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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (20:I.2019) - Ciclo C

EL OTRO GRAN MILAGRO

“Haced lo que él os diga”

**** Estamos en Caná de Galilea, cinco kilómetros al norte de Nazaret. Se celebra una boda, tan populosa como todas las de Oriente. Quizás son parientes de Jesús, porque está invitada su Madre y él se presentará más tarde con sus discípulos. Como buena ama de casa, María se ha percatado de que comienza a faltar el vino. Una boda sin vino, sobre todo en Oriente, más que una boda es un entierro. El día más feliz de estos recién casados, por tanto, puede convertirse en un día de gran bochorno, porque va a volar de boca la malévola cantinela: “Tuvieron que despedir a la gente porque se les acabó el vino”. María es demasiado buena para no hacer lo que esté en sus manos. Con suma discreción pero no menos convicción se acerca a Jesús y le dice: “No tienen vino”. Jesús la da una respuesta sobre la que no he encontrado hasta hoy ninguna explicación convincente: “Mujer, ¿qué tengo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Pienso que el evangelista no pudo trascribir el tono con que fue dicha, que le daba un significado muy distinto. ¿Quién no ha dicho una cosa cariñosa o un piropo con unas palabras aparentemente ofensivas? Algo parecido debió ocurrir aquí. Porque sin solución de continuidad María dice a los criados: “Haced lo que él os diga”. Lo que él les dijo fue algo tan sencillo como esto: “Llenad las tinajas de agua”. Eran seis y medían unos cien litros cada una. Cuando lo hicieron, añadió Jesús: “Llevádselo al metre”. Al probarlo, frunció el ceño y dijo: ¡Cómo es posible que el novio haya dejado para el final este vino! Porque todo el mundo comienza con “un reserva” y, cuando la gente está alegre, da vino “peleón”. Decía esto porque ignoraba lo que había pasado. Tres grandes enseñanzas nos entrega este evangelio: 1ª. Cuando ponemos de nuestra parte lo poco que podemos, Dios hace los mismos milagros. 2ª María no es una pieza de museo, pues donde no está Ella tampoco está Cristo. 3ª. Demos al estilo de Dios: lo mejor y con generosidad. Y no olvidemos que el gran milagro de Cristo es la conversión del vino en su propia Sangre en la Eucaristía. ¡Ése sí que es el verdadero buen vino!   

Bautismo del Señor (13.I.2019)- Ciclo C

UNA GRAN PROFECÍA

“Tú eres mi  Hijo, el predilecto”

**** Estamos en la orilla izquierda del Jordán. La voz de Juan ha tronado en los alrededores llamando a la conversión. Muchos le han hecho caso y vienen a que les bautice en señal de que quieren de verdad cambiar de vida. Entran en el río, se ponen en fila y van pasando de uno en uno ante Juan, que les sumerge en las aguas. Un día Jesús se pone en la fila para que Juan le bautice. Juan no quiere. ¿Cómo va a bautizar al que no sólo no tiene pecados sino que es “el Cordero que quita el pecado del mundo”, como le presentará enseguida a dos de sus discípulos? Juan estaba en lo cierto cuando confesaba que Jesús no era un pecador. Porque Jesús se hizo igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Pero se equivocaba impidiendo que recibiera el bautismo. Porque Jesús debía bautizarse no para librarse de unos pecados que no tenía sino porque necesitaba un signo para manifestar su misión. Jesús, en efecto, venía a librar de sus pecados a todos los hombres y mujeres del mundo. Pero para ello, necesitaba solidarizarse desde dentro con los hombres y mujeres, hacerse responsable de todos sus pecados, cargar con ellos y subir con ese bagaje al altar de la cruz del Calvario. Su solidaridad llegó a tal extremo, que san Pablo no dudará en decir que “se hizo pecado” por nosotros. El Bautismo de Jesús es, pues, una profecía de la Cruz, un anticipo de lo que más tarde tendría pleno cumplimiento. Cuando esté clavado en la Cruz se esclarecerá del todo el misterio y aparecerá toda la fuerza profética. Allí, muerto ya, un soldado le clavará una lanza en su corazón y de esa fuente brotarán unas nuevas aguas infinitamente más purificadoras que las del Jordán: las aguas del Bautismo. Nosotros, que venimos a este mundo con el pecado heredado de nuestros primeros padres, somos liberados de él con esas aguas en el Bautismo. Más aún, somos renovados de tal forma, que el Padre repite sobre nosotros las mismas palabras que dijo de Cristo al salir del Jordán: “Tú eres mi hijo”. Porque el Bautismo cristiano nos hace verdaderos hijos de Dios. Demos hoy gracias por haber sido bautizados y sigamos pidiendo el Bautismo para nosotros y para nuestros hijos.           

Epifanía del Señor (6.1.2019) - Ciclo C

BUSCAR, PERSEVERAR, ADORAR

“Postrándose, le adoraron”

La historia de los Magos no puede ser más apasionante. Hilvanando los datos que aporta el evangelio de san Mateo este es el resultado. No eran judíos, vinieron de lejos, encontraron múltiples dificultades en el camino, el rey que buscaban era un bebé en los brazos de su madre, descubrieron que era Dios y le adoraron. En primer lugar no eran judíos, como lo eran todos los que hasta este momento habían conocido el nacimiento de Jesús: María, su madre, y san José, los pastores y los habitantes de Belén. Los Magos eran de otra raza y de otra religión. Pero eso no fue obstáculo para que recibieran el don de la fe y la llamada a seguir al Salvador. Quizás por no ser judíos tuvieron que venir de lejos. Unos dicen que del actual Iraq o Irán; otros, que de Tarsis o Tartesios, es decir, de Andalucía. El evangelio no zanja la cuestión y se limita a decir “de Oriente”. En cambio, es seguro que tuvieron que vencer múltiples obstáculos: dejar su casa y su tierra, emprender un largo viaje lleno de incomodidades, no saber con certeza a dónde se dirigían, meterse en la boca del lobo al preguntar a  Herodes dónde había nacido “el rey de los Judíos”, y, al final de todo, llevarse la sorpresa de que ese rey era un niño pequeño en brazos de su madre. Más de uno de nosotros, tan dados a admitir lo que es como lo habíamos pensado y a rechazar lo que rompe nuestros esquemas, nos hubiéramos llevado una gran decepción y nos habríamos preguntado, extrañados, ¿este es el rey de los judíos tan anunciado y buscado? Ellos fueron más sencillos y más humildes y aceptaron el misterio tal cual se les revelaba. Por eso, no dudaron en ponerse de rodillas y ofrecerle oro, incienso y mirra. No se equivocaron, porque, efectivamente, aquel Niño era el Salvador del mundo, era su Salvador. Dios les concedió el don de la fe y el regalo de ser los primeros testigos de que Jesús había nacido para derribar los muros nacionalistas y abrir las puertas de la universalidad. Ellos podían asegurar que Dios se había hecho hombre para salvar a todos los hombres sin distinción de razas y geografías. Sólo los sabiondos y los Herodes de siempre quedarían autoexcluidos.              

Domingo de la Sagrada Familia (30. XII. 2019) - Ciclo C

LA VIDA NO ES COLOR ROSA

“¿Por qué nos has hecho esto?”

**** No le deseo a nadie pasar por la experiencia del extravío de un ser querido. Yo la tengo y sé la angustia y el dolor que entraña, sobre todo, para sus padres. Por eso, me resulta más sencillo acercarme al evangelio de este domingo en que celebramos la Sagrada Familia y leemos el pasaje del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo de Jerusalén. La Virgen y san José pasaron tres días terribles hasta que lo encontraron. Hay todo un mundo detrás de las palabras que le dirige su madre cuando le encuentran: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Angustiados, acongojados, con  el corazón partido. Todo eso y mucho más encierran las palabras de María. Pero ese mundo de dolor queda pálido ante el “¿por qué me buscabais?” con que responde al porqué de su Madre:"¿Por qué has hecho esto con nosotros?” Cuando encontramos a mi hermano, recuerdo que al entrar en casa se abalanzó sobre mi madre y ambos se fundieron en un abrazo de infinito amor, hechos ambos un mar de lágrimas. Jesús no actuó así. Todo lo contrario. Sin displicencia pero con aplomo respondió a la requisitoria de su Madre: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tengo que ocuparme en  las cosas de mi Padre?” No quiero ni imaginar la sima de dolor que habría causado a mi madre una contestación semejante de mi hermano. Por eso, entiendo que el desconcierto y el dolor que sintió María al escuchar la respuesta de su hijo sólo admite un calificativo: inefables, inenarrables, inexpresables. San Lucas, fino analista, no quiso dejarlo olvidado y puntualiza: “Ellos no lo comprendieron”. Pero María no lo echó en olvido. El evangelista vuelve a ser detallista y añade: “María daba vueltas a esto en su corazón” Muchas enseñanzas ofrece este desconcertante pasaje a las familias cristianas. Una de las más importantes es que los padres no son propietarios de sus hijos. Los  hijos son de Dios. Y Dios les da una misión que han de cumplir, aunque, a veces, rompa el corazón de sus padres. Hay vocaciones que los padres no comprenden. María les da la clave para acertar: fiarse de Dios y dejarle actuar, aunque no sea fácil.               

Domingo 4 de Adviento (23. XII. 2018) - Ciclo C

LA PRIMERA CUSTODIA DE LA HISTORIA

“Bendita tú entre las mujeres”

**** “Ahí tienes a tu pariente Isabel. Ya está de seis meses la que decían que era estéril, porque para Dios nada hay imposible”. Con este recado se despidió el ángel de María, tras anunciarla que Dios la había elegido para ser su Madre. María era una jovencita, casi una niña, y su prima una anciana. No tenía hijos y su esposo era también muy mayor. Ella era la única que podía ayudarla en su embarazo. “Y se puso en camino”, dice el evangelio. Unos ciento cuarenta kilómetros separaban Nazaret, donde ella vivía de Ayn Karim, donde vivía su prima. De punta a punta. No tenía coche, ni un autobús como el que usamos para ir a Madrid o Valladolid. Fue andando, unida probablemente a una de las caravanas que se dirigían a Jerusalén o a Egipto. Al llegar, hizo lo que era de rigor: abrazó a su prima, le dio un beso y le dijo: “Shalom, la paz esté contigo”. Muchas veces la habían saludado así. Pero sólo ahora había sentido algo tan especial, que comenzó a gritar, tras llenarse del Espíritu Santo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. No era para menos. María era ya una custodia en la que estaba Dios-Encarnado. No se le veía, pero estaba. Por eso, Isabel al conectar con esa realidad divino-humana, sintió que el hijo que llevaba en sus entrañas había saltado de gozo en su seno. Se había producido el primer gran milagro de Jesús: María había hecho posible que, ya antes de nacer, su Hijo fuese el Salvador, el santificador del que un día seria su Precursor. Tenía sobradas razones para seguir gritando: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?” No lo merecía. Pero María ya había dicho al ángel: “Aquí está la esclava del Señor”. ¡Ojalá que durante estas Navidades digamos a María, con el mismo fervor, que Isabel lo que tantas veces hemos rezado en el Avemaría: “bendita tú entre las mujeres”; y que las vivamos con tal fe, que también pueda decirnos como a María: “Bendita tú que has creído”, feliz tú que has creído que Dios se hecho verdadero hombre!             

Domingo 3 de Adviento (16.XII.2018) - Ciclo C

¿CÓMO SER FELICES?

“Dad frutos de conversión”

***** Hace unos años, un periodista preguntó a un jugador de color que se había incorporado a un equipo español hacía algunos meses: ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención en el tiempo que llevas aquí? El futbolista respondió: “Que tengáis de todo y siempre os estéis quejando”. Él venía de un país donde no hay agua corriente en las casas ni alimentos adecuados para los niños ni hospitales ni medicinas ni móviles ni internet. Su respuesta podrían darla millones y millones de personas que carecen de lo más elemental en alimentación, sanidad y educación. Nosotros somos inmensamente ricos comparados con ellos. Pero no es preciso ir a África o América central para encontrar situaciones tan sangrantes. Bastaría pasarse por la Cáritas de la diócesis o de la parroquia y preguntar cuánta gente no puede pagar el recibo de la luz, la renta del mes o la calefacción. O darse una vuelta a medianoche para ver la gente que está durmiendo en la calle o en un portal. Viendo todo esto, entenderíamos mejor el evangelio de este domingo, en el que el Bautista grita a la gente: “Dad frutos de penitencia, de conversión”. Es decir, que se note en vuestra vida que os volvéis a Dios de verdad. No nos diría que hagamos cosas raras. Porque a la gente en general le decía quc compartiera lo que tenia: “el que tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna”; y a los publicanos que cobraban de más, que fueran honrados; y a los soldados, que no extorsionaran a la gente. Compartir, ser honrados, ser justos. Esto es preparar la Navidad de verdad. A ello nos invitaba recientemente un obispo de España, cuando decía: “Nos hemos dejado robar la Navidad, porque la hemos convertido en comilonas, juergas y borracheras”. No le falta razón. Necesitamos recuperar el sentido verdadero de la Navidad: “Dios viene a salvarnos”. Le necesitamos, porque estamos muy metidos en el pecado. El pecado no es una cosa abstracta sino que se refleja en el modo de trabajar, en la familia, en lo que malgastamos, en lo que damos a los demás. Salir de ese mundo es, precisamente, el camino para encontrar lo que todos buscamos: ser felices.  

Domingo 2 de adviento (9.XII.2018) - Ciclo C

UN MENSAJE DE ESPERANZA

“Preparad el camino del Señor”

Lucas es un intelectual que marca bien el terreno y sitúa con exactitud los mojones de los hechos sobresalientes. El evangelio de este domingo es un ejemplo elocuente, en el que quedan bien atados todos los cabos desde el punto de vista temporal, político, geográfico, religioso y salvífico del ministerio del Bautista, como mensajero de la preparación y del anuncio del Mesías. Este ministerio tiene lugar el año décimo quinto de Tiberio, es decir, hacia el año 27 o 28/29 de nuestra era. Siendo Poncio Pilato Prefecto de Judea, Herodes tetrarca de Galilea y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide. Bajo el pontificado del Sumo Sacerdote Caifás y Anás, su suegro, depuesto pero con mucha influencia todavía. En el desierto y, más en concreto, en la región del Jordán. El marco no puede ser más preciso. Juan y Jesús no son figuras míticas sino personajes bien anclados en la historia. Juan realiza su ministerio no por propia iniciativa sino por encargo de Dios. Aquí radica su importancia. El pueblo le tiene por profeta, pero Jesús dirá después que es “más que un profeta”. Como profeta grita el mismo mensaje de todos los profetas: “preparad el camino”, enderezad el sendero, allanad los valles, en definitiva, cambiad de vida. Pero es “más que profeta”, porque el suyo es un mensaje de gran consolación. Si en otro tiempo Moisés libró a su pueblo de la esclavitud material de los egipcios, ahora es Dios mismo quien viene a hacerse hombre para librar a su nuevo pueblo de otra esclavitud mucho más opresora: el pecado, la muerte, el sinsentido de la vida, la desesperanza. Ese Dios está tan cercano, que ya ha llegado y hay que abrirle las puertas del corazón y del alma. También hoy el Pueblo de Dios necesita escuchar este doble mensaje del Bautista mientras celebra el adviento 2018 y prepara el adviento de mañana, cuando el cambio de época, ahora en plena vorágine, se haya verificado. El Bautista nos apremia a cambiar el horizonte y nos abre la puerta de la esperanza: Dios no se ha ido de nuestra historia. Dios sigue estando de nuestra parte, quiere salvarnos también ahora,  Abramos nuestra vida a este Dios.

1 domingo de Adviento (2.XII.2018) - Ciclo C

EL CAMINO Y LA META

“Se acerca vuestra liberación”

Tenemos en contra nuestra propia sicología y el ambiente. En efecto, cuando ayer arrancamos del calendario el último día de noviembre y contemplamos el uno de diciembre vino a nuestra mente algo parecido a esto: final de año, esto se acaba. Por otra parte, la radio, la tele y la prensa hace días que vienen martilleando nuestros oídos y nuestros ojos con  eslóganes relativos a “la cena de Navidad y a los regalos de las fiestas navideñas. Por si fuera poco, no es descartable que algunos, al escuchar la palabra “adviento”, que comenzó ayer tarde, de inmediato se hayan ido al portal de Belén. Hay que sobreponerse. Porque no estamos a finales de año ni miramos todavía a la Navidad. Al contrario, estamos en el primer día del nuevo año de la Iglesia y en la primera parte del adviento, que no se orienta a la venida de Jesús “en la humildad de nuestra carne” sino a la del Resucitado “en la majestad de su gloria”. En definitiva: nos encontramos al comienzo de un nuevo año litúrgico y al comienzo del adviento. Pero aquí se levanta una nueva dificultad. Si estamos al principio ¿por qué la liturgia nos presenta un evangelio sobre el final del mundo y de la historia? No es un capricho ni un afán de la Iglesia por desconcertarnos. Al contrario, es la pedagogía de una buena madre que quiere recordarnos y celebrar algo muy importante: nosotros no estamos todavía en el Antiguo Testamento esperando una nueva etapa de la historia. Con Cristo, la historia está ya en la última etapa. No hay que esperar una nueva. Sólo resta que esta etapa llegue a su consumación. Nosotros, por tanto, nos encontramos frente a lo último, a lo definitivo. Nuestra mirada no es retrospectiva. Ni siquiera tan sólo de presente. Lo nuestro es mirar al futuro, aunque estando bien enclavados en el aquí y ahora. Esta es la gran invitación de toda la liturgia de este primer domingo de adviento y, más en particular, del evangelio de este día. Ahora bien, antes de ponerse a caminar lo sensato es preguntarse: ¿a dónde quiero ir, cuál es mi meta? Eso es lo que nos recuerda la Iglesia: si vamos al encuentro definitivo con Cristo, él debe condicionar nuestros pasos.       

Domingo 34 del Tiempo Ordinaro. Jesucristo Rey del Universo

UN REY VERDADERO Y ESPECIAL

“Mi reino no es aquí”

***** Jesús se encuentra ante Pilato, la máxima autoridad política de Jerusalén. Le han traído aquí sus enemigos para que dicte sentencia de muerte contra él. Ellos ya le han condenado, pero necesitan que Pilato dicte la sentencia oficialmente. Hay que conseguir este objetivo sea como sea. Con sagacidad y malicia extrema le acusan de lo que más puede impresionarle: este se presenta como el rey de los judíos. La acusación surte efecto de inmediato. Pilato le pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús no se inmuta ni contesta con nerviosismo. Lleno de serenidad le devuelve la pregunta: “¿Eso lo dices por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilatos pierde un tanto los  nervios y contesta envalentonado: “¿Soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Jesús vuelve a responder con idéntica claridad y mesura: “Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mi guardia hubiera luchado para defenderme. Pero mi reino  no es de aquí” Pilato ha entendido que Jesucristo le ha dicho que, aunque no lo sea de este mundo, es rey. Por eso, le insiste: “Luego ¿tú eres rey?” “Así es: soy Rey”. No te engaño, porque “yo he venido para esto: para dar testimonio de la verdad”. Nuevos Pilatos vuelven a formular hoy la misma pregunta y, encarándose con Jesús, le dicen: ¿Eres tú el que quieres orientar la vida de los hombres, sus instituciones, sus proyectos, su convivencia, su familia, su cultura, su ciencia, su concepción del mundo, en una palabra: ser el centro de todos y de todo? Jesús también responde como entonces. Sí. Exactamente eso es lo que pretendo. Pero como mi reino no es de aquí, quiero todo esto no para dominar al hombre en todas y cada una de sus dimensiones sino para todo lo contrario: par servir al hombre, para ayudarle a construir un mundo donde el amor y el servicio sean los motores que muevan todo. Yo no quiero hombres y sociedades que fomenten el odio, la lucha de clases, los enfrentamientos y las guerras. No quiero hombres y sociedades dominadoras sino servidoras. Quiero que mi Padre sea amado y su creatura, el hombre, también. Este es mi reino.      

Domingo 33 del Tiempo Ordiario (18.XI.2018) - Ciclo B

EL FINAL DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

“Sobre el día y la hora nadie sabe nada”

***** Hasta la liturgia se ha percatado de que estamos al final: final del año litúrgico, final del año civil y final de los días más cortos. Las hojas de los árboles también indican claramente que “esto se acaba”. Este marco impresionante es muy apropiado para hablar del final del mundo y de la historia y, por supuesto, del de quienes hacemos ese mundo y esa historia. La Iglesia, madre y maestra, aprovecha la oportunidad y hace resonar un evangelio sobre el final de nuestra vida y del mundo. Poco antes de hablar de esto, Jesús había pronunciado unas palabras tremendas, que ya se han cumplido y, por tanto, son una profecía para nosotros. Viendo que sus discípulos contemplaban extasiados aquella maravilla del Templo que había construido Herodes el Grande, les dijo: “No quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido”. Nadie podía imaginar que pocos años después el ejército de Roma convertiría aquella mole granítica e impresionante es un montón de escombros. Algo así sucederá con ese otro templo que es el mundo y la historia. Tampoco quedará piedra sobre piedra. Pero éste no será destruido sino trasformado, porque dará paso a “los cielos nuevos y la tierra nueva”, de los que habla el Apocalipsis. El presente de este mundo no es lo último ni su grandiosidad tiene la última palabra. Lo definitivo y la palabra última corresponden a Dios. Al final del mundo, él vendrá a poner las cosas en su sitio, a dictaminar lo que es bueno y malo, a ser Juez Supremo también de los que hoy se tienen por Jueces y Tribunales supremos. La verdad no será la que hayan querido que sea los poderosos de la tierra. La justicia tampoco dependerá de poderes y autoridades.  Dios aparecerá como lo que realmente es: el Señor de todos y de todo. No sabemos cómo ni cuándo hará todo esto. Pero eso es lo menos importante, por más que nuestra curiosidad crea lo contrario. Lo que de verdad importa, sí lo sabemos: este mundo nuestro no es eterno, se acabará como se acaba el año. Y lo que es todavía más importante: que también nosotros tendremos un final. Vivamos de tal modo, que Dios pueda llevarnos en el grupo de los elegidos.       

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (11.XI.2018) - Ciclo B

EL TODO Y LA PARTE

“Una pobre viuda depositó una monedilla”

****** Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén con sus discípulos, frente al cepillo donde la gente deposita sus limosnas para el culto. Se da cuenta de dos cosas: que muchos ricos echan “mucho”  y una viuda tan sólo lo que se daba de limosna a un pobre, que era una ridiculez. Él, que no pierde la ocasión para adoctrinar a sus discípulos, les dice: “Esta pobre viuda ha echado más que nadie”. Quizás se sorprendieran no menos que nos sorprendemos nosotros, porque les parecería que el óbolo de la viuda no merecía la pena. Así  juzgamos los hombres, que nos fijamos más en las apariencias que en el corazón. Jesús, en cambio, es al corazón a dónde apunta. Y el corazón de esta mujer no podía ser más grande. Porque los demás habían echado de lo les “sobraba”, mientras que ella había echado “todo lo que tenía para vivir”. No podía hacer más. Esta es la lección que Jesús quiere que aprendan sus discípulos: tienen que darlo todo. Más aún, tienen que darse a sí mismos, como hará él, que pronto entregará la vida por nosotros. Tampoco podía hacer más. Jesús no pone ningún pero a esta mujer, que podría haber dado su limosna a los pobres. Con ello, y con la defensa de otra mujer que derramó ”sobre su cabeza un frasco de perfume de gran valor”,  dejó claro que, además de dar limosna, podemos ayudar con nuestros recursos a otras cosas. ¡Cuánto podríamos hacer por los pobres, el culto, la educación, etc. si tuviéramos la generosidad de esta viuda a la hora de ofrecer nuestro tiempo, nuestras cualidades, nuestras habilidades y nuestros recursos económicos! ¡Cuánto más felices seriamos si nuestro corazón se volcara en ayudar, en lugar de estar tan obsesionados con la comida, la bebida, los vestidos, el descanso, la salud! No acabamos de creernos que es más gratificante dar que recibir. Tampoco nos creemos que podemos ayudar mucho más. Vale la pena pensar hoy en esto: ¿Qué haría Jesús con lo que yo tengo, si de verdad yo tuviera la misma generosidad que la viuda del Evangelio? Tanto como con los cinco panes y dos peces y el agua de Caná de Galilea.     

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (4. XI. 2018) - Ciclo B

DOS AMORES INSEPARABLES

“No estás lejos del reino de Dios”

*** Nada menos que seiscientos trece eran los mandamientos que encontraban los escribas del tiempo de Jesús en la Ley de Moisés. Imposible saber cuál era el más importante.  Un día quiso averiguarlo un doctor de la Ley, deslumbrado, probablemente, por la enseñanza de Jesús. Vino, pues, y le preguntó con absoluta claridad: “Maestro, ¿cuál es el principal mandamientos?” Jesús tampoco se fue por las ramas y los distingos sino que le contestó con idéntica claridad: “El primero es: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, son toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Pero añadió, sin que se lo hubiese preguntado: “El segundo es este: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y para que no quedara la más mínima duda, sentenció: “No hay mandamiento mayor que éstos”. Nunca agradeceremos bastante a este doctor que formulase su pregunta, porque es un asunto de extrema importancia. Tampoco agradeceremos bastante a Jesús que nos manifestara con tanta claridad que el camino que hemos de recorrer en la vida tiene dos amores inseparables: el amor a Dios y el amor al prójimo. Los dos. Evidentemente, el amor a Dios ocupa el primer puesto. Sin embargo, los hombres seguimos empeñados en tergiversar las cosas. Para unos, lo único importante es amar a Dios sin preocuparse del amor al prójimo. Para otros, por el contrario, lo importante es amar al prójimo. Jesús nos recuerda hoy que es una ilusión amar al Padre y no a los hijos y al revés: amar a los hijos y no amar al Padre. Que, a la postre, de eso se trata: Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos. Pero Jesús no se contentó con decir que estos dos amores son lo más importante sino que puntualizó cómo debían realizarse: con toda nuestra mente con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser. Un amor, en definitiva, totalizante de nuestra persona y de nuestra capacidad de amar. Quizás no esté de más que nos preguntemos: ¿cómo es mi amor a Dios? ¿Me acuerdo de él, le prefiero al dinero, al poder y al placer o le pongo detrás de esos diosecillos? Y mi amor al prójimo ¿es verdadero? ¿Se nota en mi casa, en mi trabajo, en mis relaciones, en mis preferencias?              

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (28.X.2018) - Ciclo B

Evangelio

José-Antonio Abad

CIEGOS QUE VEN Y CIEGOS QUE NO VEN

“Hijo de David, ten compasión de mí”

***** Jesús se encuentra en el último tramo del camino que inició en Cesarea de Filipo y concluirá en Jerusalén después de la jornada de hoy. Más en concreto, en Jericó, la ciudad-oasis en medio del desierto, que es también encrucijada de caminos, culturas y religiones, rica y bastante relajada moralmente. A la vera del camino, un pobre pide limosna como los demás días. Es su único recurso, porque, además de pobre, es ciego. Pero tiene fe en Jesús. Por eso, cuando pregunta por qué hay tanta algarabía y le dicen que es que “pasa Jesús de Nazaret”, se pone a gritar con una fuerza especial: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Los de siempre reaccionan como siempre: “Cállate”. Pero cuanto más le dicen que se calle, él más grita. Jesús le oye y le llama. No para decirle que se calle y no moleste sino para preguntarle qué quiere. El pobre ciego, Bartimeo se llama, le dice con toda sencillez: “Que vea”. Devuélveme la vista, esto es lo que quiero. Y Jesús, que es todo misericordia y compasión, le dice: “Pues ve, tu fe te ha salvado”. Y el ciego recobra la vista y se pone en camino con Jesús. En el mundo actual hay muchos ciegos o, si se prefiere, invidentes. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos. No ven por qué y para qué están en este mundo, qué sentido tiene su trabajo y su dolor, qué hay detrás de la muerte. Pero, a diferencia de Bartimeo, no tienen fe en Jesús. No le han conocido nunca o, si le conocieron, fue de modo tan superficial que le han orillado del todo. Por eso no pueden gritar “Hijo de David, ten compasión de mí”, ni pueden salir de su ceguera. Es una verdadera tragedia, porque Jesús puede darles lo que necesitan, pero no puede hacerlo, porque él no se impone. Se limita a ofertar. ¿Me dejas decirte que, incluso si no tienes fe, pongas en tus labios la misma oración de Bartimeo: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”? Repítela una y otra vez. Todos los días. Quizás te lleves una gran sorpresa. Pero hazlo como Bartimeo: con constancia, con tozudez, aunque todo a tu alrededor te diga que te calles.          

Domingo 29 del Tempo Ordinario (21.X.2018)- Ciclo B

AMBICIÓN Y SERVICIO

“Para servir y dar la vida”

**** Un drama en tres actos era el evangelio del domingo pasado. El de este no es un drama sino un sainete. Porque sainetesco me parece que dos semianalfabetos pescadores tengan la osadía de pedir ser ministros. Más aún, los dos ministros más importantes. Eso es, en efecto, lo que los hermanos Santiago y Juan piden a Jesús, cuando le dicen: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” en tu reino. Por si fuera poco, la petición tiene lugar inmediatamente después que Jesús ha dicho con claridad que va a Jerusalén y que allí le matarán tras haberle hecho sufrir grandes tormentos. Es una muestra de que la petición iba en serio y de que la propuesta estaba cegada por la ambición. Jesús tenía motivos sobrados para darles de baja y devolverles al lago de Genesaret a pescar peces. No lo hizo, sino que asumió su petición, aunque dándole una vuelta de ciento ochenta grados. No sólo les propone hacerles ministros sino asociarles de lleno a su misión redentora: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber y bautizaros con el mismo bautismo con que yo me voy a bautizar?” Que era tanto como decirles: “¿Estáis dispuestos a ir conmigo a la muerte?” El sainete podría haber cambiado de sentido, caso de concluir con la respuesta que, sin dudar, dieron Santiago y Juan: “Sí, estamos dispuestos”. Pero siguió el sainete, sólo que más agudizado. Porque “los otros diez”, al escuchar a sus compañeros “se indignaron”, pues ellos tenían las mismas aspiraciones. Menos mal que Jesús aprovechó esta ridícula secuencia para darles una gran lección, que deberían vivir cuando el Espíritu Santo les enviase al mundo a evangelizarlo: “El que quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre  -que era él- no ha venido a que le sirvan sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Es la lección que necesitamos aprender todos. Porque  todos, no sólo Santiago, Juan y los otros diez apóstoles eran ambiciosos y aspiraban a los primeros puestos. Pidamos hoy al Señor afán  de servicio y deseos de no ser los primeros.  

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (7.X.2018) - Ciclo B

Evangelio

José-Antonio Abad

CONVERTIR LO DIFICIL EN REAL

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”

La cuestión que plantea el evangelio de este domingo no puede ser más actual: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. La respuesta de Jesús fue tajante: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Los apóstoles no quedan satisfechos y vuelven a preguntarle. Jesús se ratifica y les dice: ”Si  uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si  ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Jesús apela a lo que ha establecido el Creador –no él- cuando mandó al hombre y a la mujer unirse en matrimonio. La comunión de personas entre ambos sería tan íntima, que los dos se harían “una sola carne”. No cabe mayor unión. El mismo Creador, por el bien de los hijos y de los esposos, estableció que esa unión fuera irrompible. Dios, que es nuestro Padre y sumamente bueno, no pudo pedir un imposible. Vivir, por tanto, juntos hasta la muerte es posible. La confirma la experiencia de incontables matrimonios. Pero que sea “posible” no quiere decir que sea “fácil”. Sólo un narciso o un ingenuo podría decir que es fácil convivir con la misma persona durante toda la vida las veinticuatro horas del día. Me atrevería a decir más: eso es “muy difícil”. No menos que vivir bien el celibato y la virginidad. ¿Qué hacer, por tanto, para convertir lo “difícil” en “posible” y lo “posible” en “real”? Yo aporto mi experiencia. Soy sacerdote y tengo la clara conciencia de que sería infiel, viviría una doble vida y terminaría marchándome, si dejara de rezar, de recibir los sacramentos de la eucaristía y de la confesión y no huyera de las ocasiones de pecado. ¿Cómo puede vivir su matrimonio quien no pisa la iglesia, ni reza, ni cuenta para nada con Dios y se harta de ver películas porno y vivir situaciones escabrosas? Pero esto no basta. Es preciso cuidar el amor con pequeños pero continuos actos de amor. Y no meterse en la boca del lobo. Además, hay que perdonar siempre y pronto. Quien no perdona, abre un hueco que se convertirá en abismo y acabará con el matrimonio. Finalmente, hay que prepararse, pensar las cosas, no ir al matrimonio a tontas y a locas. ¡Que es para toda la vida!   

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (30.9.2018) - Ciclo B

UNA EPIDEMIA MODERNA

“Si tu ojo de escandaliza, arráncatelo”

**** El cristianismo es amable y atrayente, pero exigente y no acaramelado. El evangelio de hoy es una buena prueba. Jesús habla de colgarle a uno una rueda de molino y tirarle al mar para que vaya hasta el fondo. Dice también que hay que sacarse un ojo y cortarse una mano y el pie. Es un lenguaje duro y tajante y de una exigencia radical. De él echa mano Jesús para enseñar a sus discípulos cómo tienen que reaccionar y comportase cuando se trata de evitar el escándalo y los pecados mortales. Han de tomar medidas tan drásticas y dolorosas como quedarse tuertos, mancos o cojos antes que incitar al mal a los niños y a la gente buena y sencilla o cometer un pecado mortal. Es una enseñanza muy necesaria para tantos hombres y mujeres de este siglo XXI, que escandalizan a los sencillos y se ríen del pecado como si fuese una antigualla de gente inmadura y carca. Es escándalo es hoy algo tan generalizado, que bien puede llamarse epidemia. Escandalizan los políticos que roban o que se insultan en el Parlamento, escandalizan los y las que blasfeman contra Dios y su Santísima Madre, escandalizan los padres que dan malos ejemplos a sus hijos, escandalizan los profesores que pervierten la mente y las costumbres de sus alumnos, escandalizan los curas pederastas, escandalizan las películas y revistas pornográficas, escandalizan los programas televisivos que tergiversan la verdad para incitar al odio y a la venganza, escandalizan las modas que promueven los instintos y pasiones más bajos. Quienes queremos seguir a Jesucristo no podemos dejarnos atrapar por estas realidades sino que hemos de cortar por lo sano, aunque nos cueste tanto como sacarnos un  ojo o cortarnos una mano. Si actuamos así, es probable que nos tilden de gente a la que se le ha parado el reloj de la historia y está fuera de la modernidad. Peores cosas dijeron de Jesús y no se achantó. La luz brilla con más claridad cuando es totalmente de  noche y la sal evita la corrupción cuanto mejor sal sea. Los cristianos de hoy, aunque seamos minoría, hemos de ser luz en la noche y sal que evita la corrupción. Vale la pena. Incluso como simples hombres o mujeres.         

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (23. 9. 2018) - Ciclo B

LA PARADOJA DEL SERVICIO

“Servidor de todos”

**** Jesús está caminando hacia Cafarnaún. Atrás han quedado la geografía y las gentes de la región de Cesarea de Filipo, donde ha estado misionando. Le ha costado salir sin ser notado, porque la gente quería escucharle y beneficiarse de sus milagros. Pero necesitaba estar a solas con sus discípulos, porque ha de formarles para la gran misión que les encomendará un día. Necesitará mucha paciencia y pedagogía, porque sus discípulos con frecuencia entienden las cosas al revés. De hecho, acaba de decirles con toda claridad que él no es un mesías triunfador y glorioso sino humillado y sufriente, y todo lo que se les ha ocurrido es ponerse a discutir “quién es el más importante”. No obstante él tiene que enseñarles y ellos aprender la lección. Unas veces les dirá una sentencia, otras les propondrá un esquema sencillo de ideas, otras echará mano de cosas plásticas. Hoy emplea dos modos: una sentencia y un elemento plástico. “El que quiera ser el primero –les dice-, que sea el último y el servidor de todos”. Después realiza un gesto tan sencillo como irresistible: “llama a un niño, le pone en medio y le da un abrazo”. Ellos han de hacerse niños y tener su misma sencillez y humildad. Su grandeza no serán los títulos, los cargos, los éxitos, las grandes carreras. Los títulos y grandezas de un cristiano son el servicio y el amor desinteresado. ¡Gran lección para nosotros! Quizás la vida nos lleve a ocupar puestos relevantes en la sociedad o en la Iglesia. Un rector de  universidad no servirá del mismo modo que un alumno, ni un director de empresa como un empleado de mantenimiento, ni un padre como el hijo. Pero todos los políticos, todos los obispos y sacerdotes, todos los profesores y padres, todos los cristianos y todas las cristianas hemos de concebir nuestra vida como un servicio y demostrarlo cada día en casa, en la parroquia, en la empresa, en el banco, en la cátedra. No lo tenemos fácil, porque lo que hoy se lleva es lo contrario: destacar por cargos, puestos, dinero, éxitos. Además, ahí está nuestra soberbia reclamando reconocimientos y derechos. Pero el Señor nos lo exige y nos ayudará a conseguirlo.            

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (16.9.2018) - Ciclo B

TÚ ¿QUIÉN DICES QUE SOY YO?

“El que pierda su vida por Mí, la encontrará”

**** Jesús ha finalizado la primera parte de su ministerio en Galilea. Su éxito ha sido arrollador. Ha hablado como nunca lo había hecho nadie y ha realizado grandes milagros. Pero previendo que el pueblo puede aclamarlo rey, decide retirarse a la región de Cesarea de Filipo, al noreste de Palestina. Mientras camina, se detiene y pregunta a los discípulos: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” Ellos le dicen lo que se comenta: para unos eres el Bautista, para otros Elías, para otros un profeta. Las respuestas son elogiosas pero no le dejen satisfecho. Y vuelve a preguntarles, sólo que ahora de modo más personal: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”. Pedro responde sin titubear: “El Mesías”. Jesús reacciona de modo desconcertante, pues prohíbe decírselo a  nadie. En verdad, conociendo el trasfondo ambiental de esta respuesta, se comprende mejor la prohibición de Jesús. La gente, en efecto, tenía una idea muy equivocada del Mesías. Esperaba que éste fuese un triunfador en clave económica y política, que llenase sus lagares de vino y las paneras de trigo, y les liberase del dominio de Roma. Pero el Mesías que el Padre había enviado estaba en las antípodas: era pobre, sería m humillado y la liberación que realizara sería al precio de dar la vida y de otro tipo: librar a todos los hombres y mujeres del pecado y de la condena eterna. El mismo Pedro participaba de esta idea equivocada del Mesías, porque, cuando Jesús habla claramente de sus sufrimientos, humillaciones y muerte, le recrimina: “Esto no puede ser”. Y obliga a Jesús a darle una de las respuestas más duras de todo el Evangelio: “Apártate de Mí, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Jesús sigue presente entre nosotros y ahora es a cada uno de nosotros a quien hace la pregunta: “¿Quién soy Yo para ti?”. De un tiempo a esta parte, esta pregunta viene a mi mente con harta frecuencia, pensando en mí y pensando en ti. También en ti, porque un cristiano tiene que pensar siempre en los otros. Te animo a que personalices el interrogante y te preguntes: ¿Quién es Jesús para mí? De la respuesta depende toda tu existencia.         

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (9.9.2018)- Ciclo B

OÍDOS NUEVOS Y BOCA EXPEDITA

“Y comenzó a oír y hablar”

**** Estamos en la Decápolis o tierra de las diez ciudades, al este del lago de Genesaret. Jesús ha dejado atrás el territorio de Tiro y Sidón y se dirige a Galilea. Pero todavía sigue en tierra de paganos. Hasta allí ha llegado la fama de sus milagros. Por eso, unos parientes o amigos de un sordomudo se le llevan para que le cure. Jesús se detiene, les escucha y se dispone a realizar lo que le han pedido. En contra de lo que suele hacer, ahora realiza una serie de gestos: separa al sordomudo de la gente, le mete los dedos en los oídos, le toca la lengua con su saliva, mira con sus ojos al cielo y pronuncia el veredicto: “effethá”, que significa “ábrete”. Y, efectivamente, se abren los oídos del sordo, se desata su lengua y comienza a oír y a hablar. Ya no es un excluido social, incapaz de comunicarse con los demás, sino alguien plenamente integrado. La reacción de la gente es la lógica de quien no tiene prejuicios y está abierto a la verdad, venga de donde venga. Y exclaman: “Todo lo ha hecho  bien. Hace oír a os sordos y hablar a los mudos”. Muchos de nosotros  hemos sido sordomudos; otros, todavía lo son, porque no han recibido el Bautismo. En el Bautismo, en efecto, el mismo Jesús –que es quien realmente bautiza cuando un sacerdote bautiza- nos abrió los oídos del alma y soltó la lengua del espíritu para que tuviéramos capacidad para escuchar la Palabra de Dios y, luego, comunicársela a los demás. ¡Qué gran don el del Bautismo y cuántas gracias debemos dar a Dios por estar bautizados! Este agradecimiento debería llevarnos a hablar de ese don y ayudar a recibirlo a cuantos se crucen en el camino de nuestra vida y no estén bautizados. Sin embargo, muchas veces seguimos con los oídos taponados y, sobre todo, con la boca cerrada. Nos da vergüenza hablar de Jesucristo, invitar a conocerle, decir que somos cristianos, que trabajamos por amor a Dios, que rezamos, que nos confesamos, que vamos a Misa, que esperamos otra vida, y tantas cosas maravillosas. Pidamos hoy al Señor apertura de mente y de corazón para escucharle, valentía para anunciarle y fe para confiar en la fuerza de su Palabra y de su acción.           

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (29.7.18)- Ciclo B

UN MILAGRO DE PAN PARA EUROPA

“Sobraron doce canastas”

***** La imagen no puede ser más espectacular. Jesús ha subido a una pequeña colina rodeado de una gran muchedumbre, pues sólo los hombres son más de cinco mil. A sus espaldas, el aire limpio que viene del Líbano. A sus pies, el azul intenso de las aguas del mar de Galilea. Sólo hay una nota discordante: la muchedumbre está hambrienta y no hay alimentos disponibles, pues sólo se cuenta con cinco panes y dos peces. No  importa. Jesús va a emplear su poder y misericordia para resolver el problema. Dice a sus discípulos que manden sentar a la gente. Toma los panes y los peces y sus manos se convierten en una panadería tan extraordinaria que todos comen hasta saciarse y sobran doce canastas de pan. “No sólo de pan vive el hombre”, había dicho al diablo tentador en el desierto. Pero también mandará pedir al Padre “el pan de cada día”. El hombre, en efecto, necesita el pan de la verdad para su inteligencia y el pan de trigo para su estómago. Los dos, porque no es un ángel ni es un animal. “Mitad ángel y mitad bestia”. dijo Pascal. A día de hoy, poblaciones enteras de África y Asia claman por el pan de trigo o de maíz porque se mueren materialmente de hambre. Los Estados florecientes de Europa, de Japón y América deberían tener las mismas entrañas de misericordia de  Jesucristo para darles, al menos, lo que destruyen: ¡nada menos que la tercera parte de los alimentos! Pero estos mismos países, hartos de pan y bienestar material, necesitan con urgencia el Pan de la Palabra de Dios. Para su desgracia, están inapetentes. No sienten ninguna necesidad de él. Es un hambre mucho peor que el material. ¿Quién y cómo será capaz de suscitar en Europa las ganas de alimentar su alma y su inteligencia con la Palabra de Dios y con la palabra de la verdad sobre el hombre y su destino último y trascendente? Me lleno de esperanza cuando pienso que Jesús no nos dejará tirados en la cuneta de la historia sino que –cuando quiera y como quiera- realizará otra multiplicación de panes y peces aún más prodigiosa que la del mar de Galilea. Pidamos que no tarde.