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LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO (22.VIII.2010) - Ciclo C

«Entrad por la senda estrecha»

LA IMPORTANCIA DEL

CUÁNTOS Y DEL CÓMO

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"¿Son muchos los que se salvan?”. Esta pregunta, que ha inquietado a muchos y ha atormentado a no pocos, se la formuló una persona a Jesús, mientras iba a Jerusalén. Y Jesús le contestó, derivando la cuestión del «cuántos» al «cómo». Ya lo había hecho en otras ocasiones, por ejemplo, cuando uno le preguntó «cuándo» vendrá el fin del mundo. No era una descortesía o un modo de salir por la tangente para disimular su ignorancia. Era un modo de educar a los discípulos, sacándoles de la curiosidad y llevándoles al terreno de la verdadera sabiduría; de las cuestiones ociosas, que tanto apasionan a la gente, a los problemas que sirven para la vida. De hecho, la respuesta de Jesús tiene gran enjundia y señala tres cosas importantes, a saber: para salvarse hay que esforzarse, este esfuerzo ha de ser continuo y ha de consistir en hacer obras buenas. En primer lugar, hay que esforzarse. Es verdad que la salvación no es fruto del esfuerzo humano y que, por tanto, no nos salvamos con nuestras propias fuerzas, como han querido algunas herejías a lo largo de la historia. Pero también lo es que nosotros hemos de cooperar con Dios, esforzarnos por acercarnos a Él de modo decidido y consciente, superando los obstáculos y orillando todo lo demás. Este esfuerzo ha de ser continuo, día a día. Y sin olvidar que nuestro tiempo es limitado y se acaba con la muerte. Entonces será ya demasiado tarde para desear, llamar y golpear a la puerta de la salvación y del corazón de Dios. Tampoco podemos vivir a nuestro antojo y remitir a la vejez la preocupación por la salvación. Finalmente, el esfuerzo del día a día por nuestra salvación se concreta en las obras buenas para con Dios y el prójimo. No basta con estar bautizados y vivir como si Dios no existiese. El que así obra, se mete en un camino que terminará mal y, además, será el definitivo. La Buena Noticia de Jesús no es acaramelada. Dice cosas que no agradan al oído y no promete una vida fácil y cómoda. Contiene también algunas verdades molestas. Pero el buen médico no es el que da una palmadita al enfermo que se muere sino el que le lleva al quirófano y le cura.    

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN (15.VIII.2010) - Ciclo C

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

«Prendado está el Rey de tu belleza»

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Originariamente, el 15 de agosto se celebró la solemnidad de la Theotokos, según atestigua expresamente el leccionario georgiano del siglo VII, que recoge una tradición jerosolimitana anterior.  Como fiesta de la Dormición de María fue impuesta por el emperador Mauricio (+602) a todo el imperio romano. En Roma se celebraba en el siglo VII con el nombre de Pausatio (dormición); pero en el sacramentario papal del siglo VIII ya se la designa como la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Los relatos apócrifos del siglo V, sobre el Tránsito de María, describen con detalle cómo sucedió la muerte de la Virgen. Sin embargo, en la antigüedad nunca fue venerada una verdadera reliquia del cuerpo de María, ni siquiera en Éfeso, donde parece más probable que ocurriera su muerte. San Efrén, gran cantor de la Virgen, sostiene que María experimentó la muerte;  en cambio, Timoteo, sacerdote de Jerusalén, en el siglo IV, se inclinaba por la inmortalidad. La Iglesia no se ha pronunciado sobre este particular, y sólo ha definido que María,  terminado el curso de su vida mortal, fue glorificada en cuerpo y alma en los cielos. El actual calendario litúrgico de la Iglesia la celebra con el máximo rango de Solemnidad y la considera como la fiesta mariana más importante, después de la Maternidad divina. Muriese o no, de lo que no cabe la menor duda es de que ya está plenamente glorificada. ¿Qué nos dice a nosotros el misterio de la Asunta? Ante todo, que María también es una primicia. Primicia de la Iglesia, que un día será también glorificada, y primicia de los bienaventurados. En María Dios ha querido mostrarnos hasta qué punto es grande y profunda la redención obrada por Jesucristo y hasta qué gloria puede llegar la criatura que se deja conducir por Él. Pero desde la gloria que hoy celebramos, María nos enseña, a su vez, cuál es el camino que a ella conduce: el del amor a Dios, sin vacilar nunca en la fe y afianzados en la humildad. Si María fue asociada al triunfo de su Hijo, fue porque antes había estado asociada siempre a su Persona y a su obra. Ella, antes de ser “señora”, fue “la esclava del Señor”.

 

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO (8.VIII.2010) - Ciclo C

AUSENCIA, VIGILANCIA Y

FIDELIDAD

«Estad preparados»

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El evangelio de este domingo es una pequeña sarta de parábolas con una intencionalidad muy clara: indicar qué es lo que deben hacer unos criados durante la ausencia de su señor. Y una respuesta no menos clara: estar vigilantes y ser fieles. Si cambiamos la palabra «señor» por «Dios» y la de «criados» por «los hombres mientras viven en este mundo», tenemos la clave para interpretar el sentido de estas parábolas. El hombre y Dios no están en el mismo plano de igualdad sino en el de superioridad-inferioridad. Dios es Creador y los hombres somos criaturas, Dios es el Padre y nosotros somos los hijos. Los hombres no tenemos, por tanto, una libertad omnímoda para plantearnos la vida según nuestros propios gustos y caprichos sino según el querer de Dios, y permanecer vitalmente unidos a Él. Porque Él puede llegar en cualquier momento del modo más imprevisto e inesperado. Es lo que les sucede la noche de cada del sábado a tantos jóvenes, que tienen un accidente y pierden la vida. Más de una vez me he inquietado pensando que habían estado toda la noche de juerga y desenfreno. Los casos de «muerte súbita» o lo infartos agudos no son demasiado infrecuentes. Nadie tiene la vida arrendada por un tiempo fijo. Consecuentemente, no podemos portarnos como el mal estudiante que confía el aprobado a la suerte. Como es lógico, no se trata de estar pensando continuamente en la muerte ni vivir de modo angustiado. De lo único que se trata es de tomar en serio las cosas serias, de no trivializar lo más trascendente o tomarse las cosas a chirigota. Este es el entramado en el que se enmarcan las diversas parábolas del evangelio de hoy. Retomando el ejemplo del estudiante, lo que se nos pide es que cada día preparemos el examen de final de curso: tema a tema, lección a lección. El que actúa así, no tiene por qué preocuparse del examen de fin de curso de su vida. Y así actúa el cristiano que vive en gracia santificante cada día, bien porque no comete pecados graves o porque los confiesa. ¡Dichoso él si Dios le halla así al final de su vida!

SANTIAGO, APÓSTOL (25.VII.2010) - Ciclo C

LA HORA DE LA FIDELIDAD

“¿Podéis beber mi cáliz?”

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“Será una bandera discutida”, profetizó Simeón a María cuando ésta presentó a Jesús en el Templo. No se equivocó. Porque Jesús, desde los primeros compases de su ministerio, contó con el entusiasmo creciente de la gente sencilla y la oposición de los “sabios y entendidos” fariseos y dirigentes del pueblo. La ola de la persecución fue en un crescendo incesante, hasta que le anegó en la muerte de la Cruz. Cuando el Padre le presentó en el Jordán como su Hijo amado y su Enviado, puso en sus manos un cáliz de dolor para que lo fuera bebiendo por amor a los hombres hasta apurar la última gota en su crucifixión. Él mismo habló de ese cáliz en más de una ocasión. “Si es posible, pase de Mí, este cáliz”, dijo en el Huerto de los Olivos, refiriéndose a su Pasión. Pero ya antes había hablado de él, como aparece en el evangelio de este domingo, día de Santiago. Cuando los dos hijos del Zebedeo le piden estar a su derecha y a su izquierda en su reino, les contesta: “¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?”. Que era tanto como decirles: “¿Estáis dispuestos a participar en el misterio de mi muerte, y dar la vida por Mí?” No podía ser de otra manera, porque Él “no vino para ser servido sino para servir y entregar la vida en rescate por todos”. Y el discípulo, sobre todo si pertenece al grupo de los predilectos, no puede recorrer un camino distinto. Es posible que nosotros no tengamos las mismas pretensiones que los hijos del Zebedeo, aunque, a veces, incluso les dejamos cortos. Sea como fuere, Jesucristo se acerca a nosotros, hombres y mujeres de este comienzo de siglo en Europa, y nos dice: “Ahora que está de moda perseguir a mis discípulos, sobre todo, con las armas del desprecio, de la calumnia y del ridículo, ¿estáis dispuestos a beber el cáliz de la fidelidad y ser mis testigos en medio de esta generación incrédula y hedonista? Pienso que nuestra respuesta tendrá la misma decisión y convicción que la de Santiago y Juan: “Sí, estamos dispuestos”. ¡Felices de nosotros! Porque es mucho más gratificante ser fieles entre persecuciones que traidores entre aplausos mentirosos y cómplices.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (18.VII.2010) -Ciclo C

ESCUHAR A JESÚS

«Marta ha escogido lo mejor»

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El evangelio de este domingo es muy corto pero ha hecho correr ríos de tinta. Recoge aquel pasaje de la vida de Jesucristo en el que éste se hospeda en casa de sus grandes amigos Marta, María y Lázaro. Marta, mujer de su casa, se pone de inmediato a preparar todo lo necesario para que el huésped se encuentre a gusto. Su hermana María opta, en cambio, por quedarse a sus pies y escucharle. En un cierto momento, Marta pasa delante de ellos y dice a Jesús, pero con intención de que lo oiga su hermana: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Nosotros nos habríamos puesto de parte de Marta. Jesús, en cambio, se pone de parte de María: «Marta, Marta, dice, andas nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán». Sería tergiversar el Evangelio ver en esto una condena de la vida activa y un encumbramiento a ultranza de la vida contemplativa. ¡Como si quien trabaja mucho estuviera condenado a no ser contemplativo! Jesús no rechaza los cuidados y el interés de Marta. Pero Él no ha ido, ante todo, para ser acogido. Ha ido para ser escuchado. Le interesa más dar que recibir. Marta descuida este deseo. María, no. Nosotros deberíamos tener presente que lo primero que Jesús espera de nosotros no son las cosas que podamos hacer por Él, sino que le escuchemos y estemos pendientes de lo que Él nos dice. Tal comportamiento es muy necesario incluso para nuestra vida de cada día. Si lo aplicáramos, no tardaríamos en percibir que los hijos, los padres, los ancianos, la esposa, el esposo... tienen necesidad, sobre todo, de nuestro interés y de nuestro tiempo. Quieren que les escuchemos, que oigamos con interés sus cosas, que atendamos a las historias que nos han contado mil veces. Jesús coloca en primer plano la escucha de su Palabra. Nosotros tenemos necesidad de escucharla, interiorizarla, asimilarla. Es preciso escuchar a Jesús en la oración, para que Él nos indique el camino que hemos de tomar. Trabajo, sí. Oración, también. Escucha atenta de Jesús, ¡sobre todo!           

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (11.VII.2010) - Ciclo C

 

VETE, Y HAZ TÚ LO MISMO

«¿Quién es mi prójimo?»

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Con el evangelio de hoy sucede como con las obras maestras de Bethoven: escucha uno cuatro compases y sabe que está oyendo la novena sinfonía. Oye uno aquello de «bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó» e inmediatamente dice: la parábola del Buen Samaritano. Y así, es. El caso es que aquel camino ha sido durante muchos siglos un camino sumamente peligroso y en pleno desierto. Caer en manos de bandoleros y quedarse en este lugar después de haber sido apaleado sin piedad, era encontrarse en extrema necesidad. Es evidente que un hombre en una situación semejante necesita ayuda. No lo es menos, que la ayuda ha de prestársela alguien distinto de él. ¡Ese es su prójimo! Nadie puede pasar por alto, aunque hacer tal servicio comprometa a mucho,  perturbe la propia tranquilidad y los propios planes y hasta pueda comportar un peligro personal. Dos personas se encontraron con aquel hombre medio muerto, pero no quisieron complicarse la vida y se desviaron. Un tercero, que era un presunto enemigo, porque «era samaritano» y los samaritanos y los judíos no se hablaban, no miró para otra parte, sino que se detuvo, bajó de su cabalgadura, le hizo una primera cura de urgencia y le llevó al posadero, cargando con los gastos. Cuando Jesús responde con esta parábola  a un letrado que había preguntado quién era su prójimo, le formula, a su vez, esta pregunta: «¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo?» La respuesta era evidente y el letrado no dudó un instante: «el que tuvo misericordia con él» Jesús le replicó: «Vete, y haz tú lo mismo». Todos recorremos un camino de Jericó, en el gran camino de la vida. En ese camino encontramos parientes, vecinos, colegas de trabajo, gente de nuestra tierra, emigrantes, católicos, protestantes, musulmanes, amigos, enemigos, gente simpática y antipática. Jesús nos dice: «sea quien sea, si está en necesidad, ayúdale como puedas» El punto de referencia para ayudar no es el parentesco o la simpatía. Es la necesidad real de ayuda. ¡¡Qué panorama, si tenemos el corazón generoso y queremos alcanzar la vida eterna!! Porque es de lo que se trata.  

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (4.VII.2010) - Ciclo C

TODOS SOMOS MISIONEROS

«La mies es mucha y los obreros pocos»

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En el Evangelio hay un grupo que aparece con insistencia: el de «los Doce» apóstoles. Junto a él, hay otro grupo: «el de los 72», del cual se habla sólo en el relato de este domingo. A ellos también los envía Jesús a predicar. Con ello Jesús muestra que, además de los Doce, necesita y se sirve de otros muchos colaboradores. Para la Iglesia significa que la tarea misionera no es competencia de unos pocos: el Papa y los obispos, como sucesores de los Apóstoles, sino que todos los cristianos deben ser testigos de Jesús y de su mensaje, sobre todo con su vida, preparando así el encuentro de los hombres con el Evangelio. Estos 72 no deben hacerse falsas ilusiones: la mies es abundante y los obreros pocos y son enviados como corderos en medio de lobos. No obstante, aunque la mies es tanta, Jesús no les dice: «Poneos en camino de inmediato y trabajad sin descanso», sino: «Rogad el Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Los obreros del Evangelio han de tener siempre presente que el  protagonista de la misión es Dios, que Dios es el que mueve y cambia los corazones, que ellos son simplemente siervos. No obstante, la misión ha de constituir para ellos una urgencia personal de tanta importancia que han de rogar insistentemente a Dios el envío de más obreros para esa tarea. Al enviarlos, Jesús les dice cuál ha de ser su equipaje. Todo son prohibiciones: no llevéis bolsa, ni sandalias, ni alforja. No han de llevar nada para su seguridad personal. Lo que ellos poseen es únicamente su mensaje y el poder de Dios. A lo largo del camino y de su actividad itinerante han de hospedarse en casa de un hombre de paz. No deben perder el tiempo buscando otra casa, sino entregarse en cuerpo y alma a la misión. Serán acogidos por unos y despreciados por otros. Los 72 tenían ante sí una tarea nueva y difícil. Cuando terminan el encargo, vuelven llenos de satisfacción por los frutos cosechados. Les ha impresionado especialmente haber expulsado demonios. Jesús acoge y comparte su alegría. Pero les abre unos horizontes infinitamente superiores: «Alegraos porque vuestros nombres están inscritos en el Cielo».

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO (27.VI.2010) - Ciclo C

LAS CONDICIONES LAS PONE ÉL

«Tú, vete a anunciar el reino de Dios»

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Estamos en el camino que va de Galilea a Jerusalén. Jesús ha decidido romper puentes con su tierra y dirigirse hacia la ciudad en la que le espera el sufrimiento y la muerte. Durante el camino recordará cuáles son las condiciones para seguirlo. Le darán pie a ello tres personas que quieren ser discípulos suyos. Dos de ellas se le acercan de modo espontáneo. A al otra, la llama él. La primera expresa su incondicional disponibilidad: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús no hace como los políticos, que sólo hablan de las dificultades cuando han sido elegidos. Al contrario, quiere que, quien le siga, lo haga bien consciente de lo que le espera: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Jesús no tiene un lugar fijo donde alojarse y depende de la acogida que se le dé. Es libre de todos y de todo. La misma libertad y el mismo desprendimiento exige a quien quiera seguirlo. Las otras dos ponen condiciones: «Te seguiré cuando haya muerto mi padre», dice una. «Déjame ir a despedirme de los míos», dice la otra. Pero Jesús no acepta estas condiciones, en las que se sienten atadas por la familia. Es innegable que sus palabras son muy duras y que expresan con extremada claridad que exige un seguimiento incondicional. Quien quiera seguirle, no puede poner ninguna condición, aunque las renuncias sean muy dolorosas. Es evidente que con esas palabras «duras» Jesús no legitima la falta de respeto y amor a la propia familia. Él mismo hará suyo el cuarto precepto del Decálogo y dirá cosas muy fuertes contra quienes traten de quebrantarlo con pretextos pseudoreligiosos. Pero no es menos cierto que su seguimiento implica que las relaciones familiares vividas hasta ese momento, no pueden continuar de igual modo. La mirada no ha de quedar fija en el pasado. Ha de dirigirse con decisión hacia delante, hacia la Persona de Jesús y hacia todo lo que comporta la vinculación con Él. Lo único que cuenta es estar a su servicio. ¡Qué cosas diría hoy Jesús a tantos y tantas que sólo encuentran excusas para seguirle a medio gas o para volverle la espalda!              

 

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO (20.VI.2010) - Ciclo C

¿QIÉN ES PARA TI JESÚS?

«Tú eres el Mesías de Dios»

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¿«Quién es Jesús»? Esta es una pregunta que recorre el evangelio. Se la formuló la gente, cuando Jesús perdonó a la pecadora; Herodes, cuando oyó las cosas extraordinarias que le contaban de Él; y los apóstoles después que calmó la tempestad en el lago de Tiberíades. Como no podía ser menos, el pueblo no sólo se hizo la pregunta sino que dio su veredicto: era Moisés o Elías, que habían vuelto a la vida. Los más parcos no llegaban a tanto, pero no dudaban en afirmar: es «un gran profeta».Algo semejante ocurre hoy. Muchos dicen que Jesús es un superstar, un gran líder social, un superhombre. No era poco lo que la gente decía entonces y dice hoy. Pero es del todo insuficiente. Por eso, Jesús se dirige a los Apóstoles y les pregunta: «Vosotros ¿quién decís que soy Yo?» Espera de ellos algo más que del pueblo. Pedro dice ese «algo más»: «Tú eres el Mesías de Dios», Tú eres el Salvador definitivo que Dios ha enviado al mundo para salvarle del todo y para siempre. Jesús se siente satisfecho. Pedro, en efecto, ha indicado con claridad cuál es la identidad de Jesús. Ahora Jesús ya puede manifestarle cuál es su destino y, enseguida, cuál ha de ser el seguimiento al que él y todos los demás están llamados. Identidad, destino y seguimiento forman un todo. La identidad es que Jesús es Dios y el Mesías enviado por el Padre. Su destino no es el de ser un Mesías temporal y político con el que soñaba la gente, sino un Mesías doliente y sufriente, un Mesías para quien el dolor y pasión son el camino necesario para el triunfo de la Resurrección. El seguimiento de los que quieran ser discípulos suyos consistirá en recorrer el mismo camino. Un camino que no conduce directamente a la plenitud de la vida y a la gloria, sino que se alcanza a través de lo contrario: la pasión y muerte violenta. Este es también nuestro camino. Porque Jesús, cierra la secuencia con estas palabras: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que pierda su vida por mi causa, la salvará».        

CORPUS CHRISTI (6.VI.2.010) - Ciclo C

¿NO SERÁ UNA EXAGERACIÓN?

«Tomad y comed, esto es mi Cuerpo»

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Los americanos tienen su Memorial Day, en el que recuerdan sus caídos de todas las guerras. Los hindúes el Ghandi Memorial, un parque en Nueva Delhi que les recuerda  lo que ese héroe fue e hizo por ellos. Los cristianos tenemos también nuestro Memorial Day: es el Corpus Christi, en el que recordamos el acontecimiento del que ha nacido toda la humanidad: la muerte de Cristo. Pero nuestro memorial no admite parangón con el americano, el hindú o cualquiera otro. Todos estos son incapaces de hacer que los muertos vuelvan a la vida o que el pasado se haga presente. Son un mero recuerdo; a lo más, una presencia intencional. Nuestro Memorial Day, en cambio, es mucho más que un recuerdo: es presencia verdadera y real de Jesucristo en la Eucaristía. Cuando cantamos «Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor», en nuestro popularísimo «Cantemos al Amor de los amores», no hacemos poesía lírica. Proclamamos esta verdad incomparable, la que nadie hubiera podido soñar: que Dios vive entre nosotros, con nosotros. Para proclamarlo nació el Corpus Christi. Hacía siglos que la Iglesia celebraba el Jueves Santo, conmemorando la institución de la Eucaristía. Pero había que gritar esa presencia, proclamarla de modo solemne, lanzarla a los cuatro vientos, para que nadie se habituase nunca a ella y nos hiciéramos acreedores a la reprensión del Bautista: «En medio de vosotros está uno a quien no conocéis». Una hipótesis que, por desgracia, ya se había verificado. Porque, cincuenta años antes del Corpus Christi, el cuarto concilio de Letrán se había visto obligado a prescribir que los cristianos recibieran la Eucaristía, al menos, «una vez al año». Todavía hoy muchos siguen teniendo necesidad de cumplir este mandato. Otros, en cambio, deberían pararse a pensar las palabras de san Pablo: «Quien come indignamente el Cuerpo del Señor, come su propia condenación». Pienso, además, en tantísimos que «saben» que Jesús está vivo en el sagrario. Pero lo ignoran con los hechos.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (23.V.2010) - Ciclo C

NECESITAMOS UN CONSOLADOR

«El Espíritu Santo os lo enseñará todo»

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A los cristianos de este momento puede pasarnos como a los Apóstoles en el momento de la partida de Jesús: que estemos tristes. Ellos lo estaban porque el Maestro les dejaba. Nosotros podemos estarlo porque «lo que ahora se lleva» es meterse con nuestra Madre, la Iglesia, y crucificarla en la plaza de la opinión pública; pretendiendo que el lodo del pecado de algunos hijos suyos –por repugnante y viscoso que sea- ensucie todas las universidades, colegios, escuelas, talleres, hospitales, orfanatos, guarderías, centros de acogida para mujeres en dificultad que ella ha levantado, y las muchedumbres de pobres, materiales y espirituales, que acoge en su regazo. Quizás estamos tristes porque algunos se empeñan en destruir lo más sagrado: el matrimonio entre un hombre y una mujer y para siempre, la vida de los inocentes, la libertad para adorar a Dios, la primacía de la verdad sobre la mentira, el valor del servicio sobre el interés económico y político, la inocencia de los niños, el idealismo de los jóvenes, y tantas cosas de capital importancia. Por eso, nosotros, como los Apóstoles, necesitamos que alguien venga a consolarnos, a decirnos que no estamos solos y que nada ni nadie podrá destruir nuestra fe y confianza en Dios. Necesitamos oír a Jesús lo mismo que le oyeron los Apóstoles: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Consolador que esté siempre con vosotros». Rectifico. Necesitamos comprender que estas palabras no tenían como únicos destinatarios a los Apóstoles sino que estaban dirigidas también a todos los que después de ellos seríamos discípulos de Jesús. Pero esto no es posible sin la acción del Espíritu Santo. Los Apóstoles tampoco entendían el mensaje de Jesús ni tenían fuerza para anunciárselo a los demás y moverles a la fe y a la conversión. Necesitaron que el Espíritu Santo descendiese sobre ellos el día de Pentecostés. Hoy es Pentecostés. ¡Ojalá que tú y yo sintamos la necesidad de que venga ese Espíritu! ¡Ojalá nos acurruquemos junto a María, como lo hicieron ellos, para repetir y volver a repetir, sin cansarnos, «Espíritu Santo, ven; Espíritu Santo ven; Espíritu Santo ven!     

ASCENCIÓN DEL SEÑOR (16 DE MAYO DE 2010) - Ciclo C

MAESTROS Y TESTIGOS

«Mientras se despedía, los bendijo»

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La Ascensión es una efeméride que a muchos les trae a la memoria su Primera Comunión. Tal es mi caso. Recuerdo que mi padre, al volver de la escuela cada tarde, “nos tomaba” –según un modismo de mi tierra- el Catecismo del Padre Astete a un amigo mío y a mí. El método era muy sencillo: él hacía las preguntas y nosotros debíamos dar la respuesta de memoria y al pie de la letra. Así aprendimos todo el Catecismo con la misma soltura que el abecedario. Si cuento esto es porque mi padre hacía lo que hacían casi todos los demás. Por otra parte, ni él ni los demás se limitaban al Catecismo. Recuerdo, por ejemplo, que desde bastante tiempo antes comenzó a llevarme a misa cada domingo y, a pesar de dar la guerra que da un niño de cinco años, él no dejó de hacerlo. Entonces no caía en la cuenta de lo que esto comportaba. Después he comprendido que mi padre -y los demás padres de mi pueblo-, además de «maestro» era un «testigo» de la fe. Tanto más que a esto unía, por ejemplo, dar un plato de comida o un trozo del escaso pan disponible a los pobres que mendigaban de puerta en puerta. Tantos padres hacen ahora algo parecido con los hijos que se preparan por estas fechas a la Primera Comunión y a la Confirmación. Pero –y lo digo con sumo dolor-, se limitan, en el mejor de los supuestos, a ser «maestros» pero no «testigos» ¿Cuántos, en efecto, enseñan la Religión a sus hijos? Sobre todo ¿cuántos se la enseñan con la práctica, yendo todos los domingos a misa, siendo generosos con los necesitados y responsables en los asuntos públicos? Quizás alguno se pregunte si todo esto tiene algo que ver con el evangelio de la Ascensión. La respuesta es que sí. Porque en el evangelio de hoy Jesús se despide de sus apóstoles con estas palabras: «Seréis mis testigos». Las mismas nos las repite hoy a todos sus discípulos. De modo especial a los padres, que son los primeros educadores de la fe de sus hijos y se comprometieron a hacerlo cuando les llevaron a bautizar. ¿Qué pasará en la Iglesia y en la sociedad el día que los padres hagan esto?  

DOMINGO SEXTO DE PASCUA (9.V.2010)

PAZ DE PASTILLAS Y PAZ DEL CORAZÓN

«Paz a vosotros»

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En una ocasión, una persona adinerada le decía a un amigo, sin recursos pero con una paz imperturbable: «Te daría todo mi dinero a cambio de tu paz». El amigo le respondió: «Ni tu dinero ni todo el dinero del mundo es suficiente para comprar mi paz». Intrigado por su respuesta, le inquirió: «¿No será demasiado?» «No, le respondió. Mi paz vale más que el mundo entero, porque mi paz es Dios». Me parece que este diálogo es un óptimo comentario a una de las secciones del evangelio de hoy. Jesús, en efecto, en el discurso de despedida les dice estas palabras a sus discípulos: «Mi paz os dejo, mi paz os doy» No se refería a una ausencia de guerras y de conflictos. Jesús les entregaba la paz «del corazón». La paz de cada uno consigo mismo y con Dios. Esta es la paz fundamental, porque sin ella no existe ninguna otra paz. Así como millones y millones de gotas contaminadas no pueden sanear un río podrido, miles de millones de corazones inquietos no pueden crear una humanidad en paz. La paz verdadera, la que da Jesucristo a los suyos –a los apóstoles y a nosotros- es lo opuesto a la inquietud, a la angustia vital, al miedo al futuro y a la muerte, a la turbación. El mundo ni tiene ni puede dar esta paz. Tampoco la persona que tiene unos nervios de acero o una voluntad férrea. La paz de Jesucristo, la paz del corazón, es fruto de la confianza en Dios. De sabernos y sentirnos hijos de Dios. La paz que está por debajo y por encima de las turbulencias del mar y de la atmósfera de la vida, sólo es posible si Dios está en el corazón. Nada más lógico que sea esa la paz que nos deseamos cuando nos damos la paz en la misa. Nos deseamos mutuamente que tengamos buenas relaciones con Dios, con nosotros mismos y con los demás. ¡Qué distinta esta paz a la que algunos buscan en la droga, en las pastillas, en el tener de todo o en diluir las aristas de la verdad y del bien! El que ha vivido lejos de Dios durante años y se ha reconciliado con él en una confesión general, podría decirnos qué es la paz del corazón, la paz verdadera, la que no se compra con todo el dinero del mundo.   

DOMINGO 5 DE PASCUA (2.V.2010) - Ciclo C

UN AMOR VERDADERO Y NUEVO

«Os doy un mandamiento nuevo»

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El evangelio de este quinto domingo de Pascua –que pertenece al discurso de despedida de Jesús de sus discípulos en la Última Cena- contiene unas palabras muy conocidas: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como Yo os he amado». A primera vista, tales palabras desconciertan, porque hacía siglos que el Libro del Levítico había impuesto este mandato: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Sin embargo, aunque desde el punto de vista de su formulación el mandamiento del amor al prójimo es muy antiguo, Jesús puede decir con verdad que es «nuevo» por dos motivos fundamentales. En primer lugar, porque el mandamiento que da ahora, deriva, se apoya y se mide a partir de una experiencia que es completamente «nueva» para los Apóstoles: la experiencia de su muerte. Sólo cuando los Apóstoles vean que Él se entrega a la muerte, podrán descubrir hasta dónde llegaba el amor inmenso que les tenían el Hijo y el Padre. Esa muerte les hará experimentar que el amor de Jesús a los suyos es el amor incondicional del Pastor que entrega su vida sin reservarse nada para sí. El don de la vida del Hijo revelará también el amor infinito de Dios hacia a los hombres. Sin esta experiencia de la muerte del Maestro, los discípulos habrían amado -en el mejor de los casos- según el mandamiento «antiguo», hecho a la medida del amor de una persona hacia otra. Pero en la cima del Calvario, contemplando al Maestro que da su vida por todos, el mandato del amor al prójimo se hace «nuevo», porque la medida ya no será la del «como a ti mismo» sino la del «como Yo os he amado». A esta gran «novedad», se añade esta otra. El Antiguo Testamento formulaba la obligación de amar al prójimo, pero no daba fuerzas para cumplirlo. Esta fuerza es fruto de la gracia y del Espíritu, dones ambos que brotan de la Cruz de Jesucristo. Gracias al Espíritu que Jesús nos entrega con su muerte, somos capaces de amarnos los unos a los otros «como él nos ha amado», porque el Espíritu nos comunica el mismo amor de Cristo Un amor tan «nuevo», que será el gran testimonio que sus discípulos han de dar ante los hombres.

DOMINGO CUARTO DE PASCUA (25.IV.2010) - Ciclo C

JESÚS SABE CONTAR HASTA UNO

«Yo soy el Buen Pastor»

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El evangelio de este domingo me devuelve siempre la estampa del pastor que guardaba las ovejas de mi padre y de otros vecinos, cuando yo era niño. Ahora mismo le sigo viendo apoyado en su cachaba, mirando hacia el horizonte, siempre atento a cualquier movimiento del rebaño, llamando a una «la pinta», a otra «la blanca», o «la rezagada». En ella aprendo mejor que en mil libros, por qué el pastor ha tenido tanta importancia en la historia de Israel y por qué Jesucristo ha querido llamarse «buen pastor» de nosotros, sus ovejas. Ya en el Antiguo Testamento, Dios es llamado pastor de Israel: «El Señor es mi pastor, nada me falta»; «él nos lleva en sus brazos como corderillos», canta el salmista. Esta imagen ideal de pastor se realiza plenamente en Cristo. Él va en busca de la que se extravía, «conoce a sus ovejas» y, sobre todo, da la vida por ellas. Sus ovejas son la razón de su vida. Nosotros, tú y yo, somos la razón de la vida de Jesús, el Buen Pastor. Él nos conoce, sabe el pie del que cojeamos, nos ama con amor tan personal que sólo sabe contar hasta uno, y ese «uno» somos tú y yo, y cada uno de los hombres y mujeres. Ha dado su vida por ti y por mí, y por el que es de aquella ideología y de aquella otra. Además de conocernos y amarnos, nos defiende. Nadie puede arrebatarnos de su amor y protección. Ni siquiera la muerte. Porque la ha vencido con su resurrección. A veces, nos tira la cachaba, como hacía el pastor de mi padre. Pero lo hace con su misma intención: no, porque nos quiera mal o no nos quiera, sino porque sabe que es para nuestro bien, para llevarnos al Cielo. Es importante saber esto, porque si no estamos convencidos de que todo lo que Jesús nos dice y hace es para llevarnos a la vida eterna, nunca podremos mantener una relación amistosa con él y nunca escucharemos y seguiremos sus palabras. Ahora que arrecia el aullido de los lobos, es bueno recordarnos que Jesús nos defiende con mano poderosa y que siempre podremos confiar en su poder. Si escuchamos y seguimos a Jesús, por muchas y graves que sean las amenazas y ataques, estamos bien guardados. ¡No tengamos miedo!      

DOMINGO TERCERO DE PASCUA (18.IV.2010) - Ciclo C

DIOS DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

«Apacienta mis ovejas»

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Estamos en la orilla del mar de Tiberiades, al rayar el alba de una espléndida mañana de primavera. Se están acercando dos barcas con Pedro y los otros siete discípulos que habían ido con él a pescar la noche anterior. La faena se ha dado mal y no han pescado nada. Jesús les dice, sin que ellos le reconozcan, que echen las redes a la derecha de la barca y encontrarán. ¡Vaya si encuentran peces! Tantos, que no tienen fuerzas para sacarlos. Juan, como siempre, se adelanta y dice: ¡Es el Señor! Pedro, que sigue teniendo un corazón de oro, se olvida de los peces y se lanza al mar para estar con Jesús. Se sientan, asan unos peces, comen todos, incluido Jesús, y llega el momento cumbre. Tres preguntas, tres respuestas, tres propuestas. Las preguntas son de Jesús a Pedro: «¿Me amas más que éstos?» Las respuestas son de Pedro a Jesús: «Sí, tú sabes que te quiero». Las propuestas, más bien mandatos, son nuevamente de Jesús a Pedro: «Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos» Tres veces había negado Pedro. Ahora confiesa tres veces. Y  Jesús, que es infinitamente más bueno que nosotros y confía en las personas incomparablemente más que nosotros, se olvida de las negaciones y entrega a Pedro el cuidado supremo de su Iglesia, que un día le prometiera en Cesarea de Filipo. ¿Quién hubiera hecho lo mismo? ¿Quién hubiera demostrado a Pedro una confianza semejante? A mí me conmueve más esta confianza que el mismo Primado. Dios siempre da a los hombres la segunda oportunidad. Con mucha frecuencia, la segunda, la tercera y él sabe cuántas más. Si aprendiésemos la lección de este actuar de Jesús con Pedro, confiando en el que se ha equivocado una vez, ¡cuántas menos personas habría en el mundo destruidas y marginadas! El diálogo entre Jesús y Pedro se repite en la vida de cada uno de nosotros. San Agustín comenta así: «Preguntando a Pedro, Jesús preguntaba también a cada uno de nosotros» Cada discípulo es preguntado por el amor a Jesús: «¿Me amas?» Al Jesús presente en la Eucaristía y al Jesús presente en los demás. ¿Cuál es tu respuesta?      

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA (11.IV.2.010) - Ciclo C

SOBERBIA INTELECTUAL E INCREENCIA

«Dichosos los que crean sin haber visto»

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Siempre me ha llamado mucho la atención el modo de reaccionar de algunos dirigentes judíos ante el milagro de Lázaro. Fue un milagro no sólo real, sino espectacular. Porque Lázaro, además de muerto, se encontraba en estado de putrefacción: «Ya huele», ya está corrompiéndose, dice Marta a Jesús. Y bastó que Jesús dijera: «Lázaro, sal fuera», y Lázaro volvió a la vida. ¿No era lógica y cuerda la reacción de la muchedumbre, que se entusiasmó con el milagro y comenzó a proclamar que «nadie ha hecho cosa igual»? Pues, a pesar de lógica y de la evidencia, aquellos dirigentes toman esta absurda resolución: «Desde entonces determinaron cómo acabar con Él». ¿Por qué reaccionan así y por qué dijeron que Jesús echaba demonios porque él mismo era demonio y actuaba con el poder del demonio? Sólo hay una razón: su soberbia intelectual. Estaban cerrados a razones y acciones que no coincidieran con las suyas. Siempre ocurre igual. El que no es humilde de mente y de corazón, es incapaz de abrirse a nada ni a nadie que no sea él o piense y actúe como él. Siempre ha habido este tipo de personas. Hoy, quizás, abundan más. Afortunadamente, son más frecuentes los que reaccionan como Tomás, apellidado «el incrédulo». Ciertamente, cuando volvió a casa la tarde Pascua y sus diez compañeros le dijeron, exultantes de gozo, «hemos visto a Jesús, ha resucitado», contestó con mucha pose: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto la mano en su costado, no creo». Pero luego, cuando vino Jesús a los ocho días, y le dijo: «Trae tu mano, aquí tienes mi costado y no seas incrédulo, sino creyente», se tiró a sus pies, no quería meter la mano en la llaga e hizo esta humilde confesión: «Señor mío, y Dios mío». En un primer momento reaccionó con soberbia; luego, con humildad. No era soberbio intelectual. Era un poco desconfiado, un poco terco, un poco echado para adelante. Nunca me han preocupado este tipo de personas, porque son capaces de rectificar y cambiar de parecer. El caso que siempre me ha parecido terrible y peligroso es el del soberbio que no da su brazo a torcer, que siempre cree tener razones y argumentos para todo. ¡Qué cerca están este soberbio y el increyente!   

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (4.IV.2010)- Ciclo C

EL TRIUNFO DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE

«Resucitó. No está aquí»

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Un padre iba narrando a un hijo pequeño los diversos momentos de la Pasión: la prisión en el huerto, la flagelación, la coronación de espinas... A medida que avanzaba en su narración, veía que el niño se ponía triste y, a la vez, nervioso. En un momento dado, no pudo más y exclamó: «Papá, pero al fin ganó, ¿verdad?» «Sí, al fin, ganó». Al fin resultó que el que fue crucificado, muerto y sepultado el primer Viernes Santo de la historia, volvió a la vida al domingo siguiente. Da fe de ello un montón de gente variopinta: unas mujeres que fueron a embalsamarle y se encontraron con el sepulcro vacío, María Magdalena, Pedro y Juan, los demás apóstoles, los discípulos de Emaús, y «más de quinientos hermanos», según frase lapidaria de san Pablo. No fue una alucinación o una experiencia mística. No. Le vieron, le tocaron, le palparon, hablaron con él. Él, por su  parte, les mostró sus manos y sus pies, habló con ellos, y en una ocasión hasta les preparó un almuerzo con peces recién pescados. ¡Está claro!: la última palabra no la tiene ya la muerte sino la vida. La de Cristo y la de los cristianos. Porque Cristo fue el primero que resucitó, pero no será el único. Quienes creemos en Él, sabemos que su resurrección es la mejor garantía de la nuestra. Él es la Cabeza de un Cuerpo del que nosotros somos miembros. Lo que equivale a decir, que nuestra suerte tiene que ser la suya. Un día, moriremos. Pero la nuestra no será la muerte de un descreído o de un agnóstico. Nuestra muerte será el paso previo para entrar en la vida sempiterna. No es extraño que la Resurrección tenga un papel del todo singular en las verdades de nuestra fe. Gracias a ella, nos distinguimos de todos los demás hombres que siguen a cualquiera de los grandes fundadores religiosos. Nadie cree que después de la muerte viviremos para siempre como lo que realmente somos: como realidad corpóreo-espiritual. Nosotros sí creemos que seremos lo que somos, pero resucitados. Habrá que esperar al fin del mundo para que nuestro cuerpo resucite. Quizás pasen muchos siglos. Poco importa. Lo decisivo es que ese día llegará. ¡Y no pasará!

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (28. III.2010) - Ciclo C

PEDRO, JUDAS, TÚ Y YO

«Lloró amargamente»

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Hoy es el único domingo del año en que se lee el relato íntegro de la Pasión. Entre los muchos personajes que en ella aparecen, fijémonos en Judas y Pedro. Pedro, negó a Jesucristo, confirmando lo que éste le había predicho: «Antes que el gallo cante, me habrás negado». De Pedro se dice que Jesús «le miró». De Judas, que hizo mucho más: «le besó». Pedro, «salió afuera y lloró amargamente». Judas, salió afuera, pero fue a ahorcarse» Estas dos historias no están cerradas y nos tocan muy de cerca. ¡
Cuántas veces hemos hecho como Pedro! Nos hemos encontrado en situación de dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos preferido plegarnos. Con nuestros hechos o con nuestro silencio hemos dicho: «No conozco a este Jesús del que me hablas». También la historia de Judas está, si lo pensamos bien, más cercana a nosotros de lo que pensamos. Judas vendió a Jesús por treinta denarios. ¿Quién puede afirmar que no lo ha traicionado, a veces, por mucho menos? Traiciones, ciertamente, menos trágicas que la suya, pero más graves, porque nosotros conocemos a Jesús mejor que él. Ahora bien, dado que estas dos historias nos tocan de cerca, debemos preguntarnos por qué la de Pedro termina de modo tan diferente a la de Judas. Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho. Judas lo tuvo quizás mayor, porque llegó a gritar: «He traicionado la sangre inocente» y devolvió las treinta monedas. ¿Dónde está la diferencia? En una única cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Jesús; Judas, no. Lo mismo ocurrió en el Calvario: dos ladrones convictos y confesos son ajusticiados al lado de Jesús. El uno, maldice y muere desesperado; el otro, grita: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» Y oye a Jesús estas palabras: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Hay un mandamiento de la Iglesia que manda confesarse, al menos, una vez al año y comulgar por Pascua. Ese precepto, que hay que verle más como un regalo que como una obligación, nos da la posibilidad de seguir la historia de Pedro o la de Judas, la del mal ladrón o la del bueno.¿Cuál de las dos vale más la pena?         

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA (21.III.2010) - Ciclo C

TÚ NECESITAS LA MISERICORDIA DE JESÚS

«¿Nadie te ha condenado?»

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Estamos en el Templo de Jerusalén, rodeando a Jesús mientras enseña. Tenemos que abrirnos para dar paso a una mujer que es empujada por un grupo de hombres que vociferan: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. La Ley de Moisés dice que debe ser apedreada. Tú ¿qué dices?» Los que así hablan son fariseos y enemigos de Jesús. Piensan que, por fin, pueden pillarle en renuncio y hundirle. ¿Qué otra cosa puede hacer él, sino asociarse a su modo de proceder y pedir con ellos la lapidación de la mujer?. Si no lo hace, queda ante el pueblo como alguien que va en contra de la Ley de Moisés, que pervierte a la gente y al que todos deben darle la espalda. Si, en cambio, aprueba ahora la condena de esta mujer, aprueba también lo que ellos hacen con los pecadores y se verá obligado a desdecirse del trato afable que les dispensa. Se hace un profundo silencio, en espera de la respuesta de Jesús. Pero Jesús no habla. Prefiere inclinarse sobre el suelo y escribir con el dedo en el polvo. Al cabo de un tiempo, se yergue y sentencia: «El que de vosotros esté libre de pecado, que tire la primera piedra» Es un trallazo que rompe la coraza del corazón de los acusadores. Se inclina de nuevo y sigue escribiendo. Vuelve a erguirse y ve que todos se han ido y ha quedado únicamente la mujer. Jesús se dirige a ella y le dice: «¿Nadie te ha condenado?. Nadie, responde ella. Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar» Jesús no aprueba ni minimiza el adulterio de la mujer. Lo que ha hecho es pecado y va contra la voluntad de Dios. Por eso le exhorta a no volver a hacerlo. Pero en vez de condenarla, prefiere darle su misericordia. Como se la dio también a los acusadores, pues ninguno la condenó. Hoy, muchos se comportan como aquellos fariseos y echan barro, maledicencia y crítica sobre los que yerran y pecan. Otros, realizan no uno sino un montón de adulterios. Muchísimos, practican la prostitución o esclavizan con ella a tantas mujeres. Son incontables los que viven en concubinato. Jesús sale hoy al encuentro de todos y ofrece su misericordia. ¿Tú no la necesitas?