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LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO (18.X) - Ciclo B

LO QUE VA DE «SERVIR» A «SEGUIR»

«No sabéis lo que pedís»

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Seguimos en el camino de Jerusalén, hacia donde Jesús se encamina acompañado de los Doce Apóstoles. En la cabeza del grupo van el mismo Jesús, junto con Santiago y Juan, que quieren hacerle esta importante petición: «Concédenos sentarnos en tu gloria el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». O, lo que es lo mismo, ocupar los dos primeros puestos en su reino. Oyendo esta petición, se comprende bien que Santiago y Juan eran  muy ambiciosos y con ganas de sobresalir. La verdad es no se diferenciaban mucho del resto, porque cuando los demás lo oyeron, «se indignaron contra Santiago y Juan», porque también ellos tenían las mismas aspiraciones. Jesús volvió a explicarles una lección que les costaba entender: «El que quiera ser grande, que sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos». Jesús no hace teorías, sino que les traduce en una frase su modo de comportarse: siendo el más grande, porque es Dios, se ha hecho servidor de todos, entregando su propia vida para librarnos a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte. El Padre había hecho depender de ese servicio la salvación de los hombres. Jesús lo realizó con absoluta perfección, pues entregó su vida sin reservarse nada. Gracias a ese supremo servicio, alcanzó la suprema grandeza, porque, de hecho, el Padre aceptó el servicio de su vida y salvó a todos los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte. Los discípulos de Jesús tenemos hoy una gran misión que cumplir: liberar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo de la triple ambición del poder, del poseer y del disfrutar, que les tiene esclavizados en el  pecado, les ha robado la alegría y está poniendo en serio riesgo su salvación eterna. Pero no tenemos más camino que el de «dar la vida», entregarnos con generosidad y alegría, hacernos grandes por el servicio con obras. Si lo hacemos, la cosecha será espléndida. Pero si preferimos la comodidad, la ambición y el  brillo personal, la esterilidad está asegurada. Lo que está en juego entre nuestro «servir» con obras y de verdad a los hombres y «seguir» a Cristo es nuestra salvación y la de los demás.  

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO (11.X) - Ciclo B

¿ERES RICO?

«Él se marchó triste»

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La pregunta no es retórica. La exige el evangelio de hoy, conocido como «el del joven rico». Un muchacho se acercó a Jesús y le preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Tras escuchar la respuesta: «Guarda los mandamientos», añadió contento: «Los he guardado siempre». Jesús «le miró complacido» La escena no podía comenzar mejor. Luego Jesús añadió: «Te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y ven y sígueme». Fue aquí cuando las cosas se torcieron. Porque el joven, al oírlo, se puso triste, agachó la cabeza y se fue. San Marcos nos ha dejado escrito: «Tenía muchos bienes» Jesús se le quedó mirando y quizás recordó el «sígueme» que un día había hecho a Juan, Andrés, Santiago, Mateo y su respuesta generosa: «Dejándolo todo, le siguieron» Lo cierto es que, mientras veía alejarse al joven, añadió: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» Los discípulos se quedaron impresionados, pero Jesús enfatizó: «¡Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios!». Ellos se quedaron aún más asombrados y Pedro, en nombre de todos, añadió: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» Jesús le contestó con unas palabras que a mí me encantaría podérmelas aplicar con verdad: «Os aseguro que quien deje casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» Vuelvo a hacerte la pregunta, dando por supuesto que  no tienes mucho dinero en el banco ni en acciones: ¿Eres rico? Es decir: ¿A qué cosas, personas, preferencias, prejuicios, necesidades... estás tan apegado, que te impiden decir «sí» a lo que Jesús ahora te está pidiendo? Yo te aseguro que hay muchos -¡muchos!- que están tan atenazados por «algo», que les impide vivir el noviazgo y el matrimonio como Dios quiere, entrar en un seminario o en un convento, o salir de una vida apoltronada. ¡Respóndete con sinceridad! Porque de ello depende que seas feliz o sigas estando triste.       

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO (4.X) -Ciclo B

EL DIVORCIO ES CONTRARIO AL PLAN DE DIOS

«El que se casa con otra, comete adulterio»

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El evangelio de hoy afronta un problema de máxima actualidad: el divorcio. Jesús no abordó el problema por iniciativa propia, pero, al planteárselo los fariseos, cerró cualquier resquicio de duda. Los fariseos le formularon claramente la cuestión: «¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?». Probablemente, conocían ya el punto de vista de Jesús, pero para enemistarle con quienes se divorciaban o para enfrentarle con el rey Herodes –que había encarcelado al Bautista, precisamente por recriminar su relación concubinaria con Herodías-, lo cierto es que quieren que manifieste públicamente su pensamiento. La respuesta era comprometida, pues, gracias a una mala interpretación de la ley de Moisés, era praxis común que los hombres se divorciaran -las mujeres no podían  hacerlo de sus maridos-, aunque se discutía sobre los motivos. Jesús dirimió la cuestión con la absoluta concisión y claridad: «Al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por eso, abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús deja sentado cuál es el plan de Dios sobre el matrimonio: el varón y la mujer que lo contraen, no pueden divorciarse nunca. Ya en casa, sus discípulos vuelven sobre la cuestión. Jesús confirma su doctrina y declara tajantemente: «Si uno se divorcia de su mujer, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio» Jesús no habla “del sacramento” del matrimonio sino del matrimonio tal como lo ha hecho Dios. Por eso, su respuesta sobre el divorcio no afecta sólo a los católicos. Afecta a todo hombre y mujer que se casen realmente, aunque no estén bautizados. Bien es verdad que si un católico se divorcia, no puede acercarse a comulgar y, si lo hiciera, cometería un gravísimo pecado. Sin embargo, es bueno que vaya a la Eucaristía, para que pueda beneficiarse de la misericordia divina.       

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO (27.IX) - Ciclo B

UNA RUEDA DE MOLINO MUY ESPECIAL

«Estaría mejor en el fondo del mar»

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El evangelio de este domingo es de los que ponen los pelos de punta y liberan al cristianismo del buenismo y de la blandenguería. Jesucristo no quería meter miedo a los apóstoles ni nos lo quiere meter a nosotros. Pero es honrado y nos dice que no todo le da igual y que hemos de pechar con las decisiones que tomamos. Más en concreto, a Jesús no le da igual que demos buen ejemplo a las personas sencillas y normales que creen en él y le siguen, o que les pongamos un obstáculo que ponga en peligro su unión con él. Muy al contrario, este último proceder le molesta tanto, que, al que lo haga, le dirige esta terrible sentencia: «Sería mejor que le colgasen una rueda de molino en el cuello y le pusiesen en el fondo del mar»  Es un modo de decirnos que el escándalo hay que evitarlo a cualquier precio. Algo parecido ocurre cuando somos nosotros los que nos escandalizamos. Pocas cosas apreciamos tanto los ojos, las manos y los pies. Pues bien, «si tu mano te hace caer, córtatela», «si tu pie te hace caer, córtatelo» y «si tu ojo te hace caer, sácatelo». Es claro que «mano», «pie» y «ojo» no han de ser tomados en sentido literal sino metafórico. Pero la enseñanza de Jesús es clara: estar en comunión con él, estar unido a él, es el valor supremo, de modo que hay que sacrificar incluso lo que consideramos más valioso. Podemos, ciertamente, no hacerlo, porque somos libres para abusar de nuestra libertad. Pero si lo hacemos, Jesús no nos engaña: seremos echados a la «gehenna», es decir: seremos excluidos de la eterna comunión de vida con Dios, del Cielo. No es Dios quien nos excluye. Nos excluimos nosotros mismos con nuestras decisiones y con nuestro modo de vivir. Tenía razón el que dijo que «nadie toma tan en serio al hombre como Dios, porque deja en sus manos el autoexcluirse de vivir con él para siempre». Tengamos el valor de preguntarnos cómo respetamos la vida-los bienes-la fama-la mujer del prójimo, qué ejemplo damos a los hijos y subordinados, qué enseñamos a nuestros alumnos, de qué y cómo informamos. Preguntas muy serias, pero ineludibles.           

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (13.IX) - Ciclo B

DOS EXIGENCIAS PARA SEGUIR A JESÚS

«Tú no piensas como Dios»

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Jesús ha dejado Galilea y se encuentra en el territorio pagano de Cesarea de Filipo camino de Jerusalén, donde se cumplirá su destino. En un recodo se detiene y hace a los discípulos la pregunta más radical que puede hacerles: «Vosotros ¿quién decís que soy Yo?» Pedro responde con claridad: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús alaba su respuesta, porque ha dicho la verdad: Él no es simplemente un gran hombre o un promotor de un gran programa de humanidad y de justicia, sino el Mesías anunciado y esperado durante muchos siglos. Luego, comienza a instruirles sobre el porqué de su subida a Jerusalén. Les habla con toda claridad: será apresado, condenado, crucificado y muerto; aunque al tercer día resucitará de entre los muertos. Es la primera vez que les habla claramente de su pasión y resurrección. Volverá a hacerlo en dos ocasiones más. Ellos no lo entienden. Más aún, Pedro, que hace un momento le ha reconocido como Mesías, es el primero que expresa su oposición: «Le llevó a parte y se puso a increparle: ¡No puede ser, Dios no lo quiera!». Con toda energía quiere hacer comprender a Jesús que ese camino es absurdo. Pero Jesús, con no menos energía, rechaza su propuesta y le dice estas tremendas palabras: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios». La respuesta de Pedro expresa la instintiva repugnancia humana al sufrimiento y a la muerte  y revela que nuestra instintiva reacción humana puede estar en abierto contraste con la voluntad de Dios. Aunque no lo entiendan y hasta les parezca absurdo, los discípulos de Jesús tienen que seguir el mismo camino del Maestro: asumir el sufrimiento, renunciar a sí mismos y llevar la cruz. Saber decir «no» al propio yo cuanto éste entra en contraste con el seguimiento de Jesús y aceptar los sufrimientos y amarguras destinadas a cada uno personalmente (la propia cruz). La renuncia y la cruz no son dos fines en sí mismos sino dos condiciones para seguir a Jesús. ¡Indispensables! Pero lo maravilloso es que por ellas llegan los frutos apostólicos, la resurrección y la gloria eterna.

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO (6.IX) - Ciclo B

JESÚS SABE QUERER

«Todo lo ha hecho bien»

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Estamos en la Decápolis, al este del lago de Genesaret, en territorio pagano. Hasta allí ha llegado la fama milagrera de Jesús. Por eso, no dudan en llevarle un enfermo que está sordo y mudo para que le cure. Jesús sabe muy bien que esa persona no puede hablar ni  escuchar, que no puede relacionarse con los de su familia, trabajo y entorno social. No se hace de rogar y le cura. Pero, a diferencia de otras ocasiones, en las ha curado con una palabra, hoy da un rodeo. Toma al sordomudo de la mano, le aparta de la muchedumbre, le pone los dedos en sus orejas y le toca la lengua. El sordomudo puede percatarse de que Jesús no es una máquina de hacer prodigios, sino alguien que le quiere. Enseguida descubrirá la verdad y la hondura de este amor. Porque Jesús no sólo le dio la posibilidad de hablar y oír, sino de hacerlo «correctamente», puntualiza el evangelista. ¡Qué ejemplo para quienes nos llamamos discípulos suyos! En nuestro caminar por la vida nos encontramos con sordos, mudos y toda clase de enfermos y necesitados. Muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de las tragedias que hay a nuestro alrededor. Otras, las más, nos damos cuenta pero nos justificamos con un egoísta y cómodo «no puedo hacer nada» ¡Podemos hacer mucho! Podemos escuchar con interés y afecto. Podemos decir una palabra de consuelo y de ánimo. Podemos hacer esto y aquello. Podemos, sobre todo, querer de verdad a esa persona y rezar por ella. Si tuviéramos verdadero interés por los enfermos del cuerpo y del alma, por los necesitados materiales y espirituales, por los pobres en la variada gama de carencias efectivas y afectivas4, volveríamos a causar el mismo asombro que Jesús y serían incontables los que descubrirían o redescubrirían la fe cristiana. No es imprescindible que eliminemos la enfermedad y el dolor. Jesús no curó a todos los enfermos ni acabó con todas las necesidades. Pero su obrar hizo cercano el rostro y el reino de Dios y demostró, de una vez por todas, que Él quiere para los hombres la salud, la posibilidad de comunión y la vida plenamente realizada.  

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO (30.VIII)- Ciclo B

¿QUIÉN TIENE UN CORAZÓN LIMPIO?

«Su corazón está lejos de mí»

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El evangelio de este domingo comienza con una cuestión que a nosotros puede parecernos intrascendente, pero que tenía mucha importancia para los contemporáneos de Jesús: si lavarse las manos antes de las comidas condiciona o no  nuestra relación con Dios. «Los fariseos y los demás judíos –aclara el evangelio- no comían sin lavarse antes las manos, restregándolas bien». Por eso, cuando vieron que «algunos discípulos» de Jesús no lo hacían, se encararon con él: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» Jesús no anduvo por las ramas y les  contestó de modo tan inesperado como contundente: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a vuestras tradiciones» Jesús ha subido tantos peldaños, que ha planteado la cuestión más fundamental: cuál es la base desde la cual hemos de valorar nuestro comportamiento y qué es lo que tiene peso determinante en nuestras relaciones con Dios. Para Jesús lo determinante son los mandamientos de Dios. De ellos depende que nuestro corazón esté limpio o manchado. Jesús lo muestra con unos ejemplos. Concretamente, enumera las maldades de la fornicación, el robo y el homicidio; recuerda algunas actitudes que las originan, como la codicia, la envidia, la falsedad, y concluye con algunas realidades que atañen directamente a nuestra relación con Dios y, por tanto, al ámbito de los tres primeros mandamientos: la blasfemia y el orgullo, que son lo contrapuesto a la alabanza y adoración de Dios. De este modo, la cuestión de la pureza e impureza se convierte, por así decir, en un comentario al Decálogo o Diez mandamientos de la Ley de Dios. El camino para ser limpios es comportarnos no según las normas humanas sino según la voluntad de Dios, expresada en los mandamientos. La pregunta es ineludible: ¿Tú y yo seguimos en nuestras actuaciones y omisiones los mandamientos de Dios o los dictados de la moda, lo considerado moderno, lo políticamente correcto o lo que dice la mayoría.

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO (23 de agosto) -Ciclo B

FIARSE O DESCONFIAR DE DIOS

«Tú tienes palabras de vida eterna»

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«Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso?» Son palabras que espantan. Porque no las dicen quienes son sus enemigos o los que nunca han tomado en serio a Jesús. ¡Son palabras de discípulos!, de gente que le han seguido con ilusión y, quizás, con entusiasmo. Debería haberles entusiasmado o, cuando menos, sorprendido la gran promesa eucarística. Pero les pudo su racionalismo y rechazaron que Jesús pudiera prometer que un día se daría él mismo como alimento espiritual para que pudieran vivir la misma vida de Dios. Era tan suprarracional la propuesta, que sólo cabía esta alternativa: fiarse de él o rechazarle frontalmente. Había que optar entre el «dos y dos son cuatro y, por eso, lo acepto», o entre «Dios es más grande que yo y me fío de él, aunque supere mi comprensión racional o empírica». Ellos prefirieron su punto de vista y sentenciaron: «Este modo de hablar es inaceptable». Sus razonadas sinrazones les enfrentaron nada menos que con la misma Palabra de Dios y se pasaron al ateísmo militante. Jesús, que no tiene un corazón  de madera ni de corcho, sintió la deserción tanto como la habríamos sentido uno de nosotros. Pero no sacrificó la verdad por miedo a perder adictos. Al contrario, se ratificó en su enseñanza y, vuelto a los apóstoles, les dijo: «¿También vosotros queréis marcharos» ¿También vosotros decís que es inaceptable mi doctrina eucarística y que  no se me puede hacer caso? ¡Qué maravillosa la respuesta de Pedro!: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios» Jesús se dirige ahora a ti y a mí y nos pregunta: «Tú, ¿te fías de Mí, crees que yo estoy presente como persona viva en la Eucaristía y me doy como alimento tuyo cuando comulgas» o piensas que «eso» es una tontería, que sólo lo acepta la gente no inteligente e incapaz de pensar por su cuenta? No quiero ni pensar que podamos responder con altanera autosuficiencia. Nos conviene decir con Pedro: «Señor, sólo Tú tienes palabras de vida eterna».

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO (9.VIII) - Ciclo B

PAN, EUCARISTÍA Y FE

«Yo soy el pan vivo bajado del Cielo»

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Seguimos en la sinagoga de Cafanaún. Jesús sigue llevando a sus oyentes hasta la gran revelación de la Eucaristía. Pero su discurso no sube en ascensor sino por una escalera de caracol. Es demasiado denso e importante para ir deprisa. Comenzó siendo un panadero capaz de saciar de pan a las multitudes hambrientas. Luego él mismo se hizo pan. Hoy da un paso más: Él es un pan que no se ha amasado en ninguna panadería de la tierra. Lo ha amasado y cocido el Padre en el cielo. Por eso, no hiperboliza ni fantasea cuando dice: «Yo soy el pan que ha bajado del Cielo». Al contrario, es una confirmación de lo que ya sabíamos desde el Prólogo del evangelio de san Juan, a saber: Que «en el principio existía ya el Verbo», la Palabra Eterna, el Hijo del Padre. Y que ese Verbo y Palabra Eterna, «era Dios y estaba junto a Dios» y «se hizo carne y habitó entre nosotros». Sin esta radical carnicidad del Verbo, la Eucaristía nunca habría sido posible. Porque la Eucaristía –nos lo dirá el evangelio del domingo próximo- es la Carne del Verbo hecho verdadero hombre, Muerto y Resucitado: «El pan que Yo os daré es mi Carne, para la vida del mundo». Todo esto es demasiado elevado y demasiado profundo para que quepa en una mente humana, por muy extraordinaria que sea su capacidad. Para «entenderla» hace falta el plus de la fe. Por eso insiste Jesús: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que me ha enviado», nadie puede comer al pan amasado por el Padre, si no se lo da el mismo Padre. Hace falta la fe. Pero como don, no como conquista humana. Como algo suplicado, pedido con insistencia, demandado con humildad y perseverancia. ¡Cuántas veces lo he experimentado en mis años de sacerdote, ante gente que me decía casi gritando: «Quiero creer, pero no puedo»! «Reza con humildad y con perseverancia», he contestado siempre, porque la fe no es cuestión de puños ni de fuerza de voluntad. Baja de tu autosuficiencia, sé pobre ante el Padre y el Padre te llevará hasta su Hijo, Pan Vivo que ha enviado para que tengamos vida. La misma vida de Dios.         

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO (26.VII.09) - Ciclo B

DADLES VOSOTROS DE COMER

«Decid a la gente que se siente»

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Le seguía una inmensa muchedumbre, hambrienta de pan y de Dios. La gente, enfervorizada, no se cansa de escucharle. Habla como no han oído hablar a nadie. En el fondo y en la forma. Jesús les embelesa de tal modo, que hasta se olvidan que tienen que comer. Los apóstoles, «más realistas», le dicen, caída ya la tarde: «estamos en descampado. Despide a la gente y que vayan a sus casas, porque de lo contrario van a desfallecer» Jesús les contesta de modo desconcertante: «dadles vosotros de comer» La réplica le sale espontánea a Andrés: «aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada. Pero ¿qué es esto para tanta gente?» Efectivamente, no servía ni para que comieran un bocado aquellos cinco mil hombres, y otras tantas mujeres y niños. A Jesús no le importa, porque él es un panadero que puede multiplicarlos indefinidamente. Y así ocurre. Manda que la gente se siente y que los apóstoles comiencen a repartir. Hay mucho apetito y todos comen hasta saciarse. Al final Jesús da esta orden a los apóstoles: «recoged las sobas, que nada se pierda» Obedientes, van echando los trozos en cestos y luego les cuentan: «doce», puntualiza el evangelista. El de hoy no es el único ni el mejor pan que Jesús les quiere dar. Se lo dirá mañana en la sinagoga de Cafarnaún, cuando haga esta revelación: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». ¡Qué desconcertantes somos los hombres y las mujeres! Los mismos que hoy le siguen enfervorizados, mañana, lejos de alegrarse por tan maravillosa promesa, le volverán la espalda. Su materialismo les afinca en el pan que mata el hambre del cuerpo. Pero Jesús sabe que en el corazón del hombre hay «otro» hambre: el hambre de felicidad verdadera, de verdad sin tapujos, de justicia sin componendas, de amor auténtico, ¡el hambre de Dios!. Él es él único que puede saciarlo. ¿Por qué nuestra reacción es alejarnos de Jesucristo, que es el único panadero que fabrica y distribuye ese pan en la Eucaristía?

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO (19 de julio) - Ciclo B

TRABAJO, DESCANSO Y ENTREGA
«Estaban como ovejas sin pastor»

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Tres son las enseñanzas del evangelio de hoy: la dependencia esencial de la misión de los apóstoles respecto a Jesús; la preocupación de Jesús por el descanso de los apóstoles y el inmenso amor de pastor que Jesús siente hacia las almas. La dependencia de los apóstoles de Jesús, queda patente en el hecho de volver a él y darle cuenta de su actividad: «Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado». Los Apóstoles no pueden cambiar el mensaje recibido en función de sus gustos o de los deseos de los oyentes. Esto vale para los primeros doce apóstoles y vale también para la Iglesia de nuestros días. No es una desagradable limitación de su libertad sino exigencia de su lealtad hacia su Señor. Jesús es el único punto de mira, el único horizonte hacia el que deben mirar los apóstoles de todos los tiempos. Cuanto mayor sea la fidelidad en la escucha y en la comunión con Jesús, tanto más vinculante será la palabra que prediquen. Jesús, tras escucharles, advierte que han trabajado mucho y que necesitan descansar. Les invita en estos términos: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Jesús les había enviado exigiéndoles esfuerzo y fatiga en el servicio apostólico, porque el que quiere una vida cómoda no es apto para este servicio. Pero Jesús sabe muy bien que el descanso y la tranquilidad son imprescindibles para el cuerpo y para el espíritu. Sólo quien sabe descansar sabe trabajar, porque sólo él es realmente «señor» de su tiempo y de su actividad. Hoy existe miedo a la tranquilidad, y el ruido, la agitación y la huida son el lugar al que vamos con demasiada frecuencia. Jesús buscó este descanso para los suyos, pero todo quedó en un buen deseo. Porque al desembarcar, vio una inmensa muchedumbre «y le dio lástima, pues estaban como ovejas sin pastor». Y, sin dudarlo dos veces, «se puso a enseñarles con calma». Se impuso su amor de pastor. ¡Qué ejemplo más impresionante para todos los ministros del Evangelio!: no es tiempo de preocuparse de uno mismo ni para reservarse. Es la hora de la dedicación exclusiva.

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO (12 de julio) - Ciclo B

RECHAZAR AL MENSAJERO Y AL MENSAJE

«Sacudid el polvo de las sandalias» 

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«Los llamó para que estuviesen con  él y para enviarles a predicar» Con esta sencillez y claridad narra san Marcos la elección de los Apóstoles. A la altura del relato evangélico de este domingo, ya se ha cumplido el primer objetivo: han estado día y noche con Jesús, han visto de qué y cómo predica, han contemplado cómo trata a los  niños, a los enfermos y a las personas importantes, se han pasmado al ver cómo expulsa a los demonios y cómo cura las enfermedades y dolencias del pueblo. Ahora ya poseen el mínimo indispensable para ser enviados a anunciar el evangelio. Y, efectivamente, Jesús les envía a predicar que sólo Dios es el Señor y que ese señorío está a punto de manifestarse. Con su palabra y acciones, los discípulos deben mostrar que el mensaje sobre el señorío único de Dios es verdaderamente una Buena Noticia que aporta felicidad y alegría a los hombres. Este es su único bagaje. No deben llevar dinero ni pertenencias. En cada aldea a la que lleguen para evangelizarla, vivirán en la casa que los acoja y comerán y beberán lo que coman y beban los demás. No deben hacerse ilusiones. No todos los recibirán, porque la suerte del discípulo no puede ser distinta de la del Maestro, y a él le han rechazado muchas veces. Cuando esto ocurra, no deben marchar corriendo, como perros apaleados, sino «sacudir el polvo de su calzado», subrayando con ese gesto inequívoco el rechazo de que son objeto y haciendo conscientes a los que así actúan de la gravedad de su comportamiento. Rechazarles a ellos como mensajeros y rechazar su mensaje es rechazar al que los envía. Jesús continúa hoy enviando a sus apóstoles en la persona del Papa y de los obispos. El mensaje que anuncian no es suyo sino de Jesús. La libertad humana puede aceptarlos o rechazarlos. Pero asumiendo las consecuencias: rechazarlos como mensajeros de Jesús es rechazar al mismo Jesús. ¡Triste suerte la de la libertad humana! Tú y yo ¿en dónde nos situamos?      

 

 

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO (5 de julio). Ciclo -B

NAZARET RECHAZA A JESÚS

«No pudo hacer allí ningún milagro»

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Es sábado y estamos en la sinagoga de Nazaret. Como ha hecho en Cafarnaún y en otros muchos lugares, Jesús ha venido a su pueblo porque sus paisanos también tienen que saber que Él ha sido enviado por el Padre para llamarles a la conversión y a la fe en el Evangelio. El público que hoy tiene delante es muy especial, porque son personas que le conocen desde niño. Comienza su homilía y ocurre lo mismo que en todas partes: todos quedan impactados y asombrados. Y se hacen una pregunta, lógica y bien intencionada: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría le han enseñado?» Después de haber convivido con Él durante tres decenios, tienen que concluir que «esto es nuevo», que antes no se comportaba así. Pero la pregunta «de dónde saca esto?», implica preguntarse si «recibe esto de los hombres o lo recibe de Dios?» y, necesariamente, formularse la gran cuestión:  «si lo recibe de Dios ¿qué hemos de hacer?» Los nazarenos no responden con razones sino con prejuicios y emociones. Jesús les parece demasiado conocido y vulgar para considerarlo como el enviado de Dios. Y llega el rechazo. A Jesús no le fue nada fácil conseguir que los hombres le reconocieran como mensajero de Dios y aceptaran su mensaje. No le fue fácil en su pueblo, ni en Cafarnaún, donde tantos le volvieron la espalda tras el anuncio de la Eucaristía, ni en ninguna parte. Llegará un momento en el que se escandalizarán de Él sus discípulos, cuando le vean apresado y llevado a la Cruz. Pablo, cuando todavía era Saulo, tendrá por locura que un crucificado pueda ser el Mesías. Con todo, no deja de ser trágico lo que señala el evangelio, al finalizar la crónica nazarena: «No pudo realizar allí ningún milagro». Donde falta la fe en Él, Jesús no puede hacer cosas grandes. Tiene poder para hacerlas, pero el terreno no es receptivo. Tú, que me estás leyendo, ¿crees que Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios y el Mesías Salvador? De tu respuesta –positiva o negativa- dependerá que realice en ti los milagros que necesitas. Sería triste que le atases las manos.

 

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO (28.VI) -Ciclo B

JESÚS Y LA MUERTE

«¡Muchacha: Levántate!»

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Jesús acaba de desembarcar, tras haber calmado una gran tempestad en el mar de Tiberíades. Enseguida se arremolina mucha gente, entre la que destaca Jairo, el jefe de la sinagoga de la cercana Naín, aldea próxima a Nazaret. No viene en calidad de jefe sino de padre de una niña que se le está muriendo y pide a Jesús que remedie la situación. Jesús y Jairo se ponen en camino hacia Naín. En estas, alguien se acerca a Jairo y le dice a media voz: no molestes a Jesús, porque la niña acaba de morir. Jesús alcanza a escucharlo y, volviéndose, dice a Jairo: «No te preocupes. Ten fe». Ante un muerto, los hombres somos absolutamente impotentes. Incluso el médico más afamado tiene que limitarse a llorarle y enterrarle. Pero esto no vale para Jesús. Jairo no ha tenido todavía oportunidad de experimentarlo, pero pronto será un testigo de primera mano. De momento, se fía más de Jesús que del criado que le ha certificado la muerte de su hija. Cuando llegan a casa, sus ojos contemplan otro testimonio que confirma la muerte de su hija. Allí están las plañideras -¡las lloronas oficiales!-, como siempre que hay difunto en casa. Jesús se dirige a ellas y les dice, con aplomo, estas enigmáticas palabras: «La niña no está muerta, sino dormida». ¡Muerta y bien muerta estaba! Jesús se hace acompañar de Jairo, su esposa y los tres discípulos predilectos, y sube a la habitación donde está la niña muerta. No hace aspavientos ni teatralidades. Le toma de la mano y le dice con imperio: «Talitha qumi», que en lenguaje paladín suena así: «Niña, a ti te lo digo, levántate». Ella, también con sencillez y naturalidad, se levanta y se pone a caminar. Y Jairo, su mujer, los discípulos, las plañideras y el gentío que se ha congregado proclama con asombro que «esto» no lo hacen los hombres. Y no se equivocan. Porque Jesús es Dios. El que cree en Jesús y le sigue con la fe de Jairo, al final de su vida comprobará que su muerte es un dormirse para resucitar para nunca más volver a morir. ¡Esta es la fe de los cristianos!      

DOMINBO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO (21.VI.09) - Ciclo B

MIEDO DE LOS HOMBRES Y PODER DE CRISTO

«¡Sálvanos, que perecemos!»

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Estamos en medio del lago de Tiberiades. Atardece. Jesús va en la barca con sus discípulos hacia la otra orilla. Otras barcas les acompañan. El lago está como una balsa de aceite. Pero va a durar poco la calma, porque está a punto de estallar una gran borrasca. Llegará cuando Jesús se quede profundamente dormido. Los apóstoles están acostumbrados a este tipo de borrascas y saben que, a veces, su vida corre peligro. Viejos lobos de mar, se dan cuenta de inmediato de que la de hoy es de esas borrascas amenazantes. Y sienten miedo. Tanto, que se ponen a gritar. ¡Ellos, pescadores avezados y curtidos en mil batallas de mar, gritando de miedo y gritándole a Jesús! ¿«No te importa que nos hundamos»?, claman asustados y nerviosos. Ciertamente, están en situación de peligro. De mucho peligro. Pueden naufragar y hundirse. Así podría ocurrir si Jesús no estuviera en la barca. Acompañar a Jesús lleva consigo, muchas veces, ponerse en peligro. Incluso en peligro de perder la vida. Pero lo que cuenta –ahora y siempre- no es la fuerza del peligro ni la debilidad nuestra. Lo que cuenta es que Jesús vaya en la barca. Si hay unión, comunión, entre Jesús y sus discípulos, no hay que tener miedo. Por eso, Jesús –que ya se ha despertado-, se encara con los apóstoles y les apostrofa: «¿Por qué tenéis miedo?». No os dais cuenta de que yo estoy aquí con vosotros. Luego les da la explicación: «Increpó al viento y dijo: ¡silencio, cállate!» Habitualmente, las fuerzas de la naturaleza –una gota fría, un terremoto, un incendio pavoroso- perturban a los hombres y no hacen el menor caso a lo que éstos les imperan. Pero aquí va alguien que es más que hombre. Al oír «¡silencio, cállate!», el viento se para y viene una gran calma. Luego, Jesús pregunta: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Les reprocha mirar sólo el peligro, las dificultades, las fuerzas amenazadoras. La lección que han de aprender es enormemente actual para nosotros: Lo único que cuenta es estar en la misma barca que Jesús. No hay ninguna situación que él no pueda dominar. ¡¡Ninguna!! Entonces y ahora. Y siempre.    

DOMINGO 10 DEl TIEMPO ORDINARIO (7.VI). Santísima Trinidad

TODO EL MUNDO ES LA HEREDAD

«Id al mundo entero»

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«Id al mundo entero. Haced discípulos míos a todos los hombres. Bautizadlos. Y consagradlos al Padre y el Hijo y al Espíritu Santo». Estas cuatro frases condensan el evangelio de este domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad. En primer lugar, Jesús da a sus Apóstoles un mandato: «Id al mundo entero». Es un imperativo, no un simple ruego, cuyo horizonte son todos los hombres y mujeres del mundo. Él, Jesucristo, es el Señor de todos, porque ha dado su vida por todos y a todos les ha reconciliado con su Padre. Por eso los Apóstoles han de  ir a todos y comunicarles esta Gran Noticia y hacerles discípulos suyos. Ser discípulo comporta vivir la propia vida con Jesús y seguir su ejemplo. No se puede ser discípulo, no se puede ser cristiano, si permanecemos distanciados de Jesús o si acogemos parte de su mensaje, en función de nuestros gustos o caprichos. Para ser discípulo, es indispensable dejarse ganar por Jesús de modo que sea Él el que moldee nuestros pensamientos, nuestros proyectos, nuestras ilusiones, nuestra actividad, en una palabra: nuestra vida entera. El Bautismo es el medio por el cual uno se convierte en discípulo de Jesús, pues el Bautismo realiza lo que simboliza y lo que simboliza es una inmersión total en la vida divina. Bautizarse es bañarse, sumergirse plenamente en la vida de Dios, en el ámbito de la vida y protección del Dios trinitario: «Bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Este en el núcleo del mensaje de Jesús. Él nos ha revelado a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. El Dios que nos ha dado a conocer Jesucristo no es un Dios solitario, un Dios que está sólo sino un Dios que tiene interlocutor. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo viven en comunión. Junto a Dios Padre está el Hijo y ambos están unidos por el Espíritu Santo en el amor divino. Nosotros somos bautizados en el nombre de este Dios que es en sí mismo comunión y por el Bautismo somos acogidos en la familia de Dios, pasamos a ser hijos e hijas de Dios. ¡Qué grande es el Dios cristiano y qué inmensa suerte formar parte de su familia!   

PENTECOSTÉS (31.V.09) -Ciclo B

NECESITAMOS AL ESPÍRITU SANTO

«Recibid el Espíritu Santo»


 

 

Estamos en el Cenáculo, la tarde de la Resurrección. Los Apóstoles ya han oído a María Magdalena que Jesús ha resucitado. Deberían estar rebosantes de alegría y de seguridad. Con todo, el miedo les sigue atenazando y no se atreven a salir de casa. En estas, el Resucitado se hace presente. Primero les convence de que está vivo. Después les confía una misión. Les enseña las manos y el costado. Son las manos

traspasadas por los clavos y fijadas en la cruz. Es el costado atravesado por la lanza del soldado, del que manó sangre y agua, como símbolos de la Iglesia y de los sacramentos, especialmente del Bautismo y la Eucaristía. Jesús se ha dejado clavar en una cruz porque ha sido enviado desde el amor del Padre como salvador del mundo. O lo que es igual: para dar a conocer al mundo a Dios como Padre y para cargar sobre Sí con todos los pecados de todos. Lo que ellos ya saben, han de darlo a conocer a los demás, ya que su misión es la misma que la de Jesús. Solos no podrán. Pero terminarán pudiendo con el Espíritu que les comunicará Jesús, cuando sople sobre ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo». Ahora sí. Ahora ya pueden anunciar la gran amnistía que Dios ha concedido al mundo por la Cruz y Resurrección de su Hijo. Más aún, podrán realizarla en cada hombre y en cada mujer. Primero, tendrán que anunciarla con la Palabra. Luego, celebrarla con el sacramento del Bautismo. La misión de los Apóstoles, como la de Jesús, no puede ser más que una misión de salvación. Su relación con los hombres no tiene otro fin que anunciarles que Dios les ama como Padre y que desea perdonarles. No violentarán las conciencias, porque es el hombre quien libremente ha de abrirse o cerrarse. Sólo la libertad puede acoger la salvación o dictar sentencia condenatoria contra sí misma. Estamos en unos momentos de especial cerrazón a la salvación que Dios oferta. Es urgente una nueva venida del Espíritu para que nos convenza de nuestra estupidez, de nuestra ceguera, de nuestra miseria. Sólo Él puede cambiarnos. ¡Por eso le necesitamos tanto!             

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (24.V.09)- Ciclo B

MIRANDO AL CIELO Y AL SUELO

«Id al mundo entero a predicar el Evangelio»

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En mis clases de liturgia, he repetido siempre a los alumnos que, si la celebración tiene prefacio propio, nada mejor que ir directamente a él, para comprender el misterio que celebramos. Hoy es una prueba palmaria, pues el texto prefacial, además de una gran calidad literaria, posee un enfoque casi insuperable de la Ascensión de Jesucristo al Cielo. A su luz, entendemos que ella no es sólo un acontecimiento sino un misterio: el misterio del cumplimiento de la Pascua en el Cuerpo total de Cristo, Cabeza y miembros. Dice así: «Jesús, el Señor, el Rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy al Cielo, como Mediador entre Dios y los hombres, como Juez de vivos y muertos. No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como Cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su Reino». ¡Nada menos que esto es el misterio de la Ascensión! Cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo- vino desde el seno del Padre a la tierra, venía como Dios. Cuando hoy vuelve junto al Padre, vuelve como Verbo Encarnado-Muerto-Resucitado para ser plenamente exaltado y glorificado; y vuelve llevando consigo a todos los que nos hemos incorporado a Él por la fe y el Bautismo. Vuelve como Cabeza de un Cuerpo, de modo que su entrada en la gloria es la prenda segura de que allí entraremos nosotros si le seguimos fielmente en la tierra. Gracias a esa capitalidad, no ha querido ni puede desentenderse de nosotros. En el Cielo intercede por nosotros ante el Padre y en la tierra nos acompaña de modo permanente, sobre todo, en la Eucaristía. Por eso, nuestra celebración de la Ascensión, además de recordarnos que el Cielo es nuestro destino y nuestra meta, nos remite necesariamente al suelo, al mundo, a nuestras tareas. Para que, en ellas y por ellas, hagamos que su Pascua llegue a vivificar nuestra vida y la de nuestros hermanos, y lleve la justicia, la solidaridad, la comprensión y el amor a las estructuras sociales del mundo, tantas veces sucias e inhumanas.

DOMINGO SEXTO DE PASCUA (17.V.09) - Ciclo B

LA VIDA DE LA VID ES EL AMOR

«Permaneced en mi amor»

 

El de hoy es uno de esos evangelios que, más que comentado, pide ser leído y contemplado en un clima de quietud y confidencialidad entre Cristo y nosotros. Basta enunciar algunas de sus enseñanzas. «Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor». «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». «Este es mi mandamiento: que os améis uso a otros como Yo os he amado» «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que Yo os mando» Cada una encierra un mundo. Sobre todo, leída como conclusión y consecuencia de la alegoría de la vid y los sarmientos, que encontrábamos el domingo anterior. Allí se decía el dato fundamental y decisivo: Jesús es la vid y sus discípulos somos los sarmientos; si queremos dar fruto, necesitamos permanecer unidos a Él. Hoy se da un paso más y se muestra cuál es la vida que caracteriza a esa Cepa, vida que debe pasar a los sarmientos. Esa vida es descrita con estas características: Jesús ama al Padre, guarda los mandamientos que el Padre le ha dado y así permanece en su amor, se entrega hasta la muerte por sus amigos, y tiene como característica esencial el amor y la entrega universal. Todo esto ha de ser compartido por los discípulos en su vida y actividad. La imagen de la vid y los sarmientos muestra así la profunda y completa comunión de vida que rige entre Jesús y sus discípulos. Por eso, como la vida de Jesús es una vida de amor hacia ellos y hacia los demás hombres, este mismo amor debe ser el rasgo característico de la vida y actividad de sus discípulos. El amor fraterno se convierte así en criterio y medida de su comportamiento: «Esto os mando: que os améis unos a otros». Para que sea el «amor fraterno de Jesús», ha de ser como el amor del mismo Jesús. Los discípulos son remitidos expresamente al amor que han recibido de Jesús, como la savia del sarmiento remite necesariamente a la que recibe de la vid. ¡¡El amor fraterno como distintivo del discípulo de Cristo! ¡Con qué facilidad lo decimos y con qué facilidad lo negamos! 

 

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (10.v.09) - Ciclo B

CRISTIANISMO Y EFICACIA

«El que permanece en Mí, ése da fruto abundante»


El evangelio de hoy es la famosísima alegoría de la vid y los sarmientos. Jesús, que tiene delante a unos hombres que saben bien qué es un viñedo y las reglas por las que se rige, hace esta sencilla y, a la vez, hondísima afirmación: «Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y yo en él, ése da fruto abundante. Al que no permanece en Mí lo tiran fuera y se seca; luego los recogen y los echan al fuego» Las conclusiones son obvias: Si los Apóstoles son los sarmientos y Jesús la vid, toda su eficacia apostólica y misionera depende exclusivamente de Él: «Sin Mí no podéis hacer nada»; y es imprescindible que permanezcan unidos a Él. Luego, Él mismo les aclara cómo lograr esta permanencia: guardar sus «palabras» y sus «mandamientos», especialmente el del amor fraterno. «Las Palabras» de Jesús comprenden todas sus enseñanzas y todas sus exigencias. Ellos las conocen bien, porque les ha contado todo lo que ha recibido del Padre. Si las aceptan y guardan con fe, estarán firmemente unidos a Él. Por lo demás, ¿cómo se podría dar testimonio de Jesús y ganarle a otros por la fe, si no se cree en Él con la fe más viva? Ahora bien, la producción de frutos depende también del empeño misionero de los Apóstoles. No pueden dejar de hacerlo, al contrario, han de ganar almas para Cristo, porque Jesús no les deja elegir entre dar o no dar fruto. Al contrario, han de darlo y en abundancia, porque Jesús les ha elegido y destinado para esto y ésta es la voluntad del Padre. De ahí que el que no dé fruto, «será cortado y echado fuera» Todos sus esfuerzos apostólicos han de tener siempre la misma meta: «dar fruto abundante» Las preguntas se amontonan, aunque se imponen estas dos. ¿Los cristianos –pastores y fieles- estamos convencidos de que sin Jesucristo somos un cero a la izquierda y más estériles que una estepa? ¿Tenemos evidencia de que nuestra permanencia en Cristo, además de ser imprescindible, es una quimera sin la lectura asidua de su  Palabra y la observancia de sus mandamientos, especialmente el del amor fraterno?