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LITURGIA DEL VATICANO II

Domiongo 16 del Tiempo Ordinario (22. 7.18) - Ciclo b

DESCANSO Y COMPASIÓN

“Vamos a un lugar tranquilo”

**** El evangelio de hoy viene como anillo al dedo para el tiempo veraniego. Ahora, en efecto, son muchos los que pasan unos días de vacaciones y otros tantos los que no tienen esa posibilidad. El evangelio contempla los dos supuestos. En efecto, Jesús, al comprobar el cansancio de sus discípulos, después de los primeros pinitos pastorales, y que no tenían tiempo ni para comer, decide ir a un lugar apartado y tranquilo para que descansaran. Con esta actitud confirma y santifica el descanso humano. El hombre está hecho para trabajar pero no para trabajar como si fuese un robot. Baste pensar que Dios ha creado el día y la noche, con ritmo alterno de trabajo y descanso y el precepto del sábado. La Iglesia, siguiendo esa orientación, prohíbe trabajar el domingo. Afortunadamente, quedan lejos las mentalidades y los hechos de quienes piensan que las fiestas son una pérdida de tiempo,  los fines de semana algo propio de sociedades débiles y las vacaciones anuales un despilfarro. Semejantes concepciones ignoran que una persona que sólo piensa en trabajar, terminará rompiéndose física y psíquicamente y descuidará cosas tan esenciales como la familia y la educación de los hijos. Bienvenido sea, por tanto, el tiempo vacacional para reponer las fuerzas del cuerpo y las del alma y no permitamos que esta conquista social sea engullida por un capitalismo salvaje y egoísta. Pero no todos pueden disfrutar las vacaciones, porque la vida manda. Como le ocurrió a Jesús. Después de haber elegido el lugar de descanso y hecho el camino se encontró con una situación inesperada. La gente los había visto embarcar y lo que había sido un lugar solitario y tranquilo se había convertido en una campa llena de gente que quería escuchar su palabra. Adiós plan de descanso. Jesús sintió lástima, porque estaban como ovejas sin pastor. Y, lleno de compasión, se puso a enseñarles. Le ocurrió como a la madre que, después de una jornada intensa, tiene que levantarse de la cama e ir al  hospital con el niño que tiene mucha fiebre. Aprendamos, pues, a descansar y a saber prescindir del descanso cuando sea necesario. 

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (8.7.2018) - Ciclo B

LA FUERZA DE LOS PREJUICIOS

Desconfiaban de él

*** Estamos en Nazaret. Es sábado y Jesús va a la sinagoga para escuchar algún pasaje del Antiguo Testamento y hacer las oraciones solemnes. Como hace tiempo que no viene al pueblo, el jefe de la sinagoga le invita a predicar después que el lector ha proclamado la lectura. Todos los ojos se clavan en él. Comienza a hablar. Lo hace con tanta sabiduría y elocuencia que les deja impactados. La primera reacción no puede ser mejor: qué bien habla, qué cosas tan hermosas dice. Pero nadie es profeta en su tierra. Y, en un segundo momento, pasan del asombro al escándalo. ¿No le conocemos de toda la vida, no es el hijo del carpintero y no se llama María su madre? Es una pena, porque acaban de atar las manos poderosas de Jesús para que realice en su pueblo los milagros que ha hecho en Cafarnaún y su comarca. Los habría hecho incluso mayores, por tratarse de sus paisanos. Pero a éstos les falta lo que él exigía siempre para realizar milagros: tener fe en él, fiarse plenamente de su poder y de su misericordia. No les cabe en la cabeza que “el hijo del carpintero” pueda ser alguien diferente y, mucho menos, un enviado de Dios. La falta de fe es un obstáculo para el amor de Dios. Cuántas veces reaccionamos nosotros así. No cabe en nuestros esquemas mentales que haya alguien que sea distinto a la imagen que tenemos de él. No tendría mayor importancia si en ello no nos jugáramos tanto. Porque no es infrecuente que Dios nos quiera hablar a través de esas personas. Al no acogerlas en su verdad, nos cerramos también a la acción de Dios. Es lo que les ocurre a tantos cristianos hoy. No cabe en su cabeza que la Iglesia actúe de modo sencillo y no haga cosas espectaculares y llamativas. En lugar de descubrir en ella la fuerza silenciosa pero eficaz de la levadura en  la masa, se atrincheran en sus prejuicios. El resultado es que cada vez están más lejos de la fe y de la práctica religiosa. Deberíamos pedir hoy a Jesús la gracia de estar abiertos a la verdad y al amor que él nos quiere comunicar a través de otros cristianos más coherentes que nosotros y a través de la Iglesia.

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (1.VII.2018- Ciclo B

LA PEOR LOCURA

“¿Quién me ha tocado?”

****** Jesús está de nuevo en su tierra, tras abandonar la Decápolis. La gente ha advertido su presencia y se le ha juntado una gran muchedumbre. Entre ellos, Jairo, un jefe de la sinagoga, que ha venido a pedirle que cure a su hija que se está muriendo. Mientras van a casa de Jairo, ocurre algo espectacular. Una mujer, que tiene hemorragias incurables y se ha gastado inútilmente sus dineros en médicos, quiere aprovechar la oportunidad. “Si logro tocarle –se dice- me curaré”. Con esa fe, toca a Jesús. Y, efectivamente, se cura. Nadie lo advierte, salvo el mismo Jesús, que, vuelto hacia donde está la mujer, pregunta: “¿Quién me ha tocado?” –“Te están apretujando –dice Pedro- y preguntas ¿quién me ha tocado? Pero él sabe que en medio de tantos apretujones alguien le ha tocado de modo personal. La mujer se siente descubierta y se acerca temblorosa para contar toda la verdad. Jesús, lejos de reñirla, le apostrofa: “Tu fe te ha salvado”. ¡Qué distinta es nuestra reacción! Cuántos no solo no se acercan sino que se alejan de Jesús cuando llega un cáncer incurable, la muerte de un hijo joven, del  padre o de la madre, la quiebra del negocio, la pérdida del empleo, el abandono del cónyuge. Cuando ocurren estas cosas –que ocurren- es cuando más necesitamos ir a Jesús, cuando más necesitamos su ternura, su compasión, su ayuda. Quizás no nos convenga lo que pedimos y él –que sabe más y ve más lejos- no nos lo conceda. Porque tampoco curó todos a los enfermos ni resucitó a todos los muertos de su tiempo, como hizo hoy con la hija de Jairo. Pero entonces –y ahora- consoló, dio paz, devolvió la esperanza a cuantos se le acercaron. Sólo nos pide que tengamos fe en él, que nos abandonemos a él. No caigamos en la peor de todas las locuras: no ir al médico cuando más le necesitamos. Quienes le han dado la espalda y se han refugiado en la droga, el sexo, el incesante ir de acá para allá, no han encontrado la paz y la alegría. Hagamos la experiencia de ir a Jesús, de abrirle el corazón, de contarle lo que nos pasa, de pedir su ayuda. Volvamos, si es preciso. No nos arrepentiremos.     

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (24.VI.2018) - Ciclo B

¿QUIÉN ES ÉSTE?

“El viento cesó y vino una gran calma”

****  Estamos en medio del mar de Tiberíades. Jesús ha subido a la barca de los apóstoles y se dirigen a la otra orilla. Se coloca en proa, que es la parte de atrás, y se echa a dormir, porque está cansadísimo por el trabajo del día. De pronto las aguas se arremolinan por la fuerza del viento y llenan la barca. Los apóstoles, pescadores de oficio, advierten que pueden naufragar y se llenan de miedo. Jesús está tan rendido, que ni el viento ni el agua le despiertan. Lo hacen los gritos de los apóstoles, que le dan unos buenos meneos, mientras le gritan: ¡Que nos hundimos! Jesús se despierta y, sin inmutarse, dice a las olas bravías: ¡Deteneos! Y viene la calma. Los hombres no podemos hacer frente a la naturaleza desatada: un volcán, una gota fria, una tormenta de granizo, un terremoto de diez grados, una galerna en el Cantábrico. Dios sí. Por eso, al mandato imperativo de Jesús las olas se calmaron y volvió la serenidad al lago y a la barca. La barca en la que navegan Jesús y los apóstoles no es sólo la del mar de Tiberiades. Es también la Iglesia. Mientras atraviesa los mares de la historia de los pueblos y de los hombres, con mucha frecuencia se encuentra en situaciones tan apuradas y difíciles que parece que se hunde sin remedio. No hay que asustarse. Jesús va en ella, pues la Iglesia es suya, no  nuestra. Y él puede más que todas las fuerzas del mal juntas. También más que los proyectos, programas y poderes del nuevo orden mundial, empeñado en destruir la naturaleza del hombre y de la mujer, la vida de todos los que ‘estorban’-, la familia, la moral de los niños y de la juventud y un largo etcétera. Dios puede más y esas fuerzas serán derrotadas. Como lo serán nuestros miedos y angustias cuando la barca de nuestra vida parece que se hunde, porque quiebra el matrimonio, perdemos el puesto de trabajo, nos abandonan los hijos cuando más les necesitamos. Basta que hagamos lo mismo que los apóstoles: gritar a Jesús y pedirle ayuda, porque nos vamos a pique. Vendrá, no lo dudemos. Quizás nos haga esperar para aumentar nuestra fe. Pero vendrá a devolvernos la paz y la ilusión de seguir viviendo. Y nos haremos la gran pregunta: “¿Quién es éste?             

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (17.VI.2018)- Ciclo B

LA HORA DE LA CONFIANZA

“La semilla crece de día y de noche”

******* En la vida de las instituciones sucede como en la de las personas. Hay momentos de euforia y momentos de declive, situaciones favorables y enfermedades graves. La situación actual de la Iglesia es, en no pocos aspectos, de aparente declive y enfermedad. Los seminarios están mediovacíos, un día sí y otro también se cierran conventos de monjas y religiosos. El clero envejece. Los que participan en las misas dominicales no son precisamente jóvenes. Todo esto puede poner en crisis  nuestra confianza, empujarnos hacia el pesimismo y debilitar nuestro dinamismo. Sería lo peor que nos podría suceder. Porque estaría indicando que teníamos puesta nuestra confianza en nosotros mismos y no en Dios. Alguna vez he pensado que lo que está ocurriendo puede ser una permisión de Dios para que confiemos menos en nosotros mismos y más en su fuerza y en el poder del Espíritu Santo. Sea como fuere, lo cierto es que el evangelio de hoy nos viene como anillo al dedo para recuperar o afianzar nuestra esperanza. El reino de Dios, la Iglesia, tiene en sí fuerza expansiva suficiente para seguir cambiando el mundo. Hay en ella una semilla con una fuerza y un dinamismo imparables. No sabemos cómo ni cuándo, pero los frutos siempre aparecen. Le ocurre como al grano de trigo que siembra el labrador en su campo. Mientras él duerme o echa una partida de mus en el bar, la semilla sigue desarrollándose. Quizás en un principio es tan pequeña como un grano de mostaza, que casi hay que verlo con el microscopio. Con el tiempo se hace un arbusto en el que pueden anidar los pájaros. Ya ocurrió en el principio. La Iglesia madre de Jerusalén fue una cosa muy sencilla, pequeña y humilde. Más aún, desde el principio tuvo que enfrentarse con la hostilidad de las persecuciones. Pero, al cabo de unos siglos, había prevalecido sobre el poderoso Imperio Romano y penetrado en todas sus instituciones, cambiándolas desde dentro. No ha sido la única ni la última vez que esto ha ocurrido. Tengamos, pues, confianza. Dios no pierde batallas y nadie es más poderoso que él. ¡Es la hora de esperar y confiar!       

Domngo 10 del Tiempo Ordinario (10:VI.2018)- Ciclo B

¿MITO O REALIDAD PERSONAL?

“Todo reino dividido se destruye”

*** El evangelio de este domingo presenta un personaje del que se habla poco pero  cuya presencia y actuación no puede ser mayor: el demonio. La primera página de la Biblia se abre, precisamente, con su tentación y victoria sobre nuestros primeros padres, y la última se cierra con su derrota, completa y total, por el Cordero Degollado. Es decir, por Cristo, muerto y resucitado. Más aún, todas las páginas de la Biblia pueden reducirse a esto: la lucha del demonio contra Dios y su creatura, el hombre, y la lucha y victoria de Dios sobre él. El evangelio de hoy es una muestra. Ante la acción de Cristo expulsando demonios y librando a los hombres de su acción malévola, los fariseos reaccionan de modo blasfemo: hace eso porque “tiene un demonio, que se llama Belcebú, que es el príncipe de los demonios”. Jesús les hace ver que esto es un absurdo y un contrasentido: “¿Cómo puede luchar Satanás contra sí mismo?” Lo que ocurre es que él es más fuerte que el demonio y, por eso, le vence y echa fuera del hombre. Eso es lo que demuestra con sus milagros. No obstante, hasta que llegue el momento final de la historia, el demonio seguirá dando guerra e infligiendo todo el mal que pueda al hombre. Esa guerra continúa hoy. Diría más. La ha intensificado. Y en tantísimos casos la gana. Quizás su victoria más llamativa sea la de haber convencido a mucha gente, incluso de Iglesia, que no existe, que es un mito, una idea inventada por personas a quienes se les ha parado el reloj. No piensa así el Papa Francisco, como acaba de recordarlo en su reciente exhortación “Alegraos y regocijaos”: “No pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una  idea”. No. “Es un ser personal que nos acosa”. Algunos casos de esta acción maléfica del demonio pueden ser, por ejemplo, la convicción llevada a tantos y tantas de que el aborto es un “derecho” y una “conquista”, que el ser hombre y mujer no depende de la naturaleza sino de la cultura o que no existe la verdad sino que todo es relativo. Deberíamos recordar que Jesús nos mandó rezar así en el Padre Nuestro: “Líbranos del mal, del maligno”.                 

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo (3.VI.2018) -Ciclo B

José-Antonio Abad

JESUCRISTO VIVE ENTRE NOSOTROS

“Verdadera comida y verdadera bebida”

***** Hoy es la “Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”. En esta tierra seguimos hablando de “Corpus Christi”, pero corremos el riesgo de recortar parcialmente su sentido. No en vano Jesucristo se nos entregó como “verdadera comida” y “como verdadera bebida” e insistió en que teníamos que comer su Cuerpo y beber su Sangre. Pero hemos de entender bien estas palabras. Porque, como él era semita y nosotros tenemos una mentalidad griega, corremos el riesgo de pensar que en la Sagrada Hostia está el Cuerpo y en el Cáliz está la Sangre y que sólo juntándolos, tenemos el Cuerpo y la Sangre. Pero no es así. Cuando un semita hablaba del “cuerpo” y de la “sangre” de un hombre, se refería en los dos casos a la persona entera. Al decir Jesucristo en la última Cena, “esto es mi Cuerpo” y “esta es mi Sangre”, decía: “Esto soy Yo, en mi realidad total de Dios-Hombre”. Cuando ahora vuelve a decirlas por medio del sacerdote, nos dice a cuantos estamos en la Eucaristía: “Esto soy Yo, como Dios y como Hombre verdadero”. Dicho en otras palabras: él mismo se hace verdaderamente presente entre nosotros y se nos entrega en comunión. Por eso, sin miedo a exagerar, podemos decir que nosotros somos “contemporáneos” suyos. No estamos, por tanto, ante algo sino ante alguien, ante una Persona viva. Es verdad que Jesucristo está también verdaderamente presente en su palabra, en sus ministros, en la asamblea reunida para salmodiar y alabar a Dios. Pero sólo en la Eucaristía su presencia es substancial, es decir, sólo en ella está presente la Persona misma del Resucitado. Por eso, cuando comulgamos, comulgamos a Cristo. Y cuando vamos a rezar ante el Sagrario, vamos a estar y  hablar con el mismo Jesucristo. Si tuviéramos más conciencia de esto, las iglesias estarían menos vacías y Jesús sacramentado estaría mucho más acompañado. Y, como consecuencia, habría más padres, más esposos, más jóvenes, más sacerdotes, más necesitados a los pies del Sagrario, pidiendo y alcanzando la gracia de ser cada vez mejores discípulos suyos.        

Santímia Trindiad (27.V.2018) - Ciclo B

TEMPLOS Y SAGRARIOS VIVIENTES

Haced discípulos míos, bautizándolos”

***** En el amanecer de nuestra vida, un sacerdote pronunció estas palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando llegue nuestro atardecer, otro sacerdote quizás pueda acompañarnos y decir: “Sal de este mundo, alma cristiana, en el nombre del Padre que te creó, del Hijo que te redimió y del Espíritu Santo que te santificó”. Nuestra vida comienza con una consagración a la Santísima Trinidad y concluirá con una entrega confiada a los brazos amorosos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Estos dos grandes momentos no son los únicos que están marcados por la presencia y el amor de ese Dios Trinitario. Hay un hilo, invisible pero real, que atraviesa toda nuestra vida y la cose a ese misterio inefable. Gracias al Bautismo, hemos sido acogidos en la familia de Dios como hijos e hijas suyos, y hemos quedado bajo la protección y el poder de Dios. Los años de nuestra vida no son, por tanto, un inmenso desierto en el que caminamos solos y como únicos protagonistas de nuestra existencia. Al contrario, nuestra vida es un río brota continuamente del hontanar de Dios que nos recrea, redime y santifica sin cesar. Podemos vivir sin ser conscientes de esta maravilla. Incluso rebelándonos contra ella. Pero esto no impide que dejemos de ser lo que realmente somos desde el momento mismo de nuestro Bautismo: hijos de Dios, miembros de la familia de Dios, templos y sagrarios de la Santísima Trinidad. Hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, es una buena oportunidad para revivir y revitalizar lo que constituye el núcleo de nuestra vida: que somos de Dios, que venimos de Dios, que estamos habitados por Dios, que somos amados y defendidos por Dios. Cuando hacemos la señal de la Cruz al salir de casa por la mañana, al acostarnos, al comenzar el trabajo, al entrar en la iglesia, al bendecir la mesa… deberíamos recordar que lo hacemos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Repitamos hoy, agradecidos y con un poco más amor, lo que tantas veces hemos dicho: “Gloria al Padre y al Hijo  y al Espíritu Santo”.     

Pentecostés (20.V.2018)- Ciclo B

DE BABEL A PENTECOSTÉS

“Recibid el Espíritu Santo”

**********El capítulo once del libro del Génesis contiene una historia que fue escrita hace unos dos mil quinientos años pero que no ha perdido actualidad. Es la famosa historia de la Torre de Babel. En ella se narra que los hombres, después del diluvio, siguieron multiplicándose y llegaron a alcanzar una cultura muy notable. Además de cuidar sus rebaños y cultivar sus campos, hacían ladrillos y construían edificios. Más aún, eran capaces de proyectar grandes rascacielos. Un día, deseando desafiar el poder de Dios, decidieron construir una torre que llegara al Cielo. De este modo, si Dios decidía castigarles con otro diluvio por sus pecados, fracasaría en su intento, porque las aguas no llegarían a la altura de la torre. Y pusieron manos a la obra. Al principio todos se entendían y las obras avanzaban. Luego las cosas cambiaron: Dios les confundió, haciendo que cada uno  hablase su propia lengua. Al no entenderse, se dispersaron y la torre fue un rotundo fracaso. Siglos más tarde, ocurrió el fenómeno inverso. Un día se habían juntado en Jerusalén gentes que procedían de los más variados lugares del Imperio Romano: Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Cirene y Roma. No habían venido a construir una torre y rebelarse contra Dios. Pero tampoco se entendían, porque cada uno hablaba su propia lengua. En un momento determinado ocurrió un gran milagro: el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y les lanzó a las plazas y calles de Jerusalén a predicar que Jesucristo, el Crucificado, había Resucitado y era el Salvador del mundo. En ese momento se verificó otro gran milagro: todos los que les escuchaban los entendían en su propia lengua. Esta es la rúbrica del Espíritu: la comunión. Mientras el demonio siembra siempre división y enfrentamientos, el Espíritu Santo siembra fraternidad y comprensión. Hoy, día de Pentecostés, repitamos muchas veces este grito de la liturgia: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Porque hoy necesitamos predicar por calles y plazas que Jesucristo es el Único Salvador del mundo.             

Ascensión del Señor (13.V.2018) - Ciclo B

META Y MISIÓN

“Id al mundo entero”

**** Estamos en el monte de los Olivos, frente al todavía deslumbrante Templo de Jerusalén. Jesús ha venido con sus Apóstoles. Once, porque todavía no ha sido cubierta la baja de Judas. No es la primera vez que están aquí. Pero hoy será la última. Jesús les ha traído para despedirse de ellos. Han pasado cuarenta días desde que resucitó. Desde entonces  han estado juntos muchas horas. Han hablado, han comido, han reído, se han dicho y escuchado mil y una confidencias. A partir de hoy esto se acaba. Jesús ya no estará visible ni tangible. Se va al Cielo, que es su meta. Hace unos treinta años bajó de allí para hacerse hombre. Hoy, realizada la gran proeza de la salvación de los hombres, vuelve junto al Padre. Va como Cabeza de esa nueva humanidad redimida. Por eso, aunque parece que asciende solo, todos los redimidos ascienden con él. Los miembros de su Cuerpo no pueden estar separados de la Cabeza. Pero antes tendrán que cumplir una misión: ir al mundo entero, predicar el Evangelio a todos los hombres y mujeres, bautizar a los que les reciban con fe y enseñarles a ser discípulos suyos. ¡Qué impostura tan colosal la del marxismo, calumniando a la religión cristiana de ser el opio del pueblo, el engañabobos para desentenderse de las cosas de este mundo! Deberían contemplar la catedral de Burgos, de Colonia y de Milán, leer El Quijote, extasiarse ante el Cristo de Velázquez o el Moisés de Miguel Ángel, ir a las universidades más antiguas y descubrir en sus archivos que son creaciones cristianas, estudiar quién ha hecho más para reconocer la sacralidad, dignidad e igualdad de todas las personas humanas. El seguimiento de Jesucristo no sólo no ha sido una droga inhabilitante para trasformar el mundo sino su gran revulsivo. No negaré que, en ocasiones, los cristianos no hemos estado a la altura de nuestra misión. Quizás muchos no lo estemos ahora. Pero la misión está ahí: anunciar el Evangelio y hacer discípulos a todos los hombres y santificar todas las realidades nobles de este mundo. Ese es el puente que hay que cruzar para ir al Cielo, que es la meta de toda nuestra vida.            

Domingo 6 de Pascua (6. V. 2018) - Ciclo B

NUNCA ES POSIBLE LA DESESPERACION

“Amaos como Yo os he amado”

*******“Permaneced en mi amor”. Aquí está el resumen del evangelio de este domingo ¿Qué  significan estas palabras? Dos cosas importantes. En primer lugar, permanecer en el amor de Jesús es tomar conciencia de que Él nos ama de modo inconmensurable, infinito. Nadie ha hecho por nosotros lo que ha hecho Él: dar la vida por todos y por cada uno. Lo que decía, asombrado, san Pablo, lo podemos y debemos decir cada uno de nosotros: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Se entregó a la muerte por mí, puntualiza el mismo san Pablo, cuando éramos pecadores, cuando estábamos enfrentados con Él: “Siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”, “cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios”. Todo hombre y toda mujer puede y debe decirlo siempre, sea cual sea su situación personal. Aunque haya sido o sea desastrosa. Incluso si está enfrenado con Dios o está alejado de Él. Hasta si es su enemigo. Dios le ama y le seguirá amando hasta que llegue el momento de la muerte, cuando le obligará a dejar de amarle, si se empecina en rechazar la última oferta de su amor. No es una consideración pietista o una elucubración teológica. Es evangelio puro. Jesucristo, en efecto, al hacerse hombre y asumir la representatividad de toda la humanidad, unió consigo a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. De modo que, cuando entregó su vida en la Cruz por nosotros, todos y cada uno morimos con Él. Luego, todos y cada uno resucitamos con Él. Cristo y los hombres formamos una realidad inseparable. Por eso Él nos ama siempre y por encima de nuestras miserias y pecados. Esto vale todavía más para quienes hemos recibido el Bautismo. Pues gracias a él, todos somos miembros del Cuerpo de Cristo. Cristo no puede dejar de amarnos, porque negaría lo que es Él mismo ha hecho. ¡Qué confianza, qué paz y qué consuelo inspira todo esto!  ¿Cómo no iba a recomendar a los suyos que no olvidaran nunca que Él les amaba? ¿Cómo podría dejar de recomendarles que se amasen así, siempre y por encima de todo? Aquí está la fuerza del “amaos como Yo os he amado”.

Domingo 5 de Pascua (29.IV. 2018) - Ciclo B

¿EFICACES O ESTÉRILES?

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”

****************Dar fruto. Hasta cuatro veces habla de ello el evangelio de este domingo. Es Jesús mismo quien se lo dice a sus discípulos: “En esto es glorificado mi Padre: en que deis fruto abundante”. No sólo fruto sino mucho fruto. La razón es muy sencilla: porque “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. Por el Bautismo, Yo os he convertido en miembros míos, en sarmientos de la Vid. Así como Yo he dado fruto abundantísimo con mi Muerte y Resurrección, ahora os toca a vosotros recibir su influjo y comunicárselo a los demás. De tal modo que, en el supuesto de ser sarmientos secos que no dan fruto aunque estén unidos a la vid, mi Padre les corta, como hacen los podadores de vides. Los bautizados –ojo, no digo los clérigos y religiosos, ellos también-, todos los cristianos tenemos que dar fruto y fruto abundante. Ahora bien, para esto es requisito indispensable estar unidos a la vid, estar unidos a Cristo, “porque sin Mí, no podéis hacer nada”. Nada es nada. No es poco o muy poco. Dicho en positivo y con las mismas palabras del Señor: “El que permanece en Mí y yo en él, ese da fruto abundante”. Los frutos no son consecuencia de nuestras estrategias, de nuestros proyectos, de nuestros planes pluscuamperfectos. Esa es la nueva versión del pelagianismo, como acaba de denunciar el Papa en su exhortación “Alegraos y regocijaos”. Un peligro que debe ser bastante común para merecer la voz de alarma del Papa. Hace siglos que nos lo advertía el Salmista: “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”. Si estamos unidos a Jesucristo daremos fruto abundante; separados, humo y hojarasca. ¿Qué es estar unidos a Jesús? Lo dice él mismo: asumir su doctrina con la cabeza, el corazón y la vida, y cumplir sus mandamientos: el amor incondicional a Dios y a los demás. En esta perspectiva, qué bien se ve la necesidad de confesarnos y comulgar. Confesarnos para reparar las rupturas que originan nuestros pecados graves. Comulgar para que ese horno de amor queme las escorias de nuestro egoísmo y encienda nuestros fríos corazones.            

Domingo 4 de Pascua (22. IV. 2018) - Ciclo B

LA CLAVE ES DAR LA VIDA

“Yo doy la vida por las ovejas”

******** Hasta hace unos años, los campos de Castilla ofrecían una estampa entrañable: un pastor que cuidaba un rebaño de ovejas. Quien observarse con atención, percibía con facilidad que entre el pastor y las ovejas había una íntima relación. El pastor vivía para las ovejas, conocía todas sus peculiaridades y hasta las llamaba por su nombre. Yo les oí decir lindezas como ésta: la lista, la lamerona, la rezagada. Israel fue durante muchos siglos un pueblo de ovejas y pastores.  Por eso, Dios recurrió a esa imagen para expresar las relaciones de protección, cuidado y amor que tenía hacía su pueblo. Incluso los reyes y otros personajes públicos fueron llamados pastores. Las cosas habían cambiado mucho en tiempo de Jesús, pero todavía entonces era fácil aplicar a los responsables del pueblo las relaciones de los pastores con sus ovejas. Jesús mismo se sirvió de esta imagen y no tuvo empacho en llamarse “pastor” y “ovejas” a sus discípulos. “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”, dijo a Pedro cuando le entregó la primacía en su Iglesia. Pero Jesús no se contentó con llamarse “pastor” sino que quiso precisar su alcance: “bueno”, porque no todos los pastores consideraban como suyas a las ovejas sino que eran malos asalariados. Más aún, quiso explicar por qué es “el” Pastor Bueno por antonomasia: “Porque doy la vida por mis ovejas”. Algo que no hacen ni los mejores pastores. Aunque  hoy hayan desaparecido casi por completo los rebaños y los pastores, Jesús quiere recordarnos en este domingo, llamado del Buen Pastor, que es nuestro Pastor, porque ha dado la vida por cada uno de nosotros muriendo en la Cruz. Ahora mismo nos sigue dando su vida en la Eucaristía, cuando lo comulgamos con las debidas disposiciones de alma y cuerpo. Quizás alguno considere pueril o desfasado este lenguaje y estas metáforas. Vayamos al fondo del asunto: ¿Ha dejado de ser verdad que Jesucristo ha muerto por ti y por mí y, por tanto, que es para ti y para mí el Buen Pastor? Ahora bien, ¿tú y yo nos dejamos querer y amar por ese Buen Pastor? Qué distinta sería nuestra vida si dejáramos que la pastorease Jesucristo.            

Domingo 3 de Pascua (15.IV. 2018) -Ciclo B

TESTIGOS DE AYER Y DE HOY

“Vosotros sois testigos de estas cosas”

*********Todas nuestras familias tienen su propia historia. Esa historia no está hecha de especulaciones, opiniones o ideas personales sino que se fundamenta en hechos, testigos y narradores. Nuestros padres vieron que nuestros abuelos hicieron o dejaron de hacer ciertas cosas, luego nos las trasmitieron y nosotros hacemos lo mismo con los que nos siguen. Sin esos hechos, testigos y narradores nosotros seríamos un árbol sin raíces y sin referencias. La Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios, tiene también su propia historia y, por ello, sus hechos fundantes, sus testigos y sus trasmisores. Los hechos son la vida, doctrina y obra de Nuestro Señor Jesucristo. Los testigos son los apóstoles, los cuales vivieron con él y le acompañaron en su vida, en su muerte y en su resurrección. Ellos mismos fueron también los trasmisores, sobre todo, con su propia vida, su predicación y sus escritos. Esos escritos son “los evangelios”, como los llamaba ya san Justino, a mediados del siglo segundo. De hecho, san Mateo y san Juan fueron del grupo de los Doce y san Marcos nos ha trasmitido la predicación de san Pedro a los cristianos de Roma. Gracias a ellos sabemos que Jesucristo resucitó, pues le vieron en persona en muchas ocasiones, contemplaron sus manos y pies llagados, comieron con él, recibieron el mandado de contárselo al mundo entero. “Vosotros, les dijo Jesús en el evangelio de este domingo, sois testigos de esas cosas”. Cuando os envíe el Espíritu Santo iréis a anunciárselo “al mundo entero”. Tú y yo somos parte de ese mundo y, por ello, los que ahora hablamos de ello a los que no conocen o se han apartado de Jesucristo. No hace falta ser sacerdote. Todos los bautizados somos “testigos” que confiesan su fe sin miedos ni vergüenzas. Diría más. Los primeros y principales testigos y narradores de la fe son los padres. Ellos son los primeros que descubren a Dios a sus  hijos, los primeros que les hablan de él, los primeros que les enseñan recurrir a Dios en las alegrías, penas, éxitos y fracasos, los primeros que les enseñan a rezar y a pedir perdón de sus pecados. ¡Qué maravilloso es ser testigos de Jesucristo con los hechos y las palabras!          

Domingo de Resurrección (1.IV.2018) - Ciclo B

UNA EXCLUSIVA DE DIOS

“Resucitó, no está aquí”

Voltean las campanas en la torre. Suenan las campanillas en las misas. Los altares se llenan de flores. Vibran los aires con el aleluya. Todo tiene olor y sabor a fiesta grande.  No sólo es hoy una fiesta grande sino la más grande. Jesucristo ha resucitado. El que murió en la Cruz y fue enterrado en un sepulcro nuevo, ha vuelto a la vida. Tenía que ser así, porque Dios nunca es derrotado por el hombre. Lo sería si la Pasión fuese la última secuencia de la vida de Cristo. Pero la última secuencia, lo que al final prevaleció  fue la vida. Jesús había afirmado con reiteración que sería crucificado y muerto, pero que al tercer día volvería a la vida. Hoy cumple su palabra. ¡Lástima que no hubiera allí una cámara oculta para grabar ese momento único! Porque no ha existido otro momento tan espectacular como la vuelta a la vida del cuerpo muerto de Jesús. Fue un hecho real, acontecido en un momento puntual de nuestra historia. Pero, a la vez, un hecho que se sitúa más allá de nuestra historia, dado que inaugura una nueva historia, una nueva existencia, un nuevo género de vida. Se acabó el dolor, la cruz, el sufrimiento, el aparente fracaso. El demonio ha sido derrotado. El pecado y la muerte también. Se han abierto las puertas del paraíso, cerradas tras el pecado de Adán. Jesús ha recuperado para el hombre la posibilidad de volver a ser hijo de Dios en él. Esta es la fe de quienes creemos que Jesús no permaneció muerto sino que resucitó. Si no creyéramos esto, seríamos los más desgraciados de los hombres, porque seguiríamos a un derrotado, a un vencido. Además, haríamos mentiroso a Dios, al atribuirle una falsedad. Pero no somos ni desgraciados ni mentirosos sino creyentes. Creemos que Jesús ha resucitado. Más aún, que nosotros correremos la misma suerte. Sufriremos y moriremos. Pero al final de los tiempos Cristo nos devolverá la vida para que también nuestro cuerpo vaya al Cielo con él. Esta es la médula del cristianismo. Para hacer casas y puentes, y para erradicar el hambre nos bastamos a nosotros mismos. Para lo que necesitamos a Dios es para volver a la vida después de haber muerto. Alegría. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Domingo 5 de Cuaresma (18. 3. 2018) - Ciclo B

GRANO DE TRIGO Y HARINA MOLIDA

“Si muere, da fruto abundante”

Jesús está en Jerusalén. Ha venido a celebrar la Pascua. Ya lo ha hecho otras dos veces, pero ésta tiene una importancia especial. En las anteriores había un cordero que se degollaba en el Templo y luego se asaba y comía en casa como algo sagrado, porque conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto. En esta ocasión, el Cordero será él, que también será degollado y muerto, precisamente a la misma hora en que se mataban los corderos pascuales. Muchas veces había soñado con este momento, que él celaba con las expresiones enigmáticas de “no ha llegado mi hora”, “cuando llegue la hora” y similares. “Su hora” ha llegado. Es la hora de entregar su vida, de hacerse lo que dirá a quienes ahora le rodean: “grano de trigo que cae en tierra y muere”. Él no ha venido al mundo para irse con las manos vacías sino cargadas con fruto abundante. El grano de trigo, en efecto, sólo se pierde cuando no se siembra o cuando no germina. Pues acaba en la boca de un pájaro o convertido en harina y comido por los hombres. Si cae en tierra y germina, se destruye. Pero es una destrucción sólo aparente. Porque de él surgirá un puñado de espigas y muchos granos. De la muerte de Cristo surgirá la Iglesia y sus sacramentos, sobre todo los del Bautismo y la Eucaristía. Más aún, surgirá una nueva humanidad. Esa muerte alcanzará con su eficacia a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos que podrán liberarse de sus pecados, convertirse en hijos de Dios, vivir como verdaderos hermanos y abrirse, por la resurrección, a un horizonte de eternidad. Para nosotros, discípulos suyos, rige la misma ley. Si corremos su misma suerte, si morimos a nosotros mismos y nos damos sin tasa ni medida a los demás daremos mucho fruto. El que quiera llevar una vida sin cruz y sin muerte, además de intentar un imposible, se cierra a la fecundidad y se queda prisionero de su egoísmo. Su vida no habrá valido la pena. ¡Cuántas vidas actuales son granos de trigo infecundo, vidas que no son vida, vidas gastadas en futilidades y autodestrucciones! Jesús se acerca hoy a ti y a mí y nos invita a dar la vida, a entregarnos por amor, a llenarnos de frutos.    

Domingo 4 de Cuaresma (11. 3. 2018) - Ciclo B

DISCÍPULOS DE DÍA Y DE NOCHE

“Dios envió su Hijo al mundo para salvarlo”

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En tiempos de Jesús ocurría como ahora. Había discípulos de día y discípulos de noche. Los primeros eran los que por convencimiento o superficialidad no tenían miedo para presentarse como tales y seguirle de un lado a otro. Los discípulos de noche eran los que tenían miedo de ser reconocidos como seguidores de Jesús y buscaban la oscuridad para pasar inadvertidos. Algo así como los que ahora ocupan cargos públicos, de mayor o menor relevancia, y no se atreven a desafiar la dictadura de lo políticamente correcto y se guardan. Uno de aquellos discípulos de noche era Nicodemo. Era maestro de la Ley, intelectual, y miembro de aquella especie de tribunal supremo que regía a Israel en la religión y en la política. Una noche fue a conversar con Jesús. La verdad es que la conversación fue sumamente interesante. En ella salieron a colación cosas tan importantes como el nuevo nacimiento que supone el Bautismo. Pero no fue la única perla del coloquio. Jesús, en efecto, le hizo una confidencia que vale por todo el Evangelio. No hay peligro de exageración. Porque esa confidencia no sólo es la síntesis del Evangelio sino su clave de lectura. Vale la pena trascribirla tal cual: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él”. Quien lea la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, verá que todo se reduce a esto. Que todo remite a esta historia de amor que Dios ha desarrollado y seguirá desarrollando hasta el fin del mundo para que todos podamos ir al Cielo. Pero Dios no quiere forzar nuestra libertad. Nos ofrece reiteradamente la salvación pero no nos la impone. Y nosotros podemos hacer lo que hicieron no pocos judíos: rechazarla y empecinarnos en ir por el mal camino y no querer salir de él. Pascua está a la vista. Apenas tres semanas. ¿Seremos capaces de ir a confesarnos, aunque sea de noche y en el rincón oscuro de una iglesia, o preferiremos cerrarnos, una vez más, a la luz y al amor?        

Domingo 3 de Cuaresma (4. 3. 2018) - Ciclo B

DIOS Y EL DINERO

“Lo reconstruiré en tres días”

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Estamos con Jesús en el Templo de Jerusalén, cuando todavía es el orgullo de Israel. No en el santuario sino en los atrios. Porque el santuario contiene “el santo” y el “santo de los santos”, dos recintos sagrados a los que sólo tienen acceso los sacerdotes y el sumo sacerdote, respectivamente. En los atrios hay mucha gente. Y muchas clases de animales: bueyes, corderos, palomas. Vamos, un verdadero mercado. Por si fuera poco, menudean las mesas de cambio, como si fuera un parqué de bolsa anticipado. Es verdad que en un principio estas cosas habían facilitado el cumplimiento del precepto del Éxodo, que indicaba no ir con las manos vacías al Templo. Pero, poco a poco, el dinero había hecho lo que suele hacer: corromper los corazones. Jesús no pasa por esto. Coge unas cuerdas, hace un buen cordel y comienza a desalojar aquel mercado, mientras va tirando las mesas de los cambistas y gritando: “Esta casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en un mercado”. Los fariseos y, sobre todo, los saduceos –que eran materialistas y ricos- se sienten atacados en sus intereses económicos y se encaran con Jesús: ¿Quién -le dicen- te ha dado autoridad para hacer esto? Él les da una respuesta que no entienden, pero no por ser oscura sino por ser profética y portadora de un formidable mensaje: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. Era la revelación del insondable misterio pascual de su muerte y resurrección. Lo aclara muy bien el evangelista, cuando hace esta precisión: “Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que había dicho esto y creyeron en las Escrituras”. Estas palabras nos anuncian que estamos un poco más de cerca de la celebración de ese misterio en la próxima Pascua. Pero como no es una mera celebración ritual sino también existencial, hemos de examinar qué lugar ocupa el dinero en nuestra vida. Porque no es  infrecuente que lo convirtamos en un ídolo y lo coloquemos en el lugar que es exclusivo de Dios. Por eso, necesitamos coger el cordel de la sinceridad, llamar a las cosas por su nombre, cambiar de vida y confesar nuestros pecados en la Penitencia.

Domingo 1 de Cuaresma (18/2/2018

ES LA HORA DE VOLVER A CASA

“Fue tentado por Satanás”

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“Detente, mira y vuelve”. Estos tres verbos, con los que abrió el Papa Francisco la cuaresma, me parecen el mejor comentario al evangelio de este domingo. Porque este domingo se llama “de las tentaciones”, ya que Jesucristo las sufrió en el desierto y nosotros también. Nosotros, en efecto, somos puestos a prueba por Satanás. Y no durante cuarenta días, sino a lo largo de toda nuestra vida y, además, corremos el riesgo de no darnos cuenta de ello. Por eso, hay que pararse, detenerse. Sí, hay que pararse, porque existe como un “mandamiento de vivir acelerado que dispersa, divide y termina destruyendo el tiempo de la familia, el tiempo de la amistad, el tiempo de los hijos, el tiempo de los abuelos, el tiempo de la gratuidad, el tiempo de Dios”. Pero no basta con pararse. Es preciso mirar lo que se abre ante nuestros ojos en medio de la vorágine de la vida. No es fácil mirar, que es algo muy distinto de ver. Hay que mirar rostros concretos, rostros de carne y hueso. Los rostros de “nuestras familias que siguen apostando día a día para sacar la vida adelante”. Los rostros interpelantes de “nuestros niños y jóvenes cargados de futuro y esperanza, que exigen dedicación y protección”. Los rostros de “nuestros enfermos y de tantos que se hacen cargo de ellos”. Los rostros, especialmente, “de Cristo Crucificado por amor y sin exclusión” y el de su Madre, que también es Madre nuestra. Si nos detenemos, si miramos con verdad y sin prisas estos rostros, veremos que es urgente e inevitable volver. Sí, volver a casa, volver a la iglesia, volver a los sacramentos. “¡Vuelve!, sin miedo a participar de la fiesta de los perdonados, a experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios. Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: os daré un corazón nuevo”. Todos tenemos muchas heridas. Las de algunos son especialmente dolorosas, porque no se sienten queridos por nadie y han olvidado que son hijos, quizás pródigos, pero hijos de Dios, que está a la puerta para darles el abrazo de su perdón misericordioso. Todavía no es demasiado tarde. Pero ya es hora de volver a casa.   

Domingo 6 del Teimpo Ordinario (11/2/2018

TODOS SOMOS LEPROSOS

“Si quieres, puedes limpiarme”

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Un muerto en vida. Esto era un leproso en tiempos de Jesús. Su enfermedad era prácticamente incurable. Quien la contraía estaba vetado por la sociedad, por su familia y por la religión. Tenía que vivir en despoblado y gritar “¡leproso, leproso!”, si alguien se acercaba sin saberlo, pues si le tocaba quedaba impuro y manchado como él. Un día, uno de estos desgraciados se acercó a Jesús. San Marcos no nos dice qué le había movido a hacerlo. En cambio nos da  una serie de detalles a cual más enternecedores. Ese hombre se acerca a Jesús y lo hace como no lo había hecho ningún otro enfermo: se pone de rodillas, le muestra su situación y añade: “Si quieres, puedes limpiarme”. No le dice “cúrame, por favor”. Deja que sea él quien tome la decisión. Jesús nunca defrauda. Al contrario, siempre va mucho más lejos. ¡Cómo  no iba a querer curar a este hombre, si se lo pedía con tanta humildad y generosidad! “Le curó y quedó limpio”. Pero san Marcos dice más. Jesús se conmovió y tocó su carne manchada, sin hacer ascos y sin miedo a contaminarse. Él es así. Lástima que nosotros, leprosos del alma desde la cabeza a los pies, no reconozcamos nuestra enfermedad ni le demos importancia y, en consecuencia, no acudamos a Jesús para que nos cure. Sí. Para que cure nuestros criterios, tan rastreros  mundanos, nuestras conversaciones, tan frívolas e hirientes, nuestras salidas de tono en casa y en el trabajo, nuestros pecados contra la justicia y la carne. Como nosotros no vamos a él, él viene a nosotros. El próximo miércoles comienza la Cuaresma, tiempo de gracia especial en el que Jesucristo se acerca a curar la lepra de todos nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia. Si llevamos cuenta de los años que han pasado desde nuestra última confesión y si nos miramos con verdad y sinceridad en el espejo de nuestra conciencia, es más que probable que corramos a los pies de un sacerdote para que nos cure. Quizás el demonio te susurre que estos son “sermones de otras épocas”. Respóndele con decisión: No comparto tu  opinión y no estoy dispuesto a perderme el gozo de sentirme perdonado.