Blogia
LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO (23.I.2011) - Ciclo A

 

EL TEATRO DE OPERACIONES

DE JESÚS

«Dejándolo todo, le siguieron»

___________________________________________________

Hoy estamos en Galilea, al norte de Palestina. Más en concreto, en Cafarnaún. Esta pequeña ciudad, y los alrededores del lago de Genesaret, fueron el teatro de operaciones de la mayor parte del ministerio público de Jesús. Si hoy volvieran él y los Doce, ya no se encontrarían con aquel puñado de florecientes ciudades que rodeaban el lago, pues han desaparecido. Pero encontrarían el mismo cielo y el mismo lago, los mismos peces que Pedro pescó el día de la pesca milagrosa, y el mismo río que vierte aquella agua que un día se puso furiosa y le obligó a realizar un gran milagro, la sinagoga de Cafarnáun, aunque en ruinas, y la casa, también en ruinas, de Pedro. Las orillas donde los pescadores sacaban cada mañana las redes para limpiarlas y remendarlas, y los lugares donde llamó al grupo de los más íntimos para que compartieran con él su vida y tuvieran la experiencia, única e irrepetible, de ver cómo hablaba con el Padre, cómo trataba a la gente y cuál era el  núcleo de su mensaje. Esos hombres aparecen en el evangelio de este domingo. No todos, pero sí los más importantes: Pedro y su  hermano Andrés, y Santiago y su hermano Juan. Pedro, Santiago y Juan serán los testigos privilegiados de algunos acontecimientos únicos: la Trasfiguración y la oración en el Huerto de Getsemaní. Pedro, además, será la cabeza y el fundamento visible de la Iglesia. ¿Y el mensaje fundamental? También aparece en el evangelio de hoy: el Reino de Dios y la llamada a la conversión. Finalmente, aparece la misión para la que elige a los Doce: para estar con él y para enviarles luego a predicar. San Mateo, que era un hombre de cierta cultura, ha querido delimitar el marco general de la actividad del Maestro y responder a algunas preguntas fundamentales: dónde se ha desarrollado la mayor parte de la obra de Jesús, por qué ha sido precisamente en Galilea, cuál es el contenido esencial de su predicación, quiénes son los primeros destinatarios y cuáles son las formas principales de su actuación. Durante los próximos domingos nos dará la oportunidad de conocerlo.          

DOMINGO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO (16.I.2011) -Ciclo A

¿TODAVÍA HABLANDO DE PECADO?

«Este es el Cordero de Dios»

____________________________________________________

Seguimos en el escenario y con los personajes del domingo anterior: las orillas del Jordán, Juan el Bautista, Jesús y la muchedumbre. Pero hoy vamos a ser testigos de algo excepcional, pues vamos a conocer quién es Jesús. Como la identidad de Jesús no es evidente, no basta verle para comprender quién es y lo que él ofrece. Necesitamos que alguien nos le diga y que aceptemos ese testimonio, porque Jesús no se impone por la fuerza de la evidencia o de la violencia. Juan sabe quién es Jesús. No es que sea excepcionalmente inteligente, sino que se lo ha dado a conocer el Espíritu Santo. Y Juan da testimonio y nos dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», este es «el Hijo de Dios». Jesús es «Cordero de Dios» y el «Hijo de Dios» y su misión es «quitar el pecado del mundo». No es un genio que ha venido a enseñarnos construir casas, puentes o autopistas, ni a desvelarnos el modo de curar el cáncer. Jesús es el «Hijo de Dios», Dios, que se ha hecho hombre para descubrirnos quiénes somos y cuál es nuestro destino, y para hacernos posible que alcancemos la plenitud de sentido de nuestra vida. Él sabe mejor que nadie que el hombre sólo conoce quién es y cuál es su destino si mantiene con Dios una relación correcta. Y como el pecado hace imposible que exista esta relación, sólo quien destruya el pecado, dará al hombre la posibilidad de que saber quién es, cuál es su dignidad, cuál su misión y cuál el destino para el que ha sido creado. Jesús ha venido para eso, para «quitar el pecado del mundo», el pecado de todos los hombres y de la misma creación, manchada por el hombre. Más aún, por medio del Espíritu y del agua –por medio del bautismo- comunica al hombre la vida inagotable de Dios, estableciendo una nueva relación con él. Porque su bautismo es purificación y nuevo nacimiento. El «Hijo de Dios», haciéndose «Cordero» por el hombre, destruye el pecado y devuelve al hombre la grandeza que el pecado había destruido. Para fortuna nuestra, todavía hay que hablar del pecado y de que Jesús lo destruye, si le dejamos. ¡ Qué vida sería la nuestra si dejáramos entrar en ella a Jesús!        

DOMINGO II DE NAVIDAD (2.I.2011) - Ciclo A

EL LIBRO DE BUENAS OBRAS

«María meditaba todas estas cosas en su corazón»

_____________________________________________________

Esta mañana ha amanecido, minuto arriba minuto abajo, a la misma hora que ayer. También nos hemos levantado, más o menos, los mismos, que ayer. Y, por supuesto, mañana volveremos al tajo los mismos que curramos cada uno de los días laborables. Quiere esto decir que eso de «año nuevo» es un poco relativo. De todos modos, no voy a negar que ayer todos los calendarios arrancaban del mismo modo: «1 de enero de 2011». Tampoco voy a permitirme la indelicadeza de negarte a ti, que me estás leyendo ahora, y a todos los tuyos, un año lleno de buenas obras. Que éstas sean manuales o intelectuales, del cuerpo o del espíritu es lo de menos. Los sustantivo es que sean «buenas». No en vano la vieja filosofía decía que Dios se escribe con mayúscula de Bondad, Verdad y Belleza. De modo que la suma Verdad, la suma Bondad, la suma Belleza y Dios son la misma cosa. Donde hay, pues, una obra buena, allí está Dios. Por eso, el bloc de notas de casi cuatrocientas páginas que acaban de entregarnos, serán otras tantas invitaciones a que las llenemos con esas obras que nos gusta recordar el último día del año. Podemos escribir muchas sonrisas a los hijos y a los amigos; muchos pequeños favores realizados en casa o en el trabajo; muchos ratos de estudio para ser un día útiles a la sociedad; muchas horas de simpatía a los clientes de nuestro comercio; muchísimas más de delicadeza a los que vienen a la ventanilla de nuestra Caja o de nuestra oficina; muchos chistes limpios contados a los compañeros para hacerlos reír; muchas horas gastadas en tener una casa que sea un hogar y, por eso, mucho más apetecible que un hotel de cinco estrellas. La clave para vivir el año nuevo no está tanto en que hagamos muchas «cosas grandes y nuevas», sino en que vivamos con «espíritu nuevo» las pequeñas cosas de cada día. Si cada día del año ayer empezaba ponemos un ladrillo de buenas obras en el edificio de nuestra vida, mi felicitación habrá sido tan sencilla como maravillosa. ¡Feliz, pues, 2011 y que María nos acompañe todos sus días!

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (26. XII. 2010) - Ciclo A

LA FAMILIA DE NAZARET Y

LAS NUESTRAS

«El Niño iba creciendo en edad y sabiduría»

____________________________________________________

Un niño es un ser frágil, impotente y amenazado en la vida. No puede defenderse y para seguir viviendo necesita el cuidado y protección de su padre y de su madre. Jesús participa de esta condición, porque se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado.  Como los Magos han burlado a Herodes y le han privado de conocer el paradero del Mesías, él decide hacer un rastreo de todos los niños de la comarca y eliminar a los que considera que son de la edad del Niño Jesús. Esta voluntad homicida fracasa, porque Jesús tiene una madre y uno que  hace las veces de padre. José recibe de Dios la orden de huir a Egipto. Obedece. Y el impotente Niño Jesús escapa del poderoso y sanguinario Herodes. Muerto éste, José recibe el encargo de volver de Egipto e instalarse en Nazaret. Vuelve a obedecer y su obediencia se convierte en fortaleza de Jesús. Por tercera vez obedece, cuando Dios le manda instalarse en Nazaret, aunque reine allí el hijo de Herodes, Arquelao. Tres órdenes de Dios, tres obediencias de José y tres salvaciones para Jesús. La ley suprema de la vida de José es la voluntad de Dios, que le ha confiado al Niño. María también se mueve por la misma ley. A Ella se le ha confiado cuidar al Niño en las cosas propias de un niño. María no pestañea. Al contrario, se consagra al servicio del desarrollo  humano de Jesús. ¡Cómo contrasta el comportamiento de José y María con el de Herodes! Mientras ellos hacen todo lo posible para defender y cuidar al Niño, Herodes se ensaña en eliminarlo. Está poseído de la voluntad de poder. No tiene escrúpulos y emplea todos los medios para asegurarse el reino, aun trasgrediendo lo que ha de ser el primer deber de un rey. ¡Cuántos Herodes hay hoy en el mundo! En cualquier parte del mundo, incluida la nación en la que esto escribo.¡¡Es terrible!! Pero lo más dramático es que hoy, además de los herodes políticos y sociales de turno, quienes deberían proteger al niño -como José y María-, se convierten en sus exterminadores. ¡Señor!, detén esta barbarie, y descubre a los hombres y mujeres de hoy que así no puede construirse una sociedad con futuro.         

 

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO (19.XII.2010) - Ciclo A

DIOS VIENE A SALVARNOS

«La Virgen concebirá y dará a luz un hijo”

El evangelio de hoy tiene un comienzo sobrecogedor: “La madre de Jesús estaba desposada con José, y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo». José no tiene nada que ver con el nacimiento de este niño. Su existencia remite directamente al poder de Dios. No han sido los hombres quienes se han dado a sí mismos a Jesús. En el entretanto de los desposorios –o esponsales- y la conducción de la esposa a casa del novio, un año o año y medio después,  para comenzar las relaciones conyugales, José advierte el embarazo de Maria y decide separarse de ella en secreto. Entonces se le hace saber el origen del Niño y, por encargo de Dios, lo recibe como hijo suyo. Jesús se convierte así en hijo de José ante la Ley y ante los hombres. Con ella, entra en la descendencia de David y lleva a cumplimiento las promesas hechas a esa casa y a sus descendientes: «Reinará en la casa de David y su reino no tendrá fin», había dicho el ángel de la Anunciación a María. Al cumplir ahora su profecía, sirviéndose de José, éste recibe de Dios un encargo bien preciso: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados». Jesús no sólo ha recibido de Dios la existencia, sino también su nombre y su misión. Su nombre es «Jeshua» y significa «Dios es salvación», porque salvará al pueblo de sus pecados». Jesús no se revelará «hijo de David» porque tiene un gran poder político o militar ni será o porque sea su salvador en sentido terreno. Él reinará «en la casa de David, su padre», entregando su vida y ofreciéndola en rescate por todos. En Jesús Dios está con nosotros. En Él se nos manifiesta el Dios misericordioso que ayuda y salva, y Dios se nos revela como Dios que viene en nuestra ayuda para librarnos de nuestros pecados y para posibilitar que lleguemos a Él. Jesús es la prueba suprema de que Dios no nos abandona ni nos deja en manos del destino o de las fuerzas de la historia. Él es «Dios con nosotros». Y para nosotros. Para ti y para mí. ¡¡Qué suerte!!               

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO (12.XII.2010) - Ciclo A

DIOS TIENE Y PUEDE DAR LA FELICIDAD

«Alegraos en el Señor»

 

 

 

Alguien ha dicho que la humanidad es una inmensa muchedumbre puesta de puntillas  alrededor de un árbol para coger su fruto. Ese árbol es el árbol de la felicidad. Es verdad. Todos queremos ser felices. ¿Por qué, entonces, son tan pocos los que son felices y por qué los que son felices lo son por tan poco tiempo? La razón es doble. Por una parte, porque en este mundo no existe la felicidad total ni duradera. En segundo lugar, porque hacemos de la felicidad un ídolo, un sustituto de Dios; y como la felicidad está en Dios y sólo él puede darla, al apartarnos de él, nos alejamos de la felicidad. Hay algo sobre lo que todos tenemos experiencia: personas que no tienen dinero, puestos, posición social, títulos... y son felices. Y, el contrario, personas con todo eso y son unos desgraciados. Si nos fijáramos con un poco de atención, descubriremos que las personas más creyentes y más cercanas a Dios son también las más felices, y al revés, las más alejadas de Dios son las más desgraciadas, las que más necesidad tienen de recurrir al sexo, a la droga, al alcohol, y a tantos sucedáneos que terminan arruinando no sólo el alma sino también el cuerpo y la vida. Las personas realmente buenas no sólo disfrutan con lo que podríamos llamar “alegrías espirituales”. Disfrutan también de las cosas honestas: viendo crecer a sus hijos, trabajando bien y para ser útiles a los demás, dando gracias a Dios por la salud, pintando un cuadro, subiendo a la montaña o contemplando un atardecer. Es una falsedad pensar y decir que la gente que busca y encuentra a Dios no es feliz. Que se lo digan, por ejemplo, a las monjas de clausura, al médico que pasa la vida aliviando el dolor o al que viene de hacer una confesión arrepentida después de haber estado enfangado durante muchos años. Pero no hay que preguntárselo a nadie. Nosotros mismos somos el mejor testigo. ¿No es verdad que hemos sido más felices cuando hemos hecho el bien que cuando hemos hecho el mal? En el horizonte se ve ya al Mesías que viene a nuestro encuentro para ser nuestro Salvador, para darnos su paz y su alegría.¡Abrámosle la puerta de nuestro corazón!          

DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO (5.XII.2010) - Ciclo A

PREPARAD EL CAMINO DEL

SEÑOR

«Dad el fruto que pide la conversión»

Jerusalén era en tiempos de Jesús una ciudad rodeada por el desierto. Por la parte oriental se accedía a través de carreteras, apenas señaladas y que desaparecían bajo la arena arrastrada por el viento. Por la occidental, los accesos se degradaban aún más. Por eso, cuando un personaje importante tenía que venir a la ciudad, era indispensable salir e internarse en el desierto para abrir una carretera provisional. Para ello se quitaban los obstáculos, se allanaban los montones de arena, se rellenaban las vaguadas que habían formado los temporales. Este es el contexto en el que resuena la voz potente del Bautista: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos», porque «llega el esperado de las naciones». Hay que prepararle el camino para que pueda llegar. Pero ese camino no se prepara en la tierra sino en el corazón de cada uno mediante un cambio profundo de mentalidad y de vida. Hay que allanar las montañas del orgullo -que lleva a ser despiadado y sin amor con los demás-, de la injusticia que engaña al prójimo, de los rencores, las venganzas, las traiciones del amor. Hay que rellenar los valles de la pereza, de la desgana para las cosas de Dios, de la incapacidad de imponerse un mínimo de esfuerzo, de todo pecado de omisión.  Hay que espalar la violencia, la superficialidad, la impureza, las borracheras, y no sólo las de alcohol, sino también las de la droga, la propia belleza, la propia inteligencia y la que es la peor de todas las borracheras: la de estar pagado de uno mismo. En pocas palabras: hay que dejar la vida de pecado y volvernos a Dios. Y del pecado se sale, dejando de ver los programas obscenos de la televisión y las revistas pornográficas, alejándose de aquella persona que está poniendo en peligro tu matrimonio, pasando de la mera convivencia al matrimonio, no robando a la Administración, trabajando y pagando según justicia, cuidando de la vida no nacida,  y, sobre todo, recibiendo el sacramento de la Penitencia. Esto es prepararse a la Navidad, a recibir al Salvador que viene. Si rehacemos el camino de nuestro corazón, la próxima Navidad no será una fiesta sin más, sino una fiesta de salvación.                  

DOMINGO 1 DE ADVIENTO (28. XI. 2010) - Ciclo A

UN DÍA NO TODO SERÁ IGUAL

«Estad preparados»

___________________________________________________

El evangelio de este domingo se condensa en dos sentencias y en esta advertencia: «Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre»; «cuando venga el Hijo del Hombre, dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán»;«estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». ¿Qué pasó en tiempos de Noé? Pues que «la gente comía y bebía y se casaba», sin preocuparse de  más. El diluvio estaba anunciado, pero como no había llegado todavía, pensaban que no llegaría nunca. Pero llegó y todos perecieron. Jesús dice: la venida del Hijo del Hombre también tendrá lugar:¡ay del que sólo piense en comer, beber y divertirse, prescindiendo por completo de Dios!. La segunda sentencia está tomada del trabajo cotidiano de dos hombres y dos mujeres de tiempos de Jesús. Ellos araban el campo; las mujeres molían grano para obtener la harina y el pan de cada día. Esta aparente igualdad no puede llevar a la falsa conclusión de que su suerte final será igual para todos. Porque a uno de esos dos hombres que aran lo llevan y a otro no; y a una de esas dos mujeres que muelen la dejan y a la otra la llevan. Nuestras vidas parecen iguales: trabajo y fatiga, alegría y penas, vida y muerte. Sin embargo, existe una gran diferencia. Para unos, todo esto discurre al margen o en contra de Dios; para otros, todo es ocasión de amar a Dios y al prójimo. Por eso, al final de la vida no correremos todos la misma suerte. Los que estén preparados, serán acogidos en la comunión de vida con Dios; los que no hayan pensado más que en comer, beber y disfrutar, serán separados de esa comunión. Todo esto ocurrirá cuando llegue el Hijo del Hombre para juzgar a los vivos y a los muertos. Y como esa venida ocurrirá de modo imprevisto, la advertencia del Señor es lógica: «Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». ¿Estás preparado para presentarte ahora al juicio de Dios?         

 

CRISTO, REY DEL UNIVERSO (domingo 34) - Ciclo C

UN REY MUY ESPECIAL

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»

_________________________________________________

Estamos en el Gólgota, donde sus enemigos han traído a Jesús para crucificarle. Le han elevado en alto para que todos le vean. Mejor, para que todos le desafíen, le insulten y se rían de él. De todas partes llega hasta sus oídos este grito de guerra: «Si eres el Cristo, el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo! ¡Muestra tu poder!» Lo dicen los jefes judíos, los soldados y uno de los dos malhechores clavados junto a él. Jesús vence la última y más terrible tentación: puede bajar, pero permanece en la cruz. Sus enemigos –los de entonces, los de ahora y los de siempre- podrán gritar autosatisfechos: ¿Cómo puede ser el Rey Salvador, el enviado por Dios? ¿Para qué sirve un Cristo que ni siquiera es capaz de salvarse a sí mismo de la muerte? ¿Cabe mayor desmentido de su doctrina y de su obra y mayor confirmación de que es un farsante? En medio de tanta blasfemia, una voz sale en su defensa. Es la voz de un ladrón, que proclama que él está ajusticiado con razón pero que Jesús es inocente, y es el Rey Salvador, aunque esté crucificado. Cree en Jesús, el Crucificado, y le dirige una oración que yo querría decir también cuando me esté muriendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino» Y Jesús, que no había dicho nada a todos los que le insultaban, se dirige a él con unas palabras, que también yo querría oír en el momento de mi muerte: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Lo que había hecho en su vida, cuando perdonaba a los pecadores y se sentaba a la mesa con ellos, llega ahora a sus punto culminante: al malhechor que se dirige a él con fe, le hace la promesa de sentarle junto a él en el banquete del reino de su Padre, y la plena y completa comunión con Dios. Jesús crucificado muestra que no es un Rey que garantiza el bienestar terreno. No se ha salvado a sí mismo de la muerte ni nos preserva a nosotros de la enfermedad y de la muerte. Él salva de la ruina de la lejanía de Dios y reconduce a la comunión con Dios. Quien  busca a este Jesús, es salvado por él, aunque se presente como un malhechor. ¡Este es nuestro Rey!           

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO (14. xi. 2010) -Ciclo C

NUEVO ORDEN MUNDIAL Y

FIN DEL MUNDO

«Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá»

__________________________________________________

Encima de mi mesa hay una entrevista de un experto de la ONU que lleva este título: «El Nuevo Orden Mundial busca la desaparición de la Iglesia Católica». En el interior lo razona así. Quieren –dice- imponer políticas anticonceptivas, divorcistas, abortistas, de perversión de los derechos humanos, incluso cambiar la misma naturaleza del hombre y de la mujer, y del matrimonio. También una religión subjetivista y relativista, sin principios ni valores inmutables. La ética judeocristiana es incompatible con los paradigmas del Nuevo Orden Mundial. Por eso, la guerra contra la Iglesia Católica es total y cada vez será más descarada. Tras ese razonamiento se formula esta pregunta: «¿Qué es lo que nos viene?» Y responde: «Una persecución a la Iglesia Católica o a los restos de quienes permanezcan fieles». Pienso que no le falta razón en el juicio global y, por lo mismo, que puede ayudarnos para comprender el evangelio de este domingo, donde Jesús describe con rasgos muy gruesos la suerte final de Jerusalén y del mundo: «No quedará piedra sobre piedra, todo será destruido. Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel. Y hasta vuestros padres, parientes, hermanos y amigos os traicionarán. Todos os odiarán por causa de mi nombre». Sería terrible si Jesús no hubiera añadido: «No tengáis pánico», porque «ni  un cabello de vuestra cabeza perecerá». Jesús no ha mentido a sus discípulos sobre el futuro que los aguarda. Al contrario, ha querido librarnos de ilusiones y prepararnos a afrontar la realidad. Tendremos dificultades y persecuciones. Muchas y muy fuertes. Pero tendremos también su ayuda. Y, al final de todo, si somos fieles, un gran horizonte de luz se abrirá para nosotros: la vida en plenitud y para siempre. Realistas, pues, pero no asustados. Con la gracia de Dios, seremos fieles y llegaremos a la meta del Cielo.         

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (7.XI.2010) - Ciclo C

¿TODO TERMINA CON LA MUERTE?

«Dios es Dios de vivos»

____________________________________________________

Deberíamos huir de ella como de la peste. Pero se ha hecho tan amiga de muchos, que es la norma que inspira toda su vida. Me refiero a la concepción materialista de la vida. Para esta ideología, el hombre vive unos años, más o menos, y, al final, todo termina y desaparece, como termina y desaparece un perrito de compañía. Así pensaban los epicúreos de la antigüedad clásica, así piensan legiones de hombres y mujeres de hoy y así pensaban los saduceos del evangelio de este domingo. Según éstos, Dios ha creado al mundo y a los hombres, y por medio de Moisés dio la Ley a Israel, para que pudiera llevar una vida recta y ordenada en esta tierra. Pero Dios no puede ni quiere hacer nada más allá de este mundo. La muere pone fin a todo. Con estos presupuestos un día se acercan a Jesús, armados de una historia rocambolesca con la que demostrarle que es absurdo sostener que los muertos resucitan. La historia es está. «Moisés nos dejó escrito: si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia al hermano. Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos; y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer?, porque los siete han estado casados con ella». La conclusión parece obvia: si hay resurrección, debería serlo de los siete, lo cual es absurdo. Por tanto, es imposible que exista resurrección. Los saduceos -y todos los materialistas que en el mundo han sido- partían de un error de bulto: creer que la vida del más allá es idéntica a la de este mundo. Pero no es así. Jesucristo, que conoce bien cómo será esa vida después de la muerte, les contesta: partís de un falso supuesto, pues pensáis que se casan los que resucitan. No es así. La vida que da Dios con la resurrección no es una simple continuación de la vida terrena ni un vacío que ha de llenarse de actividad, sino que es la participación en su misma vida. Cuando morimos, ni dejamos de existir ni seguimos existiendo como ahora. Resucitaremos para compartir la vida de Dios.         

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO (31.X.2010) -Ciclo C

ACOGER, NO CONDENAR

«Tengo que alojarme en tu casa»

___________________________________________________

El evangelio de este domingo presenta una figura que se hace simpática. Su nombre es Zaqueo. Era una persona rica, pero su condición de recaudador de impuestos le colocaba entre los socialmente marginados. La gente le consideraba «impuro», vitando, porque su profesión le llevaba a tratar con todo tipo de personas, incluso paganas. Pertenecía a una clase de gente que tenía fama de abusiva y avara, por lo cual era odiado y despreciado. Un judío observante jamás se sentaría a la mesa con él ni le haría objeto de su amistad. El evangelista no nos dice porqué, pero un día que Jesús pasaba por Jericó, camino de Jerusalén, Zaqueo sintió ganas de verle. Tenía una gran dificultad, porque Jesús iba entre una multitud de gente y él era tan bajo que la muchedumbre se lo robaba a sus ojos. Pero su deseo era tan firme, que pasó por encima de lo tanto cuesta pasar: el ridículo. Porque no dudó en hacer lo que sólo hacen los niños: echar a correr, encaramarse a un árbol y esperar a que Jesús pasase. Y Jesús pasó delante de Zaqueo. Más aún, se detuvo, le miró complacido y le dijo lo que a mí me hubiera encantado oír: «Zaqueo, baja enseguida, porque tengo que alojarme en tu casa» ¡Siempre la misma historia, cuando Jesús se encuentra con alguien que le muestra su cariño y su aprecio!: que paga y repaga cien veces lo que se hace con él. No le importó que «los de siempre» le criticasen y se escandalizasen. No hizo caso de las habladurías y se hospedó en casa de Zaqueo. El resultado no pudo ser más espectacular: «Señor –dijo Zaqueo puesto en pie-: Mira, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le dijo otra frase que todos querríamos escuchar: «Hoy ha sido la salvación de esta casa. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». ¡¡Cuánto ganaríamos si, en vez de despreciar, criticar y malinterpretar a los demás, les acogiéramos con la misericordia de Jesucristo!!¡¡Cuánta gente es menos mala de lo que pensamos y reaccionaría como Zaqueo si se encontrase con otro Jesús delante de él!!           

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO (24.X.2010) - Ciclo C

«YO NO NECESITO

CONFESARME»

«Éste bajó justificado y aquel no»

____________________________________________________

Dos personas, dos comportamientos, dos modos de rezar. Este es el cañamazo sobre el que se teje el evangelio de este domingo. Las personas son un fariseo y un publicano. Los comportamientos no pueden ser más contrapuestos: el fariseo no es ladrón, ni injusto, ni adúltero, paga el diezmo del templo más allá de lo exigido y ayuna dos veces por semana. El publicano es un explotador, un colaboracionista del poder invasor y poco o nada religioso. Cuando uno y otro suben al Templo de Jerusalén a rezar, su oración no pueden ser más dispar: el fariseo reza con autosuficiencia y desprecia a su acompañante con un «no soy como ese publicano». El publicano, en cambio, se considera un pobre miserable y sólo atina a golpearse el pecho y decir a Dios: «ten compasión de este pecador». No mentía el fariseo, cuando proclamaba todas las cosas buenas que hacía. También decía la verdad el publicano,  porque era un subarrendador de impuestos a Roma y alguien que se enriquecía cobrando más de lo justo. En los dos casos la oración es sincera, porque cada uno expone lo que es. ¿Dónde está la diferencia, para que Jesús termine la parábola con esta moraleja: «Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no»? En que el fariseo está convencido de ser justo por sus propias fuerzas, en lugar de reconocer que es Dios quien le ha preservado de hacer el mal y ayudado decisivamente a obrar el bien. Por eso, en vez de dar gracias a Dios por toda la bondad que ha derramado sobre él, se pavonea y engríe. El publicano, en cambio, no se excusa de sus pecados ni echa la culpa a Dios ni a las circunstancias, y pide humildemente perdón y misericordia. ¿No nos suena esta cantinela: yo no he matado a nadie, no he robado a nadie, no he cometido ningún adulterio, qué necesidad tengo de acercarme a confesar? ¡Cuánto más nos convendría reconocer con humildad que en nuestra vida hay demasiadas cosas que no van como debieran, acercarnos arrepentidos a confesarlas y ser reconciliados por el sacerdote, como representante de Dios!

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

ORACIÓN Y SANTA TOZUDEZ

«Os digo que les hará justicia»

_____________________________________________________

Lo contaba él mismo en una entrevista. Un empresario español quería introducirse en el mercado europeo del vino, consciente de que tenía marcas de calidad y competitivas. Pero era muy consciente de que no lo haría nunca si no las asociaba a una gran firma. Con este objetivo, entró en contacto con una de las mejores firmas del ramo en Europa. Escribió una carta, y le contestaron con cortesía, pero en forma negativa. Volvió a escribir y volvió a tener la misma respuesta. Así hasta ciento cinco veces. Ante tal insistencia, alguien hizo esta reflexión: este empresario o está loco o tiene un producto muy bueno. Y vino a comprobarlo. El resultado fue que no sólo adquirió una partida importante sino que le compró la exclusiva para toda Europa. Su ejemplo me parece una confirmación magnífica de la parábola del evangelio de hoy. En ella aparece un juez corrupto, egoísta y sin conciencia, que se ríe de una pobre viuda que le pide justicia. Pero la viuda actúa como el empresario del vino: insiste e insiste. Al final, el juez, que «no temía a Dios ni a los hombres», termina haciéndole justicia. La viuda logra su objetivo gracias a una petición incansable. Nos dice san Lucas que Jesús propuso la parábola «para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse». Quería enseñarles que han de tener una confianza plena e incondicional en que Dios escuchará su oración, aun cuando ellos deban repetirla una y otra vez.  Si la súplica constante de una pobre viuda llega a obtener algo de quien tiene un carácter como el del juez sin conciencia, ¿cuánto más influiría nuestra súplica sobre Dios? Jesús explicó en otros momentos cuál es el verdadero motivo por el que jamás debemos dejar de rezar y por el que podemos estar completamente seguros de que Dios escuchará nuestra oración: ¡es nuestro Padre!. Por eso no puede dejar de escucharnos. Pero nosotros no podemos prescribirle cómo y cuándo ha de hacerlo. Puede probarnos durante mucho tiempo o puede atendernos de inmediato. No nos cansemos de insistir. Tengamos la seguridad de que nos escuchará.               

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO (10.X.2010) - Ciclo C

PETICIÓN Y

AGRADECIMIENTO

«Señor, ten misericordia de nosotros»

___________________________________________________

Hace unos años vi una película que me impactó. Describía la vida de una leprosería en una isla del archipiélago de Hawai, a la que llegó un joven párroco belga con el fin de dedicar su vida al cuidado de los leprosos. Todavía recuerdo a ese sacerdote, joven y esbelto a su llegada, pero irreconocible cuando la enfermedad hizo presa de su cuerpo. La isla se llamaba Molokai y el sacerdote era el padre Damián, beatificado por el Papa Juan Pablo II. Me ha venido ahora a la memoria, porque el evangelio de hoy habla de leprosos. Un día que Jesús iba de camino hacia Jerusalén, pasó cerca de diez hombres enfermos de lepra. Desconocemos el lugar y si era por la mañana o por la tarde. Pero conocemos el núcleo fundamental. Esos hombres, que llevaban una existencia completamente separada de su familia y de su comunidad humana y que debían gritar «peligro, somos leprosos, apartaos», comenzaron a dar voces y a decir: «Jesús, ten piedad de nosotros». Jesús no les dijo, como en otras ocasiones, «quedáis curados», sino que les mandó presentarse a los sacerdotes, que eran los encargados oficiales de certificar que la lepra había desaparecido. Mientras cumplían el mandato, fueron curados. Uno de ellos, sólo uno, volvió sobre sus pasos para agradecérselo a Jesús. Para él, la curación se convirtió en un encuentro con Dios. Jesús, que es perfecto hombre, se dejó escapar dolorido: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros, ¿dónde están?» Está bien que pidamos a Dios lo que necesitamos. Incluso que haga milagros. Pero, una vez que lo hemos recibido, hemos de dar gracias. La petición y el agradecimiento son el modo habitual de nuestra oración y de nuestra relación con Dios. Si sólo pedimos, nos empobrecemos más, al no dar gracias. Si concentramos nuestra mirada en el don que necesitamos en lugar del donante, que es Dios, perdemos la oportunidad de experimentar y reconocer el amor del donante. ¡Cuantísimos dones no habremos recibido en nuestra vida, de orden material y espiritual! Que salga hoy de nuestro corazón un fervoroso y convencido «¡gracias, Dios mío!».             

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO -Ciclo C (3.X.2010)

 

LA FE Y LOS IMPOSIBLES

«Señor, auméntanos la fe»

____________________________________________________

El evangelio de hoy comienza de un modo desconcertante. Sin dar ninguna explicación del por qué o para qué, se nos dice que los apóstoles hacen a Jesús esta petición: «Auméntanos la fe» Un poco antes, a la pregunta de Pedro: «Si mi hermano me ofende he de perdonarle hasta siete veces», es decir: siempre?, Jesús había respondido: «No siete sino setenta veces siete». Algo así como «siempre, siempre, siempre», dado que siete es número de plenitud. Quizás los apóstoles comprendieron que era una tarea muy difícil y que podía faltarles en el futuro suficiente paciencia y amor. Sea como fuere, a estas alturas ellos ya han comprobado que sus fuerzas humanas son insuficientes para cumplir las tareas que el Señor les ha encomendado. Además, han comprobado que su fe en Dios es todavía muy débil. Pero en esa situación, ni desertan de la tarea ni aligeran su carga, sino que piden al Señor una fe más fuerte. Hacen lo que deben hacer: echar mano de la oración y pedir a Dios la ayuda que necesitan. Saben que Dios puede hacer lo imposible. Jesús no responde directamente a su petición, pero les da una respuesta en la que, con toda energía y contundencia, les manifiesta la importancia que tiene la fe en la vida de los apóstoles y, de rechazo, en la de todos sus discípulos. Si existe una confianza verdadera y plena en Dios, se hace realidad lo que es imposible según los criterios humanos. Aunque la imposibilidad sea tan grande como «mover una montaña» o «trasladar un árbol bien enraizado». Si Dios encarga una tarea y pide exigencias imposibles para nosotros, él puede capacitarnos para llevarlas a cabo. La única condición para superar esos «imposibles» es que seamos alcanzados por su poder. Y para que este poder nos llegue es preciso, de nuestra parte, la fe, la confianza en él. ¡Cuántas veces dice el evangelio, después que Jesús ha hecho un milagro: «tu fe te ha salvado», «tu fe te ha curado»! ¡Cuántas y qué grandes cosas haríamos tú y yo, en la propagación de la fe y en la construcción del Reino de Dios, si tuviéramos una fe verdadera, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza!   

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO (19.IX.2010) - Ciclo C

 

CORRUPCIÓN Y

CONTABILIDAD FALSA

«Ganaos amigos con el dinero injusto»

___________________________________________________

El evangelio de este domingo presenta un caso clásico de corrupción y contabilidad falsificada. Un rico hacendado es estafado por su administrador. Cuando lo descubre, le falta tiempo para despedirle. Pero el administrador, que era muy sagaz y previsor, cuando se vio descubierto, le faltó tiempo para prepararse el futuro, comprando a los deudores de su amo con recibos falsificados y favorables para ellos. De este modo, se granjeó su amistad y se aseguró su ayuda tras el despido. La parábola es desconcertante. Porque Jesús saca de este comportamiento una lección para sus discípulos: «Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz». Tergiversaríamos la parábola si pensamos que Jesús alaba el comportamiento de este corrupto y nos le propone como ejemplo. La parábola va por otros caminos. Lo que Jesús alaba no es la corrupción del administrador sino su sagacidad, previsión y prontitud. Se hizo cargo de su situación, reflexionó sobre los pasos que debía dar y actuó de modo expeditivo y rápido. No se quedó en lamentos. Actuó con inteligencia, previsión y prontitud. Esta sagacidad, previsión y rapidez es la que alaba Jesucristo y desea que sigamos sus discípulos. Nosotros hemos de pensar con antelación en nuestro porvenir y preverlo, para no encontrarnos con las manos vacías. Ese futuro, que no es más o menos próximo sino el que se sitúa más allá de la muerte, se gana o se pierde con la actuación del presente. Hemos de usar los bienes de este mundo, tanto los materiales como los intelectuales y morales con tal inteligencia, sagacidad y previsión, que cuando llegue el momento de presentarnos ante Dios, hayamos ganado con ellos los amigos necesarios. Esos «amigos de nuestro futuro» son los pobres, pues Jesús considera que le hemos dado a él en persona lo que les hemos dado a ellos. Los pobres, decía san Agustín, son nuestros tesoreros y nuestros bancos, pues nos permiten transferir, ya desde ahora, nuestros bienes a la casa que se está construyendo para nosotros en el más allá. Servirse de nuestro tiempo, dinero y cualidades para ganar el Cielo, ¡esto si que es sagacidad!         

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO (12.IX.2010) - Ciclo C

¿DIOS ODIA AL PECADOR?

«Deberías alegrarte, porque ha vuelto tu hermano»

___________________________________________________

El texto evangélico de este domingo contiene las que han sido calificadas como «las tres perlas del evangelio»: la oveja perdida, la dracma extraviada y el hijo pródigo. Ellas, especialmente la tercera, han convertido a más gente que todos los predicadores de todos los tiempos. Son tres parábolas sacadas de la vida: un pastor pierde una oveja, un ama de casa extravía una moneda, un hijo rompe con su padre. Las tres tienen en común que han roto la relación normal con el dueño, las tres siguen interesando a éste, las tres terminan retornando a la situación anterior, y las tres, por esta vuelta, producen una gran alegría al pastor, al ama de casa y al padre. La fuerza de estas parábolas en labios de Jesús radica en que él quiere enseñarnos algo que nos afecta a cada uno de nosotros en lo más profundo de nuestro ser. Tú y yo somos la oveja que ha abandonado el rebaño, la dracma que se pierde y el hijo que rompe las relaciones con su padre. En contra de lo que tú y yo podamos pensar, tú y yo seguimos interesando al pastor, al ama de casa y al padre. Pastor, ama de casa y padre que tienen otro nombre: Dios. Cuando rompemos con Dios y nos separamos de él, él no rompe con nosotros. Ni siquiera espera que nosotros volvamos. No. Es él el que toma la iniciativa y va a buscarnos. Va un día y otro, hasta que cerremos los ojos a este mundo. Y va en actitud de amor y de misericordia. ¡Qué consuelo saber que, siendo pecadores como somos, somos amados por Dios, que Dios sigue volcado hacia nosotros con amor! Tiene siempre los brazos abiertos para acogernos en su casa, sentarnos a su mesa, compartir su amor. No aprueba nuestros pecados ni se queda indiferente ante ellos. Quiere que nos convirtamos, que cambiemos de vida. Pero mientras eso sucede, él sigue amándonos. No me preguntéis porqué. Preguntad a una madre, por qué abraza a su hijo destrozado por la vida en lo físico, moral y humano. Ella se limitará a musitar: soy su madre, es hijo mío. Eso es lo que nos dice Dios: soy tu Padre, eres mi hijo. ¡Gracias, señor mío Jesucristo, por haberme descubierto cómo es el Dios en el que creo!       

 

 

 

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (5.IX.2010) - Ciclo C

LAS CONDICIONES LAS PONE

JESÚS

______________________________________________________ 

Jesús está subiendo a Jerusalén. En su camino le sigue mucha gente. Están fascinados por él. Él no los rechaza, pero tampoco quiere que le sigan con falsas esperanzas. Quien se vincule a él, ha de saber qué le exige, cuáles son las condiciones que impone y estar dispuesto a cumplirlas. Una de estas condiciones es que ha de preferirle a él a cualquiera otra persona, aunque sea tan querida y próxima como el padre, la madre, el hijo, la hija, el esposo o la esposa. «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». La sequela Christi, el seguimiento de Cristo, o es total o no es tal. El amor hacia él no excluye el amor a los demás hombres. Es exactamente lo contrario, porque él quiere que amemos al prójimo hasta dar la vida. Pero si alguien tiene que hacer una opción entre Cristo y otra persona –como puede ocurrirle al que ha de ir a un convento, hacerse sacerdote o entregarse a Dios en celibato en medio del mundo-, aunque se trate de una persona muy cercana y querida, debe optar por Jesús. Además, quien quiera seguirle, ha de hacerlo en los tramos de camino llanos y en los de montaña empinada, en los que agradan y en los que implican cargar con la cruz. No vale elegir sólo aquellos tramos que son placenteros. Ha de elegir lo agradable y lo desagradable, lo que no cuesta y lo que cuesta muchísimo. Jesús no quiere amargarnos la vida ni matar el amor. Pero tiene la experiencia de que la fidelidad obediente a la voluntad del Padre puede exigirnos incluso dar la propia vida. ¡El valor supremo no es la vida sino la voluntad del Padre! No cabe un cristianismo a la carta, un cristianismo a nuestra medida, a nuestro gusto. No existe un Jesús del que se puedan escoger unos rasgos y excluir otros. Quien se decide por él, se decide en su totalidad y para todo el camino. ¡Qué atrayente es esto, hasta desde el punto de vista humano! Incomparablemente más que un cristianismo edulcorado, sin aristas y sin mordiente.

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO (29.VIII.2010) - Ciclo C

 

LA VERDADERA Y FALSA

PRIMACÍA

«El que se humilla será enaltecido»

_______________________________________________

La idea que tenemos de los fariseos no puede ser peor. Son el prototipo de la hipocresía, la doblez y la falsedad; y los enemigos por antonomasia de Jesús. Pero el evangelio de hoy no se aviene con esta visión deformada, pues Jesús está «en casa de un fariseo importante» que le ha «invitado a comer». Estando allí verifica esa aspiración tan universal de buscar el sobresalir, manifestado, en este caso, en la elección de los «puestos más importantes». Jesús aprovecha la ocasión para dar dos grandes reglas de conducta: una, al anfitrión y otra, a los invitados. A estos les dice: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú y venga el que os ha invitado a los dos y te diga: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado irás a ocupar el último puesto». Jesús no da una regla de buen sentido, para evitar el ridículo, sino una regla de oro de conducta para sus discípulos. Regla que está formulada en estas palabras: «El que se enaltece, será humillado por Dios; y el que se humilla, será enaltecido por Dios». La clave está en ese doble «por Dios». A su luz se comprende bien lo de «humillado y enaltecido». El que busca su propia gloria y su prestigio, fracasa ante Dios, pues ante Dios no cuenta el prestigio, el brillo social y el honor. Lo que da valor a nuestra vida es el amor, el servicio desinteresado –sobre todo a los más necesitados-, el hacer las cosas para agradar a Dios, no para demostrar nuestra valía personal y autoafirmar la propia personalidad. Es un tema muy importante, pues aparece con frecuencia en el Evangelio. En el Magnificat, por ejemplo, canta María que Dios «ha derribado del trono a los poderosos y encumbrado a los humildes». En la parábola del fariseo y el publicano, éste es exaltado por Dios porque se reconoce pecador. Y en la disputa que sostienen los discípulos por los primeros puestos, Jesús sentencia: «el primero es el que es servidor de todos», no el que ocupa el puesto de primer ministro. Qué oportuno es preguntarse con frecuencia: «¿He hecho esto por Dios o buscándome a mí mismo?»