil ni se logra a base de fuerza de voluntad y de tesón. Es una gracia que hemos de pedir al Espíritu Santo y, con su ayuda, luchar un día y otro para conseguirlo. No es preciso irse a un convento ni a una cartuja, pues también en esos lugares se puede estar en babia. Porque la campana suena igual aunque la cambien de sitio, dado que no suena el sitio sino la campana. De todos modos, vivimos en un mundo hiperactivo, hiperestresado, hipermovido. Necesitamos más calma, más silencio, más tranquilidad, más diálogo interpersonal, valorar más el ser que el hacer. Necesitamos ser más personas y menos robots, más contemplativos y menos activos. En una palabra: necesitamos escoger lo mejor: estar siempre a la escucha de Dios y dialogar con él. También cuando trabajamos.           

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (7.VII.2019) - Clcio C

GRAN LECCIÓN PARA LA IGLESIA DE HOY

“La mies es mucha y los obreros pocos”

**** Importantísimo evangelio el de este domingo. Los técnicos lo llaman “el evangelio de la misión”. Efectivamente, Jesús envía a setenta y dos discípulos a anunciar la llegada del Reino de Dios. Setenta y dos es un número simbólico: significa que la misión de Jesús es universal, todas las naciones de la tierra. Esto acontecerá después de la resurrección. Pero ya desde ahora ha de quedar claro que el Reino de Dios no ha llegado sólo para los judíos sino para todos. En ese envío, Jesús traza los rasgos de los misioneros de todos los tiempos y latitudes. En primer lugar, no son dueños de la mies sino criados del dueño de esa mies. Por eso, no predicarán su mensaje sino el de Jesús. Aunque ”la mies es mucha y los obreros pocos”, lo primero que les ordena no es matarse a trabajar sino rezar: rezar al dueño de la mies que envíe más obreros. En una carta que el Papa ha escrito al pueblo alemán hace unos días para impulsar la misión en aquella nación, les dice: “Una de las primeras y grandes tentaciones a nivel eclesial es creer que las soluciones a los problemas presentes y futuros vendrán exclusivamente de reformas puramente estructurales, orgánicas o burocráticas (…) Se trata de un nuevo Pelagianismo”. Y les añade: “Necesitamos oración, penitencia y adoración. No como actitud mojigata, pueril o pusilánime sino con valentía para abrir la puerta y ver lo que normalmente queda velado por la superficialidad, la cultura del bienestar y la apariencia”. Jesús indica a sus enviados que les manda a predicar, no a estar pendientes de la comida, el vestido y el dinero. Les advierte, además, que les envía para algo difícil: ser corderos en medio de lobos, es decir, ir con las amas del amor y de la paz, no con las de la violencia. Y deben ser conscientes de que no todos los recibirán con los brazos abiertos. Encontraran acogida y rechazo. Ellos realizaron lo que Jesús les había ordenado. ¿Cuál fue el resultado? “Volvieron muy contentos” por los frutos logrados. De todos modos, Jesús les puntualizó que debían estar contentos, sobre todo, porque sus nombres estaban inscritos en el libro de la vida. El verdadero contento es ir al cielo.