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LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO (24.VII.2011) - Ciclo A

LO QUE VALE MÁS QUE TODO

«Vendió todo y compró el campo»

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Seguimos en el capítulo trece del evangelio de san Mateo, un capitulo monográfico sobre las parábolas del Reino. El evangelio de hoy recoge tres: un tesoro escondido en un campo y descubierto por un criado mientras lo araba; una perla de especial valor, que descubre un comerciante en perlas finas; y una red barredera, que arrastra hasta la orilla toda clase de peces y malezas, mezclados entre sí. El tesoro vale mucho más que el campo; por eso, el que lo encuentra, se calla y hace cuanto está en su mano para comprarlo. El comerciante que un día descubre una perla que es más valiosa que todas las que él posee, las vende todas para adquirirla. ¿De qué tesoro y de qué perla hablaba Jesús? De él mismo, del Reino que anunciaba y presentaba como enviado del Padre. Su doctrina, su obra y, sobre todo, su Persona –Él mismo- es el tesoro por el que vale la pena sacrificarlo todo y la perla que vale más que todos los bienes que estimamos los hombres y las mujeres: la salud, el dinero, la familia, la profesión, las cualidades y talentos personales, los proyectos de vida. Ese tesoro y esa perla no se nos regalan, sino que hay que “comprarlos”. Y, no a cualquier precio, sino empleando todas nuestras fuerzas, todo lo que somos y tenemos. Los santos lo han entendido muy bien. «Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta», decía la santa de Ávila. «¡Jesucristo, Jesucristo!», repiten a coro las religiosas de La Aguilera a cuantos pasan por su convento. «Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud», recuerda el Papa a los jóvenes con los que se encontrará pronto en Madrid. Quizás sabemos muchas cosas. No es improbable que en el armario de casa haya muchos vestidos y corbatas. Con un poco de suerte, hasta es posible que estemos triunfado en la profesión y en los  negocios. Pero ¿hemos encontrado «el tesoro» que da sentido a nuestra vida, hemos descubierto «la perla» que vale más que todo lo que tenemos y amamos, nos hemos encontrado con la Persona de Jesús? Sólo Él es el tesoro, la perla y el todo.         

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO (17.VII.2011) - Ciclo A

LA CONVIVENCIA ENTRE EL MAL Y EL BIEN

«Lo ha hecho el enemigo»

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¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿Por qué existe el mal en la Iglesia? ¿Por qué triunfa la maldad y es humillada la inocencia? ¿Por qué Dios no interviene y parece cruzarse de brazos? El evangelio de hoy es la respuesta. Y la respuesta es ésta: Dios ha previsto las cosas de un modo diverso a como las pensamos nosotros, pues quiere que, mientras vivimos en la tierra, convivan y estén mezclados el mal y el bien, los buenos y los malos. Pero esta situación no durará siempre ni implica que sea igual obrar el bien que hacer el mal. Habrá un punto de inflexión en el que serán separados. Es «el tiempo de la siega», «el final del mundo». En ese momento, los que se preguntaron qué quería Dios de ellos y se esforzaron sinceramente en cumplirlo, serán acogidos en el Reino y pertenecerán para siempre a la familia de los hijos de Dios en el Cielo. Los que no se hicieron esa pregunta y se rigieron por su egoísmo e incluso trataron de arrastrar a otros por esos derroteros, serán excluidos, también para siempre, de esa familia. El que no ha querido saber nada con Dios durante su vida, al final no será obligado por Dios a vivir en comunión eterna con Él. Dios respeta tanto nuestras decisiones, que incluso respeta que nos decidamos contra él. Pero, al final, nosotros tendremos que pechar con las consecuencias de nuestras decisiones. El trigo y la cizaña, el bien y el mal, los buenos y los malos están llamados a convivir mientras el mundo sea mundo. Y mientras la Iglesia sea Iglesia. Porque también en la Iglesia conviven discípulos fieles y discípulos que no lo son. Pero, al final vendrá la separación. Eterna e irrevocable. Jesús lo pasó mal durante su vida y también los discípulos pasan por dificultades. Pero ahí están. Quizás como un grano de mostaza o un puñado de fermento. Si perseveran en hacer el bien, el grano se convertirá en árbol frondoso y la levadura fermentará toda la masa. Eso ocurrirá al final, cuando Dios haga el balance definitivo, cuando el Reino llegue a su plenitud.         

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO (10.VII.2011) - Ciclo A

 

TIERRA, SIEMBRA

Y COSECHA

«Salió el sembrador a sembrar»

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A estas alturas del ministerio público de Cristo, su predicación ha topado ya con el rechazo de muchos y el desencanto de bastantes. También ha encontrado el apoyo incondicional de la gente sencilla y buena. Los escribas y fariseos le han echado en cara que su mensaje no vale nada, que no fructifica, que no produce cambios en el pueblo. El reproche se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos y hoy se corea con vocerío en tantos lugares. Jesús salió al paso del mismo con la parábola del sembrador, que se lee en el evangelio de este domingo. Lo que Jesús quería enseñar con esa parábola es bien sencillo: el problema de los frutos no radica en su mensaje sino en la respuesta del hombre. Algunos lo oyen como quien  oye llover. Otros, lo acogen de buen grado, pero lo abandonan cuando llegan las dificultades. Otros, lo sofocan con las mil preocupaciones del dinero, del disfrute de la vida y de sus negocios y trabajos. Pero no faltan los que lo acogen en su mente y en su corazón y lo llevan a su vida personal, profesional, familiar y social. Y dan frutos abundantes y selectos. Ahí está la pléyade de los santos de todos los tiempos. La misma semilla de la Palabra de Dios produce frutos muy diversos. Todo depende de la acogida que damos los hombres. Así ocurría en tiempos de Jesús, así sucede hoy y así será mientras el mundo sea mundo. Por eso, sería una gran injusticia y una inaceptable calumnia achacar al mensaje de Jesús los males que ocurren en el mundo. Sería una enorme incongruencia intelectual y moral decir que el cristianismo carece de valor, porque es incapaz de cambiar el mundo. Lo cierto es que el mundo ha cambiado mucho gracias al cristianismo y si todavía es como es, se debe, precisamente, al rechazo del cristianismo. Los crímenes que hoy se cometen contra los no nacidos, contra los enfermos terminales, contra las poblaciones de los países en vía de desarrollo, etc., ocurren porque se rechaza el mensaje de Jesús y su doctrina sobre la vida humana. Por eso, más que lamentarnos del fracaso del cristianismo, deberíamos tener la valentía de preguntarnos: ¿qué clase de terreno soy yo?    

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO (3.VII.2011) - Ciclo A

¿LE INTERESA AL HOMBRE

SER SOBERBIO ANTE DIOS?

«Has revelado estas cosas a la gente sencilla»

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La respuesta a la pregunta es clara: no. Lo dice con toda claridad el Evangelio de hoy, cuyo comienzo no puede ser más desafiante: «Te doy gracias, Padre –dice Jesús-, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las han revelado a la gente sencilla» “Estas cosas” eran todo lo que Jesucristo afirmaba de sí mismo: que era Dios e Hijo de Dios, el Mesías esperado, el único que conoce al Padre y el único que le puede dar a conocer; y que sus milagros avalaban sus palabras. “Estas cosas” no las admitían los doctores de la Ley, que se creían poseedores de la llave de las Escrituras, y, según ellos, las Escrituras Santas hablaban de un Mesías muy distinto. Incluso iban más lejos, pues llamaban a Jesús «endemoniado» y obrador de milagros «con el poder del demonio». La gente sencilla, en cambio, admitía de buen grado y hasta con entusiasmo lo que Jesús decía y, sobre todo, los milagros que realizaba. Esta actitud subyuga a Jesús y le hace exclamar en una entusiasta acción de gracias: «Te doy gracias, Padre porque has dado a conocer estas cosas a la gente sencilla». Hace algún tiempo, el director de una revista nacional daba en el clavo sobre quién es hoy esta “gente sencilla”. «Señor –decía él-, dame la fe de mi madre, que no había estudiado teología». Más de un profesor de teología lo repetiría de buen grado. Que nadie piense que Jesús, o cualquiera que tenga un mínimo de sentido común, desea la ignorancia, la irresponsabilidad intelectual o la renuncia a la inteligencia de la fe. Se trata de algo mucho más profundo que todo eso. La “gente sencilla” que entendía a Jesús es la gente que se identifica con «los pobres de Yahvé». Esa gente sabe que no que no lo entiende todo y que no tiene respuesta para todo, y siente necesidad de Dios. En su humildad reconoce la verdad. Por eso, Dios le descubre el sentido de la vida, de la muerte, del dolor y del más allá. Los engreídos y autosuficientes, como no necesitan a Dios, se quedan a oscuras en lo que realmente importa. ¡Para echarse a temblar! Decididamente: al hombre no le interesa ser soberbio ante Dios.             

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (5. vi.2011) - Ciclo A

ID, PREDICAD, BAUTIZAD

“Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”

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Estamos en el monte de Galilea donde el Resucitado ha convocado a sus discípulos. Se van a despedir de modo definitivo. Por eso Jesús adopta un estilo solemne, inhabitual en él: “Se me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra”. Que es tanto como decir: tengo una autoridad que se extiende a todos y a todo, soy dominador del cielo y la tierra. Por eso os puedo mandar esto: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En la primera misión les había mandado expresamente limitarse a las “ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ahora, en cambio, les envía  a todos los pueblos y a todos los hombres. Además, ya no será él quien llame a seguirle -como hizo con ellos-, sino que serán ellos quienes lo hagan en su nombre, representándole a él. Esta será su misión: hacer discípulos suyos a los hombres, vincularles con su Persona, ayudarles a establecer una comunión de vida con él y aceptar que sea él quien indique el camino, quien determine la forma y la orientación de la vida. No lo harán con la fuerza ni con el poder sino apelando a su libre decisión y mediante el sacramento del Bautismo conferido en el nombre de las tres Personas divinas. Ese sacramento sumerge en el ámbito de la vida divina, da el Espíritu Santo, hace hijos de Dios y hermanos unos de otros. El Bautismo irá precedido del anuncio de Dios y de la adhesión a él por la fe. Y llevará consigo una vida coherente con él: “Enseñadles a guardar todo lo que Yo os he mandado”. ¡Una tarea imposible si cuentan con su propia valía y poder! Pero realizable si no olvidan sus últimas palabras: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Ahora somos tú y yo –los discípulos de este momento- los que hemos de anunciar a Jesucristo a nuestros contemporáneos, hablarles de la maravilla del Bautismo e invitarles a seguir a Jesús. El mandato de Jesús sigue en pie: “Haced discípulos a todos los hombres, decidles lo que Yo he hecho por ellos, y ayudadles a que piden el Bautismo”.                   

 

DOMINGO VI DE PASCUA (29 de mayo de 2011) - Ciclo A

 

JESÚS CAMINA A NUESTRO

LADO

«No os dejaré huérfanos»

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Última Cena de Jesús con sus íntimos. Las paredes del Cenáculo han oído varias veces que ‘esto se acaba’. Jesús abre el hontanar de su corazón y dice con inmensa ternura a sus Apóstoles: «No os dejaré huérfanos», «Yo pediré al Padre otro Defensor que esté siempre con vosotros». Ellos no lo entienden. Lo entenderán –apostilla san Juan- cuando haya resucitado de entre los muertos. La Resurrección pondrá de manifiesto, además de su carácter de triunfador, que entre Él y ellos existe una vinculación muy especial. Ese encuentro les dará nuevas fuerzas y será el fundamento perenne para creer todo lo que antes les ha dicho sobre su unión con el Padre y la indisoluble vinculación que mantiene con ellos y con todos los que en el futuro quieran ser discípulos suyos. Sólo necesitan un requisito: amarle y guardar sus mandamientos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama...Yo también lo amaré y me revelaré a él». Los cristianos de hoy necesitamos traer a nuestra memoria y a nuestra vida de cada día esta presencia de Jesús para no sentirnos solos e impotentes ante el ambiente que nos rodea. Mejor: para tener los arrestos que necesitamos para anunciar que Jesús es el Único Salvador del mundo y el Único Camino que tienen los hombres para construir un mundo donde reinen la verdadera fraternidad y la verdadera paz. La conciencia de esta presencia da fortaleza a los mártires, constancia a los confesores, alegría a las vírgenes, coraje a los padres y madres de familia, capacidad de respuesta a los jóvenes, consuelo y paz a los ancianos y afligidos. El que cree que Jesucristo camina a su lado experimenta –como los demás hombres- la dureza de la vida, los fracasos y las humillaciones, las limitaciones de la enfermedad, y la muerte. Pero mantiene la serenidad y la calma y es capaz de llevársela a los hermanos que se sienten turbados y desconcertados. No nos cansemos de meditar y vivir esta gozosa realidad: no estoy solo en el sendero de la vida sino que Jesús camina a mi lado, me ayuda, me protege, cuida de mí. ¡Qué consuelo y qué fortaleza!            

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (22.V.2011) - Ciclo A

 

CAMINO, VERDAD Y VIDA

«Quien me ha visto, ha visto al Padre»

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Estamos en el Cenáculo, donde Jesús está despidiéndose de sus apóstoles y comiendo la última cena que tendrá con ellos. Un clima de tristeza embarga el alma de los apóstoles. Jesús se hace cargo de la situación y les consuela con unas palabras llenas de humanidad y cariño: «No os inquietéis. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a Mí». Su amistad no ha sido un intermedio gozoso que se interrumpe y acaba con la muerte, perdiéndose en el recuerdo. No. Jesús, no sólo no se separará de ellos para siempre sino que su marcha servirá para establecer una vinculación todavía más fuerte. Seguirán permanentemente unidos. La muerte, ya cercana, no será una separación definitiva sino la entrada en la casa del Padre, una vez que su humanidad haya sido exaltada y glorificada con la Resurrección. Allí está su Patria. Y allí está la Patria de los Apóstoles. Ellos también llegarán a ella un día. Les basta fiarse de él, creer en él, vivir como él les ha mandado. Ahora no pueden acompañarle, porque han de ir al mundo entero y anunciar a todos los hombres que él ha muerto y resucitado por todos, invitarlos a la conversión y bautizarlos. De momento les basta saber que «a donde Yo voy, ya sabéis el camino». Tomás no está muy de acuerdo. Si «no sabemos adónde vas –le dice-, ¿cómo podremos saber el camino?» La respuesta de Jesús llega hasta nosotros: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es a través de Mí». Con su peculiar agudeza y brillantez, comenta san Agustín: «Jesús está como diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quiere ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres ir? Yo soy la vida. Todo hombre alcanza a comprender la Verdad y la Vida, pero no todos encuentran el Camino. Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana. Camina contemplando su humildad y llegarás hasta Dios». ¿Estamos recorriendo tú y yo este Camino?         

DOMINGO CUARTO DE PASCUA (15.V.2011) - Ciclo A

 

VOCES VERDADERAS Y

FALSAS

«Yo soy la puerta de las ovejas»

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Barcas y redes. Campos y semilla. Harina y levadura. Este es el lenguaje recurrente en la predicación de Jesucristo, a la hora de trasmitir las verdades más profundas de su reino a gente sin apenas cultura y dedicada a los trabajos del mar, del campo y de la casa. Por eso, no llama la atención que para explicar la íntima relación que existe entre él y su pueblo, -entre él y cada uno de nosotros-, Jesucristo recurra en el evangelio de hoy a la imagen de un pastor bueno que conoce y cuida a sus ovejas. En aquel tiempo, los pastores guardaban sus rebaños en un mismo redil y los cuidaban por turno, mientras los demás descansaban. A la mañana siguiente, cuando había que llevar a pastar a las ovejas, cada pastor entraba por la puerta y llamaba a las suyas y éstas, al oír su voz, le seguían. Entre el pastor verdadero y sus ovejas había una especie de relación de amistad: se conocían, se trataban y se seguían los pasos. Cuando, en cambio, el que llamaba a las ovejas no era su pastor sino un extraño, las ovejas no conocían su voz ni le seguían. La voz era la contraseña y el enlace entre ovejas y pastor. Gracias a la voz del pastor, las ovejas sabían que podían fiarse de él. Jesucristo es el único buen pastor. Ciertamente, él ha querido que otros hagan sus veces. Pero sólo quien llega desde él y de parte de él será pastor auténtico. En caso contrario, será bandido o ladrón. De ahí que, todo el que quiera ocuparse del pueblo de Dios y ejercitar autoridad sobre él, deberá ser sometido a examen para ver si tiene un encargo de Jesús y si sus palabras y acciones responden a la orientación de Jesús. Lo decisivo es hacer las veces de Cristo. Como ha recordado el Vaticano II esto corresponde al Papa y a los obispos en comunión con él –y a quienes colaboran con ellos en íntima comunión jerárquica-. Las ovejas buenas y fieles lo saben muy bien. De hecho, tienen un sexto sentido para darse cuenta de quién es el pastor del que se pueden fiar y al que deben escuchar, secundar y seguir. Pidamos que el Seños siga enviando buenos pastores a su pueblo y que su pueblo siga escuchando a los buenos pastores. 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (1.V.2011) - Ciclo A

 

LA FE DEL INCRÉDULO

TOMÁS

«Dichosos los que crean sin haber visto»

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Estamos en el Cenáculo de Jerusalén, donde los apóstoles están reunidos como hace ocho días. Se repite la misma escena: Jesús se hace presente, aunque las puestas están cerradas. Pero hoy, a diferencia del día anterior, está presente Tomás, que todavía no ha visto al Resucitado ni cree en él. Sus compañeros le han contado que han visto a Jesús vivo, pero él no sólo ha rechazado su testimonio sino que lo ha hecho en tono desafiante y retador: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y no meto la mano en su costado, no lo creo». Jesús conoce la condición puesta por Tomás y le pide que actúe en consecuencia: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente». Jesús ha ido al encuentro del incrédulo Tomás y le hace salir de su aislamiento para que toda la comunidad de discípulos llegue a ser una en el gozo pascual. Tomás no se resiste. Más aún, llega a una confesión de fe en Jesús como nadie lo había hecho hasta entonces: «Señor mío y Dios mío». Tomás cree, se somete a Jesús y se fía de él. Ya están todos los discípulos equiparados. Todos han visto con sus propios ojos al Resucitado y todos han creído en él. Su fe dice relación a la resurrección, pero todavía más al hecho de que Jesús en su Señor y su Dios. Pero, además de equiparados, están equipados para ser testigos del Resucitado. En adelante, Jesús ya no conducirá a la fe por el camino que ha seguido con ellos. Desde ahora, todos los que crean en el Resucitado, creerán «sin haber visto», fiándose del testimonio de quienes le han visto. Tendrán que fiarse de ese testimonio, bajo la acción del Espíritu Santo. Es un testimonio verdadero, porque ellos han visto, han oído, han comido y han hablado con el Resucitado. Nosotros creemos por este testimonio. Es lo que nos han dicho quienes, en la Iglesia, son  los sucesores de los Apóstoles en una cadena que nunca se ha roto. “Creo en la Iglesia que es... apostólica», confesamos cada domingo en el Credo. Si alguno ha dudado, o duda de que Jesús ha resucitado, como el incrédulo Tomás, que siga también los pasos del Tomás creyente. No se arrepentirá.                

DOMINGO 5 DE CUARESMA (10.IV.2011)- Ciclo A

VENCEDOR DE LA MUERTE

«Tu hermano resucitará»

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Todos somos mortales y ante la muerte experimentamos una total impotencia. Podemos, quizás, retrasarla, pero no evitarla. Por eso, si apareciera alguien que nos librara de ella o que, en caso de haber muerto, nos devolviera la vida, nos faltaría tiempo y dinero para correr hasta él. ¡Ese alguien existe. Se llama Jesús de Nazaret, el hijo eterno de Dios y Dios, hecho hombre por nosotros! El evangelio de este domingo lo confirma. Un íntimo amigo suyo, Lázaro, había muerto. Cuando llega a Betania, Marta y María, sus hermanas, salen a su encuentro y Marta le dice lo que, seguramente, había comentado con María mientras aún vivía Lázaro: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Jesús le dice: «Tu hermano resucitará». Ella le replica con esta confesión de fe: «Sé que resucitará el último día». A estas palabras, Jesús le responde con otras que nunca deberíamos olvidar quienes nos confesamos cristianos y quienes, no siéndolo, buscan a Dios: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre». Nada más lejos de Jesús que ser un fantoche engreído. Al contrario, él siempre fue humilde y sencillo. Pero había venido a dar testimonio de la verdad. Y la verdad era lo que acababa de decir a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida. Yo tengo dominio sobre la muerte». Para probarlo, se acerca al sepulcro de Lázaro que «ya huele», porque hace cuatro días que lo han enterrado. Y dice con imperio estas palabras: «Lázaro, sal fuera». Y Lázaro volvió a la vida. Lo había demostrado: la muerte no constituye ningún límite para él, tiene dominio sobre ella, es capaz de vencerla. Es lo que hará con todos nosotros cuando hayamos muerto, si lo hemos hecho creyendo de verdad en él: nos devolverá la vida. Con ventaja sobre Lázaro: ¡no la volveremos a perder!. Viviremos para siempre. Quienes se preguntan para qué ha venido Jesús si no ha destruido el hambre, las guerras, las injusticias, él responde: He venido para que vivas para siempre, para que venzas la muerte.            

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (3.iv.2011) - Ciclo A

 

CIEGOS QUE VEN

Y CIEGOS QUE NO QUIEREN VER

«¿Quién te abrió los ojos?»

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Un día, Jesús quiso pulsar la opinión pública y preguntó a los Apóstoles: «¿Quién dice la gente que soy Yo?». Ellos contestaron: para unos eres Elías, para otros Jeremías, para otros un gran profeta. Oída esta respuesta, siguió preguntando: «Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?» Para Pedro y los demás fue ‘la pregunta’ de su vida. También lo es para nosotros, pues nadie puede hacernos otra más comprometida. Ante ella no cabe abstenerse, porque nuestro silencio sería un clamoroso pronunciamiento agnóstico o ateo. El ciego de nacimiento al que curó Jesús y los fariseos también se encontraron ante la misma alternativa. El ciego, a través de un largo itinerario, fue concluyendo, primero, que Jesús era un hombre, luego que era un profeta y, finalmente, que era un enviado de Dios, más aún: Dios. Los fariseos, en cambio, se obstinaron en decir que Jesús no era justo y se ratificaron en su rechazo. ¡Parece mentira, pero su obcecación les llevó a negar la evidencia de un milagro espectacular! Decía antes que ante quién es Jesús no cabe la abstención: o le confesamos como Dios o le rechazamos como Dios. En el primer supuesto, nos unimos a la confesión del ciego y el Señor nos da, a cambio, el don de la fe y con ella la clave para entender el sentido verdadero y último de la vida, de la muerte, del dolor, del trabajo y de nuestra existencia. En el segundo, engrosaremos el grupo de los fariseos y rechazaremos a Jesús como Dios y Salvador nuestro. ¿Cuál es la llave que nos abre o cierra la puerta de la divinidad de Jesucristo? Nuestra sencillez  y nuestra autosuficiencia. Si tenemos un corazón sencillo, como lo tenía el ciego, nos abriremos a Dios  y diremos como él: «Creo, Señor» y le adoraremos. Si, en cambio, pensamos que lo sabemos y podemos todo y pretendemos no tener necesidad de salvación, rechazaremos la divinidad de Jesús y nos haremos merecedores de las mismas palabras que los fariseos: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado, pero ahora decís: ‘nosotros vemos’; por eso, vuestro pecado permanece». Iremos por la vida dando tumbos, todo lo veremos oscuro o deformado y, con frecuencia, viviremos amargados.      

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA (27.III.2011) - Ciclo A

¿QUIÉN NO NECESITA A JESUCRISTO?

«Soy yo, el que habla contigo»  

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Pozo de Jacob, cerca de una ciudad llamada Siquem. Cae el sol de mediodía con toda su fuerza. Llega un hombre de unos treinta años, alto y corpulento, con la boca reseca, fruto de una larga caminata. Se sienta encima del brocal, esperando que alguien venga a sacar agua y pueda pedirle ayuda. No pasan muchos minutos antes de que llegue una mujer. Tiene aires desenvueltos. Se sorprende de que el hombre, que tiene aspecto de judío, le pida de beber. Y le manifiesta su extrañeza. Él no hace caso. Más aún, comienza a intrigarla. Sabe perfectamente que la mujer que tiene delante es de vida alegre, pero no mala persona. Como ella misma admitirá enseguida, ha vivido con cinco hombres distintos y tampoco es su marido el que ahora convive con ella. Pero él no se lo echa en cara. Ella, que no sabe de quien se trata, ha quedado ya prendida en las redes de su interlocutor. Se da cuenta de que puede hablar de cosas serias. “Veo que eres un profeta”, le dice. Él no se queda en halago y sigue adentrándose en la vida interior de la mujer. Por fin, las cosas llegan a donde tenían que llegar. “Cuando venga el Mesías –prosigue la mujer- nos lo revelará todo”. ¡¡Cuándo venga el Mesías!!. “Soy Yo, el que está hablando contigo”. Jesús acaba de decirle a esta mujer de vida alegre y desarreglada que es el Mesías anunciado por los profetas y al que ella espera. Porque los samaritanos también estaban aguardando al Mesías. La mujer cae a los pies de Jesús y le acepta como Mesías. Jesús, que tenía más sed del alma de aquella mujer que de la que le abrasaba los labios, le concede el don de la fe. Ella cree en Jesús y comienza una vida nueva. Junto a los infinitos pozos de Jacob del mundo moderno, Jesús sigue esperando a tantas mujeres –y a tantos hombres- samaritanas que no son malas personas pero han errado el camino. Él, que no ha venido a condenar sino a salvar, les ofrece su amor compasivo, perdonador y sanador. El día que ellas y ellos tengan la humildad de reconocer que necesitan a Jesús y vengan a él en el sacramento de la Penitencia, ese día reharán su vida y descubrirán que siempre hay motivos para seguir viviendo.         

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA (20.III.2011) - Ciclo A

“ESCUCHADLE”

«Se trasfiguró ante ellos»

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Estamos en el monte de la Trasfiguración. Hemos subido con Jesús y sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. No es la primera vez que acompañamos a un monte. Lo hemos hecho muchas veces, porque su vida está flanqueada por montes: el monte de la tentación, el monte de su gran sermón de las bienaventuranzas, el monte de la oración, el monte de la angustia, el monte de la Cruz, y el monte de la Ascensión. En el Antiguo Testamento también hay muchos montes: el Sinaí, el Horeb, el Moria. El monte es el lugar de la subida, no sólo física sino interior; el ámbito donde se respira un aire distinto que el del peso de la vida cotidiana; el espacio desde cuya altura se contemplan panoramas maravillosos de la creación; el habitat en el que nos encontramos más fácilmente con Dios. Hoy hemos subido al Tabor, porque Cristo quiere descorrernos un poco el velo que oculta su rostro. Como él «se ha anonadado», no deja ver su gloria. Su humanidad es la capa de nieve que oculta su divinidad. Además, todavía no ha sido glorificado como hombre y entronizado como Señor de la historia. Corremos el riesgo de minusvalorarle, de rebajarle, de tomarle por quien no es. Hoy, cuando una nube envuelva su rostro y sea escoltado por Moisés y Elías, Dios mismo dejará oír su voz y nos dirá: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo» Sí, hay que escuchar a Jesús, porque es el Hijo de Dios, Dios de Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. No hay otros locutores a quienes escuchar. No hay que escuchar a los echadores de cartas, a los adivinos, a los horóscopos, a los magos. Hubo un tiempo, el del paganismo, en el que los hombres escuchaban a todos estos. Jesucristo, como único mediador entre Dios y los hombres y supremo revelador de Dios, es la única Persona que es portadora de la verdad y a la que hay que escuchar. También ahora, cuando los ritos paganos han retornado con fuerza a nuestras sociedades. El evangelio de hoy lo puede decir más alto pero no más claro: «Escuchadle». Escuchemos a Jesús en su Evangelio, en su Iglesia, en la liturgia, en la vida de los santos.           

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA (13.III.2011) - Ciclo A

¿MITO, SÍMBOLO O UNA PERSONA?

«No sólo de pan vive el hombre»

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El evangelio de hoy, primer domingo de Cuaresma, es una síntesis perfecta de lo que es la vida cristiana: una lucha encarnizada entre el demonio y cada uno de nosotros. Muchos cristianos de hoy tienden a considerar al demonio como un personaje de opereta. Algunos intelectuales lo consideran un mito y un símbolo. Incluso los cristianos que creen en él y admiten su malvada realidad, piensan en el demonio como en una especie de comparsa en el drama de la Redención, cuando es un personaje central y uno de los dos grandes protagonistas de ese drama. Esto es lo que nos enseña el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. Después que Cristo ha pasado un tiempo prolongado en oración y ayuno, el demonio se presenta ante él con un objetivo bien preciso: apartarle de su misión, distraerle del fin para el cual ha venido a la tierra, sustituir el plan de Dios por un plan de este mundo. En el Bautismo, el Padre había manifestado que Jesús era un Mesías que debía recorrer el camino del Siervo obediente y salvar al mundo con la humildad y el sufrimiento. El demonio viene a proponerle otro camino: el  de la gloria, del triunfo y del poder; un camino tanto más atrayente cuanto que coincidía con las expectativas mesiánicas del pueblo. Dostoevkij ha dejado escrito que, si todos los doctores del mundo uniesen sus fuerzas para resumir en tres frases toda la historia espiritual de la humanidad, serían incapaces de llegar a una síntesis que superara la que expresan las tres tentaciones del desierto. Tiene razón. También hoy todo el esfuerzo del demonio se concentra en separar al hombre de su misión y de su fin, pervirtiendo, a la vez, el fin para el que le ha dado el mundo. Dios creó al hombre y le dio el mundo para tres cosas: «conocerle, amarle y servirle en la tierra, y luego gozar de él en el cielo». Pero el demonio intenta hoy, por todos los medios, lo que certeramente señala Benedicto XVI en su Libro “Jesús de Nazaret”: «Dejar a Dios como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras». Es decir: prescindir de Dios y gozar de la vida. Cuaresma es la gran oportunidad para advertirlo y evitarlo.

DOMINGO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO (6.III.2011)- Ciclo A

CONSTRUIR SOBRE ROCA Y SOBRE ARENA

«No todo el que dice ‘Señor, Señor’»

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Una persona acaudalada puede jugar su fortuna en el bingo. Si tiene la cabeza sobre los hombros, no se arriesgará y, si se arriesga, ha de ser consciente de que deberá pechar con las consecuencias de su libertad. Con nuestra vida podemos hacer lo mismo: jugarla al bingo de la irresponsabilidad o jugarla con sensatez. Somos libres. Pero hemos de tener presente que la responsabilidad es inseparable de la libertad. Nadie, ni siquiera Dios, nos obligará por la fuerza a ser creyentes y practicantes, a creer en Jesucristo, recibir el bautismo y vivir según sus exigencias. Pero hemos de ser consientes del riesgo que asumimos. Lo dice Jesús en el evangelio de este domingo: escuchar su Palabra y ponerla en práctica es tan decisivo, que de ello depende que, al final, nos encontremos con una vida plenamente realizada o perdida. Oigámosle a Él mismo: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero ésta no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. En cambio, el que escucha estas palabras y no las pone en práctica, se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente». Quien no acepta ni vive las enseñanzas de Jesús, al final se encontrará con una vida inconsistente, vacía y que no resiste el juicio de Dios. Puede haber sido brillante o importante; pero si no está construida sobre la voluntad de Dios e impregnada por ella, se derrumba en el momento de la prueba y será incapaz de franquear la entrada del Cielo. El sentido o sinsentido de toda nuestra vida dependen –en gran medida- de la aceptación o rechazo del Sermón de la Montaña. Porque «estas palabras mías» -a cuya aceptación o rechazo va unida la suerte de nuestra vida y de nuestra eternidad- fueron dichas al final de ese discurso y se referían no sólo a los Apóstoles sino a todos.  

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO (27.II.2011) - Ciclo A

DIOS CUIDA DE NOSOTROS

«Lo demás se os dará por añadidura»

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El evangelio de hoy es una página deliciosa sobre el sentido de observación de Jesucristo y su capacidad inigualable para sacarle partido. Había visto muchas veces que, de las mil florecillas que brotaban en los prados y linderos, ninguna igualaba la belleza de los lirios. Había contemplado también que los pájaros, después de surcar el  cielo en todas las direcciones, se posaban en un sembrado o  picoteaban en la orilla de los caminos. En las conversaciones cotidianas de Nazaret, había oído que la gente se lamentaba y se preguntaba con inquietud cosas como ¿qué comeremos, con qué compraremos el vestido que necesitamos, qué será de nosotros el día de mañana?. Un día salió a predicar. Y, consciente de que la gente que tenía delante conocía los mismos lirios, los mismos pájaros y las mismas preguntas que él, pero que, en cambio, desconocía la bondad de Dios y el cuidado amoroso que tenía sobre ellos en «el hoy» y en «el mañana», se puso a decirles con tanta sencillez como elocuencia: «No estéis agobiados pensando qué vais a comer, ni qué os vais a vestir. Mirad los pájaros del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan. Mirad los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Vuestro Padre Celestial se cuida de ellos». Por tanto, «si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros?» Tampoco viváis «angustiados por el mañana». Mi Padre cuida de vosotros. ¡Qué lejos del moralismo y de la casuística de los fariseos de entonces! ¡Qué lejos de tantas homilías remilgadas y resabidas de hoy! ¡Qué lejos de la tergiversación marxista y de los reduccionismos superficiales, como si Jesús fuera un reclutador de gente vaga y que vive del cuento... y del sudor de los demás! ¿Trabajar? Sí. ¿Prever el futuro? También. ¿Echarle garbo e imaginación a la vida? Por supuesto. Pero sin olvidarse de Dios. Más aún, contando con Dios antes que con lo demás. Y, cuando se cierre el horizonte por la enfermedad, los fracasos o los mil problemas de la vida, abandonarnos y descansar en sus brazos amorosos y paternales.        

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO (20.II.2011) - Ciclo A

¿IMPOSIBLE Y ABSURDO AMAR A LOS ENEMIGOS?

«Haced el bien a los os aborrecen»

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La vida humana es un conjunto de relaciones. En esas relaciones suelen surgir conflictos de poca monta, tanto en el ámbito matrimonial y familiar como en el laboral y social. Pero pueden surgir –y surgen de hecho- conflictos graves. Los otros pueden perjudicarnos, ofendernos y herirnos. ¿Cómo hemos de reaccionar los seguidores de Jesucristo en estos supuestos? La respuesta de Jesús es ésta: “Al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos”. ¿Cuál es exactamente la enseñanza de Jesús? La bofetada en la mejilla derecha significa un acto grave de violencia y una ofensa onerosa. La invitación a presentarle también la otra indica con toda claridad lo lejos que ha de estar, incluso en esa situación, el pensamiento de venganza. El que posee sólo una túnica alude a un hombre que probablemente está endeudado por completo y al que se le debe retener y quitar hasta la túnica. La recomendación a darle también la capa indica que en modo alguno hay que enojarse contra el acreedor. Las dos millas complementarias que se invita recorrer –las fuerzas de ocupación habían impuesto la obligación de recorrer una milla- indican que también aquí están fuera de lugar el enfado y el rencor. En síntesis, lo que Jesús enseña es que no hay que responder al mal con el mal, que en nuestro corazón no puede haber ningún sentimiento malo ni de venganza. Ni siquiera en el caso extremo del que sea nuestro enemigo, es decir: alguien que nos persigue, nos  desprestigia, nos calumnia, nos perjudica de cualquier forma y quiere avasallarnos. Jesús exige amor a los enemigos. La actitud de quienes nos llamamos discípulos suyos es el amor, que desea sólo el bien y que hace el bien. Semejante actitud es absurda vista con ojos humanos, e imposible de cumplir con nuestras fuerzas. Vista con ojos de fe y pidiendo la ayuda de Dios es maravillosa y se puede cumplir, como demuestra la vida de los santos y de los mártires.     

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (13.II.2011) - Ciclo A

EXIGENCIAS DEL

SEGUIMIENTO DE JESÚS

«Habéis oído que se dijo. Pero Yo os digo»

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Tres son las cuestiones que plantea el largo evangelio de este domingo: el comportamiento con el prójimo, el trato a la propia mujer y a la del prójimo y la radicalidad con que hay que huir de las ocasiones que nos llevan al pecado. Respecto al prójimo, además de ratificar el mandamiento del Antiguo Testamento: «No matarás», determina cómo hemos de comportarnos cuando surgen conflictos: el conflicto no debe envenenar el corazón ni debe conducir al envenenamiento de la comunidad. Que no es una recomendación optativa sino un comportamiento vinculante, se hace patente con la mención de los tribunales que deben ocuparse de la falta: el tribunal local, el más alto tribunal terreno y el juicio último de Dios. No sólo cuando se llega al homicidio, sino mucho antes hay que poner todo el empeño para evitar la acción mala, el corazón malo y la palabra mala. Los conflictos y tensiones de ningún modo  pueden debilitar el amor hacia el prójimo. Respecto al comportamiento con la mujer propia y la del prójimo, el criterio que estable Jesús no puede ser más claro: el poder decisivo en este campo no lo tienen las fuerzas naturales e instintivas del deseo y del placer sexual. No se puede buscar el placer sexual con la mujer de otro. Este deber no sólo comprende las acciones sino incluso los deseos. No sólo el placer sexual sino los deseos sexuales han de ser dominados. Finalmente, respecto a la huida de las ocasiones de pecado, Jesús emplea unas frases muy fuertes que, sin necesidad de tomarlas al pie de la letra, no dejan la menor duda sobre cómo proceder: «Si tu ojo se hace caer, arráncatelo», «si tu mano te hace caer, córtatela». Por no hacer caso a estas instrucciones de Jesús, cuántas personas –incluso consagradas- se han ido a pique; cuántos matrimonios se han destrozado; cuántos crímenes –pasionales y personales- se han perpetrado; cuántos pecados se han cometido y se siguen cometiendo! Si arrimamos fuego a la paja, se quema por más que proteste que no quiere quemarse; si nos metemos en el peligro, caeremos, quizás no a la primera, pero caeremos.           

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (6.II.2011) - Ciclo A

NI ANÓNIMOS NI

CAMUFLADOS. COHERENTES

«Alumbre vuestra luz a los hombres»

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«Vosotros la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la tierra» Esta es la misión de los cristianos en el mundo. Siempre y en todas las circunstancias. Luz para iluminar situaciones y ambientes ciegos y opacos a la verdad y al bien. Sal para mezclarse con los demás, pero sin dejar de ser sal que da sabor y preserva de la corrupción. La tarea no es fácil. Porque el cristiano coherente produce reacciones negativas y tantas veces conflictivas y la tentación de ocultarse, de renegar de la propia identidad o de encerrarse en capillitas salta de inmediato. Jesús ha sido muy claro: sus discípulos han de hacerse visibles ante los demás. Renunciar a la visibilidad, nunca es un motivo sino sólo una excusa. Los discípulos que se camuflan y se esconden no cumplen su misión de ser luz. Lo mismo les ocurre a los que renuncian a su identidad y se convierten en sal sin sabor, acomodando su vida al ambiente en que se mueven. A veces, la presión puede ser muy grande y puede costar mucho esfuerzo resistirla. Esto tiene hoy una vigencia inusitada. En un mundo en el que son moneda corriente y habitual la injusticia, el odio, la mentira, el enfrentamiento entre los que piensan de modo distinto, las perversiones morales de todo tipo, el mal uso generalizado del matrimonio, las relaciones extraconyugales, el divorcio, el aborto, la infidelidad a la palabra dada y al compromiso asumido, y tantas cosas, ser coherente en el decir y en el obrar es difícil y arriesgado. Hasta el punto de que puede costarnos el legítimo ascenso en la escala social en que nos movamos y hasta el mismo puesto de trabajo. Dejarse llevar por lo que todos dicen y todos hacen es lo cómodo. Pero el que no nade contracorriente, será arrastrado por las aguas de la cobardía y de la insatisfacción. Ser luz y ser sal tiene un coste, pero tiene también un premio: el de la conciencia tranquila porque ha obrado con rectitud. ¿Qué mejor premio que llevar la luz de la verdad y del amor a los ambientes carcomidos por la mentira y el odio? ¿Qué cosa más gratificante que vivir de tal modo que los demás se sientan atraídos a dejar el fango y la corrupción?             

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (30.I.2011) - Ciclo A

¿SE EQUIVOCA  CRISTO O NOSOTROS?

El evangelio de este domingo es el de las Bienaventuranzas. Alguien ha dicho que con ellas Dios ha dado ‘un golpe de estado universal’. No le falta razón. Porque las Bienaventuranzas ponen patas arriba los criterios de valor de los hombres. ¿Qué líder político presentaría hoy un programa cuya espina dorsal fuese la pobreza, la humildad, el dolor y la persecución? Pues ese es, exactamente, el programa que Cristo presenta en las Bienaventuranzas. «Bienaventurados» –felices- los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por la justicia, los perseguidos e injuriados con todo tipo de denuestos. Si saliéramos a calle y preguntásemos a las cien primeras personas qué les parece este programa, seguramente que noventa y nueve nos dirían: «Es absurdo, es el programa de un loco» Si, luego, preguntamos, por qué, responderían, dando voz a lo que llevan en su corazón: «Porque la felicidad está en tener mucho dinero y mucho poder, y en disfrutar a tope del sexo y del placer». Efectivamente, la mayoría de la gente de hoy –y de siempre- piensa que la felicidad va asociada a la riqueza, al poder político, mediático y social, al disfrute de lo que comúnmente se llama «la vida». Pero hay que pararse a pensar. Porque todos conocemos gente con mucho dinero, gente famosa, gente que manda mucho y, sin embargo, son unos desgraciados. Y al contrario, todos conocemos a personas que son un don nadie en dinero, poder y fama pero son felices. ¿Qué es lo que marca la diferencia de la felicidad? Lo dice la segunda parte de cada Bienaventuranza: la diferencia es «Dios». Los que se sienten queridos, protegidos, perdonados y premiados por Dios, los que tienen a Dios como tesoro ¡esos son los verdaderamente felices y dichosos! Por eso es el Cielo es la suprema Bienaventuranza, la felicidad completa, el gozo pleno. La tierra, ciertamente, nunca es el Cielo del todo. Pero los que más logran que se parezca a él, esos son los más felices. La Santa de Ávila lo dijo con su clásica galanura: «Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta».