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LITURGIA DEL VATICANO II

Domingo 2 de adviento (10.12.2023) - Ciclo B

 

PREPAREMOS EL CAMINO AL SEÑOR

“Detrás de mí viene el que es más que yo”

Durante la época de la reconquista los castillos jugaron un papel de primera importancia. Allí estaba un vigía permanente para alertar de la llegada de tropas enemigas y sus características. Cuando las oteaba en el horizonte, daba la alerta y todos se preparaban para la defensa y, si era posible, la victoria. En el evangelio de este domingo aparece un vigía que alerta también al pueblo, pero no de la llegada de un enemigo sino del que había sido anunciado muchas veces desde hacía más de mil años como su Mesías y Salvador. Estaba a punto de darse a conocer y era preciso prepararse bien para recibido. ¿Cómo? Con una vuelta verdadera a Dios, reconociéndose pecadores y recibiendo un rito de agua que él mismo realizaba en el Jordán y que manifestaba su condición de pecador arrepentido. También hoy hay bautistas que nos anuncian la pronta llegada del Mesías y Salvador en Navidad. Ciertamente ya vino hace dos mil años y nos salvó dando su vida por nosotros en la cruz. Pero quiere seguir viniendo porque le necesitamos  ¡Ya lo creo que le necesitamos, pues todavía nos falta mucho para ser los discípulos que debemos ser! Preparar la Navidad es mucho más que preparar una buena cena de Nochebuena. El camino es el que trazó Juan Bautista: reconocernos pecadores, pedir perdón, confesarnos y volver a empezar. Estamos ya en una época en la que los cristianos necesitamos acoger personalmente a Jesucristo que se acerca a nosotros con su infinita misericordia y amor. Pero hay que hacer esa opción. La fe ya no es sólo una herencia sino una opción personal.         

Domingo 1 de Adviento (2.12.2023) Ciclo B

JESUCRISTO, "CENTRO Y META“

”Vendrá”

Para los cristianos hoy  es año nuevo. Nosotros no somos cristianos  por seguir un calendario de días, meses y años sino porque seguimos a Jesucristo. Pero no como un personaje de la historia que hizo grandes cosas pero despareció como los demás grandes personajes. Tampoco porque nos ofrezca un sistema ético que nos entusiasma. No. Le seguimos como una persona que vive entre nosotros, que nos cuida, nos ayuda y nos perdona. Gracias a su resurrección es contemporáneo nuestro y de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, geografías y culturas. Murió, ciertamente, pero volvió a la vida y además glorioso. Él se hace presente en nuestras celebraciones litúrgicas, de modo que es él –no nosotros- quien las preside y las comunica su fuerza para que  trasformen nuestras vidas. Por desgracia hay muchos cristianos que no han descubierto esta gozosa y decisiva realidad. De ahí que para ellos ser cristiano sea cumplir unas cuantas acciones religiosas pero sin incidencia en su vida personal, familiar y social. Con esos esquemas, las celebraciones no son momentos en los que celebramos los grandes misterios de Cristo: el anuncio de su llegada, su nacimiento, su pasión y muerte, su resurrección y ascensión gloriosa y el envío del Espíritu Santo como don que nos ganó en la cruz em los que él nos comunica su salvación sino celebraciones, más o menos bellas, en las que lo pasamos más o menos bien. El año nuevo que hoy comienza debe estar orientado y guiado hacia Jesucristo, como a él está orientado y guiado todo el Antiguo y el Nuevo Testamento. Feliz año nuevo cristiano.   

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo (26. 11. 2013) - Ciclo A

TRANSFORMAR ESTE MUNDO

“Sí, soy Rey”

 “¿Tú eres rey?”, preguntó Pilato a Jesús. Sí, pero “mi reino no es de este mundo”. Era como decirle que él no ha venido a la tierra para implantar un imperio como el americano o el chino. Ha venido para librar a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos –incluso a la misma creación- de la esclavitud del pecado y de la muerte y llevarles un día, si ellos así lo quieren, a la casa del Padre para vivir para siempre y ser felices por toda la eternidad. Esto sólo él podía hacerlo y lo hizo, aunque le costara la vida, que luego recobró con la resurrección. Pero ojo. Que el reino de Cristo no sea de ese mundo no quiere decir que no tenga que incidir en las estructuras, sistemas, proyectos y realizaciones de los reinos y estados de la tierra. No. El reino de Cristo requiere y exige que todas las personas, por el hecho de ser tales, no pasen hambre, puedan trabajar, tengan acceso a la cultura, vivan en libertad, ocupen una vivienda digna, disfruten de espacios y tiempos de descanso, etcétera. Un cristianismo sin esta incidencia social no es un verdadero cristianismo. En él viven instalados tantos cristianos que se limitan a cumplir unas prácticas religiosas sin vida ni mordiente. Han llegado a esta situación no tanto por egoísmo como por falta de formación cristiana auténtica y también por una cultura individualista que hemos mamado y se arrastra desde siglos. Urge reaccionar. No basta con preocuparse de la propia persona y de la propia salvación. Es preciso abrirse a los demás y entregarse por amor y generosidad a trasformar este mundo según el designio de Jesucristo.       

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (19.11.2023) - Ciclo A

 

TRES VIDAS Y TRES SENTENCIAS

“Bien siervo bueno y fiel”

De un tiempo a esta parte se ha acentuado la autonomía del individuo de tal modo que cada uno hace lo que le place con lo que llama “suyo”: tiempo, cualidades,  cuerpo, vida, alma, muerte. Piensa que no tiene que dar cuentas a nadie. Pero esto no es andar en verdad. Porque la verdad es que no nos hemos dado nosotros la vida ni la salud ni nada y que cuando la muerte nos dé una palmadita en la espalda y nos diga: cierra el libro de esta vida y prepara las maletas para “el más allá de la eternidad”, obedeceros sin pestañear. Entonces tendremos que dar cuentas de todo eso al dueño, que es Dios. Jesucristo, que nos ama demasiado, no ha querido que vivamos a oscuras y vayamos al precipicio. Lo ha hecho con una sencilla parábola, en la que Dios, bajo la imagen de un rico propietario, entrega parte de su hacienda a tres empleados, con la intensión de que lo exploten. A uno le dio cinco, a otro dos y a otro uno. Cuando volvió y pidió cuentas del fruto logrado, tanto el de cinco como el de dos, habían doblado el capital: diez y cuatro. A pesar de la diferencia cuantitativa premió a los dos de igual manera. Porque ambos habían merecido el calificativo de “siervo bueno y fiel”. Y ambos entraron en su casa para siempre. Pero el otro entregó lo mismo que recibió. Por eso el dueño le calificó como “siervo malvado, holgazán e inútil”. Éste no entró en la casa de Dios sino que se quedó fuera para siempre. No nos engañemos. Un día tendremos que rendir cuentas del uso o abuso de nuestra vida. Y recibir el justo veredicto.  No se trata de meter miedo sino de vivir en verdad.

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (19.11.2023) - Ciclo A

 

TRES VIDAS Y TRES SENTENCIAS

“Bien siervo bueno y fiel”

De un tiempo a esta parte se ha acentuado la autonomía del individuo de tal modo que cada uno hace lo que le place con lo que llama “suyo”: tiempo, cualidades,  cuerpo, vida, alma, muerte. Piensa que no tiene que dar cuentas a nadie. Pero esto no es andar en verdad. Porque la verdad es que no nos hemos dado nosotros la vida ni la salud ni nada y que cuando la muerte nos dé una palmadita en la espalda y nos diga: cierra el libro de esta vida y prepara las maletas para “el más allá de la eternidad”, obedeceros sin pestañear. Entonces tendremos que dar cuentas de todo eso al dueño, que es Dios. Jesucristo, que nos ama demasiado, no ha querido que vivamos a oscuras y vayamos al precipicio. Lo ha hecho con una sencilla parábola, en la que Dios, bajo la imagen de un rico propietario, entrega parte de su hacienda a tres empleados, con la intensión de que lo exploten. A uno le dio cinco, a otro dos y a otro uno. Cuando volvió y pidió cuentas del fruto logrado, tanto el de cinco como el de dos, habían doblado el capital: diez y cuatro. A pesar de la diferencia cuantitativa premió a los dos de igual manera. Porque ambos habían merecido el calificativo de “siervo bueno y fiel”. Y ambos entraron en su casa para siempre. Pero el otro entregó lo mismo que recibió. Por eso el dueño le calificó como “siervo malvado, holgazán e inútil”. Éste no entró en la casa de Dios sino que se quedó fuera para siempre. No nos engañemos. Un día tendremos que rendir cuentas del uso o abuso de nuestra vida. Y recibir el justo veredicto.  No se trata de meter miedo sino de vivir en verdad.

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (12.11.2023) - Ciclo A

SENSATEZ Y NECEDAD

“Y se cerró la puerta”

Se desnudan los árboles. Las tardes se acortan. Arrancamos las últimas hojas de los calendarios. Todo indica que llegamos al final. La liturgia no es ajena a este clima y sus textos insisten también en “esto se acaba”. Sólo que lo que se acaba es nuestra existencia. Sus tonos no son dramáticos ni miedosos pero sí muy sinceros y realistas. Porque nos recuerda lo que nos estamos jugando en nuestra vida. Nos lo dice con una parábola tan sencilla como profunda: cuando llegue la muerte, cuyo momento desconocemos todos, unos se encontrarán preparados y otros no, como las doncellas que acompañaban a la novia en la noche de bodas mientras llegaba el esposo. Las cinco preparadas, entraron al banque de bodas y las otras cinco no lo estaban y quedaron fuera. Así nos ocurrirá a todos nosotros. Los preparados entrarán en el banquete de bodas del Cielo para ser felices por toda la eternidad. Otros, en cambio, a lo que estaban y para lo que habían vivido eran “sus cosas”: pasarlo bien, mandar mucho,  tener cada vez más cosas y dinero, viajar de acá para allá, en una palabra, en todo lo que es transitorio, sin verdadero valor, sin raíces de eternidad. Pero el “carpe die” tiene las patas cortas. Sólo el amor las tiene largas y capaces de llegar hasta el verdadero final. Esta parábola, pues, de las diez doncellas que acompañan a la novia que espera al novio, muestra que hay que estar preparados, como las cinco sensatas. Dejar todo para un final imprevisto, como hicieron las otras cinco, es necedad. Porque podemos encontrar la puerta cerrada para toda la eternidad. Y eso es muy triste.    

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (5.11.2023) - Ciclo A

PALABRASA Y EJEMPLO

“Haced lo que os digan2

¿Hay algo más descalificador para un educador que un tercero advierta a sus pupilos: Ojo, haced lo que os enseñan pero no sus ejemplos? ¿Qué ocurría a los educadores del pueblo de Dios para que Jesús les descalifique en esos términos tan radicales? Ellos debían enseñar la Ley que Moisés había recibido de Dios en el Sinaí y ser los primeros en  cumplirla. Sin embargo, se fijaban en bagatelas externas y no tomaban en serio “la justicia, la misericordia  y la fidelidad”. Hacían ayunos, limosnas y oraciones, pero por ostentación, “para que les vea la gente”. En esta misma línea se movían en los ámbitos sociales, porque les gustaba ocupar los primeros puestos en los banquetes, los lugares de honor en las sinagogas y que les llamaran “doctores”, es decir que dijeran cuánto sabían y qué listos eran. En el centro de su misión no estaba Dios ni los que Dios les había confiado sino en ellos mismos. Para sus discípulos Jesús exige un comportamiento totalmente opuesto. Nosotros somos ahora los discípulos de Jesús. La pregunta es, pues, irrecusable: ¿Los sacerdotes –yo el primero- los padres, los educadores de todo tipo, también los políticos, nos vemos reflejados en aquellos fariseos o guiados por las palabras de Jesús que nos dice que todos los cristianos, antes de ser distintos, “sois hermanos”? Frente a esta radical igualdad, todo lo demás pasa a segundo plano. Quizás valga la pena detenerse a pensar el influjo social y religioso -incluso para los más alejados-, que causaría este modo de proceder, comenzando por los más cercanos: familia, amigos, colegas de trabajo.   

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (15.10.2022) - Ciclo A

TODOS ESTAMOS INVITADOS

“Salid a los caminos e invitad a todos”.

Un rey celebraba la boda de su hijo y preparó un gran banquete. Cuando todo estuvo preparado, envió mensajeros para avisar a los convidados. Pero éstos reaccionan con indiferencia, con malos tratos e incluso con la muerte de los emisarios. El rey, lejos de desanimarse, mandó a sus criados salir a los caminos e invitar a cuantos encontrasen. La respuesta fue formidable: se llenó la sala de invitados. Cuando el rey entró para saludarles, vio que uno había entrado sin el traje de boda. Al verlo, le increpó: ¿Cómo has entrado aquí sin ponerte el traje de boda? Él calló. Entonces el rey mandó que lo sacaran fuera, que lo castigaran y cerraran la puerta. El rey es Dios, el que se casa es su propio Hijo, la boda es la alianza con el primer pueblo, los emisarios son los profetas, los que llenan la sala son los de su nuevo y definitivo pueblo formado por todos los que aceptan su alianza, entre los que sobresalen los pobres, el traje de boda es el que recibimos en el bautismo y conservamos sin mancharlo ni rasgarlo. Pero incluso en este caso, Dios nos da la posibilidad de recuperarlo limpio y sin jirones mediante el sacramento de la penitencia y así participar también en el gran banquete de la Eucaristía. En una ocasión me dijo un buen sacerdote con gran experiencia: la vida cristiana se desplaza sobre dos ruedas: la Eucaristía y la Penitencia. Quien las lleva pinchadas, no da pasos importantes aunque se mueva mucho. Con el tiempo lo he verificado muchas veces. Dada la fragilidad humana, ¿cómo podemos prescindir del sacramento de la misericordia?         

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (8.10, 2023) Ciclo A

¿PUEDE EUROPA CORTAR SUS RAÍCES CRISTIANAS?

“Se os quitará a vosotros el Reino de Dios”

La síntesis de la historia del primer Pueblo de Dios descrita bajo la forma de la parábola de una viña arrendada a unos labradores descrita en tres actos: el arriendo, la respuesta de los labradores respecto al cobro de la renta por los enviados del dueño y el juicio de éste sobre ellos. Eso es el evangelio de hoy. La viña fue Israel, a quien Dios eligió como Pueblo suyo esperando muchos y buenos frutos. Pero muchos de ese Pueblo quebrantaron reiteradamente el Decálogo. Dios no se canso de enviarles profetas y hombres santos invitándoles a la conversión. Incluso mandó a su propio hijo. Y a todos los rechazaron y al hijo lo mataron. Ante tanta ingratitud Dios eligió otro pueblo, la Iglesia, con judíos y gentiles de todos los tiempos. Parte importante de ese Pueblo es lo que hoy llámanos Occidente, del que Europa forma parte. Occidente acogió y respondió durante siglos, dentro de múltiples pecados, pero se arrepentía de ellos y Dios derramó abundantísimos bienes de todo tipo sobre ella. Pero la Europa de los últimos siglos se ha cansado de Dios y le ha  ido orillando cada vez más. Hoy le ha echado de las instituciones y de la vida pública de modo clamoroso. ¿Puede Europa correr la suerte de las florecientes comunidades cristianas del norte de África y Oriente medio hoy casi desaparecidas? Los profetas de Dios: el Papa, los obispos, tantos hombres sabios y santos que la llaman a volver a sus  caminos sin renunciar a todo lo bueno adquirido, son despreciados y perseguidos. ¿Meter la cabeza bajo el ala es lo más inteligente?      

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (24. 8. 2023) - Ciclo A

SIEMPRE ESTAMOS A TIEMPO

“Id también vosotros a mi viña”

En tiempos de Jesús, los jornaleros del campo se situaban cada día en la plaza para ofertar su trabajo y ajustar un jornal. De esa estampa se sirvió él para la parábola de este domingo. Un rico propietario salíó a contratar obreros al romper el día, a las nueve, a mediodía y al atardecer. A todos les dijo lo mismo: “Id a trabajar a mi viña”. Llegada la hora de pagar, comenzó por los que habían trabajado poco más de una hora y les dio un denario, que era el jornal de todo el día. Al verlo los de la mañana, pensaron que su jornal sería notablemente mayor, dado que habían soportado el peso del día y del calor. Pero les dio un denario. Cuando protestaron, él les contestó: “¿No habíamos quedado en que el jornal era un denario?” Toma lo tuyo y vete, pues con lo mío puedo hacer lo que quiera. ¡Qué suerte para nosotros que tuviese esta reacción! Todo se aclara, sabiendo que el propietario es Dios y que la viña es el Cielo. Él quiere ardientemente que todos vayamos allí. Por eso, sale en nuestra búsqueda al comienzo de la vida, cuando somos jóvenes, al llegar a la madurez y cuando estamos recorriendo el último tramo de la vida. La oferta no varía: “Quiero que vayas al Cielo”. También ahora. Siempre, por tanto, estamos a tiempo. No importa que hayamos estado lejos de él durante años, incluso hasta el atardecer de la vida o el último momento. Si nos arrepentimos y nos confesamos, él nos dará el denario del Cielo. No porque lo hayamos sudado sino porque es bueno. Inmensamente bueno. “Todo es gracia”. Dejemos que Dios use su lógica de Padre, no la nuestra.           

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (17.9.2023) - Ciclo A.

NOS INTERESA PERDONAR

¿No debías haber hecho lo mismo?

Unos cien millones de los euros actuales era la deuda de un criado con su rey, y unos tres mil euros lo que un compañero le debía a él. El rey le perdonó la inmensa deuda, cuando le suplicó que tuviera paciencia y se lo pagaría todo. Cabía esperar que él hiciese lo mismo con su compañero, cuando le prometió pagarle la deuda. Pero su reacción fue maltratarle y llevarle a la cárcel hasta que le pegara. Cuando el rey se enteró de su conducta, le echó en cara su modo de proceder y le metió en la cárcel hasta que devolverá toda la deuda, algo que excedía completamente las posibilidades del deudor. Esta es la síntesis de la parábola del evangelio de hoy, que Jesús propuso a Pedro, como respuesta a esta pregunta: “si mi hermano me ofende ¿tengo que perdonarle siempre?” La parábola vale más que mil razonamientos sobre el perdón de las ofensas. La entendemos todos y nos la aplicamos cada uno con facilidad, conscientes, como somos, de que el deudor del rey –de Dios- somos tú y yo, que le hemos ofendido infinidad de veces y siempre nos ha perdonado cuando le hemos pedido perdón, mientras que nosotros podemos empeñarnos en no perdonar a un hermano, vecino o compañero lo que nos parece imperdonable por su gravedad, por su reiteración o por las dos cosas. A veces, se puede pasar la vida entera recomidos de rencor y odio y sin gustar el gozo de perdonar. Por eso es de suma importancia reflexionar sobre la conclusión que sacó el mismo Jesús, cuando todavía podemos rectificar: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano”.

Doingo 21 del Tiempo ordinario (27.8-3023) - Ciclo A

LA GRAN PREGUNTA

“Tú eres el Hijo de Dios vivo”

El evangelio de hoy nos sitúa ante la pregunta más importante que se nos puede formular: “Tú, ¿quién dices que soy yo?” El que la hace no es un cualquiera sino el mismo Jesucristo. No vale que respondamos a través de lo que dicen los libros o los medios de comunicación. Ahí se pueden encontrar repuestas semejantes a las de quienes escuchaban a Jesús mientras predicaba: que es un gran hombre, un modelo de vida, un superestrella, equivalente actual de lo que decía “la gente” de entonces: “un profeta” o “Juan el Bautista”, cuya vida todos habían admirado. En los libros y en los medios de comunicación podemos encontrar opiniones elogiosas sobre Jesús. Pero Jesús no se contenta con ellas y nos dice como a los apóstoles: eso dice la gente, pero vosotros ¿quién decís que soy Yo? Sólo hay una respuesta. La de Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Pedro había dado en el clavo, no porque fuera más listo que “la gente”. No. Pedro responde así, por lo que le replica Jesús: “Bienaventurado tú, Simón, porque eso no te lo ha dado a conocer nadie de carne y sangre –ningún hombre- sino mi Padre que está en los Cielos”. Sin fe es imposible saber quién es Jesús. Y la fe no es fruto del estudio o de una conducta honrada. La fe es un don de Dios. Y, por ser don, algo inmerecido. El camino a través del cual suele llegar ese don es la Palabra de Dios acogida y respondida, y la humildad. Porque Dios se revela a los sencillos, no a los autosuficientes que no necesitan de él. ¡Qué humanidad tan distinta sería la nuestra, si acogiese a Jesús como su Salvador, según confesó Pedro!      

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (20.8.2023) - Ciclo A

LA FE QUE MUEVE MONTAÑAS

“Mi hija tiene un demonio muy malo”

Impresionante. Esta es la palabra más adecuada para calificar el evangelio de este domingo. Jesús está en territorio de paganos, no entre los suyos. Mientras camina con sus discípulos, una mujer comienza a gritarle: “Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Jesús sigue caminando sin hacerle caso. Ella también sigue gritando. Más aún, acelera el paso, se pone delante de él, se postra de rodillas y le repite su petición. “No está bien dar a los perros el pan de los hijos”, le contesta Jesús. Ella está de acuerdo, pero en un arranque de madre replica: “Es verdad, pero los perros también comen las migajas de las mesas de sus señores”. Jesús se da por vencido y le contesta desde el corazón: “Mujer qué grande es tu fe, que se haga como deseas”. Y curó de inmediato a su hija. ¡Ya me gustaría a mí, siendo como soy sacerdote, que Jesús me dijera otro tanto cuando le pido por las personas que me exige el ministerio, por mis familiares y amigos y por mí. Con todo, esta mujer debe ser, para mí y para todos –sobre todo para las madres-, un estímulo y un manantial de confianza para seguir pidiendo, aunque sea de modo menos perfecto que el de ella; y para no desanimarnos nunca si el Señor se hace el sordo y da la impresión de no hacernos caso. Nos quiere demasiado para obrar así. Quíen ha dado la vida por nosotros, no puede luego ser mezquino en ayudarnos. Pidamos, gritemos si es preciso, insistamos aunque el caso nos parezca desesperado. Él sólo quiere ponernos a prueba y templar nuestra fe. La perseverancia es garatía de éxito.          

Domingo 19 del Tiempo Ordinario (13-8.2023) - Ciclo A

TEMPESTADES Y PRESENCIAS

“Señor, sálvame”

La barca de Pedro en medio de una fuerte tormenta en Genesaret y Jesús que viene desde el monte en su auxilio y calma la tempestad. Este es el resumen del evangelio de hoy. San Mateo, autor del relato, pudo pensar en la pequeña Iglesia de su tiempo, agitada por el viento contrario de la historia y de la que Jesús parecía estar ausente. Quizás nosotros pensemos en nuestra Iglesia, al verla en medio de las fuertes olas interiores y exteriores que la zarandean y de la que Jesús parece estar ausente. El evangelio de hoy nos trae un mensaje de consolación y confianza. La barca de la Iglesia no se hunde, porque no es nuestra sino de Cristo. Ciertamente nosotros hemos entrado en ella con el bautismo y en ella permanecemos a pesar de nuestras flaquezas y debilidades. Pero cuando nosotros subimos –mejor, cuando nos subieron, cuando nos bautizaron- fue Cristo quien lo hizo. Luego él ha seguido ayudándonos con su gracia para mantenernos en ella. No somos nosotros los que salvaremos a la Iglesia del naufragio. Será Cristo, de quien es propiedad. La historia demuestra que muchas veces los vientos contrarios parecían acabar con ella. ¡Cuántos la han enterrado en a largo de los siglos, pues había “llegado a su fin”! Pero fueron ellos los que desaparecieron y la Iglesia siguió adelante. También ahora sucederá lo mismo. Pasarán las modas de pensamiento y de acción y quienes las defienden. Pero la Iglesia proseguirá su singladura hasta el final del mundo. Quizás tengamos el mismo miedo y la misma falta de fe de Pedro. Ojalá gritemos como él: Señor, sálvame, sálvanos

Trasfiguración del Señor (Domingo 18 Tiempo ordinario. 6.8.2023) - Ciclo A)

¿QUIÉN ES JESÚS?

“Este es mi Hijo: escuchadle”

Estamos en el Monte Tabor. Jesús ha subido aquí con sus tres más íntimos: Pedro, Santiago y Juan. Pocos días antes les ha dicho que en Jerusalén le matarán pero que luego resucitará. Hoy quiere ofrecerles el anticipo de su futura gloria, darles a conocer quién es realmente y prepararles para superar la terrible prueba de la pasión y comprender bien el hecho luminoso de la resurrección. De pronto, su rostro se hace resplandeciente como el sol y sus vestidos brillantes como la luz Se presentan Moisés y Elías, máximos representantes de la Antigua Alianza, testificando así que toda ella está orientada hacia Jesús. Por si fuera poco, se oye la voz de Dios Padre que dice: “Este es mi Hijo, el amado, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle”. Dios se da conocer en Jesús: él es el Padre de Jesús, Jesús es su Hijo, no un mero hombre, aunque su apariencia sea como la de un hombre cualquiera. Es Dios, como él. Por su parte, Jesús también da a conocer a los tres apóstoles su verdadero rostro: no es un simple predicador o un realizador de prodigios. Es el Hijo de Dios. Entregará un día su vida, pero lo hará voluntariamente y, tres días después, con su Resurrección probará que verdaderamente es Dios e Hijo de Dios. Este gran misterio nos manifiesta que lo que Dios quiere para nosotros se nos revela en la Persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad del Padre, ha de escuchar a Jesús, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas y vivirlas.  La escucha del Evangelio y su asimilación es obligada. La misa del domingo es nuestra gran oportunidad.

Domingo 17 del Tiempo ordinario (30.7.2023) - Ciclo A

EL VERDADERO TESORO

“Vendió todo y compró aquel campo”

Un labrador que encuentra un tesoro, un comerciante que descubre una joya especial y un pescador que saca sus redes del mar con toda clase de peces. Estos son los protagonistas de las tres parábolas del evangelio de hoy: el tesoro escondido en el campo, la perla preciosa y las redes que arrastran peces buenos y malos. De ellas se sirvió Jesús para explicar a sus oyentes, pescadores y labradores en su mayoría, la excelencia del reino de Dios. Ese Reino vale más que todas las tierras del labrador y más que todos las perlas del joyero. Por eso ellos reaccionaron con inteligencia y sentido común al adquirir el campo del tesoro y la perla. Un día presencié cómo un campanero decía a otro profesor: “Por fin me he enterado hoy qué es el Reino de Dios”. Mi colega replicó: “Veo que hemos leído el mismo artículo”. Efectivamente, ambos habían leído un escrito del sabio Ratzinger que decía: “El Reino de Dios es el mismo Cristo”. A La luz de esa sencilla y luminosa explicación, se comprende bien que el Reino de Dios, es decir, Jesucristo, valga más que todos los campos, todas las perlas, todos los tesoros del arte, de la ciencia, de la técnica, más que todos los placeres. Por eso obran con mucha inteligencia los que hoy “venden todo”, incluido el futuro y lo que él depare, para responder a la llamada que Jesús les hace a seguirle en el matrimonio, en la vida consagrada, en el sacerdocio, en el celibato apostólico en medio del mundo. Al final de su vida, cuando Jesús verifique el contenido de sus redes, serán elegidos, mientras que los irresponsables serán desechados.  

Domingo 15 del Tiempo Ordinario )16.7.2023) - Ciclo A

SEMENTERAS Y COSECHAS

“Dio el ciento por uno”

¿Quién no ha oído hablar de la famosa parábola del sembrador? Si alguno la desconociera, hoy tiene la posibilidad de conocerla y deleitarse en ella. Como todos sabemos, un labrador salió a sembrar sus fincas con la misma semilla e idéntica ilusión. Una tierra era tan mala, que la semilla saltó al caer en ella. Otra tierra era buena, pero sin fondo, por lo que la semilla nació pronto pero se secó enseguida. La tercera era muy buena, pero tenía tantos cardos y espinos que la ahogaron.  Por último, sembró una tierra muy buena y muy agradecida, y lo sembrado se multiplicó por treinta, sesenta y hasta cien veces. Para hacernos una idea, una fanega produjo treinta, sesenta e incluso cien fanegas. ¿Por qué esta deferencia si la semilla fue la misma en todos los casos? Por la calidad y disposiciones del terreno. Aunque no lo parezca, Jesús está retratándose. Él es el sembrador que siembra con ilusión la semilla de su Palabra en los corazones de la gente. Algunos la oyen pero no la acogen; otros la acogen con alegría pero son inconstantes; otros son de muy buena pasta, pero los asuntos de este mundo les atrapan de tal modo que se olvidan quiénes son, a dónde van y para qué hacen lo que hacen. La tierra que produce fruto abundante son los que escuchan, acogen, cuidan y perseveran en poner en práctica la Palabra. Así reaccionaron los oyentes de Jesús: con rechazo, acogida sin perseverancia, seguimiento fiel y duradero. Tú y yo ¿qué clase de tierra somos, qué actitud adoptamos respecto al mensaje y, sobre todo, a la Persona de Jesucristo? ¿Qué tenemos que cambiar o confirmar?

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (9. 7. 2023)- Ciclo A

SABIOS Y HUMILDES

“Has revelado estas cosas a los pequeños”

Un pueblecito de la montaña leonesa realizaba su  tradicional procesión eucarística desde la iglesia parroquial hasta una ermita no lejana. Detrás del sacerdote que llevaba la custodia iban dos profesores de una famosa universidad española de teología. En un determinado momento observaron que una viejecita se arrodillaba en el suelo, poco antes de que el Santísimo pasara delante de ella. Hizo  el gesto con tal fuerza de adoración, que uno de ellos se dirigió al otro en estos términos: “Esta es teología, no la que tú y yo explicamos en la cátedra”. Me ha venido la anécdota a la cabeza, cuando he leído el evangelio de hoy, donde Jesús dice estas palabras: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos de este mundo y se las has revelado a los pequeños”. Manifestaba así lo que ya había experimentado. Su mensaje era acogido con alegría y entusiasmo por la gente sencilla, mientras que muchos “sabios y entendidos”, que detentaban el poder político o se llamaban “doctore de la ley”, lo rechazaban, incluso con  violencia. No es que la fe sólo florezca donde reina la incultura. Baste recordar hombres tan sabios como san Pablo, san Agustín, san Isidoro. santo Tomás de Aquino o el papa Benedicto XVI. Bendita sea una fe lo más ilustrada posible. Pero la fe es un don de Dios, no una consecuencia de saber mucha teología o sagrada Escritura. Y ese don se acoge por el camino de la humildad, no de la soberbia intelectual. Santo Tomás, cuando escribió su tratado de la Eucaristía, pasaba horas ante el sagrario pidiendo sabiduría.     

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (2.7.2023) - Ciclo A

PARADOJAS DEL EVANGELIO

Quien por Mí da un vaso de agua, no quedará sin recompensa

El mayor amor de los padres son sus hijos y el mayor amor de los hijos son sus padres. Sin embargo, puede ocurrir, y yo conozco más de un caso, que los padres rompan radicalmente con sus hijos, cuando alguno decide ser sacerdote, religiosa o dedicarse enteramente a Dios en medio del mundo. ¿Esos hijos no quieren a sus padres cuando se ven en la alternativa de seguir la vocación que Dios les asigna y las expectativas de sus padres? Todo lo contario, les aman con toda su alma y sufren un verdadero drama cuando deben elegir. Hoy pueden ser más frecuentes estas situaciones, porque es mucho menor el número de hijos y los padres siguen anhelando tener nietos y que alguien prolongue su apellido después de su muerte. La misma situación dolorosa, aunque agravada, se crea cuando muchos cristianos se ven hoy en la alternativa de perder la vida, la honra y la carrera o traicionar su fe, y eligen lo primero. Pero nadie piense que los que siguen su vocación y los que son fieles a su fe se sienten desgraciados. Más bien sucede lo contrario. ¡Son las paradojas del evangelio de este domingo!: “El que encuentra su vida, la perderá, y el que pierde su vida por Mí, la encontrará”. Es el grano de trigo, que si se conserva en el granero se queda estéril, pero si se pierde –si se siembra y muere- da fruto abundante. A Dios no le gana nadie en generosidad y si recompensa al que da un vaso de agua por amor suyo ¿qué no pagará al que se da a sí mismo y lo que más quiere? Hagamos la experiencia de quemar las naves del egoísmo y de la cobardía. Vale la pena.

SANTÍSIMA TRINIDAD (4.6.20213 Ciclo A

Evangelio

QUIÉN ES DIOS

Dios envió a su Hijo al mundo para salvarlo

Todos cocemos la anécdota, más ejemplarizante que real, de san Agustín y el niño. Mientras el obispo de Nipona recorría la playa dándole vueltas al misterio de la Santísima Trinidad, un niño acarreaba con una concha el agua del mar y la echaba en un hoyo. Intrigado, le preguntó qué hacía. A lo que el niño respondió: quiero meter toda el agua del mar en este pozo. El santo esbozó una sonrisa, mientras musitaba: ¡es imposible! A lo que el niño replicó: Más  imposible es que tú quieras meter en tu cabeza la inmensidad de Dios.  Pero san Agustín era suficientemente inteligente para decir que, como Dios no cabía en su cabeza, Dios no existía. Sería  negar que el mar  existía porque no cabía en el pozo del niño. Hoy, celebramos el domingo de la Santísima Trinidad. Ese misterio que tantos aprendimos de muy pequeños: Un solo Dios y tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Cuantas veces hemos recitado el Gloria y hecho la señal de la Cruz diciendo “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Con esas tres palabras comenzó nuestra vida cristiana en el bautismo y las usa el sacerdote en el sacramento de la Penitencianos. Hoy podríamos repetir esta oración tan sencilla: “Creo, espero y amo a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo” Pero, volviendo a la anécdota, nos preguntamos; ¿cómo definir a Dios?. Él mismo nos ha dejado la respuesta en una carta del discípulo amado: “Dios es amor”. Dale vueltas a esto pero personalízándolo; “Dios me ama”, Sí, me ama aunque no lo merezco. Me ama porque es amor y no sabe hacer otra cosa que amar.