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LITURGIA DEL VATICANO II

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (18. XII.2011) - Ciclo B

MARIA ES EL CAMINO Y EL

MODELO

«Aquí está la esclava del Señor»

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Ayer comenzó la segunda parte del Adviento y con él el último tramo del camino que desemboca en Navidad. En ese tramo se encuentra María, que ha sido requerida por Dios con su capacidad natural de mujer para que dé vida a Jesús: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo», le ha dicho el ángel. A ella se le confía la misión que una madre tiene para con su propio hijo. Se le pide una entrega total, corporal y espiritual, durante muchos años. María queda por completo al servicio de Jesús: su persona, su tiempo, su vida entera. Los planes de María han quedado totalmente cambiados. Ella pensaba ser virgen, y es llamada a ser madre. Había renunciado a lo que todas las mujeres judías aspiraban con ansia: ser la Madre del Mesías, y es requerida para que lo sea. No sabe cómo compaginar todas estas cosas, pero no quiere realizar sus planes y proyectos sino los de Dios. Y se pone a su entero servicio: «Aquí está la esclava del Señor, que se haga lo que él quiere». Su consentimiento no es a la fuerza, con resignación, como si no tuviera más remedio. Al contrario, el verbo que usa san Lucas para decirnos cuál fue la reacción emocional de María al anuncio del ángel indica alegría, deseo, impaciencia de que aquello se realice. El «hágase» de María fue, pues, la respuesta alegre y gozosa de la esposa al esposo el día de la boda. El ángel le comunica que Dios no la va a dejar sola en la realización de tan delicada y difícil misión. Al contrario, estará con Ella: «El Señor está contigo», palabras que la Sagrada Escritura reserva a los grandes llamados: Jacob, Moisés, Josué, David. En el cumplimiento de su misión, no dependerán sólo de sí mismos, de sus fuerzas humanas. Dios es demasiado fiel para llamar y luego dejar a uno abandonado a su propia suerte. Al contrario, llama, capacita para la misión y ayuda en su cumplimiento. Todo al mismo tiempo. Por eso, María es camino y modelo del cristiano que se prepara a la Navidad. Camino, porque nos conduce derechamente a Belén. Modelo, porque nos enseña cómo hemos de recorrerlo: decididos totalmente a acoger los planes de Dios y a confiar en su ayuda.  

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (11. XII. 2011) - Ciclo B

¿CONOCEMOS DE VERDAD A JESUCRISTO?

«Está  en medio de vosotros»

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Nos encontramos a las orillas del Jordán. Juan predica con voz de trueno y llama a cambiar de criterios y de vida. Más aún, se dedica a bautizar. Toda Judea habla de él. Cuatrocientos años sin profeta tienen al pueblo hambriento de personas que proclamen la verdad con el poder de Dios. No ha hecho ningún milagro; le basta la fuerza de sus palabras. Le bastan, sí, al pueblo llano y sencillo, pero no a sus líderes, que le consideran un «agitador de masas». Juan, en efecto, no se ha limitado a predicar sino que ha ido mucho más lejos. Ellos han leído en Ezequiel que el Mesías tendrá derecho a bautizar. Y Elías, puesto que creen que volverá a la tierra para ungir al Mesías. Posiblemente lo tendrá también «el profeta», del cual ellos han hablado al pueblo, al explicarle un pasaje del Deuteronomio. Por eso, al ver que bautiza, le han enviado una embajada para probarle. La pregunta es sin rodeos: «¿Eres tú el Mesías, eres Elías, eres el profeta?» Juan es profundamente humilde y les responde: «Yo no soy el Mesías, ni Elías ni el profeta?» Luego añade con la misma sencillez y verdad: «Yo soy la voz del que grita en el desierto: Enderezad los caminos del Señor». Su respuesta ha sido un trallazo, por su claridad y exigencia. Pero los «embajadores» insisten: «Entonces, ¿por qué bautizas?» Juan vuelve a responder: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo, y al que no soy digno de desatar la sandalia» Al marcharse los embajadores, somos tú yo los invitados a dar vueltas a las palabras de Juan: «En medio de vosotros está uno al que no conocéis» Ya sé que muchos no quieren saber nada, porque dicen que Dios no existe o que no les interesa si existe o no. Afortunadamente, somos muchos más los que creemos en Dios y confesamos que Jesucristo es Dios hecho hombre. Pero ¿conocemos de verdad a Jesucristo, tratamos de parecernos a Él? Adviento es una ocasión de oro para comenzar a leer a diario el Evangelio y hacer oración con él. ¡Magnífica preparación para la Navidad!          

Urgencias pastorales sobre el matrimonio

BENEDICTO XVI: Discurso a la Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia (1.XII.2011)

  
1) "La nueva evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica. En nuestro tiempo, como ya ocurrió en el pasado, el eclipse de Dios, la difusión de ideologías contrarias a la familia y la degradación de la ética sexual están muy unidas entre sí. Y como están en relación el eclipse de Dios y la familia, así también la nueva evangelización es inseparable de la familia cristiana" (luego hace reflexión teológica para explicarlo).
 
2) "Hay algunos ámbitos en los que es especialmente urgente el protagonismo de las familias cristianas, en colaboración con los sacerdotes y bajo la guía del Obispo:
        - la educación de los niños, adolescentes y jóvenes en el amor, entendido como donación de sí  mismo y  comunión;
        - la preparación de los novios a la vida matrimonial con un itinerario de fe;
        - la formación de los esposos, especialmente de los esposos jóvenes;
        - las experiencias asociativas con finalidades caritativas, educativas y de compromiso civil;
        - la pastoral de las familias por las familias, dirigida a todo el arco de la vida, valorando el tiempo del trabajo y el de la fiesta". 
   

  

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (4.XII.2011) - Ciclo B

LOS EUROPEOS NECESITAMOS CAMBIAR

«Preparad el camino del Señor»

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Leo en la prensa que el Parlamento Europeo ha aprobado el aborto libre para evitar el contagio del SIDA. Es una muestra más de la deriva de la clase política de este continente, en otro momento grande y hoy corroído moralmente en su misma médula. La crisis económica no es nada comparada con la crisis religiosa y moral. Dios ha desaparecido del horizonte de muchísimos europeos. ¿Qué cosa más lógica que, esto supuesto, campe por sus fueros la corrupción de los políticos, de los empresarios, de los sindicatos, de los banqueros, de los jueces? ¿Qué cosa más normal que los jóvenes confundan amor y fornicación, que los matrimonios se cierren a la vida, que sean incontables los que se divorcian –ante los hombres, no ante Dios-, que los periodistas jueguen con la fama del prójimo, que se explote a la mujer y que ella venda su cuerpo? Aunque la lista no es completa, es suficiente para afirmar que el personaje que hoy presenta el Evangelio: Juan el Bautista, aunque vivió hace dos mil años, sigue siendo enormemente actual. Él, consciente de ser el Precursor del Mesías, salió a decir a la gente que tenía que cambiar de mentalidad y de conducta, reconocer ante Dios sus pecados y recibir el bautismo de penitencia. Porque Dios no puede entrar en quien le cierra por dentro su corazón con la llave del pecado, sobre todo, cuando éste es habitual. El Bautista nos diría hoy a los europeos -los españoles y los burgaleses también lo somos- que necesitamos cambiar de mentalidad  y de conducta en cosas tan esenciales como el noviazgo, el matrimonio, el aborto, la eutanasia, el robo, la corrupción económica y social, la justicia, la calumnia... Sobre todo, nos diría que necesitamos cambiar respecto a nuestra creencia en Dios. Juan el Bautista no se hace presente en persona; pero sí en su mensaje. El que quiera hacerle caso, ha de confesar sus pecados y reemprender el retorno a Dios. Sólo así estará preparando de verdad a la Navidad. Y, de paso, estará haciendo que Europa sea mucho más digna y mucho más humana.   

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (20.XI.2011)- Ciclo A

JESUCRISTO, PIEDRA ANGULAR

“Venid, benditos de mi Padre”

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Cuando los maestros levantaban los arcos de nuestras catedrales góticas, sostenían las piedras sobre un soporte, hasta que colocaban la que, en la cúspide, unía los dos brazos del arco. Esa piedra sujetaba de tal modo las demás, que sólo cuando estaba puesta se  podía retirar el armazón sin que todo se derrumbase. Por eso, la llamaban “piedra angular”. La incomparable catedral de la Creación y, la todavía más incomparable, de la Redención tienen también una piedra angular: Jesucristo. “Todo fue creado por Él y para Él” y “no se nos ha dado otro Salvador”. Es verdad que los arquitectos de este mundo han desechado a Cristo como elemento inútil sino contraproducente para construir una sociedad justa, pacífica, solidaria, fraterna, libre y habitada por una familia. También lo es que los mandamases políticos y económicos han orillado a Jesucristo con excesiva frecuencia y si mangonear a sus antojos intereses y personas. Ahora mismo, más de un “tribunal supremo” prevarica y los que mueven los hilos de los medios de comunicación tergiversan la información. ¡Cuántas guerras injustas se han declarado y cuántos países condenados al hambre y a la miseria intergeneracional por haber prescindido de Jesucristo! Sin embargo, el plan de Dios sigue adelante. Y hoy, día de Jesucristo Rey del Universo, “la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular”, y profetiza que aparecerá como “Juez de vivos y muertos” el que había sido humillado y ultrajado en los veraces, en los pacíficos, en los humildes y en los pobres. Cristo, Rey del Universo, no sólo cierra el arco del año litúrgico sino el de cada hombre y mujer vida, de cada sociedad y de toda la historia humana. Mirando a ese momento “de la verdad”, al Juicio Universal de Cristo Rey, ¿cómo no sentirse estimulado a decir que el bien nunca será igual que el mal, que destruir la vida del no nacido será siempre un crimen, que la desgracia no es ser pobre  sino corrupto, que es maravilloso tratarnos como hermanos y preocuparnos de dar de comer y beber a tantos hambriento y sedientos de pan y de Dios?     

Tres "recetas" para el sacerdote de hoy y del futuro

Lo dijo el Papa el pasado 4 de noviembre, en el comienzo del año académico de las Universidades pontificias de Roma."La vocación apostólica vive gracias a la relación personal con Cristo". Relación que "se alimenta con la oración asidua y es vivificada por la pasión de comunicar a los demás el mensaje recibido y la experiencia de fe de los Apóstoles".

Para que esto no quede en palabras bonitas ni buenas intenciones, Benedicto subrayó "tres" condiciones:

1ª) "Ante todo, encontrarse con Jesús y ser fascinado por sus palabras, sus gestos, su persona". (Me pregunto si esto es posible sin una lectura creyente y constante del evangelio).    

2ª) "Abrirse a la acción de Dios, escogiendo cada día darse a sí mismo por Él y por los hermanos". Porque "la llamada del Señor al ministerio no es fruto de méritos personales, sino que es don que hay que acoger y al que es preciso corresponder". El Papa saca esta gran conclusión: Esto comporta "dedicarse no al propio proyecto, sino al de Dios, de modo generoso y desinteresado, con el fin de que Él disponga de nosotros según su voluntad, incluso cuando ésta puede no corresponder a nuestros deseos de autorrealización" Y esta otra: "Nunca podemos olvidar -como sacerdotes- que el único ascenso legítimo en el ministerio de Pastor no es el éxito sino la Cruz".

3ª) "En esta lógica, ser sacerdote quiere decir se siervos tambien con una vida ejemplar...Los presbíteros son dispensadores no dueños de los medios de salvación, de los sacramentos, especialmente de la Eucaristia y de la Penitencia".

El sacerdote que vive así, se realiza plenamente, es feliz y un día irá al Cielo.

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO (13.XI.2011) - Ciclo A

¿EN QUÉ EMPLEAMOS LA VIDA? 

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«Todo es gracia», dijo con acierto Bernanos. Porque, efectivamente, todo es regalo de Dios. Nadie se ha dado a sí mismo la vida, el talento, la belleza, ser hombre o mujer, nada. En el orden sobrenatural, sigue siendo verdad lo que enseñaba el viejo Catecismo: sin la gracia de Dios «no podemos principiar, ni continuar ni concluir cosa conducente para la vida eterna». Todo es don de Dios, bien sean cinco talentos, dos o uno. Esta es la primera verdad de la parábola que leemos en este penúltimo domingo del año eclesiástico. La segunda es su lógica conclusión. Dios nos da los talentos –de naturaleza y gracia- no para que los malgastemos sino para que los usemos de modo responsable. Un director de banco, por muy director que sea y por muy importante que sea el banco, no puede hacer lo que quiera con el dinero de los ahorradores, porque no es dueño sino administrador. Tampoco nosotros podemos hacer lo que queramos con la salud, el sexo, las cualidades, el tiempo, la Palabra que Dios nos trasmite por sus ministros, los bienes materiales, la vocación recibida. Ciertamente, podemos abusar de todo esto, como ocurrió con el que recibió un talento en la parábola: lo enterró y lo dejó infructuoso. Si lo hacemos, no podemos esperar que Dios nos trate como a los que fueron buenos y responsables, y doblaron lo que habían recibido: cinco o dos talentos. La parábola no deja lugar a dudas: el dueño de los talentos reclamó un día los intereses. Dios nos pedirá un día cuenta de nuestra vida. No nos exigirá dinero, éxitos, posición social, tierras o empresas. Nos  pedirá buenas obras. En la película de Balarrasa, el protagonista se presentaba con las manos vacías. Todavía sería peor presentarse con las manos llenas de dinero injusto, de juicios injustos, de sueldos injustos, de muertes injustas, de palabras injustas, de  influencias injustas, de informaciones injustas, de proyectos sociales y políticos injustos. Todavía estamos a tiempo para rectificar y emplear como Dios quiere todos los talentos recibidos.               

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (6.XI.201) -Ciclo A

ESTAR PREPARADOS PARA

EL GRAN EXAMEN

«Y se quedaron fuera»

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En tiempo de Jesús, el ambiente de las bodas judías era un poco distinto al de las nuestras. Lo habitual era que la novia esperase en casa de su padre con un grupo de amigas, que allí viniese a buscarla el novio y que ambos, acompañados por un concurrido cortejo, fueran hasta la casa del esposo, donde se celebraba la boda con un banquete. Las amigas de la novia debían acompañar el cortejo nocturno con  lámparas y antorchas. Como el esposo podía retrasarse, estas amigas tenían que preverlo, y llevar las lámparas no sólo el aceite que cabía en ellas, sino el suplementario, por si hacía falta añadirlo. En caso contrario, sus lámparas podían apagarse y quedase incapacitadas para cumplir su cometido y no entrar al banquete. La parábola de hoy se pone en esta situación: diez amigas esperan con una novia la llegada del novio. Éste se retrasa. Cinco de ellas lo habían previsto y tienen el aceite de repuesto; las otras cinco, no. Cuando llega el novio , sólo pueden acompañarle las previsoras. Las diez habían sido invitadas, las diez cumplieron su cometido durante un cierto tiempo. Pero sólo cinco lo cumplieron todo lo que era necesario. Las otras no fueran previsoras y, a la postre, quedaron fuera del banquete. ¡No estuvieron preparadas cuando debían estarlo! La enseñanza de Jesús es muy clara. Él es el Esposo que vendrá a buscarnos al final de nuestra vida para el banquete de bodas del Cielo. A nosotros nos corresponde estar preparados. Si no lo estuviéramos, quedaríamos fuera para siempre. El que no espera al Señor, no puede atribuirle que no le admita en su reino. La responsabilidad es suya. La gran pregunta, por tanto, que debemos formularnos tú y yo es ésta: «¿Estoy ahora preparado para entrar en el Cielo o tengo apagada la lámpara de la gracia? Si llegara ahora mismo el Señor, ¿podría darme un abrazo de amor o decirme “no te conozco”? Para nuestra fortuna, si ahora tuviéramos apagada la lámpara por el pecado mortal, podríamos encenderla de nuevo con una buena confesión. ¿Cuál es lo sensato?                  

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO (30.X.2011) - Ciclo A

FRATERNIDAD Y SERVICIO

«Uno solo es vuestro Maestro»

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«Haced lo que dicen, pero no lo que hacen». No cabe mayor desautorización de quien es maestro y guía del pueblo. ¿Por qué Jesús hace semejante descalificación de algunos escribas y fariseos de su tiempo? Porque quien es maestro, se desautoriza a sí mismo y desacredita su enseñanza, si sus palabras y sus hechos se contradicen. Y esto es lo que ocurría con los guías y maestros del pueblo de Dios. No hacían lo que enseñaban. Su obrar quedaba falsificado por la ostentación, pues en lugar de hacer el bien porque servía a los demás, lo hacían para ser aplaudidos y causar admiración en quienes les contemplaban. Querían ser honrados y preferidos en todos los ámbitos de la vida social: en los banquetes de las casas privadas, en las ceremonias religiosas de las sinagogas, en las calles y plazas de la vía pública.  El centro de su vida y actuación no lo ocupaba Dios y la misión que él les había confiado, sino su persona, que debía ser honrada y preferida siempre y por todos. Jesús exige a sus discípulos un comportamiento completamente distinto. Sobre todo, a los que tienen autoridad. Los cristianos son hermanos que están situados en el mismo plano: el de hijos de un mismo Padre. Ante este hecho fundamental, todas las diferencias que puedan existir por razones de edad, situación social y religiosa pasan a segundo plano. Jesús, ciertamente, no nivela a sus discípulos en todos los aspectos. De hecho, confió a Pedro una misión de preeminencia en su Iglesia y eligió a los Doce para gobernarla y pastorearla. No prohíbe que los padres, maestros y guías ejerzan como tales, sino que desea que se comporten con coherencia y cumplan su misión no en nombre propio sino sólo desde su vinculación con el único Maestro verdadero –que es Él- y con el único Padre. Nunca pueden hacerlo por vanagloria y ostentación sino como servicio a los hermanos. Las palabras de Jesús son, pues, una llamada insistente a la fraternidad y al servicio, y una seria advertencia a los que, de un modo u otro, tienen una misión particular en la Iglesia.

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO (23.X.2011) - Ciclo A

EL GRAN PECADO DE EUROPA

«Amarás a Dios con todo el corazón»

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En tiempos de Jesús, los fariseos enseñaban que la Ley de Moisés tenía seiscientos trece mandamientos. Era, por tanto, prácticamente imposible saber cuál era el más importante. Seguramente, el doctor de la Ley, del que habla el evangelio de hoy, se lo había preguntado más de una vez. En cualquier caso, un día se acercó a Jesús y le dijo con toda sencillez: «Maestro ¿cuál es el mandamiento más importante, el que Dios más quiere que cumplamos?» Jesús le contestó con la misma claridad y sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el principal y el primero» Durante muchos siglos, los hombres y mujeres de Europa aprendieron en la catequesis, y luego se lo enseñaron a sus hijos, que el primer mandamiento era el que Jesús enseñó a este doctor de la Ley. Esta verdad llegó a calar de tal modo, que el matrimonio, la familia, la escuela, la convivencia y la misma legislación estaban impregnadas de esa gran convicción. No es que los europeos de esos siglos fuesen todos santos de altar. No. Cometían pecados, muchos y graves. Pero lo reconocían y pedían perdón. De un tiempo a esta parte, el panorama ha cambiado radicalmente. Hasta el extremo de que el gran pecado de la Europa de hoy es la apostasía o el ateísmo. Grandes masas de europeos, en efecto, rechazan totalmente la fe cristiana en la que nacieron y crecieron. Las nuevas generaciones son alérgicas a todo lo que sea creer en Dios, adorarle, darle culto. Este rechazo es, en no pocos casos, militante: se oponen a Dios, incluso con violencia. Ahora bien, como el corazón humano clama por la divinidad, al renegar del Dios verdadero, han ido a buscar sus propios dioses y se han hecho idólatras. No sólo porque hayan resucitado los viejos y falsos dioses del paganismo, sino porque han convertido en dios al demonio (satanismo), al poder, al placer, al dinero y a la raza. El remedio para ese gran pecado no es otro que una nueva y vigorosa evangelización. ¡Es tan necesaria y urgente, que no podemos esperar ni un día más!              

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO (16. X. 2011) - Ciclo A

DIOS Y EL ESTADO

«Al César lo que es del César»

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En tiempo de Jesús, Israel no era un pueblo libre y autosuficiente sino sometido a los romanos. Un signo de ello era la recaudación de los impuestos, asunto que era de capital importancia para ambas partes. Los unos querían recaudar lo más posible; los otros veían esto como un peso agobiante. La pregunta que los jefes del pueblo judío formulan a Jesús: «¿Es lícito pagar el tributo al César?» tenía, por tanto, una especial importancia práctica y era una trampa para poderle eliminar. Si decía «sí» al impuesto, se ganaría el odio del pueblo y perdería el aliado al que ellos tanto temían. Si decía «no», ellos podían acusarle de rebelde ante el representante del emperador romano y desembarazarse de él. Jesús responde a sus adversarios, pero de un modo mucho más universal y no en forma teórica sino pragmática. Pide que le muestren un denario, que era la moneda corriente y con la que ellos hacían las compras y las ventas y pagaban el impuesto. Llevaba impresa esta inscripción: «Tiberio, César, hijo del divino Augusto, emperador». Ellos no veían ninguna dificultad en usarla. Vivían en ese régimen romano y lo sancionaban con su comportamiento. Pagar el impuesto no era, pues, un problema nuevo. De ahí que les diga: «Dad al César lo que es del César». Lo nuevo es que no plantea las cosas en términos de contraposición: o Dios o el César, sino de diferenciación: Dios y el César. Pero cada uno en su ámbito: hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Jesús deslinda dos campos hasta entonces inseparables: la religión y política. Dios ejerce directamente por Cristo y la Iglesia la soberanía espiritual; y Dios ejerce la soberanía temporal a través del Estado. El cristiano no tiene dos señores: Dios y el Estado. Es libre para obedecer al Estado. Pero puede oponerse al Estado cuando éste se coloca contra Dios y contra su ley. La Iglesia y el Estado tienen su propia soberanía, pero ésta no es absoluta. Dios es el Soberano de todos, incluidos la Iglesia y el Estado.         

DIOS Y EL ESTADO

«Al César lo que es del César»

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En tiempo de Jesús, Israel no era un pueblo libre y autosuficiente sino sometido a los romanos. Un signo de ello era la recaudación de los impuestos, asunto que era de capital importancia para ambas partes. Los unos querían recaudar lo más posible; los otros veían esto como un peso agobiante. La pregunta que los jefes del pueblo judío formulan a Jesús: «¿Es lícito pagar el tributo al César?» tenía, por tanto, una especial importancia práctica y era una trampa para poderle eliminar. Si decía «sí» al impuesto, se ganaría el odio del pueblo y perdería el aliado al que ellos tanto temían. Si decía «no», ellos podían acusarle de rebelde ante el representante del emperador romano y desembarazarse de él. Jesús responde a sus adversarios, pero de un modo mucho más universal y no en forma teórica sino pragmática. Pide que le muestren un denario, que era la moneda corriente y con la que ellos hacían las compras y las ventas y pagaban el impuesto. Llevaba impresa esta inscripción: «Tiberio, César, hijo del divino Augusto, emperador». Ellos no veían ninguna dificultad en usarla. Vivían en ese régimen romano y lo sancionaban con su comportamiento. Pagar el impuesto no era, pues, un problema nuevo. De ahí que les diga: «Dad al César lo que es del César». Lo nuevo es que no plantea las cosas en términos de contraposición: o Dios o el César, sino de diferenciación: Dios y el César. Pero cada uno en su ámbito: hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Jesús deslinda dos campos hasta entonces inseparables: la religión y política. Dios ejerce directamente por Cristo y la Iglesia la soberanía espiritual; y Dios ejerce la soberanía temporal a través del Estado. El cristiano no tiene dos señores: Dios y el Estado. Es libre para obedecer al Estado. Pero puede oponerse al Estado cuando éste se coloca contra Dios y contra su ley. La Iglesia y el Estado tienen su propia soberanía, pero ésta no es absoluta. Dios es el Soberano de todos, incluidos la Iglesia y el Estado.         

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO (9.X.2011) - Ciclo A

DIOS TIENE LA ÚLTIMA PALABRA

«Salid a los caminos e invitad a la boda»

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El Evangelio de este domingo es, sustancialmente, igual que el de los dos anteriores: una parábola dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo judío para abrirles los ojos sobre la necesidad de cambiar de vida antes de que sea demasiado tarde. Pero las tres parábolas: la de los dos hijos invitados a ir a la viña (domingo 26), la de los malos viñadores (domingo 27) y la de los invitados a la boda de hoy (domingo 28), tienen un carácter fundamental y nos interpelan también a nosotros. Dios no nos fuerza ni obliga, sino que se dirige a nuestra libre decisión. Los hijos son invitados a trabajar en la viña del padre; a los viñadores se les recuerda la obligación que tienen de dar al dueño los frutos que le pertenecen; los invitados a la boda son llamados para participar en el banquete. Los que son interpelados pueden responder con un «sí» o con un «no», pueden acoger o rechazar la invitación de Dios. Es el juego de la libertad. Pero han de atenerse a las consecuencias. Porque la oferta es vinculante y con repercusiones de eternidad. Por eso, Jesús insiste en que «ahora» al Dios que invita, se le puede rechazar, usando irresponsablemente la libertad que él nos ha dado. Pero «al final» la respuesta no la dará el hombre sino Dios. Jesús quiere dejar claro las consecuencias futuras y definitivas que tiene nuestro comportamiento en la tierra. Podemos elegir libremente por Dios o contra Dios. Somos libres en nuestra elección. Pero no lo somos en las consecuencias de nuestra elección, sino que éstas las determina Dios. Querámoslo o no, a nuestro «no» a Dios va unida la perdición definitiva. Hemos de ser, pues, responsables, no comportarnos de modo irracional y elegir libremente a Dios. Rechazar la invitación al banquete de bodas que Dios ha preparado: el Cielo, significa rechazar la comunión de vida con él por toda la eternidad. Valdría la pena hacerse estas dos preguntas: ¿cómo estoy respondiendo a la invitación de Dios? ¿qué me impide aceptar esa invitación?          

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO (2.X.2011) - Ciclo A

EL RECHAZO DE DIOS TIENE CONSECUENCIAS

La piedra desechada, es ahora la angular

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«No hay nadie en el cielo, ni Bien, ni Mal, ni persona alguna que pueda darme órdenes. Soy un hombre, y cada hombre debe inventar su propio camino». Esta terrible declaración que Sartre pone en boca de uno de sus personajes, es un alegato a favor de la actualidad del evangelio de este domingo. En él, bajo el ropaje literario de una parábola de labradores y viñadores, se describe la historia del rechazo de Dios por su pueblo Israel. Un labrador –Yahvé- plantó una viña –el pueblo de Israel-. Cuando llegó el momento de recoger los frutos –la hora de las obras acordes con la Alianza-, el pueblo no sólo no las ofreció, sino que rechazó uno tras otro a los Profetas, que le llamaban a la conversión. Ni siquiera reaccionó cuando Dios envió a su Hijo, Jesucristo. Al contrario, le echaron fuera de la viña y le mataron. Es lo que hacen ahora Europa y España. Se han propuesto echar fuera a Jesucristo y a la cultura cristiana. La apostasía es tan fuerte, que «hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo y lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias” (Benedicto XVI, Madrid, 18.VIII.2011). Dios no se cansa de invitarles a que abandonen ese camino de ateísmo altanero. Esta llamada se ha hecho especialmente fuerte con el Beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. La respuesta no puede ser más terrible: «un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida» (Benedicto XVI, en Madrid). En la parábola, los viñadores –los hombres-, con su acción de rechazar y matar, pensaban que habían llevado a cabo hechos irreversibles: la aniquilación de los profetas y de Jesucristo. Muchos hombres de la Europa y de la España actual piensan también que han hecho lo mismo, porque se autoproclaman dioses. Sin embargo, Dios aparecía en la parábola -y aparece ahora- más fuerte que ellos. Es Él el que determina el destino final del Hijo y de la humanidad. Y, si no hay conversión, Europa y España acabarán mal. 

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO (25. IX. 2011) - Ciclo A

DECIR Y HACER

«Os precederán los publicanos y meretrices»

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El evangelio de hoy es, nuevamente, una parábola. Tres son sus personajes: los jefes de los escribas y fariseos, los publicanos y las prostitutas, y Jesús. Según la literatura al uso, las prostitutas son canonizadas, mientras que los practicantes son estigmatizados. Ciertamente, Jesús alaba a las meretrices y a los publicanos y condena a los jefes del pueblo. Pero hay un matiz clave, que explica  la parábola mediante la reacción de dos hijos a quien su padre manda ir a trabajar a la viña. El uno le contesta con un grosero «no me da la gana», pero luego reflexiona y hace lo que quiere el padre. El otro da una contestación muy educada: «ahora mismo voy», pero de hecho no va. Jesús quiere decir a los jefes del pueblo que, cuando vino el Bautista, los pecadores públicos y las prostitutas estaban diciendo un “no me da la gana” a lo que Dios esperaba de ellos. Pero al oír su llamada a cambiar de vida, reconocieron su pecado, se arrepintieron y cambiaron de conducta. Ellos, en cambio, que habían dicho «sí» a la  Alianza de Yahvé, siguieron violando lo que ella mandaba, sin hacer caso a la llamada a la conversión que les hizo el Bautista. Por esto, las prostitutas y pecadores, siendo al principio peores que ellos, terminaron siendo mejores, porque se convirtieron, mientras que ellos siguieron quebrantando los mandamientos del Decálogo, refugiándose en que tenían el título de «hijos de Abrahán». La parábola tiene una aplicación muy actual. Aunque estemos bautizados, necesitamos cambiar muchos modos de pensar y de obrar si queremos entrar en el Reino de Dios y alcanzar la salvación. Sembrar el odio y la malquerencia, corromper a los niños y a la juventud, dictar sentencias injustas, estafar en los contratos y compraventas, explotar al emigrante con horarios y sueldos inicuos, matar al no nacido y al anciano, y legislar la eutanasia es encarnar a los jefes del pueblo judío, por mucho que nos llamemos cristianos. Estamos a tiempo de decir «sí» donde antes hemos dicho «no», aunque llevemos una vida muy desarreglada. Basta con hacer una buena confesión y volver a empezar.                     

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO (18.IX.2011) -Ciclo A

NO ES CUESTIÓN DE

PRESTACIÓN Y SALARIOS

«Ve tú también a mi viña»

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El evangelio de este domingo se presta a ser mal interpretado y crear falsos problemas. Presenta, en efecto, el caso de un patrono que sale a contratar obreros par la vendimia a primera hora del día, a media mañana y al atardecer. Al llegar el momento de pagar el jornal, paga lo mismo al que ha trabajado doce horas que al que ha trabajado una hora. Ello provoca malestar en los que han aguantado el peso del día y del calor, pues se sienten tratados injustamente respecto a los que apenas han hecho nada. Planteadas así las cosas, puede dar lugar a problemas. ¿Sería justo Dios si da la misma recompensa al que le sirve con amor y fidelidad durante toda la vida y al que, después de haber vivido de espaldas a él, se arrepiente en el mismo momento de la muerte? Pero  Jesús no quería afrontar la relación entre el trabajo prestado (obras) y el salario que merece (justicia). Lo que Jesús quería enseñar era esto: Dios llamó al pueblo de Israel a primera hora y llamó a los gentiles a última hora; a unos y a otros les ofertó su salvación; pero no lo hizo por los méritos que ellos podían esgrimir sino porque él es infinitamente bueno y quiere que todos los hombres se salven. Tanto los judíos como los gentiles eran pecadores y necesitaban la salvación. Dios se la ofertó, primero a unos y luego a otros, pero siempre por su bondad y misericordia. Puestas así las cosas, se entiende bien que todos los que van a trabajar a la viña, es decir, todos los que aceptan la salvación de Dios, reciben de Dios dicha salvación, pero no por justicia sino por misericordia. Ahora bien, la parábola de hoy no puede aislarse del resto de la enseñanza de Jesús. Y, según esta enseñanza, es evidente que Dios no trata de la misma manera a la Madre Teresa de Calcuta y a Juan Pablo II, que a un corrupto y mujeriego, que se arrepiente en el último momento. De todos modos, nunca podemos olvidar que “todo es gracia”, que nadie puede mover un dedo en el orden sobrenatural si Dios no le auxilia. Y en este supuesto ¿quién soy yo para juzgar el comportamiento de Dios con éste o con aquel otro?              

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO (11.IX.2011) - Ciclo A

EL PERDÓN DE DIOS Y EL

NUESTRO

¿Cuántas veces debo perdonar?

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El evangelio de hoy arranca con esta sencilla pregunta de Pedro: «Si mi hermano me ofende, ¿he de perdonarle siete veces?» Jesús le responde: «No te digo siete, sino setenta veces siete». Dado que «siete», y sus múltiplos, es número de plenitud, la respuesta de Jesús es contundente: «Has de perdonarle siempre, siempre, siempre» Para justificárselo, le expuso una sencilla parábola con tres secuencias. En la primera Jesús presenta a Pedro el caso de un criado que debía a su señor bastantes millones. Ante la imposibilidad de que salde la deuda, el amo manda vender todo lo que posee y llevarle a la cárcel. El criado se pone de rodillas y suplica una prórroga a su amo: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». El amo no le concede la prórroga, sino que le perdona la deuda. Lo lógico hubiera sido que ese criado, además de agradecérselo, hubiese tratado de imitar la conducta de su amo. Pero no fue así. Al salir de la entrevista, se encuentra con un compañero de trabajo que le debía unas quinientas mil veces menos. El compañero le suplica una prórroga. Pero él, cruel y despiadado, lejos de concedérsela, manda vender todas sus posesiones y encarcelarle. Llegada la noticia a oídos del amo, éste le hace venir y se encara con él en estos términos: «Siervo malvado, ¿no debías haberle perdonado la deuda como yo te la perdoné a ti?» Y airado, mandó vender todo lo que tenía y llevarle a la cárcel hasta que pagara el último céntimo. El final de la parábola casi no me atrevo a escribirlo: «Así hará mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano». Mi miedo obedece a que no es difícil verse retratado en el comportamiento que Dios tiene con uno y el que nosotros podemos tener con el hermano que nos ofende. Por muchos que sean los agravios que nos hagan y por mucho que perdonemos, no hay comparación posible con lo que nosotros ofendemos a Dios y el perdón que él nos otorga. Nos conviene perdonar siempre, porque las palabras del Padre Nuestro son decisivas: «Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos». Si no perdonamos...               

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (4.IX.2011) - Ciclo A

VIDA DE LA COMUNIDAD CRISTIANA

«Ve y corrígele a solas»

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El evangelio de este domingo, pese a ser breve, contiene tres importantísimas enseñanzas: la necesidad de corregir al hermano que se extravía, el poder de la Iglesia para perdonar los pecados y el valor de la oración comunitaria. Nadie tiene derecho a inmiscuirse en la vida de los demás. Menos aún, a criticarla o juzgarla con altanería y soberbia. Pero nadie puede desentenderse de un hermano que se extravía. Así como Dios va siempre en busca de la oveja perdida, todos estamos obligados a interesarnos por el hermano que se aparta del camino, sin dejarnos vencer por el desinterés, el miedo o la  pereza. ¡Cuánto mejor nos iría si los sacerdotes, los padres y todos los cristianos dejáramos de criticar y condenar al hermano que yerra y le dijéramos a solas que se corrija! De hecho, cuando se practica la «corrección fraterna», el hermano tiene las espaldas cubiertas y se convierte en una ciudad amurallada. La segunda enseñanza del evangelio se encuentra en estas palabras: «Todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Las palabras «atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1445). La tercera enseñanza reza así: «Si dos o más se ponen de acuerdo para pedir algo, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Esta presencia de Cristo se da siempre que participamos en la misa del domingo, en el bautismo de un niño, en la boda de una pareja cristiana, y cuando enterramos a un difunto o rezamos los Laudes y las Vísperas. Buena es la oración individual, pero es incomparablemente mejor la comunitaria. Porque cuando rezamos juntos, Cristo quien ora en nosotros y Cristo ora por nosotros.       

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO (28.VIII.2011) - Ciclo A

¿CUÁL ES EL VALOR SUPREMO

DE LA VIDA?

«El que pierde su vida, la encontrará»

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El evangelio de este domingo tiene los mismos protagonistas que el anterior, pero las diferencias son abismales. Allí, Pedro recibía una gran alabanza de Jesús: “Dichoso tú Simón, sobre ti edificaré mi Iglesia”. Hoy, Jesús llama a Pedro “Satanás” y “tentador”, y le manda que se aparte de él. ¿Por qué un contraste tan fuerte y radical? Cuando Pedro proclamó la divinidad y mesianidad de Jesús, seguía la voz del Padre: «Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos». Ahora sigue su propia voz, la voz de la naturaleza humana, que no entiende el dolor y lo considera indigno del hombre y de Dios. Por eso, le parecía imposible y absurdo que Jesús tuviera que sufrir y morir. Después de ver sus milagros, Pedro había llegado a la conclusión de que Jesús tenía en sus manos el poder para resolver las múltiples necesidades humanas: la enfermedad, la vejez, los litigios y enfrentamientos, todo lo que merma o perturba la vida humana. Jesús conocía que no era así, pues los planes del Padre eran que entregara su vida por la salvación de los hombres, pagando el altísimo precio de una pasión dolorosísima y el de una muerte ignominiosa. La voz de Pedro nos resulta familiar, porque nos reconocemos en ella con facilidad. También nosotros pensamos que el dolor físico o moral es una desgracia, un absurdo, algo que hay que evitar a toda costa. Nos confirma en ello la cultura moderna, que está impregnada de esta mentalidad. Por eso, necesitamos mirar a Jesús si queremos descubrir que la vida sin dolor no es el valor supremo ni la aspiración a la que hay que consagrar todas nuestras energías. Mirándole a él, clavado voluntariamente en la cruz, entendemos que el valor supremo del hombre es entregar su vida por amor a favor de los demás. No es el sufrimiento o el placer lo que da valor a la vida humana. El valor depende de la donación de la vida por amor, que conlleva siempre el sufrimiento. Gracias a él, las madres siguen engendrando hijos, los misioneros marchando a lejanas tierras y el enfermo sonriendo a los demás. Es la vida fecunda en obras buenas por la entrega sacrificada y generosa.            

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO (21.VIII.2011) - Ciclo A

LA GRAN PREGUNTA DE TU VIDA

«¿Quién decís que soy Yo?»

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Que César pasara o no el Rubicón, que Carlos V fuera Emperador de Alemania o de Rusia, que Napoleón muriera desterrado o como emperador pueden ser verdad o mentira pero en nada afectan a nuestra salvación. Con Jesucristo no sucede así. Porque él asegura que el que cree en él, salva su vida, y el que no, la pierde. Dijo también que es el Camino, la Verdad y la Vida. Tu existencia y la mía, por tanto, cambian radicalmente según sea la respuesta que demos a la pregunta que formuló a sus discípulos y que recoge el Evangelio de hoy: «Vosotros, ¿quién decís que soy Yo?» Tú ¿quién dices que es Jesucristo?, ¿quién es Jesucristo para ti? Desde que sus discípulos le siguieron, le escucharon palabras tan maravillosas como las Bienaventuranzas, le vieron realizar milagros tan portentosos como la resurrección de Lázaro y presenciaron escenas tan conmovedoras como la defensa de la adúltera o la devolución del hijo vivo a la viuda de Naim. Sin embargo, Jesús nunca les preguntó qué opinaban de las Bienaventuranzas o de sus milagros. Les preguntó, en cambio, quién era él para ellos. No se conformó con saber lo que decían los demás. Le importaba lo que pensaban sus discípulos. Lo mismo sucede con nosotros, discípulos suyos en el siglo veintiuno. Lo que más importa es qué pensamos de él y, por consiguiente, qué papel juega él en nuestra vida. Ghandi –que nunca fue cristiano- dejó escrito: «Yo digo a los hindúes que su vida será imperfecta si no estudian respetuosamente la vida de Jesús». Benedicto XVI  va mucho más lejos. Un cristiano no será tal, mientras no se encuentre personalmente con Jesucristo. No basta saber más o menos cosas de religión, o hacer alguna obra caritativa. Ni siquiera es suficiente ir a misa. Es preciso encontrarse de tú a tú con Jesucristo, descubrirle como mi Dios y mi Salvador, tener la experiencia de que me quiere y me perdona, preferirle a él sobre cualquiera otra persona, cosa o actividad. La gran pregunta de nuestra vida sigue siendo, por tanto, la que recoge el Evangelio de hoy: «¿Quién decís que soy YO?» Nos va la vida en ella.