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LITURGIA DEL VATICANO II

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO (20.II.2011) - Ciclo A

¿IMPOSIBLE Y ABSURDO AMAR A LOS ENEMIGOS?

«Haced el bien a los os aborrecen»

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La vida humana es un conjunto de relaciones. En esas relaciones suelen surgir conflictos de poca monta, tanto en el ámbito matrimonial y familiar como en el laboral y social. Pero pueden surgir –y surgen de hecho- conflictos graves. Los otros pueden perjudicarnos, ofendernos y herirnos. ¿Cómo hemos de reaccionar los seguidores de Jesucristo en estos supuestos? La respuesta de Jesús es ésta: “Al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos”. ¿Cuál es exactamente la enseñanza de Jesús? La bofetada en la mejilla derecha significa un acto grave de violencia y una ofensa onerosa. La invitación a presentarle también la otra indica con toda claridad lo lejos que ha de estar, incluso en esa situación, el pensamiento de venganza. El que posee sólo una túnica alude a un hombre que probablemente está endeudado por completo y al que se le debe retener y quitar hasta la túnica. La recomendación a darle también la capa indica que en modo alguno hay que enojarse contra el acreedor. Las dos millas complementarias que se invita recorrer –las fuerzas de ocupación habían impuesto la obligación de recorrer una milla- indican que también aquí están fuera de lugar el enfado y el rencor. En síntesis, lo que Jesús enseña es que no hay que responder al mal con el mal, que en nuestro corazón no puede haber ningún sentimiento malo ni de venganza. Ni siquiera en el caso extremo del que sea nuestro enemigo, es decir: alguien que nos persigue, nos  desprestigia, nos calumnia, nos perjudica de cualquier forma y quiere avasallarnos. Jesús exige amor a los enemigos. La actitud de quienes nos llamamos discípulos suyos es el amor, que desea sólo el bien y que hace el bien. Semejante actitud es absurda vista con ojos humanos, e imposible de cumplir con nuestras fuerzas. Vista con ojos de fe y pidiendo la ayuda de Dios es maravillosa y se puede cumplir, como demuestra la vida de los santos y de los mártires.     

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (13.II.2011) - Ciclo A

EXIGENCIAS DEL

SEGUIMIENTO DE JESÚS

«Habéis oído que se dijo. Pero Yo os digo»

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Tres son las cuestiones que plantea el largo evangelio de este domingo: el comportamiento con el prójimo, el trato a la propia mujer y a la del prójimo y la radicalidad con que hay que huir de las ocasiones que nos llevan al pecado. Respecto al prójimo, además de ratificar el mandamiento del Antiguo Testamento: «No matarás», determina cómo hemos de comportarnos cuando surgen conflictos: el conflicto no debe envenenar el corazón ni debe conducir al envenenamiento de la comunidad. Que no es una recomendación optativa sino un comportamiento vinculante, se hace patente con la mención de los tribunales que deben ocuparse de la falta: el tribunal local, el más alto tribunal terreno y el juicio último de Dios. No sólo cuando se llega al homicidio, sino mucho antes hay que poner todo el empeño para evitar la acción mala, el corazón malo y la palabra mala. Los conflictos y tensiones de ningún modo  pueden debilitar el amor hacia el prójimo. Respecto al comportamiento con la mujer propia y la del prójimo, el criterio que estable Jesús no puede ser más claro: el poder decisivo en este campo no lo tienen las fuerzas naturales e instintivas del deseo y del placer sexual. No se puede buscar el placer sexual con la mujer de otro. Este deber no sólo comprende las acciones sino incluso los deseos. No sólo el placer sexual sino los deseos sexuales han de ser dominados. Finalmente, respecto a la huida de las ocasiones de pecado, Jesús emplea unas frases muy fuertes que, sin necesidad de tomarlas al pie de la letra, no dejan la menor duda sobre cómo proceder: «Si tu ojo se hace caer, arráncatelo», «si tu mano te hace caer, córtatela». Por no hacer caso a estas instrucciones de Jesús, cuántas personas –incluso consagradas- se han ido a pique; cuántos matrimonios se han destrozado; cuántos crímenes –pasionales y personales- se han perpetrado; cuántos pecados se han cometido y se siguen cometiendo! Si arrimamos fuego a la paja, se quema por más que proteste que no quiere quemarse; si nos metemos en el peligro, caeremos, quizás no a la primera, pero caeremos.           

Teólogos centroeuropeos y celibato

144 TEÓLOGOS CENTROEUROPEOS CUESTIONAN EL CELIBATO

 

Han pasado muchos años, pero no he olvidado una lección magistral que oí al Padre B. Häring sobre el celibato y los curas casados. Eran las 9 de la mañana de un día otoñal romano, cuando comenzó su clase de Matrimonio. El día anterior había tenido lugar en el aula conciliar la intervención de un obispo occidental, pidiendo la revisión del celibato.

 

El Padre Häring, que asistía en calidad de perito, sintió que alguien rompía a llorar a su lado. Se volvió ligeramente y, al descubrir a la persona afligida, le preguntó por el motivo de su llanto. Ésta le contestó entre suspiros: «Se ve que ese obispo no tiene experiencia, pues de tener la mía, no diría lo que está diciendo». Hasta aquí la anécdota sobre la que el moralista Häring –que no pecaba, precisamente, de tradicionalismo- quería sentenciar sobre el carisma del celibato. Más o menos éstas fueron sus palabras:

 

El celibato es un don del Espíritu Santo. El que tiene el don lo entiende sin dificultad. El que no lo entiende, o no lo tuvo nunca o lo ha dilapidado.

 

Al leer hoy la noticia de que un centenar de teólogos pide la revisión del celibato, me gustaría que las palabras de Häring fuesen una exageración. Más aún, que fueran falsas. De todos modos, mi no pequeña experiencia ministerial no las ha desmentido. Pero, repito, me gustaría que esos teólogos no hayan tenido nunca el carisma del celibato, porque sería terrible que confirmaran las palabras y los llantos a los que antes me he referido.

 

De todos modos, hay una idea que viene a mi mente y soy incapaz de desechar. La idea es muy simple: el lenguaje de estos teólogos se oyó hace varios siglos en las mismas latitudes y de boca de unas personas cuyo estado eclesial no era demasiado diferente al suyo. ¡Todavía estamos pagando su precio!

 

            

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (6.II.2011) - Ciclo A

NI ANÓNIMOS NI

CAMUFLADOS. COHERENTES

«Alumbre vuestra luz a los hombres»

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«Vosotros la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la tierra» Esta es la misión de los cristianos en el mundo. Siempre y en todas las circunstancias. Luz para iluminar situaciones y ambientes ciegos y opacos a la verdad y al bien. Sal para mezclarse con los demás, pero sin dejar de ser sal que da sabor y preserva de la corrupción. La tarea no es fácil. Porque el cristiano coherente produce reacciones negativas y tantas veces conflictivas y la tentación de ocultarse, de renegar de la propia identidad o de encerrarse en capillitas salta de inmediato. Jesús ha sido muy claro: sus discípulos han de hacerse visibles ante los demás. Renunciar a la visibilidad, nunca es un motivo sino sólo una excusa. Los discípulos que se camuflan y se esconden no cumplen su misión de ser luz. Lo mismo les ocurre a los que renuncian a su identidad y se convierten en sal sin sabor, acomodando su vida al ambiente en que se mueven. A veces, la presión puede ser muy grande y puede costar mucho esfuerzo resistirla. Esto tiene hoy una vigencia inusitada. En un mundo en el que son moneda corriente y habitual la injusticia, el odio, la mentira, el enfrentamiento entre los que piensan de modo distinto, las perversiones morales de todo tipo, el mal uso generalizado del matrimonio, las relaciones extraconyugales, el divorcio, el aborto, la infidelidad a la palabra dada y al compromiso asumido, y tantas cosas, ser coherente en el decir y en el obrar es difícil y arriesgado. Hasta el punto de que puede costarnos el legítimo ascenso en la escala social en que nos movamos y hasta el mismo puesto de trabajo. Dejarse llevar por lo que todos dicen y todos hacen es lo cómodo. Pero el que no nade contracorriente, será arrastrado por las aguas de la cobardía y de la insatisfacción. Ser luz y ser sal tiene un coste, pero tiene también un premio: el de la conciencia tranquila porque ha obrado con rectitud. ¿Qué mejor premio que llevar la luz de la verdad y del amor a los ambientes carcomidos por la mentira y el odio? ¿Qué cosa más gratificante que vivir de tal modo que los demás se sientan atraídos a dejar el fango y la corrupción?             

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (30.I.2011) - Ciclo A

¿SE EQUIVOCA  CRISTO O NOSOTROS?

El evangelio de este domingo es el de las Bienaventuranzas. Alguien ha dicho que con ellas Dios ha dado ‘un golpe de estado universal’. No le falta razón. Porque las Bienaventuranzas ponen patas arriba los criterios de valor de los hombres. ¿Qué líder político presentaría hoy un programa cuya espina dorsal fuese la pobreza, la humildad, el dolor y la persecución? Pues ese es, exactamente, el programa que Cristo presenta en las Bienaventuranzas. «Bienaventurados» –felices- los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por la justicia, los perseguidos e injuriados con todo tipo de denuestos. Si saliéramos a calle y preguntásemos a las cien primeras personas qué les parece este programa, seguramente que noventa y nueve nos dirían: «Es absurdo, es el programa de un loco» Si, luego, preguntamos, por qué, responderían, dando voz a lo que llevan en su corazón: «Porque la felicidad está en tener mucho dinero y mucho poder, y en disfrutar a tope del sexo y del placer». Efectivamente, la mayoría de la gente de hoy –y de siempre- piensa que la felicidad va asociada a la riqueza, al poder político, mediático y social, al disfrute de lo que comúnmente se llama «la vida». Pero hay que pararse a pensar. Porque todos conocemos gente con mucho dinero, gente famosa, gente que manda mucho y, sin embargo, son unos desgraciados. Y al contrario, todos conocemos a personas que son un don nadie en dinero, poder y fama pero son felices. ¿Qué es lo que marca la diferencia de la felicidad? Lo dice la segunda parte de cada Bienaventuranza: la diferencia es «Dios». Los que se sienten queridos, protegidos, perdonados y premiados por Dios, los que tienen a Dios como tesoro ¡esos son los verdaderamente felices y dichosos! Por eso es el Cielo es la suprema Bienaventuranza, la felicidad completa, el gozo pleno. La tierra, ciertamente, nunca es el Cielo del todo. Pero los que más logran que se parezca a él, esos son los más felices. La Santa de Ávila lo dijo con su clásica galanura: «Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta».         

DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO (23.I.2011) - Ciclo A

 

EL TEATRO DE OPERACIONES

DE JESÚS

«Dejándolo todo, le siguieron»

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Hoy estamos en Galilea, al norte de Palestina. Más en concreto, en Cafarnaún. Esta pequeña ciudad, y los alrededores del lago de Genesaret, fueron el teatro de operaciones de la mayor parte del ministerio público de Jesús. Si hoy volvieran él y los Doce, ya no se encontrarían con aquel puñado de florecientes ciudades que rodeaban el lago, pues han desaparecido. Pero encontrarían el mismo cielo y el mismo lago, los mismos peces que Pedro pescó el día de la pesca milagrosa, y el mismo río que vierte aquella agua que un día se puso furiosa y le obligó a realizar un gran milagro, la sinagoga de Cafarnáun, aunque en ruinas, y la casa, también en ruinas, de Pedro. Las orillas donde los pescadores sacaban cada mañana las redes para limpiarlas y remendarlas, y los lugares donde llamó al grupo de los más íntimos para que compartieran con él su vida y tuvieran la experiencia, única e irrepetible, de ver cómo hablaba con el Padre, cómo trataba a la gente y cuál era el  núcleo de su mensaje. Esos hombres aparecen en el evangelio de este domingo. No todos, pero sí los más importantes: Pedro y su  hermano Andrés, y Santiago y su hermano Juan. Pedro, Santiago y Juan serán los testigos privilegiados de algunos acontecimientos únicos: la Trasfiguración y la oración en el Huerto de Getsemaní. Pedro, además, será la cabeza y el fundamento visible de la Iglesia. ¿Y el mensaje fundamental? También aparece en el evangelio de hoy: el Reino de Dios y la llamada a la conversión. Finalmente, aparece la misión para la que elige a los Doce: para estar con él y para enviarles luego a predicar. San Mateo, que era un hombre de cierta cultura, ha querido delimitar el marco general de la actividad del Maestro y responder a algunas preguntas fundamentales: dónde se ha desarrollado la mayor parte de la obra de Jesús, por qué ha sido precisamente en Galilea, cuál es el contenido esencial de su predicación, quiénes son los primeros destinatarios y cuáles son las formas principales de su actuación. Durante los próximos domingos nos dará la oportunidad de conocerlo.          

DOMINGO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO (16.I.2011) -Ciclo A

¿TODAVÍA HABLANDO DE PECADO?

«Este es el Cordero de Dios»

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Seguimos en el escenario y con los personajes del domingo anterior: las orillas del Jordán, Juan el Bautista, Jesús y la muchedumbre. Pero hoy vamos a ser testigos de algo excepcional, pues vamos a conocer quién es Jesús. Como la identidad de Jesús no es evidente, no basta verle para comprender quién es y lo que él ofrece. Necesitamos que alguien nos le diga y que aceptemos ese testimonio, porque Jesús no se impone por la fuerza de la evidencia o de la violencia. Juan sabe quién es Jesús. No es que sea excepcionalmente inteligente, sino que se lo ha dado a conocer el Espíritu Santo. Y Juan da testimonio y nos dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», este es «el Hijo de Dios». Jesús es «Cordero de Dios» y el «Hijo de Dios» y su misión es «quitar el pecado del mundo». No es un genio que ha venido a enseñarnos construir casas, puentes o autopistas, ni a desvelarnos el modo de curar el cáncer. Jesús es el «Hijo de Dios», Dios, que se ha hecho hombre para descubrirnos quiénes somos y cuál es nuestro destino, y para hacernos posible que alcancemos la plenitud de sentido de nuestra vida. Él sabe mejor que nadie que el hombre sólo conoce quién es y cuál es su destino si mantiene con Dios una relación correcta. Y como el pecado hace imposible que exista esta relación, sólo quien destruya el pecado, dará al hombre la posibilidad de que saber quién es, cuál es su dignidad, cuál su misión y cuál el destino para el que ha sido creado. Jesús ha venido para eso, para «quitar el pecado del mundo», el pecado de todos los hombres y de la misma creación, manchada por el hombre. Más aún, por medio del Espíritu y del agua –por medio del bautismo- comunica al hombre la vida inagotable de Dios, estableciendo una nueva relación con él. Porque su bautismo es purificación y nuevo nacimiento. El «Hijo de Dios», haciéndose «Cordero» por el hombre, destruye el pecado y devuelve al hombre la grandeza que el pecado había destruido. Para fortuna nuestra, todavía hay que hablar del pecado y de que Jesús lo destruye, si le dejamos. ¡ Qué vida sería la nuestra si dejáramos entrar en ella a Jesús!        

DOMINGO II DE NAVIDAD (2.I.2011) - Ciclo A

EL LIBRO DE BUENAS OBRAS

«María meditaba todas estas cosas en su corazón»

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Esta mañana ha amanecido, minuto arriba minuto abajo, a la misma hora que ayer. También nos hemos levantado, más o menos, los mismos, que ayer. Y, por supuesto, mañana volveremos al tajo los mismos que curramos cada uno de los días laborables. Quiere esto decir que eso de «año nuevo» es un poco relativo. De todos modos, no voy a negar que ayer todos los calendarios arrancaban del mismo modo: «1 de enero de 2011». Tampoco voy a permitirme la indelicadeza de negarte a ti, que me estás leyendo ahora, y a todos los tuyos, un año lleno de buenas obras. Que éstas sean manuales o intelectuales, del cuerpo o del espíritu es lo de menos. Los sustantivo es que sean «buenas». No en vano la vieja filosofía decía que Dios se escribe con mayúscula de Bondad, Verdad y Belleza. De modo que la suma Verdad, la suma Bondad, la suma Belleza y Dios son la misma cosa. Donde hay, pues, una obra buena, allí está Dios. Por eso, el bloc de notas de casi cuatrocientas páginas que acaban de entregarnos, serán otras tantas invitaciones a que las llenemos con esas obras que nos gusta recordar el último día del año. Podemos escribir muchas sonrisas a los hijos y a los amigos; muchos pequeños favores realizados en casa o en el trabajo; muchos ratos de estudio para ser un día útiles a la sociedad; muchas horas de simpatía a los clientes de nuestro comercio; muchísimas más de delicadeza a los que vienen a la ventanilla de nuestra Caja o de nuestra oficina; muchos chistes limpios contados a los compañeros para hacerlos reír; muchas horas gastadas en tener una casa que sea un hogar y, por eso, mucho más apetecible que un hotel de cinco estrellas. La clave para vivir el año nuevo no está tanto en que hagamos muchas «cosas grandes y nuevas», sino en que vivamos con «espíritu nuevo» las pequeñas cosas de cada día. Si cada día del año ayer empezaba ponemos un ladrillo de buenas obras en el edificio de nuestra vida, mi felicitación habrá sido tan sencilla como maravillosa. ¡Feliz, pues, 2011 y que María nos acompañe todos sus días!

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (26. XII. 2010) - Ciclo A

LA FAMILIA DE NAZARET Y

LAS NUESTRAS

«El Niño iba creciendo en edad y sabiduría»

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Un niño es un ser frágil, impotente y amenazado en la vida. No puede defenderse y para seguir viviendo necesita el cuidado y protección de su padre y de su madre. Jesús participa de esta condición, porque se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado.  Como los Magos han burlado a Herodes y le han privado de conocer el paradero del Mesías, él decide hacer un rastreo de todos los niños de la comarca y eliminar a los que considera que son de la edad del Niño Jesús. Esta voluntad homicida fracasa, porque Jesús tiene una madre y uno que  hace las veces de padre. José recibe de Dios la orden de huir a Egipto. Obedece. Y el impotente Niño Jesús escapa del poderoso y sanguinario Herodes. Muerto éste, José recibe el encargo de volver de Egipto e instalarse en Nazaret. Vuelve a obedecer y su obediencia se convierte en fortaleza de Jesús. Por tercera vez obedece, cuando Dios le manda instalarse en Nazaret, aunque reine allí el hijo de Herodes, Arquelao. Tres órdenes de Dios, tres obediencias de José y tres salvaciones para Jesús. La ley suprema de la vida de José es la voluntad de Dios, que le ha confiado al Niño. María también se mueve por la misma ley. A Ella se le ha confiado cuidar al Niño en las cosas propias de un niño. María no pestañea. Al contrario, se consagra al servicio del desarrollo  humano de Jesús. ¡Cómo contrasta el comportamiento de José y María con el de Herodes! Mientras ellos hacen todo lo posible para defender y cuidar al Niño, Herodes se ensaña en eliminarlo. Está poseído de la voluntad de poder. No tiene escrúpulos y emplea todos los medios para asegurarse el reino, aun trasgrediendo lo que ha de ser el primer deber de un rey. ¡Cuántos Herodes hay hoy en el mundo! En cualquier parte del mundo, incluida la nación en la que esto escribo.¡¡Es terrible!! Pero lo más dramático es que hoy, además de los herodes políticos y sociales de turno, quienes deberían proteger al niño -como José y María-, se convierten en sus exterminadores. ¡Señor!, detén esta barbarie, y descubre a los hombres y mujeres de hoy que así no puede construirse una sociedad con futuro.         

 

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO (19.XII.2010) - Ciclo A

DIOS VIENE A SALVARNOS

«La Virgen concebirá y dará a luz un hijo”

El evangelio de hoy tiene un comienzo sobrecogedor: “La madre de Jesús estaba desposada con José, y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo». José no tiene nada que ver con el nacimiento de este niño. Su existencia remite directamente al poder de Dios. No han sido los hombres quienes se han dado a sí mismos a Jesús. En el entretanto de los desposorios –o esponsales- y la conducción de la esposa a casa del novio, un año o año y medio después,  para comenzar las relaciones conyugales, José advierte el embarazo de Maria y decide separarse de ella en secreto. Entonces se le hace saber el origen del Niño y, por encargo de Dios, lo recibe como hijo suyo. Jesús se convierte así en hijo de José ante la Ley y ante los hombres. Con ella, entra en la descendencia de David y lleva a cumplimiento las promesas hechas a esa casa y a sus descendientes: «Reinará en la casa de David y su reino no tendrá fin», había dicho el ángel de la Anunciación a María. Al cumplir ahora su profecía, sirviéndose de José, éste recibe de Dios un encargo bien preciso: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados». Jesús no sólo ha recibido de Dios la existencia, sino también su nombre y su misión. Su nombre es «Jeshua» y significa «Dios es salvación», porque salvará al pueblo de sus pecados». Jesús no se revelará «hijo de David» porque tiene un gran poder político o militar ni será o porque sea su salvador en sentido terreno. Él reinará «en la casa de David, su padre», entregando su vida y ofreciéndola en rescate por todos. En Jesús Dios está con nosotros. En Él se nos manifiesta el Dios misericordioso que ayuda y salva, y Dios se nos revela como Dios que viene en nuestra ayuda para librarnos de nuestros pecados y para posibilitar que lleguemos a Él. Jesús es la prueba suprema de que Dios no nos abandona ni nos deja en manos del destino o de las fuerzas de la historia. Él es «Dios con nosotros». Y para nosotros. Para ti y para mí. ¡¡Qué suerte!!               

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO (12.XII.2010) - Ciclo A

DIOS TIENE Y PUEDE DAR LA FELICIDAD

«Alegraos en el Señor»

 

 

 

Alguien ha dicho que la humanidad es una inmensa muchedumbre puesta de puntillas  alrededor de un árbol para coger su fruto. Ese árbol es el árbol de la felicidad. Es verdad. Todos queremos ser felices. ¿Por qué, entonces, son tan pocos los que son felices y por qué los que son felices lo son por tan poco tiempo? La razón es doble. Por una parte, porque en este mundo no existe la felicidad total ni duradera. En segundo lugar, porque hacemos de la felicidad un ídolo, un sustituto de Dios; y como la felicidad está en Dios y sólo él puede darla, al apartarnos de él, nos alejamos de la felicidad. Hay algo sobre lo que todos tenemos experiencia: personas que no tienen dinero, puestos, posición social, títulos... y son felices. Y, el contrario, personas con todo eso y son unos desgraciados. Si nos fijáramos con un poco de atención, descubriremos que las personas más creyentes y más cercanas a Dios son también las más felices, y al revés, las más alejadas de Dios son las más desgraciadas, las que más necesidad tienen de recurrir al sexo, a la droga, al alcohol, y a tantos sucedáneos que terminan arruinando no sólo el alma sino también el cuerpo y la vida. Las personas realmente buenas no sólo disfrutan con lo que podríamos llamar “alegrías espirituales”. Disfrutan también de las cosas honestas: viendo crecer a sus hijos, trabajando bien y para ser útiles a los demás, dando gracias a Dios por la salud, pintando un cuadro, subiendo a la montaña o contemplando un atardecer. Es una falsedad pensar y decir que la gente que busca y encuentra a Dios no es feliz. Que se lo digan, por ejemplo, a las monjas de clausura, al médico que pasa la vida aliviando el dolor o al que viene de hacer una confesión arrepentida después de haber estado enfangado durante muchos años. Pero no hay que preguntárselo a nadie. Nosotros mismos somos el mejor testigo. ¿No es verdad que hemos sido más felices cuando hemos hecho el bien que cuando hemos hecho el mal? En el horizonte se ve ya al Mesías que viene a nuestro encuentro para ser nuestro Salvador, para darnos su paz y su alegría.¡Abrámosle la puerta de nuestro corazón!          

DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO (5.XII.2010) - Ciclo A

PREPARAD EL CAMINO DEL

SEÑOR

«Dad el fruto que pide la conversión»

Jerusalén era en tiempos de Jesús una ciudad rodeada por el desierto. Por la parte oriental se accedía a través de carreteras, apenas señaladas y que desaparecían bajo la arena arrastrada por el viento. Por la occidental, los accesos se degradaban aún más. Por eso, cuando un personaje importante tenía que venir a la ciudad, era indispensable salir e internarse en el desierto para abrir una carretera provisional. Para ello se quitaban los obstáculos, se allanaban los montones de arena, se rellenaban las vaguadas que habían formado los temporales. Este es el contexto en el que resuena la voz potente del Bautista: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos», porque «llega el esperado de las naciones». Hay que prepararle el camino para que pueda llegar. Pero ese camino no se prepara en la tierra sino en el corazón de cada uno mediante un cambio profundo de mentalidad y de vida. Hay que allanar las montañas del orgullo -que lleva a ser despiadado y sin amor con los demás-, de la injusticia que engaña al prójimo, de los rencores, las venganzas, las traiciones del amor. Hay que rellenar los valles de la pereza, de la desgana para las cosas de Dios, de la incapacidad de imponerse un mínimo de esfuerzo, de todo pecado de omisión.  Hay que espalar la violencia, la superficialidad, la impureza, las borracheras, y no sólo las de alcohol, sino también las de la droga, la propia belleza, la propia inteligencia y la que es la peor de todas las borracheras: la de estar pagado de uno mismo. En pocas palabras: hay que dejar la vida de pecado y volvernos a Dios. Y del pecado se sale, dejando de ver los programas obscenos de la televisión y las revistas pornográficas, alejándose de aquella persona que está poniendo en peligro tu matrimonio, pasando de la mera convivencia al matrimonio, no robando a la Administración, trabajando y pagando según justicia, cuidando de la vida no nacida,  y, sobre todo, recibiendo el sacramento de la Penitencia. Esto es prepararse a la Navidad, a recibir al Salvador que viene. Si rehacemos el camino de nuestro corazón, la próxima Navidad no será una fiesta sin más, sino una fiesta de salvación.                  

DOMINGO 1 DE ADVIENTO (28. XI. 2010) - Ciclo A

UN DÍA NO TODO SERÁ IGUAL

«Estad preparados»

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El evangelio de este domingo se condensa en dos sentencias y en esta advertencia: «Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre»; «cuando venga el Hijo del Hombre, dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán»;«estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». ¿Qué pasó en tiempos de Noé? Pues que «la gente comía y bebía y se casaba», sin preocuparse de  más. El diluvio estaba anunciado, pero como no había llegado todavía, pensaban que no llegaría nunca. Pero llegó y todos perecieron. Jesús dice: la venida del Hijo del Hombre también tendrá lugar:¡ay del que sólo piense en comer, beber y divertirse, prescindiendo por completo de Dios!. La segunda sentencia está tomada del trabajo cotidiano de dos hombres y dos mujeres de tiempos de Jesús. Ellos araban el campo; las mujeres molían grano para obtener la harina y el pan de cada día. Esta aparente igualdad no puede llevar a la falsa conclusión de que su suerte final será igual para todos. Porque a uno de esos dos hombres que aran lo llevan y a otro no; y a una de esas dos mujeres que muelen la dejan y a la otra la llevan. Nuestras vidas parecen iguales: trabajo y fatiga, alegría y penas, vida y muerte. Sin embargo, existe una gran diferencia. Para unos, todo esto discurre al margen o en contra de Dios; para otros, todo es ocasión de amar a Dios y al prójimo. Por eso, al final de la vida no correremos todos la misma suerte. Los que estén preparados, serán acogidos en la comunión de vida con Dios; los que no hayan pensado más que en comer, beber y disfrutar, serán separados de esa comunión. Todo esto ocurrirá cuando llegue el Hijo del Hombre para juzgar a los vivos y a los muertos. Y como esa venida ocurrirá de modo imprevisto, la advertencia del Señor es lógica: «Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». ¿Estás preparado para presentarte ahora al juicio de Dios?         

 

CRISTO, REY DEL UNIVERSO (domingo 34) - Ciclo C

UN REY MUY ESPECIAL

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»

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Estamos en el Gólgota, donde sus enemigos han traído a Jesús para crucificarle. Le han elevado en alto para que todos le vean. Mejor, para que todos le desafíen, le insulten y se rían de él. De todas partes llega hasta sus oídos este grito de guerra: «Si eres el Cristo, el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo! ¡Muestra tu poder!» Lo dicen los jefes judíos, los soldados y uno de los dos malhechores clavados junto a él. Jesús vence la última y más terrible tentación: puede bajar, pero permanece en la cruz. Sus enemigos –los de entonces, los de ahora y los de siempre- podrán gritar autosatisfechos: ¿Cómo puede ser el Rey Salvador, el enviado por Dios? ¿Para qué sirve un Cristo que ni siquiera es capaz de salvarse a sí mismo de la muerte? ¿Cabe mayor desmentido de su doctrina y de su obra y mayor confirmación de que es un farsante? En medio de tanta blasfemia, una voz sale en su defensa. Es la voz de un ladrón, que proclama que él está ajusticiado con razón pero que Jesús es inocente, y es el Rey Salvador, aunque esté crucificado. Cree en Jesús, el Crucificado, y le dirige una oración que yo querría decir también cuando me esté muriendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino» Y Jesús, que no había dicho nada a todos los que le insultaban, se dirige a él con unas palabras, que también yo querría oír en el momento de mi muerte: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Lo que había hecho en su vida, cuando perdonaba a los pecadores y se sentaba a la mesa con ellos, llega ahora a sus punto culminante: al malhechor que se dirige a él con fe, le hace la promesa de sentarle junto a él en el banquete del reino de su Padre, y la plena y completa comunión con Dios. Jesús crucificado muestra que no es un Rey que garantiza el bienestar terreno. No se ha salvado a sí mismo de la muerte ni nos preserva a nosotros de la enfermedad y de la muerte. Él salva de la ruina de la lejanía de Dios y reconduce a la comunión con Dios. Quien  busca a este Jesús, es salvado por él, aunque se presente como un malhechor. ¡Este es nuestro Rey!           

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO (14. xi. 2010) -Ciclo C

NUEVO ORDEN MUNDIAL Y

FIN DEL MUNDO

«Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá»

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Encima de mi mesa hay una entrevista de un experto de la ONU que lleva este título: «El Nuevo Orden Mundial busca la desaparición de la Iglesia Católica». En el interior lo razona así. Quieren –dice- imponer políticas anticonceptivas, divorcistas, abortistas, de perversión de los derechos humanos, incluso cambiar la misma naturaleza del hombre y de la mujer, y del matrimonio. También una religión subjetivista y relativista, sin principios ni valores inmutables. La ética judeocristiana es incompatible con los paradigmas del Nuevo Orden Mundial. Por eso, la guerra contra la Iglesia Católica es total y cada vez será más descarada. Tras ese razonamiento se formula esta pregunta: «¿Qué es lo que nos viene?» Y responde: «Una persecución a la Iglesia Católica o a los restos de quienes permanezcan fieles». Pienso que no le falta razón en el juicio global y, por lo mismo, que puede ayudarnos para comprender el evangelio de este domingo, donde Jesús describe con rasgos muy gruesos la suerte final de Jerusalén y del mundo: «No quedará piedra sobre piedra, todo será destruido. Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel. Y hasta vuestros padres, parientes, hermanos y amigos os traicionarán. Todos os odiarán por causa de mi nombre». Sería terrible si Jesús no hubiera añadido: «No tengáis pánico», porque «ni  un cabello de vuestra cabeza perecerá». Jesús no ha mentido a sus discípulos sobre el futuro que los aguarda. Al contrario, ha querido librarnos de ilusiones y prepararnos a afrontar la realidad. Tendremos dificultades y persecuciones. Muchas y muy fuertes. Pero tendremos también su ayuda. Y, al final de todo, si somos fieles, un gran horizonte de luz se abrirá para nosotros: la vida en plenitud y para siempre. Realistas, pues, pero no asustados. Con la gracia de Dios, seremos fieles y llegaremos a la meta del Cielo.         

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (7.XI.2010) - Ciclo C

¿TODO TERMINA CON LA MUERTE?

«Dios es Dios de vivos»

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Deberíamos huir de ella como de la peste. Pero se ha hecho tan amiga de muchos, que es la norma que inspira toda su vida. Me refiero a la concepción materialista de la vida. Para esta ideología, el hombre vive unos años, más o menos, y, al final, todo termina y desaparece, como termina y desaparece un perrito de compañía. Así pensaban los epicúreos de la antigüedad clásica, así piensan legiones de hombres y mujeres de hoy y así pensaban los saduceos del evangelio de este domingo. Según éstos, Dios ha creado al mundo y a los hombres, y por medio de Moisés dio la Ley a Israel, para que pudiera llevar una vida recta y ordenada en esta tierra. Pero Dios no puede ni quiere hacer nada más allá de este mundo. La muere pone fin a todo. Con estos presupuestos un día se acercan a Jesús, armados de una historia rocambolesca con la que demostrarle que es absurdo sostener que los muertos resucitan. La historia es está. «Moisés nos dejó escrito: si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia al hermano. Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos; y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer?, porque los siete han estado casados con ella». La conclusión parece obvia: si hay resurrección, debería serlo de los siete, lo cual es absurdo. Por tanto, es imposible que exista resurrección. Los saduceos -y todos los materialistas que en el mundo han sido- partían de un error de bulto: creer que la vida del más allá es idéntica a la de este mundo. Pero no es así. Jesucristo, que conoce bien cómo será esa vida después de la muerte, les contesta: partís de un falso supuesto, pues pensáis que se casan los que resucitan. No es así. La vida que da Dios con la resurrección no es una simple continuación de la vida terrena ni un vacío que ha de llenarse de actividad, sino que es la participación en su misma vida. Cuando morimos, ni dejamos de existir ni seguimos existiendo como ahora. Resucitaremos para compartir la vida de Dios.         

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO (31.X.2010) -Ciclo C

ACOGER, NO CONDENAR

«Tengo que alojarme en tu casa»

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El evangelio de este domingo presenta una figura que se hace simpática. Su nombre es Zaqueo. Era una persona rica, pero su condición de recaudador de impuestos le colocaba entre los socialmente marginados. La gente le consideraba «impuro», vitando, porque su profesión le llevaba a tratar con todo tipo de personas, incluso paganas. Pertenecía a una clase de gente que tenía fama de abusiva y avara, por lo cual era odiado y despreciado. Un judío observante jamás se sentaría a la mesa con él ni le haría objeto de su amistad. El evangelista no nos dice porqué, pero un día que Jesús pasaba por Jericó, camino de Jerusalén, Zaqueo sintió ganas de verle. Tenía una gran dificultad, porque Jesús iba entre una multitud de gente y él era tan bajo que la muchedumbre se lo robaba a sus ojos. Pero su deseo era tan firme, que pasó por encima de lo tanto cuesta pasar: el ridículo. Porque no dudó en hacer lo que sólo hacen los niños: echar a correr, encaramarse a un árbol y esperar a que Jesús pasase. Y Jesús pasó delante de Zaqueo. Más aún, se detuvo, le miró complacido y le dijo lo que a mí me hubiera encantado oír: «Zaqueo, baja enseguida, porque tengo que alojarme en tu casa» ¡Siempre la misma historia, cuando Jesús se encuentra con alguien que le muestra su cariño y su aprecio!: que paga y repaga cien veces lo que se hace con él. No le importó que «los de siempre» le criticasen y se escandalizasen. No hizo caso de las habladurías y se hospedó en casa de Zaqueo. El resultado no pudo ser más espectacular: «Señor –dijo Zaqueo puesto en pie-: Mira, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le dijo otra frase que todos querríamos escuchar: «Hoy ha sido la salvación de esta casa. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». ¡¡Cuánto ganaríamos si, en vez de despreciar, criticar y malinterpretar a los demás, les acogiéramos con la misericordia de Jesucristo!!¡¡Cuánta gente es menos mala de lo que pensamos y reaccionaría como Zaqueo si se encontrase con otro Jesús delante de él!!           

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO (24.X.2010) - Ciclo C

«YO NO NECESITO

CONFESARME»

«Éste bajó justificado y aquel no»

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Dos personas, dos comportamientos, dos modos de rezar. Este es el cañamazo sobre el que se teje el evangelio de este domingo. Las personas son un fariseo y un publicano. Los comportamientos no pueden ser más contrapuestos: el fariseo no es ladrón, ni injusto, ni adúltero, paga el diezmo del templo más allá de lo exigido y ayuna dos veces por semana. El publicano es un explotador, un colaboracionista del poder invasor y poco o nada religioso. Cuando uno y otro suben al Templo de Jerusalén a rezar, su oración no pueden ser más dispar: el fariseo reza con autosuficiencia y desprecia a su acompañante con un «no soy como ese publicano». El publicano, en cambio, se considera un pobre miserable y sólo atina a golpearse el pecho y decir a Dios: «ten compasión de este pecador». No mentía el fariseo, cuando proclamaba todas las cosas buenas que hacía. También decía la verdad el publicano,  porque era un subarrendador de impuestos a Roma y alguien que se enriquecía cobrando más de lo justo. En los dos casos la oración es sincera, porque cada uno expone lo que es. ¿Dónde está la diferencia, para que Jesús termine la parábola con esta moraleja: «Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no»? En que el fariseo está convencido de ser justo por sus propias fuerzas, en lugar de reconocer que es Dios quien le ha preservado de hacer el mal y ayudado decisivamente a obrar el bien. Por eso, en vez de dar gracias a Dios por toda la bondad que ha derramado sobre él, se pavonea y engríe. El publicano, en cambio, no se excusa de sus pecados ni echa la culpa a Dios ni a las circunstancias, y pide humildemente perdón y misericordia. ¿No nos suena esta cantinela: yo no he matado a nadie, no he robado a nadie, no he cometido ningún adulterio, qué necesidad tengo de acercarme a confesar? ¡Cuánto más nos convendría reconocer con humildad que en nuestra vida hay demasiadas cosas que no van como debieran, acercarnos arrepentidos a confesarlas y ser reconciliados por el sacerdote, como representante de Dios!

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

ORACIÓN Y SANTA TOZUDEZ

«Os digo que les hará justicia»

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Lo contaba él mismo en una entrevista. Un empresario español quería introducirse en el mercado europeo del vino, consciente de que tenía marcas de calidad y competitivas. Pero era muy consciente de que no lo haría nunca si no las asociaba a una gran firma. Con este objetivo, entró en contacto con una de las mejores firmas del ramo en Europa. Escribió una carta, y le contestaron con cortesía, pero en forma negativa. Volvió a escribir y volvió a tener la misma respuesta. Así hasta ciento cinco veces. Ante tal insistencia, alguien hizo esta reflexión: este empresario o está loco o tiene un producto muy bueno. Y vino a comprobarlo. El resultado fue que no sólo adquirió una partida importante sino que le compró la exclusiva para toda Europa. Su ejemplo me parece una confirmación magnífica de la parábola del evangelio de hoy. En ella aparece un juez corrupto, egoísta y sin conciencia, que se ríe de una pobre viuda que le pide justicia. Pero la viuda actúa como el empresario del vino: insiste e insiste. Al final, el juez, que «no temía a Dios ni a los hombres», termina haciéndole justicia. La viuda logra su objetivo gracias a una petición incansable. Nos dice san Lucas que Jesús propuso la parábola «para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse». Quería enseñarles que han de tener una confianza plena e incondicional en que Dios escuchará su oración, aun cuando ellos deban repetirla una y otra vez.  Si la súplica constante de una pobre viuda llega a obtener algo de quien tiene un carácter como el del juez sin conciencia, ¿cuánto más influiría nuestra súplica sobre Dios? Jesús explicó en otros momentos cuál es el verdadero motivo por el que jamás debemos dejar de rezar y por el que podemos estar completamente seguros de que Dios escuchará nuestra oración: ¡es nuestro Padre!. Por eso no puede dejar de escucharnos. Pero nosotros no podemos prescribirle cómo y cuándo ha de hacerlo. Puede probarnos durante mucho tiempo o puede atendernos de inmediato. No nos cansemos de insistir. Tengamos la seguridad de que nos escuchará.               

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO (10.X.2010) - Ciclo C

PETICIÓN Y

AGRADECIMIENTO

«Señor, ten misericordia de nosotros»

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Hace unos años vi una película que me impactó. Describía la vida de una leprosería en una isla del archipiélago de Hawai, a la que llegó un joven párroco belga con el fin de dedicar su vida al cuidado de los leprosos. Todavía recuerdo a ese sacerdote, joven y esbelto a su llegada, pero irreconocible cuando la enfermedad hizo presa de su cuerpo. La isla se llamaba Molokai y el sacerdote era el padre Damián, beatificado por el Papa Juan Pablo II. Me ha venido ahora a la memoria, porque el evangelio de hoy habla de leprosos. Un día que Jesús iba de camino hacia Jerusalén, pasó cerca de diez hombres enfermos de lepra. Desconocemos el lugar y si era por la mañana o por la tarde. Pero conocemos el núcleo fundamental. Esos hombres, que llevaban una existencia completamente separada de su familia y de su comunidad humana y que debían gritar «peligro, somos leprosos, apartaos», comenzaron a dar voces y a decir: «Jesús, ten piedad de nosotros». Jesús no les dijo, como en otras ocasiones, «quedáis curados», sino que les mandó presentarse a los sacerdotes, que eran los encargados oficiales de certificar que la lepra había desaparecido. Mientras cumplían el mandato, fueron curados. Uno de ellos, sólo uno, volvió sobre sus pasos para agradecérselo a Jesús. Para él, la curación se convirtió en un encuentro con Dios. Jesús, que es perfecto hombre, se dejó escapar dolorido: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros, ¿dónde están?» Está bien que pidamos a Dios lo que necesitamos. Incluso que haga milagros. Pero, una vez que lo hemos recibido, hemos de dar gracias. La petición y el agradecimiento son el modo habitual de nuestra oración y de nuestra relación con Dios. Si sólo pedimos, nos empobrecemos más, al no dar gracias. Si concentramos nuestra mirada en el don que necesitamos en lugar del donante, que es Dios, perdemos la oportunidad de experimentar y reconocer el amor del donante. ¡Cuantísimos dones no habremos recibido en nuestra vida, de orden material y espiritual! Que salga hoy de nuestro corazón un fervoroso y convencido «¡gracias, Dios mío!».