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LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (14.III.2010) - Ciclo C

EL PADRE DEL HIJO PRÓDIGO

«Estaba muerto y ha resucitado»

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Nunca Dios ha sido descrito con los trazos de la parábola del hijo pródigo, el evangelio de este domingo. Jesús muestra el comportamiento de Dios hacia dos tipos de hombres: los pecadores que vuelven a él y los justos que no entienden las entrañas misericordiosas de Dios. El hijo menor representa al hombre pecador. No sabe apreciar lo que es vivir con su padre y se marcha de casa. Usa de manera irresponsable sus bienes y los derrocha. Pero la vida libre se convierte para él en algo insoportable y su situación de necesidad llega a ser total. Sin embargo, le lleva a arrepentirse, le enseña a reconocer lo bien que estaba con su padre y, sin falso orgullo ni justificaciones, tiene el coraje y la humildad de reconocer su equivocación, y la confianza de volver junto a su padre. Este hijo representa a todos los pecadores que han cometido graves errores y pecados, pero se acercan a Jesús, como el ladrón arrepentido sobre la cruz. El padre representa a Dios. Cuando ve volver al hijo, su reacción no es de cólera o complacencia por la desgracia del hijo. Más que como un buen padre, reacciona como un padrazo: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo, ponedle el anillo en la mano y sandalias en los pies, traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado» El hijo mayor representa a los que son fieles al Padre, pero no saben apreciar lo que supone haber estado siempre en casa y no ven en el pecador arrepentido al hermano que ha vuelto a ella. Este hermano mayor necesita también que su padre se comporte con él como un padrazo. Y así lo hace. No regatea esfuerzos para lograr que vea las cosas como las ve él. Le recuerda lo que es vivir siempre con él y tener todo en común. Y le insta a que vea con sus mismos ojos al que ha vuelto y rehaga con él sus vínculos afectivos. Tú  y yo –y todos los hombres y mujeres del mundo- somos uno de estos dos hijos. Dios Padre quiere que nosotros volvamos a su casa y participemos de la alegría y la fiesta del amor. Y, si estamos en ella, que valoremos el inmenso don que esto significa.                

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA (7.III.2010) - Ciclo C

CUANDO TODAVÍA HAY TIEMPO

«Si no os convertís, pereceréis»

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El evangelio de hoy se parece mucho a la sección de sucesos de la televisión y de los periódicos. Unos galileos fueron a ofrecer un sacrificio al Templo de Jerusalén y, mientas lo ofrecían, Pilatos ordenó degollarlos. Dieciocho personas estaban junto a la torre de Siloé y, cuando menos lo esperaban, se derrumbó y los mató a todos. Jesús amonesta a sus oyentes a no sacar falsas conclusiones y les dice cómo deben reaccionar. Estaba muy difundida la opinión de que toda desgracia era un castigo divino por haber cometido alguna culpa. Según ese punto de vista, de la muerte de los galileos y de los que aplastó la torre, se podía sacar la falsa conclusión de que eran culpables y que todos los que no habían sido afectados podían seguir viviendo como hasta entonces. Jesús se opone vigorosamente a esta opinión y señala con toda claridad: ¡Todos deben convertirse, todos son culpables ante Dios, todos se encuentran en un camino equivocado, todos deben cambiar de vida! Gran lección para nosotros, que seguimos pensando que las desgracias son un castigo divino, cuando en realidad son un aviso para los no afectados. Jesús nos hace comprender que cuando vemos en la televisión imágenes tan impactantes como las de Chile y Haití, en lugar de quedarnos en un estéril «pobrecillos, qué mala suerte y qué desgracia han tenido», reflexionemos sobre la precariedad de la vida, sobre la necesidad de estar preparados y sobre la conveniencia de no estar excesivamente apegados a lo que podemos perder en cualquier momento. Incluida la vida. Pero esta noticia no es mala sino muy buena. Porque Jesús no sólo nos dice que hemos de cambiar, sino que podemos hacerlo. Nadie está excluido de la posibilidad de cambiar. Nadie puede ser considerado como irrecuperable. Es verdad que hay situaciones que parece que no tienen salida, como los que han perdido la fe, los que han roto  completamente con cualquier práctica religiosa, los  divorciados vueltos a casar o las parejas con hijos sin estar casados. También estos tienen la posibilidad de cambiar. Para los hombres es imposible, pero no para Dios.       

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA (28.II.2010) - Ciclo C

JESÚS, EL HORÓSCOPO Y LOS ADIVINOS

«Es mi Hijo. Escuchadle»

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Estamos en el monte Tabor. Jesús ha subido con sus discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Quiere hacerles partícipes de una gran experiencia: que descubran quién es él. Porque todavía no lo saben bien. Hasta ahora le han conocido en su apariencia externa, saben dónde ha nacido y vivido, cuáles son sus costumbres y su timbre de voz. Hoy van a conocer a otro Jesús. Mejor: van a conocer al verdadero Jesús, al que no se puede ver con los ojos de todos los días ni con luz normal del sol, sino que es fruto de una revelación imprevista, de un cambio, de un don. Sin saber cómo, de pronto comienzan a ver que sus vestidos se vuelven más blancos que la nieve, que su rostro se torna deslumbrante, que su cuerpo parece otro. Una nube los envuelve a todos. De ella sale esta voz: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». «Escuchadle», oímos que el Padre nos dice también a nosotros. Sí, «escuchadle», porque este es vuestro único Maestro, vuestro único Doctor, vuestro único Salvador. Bien, decimos nosotros, pero ¿dónde puedo escuchar hoy a Jesús, dónde puedo oír su voz, dónde puedo encontrar sus palabras? El Evangelio es el lugar por antonomasia en el que Jesús habla hoy. Pero todos sabemos, por experiencia, que las palabras del Evangelio se pueden interpretar de modo diverso. Quien nos asegura del verdadero sentido, quien nos dice cuál es la palabra verdadera de Jesús y su verdadero sentido es la Iglesia que él mismo ha fundado. Por eso, es importantísimo conocer la doctrina de la Iglesia. Pero conocerla de primera mano, no como la presentan los medios de comunicación social, que tantísimas veces la interpretan de modo distorsionado o parcial. Pero casi tan importante como esto es saber dónde no habla Jesús. No habla en los magos, adivinos, echadores de cartas, horóscopos, sesiones espiritistas ni en el ocultismo, modos paganos que hoy han vuelto a nuestra sociedad. Porque cuando falta la fe, crecen las supersticiones. Volvamos, pues, al Tabor y oigamos la voz del Padre, que nos manda: «Escuchad a mi Hijo», él es vuestro Maestro, vuestro único Mediador, vuestro Salvador.     

 

 

    

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA (21.II.2010) -Ciclo C

EL DEMONIO Y SUS PODERES

«No sólo de pan vive el  hombre»

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«Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan»; «si eres hijo de Dios, lánzate al abismo, que no te pasará nada»; «te daré todas las cosas del mundo, si me adoras». Estas fueron las tres propuestas que el demonio ofertó a Jesús en el desierto para apartarle de  la misión que su Padre le había encomendado. Quizás alguno se sonría al oír la palabra «demonio», pensando que tal personaje es como los molinos de viento de don Quijote. Para su tranquilidad les diré que Goethe y Dostoevsky, por ejemplo, se lo han tomado muy en serio y que su pretendida ‘pose intelectual’ hace bueno a Baudelaire -que no se comía precisamente los santos-, cuando sentenciaba: «la mayor astucia del demonio consiste en hacer creer que no existe». Pero ¡ya lo creo que todos tenemos la experiencia de que existe y que nos la tiene jurada!. Lo que ocurre es que es muy astuto. Porque ni a Jesucristo ni a nosotros se acerca con cuernos en la cabeza y echando humo maloliente por las narices. ¡Sería demasiado fácil reconocerle y huir de él! Se sirve de las cosas buenas, llevándolas al exceso y convirtiéndolas en ídolos. Bueno es el dinero, como lo son el  placer, el sexo, la comida, la bebida. Pero si se convierten en lo más importante de la vida, en fines y no en medios, entonces se hacen destructores del alma y, con frecuencia, también del cuerpo. Sin embargo, lo más importante que la fe cristiana nos dice sobre el demonio, no es que existe y que es muy astuto, inteligente y poderoso, sino que ha sido vencido por Jesucristo. Primero, en el desierto; luego, a lo largo de su vida pública; y de modo total y definitivo con su Cruz y Resurrección. Por eso, nosotros no creemos que el demonio y Jesucristo son dos iguales y contrarios, como ocurre en algunas religiones dualistas. Cristo lo ha vencido. Y nosotros podemos vencerle. Basta que pongamos los medios: la oración, los sacramentos, la limosna, la preocupación por los demás, el trabajo en serio y continuado, el amor a la Virgen. Y que tengamos la valentía de ser cobardes,  huyendo de las ocasiones de pecado.

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (14.II.2010) - Ciclo C

BUENAVENTURAS Y MALAVENTURAS DE JESÚS

«Bienaventurados cuando os odien»

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Jesús tiene ante sí un numeroso grupo de discípulos. Quiere comunicarles lo que constituye el núcleo de su mensaje, para que a través de ellos se difunda en todas las direcciones. Comienza su «sermón». De sus labios van saliendo cuatro buenaventuras y  cuatro malaventuras. Dos categorías, dos mundos. A la categoría de los «felices, dichosos, bienaventurados» pertenecen los pobres, los hambrientos, los que ahora lloran y los que son perseguidos por el Evangelio. A la categoría de los «infelices, desgraciados, desventurados» pertenecen los ricos, los hartos, los que ahora ríen y los que son llevados en palmas por todos. Pero, ojo, Jesús no canoniza simplemente a todos los pobres, a todos los hambrientos y a todos los perseguidos, como no demoniza a todos los ricos ni a todos los que ríen ni a todos los que son aplaudidos. La distinción es mucho más profunda. En el fondo se trata de saber en qué funda cada uno su propia seguridad, sobre qué terreno está construyendo el edificio de su vida. ¿Sobre lo que pasa o sobre lo que no pasa? Esta página evangélica es, por tanto, una barrera que separa a los hombres en dos bandos y traza dos destinos diametralmente opuestos. Afortunadamente, ni la barrera es insalvable ni los dos bandos y destinos inamovibles.  Al contrario, la barrera es muy fácil de traspasar. Más aún, se puede y se debe traspasar. Precisamente, Jesús ha dicho estas buenaventuras y malaventuras para que cambiemos de campo. Bien entendido que, a lo que Jesús invita no es a ser pobres sino a ser ricos: «Felices vosotros, los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» Pensemos que habla de «pobres» que pasan a poseer «un reino» y lo poseen ya desde ahora. Los que desde ahora deciden entrar en ese reino, también desde ahora son hijos de Dios, hermanos, libres, llenos de la esperanza de la inmortalidad. Qué sabia era Teresa de Ávila, cuando sentenciaba: «Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta». Fe, esperanza  y posesión de Dios: ¡ese es el criterio para saber quién es rico y quién es pobre!

 

 

 

 

 

      Es una especie de meridiano, pe      cuatro buenaventuras se refieren a situaciones de carencia o privación: ser pobres, estar hambrientos, llorar, ser odiados. Las malaventuras hablan ante todo de comportamientos activos: ser mansos, misericordiosos, puros de corazón, constructores de la paz. Lo primero que Jesús dice es esto: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» La correspondiente malaventura suena así: «Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo» Ciertamente todos pueden escuchar el Evangelio, pero sólo los pobres están preparados para acogerlo. Pero hay que comprender bien lo que Jesús entiende por «pobre». Los pobres son quienes, conscientes de que no bastan las propias fuerzas y los bienes terrenos, se saben completamente dependientes de Dios para alcanzar la salvación. Los discípulos de Jesús son esos pobres: ellos han dejado todo para seguirle. Jesús habla frecuentemente de los ricos y de los pobres, contraponiéndolos. Jesús ve en la riqueza un serio obstáculo para pertenecer al reino de Dios. Esto no significa que condene todos los bienes y todos los goces terrenos, que condene a todos los ricos y que todos los hombres deben ser lo más pobres posible, descartando como errado cualquier esfuerzo por una vida holgada y segura. El núcleo de su mensaje es este: la vida temporal y los bienes terrenos no lo son todo; y es una equivocación aspirar únicamente a los bienes terrenos y excluir del propio proyecto de vida a Dios y a la muerte. La relación con los bienes terrenos ha de ser valorada desde Dios. Toda relación con los bienes terrenos que se oponga al mandamiento del amor a Dios y al prójimo es equivocada.  

 

 

 El joven rico es una muestra ejemplar. Ante la alternativa de «todos sus bienes» y «seguir a Jesús», prefirió sus riquezas. Pero el poder y la misericordia de Dios son ilimitados y pueden hacer lo que hicieron con Zaqueo: era muy rico, pero repartió la mitad de sus bienes a los pobres y demuestra que sabe tratar su riqueza. Jesús trae   

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (7.II.2010) -Ciclo C

CORAJE APOSTÓLICO        

«Serás pescador de hombres»

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Delante del micrófono. Cuando imparte la clase de religión. A la hora de preparar o realizar una reunión y una catequesis con jóvenes. Siempre. Sí, siempre debería tener presente el sacerdote, el catequista, el profesor de religión o el responsable apostólico la lección del evangelio de hoy. Porque no acabamos de enterarnos del poder de Dios. Al menos, yo. Resulta que Pedro y sus compañeros de pesca han estado pescando a la hora propicia, es decir, por la noche, y no han cogido un pez. Ahora, mientras a pleno sol preparan las redes para la noche siguiente, Jesús se acerca a Pedro y le dice: «Rema mar a dentro y echa las redes para pescar». La orden no puede ser más improcedente, porque no es hora de pesca. Pedro, no obstante, se fía de Jesús. Obedece a sus palabras y echa las redes. Y las redes se llenan a reventar. Tanto, que las barcas están a punto de zozobrar por la carga. Simón experimenta quién es Jesús y quién es él. Y sólo encuentra esta salida: «Apártate de mí, que soy un pecador». No lo hará, porque Jesús ha venido a llamar a los pecadores. Más aún, hoy ha venido a decirle que quiere incorporarle a su propia tarea de salvar almas: «Desde hoy, serás pescador de hombres» Es cierto que tú eres un pecador. Es cierto que desde el punto de vista humano no hay esperanza alguna de éxito. Es cierto que tú debes poner de tu parte la experiencia y las cualidades que tengas. Pero todo esto debe ser olvidado frente a mi palabra. Tú serás apóstol y serás pescador de hombres. A pesar de todas las dificultades externas e internas, has de tener coraje para el servicio apostólico, y echar siempre las redes. No serán tus cualidades las garantes del éxito, sino mi palabra y mi persona.¡Qué lección tan actual y tan necesaria! El servicio apostólico no se fundamenta en la capacidad de los apóstoles ni en la buena voluntad de aquellos a los que son enviados. Se fundamenta únicamente en el mandato del Señor y en su poder. Ante la promesa de Jesús son secundarias las escasas probabilidades de éxito y las incapacidades personales. Lo decisivo es obedecer a Jesús. Aunque nos mande arar en el mar.    

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO (31.I. 2010) -Ciclo C

ESPAÑA Y EUROPA ¿UN NAZARET MODERNO?

«Nadie es profeta en su Patria»

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Estamos de nuevo en Nazaret, pero en un escenario distinto al del pasado domingo.  Porque hoy, los paisanos de Jesús, en lugar de escucharlo, lo rechazan con tanta violencia que le obligan a decir con amargura: «Nadie es profeta en su tierra». Más aún, a huir, pues quieren matarlo. El evangelio tiene un mensaje inquietante para nosotros. En síntesis se puede resumir así: ¡Ojo, no cometamos nosotros el mismo error que ellos! Podemos cometerlo. Porque España, y en general Europa, es para el cristianismo lo que fue Nazaret para Jesús: «el lugar donde ha sido rechazado». Están repitiendo la conducta de los nazarenos: no reconocen a Jesús como lo que realmente es: el Mesías y  el Salvador del hombre y del mundo. Más aún, rechazan la misma fe en Dios. ¿Quién no recuerda el slogan publicitario escrito en los autobuses de Londres y de otras ciudades europeas: «Probablemente Dios no existe. Por tanto, deja de preocuparte y goza de la vida»? Lo más grave no es decir «goza de la vida», sino «Dios no existe, Dios es enemigo de la vida y de la felicidad, sin Dios, el mundo sería más feliz». Estos días se ha vuelto a repetir algo parecido con motivo del terremoto de Haití: «Dios es el causante de tanta destrucción. Dios es enemigo de nuestra felicidad. Rechacemos nuestra fe en este Dios y remediemos nosotros nuestros problemas» No puedo menos de acordarme del que decía: «Tienes muchas razones, pero no tienes razón» No tenemos razón para rechazar a quien por amor ha cargado sobre sus espaldas inocentes todo lo que debían haber llevado las nuestras. Es mejor reconocer que los hombres no tenemos respuesta a este desastre y a otro cualquiera en el que sufren y mueren los inocentes. Pero tampoco la tenemos para el odio de un esposo o de hijo hacia quienes más les han querido. En cualquier caso, diría a un no creyente: «amigo mío, si Dios no existe, yo no pierdo nada; pero si existe, tú lo pierdes todo». Pero creo que existe. Y que el dolor y la muerte serán vencidas un día por ese Jesús a quien yo acepto y acojo. ¡Y al que quiero amar siempre más!

DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO (24.I.2010) -Ciclo C

HA SONADO LA HORA DE LA SALVACIÓN

«Hoy se cumple lo que acabáis de oír»

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Este domingo es el tercero del Tiempo Ordinario y en él comienza la lectura del evangelio de san Lucas que nos acompañará durante unos treinta domingos. Lucas es el único que comienza su evangelio con un Prólogo y el que desde el principio quiere dejar claro que es un intelectual riguroso y que su testimonio es fidedigno. No quiere escribir una novela sino la historia de lo que Jesús dijo e hizo mientras vivió entre nosotros. Es consciente de que la historia se escribe con hechos y los hechos sólo son conocibles por los que son testigos. Dado que él no ha sido testigo presencial de lo que va a narrar, sólo tiene un camino: acudir a quienes lo fueron: los Apóstoles. Ellos y sólo ellos son la única fuente fidedigna, porque ellos  y sólo ellos vivieron con Jesús desde el principio hasta que ascendió al Cielo. No es el primero que escribe esta historia, pues otros han escrito relatos similares. Nosotros ignoramos quiénes fueron. Él los conoce y utiliza. Sin embargo, nunca perderá de vista que todos vienen de la misma fuente: la enseñanza y predicación de los Apóstoles. De ellos dependen todas las Escrituras y toda la predicación posterior. Hasta hoy. Por eso, en la misa de cada domingo hacemos siempre la misma confesión: «Creo en la Iglesia que es...apostólica». Sentadas las bases de su credibilidad, Lucas nos sitúa en la sinagoga de Nazaret. ¡Cuántas veces Jesús había estado él allí escuchando la Palabra de Dios a lo largo de treinta años! Pero hoy no viene a escuchar. Viene a enseñar. Más aún, a dar a sus paisanos la noticia esperada por los siglos y que tiene alcance universal. Desenrolla el libro de Isaías. Lee unas palabras en las que el profeta habla del Mesías y las comenta con una sola pero impresionante frase: «Hoy se ha cumplido la palabra que acabáis de escuchar». Que es tanto como decirles: «Yo soy el Mesías anunciado y esperado, que viene a salvar a los hombres. Ha sonado la hora de la salvación. ¡Dichosos vosotros!». La hora de la salvación fue anunciada en Nazaret, pero llega hasta ti y hasta mí por el Jesús que nos anuncia la Iglesia ¿Le acogeremos o nos encogeremos de hombros? Nos va mucho en la respuesta.        

DOMINGO 2 ORDINARIO (17.I.2010) -Ciclo C

UN GRAN VINO PARA UNA MAYOR FIESTA

«No tienen vino»

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Estamos en Caná de Galilea, aldea cercana a Nazaret. Todo el pueblo está de fiesta, porque se celebra una boda. Hay muchos invitados y entre ellos María, Jesús y sus discípulos. La boda se ha debido prolongarse más de lo debido o quizás han venido más invitados que los esperados. Lo cierto es que un acontecimiento tan alegre como el de su matrimonio, puede darle un gran disgusto al novio, que es el anfitrión. Comienza a faltar el vino y una boda sin vino, sobre todo en Oriente, no es una fiesta. María se ha dado cuenta e interviene. Bueno, «la Madre de Jesús», como la llama siempre Juan en su evangelio, sabedor de que lo importante en ella no es cómo se llama sino quién es:  la que ha dado el ser a Jesús y le ha prestado toda su solicitud desde que nació en Belén. La Madre no pide a su Hijo un milagro. Expone. Deja que sea él quien haga lo que deba. Pero le conoce demasiado bien  y sabe que resolverá la papeleta, aunque tenga que hacer un milagro. Por eso, indica a los criados que hagan lo que él les mande, aunque a ella le haya dicho que «todavía no ha llegado su hora». Y, efectivamente, Jesús realiza un prodigioso milagro: convierte en vino exquisito los seiscientos litros de agua que hay a la puerta para lavarse. Jesús ha ido más allá que el novio, pues ha dado «el mejor vino». No es de extrañar, porque él es el Esposo que ha venido a preparar su gran fiesta: el banquete de bodas de la Eucaristía, que se consumará en Cielo, una vez que haya derramado el vino de su sangre en la Cruz y la haya convertido en sangre de la Nueva y Eterna Alianza. Ese vino «vino nuevo» supera todos los beneficios que Dios ha dado a su pueblo hasta ahora. Juan considera que el milagro es un «signo», algo que remite a alguien que está más allá de lo se ve. Sus discípulos todavía no conocen a Jesús en su realidad profunda, en su ser más íntimo. Con este «signo» descubrirán que el que tienen delante de sus ojos es el Hijo de Dios. «Y creyeron en él», puntualiza san Juan. ¿Cómo no pensar en el papel que juega «la Madre de Jesús» en tu vida y en la mía?¿Cómo no dolerse de que al «mejor vino», la Eucaristía, le hagamos tan poco caso?         

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (10.I.10)- Ciclo C

BAUTISMO Y RESPONSABILIDAD

«Jesús fue bautizado»

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Yo había leído la anécdota, pero la había colgado de una percha errónea en lugar de atribuírsela a san Luis de Francia. Resulta que cuando este santo rey tenía un hijo, no le besaba hasta que había recibido el Bautismo. Cuando alguien, extrañado, le preguntó por qué actuaba así, san Luis le contestó: «Cuando nace, es hijo mío; cuando recibe el Bautismo es hijo de Dios». Sí, todo  bautizado se hace nueva criatura, hijo de Dios, templo del Espíritu Santo y sagrario de la Santísima Trinidad, miembro de la Iglesia. Es limpiado del pecado original y, si es adulto, de los pecados personales que haya cometido. Recibe también un sello espiritual que le acredita que es posesión de Dios y que Dios se hace cargo de protegerle y cuidarle. Por eso, el Bautismo es un inmenso don, un regalo que no tiene precio. De ahí que lo mejor que pueden hacer los padres, cuando Dios les bendice con un nuevo hijo, es pedir para él el Bautismo. Ahora, algunos padres se preguntan si no sería mejor esperar a que el hijo fuera mayor y lo pidiera libremente. Algunos, ni siquiera se lo plantean y ya no les bautizan. Pienso que no actúan así en todo lo demás. De hecho, como los niños tienen que ser amados, los padres les dan comida, vestido, una familia, un médico cuando están enfermos, les enseñan la lengua materna, les llevan al colegio, se preocupan de que aprendan la natación y la música, etcétera. Todo esto lo hacen sin esperar a que ellos lo puedan entender y decidir. Saben muy bien que si esperaran, entonces los hijos no estarían vivos ni tendrían capacidad para decidir nada. Lo mejor para los hijos es que sus padres les lleven a bautizar. Pero no deben contentarse con esto. Lo lógico es antes del Bautismo se preparen para celebrarlo como pide tan gran acontecimiento. Después del Bautismo, deben educarlos cristianamente, para que, a ejemplo de Jesús, crezcan en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. Y al elegir un padrino y/o una madrina, no han de hacerlo para cumplir el expediente ni sólo por motivos de parentesco o amistad. Un padrino es una ayuda con la que los padres cuentan para la educación cristiana de su hijo.         

 

DOMINGO II DE NAVIDAD (3.I.2010)- Ciclo C

LA NOBLEZA DE TODOS LOS HOMBRES

«Vino a los suyos y no le recibieron»

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Le ocurrió a la institutriz de Luis XIV, rey de Francia. Un día corrigió con mucha entereza al príncipe. Éste se sintió herido en su amor propio y le contestó: «¿No sabes que soy hijo del rey de Francia?. Ella, sin inmutarse, le devolvió el recado: «Y tú ¿no sabes que yo soy hija de Dios?» La respuesta no era una exageración del orgullo herido, sino la de alguien que sabía bien lo que era. Porque, efectivamente, el evangelio de hoy nos asegura que la venida de Dios al mundo –que estamos celebrando estos días de Navidad- trajo consigo la filiación divina para quienes abren su alma a ese inmenso don. «Vino a los suyos y no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre ni de amor carnal ni de amor humano sino de Dios». No se puede decir más claro: quienes acogen a Dios se convierten en verdaderos hijos de Dios. No es un modo poético de hablar. ¡Es la verdad! El mismo autor del evangelio de hoy, san Juan, nos ha dejado esta otra afirmación: «¡Esta es la maravilla, que no sólo nos llamamos, sino que somos hijos de Dios!» Las consecuencias no pueden ser más grandiosas. Una de ellas, fundamental,  es «que no hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la lengua de los hombres que son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina» (san Josemaría Escrivá). Todos hermanos, por tanto, capaces de formar una gran fraternidad universal, donde no haya ricos ni pobres y donde lo que cuenta no es la situación social sino la realidad profunda de que la sangre de Dios-Encarnado corre por las venas de todos los hombres y mujeres del mundo. Aquí está el fundamento verdadero e inconmovible de la comprensión, de la tolerancia, de la solidaridad, de la convivencia, de la hermandad. Aquí está también la fuente de la serenidad, de la paz, de la confianza ante las situaciones fáciles y difíciles de la vida, de no temer al futuro, incluida la misma muerte. ¿Si estamos en las manos de un padre, qué podemos temer?            

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO (20.XII) -Ciclo C

                                                  Homilía

1. Hace dos años peregriné a Tierra Santa. En uno de aquellos lugares encontré una inscripción ante la cual sentí una imperiosa e irresistible necesidad de ponerme de rodillas y luego postrarme en tierra. Esa inscripción no estaba en Belén, ni en el Cenáculo ni siquiera en el lugar de la Crucifixión.  Estaba en Nazaret y decía así: “Verbum caro factum est hic”; que traducido significa: “aquí el Verbo se hizo carne”. Aquí, Dios se hizo hombre. Aquí llegó la plenitud de los tiempos. Aquí está el kilómetro cero de la historia. Aquí sucedió lo que no hubiera soñado la imaginación más prodigiosa. Aquí la Eternidad se hizo historia y la historia entró en la eternidad.

Quizás alguno piense que más importante que Nazaret es el Calvario, donde Cristo murió y resucitó por todos los hombres de todos los tiempos. Pero no es así. Pues si Jesucristo pudo morir y resucitar, fue porque previamente se había asumido la naturaleza humana, se había hecho uno de nosotros, menos en el pecado. Y ¡eso aconteció en Nazaret! El salto del infinito a lo finito se da en Nazaret, no en el Calvario.

 

2. Ahora bien, en Nazaret hay varios protagonistas. El primer lugar, el Padre, que envía a su Hijo Eterno para salvar a los hombres. En segundo término, el Hijo Eterno que –obediente al Padre- se hace hombre para realizar ese designio del Padre. Después, el Espíritu Santo, que cumbre con su sombra y fecunda el seno de la Virgen. Y, por último, la Virgen María, una muchacha de Nazaret que –ajena al proyecto eterno de Dios-, tan pronto como lo conoce, se pone completamente a su servicio, como una esclava que no tiene voluntad propia.

Esta mujer  no está en un segundo plano y como de relleno. Al contrario, juega un papel tan decisivo en todo, que si Ella se hubiera negado a prestar su voluntaria colaboración a los planes de Dios, El Verbo no hubiera podido hacerse hombre ni los hombres hubiéramos podido salvarnos. Porque los planes eternos de Dios eran que la salvación nos llegara precisamente de ese modo: haciéndose hombre la segunda persona de la Trinidad.

 

3. Este decisivo papel de María no podía quedar olvidado por la liturgia en el momento en que trata de prepararnos a celebrar el misterio del nacimiento del Salvador en esta segunda parte del Adviento, que comenzó el pasado 17 de diciembre.

Y, efectivamente, la actual liturgia –renovada a instancias del Vaticano II- ha querido dedicar todo el domingo cuarto de Adviento a celebrar este magno acontecimiento. Hasta el punto de que el misterio de la cooperación de María a la Encarnación y a la Salvación no sólo aparece con insistencia en los textos de la misa y del oficio divino, sino que ella es la clave para comprenderla.

Limitándonos a la misa que estamos celebrando, a ese misterio se refiere la segunda lectura, en la que la Carta a los hebreos se refiere reiteradamente al momento en cual Cristo entró en el mundo y a la finalidad que perseguía con esta entrada. El momento fue cuando “asumió el cuerpo” que le había preparado el Espíritu en el seno de María. El fin no era otro que el de “cumplir la voluntad del Padre”; el cual no quería que se le ofrecieran “sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias” para salvar a los hombres, sino éstos fuesen “santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre”.

El evangelio -que acabamos de escuchar- proclamaba la confesión de fe que hace santa Isabel sobre la Maternidad divina y Virginal de María, a saber: que el hijo que lleva su prima en el seno es, ciertamente, un hijo como el que ella esperaba; pero con una diferencia infinita: el suyo, seria un hombre grande, pero sólo hombre; el que llevaba María, era verdadero hombre, pero también verdadero Dios. Hijo de Dios e Hijo de María. Por eso, se siente obligada a exclamar: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?” ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de Dios?”.

 

Pero donde la liturgia de hoy alcanza una singular densidad y belleza es las oraciones colecta y sobre las ofrendas. La oración colecta es una joya literaria y teológica y la sabemos todos, porque la rezamos a diario en el Angelus: “Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la Encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su Pasión y su Cruz a la gloria de la Resurrección”. La oración sobre las ofrendas, redondea y explicita las mismas ideas, aunque referidas al cuerpo eucarístico de Cristo: “El mismo Espíritu que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”

Finalmente, el prefacio nos da la clave de todo, al presentar a María como Nueva Eva. Alabamos y bendecimos a Dios, “porque si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de la hija de Sión ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz”. La Hija de Sion es la Santísima Virgen; la salvación para todo el género humano es Jesucristo. El seno virginal, es el seno de María.

 

4. Queridos hermanos: La magnífica liturgia de este domingo cuarto de adviento nos enseña dos grandes verdades, que siempre deberíamos tener muy presentes.

 

La primera es ésta: si María ocupa un lugar tan importante y central en los planes de Dios, esa misma importancia ha de ocupar en nuestra vida; de tal modo, que quien desee alcanzar su salvación, ha de contar ineludiblemente con María. Por eso, los teólogos no dudan en afirmar que la devoción a María es signo de predestinación; y, al contrario, que no amar a María es estar recorriendo los caminos de condenación.

 

La segunda gran enseñanza es esta: María ocupó un lugar privilegiado en la obra de la salvación, porque se puso incondicionalmente al servicio de los planes de Dios. Fue la primera oyente y la primera creyente. Primero oyó y acogió la Palabra de Dios en su mente; luego, acogió y concibió esa misma Palabra en su vientre.

 

Preguntémonos, ahora: ¿qué papel juega María en mi vida? Y esto otro: ¿en qué no estoy respondiendo a lo que Dios me está pidiendo: en el matrimonio, en el noviazgo, en los negocios, en el trabajo?

Pidamos al Espíritu Santo que haga en nosotros lo que hizo en el seno de María, a saber: que convierta el pan y el vino de nuestra debilidad en el cuerpo de unos verdaderos discípulos de Cristo, gracias a la comunión de ese Cuerpo que él formó en las entrañas de María y el ministerio del sacerdote forma en las entrañas del altar

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO (13.XII) - Ciclo C

«Tiene en la mano el bieldo para aventar la parva»

JUSTICIA SOCIAL Y CONFESIÓN DE LOS PECADOS

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Estamos a la orilla del Jordán escuchando al Bautista. Con una fuerza inusitada predica la justicia social: «El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna», los que seáis recaudadores de tributos, «no exijáis más de lo establecido», los  soldados «no hagáis extorsión a nadie». Toda injusticia social entre los riquísimos (los montes) y los pobrísimos (los valles) debe ser eliminada o, cuando menos, reducida. Los caminos tortuosos de la corrupción y del engaño han de ser eliminados. Es un mensaje que nos suena, porque coincide con la idea que tenemos del profeta: alguien que empuja a cambiar de vida, que denuncia las estructuras del sistema, que señala con el dedo el poder en todas sus formas –religioso, económico, militar- y que no duda en decirle a la cara al tirano: «No te es lícito». Pero el Bautista hace una segunda cosa: da a conocer «la salvación» y puntualiza que ésta consiste «en la remisión de los pecados» y anima a recibir su Bautismo como signo de ella. Pero Juan sabe bien quién es. No es el Salvador, aunque algunos se pregunten si no será el Mesías que están esperando. Por eso añade con toda claridad: «Yo os bautizo en agua. Pero viene detrás uno que es más que yo, al que yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» Aunque se sitúa en el surco de los grandes profetas, Juan es un profeta distinto a los otros del Antiguo Testamento. Los demás anunciaban una salvación futura. Él apunta con el dedo a una persona ya presente, y grita: «Helo ahí, en medio de vosotros»; «el que ha sido esperado por los siglos, está aquí» ¡Qué escalofrío debió recorrer el cuerpo de todos sus oyentes! Yo no soy el Bautista ni mis obras me respaldan como las suyas. Pero, como sacerdote de Jesucristo, me atrevo a gritarte, incluso con más fuerza que el Bautista: «Jesús es tu Salvador y el Salvador del mundo, y está en medio de nosotros. Conviértete a Él con obras de justicia y amor, y confiesa tus pecados». Porque sólo así la ya inminente Navidad será, de verdad, el Nacimiento de Jesús en tu vida. Que es de lo que se trata.                 

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (6.XII.09)- Ciclo C

MITO, HISTORIA Y MISTERIO

«Preparad el camino del Señor»

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Han pasado muchos años pero lo recuerdo con todo detalle. Había venido a verme un estudiante de primero de económicas para decirme que se había hecho marxista, aunque no quería renunciar a mi amistad. La charla fue animada y prolongada. Todavía me estoy viendo, con mis ardores de curita joven, decirle muy convencido, mientras agitaba unos evangelios: «Si me demuestras que esto es un cuento, cuelgo la sotana y me voy contigo. Pero si esto es historia, eres tú quien tiene que cambiar, porque esta historia te lo exige» He traído a colación esta anécdota, porque en aquella conversación yo insistía en que Jesucristo no es un mito ni una leyenda. Y no lo es, porque los mitos no han nacido ni vivido ni muerto en un momento concreto de la historia y en una geografía determinada. Jesús, en cambio, nació siendo emperador Tiberio; vivió en una región de la jurisdicción del rey Herodes; fue condenado por el gobernador Poncio Pilato; en su condena intervinieron muy activamente el sumo sacerdote Caifás y su suegro Anás. Tiberio, Herodes, Poncio Pilato, Anás y Caifás: todos ellos aparecen en el evangelio de hoy para hablar del Bautista, el Precursor de Jesús, y del mismo Jesús de Nazaret. El Dios en el que creemos los cristianos se hizo hombre, nació, vivió, murió y resucitó verdaderamente. No creemos en un mito, sino en algo real. Por eso, estamos dispuestos a jugarnos la vida por él. Y, con mayor motivo, a realizar todos los cambios de criterio, corazón y vida –que no son pocos- a los que nos convoca la voz del Bautista, que nos grita hoy con no menos fuerza y convicción que cuando predicaba junto al Jordán: «Preparad los caminos del Señor, porque llega Navidad y Dios-Hombre sólo puede nacer en quien, con humildad y verdad, reconoce sus pecados, los confiesa y se abre a su infinita ternura y misericordia. Al cabo de tantos años y de tantas vueltas, no encuentro mejores palabras que las que dije al joven marxista: «Si Jesús es historia y no leyenda, tienes que acogerle, seguirle y amarle». Con esta posdata: Juan predicaba la penitencia, pero era mensajero de la alegría. ¡Penitencia... y alegría son inseparables!         

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (29.XI) - Ciclo C

LA VIDA ES UNA SALA DE ESPERA

«Se acerca vuestra liberación»

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El evangelio de hoy está escrito en tonos e imágines apocalípticos: «Habrá signos en el sol, la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje». Sin embargo, su mensaje es de consolación y  esperanza. Porque nos descubre que no estamos caminando hacia el vacío y la nada sino hacia el encuentro definitivo con el que nos ha creado y nos ama más que un padre y una madre. Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es una larga espera. Pero la espera de un creyente no es como la de Beckett en su “Esperando a Godot”, donde se espera la llegada de un misterioso personaje sin la certeza de que llegará. Debía llegar a la mañana, pero envía a decir que llegará a mediodía, al mediodía que llegará al atardecer,  al atardecer que vendrá seguramente al anochecer, y al anochecer que quizás venga a la mañana siguiente. El cristiano no espera así. Él sabe que, al final, Jesucristo llegará con toda certeza. Y vendrá para ser nuestro Salvador, nuestro Liberador. Este Jesús sale ahora a nuestro encuentro en el Adviento que hoy comienza para anunciarnos este mensaje y para decirnos cómo hemos de comportarnos mientras llega el día de su definitivo retorno: «Tened cuidado: no se embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero y se os eche encima de repente aquel día». Todos sabemos bien que la preocupación por la vida terrena y los bienes materiales puede apoderarse de nuestro corazón hasta embriagarlo y ofuscarlo, sin que pueda pensar ya libremente en Dios y en el final de la vida humana. Quien así vive, no tiene en cuenta la venida de Jesucristo al final del mundo y se verá sorprendido como quien cae en una trampa. Nadie puede pasar por alto esta revelación, porque esta venida es la conclusión de su historia personal. Adviento nos trae, pues, esta ineludible e inquietante pregunta: «¿Hacía dónde estoy caminando, hacia dónde está orientada mi vida y mi actividad? ¿La vida es para mi una sala de espera donde espero la llegada de Jesucristo?                    

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (22.XI.09)

JESUCRISTO, REY DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

«Mi reino no es de este mundo»

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Jesús está ante Pilato, el hombre que tiene derecho sobre la vida y la muerte en Judea. Pilato le hace esta pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Está en juego la condena a muerte o la absolución. Jesús responde, interrogando a su vez a Pilato: «¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato se deja interpelar, pero demuestra que no quiere dejarse llevar por las valoraciones de otros o por los juicios sumarios. Al contrario, antes de emitir sentencia, desea establecer lo que realmente ha hecho el acusado. Jesús insiste hasta tres veces: «Mi reino no es de este mundo» Es decir, mi reino no es humano-terreno, no tiene pretensiones territoriales o de dominio, no usa instrumentos de poder. Y le da esta prueba concluyente: sus seguidores no han arriesgado su vida para defenderle, ni han recurrido a la violencia ni al combate, como ocurre con el poder político terreno. Pilato queda convencido de la demostración. Pero vuelve a preguntar, ahora más intrigado: «Luego ¿tú eres rey?» Jesús asume la responsabilidad de su misión y le contesta con absoluta claridad: «Sí, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» En la respuesta va el significado global de su nacimiento y de su venida: dar testimonio de la verdad. Sólo por esto está en el mundo y sólo en esto consiste su obra de Rey. Jesús afirma que conoce la verdad y que su testimonio es absolutamente digno de crédito. No se refiere a una verdad cualquiera, sino a la verdad sobre Dios. Gracias a este testimonio, sabemos que Dios ama ilimitadamente a los hombres y quiere acogernos en la comunión de su vida divina. Jesús quiere conquistarnos para esa vida de comunión con el Padre, en la que vive él mismo. Desvelándonos esa vida, él se revela como Pastor y Rey sin posibilidad de comparación con nadie. La acogida de este testimonio y de esta realeza de Jesús obliga a estar abiertos a Dios y a la verdad sobre Dios. Pilato cometió el error de cerrarse a este testimonio. Tú y yo ¿qué hacemos?   

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO (15.XI) - Ciclo B

¿CUÁNDO SERÁ EL FIN DEL MUNDO?

«Mis palabras no pasarán»

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¡Esto se acaba! Se marchitan las últimas flores, se recogen los últimos frutos, caen las últimas hojas, las horas de luz son cada día menos, el año litúrgico interpreta sus últimos compases, el año civil apura sus últimas semanas. El evangelio de hoy se sumerge en esta misma atmósfera. De hecho se centra en el final del mundo y de la historia. Sin que se lo preguntase nadie, Jesús hace esta profecía: «Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán» Sin embargo, se detuvo aquí, sin precisar cuándo ocurriría todo esto. Más aún, puso en guardia a sus discípulos frente a todos los adivinos y embaucadores: «Sobre el día y la hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo del hombre, sino sólo el Padre». Ningún hombre, sea sabio o ignorante, conoce si ese final está cercano o lejano. Jesús ha querido revelarnos el hecho y ocultarnos el momento. Ha querido, en cambio, enseñarnos esta gran lección: lo importante no es conocer el momento exacto del fin del mundo sino el mismo fin del mundo. Es decir, saber que la creación y la historia humana no son lo definitivo. El mundo en su condición actual no es la última obra de Dios. Queda por venir un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21, 1). Ese mundo nuevo comenzará con la venida del Hijo del Hombre. Jesucristo, con su venida gloriosa, revelará que está sentado a la derecha del Padre y dará comienzo a la nueva creación. El Padre impregnará toda la creación con la gloria divina del Hijo resucitado, el reino de Dios se afirmará definitivamente y desaparecerán todas las fuerzas hostiles a Él. Sólo Dios reinará. Y con Él, los que en su vida no se separaron de la Persona y palabras de Jesús por nada ni por nadie. Los que no quisieron cobijarse bajo esta bandera y rechazaron la comunión con Dios, no serán obligados a hacerlo en la nueva creación. Permanecerán donde están: ¡fuera de esa comunión!. Más que saber el día y la hora del fin de mundo, lo que cuenta es si ahora asumimos o rechazamos la comunión con Dios. 

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (8.XI) - Ciclo B

CANTIDAD Y TOTALIDAD

«Una pobre viuda echó dos reales»

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Estamos en el Templo de Jerusalén. Jesús se ha puesto a enseñar a la gente. Su discurso es directo y breve, pero contundente: «¡Ojo con los letrados!», dice. Es una desautorización en toda regla. Los escribas y letrados son los guías espirituales del pueblo, conocen cuál es la voluntad de Dios y animan a cumplirla. Pero Jesús les desautoriza. ¿Por qué? Porque ponen siempre su propia persona en el centro. Porque pretenden siempre ser tratados con honores: en el mercado, en la sinagoga, en los banquetes, en el ámbito público, en lo religioso y en lo privado. Sobre todo, porque devoran los bienes de las viudas y les arrebatan su patrimonio. Las viudas y los huérfanos formaban parte de las personas socialmente débiles y, por ello, estaban bajo una especial protección de Dios. El juicio severísimo de Jesús recae hoy, de modo muy especial, sobre tantos dirigentes políticos y sociales, que –a través de los Parlamentos, la televisión, la radio, la prensa-, pervierten el criterio moral y la conducta de los más indefensos: ¡los niños y adolescentes!. Aunque se vistan con la capa de una supuesta autoridad y de un falso progreso, ¡¡cuidado con ellos!! La enseñanza de Jesús al pueblo concluye aquí, pero continúa, a solas, con sus discípulos. Ha visto que la gente rica echa generosas limosnas en el cepillo del Templo y que una pobre viuda ha echado dos reales. Tan poco, que es la sexagésima parte del jornal de un obrero en un día. Jesús emite el siguiente juicio de valor: «Os aseguro –les dice- que esta pobre viuda ha echado más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra. Ella, en cambio, ha echado todo lo que tenía para vivir» Jesús no juzga por la cantidad sino por la totalidad. Me viene a la memoria aquella copla, recogida en “Camino”: «Corazones partidos yo no los quiero/ y cuando doy el mío/ lo doy entero». Esta en la medida de Dios. Incluso la de cualquier enamorado. ¿Cómo andamos tú y yo de generosidad a la hora de entregar a Dios y a los demás el tiempo, la honra y el dinero?   

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1.XI)

LA GRAN OFERTA DE DIOS AL HOMBRE

«Estad alegres y contentos»

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¿Qué es lo que Jesús tiene que ofertar a los hombres? La Bienaventuranza, dice san Mateo. Por eso ha querido comenzar el ministerio público de Jesús con las ocho bienaventuranzas. Jesús no ha venido a la tierra a ofertarnos un código moral ni un sistema de verdades. Menos todavía, un conjunto de realidades humanas para cuya realización bastan un poco de talento y un buen corazón. Lo que Él ha venido a ofertarnos es el Reino de Dios, es decir, Él mismo: su Persona y su obra salvadora. Ningún otro puede hacer tal oferta. Por eso, no entenderíamos en toda su hondura las Bienaventuranzas si pusiéramos el acento en las disposiciones, actitudes y comportamientos con que hemos de acogerlas. Ciertamente, tales actitudes y comportamientos son necesarios, porque Dios no se relaciona con cadáveres sino con personas libres y responsables; y, además, ofrece el don, no lo impone. Pero lo decisivo es que Dios se acerque a nosotros para ofrecernos la posibilidad de enrolarnos en su propia vida y compartirla por toda la eternidad. He dicho bien: para compartirla plenamente en la eternidad. Porque las Bienaventuranzas no se realizan en esta vida sino en la otra. En esta vida se incoa la posesión de Dios, la salvación, la vida eterna. Pero la total y definitiva posesión de Dios, de la salvación, de la vida que es Vida se realizará cuando este mundo haya pasado y aparezcan los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva. Esto sólo es posible por el inmenso amor que Dios tiene al hombre. De ahí que las Bienaventuranzas sean una proclamación solemne y reiterada de que Dios se nos dará a Sí mismo y con Él la satisfacción plena, total y eterna de los deseos y aspiraciones más vehementes que anidan en nuestro corazón. Vale la pena que seamos pobres de espíritu (humildes de cabeza, corazón y vida), misericordiosos, pacíficos, limpios de corazón, hambrientos de santidad y justicia, perseguidos por ser fieles a Jesucristo. El que tiene ahora el espíritu de las Bienaventuranzas, será Bienaventurado después de su muerte.¡Y  para siempre!   

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO (25.X) -Ciclo B

¿PUEDES ASEGURAR QUE NO ESTÁS CIEGO?

«Señor, que vea»

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Estamos a las afueras de Jericó. Jesús va hacia Jerusalén, acompañado de una gran muchedumbre. A la vera del camino está sentado un hombre para el que no sale ni se pone nunca el sol. No puede ver a nadie ni trabajar y depende de la compasión del prójimo. Se llama Bartimeo, está ciego. Su puesto de trabajo está junto al camino, en espera de que los peregrinos que suben a la Ciudad Santa le den una limosna. Sin embargo, gracias a sus oídos, puede hacerse cargo de lo que acontece a su alrededor y saber que Jesús de Nazaret está pasando por allí. En otras ocasiones le han contado que Jesús hace milagros y quiere a los pobres. Y él, que está acostumbrado a gritar para pedir limosna, grita con todas sus fuerzas para que Jesús pueda oírle: «Hijo de David, ten compasión de mí; Hijo de David, ten compasión de mí» Los que van delante y están más cerca, no tienen compasión y le regañan. Nunca faltan personas que no tienen simpatía por los niños, por los impedidos y por los mendigos. Pero el ciego no se deja intimidar y grita con más fuerza: «Hijo de David, ten compasión de mí» La llamada del ciego llega hasta Jesús. Él no tiene entrañas duras sino rebosantes de misericordia; y manda venir al ciego. Jesús y el ciego entablan un diálogo lleno de veracidad y de ternura. Jesús le dice: «¿Qué quieres que haga contigo?» ¡Qué puede pedir un ciego sino la vista de la que está privado¡ Por eso, responde al instante y con vivacidad: «¡Señor, que vea!» Jesús no se hace de rogar y le cura de inmediato. ¡¡Si tú y yo tuviéramos una pizca de la fe-confianza de este maravilloso ciego!! El problema no son nuestros problemas materiales y espirituales. El problema somos nosotros que no tenemos fe. Nosotros estamos tan ciegos como Bartimeo, porque no vemos las cosas más fundamentales y primarias de la vida y de los hombres. Pero no tenemos la confianza y la fe que él tenía en Jesús. ¿No te  parece que deberíamos pedir a Bartimeo la limosna de sus palabras y de su confianza para repetir muchas veces, hoy y durante esta semana, «¡Señor, que vea!?»