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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (30.VI.2019) - Ciclo C

SEGUMIENTO Y RADICALIDAD

“Te seguiré a donde vayas”

*** Estamos en el camino de Galilea a Jerusalén. Un camino  no sólo físico sino teológico, pues no se trata sólo de un recorrido cuya meta es la ciudad santa sino de un itinerario en el que Jesús va con decisión a cumplir la misión que tiene encomendada: entregar su vida en la cruz para salvar a los hombres, y en el que marca las condiciones para quien quiera seguirle. Hoy son tres personas las que se ven implicadas. En un caso, la decisión arranca de ella misma: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le responde: “Las zorras tienen madrigueras y las aves nidos. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Era como decirle: si quieres seguirme, tendrás que llevar esa misma vida. En los otros dos casos, la iniciativa parte de Jesús: “sígueme”. Ahora mismo. Las dos ponen condiciones: “te seguiré cuando haya muerto mi padre”; “te seguiré, pero después de despedirme de los míos”. Jesús no acepta las condiciones. Ignoramos cuál fue la respuesta. Lo que queda patente es que a Jesús hay que seguiré de acuerdo con lo que él diga. Son tres llamadas, tres vocaciones. No son las únicas. Ni siquiera las ordinarias. Cuando pasó por el lago de Genesaret, había muchos pescadores pero sólo llamó a cuatro. Al resto los dejó con sus barcas, redes y familia. Ahora, mientras sube a Jerusalén, se encuentra con mucha gente, pero sólo llama a éstos. Es lo mismo que hace con nosotros. A la inmensa mayoría les dice que se queden donde están. A algunos les llama al sacerdocio, al convento o a vivir el celibato y la virginidad en medio del mundo. Quizás alguno tenga ya decidido el día de la boda y comprado el piso, como le pasó a un amigo mío, a quien Jesús le pidió que se hiciera sacerdote. Quizás acaba de sacar el título de ingeniero, médico o periodista y Dios le dice: lo tuyo es ser monja o fraile. Sin embargo, a todos: sacerdotes, monjas y seglares pide que le sigamos con radicalidad. También a los casados, a los jóvenes, a los profesores y a los obreros de una fábrica o taller. Porque a todos nos llama a ser santos. Y ser santo es incompatible con el aburguesamiento o la religión a la carta. Seguir a Jesús exige no ponerle condiciones.   

Santísima Trinidad (16.VI.2019) - Ciclo C

UNA REALIDAD QUE NOS SUPERA

“Él os lo enseñará todo”

***** ¿Cabe el mar en un vaso de agua? ¿Llega nuestra vista hasta Madrid? Si el vaso y nuestros ojos tuvieran inteligencia y dijesen: “El mar no existe, porque no cabe en mí” o en Madrid ahora no hay sol porque yo no lo veo,  nosotros concluiríamos: desvarían. Pues bien, muchos aplican este modo de razonar cuando hablan de Dios. Como ellos no pueden comprenderle, porque son limitados y Dios es infinito, concluyen: “Dios no existe”. En particular hablan así cuando se refieren a la Santísima Trinidad. Si es el misterio de los misterios y nadie lo hubiera pensado si Dios mismo no lo hubiese revelado, ¿cómo va a explicarlo nuestra pobre inteligencia, tan limitada y pequeña, incluso en quienes son superdotados? Los cristianos sencillos pero practicantes juegan con ventaja en este terreno. Ellos saben que, al poco de nacer, fueron bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando hacen la señal de la Cruz, dicen con devoción: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Otro tanto les ocurre cuando rezan “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”. En la misa  el sacerdote les saluda desde el altar con estas palabras: “La gracia de nuestro Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos vosotros” y los despide bendiciéndoles en el nombre de las tres Personas de la Trinidad. En el momento cumbre de la Eucaristía, la plegaria eucarística, el sacerdote pide al Padre que envíe al Espíritu Santo para que convierta el pan y el vino en el Cuerpo  y la Sangre de Cristo y haga de los que comulguen un solo Cuerpo de Cristo. Por otra parte, todos ellos saben que la Encarnación del Verbo en las entrañas de María fue obrada por el Espíritu Santo y anunciada de parte de Dios Padre por el ángel. Y que en el bautismo de Cristo, el Padre llama Hijo a Jesucristo y el Espíritu Santo desciende sobre él en forma de paloma. Hoy día de la Santísima Trinidad digamos con fe y amor muchas veces: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo” y “Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo”. 

Pentecostés (9.VI.2019) - Ciclo C

PENTECOSTÉS NO ES UN HECHO PUNTUAL

“Él os lo recordará todo”

****El mejor comentario del evangelio de este domingo son los cientos de miles de comunidades cristianas de los cinco continentes que celebran la solemnidad de Pentecostés. Al cabo de veinte siglos, todas esas comunidades se reúnen en torno a la Palabra que Jesús entregó al Espíritu Santo para que nos la recordase siempre y cada vez mejor. En el extremo opuesto a Babel, nosotros somos de diversos países, de muchas culturas, hablamos mil  y una lenguas. Pero nos entendemos de tal modo, que un burgalés que participe hoy en una eucaristía en Singapur, el Líbano, Corea del Sur, Alemania o Kenia, participará en el mismo rito y comunión que los nativos. Y cuando, en ella, se proclame el Evangelio, no será un evangelio propio de aquel país sino el mismo que se oirá en todas las parroquias de nuestra geografía. No podía ser de otra manera. Porque las promesas de Jesús se cumplen siempre. Y Jesús prometió a los apóstoles –como recoge el evangelio de hoy- que el Padre les enviaría en su nombre otro Consolador para que “os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que yo os he dicho”. Ciertamente han pasado muchas aguas por debajo de los puentes de veinte siglos de historia de la Iglesia fundada por Jesucristo sobre la roca de los apóstoles. Pero ninguna de ellas, por más que en tantas ocasiones han bajado muy turbias y revueltas, han sido capaces de sepultar “lo que Él nos enseñó”. Más aún, en lugar de destruirlo, sirvieron al Espíritu Santo no sólo para impedir su fosilización sino para alumbrar sus virtualidades ocultas y fecundar la vida de los hombres y mujeres de ese nuevo momento histórico. Y así seguirá ocurriendo. Porque Pentecostés no es un acontecimiento puntual de la vida de la Iglesia. Es una realidad permanente. El sacramento de la Confirmación juega aquí un papel de primerísima importancia. Porque es el sacramento específico del Espíritu, el sacramento que perenniza Pentecostés. Así lo asegura el obispo cuando dice al bautizado, mientras urge con el Santo Crisma su frente: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.    

Ascensión del Señor (2.VI.2019) - Ciclo C

AUSENCIA Y PRESENCIA

“Seréis mis testigos”

*****Estamos en el monte de los Olivos. Jesús ha venido aquí con sus apóstoles para despedirse oficialmente de ellos. Desde el día de su Resurrección está junto al Padre, pero le han seguido viendo reiteradamente. A partir de hoy, no volverá a suceder. Seguirá a su lado, pero de un modo nuevo. Poco antes les ha dado su última catequesis. Les ha recordado que él era el Mesías anunciado por las Escrituras. No el mesías de corte político, materialista y glorioso que  ellos y la gente esperaban. El verdadero Mesías tenía que padecer mucho, ser despreciado y humillado, morir en una cruz y, luego, resucitar. Ese era el precio que había que pagar para salvar a los hombres y abrirles las puertas del Cielo. Ellos, y sólo ellos, eran testigos de todo esto. Porque sólo ellos le habían visto resucitado. Por eso, ellos y sólo ellos podían ser sus testigos, pues lo que debían anunciar y comunicar a todos era esto, no una doctrina personal ni, mucho menos, unas teorías muy bien elaboradas. Lo suyo era confesar que Jesús había sido hecho Señor y Cristo, porque había muerto y resucitado para salvar a los hombres. Era, por tanto, el único Salvador. Nadie más. La encomienda era colosal, pero no tenían que temer. Ciertamente, eran bien poca cosa. Pero él les enviaría el Espíritu que el Padre había prometido. Y con la presencia y acción del Espíritu realizarían su cometido en todas partes. De momento tenían que quedarse en Jerusalén hasta que le recibieran. La catequesis había sido breve pero intensísima. Ahora llegaba la hora de decirles adiós. Y elevándose, les bendice y les colma de alegría. Ha ido al cielo, no en sentido cosmológico sino teológico. Ha ido “junto al Padre”, en esa magnitud donde se ve a Dios directamente. Los apóstoles cumplieron su cometido. Nosotros hemos recibido y acogido su testimonio. Por eso nos hemos convertido en los testigos de Jesús en el hoy y ahora del mundo y de la Iglesia. ¡Ilusos de nosotros si pretendemos serlo sin la ayuda del Espíritu! Por eso, desde hoy estaremos con María en vigilia y oración, esperando Pentecostés. Entonces seremos capaces de proclamar que Jesús es “el Señor”.              

Domingo 6 de Pascua (26.V.2019) - Ciclo C

EL GRAN MAESTRO Y CONSOLADOR

“No se acobarde vuestro corazón”

*****Estamos a quince días vista de Pentecostés, con el que se cierra el tiempo de Pascua, y eso se nota en los textos que nos presenta la Iglesia. Si hasta hoy el Padre y el Hijo han sido los grandes protagonistas, hoy se les une un tercero: el Espíritu Santo. Él cerrará el proceso de salvación que el Padre proyectó, el Hijo realizó y el Espíritu Santo lo actualizará a lo largo y ancho de la historia. Pero antes tiene que ocurrir algo terrible y desconcertante: la muerte en Cruz del Hijo, porque él cumple “fielmente la misión que le ha encomendado” el Padre. La muerte será pasajera, pero no por ello dejará de provocar en sus discípulos el indecible dolor de la separación, el temor al desamparo y un profundo abatimiento. Pero no tienen que perder la paz ni acobardarse. De buena gana les ahorraría todo este dolor y tristeza, pero es necesario que entregue su vida por ellos y por todo el mundo, para que pueda subir al Padre y enviarles un “consolador” y un gran maestro: el Espíritu Santo. “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Él ha hecho todo lo que estaba en su mano: ha convivido con ellos día y noche durante tres años, les ha dado la posibilidad de contemplar sus milagros, les ha enseñado con mil ejemplos y parábolas para qué había bajado del Cielo y para qué les había elegido. Pero ellos, apenas habían entendido nada. Sus esquemas mentales estaban en otro mundo: en el mundo del éxito, del triunfo y de la gloria humana. Contra ese muro chocaba y rebotaba su enseñanza y sus milagros. Necesitaban que alguien culminara lo que él había iniciado. No les enseñaría “otra” doctrina, no realizaría “otra” salvación, no les daría “otra” misión. Su terea sería hacerles presente de nuevo y ayudarles a comprender “todo lo que yo os he dicho” y  hecho. Dentro de quince días, lo que hoy es promesa se hará realidad y los apóstoles comprenderán la misión de su Maestro y la suya. Y saldrán mundo adelante para proclamarla y actualizarla en todas partes. Qué bien nos vendría repetir ya desde hoy: “Espíritu Santo, ven, ven, ven”.

Domingo 5 de Pascua (19.V.2019) - Ciclo C

LA GRAN REVOLUCIÓN  

“Os doy un mandamiento nuevo”

****“Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Éste es el primer mandamiento. El segundo es éste: Amarás al prójimo como a ti mismo”. Así respondió Jesús al doctor de la Ley que le había preguntado cuál era el primer mandamiento. El mandamiento del amor al prójimo existía, por tanto, desde el Antiguo Testamento. ¿Por qué, entonces, Jesús, en el momento de dejar su testamento a los apóstoles, llama “nuevo” al mandamiento de amarse unos a otros? Lo dice por las palabras que añade: “Amaos como Yo os he amado”. Aquí está la novedad: amarnos unos a otros como él nos ha amado. Ahora que estamos en Pascua tenemos a flor de piel cómo él nos ha amado: como Buen Pastor que ha dado la vida por sus ovejas. Por todas. Por las pobres, como los pastores de Belén, y las ricas, como Zaqueo; por las sabias, como Nicodemo, y por las ignorantes, como las masas que le seguían; por los hombres, como Lázaro, y por las mujeres, como la Samaritana; por los judíos, como Jairo, y por los paganos, como el Centurión. Por todos. Incluso por los enemigos que le crucificaban o el buen ladrón que se arrepentía en la cruz. Ésta la revolución que ha introducido Jesucristo. La verdadera revolución no es la lucha de clases, el odio, los enfrentamientos. La revolución la hará el amor llevado al extremo de dar la vida por los demás. También por los que nos quieren mal y nos persiguen con la lengua o con los hechos. “Mirad cómo se aman”, decían los paganos de los primeros siglos, cuando veían que los ricos se sentaban en la misma mesa que los pobres, que los esclavos participaban en la misma Eucaristía que sus amos y que los ahogados por el mar eran recogidos en las playas y enterrados con piedad, fuesen quienes fuesen. Pero este amor es imposible de vivir con nuestras propias fuerzas. Necesitamos que Jesús nos dé su mismo amor para hacer posible lo imposible. Por eso y para eso comulgamos. Una pregunta es imprescindible: ¿amo yo así a los que viven conmigo, a los que trabajan conmigo, a los que son amigos míos y a los que no me pueden ver?           

Domingo 4 de Pascua (12. V. 2019) - Ciclo C

LA SEGURIDAD DE UNA AMISTAD

“Nadie las arrebatará de mi mano”

**** Quizás sea hoy la única ocasión en que el evangelio es tan breve que permite trascribirlo en su integridad. Dice así: “Mis ovejas escuchan mi voz y Yo las conozco y ellas me siguen; y Yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”. A pesar de su extrema brevedad, este evangelio tiene una riqueza inmensa. Tres son las ideas principales que desarrolla: la relación que existe entre el pastor y las ovejas, entre él y nosotros; lo que él hace por sus ovejas, por nosotros, y lo que nosotros podemos esperar de él; y, finalmente, que nosotros somos sus ovejas porque el Padre se las ha dado y éste tiene un poder superior a todos nuestros enemigos. La relación entre el pastor y las ovejas es una relación de amor, profunda e íntima. No es protocolaria ni fría ni superficial. Él las habla y ellas le escuchan. Él marca el paso y ellas le siguen. Surge así una relación de amistad recíproca y mutua confianza. De esta amistad, las ovejas podemos esperarlo todo de Jesús: tendremos la vida eterna, no pereceremos para siempre y nadie podrá robarnos su amistad y su ayuda. Nos dará la vida eterna, porque tiene poder para alejar todos los peligros que nos asalten y porque tiene poder incluso para liberarnos de nuestra muerte, Y así lo hará al final de los tiempos, cuando nos resucite y nunca más volvamos a morir sino que vivamos para siempre. Qué fortuna la nuestra, si dejamos que él sea nuestro buen Pastor. Además, qué consuelo lo que añade para terminar: Mis ovejas, nosotros, me las ha dado el Padre, que es más fuerte y poderoso que todos nuestros enemigos interiores y exteriores. Estas palabras, que fueron siempre un ancla segura para la esperanza y la alegría de los cristianos, lo son hoy de modo muy especial. Porque ahora aúllan con especial intensidad los lobos de dentro y de fuera y la tormenta ruge con fuerza de una galerna. ¡Serenos y tranquilos! Dios está de nuestra parte, el Pastor cuida de sus ovejas. Nada hay que temer. Volverá a lucir el sol de la paz y de la estima.     

Domingo 3 de Pascua (5.V.2019) - Ciclo C

UN LARGO ITINERARIO DE FE

“Apacienta mis ovejas”

*****Está amaneciendo en el lago de Genesaret. Pedro, Juan y otros cinco apóstoles vuelven a puerto, tras una noche en la que no han pescado nada. En la orilla se recorta la imagen de un desconocido que les pregunta: ¿Tenéis pescado? Cuando les dice que echen la red a la derecha, obedecen y, efectivamente, hacen una redada tan grande, que las barcas están a punto de hundirse. Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, intuye certeramente quién es y le dice a Pedro: “¡Es el Señor!” Cuando los sacerdotes y seglares salimos a pescar almas en el ancho mar del mundo, si vamos sólo con los aparejos de nuestras cualidades, talentos, planes y proyectos no pescaremos nada. Tales aparejos hay que usarlos, pero de nada valdrán si no estamos profundamente unidos al Señor por el amor y le dejamos que sea él quién nos marque el terreno y el modo de nuestro quehacer. Al escuchar Pedro que es el Señor, su carácter impetuoso y su amor a Jesús le hacen olvidar la pesca y se lanza al agua para llegar de inmediato. Cuando llegan todos, Jesús les invita a comer el pescado que ha asado y les reparte el pan. Pan y peces fueron muy pronto símbolos de la Eucaristía. Terminada la comida, Jesús pregunta a Pedro: “¿Me amas?” El de hoy ya no es el Pedro presuntuoso que hace cuatro días alardeaba amarle más que los demás y cuya presunción le hizo darse bruces con una triple negación a su Maestro. Ahora, curado con la humildad, ya no se compara con nadie. Simplemente responde: “Sí, te amo”. Lo mismo hará cuando Jesús le pregunte de nuevo. Pero al escuchar la pregunta por tercera vez, recuerda la noche de sus traiciones y, entristecido, responde: “Tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero con el amor con que los hombres amamos”. Pedro ha tenido que hacer un largo recorrido de fe para llegar aquí y poder escuchar: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”, pastorea mi Iglesia: el seguimiento inicial a Jesús en este mismo lago hace tres años, la reprimenda de Jesús en Cesarea de Filipo y el arrepentimiento después de haber negado a Jesús. Es un estímulo para nosotros saber que nuestro seguimiento de Jesús no es siempre lineal ni corto.                

Domingo 2 de Pascua (28. IV. 2019) - Ciclo C

LA ALEGRÍA DE SER CRISTIANOS

“Les mostró las llagas”

*** Estamos en el Cenáculo de Jerusalén al atardecer del primer domingo de la historia. Los discípulos de Jesús están allí con las puertas bien cerradas, porque tienen miedo a los judíos. El día ha sido movido, pues muy de mañana vino María Magdalena diciendo que Jesús no estaba en el sepulcro y que le había visto vivo. Más aún, que le había dado el encargo de decírselo. Pedro y Juan habían ido de inmediato y encontrado las cosas como ella había dicho pero a él no le habían visto. Por eso, siguen todos juntos y llenos de tristeza e inquietud. Pero esto está a punto de acabar. Jesús, en efecto, se hace presente, se pone en medio de ellos y les saluda con el saludo de todos conocido:  Shalom, la paz esté con vosotros. Tienen bien merecido un reproche de alto voltaje, porque han sido unos cobardes y, en algún caso, traidores. Pero el estilo de Jesús no es la bronca ni la reprimenda. Su estilo es la misericordia. Él sabe que, en el fondo, aquellos discípulos –como todos los que vengan detrás- son unos pobres hombres y si le han dejado no ha sido tanto porque no le quieran sino porque están llenos de debilidad. Mientras vivió con ellos le trató como un padre y hasta les llamó “hijitos míos”. Ahora les va a tratar así, como “hijitos”. Por eso les muestra sus manos y pies llagados, para que comprueben que es el mismo que vieron clavado en la cruz y que esas son sus credenciales. Ellos reaccionan como lo hubiéramos hecho nosotros: llenos de alegría. Jesús les ha devuelto el sentido de su vida y de su misión. En adelante, ya no huirán de él aunque les cueste la vida, como, de hecho, les costará a todos sin excepción. Pero reaccionarán así no por su valor sino porque les enviará el Espíritu Santo para que puedan continuar en el mundo la obra que él ha comenzado con su muerte y resurrección. Paz, alegría y entrega a la misión de anunciar a Jesucristo es lo que necesitamos ahora quienes somos discípulos suyos. Paz, porque todo el mundo parece tener derecho a insultarnos y matarnos. Alegría, porque el horizonte está nublado muchas veces. Entrega a la misión, porque ahora el mundo nos necesita más que nunca.       

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (14. IV. 2019) - ciclo C

LA GRAN SEMANA

“¡Hosanna al Hijo de David!”

*** Semana mayor, Semana santa. Así llamamos a la semana que hoy comienza. Decimos bien. Porque en ella acontecen los más grandes y santos misterios de nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesucristo y, con ellas, la muerte al mundo viejo y caduco y la resurrección del mundo que habíamos perdido en el mismo umbral de la Humanidad. Todo lo que acontece en ella es “grande”. Hay grandes traiciones, como la de Judas, y grandes fidelidades, como la de la Virgen al pie de la Cruz. Grandes cobardías, como la de Pilato, y grandes audacias, como la de Nicodemo y José de Arimatea. Grandes negaciones, como la de Pedro, y grandes confesiones, como la del Centurión del Calvario. Grandes amores, como el de la Magdalena, y grandes odios, como el de Caifás que instiga a la gente a pedir la muerte de Jesús. Grandes triunfadores, como Jesucristo, que reconquista toda la humanidad pecadora,  y grandes derrotados, como el demonio, que pierde su dominio sobre el pecado y la muerte. Grandes apariencias, como la del Crucificado, que parece un vencido y es en realidad un gran triunfador, y la el demonio, que parecía el gran vencedor y era en realidad el gran vencido. Pero, por encima de todas estas cosas “grandes”, hay una que prevalece sobre todas ellas: el amor infinitamente misericordioso de Dios Padre hacia nosotros. San Pablo lo expresó con enorme fuerza y hondura: “Dios (Padre) demuestra su amor hacia nosotros, porque siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados” (Rm 5, 10). San Juan lo dice con idéntico vigor y profundidad: “Tanto amó Dios (Padre) al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna. Pues Dios (Padre) no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17). Todavía san Pablo, en un tono más personalizado, sintetiza así: ”Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gá 2, 20). Nadie puede decir que Dios no le ama, que Dios no ha muerto por él. ¡Abrámonos a ese amor misericordioso, que es nuestra salvación!                 

Domingo 5 de Cuaresma (7.IV.2019)- Ciclo C

VETE Y NO VUELVAS A PECAR

“¿Nadie te ha condenado?”

**** Estamos en el Templo de Jerusalén. Jesús ha venido desde el Monte de los Olivos y está  rodeado de mucha gente. Sus enemigos se frotan las manos, porque es una ocasión de oro para comprometerle y hacerle desdecir de su trato amistoso con los pecadores. Por eso, no se acercan a discutir con él sino a presentarle un hecho ante el cual no caben subterfugios: “Esta mujer –le dicen- ha sido sorprendida en fragante adulterio. La Ley de Moisés manda apedrearla. ¿Tú qué dices?” Efectivamente, la ley mosaica establecía esa pena para el hombre y la mujer que cometían ese gravísimo pecado. Si Jesús responde que no hay que apedrearla, se sitúa contra le ley que tanto veneraba el pueblo. Pero si decía que había que castigarla con la pena de muerte, echaba por tierra su modo de comportarse con los pecadores. En ambos casos quedaba desprestigiado ante el pueblo y aparecía como un falso maestro. La pregunta provocó una gran tensión: en ellos, que esperan ansiosos la respuesta; en la mujer, que teme por su vida; en el público, que ve que la respuesta puede afectarle. Jesús no contesta. Se inclina sobre el suelo de arena y se pone a escribir. Por fin toma la palabra y, tras mirar a sus interlocutores, sentencia: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. La verdad es que él era el único que podía tirarla, porque era el único que no tenía pecado. Pero, en vez de coger una piedra, volvió a inclinarse y a escribir. Mientras tanto, sus enemigos se van escabullendo, empezando por los más viejos. Jesús vuelve a levantarse y ve que está sólo la mujer. Dirigiéndose a ella, le dice: “¿Nadie te ha condenado?” -Nadie, Señor. “Pues yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar?” El que de todos los que lean este comentario esté sin pecado, que no vaya a confesarse. El que no se haya apartado de Dios por el robo, la injusticia, el adulterio, la muerte del no nacido o del enfermo o anciano terminal, la blasfemia, el egoísmo, la mentira, el orgullo, la ira, la pereza, la vanagloria y un largo etcétera, que no vaya a confesarse. ¡Qué hermoso sería que todos vayamos para volver a escuchar al Señor: “Vete en paz y no vuelvas a pecar”!                 

Domingo 4 de Cuaresma (31.III.2019) - ciclo C

¿CON EL PADRE O CON EL HIJO?

“Estaba perdido y lo hemos encontrado”

*** Jesús no escribió libros de teología ni dictó conferencias. Sin embargo ningún teólogo ha escrito unas palabras tan sencillas, bellas y  profundas sobre el amor misericordioso de Dios como las que él dijo en la que llamamos la perla de las parábolas: el hijo pródigo, aunque sería más exacto llamarla “del padre” del hijo pródigo. La sabemos todos de memoria. Incluso los que se han separado de la fe y alejado de la Iglesia y no la escucharán en el evangelio de este domingo. Es así porque, en el fondo, es el triste retrato de todos nosotros. De los que viven como calaveras y de los que todo lo hacen bien o piensan que todo lo hacen bien. Los calaveras están representados en el hijo menor, que se las daba muy felices lejos de la casa de su padre, pero que, al encontrarse con la dura realidad de haber malgastado su hacienda y su honra, sintió la garra de la miseria física y moral, y la añoranza de la casa de su padre, donde los jornaleros se hartaban mientras él se estaba muriendo de hambre. Luego, en un arranque de sensatez y humildad, decidió volver y volvió. Pero lo  hizo con la idea de que su padre no le admitiera como hijo sino como un criado. Para su fortuna, su padre era un padrazo y no sólo no le recriminó su mala conducta sino que dio un gran banquete porque había vuelto a casa. Lo que menos podía pensar el padre es que el hijo mayor, que siempre había sido un gran trabajador y buen hijo, se enfadase por su comportamiento de padre y se negase a compartir la fiesta. En realidad también él se había ido de casa, porque, aunque vivía en ella, no había descubierto qué era ser padre y qué significaba ser hermano.  La parábola de Jesús es muy clara: el Padre que perdona y reconcilia es Dios, el hijo pródigo son los pecadores y el hijo mayor los que todavía no han descubierto que ser cristiano es algo más que cumplir unas reglas y normas, pues comporta saberse y sentirse hijo de Dios y dejarse perdonar por él en el sacramento del perdón. Avanza la Cuaresma. Avanza el tiempo en que Dios nos invita a confesarnos. Avanza el tiempo de pedir que los pecadores vuelvan a Dios, se confiesen y recobren la paz y la alegría.      

Domingo 3 de Cuaresma (24.III.2019) - Ciclo C

FRUTOS DE CONVERSIÓN

“Si no, la cortas”

*** El evangelio de este domingo se resume en una sola frase: “Necesitáis convertiros”. Se la dijo Jesús a sus interlocutores, remitiéndose a tres hechos: la muerte de 18 personas por Pilato mientas ofrecían un sacrificio en el Templo, el derrumbamiento inesperado de una torre que aplastó a muchos y un hacendado dispuesto a corta una viña que no daba fruto a pesar de sus muchos cuidados. Era opinión común entonces pensar que los sucesos narrados y similares eran un castigo de Dios a los pecadores. Tomando pie de esta falsa opinión, Jesús dice a sus oyentes: no penséis que ellos eran malos y vosotros sois buenos. No. Vosotros también sois pecadores y necesitáis conversión. Sois como la viña que no da fruto. Necesitáis convertiros. Convertirse es, en última instancia, desandar el camino y volver al punto de partida. En definitiva, dejar el pecado y volvernos a Dios. A poco sinceros que seamos, hemos de concluir con verdad que Jesús puede decirnos a cada uno de nosotros lo mismo: necesitas convertirte, confesar tus pecados, arrepentirte de ellos y comenzar una nueva vida. Sólo un ciego, un superficial o un soberbio piensa que él todo lo hace bien, que él no hace ningún pecado y que él no necesita confesarse. Ya lo advertía el evangelista san Juan en una de sus cartas: “Si alguno dice que no ha pecado es un mentiroso y la verdad no está en él”. No hay nadie que escape a la ley del pecado, no hay nadie que no necesite confesarse. Porque a todos se nos aplican aquellos versos de Lope de Vega: “Cuántas veces el ángel me decía//, alma asómate ahora a la ventana//. Y cuántas, hermosura soberana//, mañana le abriremos respondía//para lo mismo responder mañana”. Nunca hubo excusa para no confesarse. Ahora, todavía menos. Pensemos que el próximo viernes desde las 8 de la tarde hasta las 8 de la tarde del sábado, incluso durante la noche, habrá confesores en san Gil y San Julián de Burgos y en Santa María de Aranda, y de 6 de la tarde del viernes a 6 de la tarde del sábado en La Real y Antigua de Burgos y en San Nicolás de Miranda. Dios quiere darnos un abrazo de perdón. ¿Volveremos a  decir: “mañana”?                     

Domingo 2 de Cuaresma (17.III.2019) - Ciclo C

UN PASO DIFÍCIL PERO NECESARIO

“Es mi Hijo amado: escuchadle”

**** Estamos en la cima del monte de la Trasfiguración. Jesús ha venido aquí con sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Sabe muy bien que hablaba en serio cuando hace ocho días hacía la primera predicción de su muerte, pues antes de ser glorificado en su resurrección debía pasar por la deshonra, el rechazo, la humillación, el abandono y la muerte en cruz. Sus apóstoles, incluidos los tres de hoy, no lo entenderían y experimentarían que todo se les venía abajo. A ellos, como a nosotros, se les daba muy bien el triunfo, el éxito, la gloria humana y no entendían que los planes de Dios van por otro camino. Jesús lo sabe y quiere prepararles para el escándalo de la cruz y la gloria de la resurrección. Para ello, hoy les descorre, aunque sea momentáneamente, el velo de su divinidad. Por eso, en un santiamén su rostro se vuelve resplandeciente, sus vestidos deslumbran con una blancura sobrehumana, aparecen dos personajes sobresalientes del Antiguo Testamento: Elías y Moisés, y, sobre todo, se oye la voz del Padre que sentencia: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadle”. La gran lección está dada: pase lo que pase, incluso la muerte más cruel e ignominiosa, los apóstoles han de saber que Jesús es y seguirá siendo el Hijo amado del Padre, Hijo de Dios y Dios. Por eso, la humillación y la muerte no tienen la última palabra sino la penúltima. La última la tiene la resurrección. Pero la humillación y la muerte son paso obligado e ineludible. Los cristianos de hoy debemos tenerlo muy presente. Porque la Iglesia está sufriendo una humillación terrible y corremos el riesgo de asumir que todo se acaba, que la Iglesia no tiene futuro, que hemos sufrido un gran engaño y un espejismo. No es así. La Iglesia padece ahora un gran desprestigio por el mal comportamiento de tantos y tantas y el escándalo de algunos de sus pastores. Es más que probable que la tormenta continúe y que incluso arrecie. Es la hora de pensar que estamos en la antesala de la glorificación. Pasará la tormenta. Caerán las ramas que ya estaban secas. Los cristianos sufriremos una gran purificación y la Iglesia volverá a ser espejo límpido y luz de las naciones.           

Domingo 1 de Cuaresma (10. III. 2019) - Ciclo C

¿MITO O REALIDAD?

“A Dios adorarás y servirás”

*** El evangelio de este domingo es para gente mayor, pues afronta temas tan serios como el demonio, la tentación y el pecado. Se llama “de las tentaciones”, ya que Jesús aparece  tentado tres veces por el demonio. ¿Qué pretendía el demonio en los tres casos? Lo mismo que en la última tentación, cuando estaba muriendo en la cruz y le incitaba a bajar de ella: apartarle del cumplimiento de la voluntad de Dios. ¡Siempre la misma historia!, desde que en los albores de la humanidad engañó a nuestros primeros padres y destruyó el proyecto que Dios había trazado. No tiene otro objetivo. Lo suyo es lograr que nos apartemos de Dios y nos hagamos esclavos suyos, aunque haciéndonos creer que somos muy libres. Muchos piensan hoy día que el demonio es un cuento, un mito, un invento de generaciones ignorantes y crédulas. ¡Ojalá fuera así! Pero la experiencia nos confirma que el papa Francisco da en el clavo, cuando afirma que “no pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”. No. el demonio es “un ser personal que nos acosa” (Gaudete et exultate,n. 161). Y lo hace con tanta constancia y frecuencia que Jesús nos mandó pedir en el Padre Nuestro que Dios “nos libre de Maligno”. Precisamente, porque es nuestro enemigo nos envenena con el odio, la envidia, los vicios, la muerte de los inocentes, la explotación de los débiles y el hacernos creer que necesitamos a Dios o que los hombres y mujeres de hoy somos tan progresistas e inteligentes que estamos por encima del bien y del mal. ¿Qué hacer, por tanto, ante esta realidad tan peligrosa y enemiga? Seguir el ejemplo de Jesús y no hacer caso al demonio. Y ¿qué hacer para no hacerle caso? También lo recordaba el Papa en el documento citado: “Tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, el espíritu misionero”. La Cuaresma, que acabamos de estrenar, nos recuerda que la vida es un combate y un combate recio del que necesitamos salir victoriosos con la ayuda de Dios.           

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (24.II. 2019) - Ciclo C

UNA GRAN LOCURA

“Sed compasivos como vuestro Padre”

*** ¿Es posible que hermanos que, durante muchos años, han vivido juntos en la misma casa, comido en la misma mesa y trabajado en el mismo tajo puedan dejarse de hablar y desearse el mal? ¿Hay casos en los que una persona odie a otra por el mero hecho de tener menos dinero o menor rango social? Por desgracia, todos conocemos más de un caso. Tales reacciones son una derrota humana. Porque el hombre no es más hombre cuando devuelve mal por mal ni violencia por violencia. El hombre es más hombre cuando hace el bien al que le trata mal y devuelve una sonrisa al que le da una coz. Es verdad que nuestra condición humana nos inclina a devolver mal por mal y vengarnos de quien se porta mal con nosotros. Pero eso no justifica que respondamos con odio al que nos odia y maltrata.. Y, desde luego, no es cristiano reaccionar así. El evangelio de este domingo no admite la menor duda: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Quizás nos parezca una locura. ¡Lo es! Tan locura, que el amor a los enemigos hasta dar la vida por ellos es el distintito de los cristianos. Alguno puede pensar que no hay nadie que haga esto. No es verdad. Muchos mártires han muerto perdonando y rezando por quienes les iban a pegar un tiro en la nuca o atravesarles el corazón con una lanza. Cuando fue encarcelado el obispo Van Thuan, que luego sería cardenal, era maltratado por sus carceleros. Él llevó este comportamiento a su oración personal y vio que Dios le pedía que amase a quienes así le trataban. Y comenzó a hacerlo. El cabo de un tiempo, uno de ellos le preguntó por qué actuaba así. Él le contestó: “Porque  si no, no sería discípulo de Jesucristo” Una vez más el amor venció al odio, pues alguno de aquellos carceleros se hizo cristiano. Nadie negará que es difícil amar a los enemigos y hacer el bien al que nos hace el mal. Pero con la ayuda de Dios es posible. Además, si no perdonamos, ¿cómo podemos rezar el Padre nuestro, en el que pedimos que Dios nos perdone como nosotros perdonamos a los que nos ofenden?       

Sexto domingo del tiempo ordinario (17.II.2019)- Ciclo C

UN PROGRMA PARA SER FELIZ

“Dichosos los perseguidos”

*** Dinero, fama, juerga y poder. Estos son las cuatro grandes bienaventuranzas que promete el mundo actual al que quiera ser feliz. Ser rico, ser famoso, ocupar un alto puesto en la empresa o en la administración y disfrutar a tope de la vida es el martilleo constante de la televisión y de la publicidad, de modo descarado o subliminal. Y muchos se lo han creído tan a pies juntillas, que su máxima o incluso única aspiración en la vida es alcanzar esas metas. Si alguien saliera hoy a la tele a vender que para ser feliz hay que ser pobre, vivir de modo sencillo y no darse a la buena vida sería acribillado en las redes sociales y tachado no sólo de carca sino de loco. Jesucristo no tendría miedo a ninguno de esos epítetos y saldría a repetir lo mismo que dijo hace dos mil años, según el evangelio que los cristianos escuchamos en la misa de este sexto domingo ordinario: dichosos los pobres, dichosos los que ahora tenéis hambre, dichosos los que ahora lloráis, dichosos los que sois perseguidos por ser discípulos míos. Más aún, no dudaría en volver a pronunciar los cuatro ayes que consigna también el evangelio: ay de vosotros, los ricos; ay de vosotros los que estáis saciados; ay de los que ahora reís; hay de los que todo el mundo habla bien. Y lo diría porque él no puede engañarnos y la experiencia está su favor. Él, ciertamente, tiene en el horizonte no sólo esta vida terrena sino la vida eterna. Pero ya en esta vida resulta que son más felices los que siguen su programa que los que no lo siguen. La prensa de estos días hablaba de una italiana encumbrada en lo más alto de una multinacional que lo ha dejado porque no era feliz y ha encontrado la felicidad en una vida sencilla. Y de una famosa presentadora francesa que se jactaba de ser atea profesional y ahora ha encontrado a Dios y la felicidad tras una visita a Lourdes, donde había ido para reírse de la Virgen. Y  de un político español, uno de cuyos cuatro hijos tiene síndrome de Down, que no concibe su vida sin él y vive gozosísimo su matrimonio. Es la paradoja cristiana. Pero con ella ocurre como con los caramelos: hay que probarlos para saber cómo saben.            

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (10. II. 2019) - Ciclo C

NUEVA REDADA DE PECES

“Las barcas casi se hundían”

**** “Rema mar adentro y echa las redes para pescar”. Esta fue la indicación que Jesús dio a Pedro, después de haber subido a su barca y usarla para predicar desde ella a una gran muchedumbre. Era tanto como decirle: “Busca nuevos caladeros donde haya peces”. Hoy nos lo repite a mí y a ti: busca nuevos caladeros donde anunciarme, para que la gente me conozca y me siga. Hoy son “nuevos caladeros” los muchos padres que no piden el bautismo para sus hijos, los incontables  jóvenes que conviven sin estar casados, los matrimonios que ya se han roto o están en grave riesgo de hacerlo, los nuevos pobres del alma y del cuerpo, entre los que se encuentran quienes no tienen trabajo o lo tienen en situación sumamente precaria e inestable. Pero Jesús no sólo nos dice que busquemos nuevos caladeros de peces sino que echemos las redes para pescar. Y nos lo dice a todos los bautizados. No solo, casi diría que ni principalmente, a los sacerdotes y monjas sino a todos los que son discípulos suyos: padres a sus hijos, hermanos a hermanos, novias a novios, esposos a esposos, amigos a amigos, colegas de profesión a compañeros de trabajo. ¡Es hora de despertar de tanta rutina, de tanta cobardía para confesarnos cristianos, de tanto miedo a hablar de Dios! Quizás nos venga a la boca lo que le vino a Pedro: “Señor, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada”. Hemos trabajado con dedicación y constancia y … nada. No está mal este desahogo. Pero hemos de tener la humildad y docilidad de Pedro y añadir: “Pero, ya te tú lo quieres, echaré las redes”. Porque Pedro, que era pescador de oficio y sabía que la pesca no se hace a la luz del sol sino por la noche, y su experiencia de la noche anterior no podía haber sido más desastrosa, obedeció a Jesús y se encontró con “una redada de peces tan grande” que su barca y la de Juan, que vino a echarle una mano,  casi se hundían. La clave está aquí: escuchar a Jesucristo, hacer lo que él quiere que hagamos, dejar de contar sólo o principalmente con nuestras fuerzas y contar muchísimo más con las suyas. ¡Y habrá nueva y gran redada de peces!         

Cuarto domingo del tiempo ordinario (3.II.2019) - Ciclo C

¿UN DIOS A NUESTRA MEDIDA?

“Pero Jesús se alejaba”

****Seguimos en el mismo escenario del domingo precedente. Estamos, por tanto, en la sinagoga de Nazaret, donde Jesús ha dicho a sus paisanos que las palabras de Isaías que acababan de escuchar se referían a él: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.  Sus paisanos no lo dicen, pero lo piensan. Porque la pregunta “¿no es éste el hijo de José?”, llevaba esta retranca: “¿No le hemos visto ayudar a su madre en casa, trabajar en el taller, hacer los arreglos de nuestras casas, en una palabra, ser uno más de nosotros?. Incluso van más lejos en su interior, aunque no lo manifiesten con palabras: “Que haga aquí los milagros que dicen que ha hecho en Cafarnaún, y le creeremos”. Jesús lee su pensamiento y les sale al paso: “Sin duda me diréis el refrán: ‘Médico cúrate a ti mismo’. Haz aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Pero les apostrofó: “Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra”. Y para demostrárselo les recordó que Elías y Eliseo habían hecho dos milagros no a judíos sino a paganos: a una viuda de Tiro y a un general sirio. La reacción de los nazaretanos a estas palabras no pudo ser más violenta: “Se pusieron furiosos”, dice el evangelio. Y añade: le llevaron a empujones hasta “un barranco con ánimo de despeñarle” y matarle. No pudieron, porque todavía no había llegado la hora de Jesús y éste se les escabulló. ¿Cómo explicar que sus paisanos hayan intentado matar a Jesús? Por lo mismo que otros terminarían condenándolo a muerte: por haber tenido la osadía de decir la verdad. Ahora, por decir  que era el enviado de Dios. Más tarde, por decir que era Dios. ¡Imposible, no podía ser que fuera enviado de Dios y Dios el que había vivido treinta años como uno más! Dios tenía que ser distinto, grandioso, milagrero. En definitiva: no quisieron aceptar a Dios porque no coincidía con la idea que ellos se habían formado de Dios. Y, en vez de cambiar ellos, quisieron que cambiara Dios. Es la historia de tantos y tantas de hoy día: quieren que Dios sea como ellos quieren. Y como esto no es posible, rechazan a Dios. ¿Vale la pena aferrarse a los propios esquemas?        

Domingo 3 del Tiempo ordinario (27.I.2019) Ciclo C

LA MEJOR Y MÁS CORTA HOMILÍA

“Hoy se cumple lo que acabáis de oír”

*** Estamos en la sinagoga de Nazaret. Jesús conoce muy bien este lugar, porque aquí ha aprendido a leer y escribir. Sobre todo, aquí ha escuchado durante más de veinte años la lectura y explicación del Antiguo Testamento que hacía el archisinagogo sábado tras sábado. Es posible que alguna vez el archisinagogo le haya pedido leer la Escritura Santa. De todos modos, hoy no es un sábado cualquiera, porque Jesús ya no vive en Nazaret sino que ha salido a predicar por los pueblos y ciudades y viene aureolado por la fama de gran predicador. Por eso, el archisinagogo, sin dudarlo, le ha invitado a proclamar la lectura y hacer la correspondiente homilía. Jesús no declina la invitación. Al contrario, la acoge con suma complacencia, porque quiere revelar a sus paisanos quién es él realmente. Ellos han visto hasta ahora que era uno más entre los vecinos de Nazaret. Ha trabajado con José en el taller, ha charlado en la plaza con la gente, ha subido a Jerusalén a celebrar la Pascua como han hecho todos, en una palabra: ha vivido con la misma naturalidad y sencillez que el resto de los vecinos. Nadie podía sospechar que no era uno más. Sin embargo, la realidad era muy otra. Hoy lo van al escuchar de su misma boca. Efectivamente, el archisinagogo le da el libro de Isaías, lo desenrrolla y se topa con este pasaje: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, para anunciar el año de gracia del Señor”. Era un pasaje que habían escuchado otras veces. Lo que nunca habían escuchado era su verdadero significado. Jesús se lo explica en la mejor y más breve homilía que nunca se haya dicho: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús les acaba de revelar que él era el liberador y el salvador de Israel que ellos estaban esperando. Efectivamente, él era el Mesías anunciado por los profetas y los salmos. Jesús dirige hoy la misma homilía a cada uno de nosotros: Yo soy tu Salvador, el que da sentido a tu vida, el que es la única salvación para ti y para este mundo atenazado por tantas esclavitudes del alma y del cuerpo.