Blogia
LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

DOMINGO CUARTO DE PASCUA (3.V.2009) - Ciclo B

JESUCRISTO, NUESTRO PASTOR

«El Buen pastor da la vida por las ovejas»


 

 

El hombre moderno no siente necesidad de nadie. Se siente seguro y cree bastarse a sí mismo.  Por eso, se puede poner nervioso ante la parábola de este domingo: «el Buen Pastor», en la que nosotros somos «ovejas» de las que cuida Jesucristo. Reconocerse «oveja cuidada por un pastor» equivale a reconocer limitaciones y dependencias, que son, precisamente, las que no quiere admitir. Sin embargo, el hombre moderno, tú yo,  es mucho más impotente y menesteroso de lo que se imagina. En tu vida, en la mía y en la de casi todos hay circunstancias personales complicadas que no conseguimos desembrollar; fuerzas que nos separan y enfrentan, dividiendo entre sí a los hombres y a los pueblos; injusticias sociales que somos incapaces de superar; vidas de tantos no nacidos que querríamos salvar y no podemos; sementeras de odio depositadas por «el enemigo» en los campos que hemos intentado sembrar de comprensión y fraternidad. Muchas veces somos un niño abandonado a su suerte, un enfermo aquejado de una enfermedad incurable, un montañero suspendido en el abismo. Necesitamos la ayuda de alguien que nos quiera bien, que nos ayude, que sea nuestro guía y nuestro «pastor». Jesús es ese Buen Pastor. Él ha venido para hacerse cargo de nuestras necesidades y conducirnos a la vida en plenitud. Nos ama más que a Sí mismo, pues ha preferido nuestro bien a su vida. A veces, tiene que lanzarnos una piedra que nos hace daño, porque nuestra rebeldía se hace terca y nos empeñamos en despeñarnos hacia el abismo. Pero esto, lejos de ser un desamor, es muestra de un amor de muchos quilates. Eso explica que su relación con nosotros no sea impersonal y fría sino profundamente personal y cordial. Él conoce nuestra propia historia, nuestras dificultades, nuestros defectos, nuestras características.  Y, precisamente por eso, nos ama y quiere introducirnos cada vez más en comunión con Él. Pero esto será imposible si nuestra relación con Él es fría, distante, impersonal. Necesitamos conocer más a Jesucristo. Tratarle más y mejor. Dejarnos querer por Él. Considerarle nuestro «Buen Pastor» a todos los efectos.

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA (19.IV)- Ciclo B

EL RESUCITADO BUSCA HOMBRES Y MUJERES

“Señor mío y Dios mío”


 Lo decía Benedicto XVI en su mensaje de Pascua del domingo pasado: “Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos gustar la vida eterna”. Que se lo pregunten al terco Tomás –del que nos habla el evangelio de este domingo- si la Resurrección fue un sueño, una quimera, una utopía, una teoría o una realidad histórica, que él tocó, palpó y vio con sus propios ojos. “Si no veo las llagas de sus manos, si no meto la mano en su costado, no creo”, había fanfarroneado, cuando los demás discípulos le dijeron que era verdad lo que habían dicho las mujeres y que se había presentado ante ellos mientras él estaba ausente del Cenáculo. A los ocho días se repitió la escena: puertas cerradas y dentro los apóstoles, en este caso estando presente el incrédulo Tomás. Cuando vio al Resucitado y oyó “trae tu dedo, aquí tienes mi costado”, se tapó los ojos con las manos –así me lo imagino yo- se echó a los pies de Jesús e hizo esta maravillosa confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. La pasta antropológica de los apóstoles no estaba hecha de fantasías, sino forjada con el duro realismo que imprime la naturaleza, el aire y el mar. Eran mucho menos propensos a deslizarse por la ruta de la imaginación que por la de la desilusión y desesperanza de los caminantes de Emaús. Por otra parte, ¿alguien conoce que el sueño de unos desconocidos –eso eran los apóstoles- haya sido seguido por millones y millones de personas de todos los tiempos, situaciones culturales y económicas y ambientes sociales? Pues aquí estamos más de mil millones de cristianos esparcidos por todo el mundo. Jesús ha resucitado verdaderamente y ha iluminado las zonas oscuras del  materialismo y nihilismo, que se debaten en el sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana. Pero aunque Cristo ha extirpado la raíz del mal y de la muerte definitiva, necesita hombres y mujeres que le ayuden siempre y en todo a afianzar su victoria con sus mismas armas: la verdad, la justicia, la misericordia, el perdón y el amor.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (12.IV) - Ciclo B

LA ÚLTIMA PALABRA SE LLAMA «VIDA

«Resucitó. No está aquí»


 

Nietzsche acusó a los cristianos de haber matado la alegría de vivir. Se equivocaba. Como se equivocan todos los que piensan que seguimos a un crucificado. No han leído a san Pablo, que afirmó con contundencia: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es  nuestra fe; y somos los más desgraciados de los hombres» Sin embargo, añadía con idéntica garra: «Pero, no. Cristo ha resucitado; se me ha aparecido a mí» y a otros muchos. La Resurrección es la gran estrella que brilla en el firmamento de los cristianos y alumbra las oscuridades y penumbras de sus dolores, enfermedades y de su misma muerte. No seguimos a un crucificado sin más, sino a uno que «fue crucificado y al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha de Dios Padre». La última secuencia de nuestra Semana Santa no es el Viernes Santo sino esta mañana luminosa de Resurrección. Vamos detrás de la Vida, con mayúscula. Es verdad que no hemos visto al Resucitado con los ojos de nuestra cara. Como tampoco hemos visto a Recaredo, Colón o el Cid. Pero hay un montón de gente que le vio y nos lo ha trasmitido de boca en boca y de generación en generación; como se trasmiten las cosas de una familia y tantas otras cosas. Esos testigos le vieron, le tocaron, hablaron con Él, comieron con Él. Los discípulos de Jesús no somos, pues, unos ilusos que se refugian en una quimera imposible. Es mucho más sencillo. Simplemente creemos que Jesucristo está vivo y que nosotros, aunque un día muramos, otro día volveremos a la vida con Él. ¡Y para ser felices eternamente!. Se equivoca Nietzsche cuando afirmaba que los cristianos hemos matado el placer. Hemos matado el placer alicorto y sin más horizonte que esta vida, que da mucho menos de lo que promete. Él mismo es un testigo cualificado. Nosotros estamos persuadidos de que vale la pena seguir a Quien ofrece una meta y un horizonte mucho más maravillosos que los que ofrecen esta tierra y al final... la nada. Esta es «la marca» de nuestra casa. Una «marca» excepcional. Por eso lo anunciamos a quien quiera escucharnos.

 

DOMINGO DE RAMOS (5. IV) - Ciclo B

ACTITUDES PARA LA SEMANA SANTA


 

 

Ante la imposibilidad de comentar todo el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Marcos –que es el evangelio de este domingo-, he optado por glosar algunas actitudes que reclaman los misterios de esta Semana, que tradicionalmente llamamos «Santa». Me parece que son fundamentales estas cuatro. Ante todo, sentido de lo sagrado. Semana Santa no es una semana turística. Ni siquiera vacacional. Es una semana sagrada. La más sagrada del año. Porque nada hay más sagrado para el hombre –no sólo para el cristiano- que situarse ante el misterio de la entrega de Dios-Hombre a la muerte para salvarnos de la impiedad, de la miseria moral y de la muerte eterna. En segundo lugar, participación en la liturgia. La Semana Santa no es una representación teatral de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. No está mal hacerlo, pero «eso» no es la Semana Santa. Nosotros, ciertamente, re-presentamos ese inefable misterio. Pero en el sentido más fuerte del término. Lo re-presentamos porque lo volvemos a hacer presente. La diferencia entre lo uno y lo otro es la misma que existe entre la persona y su fotografía. Ahora bien, esta re-presentación sólo es posible en la liturgia, donde el mismo Jesucristo actúa y actualiza su misterio redentor. Por eso, sin participación en los actos litúrgicos no hay Semana Santa. En tercer lugar, seriedad y responsabilidad. Los misterios de la Semana Santa no son cosas «de niños y gente sin personalidad», sino de hombres y mujeres hechos y derechos. Porque son misterios que comprometen nuestra vida. Es decir, «nuestra historia» personal, familiar, profesional y social. ¡No rebajemos su grandeza al nivel de unos actos de culto sin proyección existencial y sin compromiso!. Finalmente, sentido de reconciliación. La muerte-Resurrección de Jesucristo reconcilió al hombre con Dios, consigo mismo y con la creación. Semana Santa es la gran llamada a reconciliarnos con Dios –acercándonos al sacramento de la confesión-, con los demás –pidiendo y otorgando el perdón-, con nosotros mismos –aceptándonos como somos y como estamos- y con la creación entera.       

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA (29.III) - Ciclo B

ES POSIBLE UNA GRAN COSECHA

«Si el grano de trigo muere, da fruto abundante»


 

 

Jesucristo vio mil veces hacer la sementera a los labriegos de  Nazaret. Siendo, como era, muy observador, descubrió que no había mejor modo de explicar el sentido profundo de su vida, que servirse de lo que esos labradores hacían. Un día, ya en su ministerio público, se lo explicó a la gente con la soberana sencillez y galanura del genio. Comenzó remitiéndoles a su experiencia: «Si el grano de trigo, que se siembra en la en tierra, no germina, queda infecundo; pero sí germina, da fruto abundante». La germinación, ciertamente, conlleva su muerte, pero sólo así se convertirá en trigal. Seguramente, los que le escuchaban nunca hubieran pensado que aquella sentencia encerraba la síntesis de su misterio. Pero era así. Él era el grano de trigo enviado por su Padre a dar la vida por la salvación de los hombres. Podía habérsela reservado, ahorrándose todas las persecuciones, calumnias, desprecios y sufrimientos –muerte incluida- de que fue objeto. Pero su vida habría sido estéril e inútil, al dejar incumplidos los planes del Padre e irredentos a los hombres. Jesús prefirió realizar la secuencia completa del grano de trigo: ser sembrado, germinar, morir y resucitar multiplicado. «Con su muerte, destruyó nuestra muerte; y con su resurrección restauró la vida», canta entusiasmada la liturgia. ¡Son las paradojas del Reino!: el que se entrega, sufre y padece. Pero es fecundo, deja poso, produce flores y frutos. Es la historia de los santos. Incluso la de todos los hombres honrados que han sido grandes. El comodón y egoísta no sufre -es un decir, porque sufre incluso más-, pero es estéril. Su paso por la tierra es arar en el mar. El cristiano de hoy y de siempre no tiene otro camino: si quiere dar fruto, ha de entregar su tiempo, sus ilusiones, sus cualidades, su vida entera por el Reino de Dios. Si tú y yo optamos por ser grano de trigo que se autodestruye por amor, daremos fruto abundante. Si preferimos una vida aburguesada y comodona, nuestro paso por este mundo dejará el fruto de un inmenso erial. ¿A qué opción nos apuntamos? 

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (22.III) - Ciclo B

DIOS ES AMIGO DEL HOMBRE


 

Cada día me convenzo más. La gran mentira, con la que el demonio ha engañado al hombre moderno, es haberle convencido de que Dios es su antagonista y, por ello, su enemigo. No hay mentira más radical. Porque Dios, además de haber creado al hombre «a su imagen y semejanza» y haberle constituido rey de la creación, no lo destruyó cuando se rebeló contra Él en el Paraíso. Al contrario, salió a su encuentro con el único fin de devolverle el rostro que había desfigurado y la herencia que había dilapidado. Este acercarse benevolente de Dios al hombre no fue algo puntual o esporádico. Nunca ha sido interrumpido por parte de Dios, por más que el hombre se ha empeñado en huir de ese encuentro. La historia de la salvación –recogida en las páginas del Antiguo Testamento y del Nuevo y continuada en la vida de la Iglesia y de, alguna manera, en la de la humanidad- es la historia de un amor no correspondido: Dios ha querido y quiere hacer el bien al hombre y el hombre rechaza, una y otra vez, el ofrecimiento, incluso con malas maneras. Esta historia de amor alcanzó su punto culminante en Jesucristo, el Hijo y Enviado del Padre. Cansado Dios de hacerse encontradizo del hombre por medio de otros hombres: los Patriarcas, los Profetas, los Pastores y Jefes del Pueblo, decidió enviar a su Hijo. Y, no contento con ello, quise que entregara su vida por nosotros. La glosa teológica que hace de este hecho el evangelio de hoy, no puede ser más impresionante: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan la vida eterna» San Juan añade, entusiasmado: «porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Pero esto no es toda la verdad. La verdad completa tiene este complemento: «el que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado» Es imprescindible que Dios ofrezca el don de su salvación. Pero el hombre tiene que poner su parte y acogerlo libremente. ¿Qué hacemos tú y yo?    

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ (19 de marzo)

1. San José tuvo una vocación importantísima

Estamos celebrando la Solemnidad de San José, el Esposo de Maria, el Padre y custodio del Hijo de Dios, el Patrono y Protector de la Iglesia y el Patrono de nuestro seminario. Esta simple enumeración de títulos nos indica que san José no es un santo cualquiera, ni siquiera un santo muy importante: es único.
Porque él y solo él fue verdadero padre de Dios, no porque lo engendrara -como hacen los padres de la tierra con sus hijos-, sino porque ejerció como verdadero padre de Jesucristo. José aseguró que Jesús naciese en el pueblo de Dios y le dio unas raíces davídicas, pues sólo los varones contaban para la genealogía e insertaban en la tribu correspondiente. Sin José, Jesús hubiera entrado en nuestra historia como un extraño y la verdad de ser hombre verdadero, no estaría libre de sospechas. José le defendió de Herodes, que quería matarle; le alimentó en Egipto y luego en Nazaret; le llevó a celebrar la Pascua a Jerusalén; le enseñó un oficio con el que ganarse el pan -que quizás tuvo que ganarse entre la muerte de José y su ministerio público-; en una palabra, ejerció de tal modo su paternidad, que la gente de Nazaret pensó que José era el padre de Jesús. «¿No es éste el hijo de José?», dicen sus paisanos, el primer día que les predica en la sinagoga.

José fue verdadero esposo de María. Estuvo casado con ella, según la ley judía. Primero celebró los esponsales -como consta en el momento posterior a la Anunciación-; luego la llevó a su casa y vivieron juntos, aunque en perfecta y completa virginidad, según el testimonio constante de la tradición viva de la Iglesia.

Desde León XIII es patrono oficial de la Iglesia. También lo es de muchos seminarios, incluido el nuestro. Hoy, día de su fiesta, la Iglesia que peregrina en España celebra el DIA del Seminario.

2. José fue grande por la fidelidad a su vocación

Pero san José no fue grande sólo ni principalmente porque tuvo una vocación y una misión tan excelsas. Sin salirnos del evangelio, sabemos que Judas tuvo una misión muy grande; lo mismo que el joven rico. Pero el primero traicionó a su Maestro y Señor, y el segundo prefirió sus riquezas y vida fácil a la llamada de Jesús. San José fue grande porque fue muy fiel. Lo que dice san Agustín de María -«fue más grande porque concibió a Jesús en su mente que en su vientre»-, se le puede aplicar de lleno a José. Lo mismo que las palabras de Jesús: «¿Quién es mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de mi Padre ese es mi padre, mi madre y mi hermano»
Esto es lo que hizo José siempre. Los textos que hemos leído nos le presentan como justo. Un hombre que se dejo conducir por Dios, un hombre que respondió con generosidad a la llamada. «Vete, haz, vuelve, acoge, no rechaces a María»: son imperativos de Dios -órdenes expresas de Dios- a las que José obedeció siempre y con toda prontitud. San José está en la misma línea de fe de los grandes Patriarcas y personajes del Antiguo Testamento. Él, junto con María, rotura el camino de fe de la Iglesia. Apoyado en la fe, creyó contra toda esperanza.
Por eso es grande. Por eso es también patrono de la Iglesia -que tiene que mantenerse siempre fiel y pronta a la voluntad de Dios- y Patrono de los seminaristas, que tienen que seguir fielmente su vocación, si Dios les llama, sin pararse ni echarse atrás por las dificultades.
La vida de José no una vida de grandes hazañas; al contrario, es una vida sencilla, muy similar a la de cualquiera de los vecinos de Nazaret. Si en algo es grande la vida de José es en que convirtió en extraordinario, lo más ordinario. La vida de cada día.

3. Fieles, como José, a nuestra propia vocación

Todos y cada uno de nosotros hemos recibido una vocación y una misión que cumplir. No hay ningún hombre ni ninguna mujer que no haya recibido de Dios una encomienda que realizar, que si él no la realiza, nadie lo hará por él. Esto es la vocación.
Unos –los menos- hemos recibido la vocación de ser sacerdotes; otros pocos, la de apartarse del mundo a un convento de clausura o a la vida consagrada; la inmensa mayoría habéis recibido la vocación de formar una familia –en el matrimonio- y santificaros estando comprometidos en los asuntos nobles en los que están comprometidos los demás hombres, para iluminarles –sin cambiar su naturaleza- con la luz de la verdad y del amor, que hemos recibido de Cristo por el ministerio de la Iglesia.
San José nos enseña hoy a ser fieles. A cumplir siempre, y con prontitud y fidelidad lo que Dios nos pide en cada momento. Si lo hacemos, nos ocurrirá como a él: José, en hebreo significa «Dios añadirá». Dios «añadió» a la vida sencilla de José –si se puede hablar así- la grandeza de Santa María, la Virgen, y de Jesús. Si nosotros somos fieles a lo que Dios nos pide, Dios añadirá a nuestra vida –sencilla y sin especial relieve- la grandeza de la santidad y de la eficacia apostólica. Si no fuéramos fieles, nuestra vida sería un rotundo fracaso, aun en el supuesto de que fuera brillante.

4. Seamos devotos de san José

Quizás alguno pregunte: ¿Qué hacer para ser tan fiel como san José? Se me ocurre, sobre todo, esto: tenerle una tierna y recia devoción. Esta devoción nos llevará a meditar su vida, a imitar sus virtudes y –sobre todo- a implorar su protección poderosa.
Santa Teresa de Jesús, la gran santa castellana, nos ha dejado esta impresionante invitación, sacada de su experiencia personal y apostólica:
«Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de ese gran santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios; no he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan...
Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargaría en decir muy por menudo las mercedes que me ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción; en especial personas de oración siempre le habrían de ser aficionadas». (Vida, 6).
Pidámosle hoy, la gracia que más necesitemos para responder a lo que Dios nos está pidiendo en este momento. Pidámosle también que aumente las vocaciones al seminario; o, mejor, que aumente la generosidad de los padres para trasmitir la vida y luego regalar los hijos a Dios; y mayor generosidad por parte de los hijos, para seguir la llamada de Dios. Porque ¡Dios llama más de lo que parece! Y nosotros le respondemos ¡menos de lo que pensamos!

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA (15.III.09) - Ciclo B

TEMPLO ETERNO HECHO EN TRES DÍAS

«Él hablaba de su cuerpo»


 

Hoy estamos en el Templo de Jerusalén, aquella maravilla que era la gloria máxima del judaísmo, centro de unidad y como la encarnación más representativa del pueblo judío. Jesús va a realizar el gran signo mesiánico de la «purificación» de ese lugar, convertido en mercado de bueyes, ovejas y palomas, y en banco de negocios. «No convirtáis mi casa en un mercado», dice proféticamente. Y, sin más, echa fuera a los animales y tira por el suelo el dinero de los cambistas. Se cumplía así lo que había profetizado Zacarías sobre «el día del Señor». Sus discípulos interpretaron el gesto según «lo que está escrito: el celo de tu casa me consume», que son unas palabras del salmo 69, 10, donde un orante justo es perseguido y afrentado por todos. El texto del salmista se convierte así en una prueba de que Jesús ha purificado el Templo a costa de su vida. El evangelio llega a su cumbre en el reto lanzado por sus enemigos a Jesús y en la respuesta que Él les da. Para ellos, Jesús había realizado un acto sacrílego contra el Templo y castigable incluso con la muerte. Se sienten, pues, con pleno derecho para interrogarle: «¿con qué autoridad haces esto?» «Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días», les contesta Jesús. No es una respuesta absurda, porque él no se refería al Templo que tenía delante, que se había construido en cuarenta y seis años. Él –puntualiza san Juan- «hablaba de su cuerpo» La escena quedó totalmente esclarecida,  cuando su cuerpo, destruido por la muerte a manos de sus enemigos, resucitó glorioso al tercer día. Estamos, pues, ante el gran desplazamiento. Todo el sistema ritual, sacrificial y de alabanza que estaba vinculado al Templo en el judaísmo, se traspasa a Jesús. El cuerpo resucitado de Jesucristo es el nuevo y definitivo Templo, el espacio para el culto «en espíritu y en verdad». En él se da la presencia personal de Dios entre los hombres, la fuente inagotable de salvación, el lugar del encuentro con Él de todos los hombres y mujeres, sea cual sea la situación y necesidad en que se encuentren.         

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA. (8.II.09)

DE VIERNES SANTO A RESURRECCIÓN

«Se trasfiguró delante de ellos»


 

Estamos en la cima del monte Tabor. Jesús ha subido acompañado de sus tres apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Los tres necesitan ser testigos de un acontecimiento extraordinario. Sobre todo, Pedro, que ha recibido la promesa de ser un día el garante de la fe de sus hermanos.  Todos ellos, en efecto, iban a ser testigos de la verdad de lo que les había dicho el Maestro: «Subimos a Jerusalén y, allí, el hijo del hombre será entregado a los jefes del pueblo, que le crucificarán y darán muerte» El golpe de los apóstoles iba a ser tremendo. Sobre todo, porque no comprendían que Dios quisiera salvar al mundo con el sufrimiento y, menos todavía, con una muerte que se reservaba a los peores criminales: la Cruz. Por eso, antes de que ocurriera, necesitaban experimentar que el Padre, lejos de rechazar al Hijo en el trance de la Cruz, aceptaba su sacrificio y se lo manifestaba a los hombres con el hecho incontrovertible de la Resurrección. La secuencia que el Padre tenía prevista tenía dos cuadros: la muerte de Cristo y la Resurrección. Para no hundirse, necesitaban un anticipo de esa gloria. Y eso es lo que experimentan hoy. Jesús se trasfigura ante ellos, sus vestidos se hacen más blancos que la nieve, su rostro brilla más que el sol. Por si fuera poco, se oye la voz del Padre, que dice: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto» Terminada la experiencia, mientras vuelven al llano, Jesús les apostilla: «lo que habéis visto es un secreto, que no podéis comunicar a nadie hasta que Yo resucite de entre los muertos». Desde este momento, los Apóstoles ya conocen toda la secuencia: la muerte no es muerte sino el camino imprescindible de la resurrección. Nuestra conversión cuaresmal –con todo lo que comporta de huida de las ocasiones de pecado, de no realizar acciones paganas, de más oración, sacrificio y limosna- es una secuencia de muerte; muerte al pecado; que, si es verdadera, concluye en una confesión sacramental contrita y sincera. Nuestro Viernes Santo nos llevará a la Resurrección, a una vida nueva.

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo B. Proyecto de homilía

DIOS NO PERDONÓ A SU HIJO, SINO QUE LO ENTREGÓ POR NOSOTROS

 

 

1. En este segundo domingo de Cuaresma, del ciclo B, se puede desorientar la homilía desde la primera lectura y el evangelio. Desde la primera lectura, porque podemos explicarla únicamente como la respuesta de un profundo creyente que se fía plenamente de Dios, hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, que era «el hijo de la promesa». Desde el evangelio, insistiendo en el hecho histórico de la Trasfiguración. Es verdad que Abrahán resplandece aquí -como en las otras dos grandes pruebas a las que Dios le sometió: la de su vocación y la de la alianza-promesa de una gran descendencia cuando era viejo y su mujer estéril- como creyente que se fía completamente de Dios. También lo es que la Trasfiguración es un acontecimiento histórico, no un relato novelesco.

 

2. Sin embargo, la liturgia no se pone en esa perspectiva. Para comprobarlo, tenemos dos grandes claves: el prefacio y la segunda lectura. En ésta, hay unas palabras –precisamente las que ha elegido el leccionario (que van al principio como título)- que lo centran todo: «Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. Estas palabras dan a la primera lectura una dimensión insospechada: la convierte en profecía de la Muerte de Jesucristo y en luz que ilumina el hondón más profundo del amor trinitario hacia el hombre: Dios Padre, que ahorró a Abrahán el sacrificio de su hijo Isaac, no se ahorró a Sí mismo el sacrificio de su Hijo. ¡Desde el amor paterno de Abrahán, entendemos mejor el amor paterno de Dios hacia nosotros! Y vemos la muerte de Cristo como un acto supremo de amor de toda la Trinidad hacia el hombre.

La otra clave de lectura es el prefacio: «Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la resurrección». Es decir, la Trasfiguración hay que leerla en clave teológica o teológico-salvífica. Veamos cómo.

Los apóstoles participaban de la mentalidad común entonces de un Mesías temporal, político y glorioso. Se habían olvidado -o no habían sabido descubrir- que los Cantos del Siervo de Yahvé (Is 49-53) habían anunciado un Mesías humilde, probado en el sufrimiento hasta los límites más insospechados, castigado por Dios y humillado; pero adquiriendo, como fruto de su entrega, todas las naciones. Pedro mismo, que había sido alabado por Jesucristo por haberle confesado como el Mesías enviado por Dios, quería oponerse a que Cristo muriese a manos de sus enemigos y recibió la más dura reprensión que se encuentra en el Evangelio: «Apártate de Mí, Satanás, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Los planes de Dios eran estos: la salvación de los hombres no tendría lugar por medio de milagros y actos de poder y fuerza, sino por la suprema humillación de la muerte del Hijo amado: «la pasión es el camino de la resurrección». La Trasfiguración fue el anticipo de la Resurrección y debía servir a los apóstoles de testimonio cuando llegara el momento terrible de la muerte del Maestro a manos de sus enemigos: entonces habrían de recordar que «la pasión es el camino de la resurrección». Es decir, que la muerte de Jesús no era el final del camino sino la penúltima etapa, indispensable, por lo demás, para llegar hasta la meta de la Resurrección.

 

3. Ahora que nosotros subimos a Jerusalén, a través del largo y laborioso camino cuaresmal, hemos de tener presente que la muerte al hombre viejo que todos llevamos muy enraizado en lo más íntimo y hondo de nuestra personalidad, es el paso previo y obligado para llegar a resucitar al hombre nuevo, en el gran día de la Pascua. Sin morir al pecado, a las acciones malas -que hay en nuestra vida personal, familiar, profesional y social-, a los ocasiones próximas y voluntarias de pecado, al egoísmo e individualismo que nos consume, no podremos celebrar la Pascua de modo realmente cristiano. La muerte al hombre viejo ha de llevarnos a un cambio de mentalidad y de vida en profundidad.

 

4. Desde estas ideas, las consecuencias que se pueden deducir son varias:

 

a)      el Misterio Pascual, al que nos encaminamos, es un inmenso misterio de amor del Padre a los hombres. Insistir en que Dios es amor y en que Dios nos ama. Un cauce maravilloso de ese amor es el sacramento del perdón: ahí Dios nos reconcilia por Jesucristo en el Espíritu. Presentar este sacramento como un sacramento de amor del Padre hacia sus hijos.

b)      Para corredimir con Cristo, necesitamos pisar sus huellas y no querer resucitar a una vida cristiana auténtica sin morir al pecado en todas sus manifestaciones.

c)      Cuando el grano de trigo muere, es decir: cuando uno entrega su tiempo, su dinero, sus cualidades en un servicio constante a los demás por amor a Dios, los frutos son siempre muy grandes y duraderos; en cambio, sin esa sementera, no cabe esperar una cosecha generosa.              

 

DOMINGO 1 DE CUARESMA - Ciclo B. HOMILÍA

 

DOMINGO DE LAS TENTACIONES

 

1. Jesús fue tentado en el desierto. El primer domingo de Cuaresma es el «domingo de las tentaciones» en los tres ciclos. Pero a diferencia de lo que ocurre en el A (Mateo) y en el C (Lucas) –que explican y pormenorizan las tentaciones concretas de Jesús (la conversión de las piedras en pan; la vanagloria; el dominio temporal del mundo)- san Marcos (ciclo B de este año)  se limita a decir que «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu y allí fue tentado por el demonio». Respetemos el texto y vayamos a lo que es su meollo: que Jesús fue tentado; que fue tentado por el demonio; y que salió victorioso.

 

2. Jesús fue tentado en el desierto, a lo largo de su ministerio público y en el momento cumbre de la Cruz. Las tentaciones del desierto son un adelanto de las que sufriría a lo largo de su ministerio público, las cuales consistieron –en última instancia- en que Jesús se presentase como un Mesías distinto al que el Padre quería. El Padre quería un Mesías pobre y espiritual, un Mesías humilde y doliente, un Mesías no terreno y político. El pueblo, en cambio, anhelaba y esperaba un Mesías que le llenara de trigo sus graneros y de vino sus lagares (temporal); un Mesías glorioso y triunfador del poder de Roma; un Mesías dominador, que sometiera todos los demás pueblos al Pueblo de Dios (político y nacionalista).

 

Si Jesús hubiera cedido a la opinión pública –que parecía lo más razonable-, lejos de ser rechazado por el pueblo, habría sido acogido con entusiasmo y proclamado rey. Pero habría sido infiel al proyecto del Padre y no habría realizado sus planes salvadores, dejando al mundo sometido al imperio del mal y del maligno. Jesús hizo siempre -con las palabras o con las obras-, la misma confesión orante del Huerto de los Olivos: «Que no se haga mi voluntad sino la tuya».

 

Incluso cuando sufrió la más terrible de las tentaciones: «Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz, y creeremos en Ti». Lo razonable era bajar de la Cruz, realizar ese gran prodigio y vencer y convencer a sus verdugos. Pero lo que el Padre esperaba de él era que siguiera allí y diera la vida por los hombres. Y es lo que hizo Jesús. Lo «irracional» a los ojos y juicios de los hombres, fue tan «racional» a los ojos y juicio del Padre, que aceptó su muerte como sacrificio redentor de todos los hombres y de toda la creación y, luego, le resucitó de entre los muertos y le constituyó «Señor y Cristo».            

 

3. Qué es la tentación y su existencia en la historia. La tentación es una propuesta razonable y atrayente que se nos hace para apartarnos del cumplimiento de la voluntad de Dios. Si se presentara como irracional y repelente, la rechazaríamos de inmediato, pues el hombre tiende a la verdad y al bien; y, además, se diferencia del bruto precisamente porque es inteligente.

La racionabilidad-atracción de la propuesta aparece con meridiana claridad en el Paraíso, en la Torre de Babel y el desierto. A Eva se le propone comer el fruto que era grato a la vista y en forma muy atractiva: «seréis como Dios» En Babel la propuesta es también razonable y atractiva: construir una torre más alta que la altura que pueda alcanzar el agua, en el supuesto de un nuevo diluvio. En el desierto, cuando el pueblo se muere de hambre y de sed, lo razonable y atrayente era pensar en Egipto y en sus puerros y cebollas. Eva fue vencida; como lo fueron los constructores de la torre –de una civilización que quería ser superior a Dios- y el pueblo elegido.

 

4. Nosotros somos tentados... por el mismo tentador. «Bajo el signo de Satán», tituló Bernanos una de sus novelas. Más aún, muchos de sus atormentados personajes muestran la presencia del Maligno como una constante en la vida del hombre. Así ha sido y así será siempre. Porque el demonio es el gran enemigo de los hombres, tanto a nivel individual como colectivo. Con la desobediencia a Dios, no perdió su condición personal, ni su inteligencia y poder; pero se convirtió en el gran mentiroso y en el gran instigador del mal, del enfrentamiento y de la división.

 

Dios y Satán. El bien y el mal. La luz y las tinieblas. El trigo y la cizaña. Todo esto no es una simplificación, sino las dos llamadas que resuenan tercamente en el interior del hombre y que, a la vez, le activan desde el exterior. Con un mínimo de realismo –y sin necesidad de asumir peligrosos maniqueísmos- aparece con claridad que el hombre está ahí, en esa encrucijada del bien y del mal. Más aún, teniendo que reconocer que cede con facilidad a la tentación y se va detrás de las propuestas –siempre razonables y atrayentes en apariencia, pero objetivamente malas y destructoras- del demonio. 

 

5. Paradojas del hombre moderno. El hombre moderno –y nosotros los cristianos- «pasa» de muchas cosas, incluido el demonio, al que considera algo en lo que creyeron las gentes de la Edad Media pero que es inadmisible en una época tan avanzada y madura como la  nuestra. En lugar de verificar la «denominación de origen» de la «dicha» que se le ofrece, la da por buena y se lanza sin más a «gozar», a «vivir la vida», a «ser feliz».

 

Es preciso desenmascarar la trampa que tan arteramente nos tiende el tentador. Pero esto será imposible si antes no nos preguntamos si será tan claro que no existe el demonio. Porque, como alguien ha escrito, «el mayor triunfo de Satán es habernos convencido de que no existe».

 

Es hora de advertir la paradoja que se da en nuestra vida. Mientras rezamos cada día «No nos dejes caer en la tentación, y librarnos del mal», nos resistimos a creer que vivimos «bajo el sol de Satán». Nosotros, que nos horrorizamos ante los males de nuestro entorno: las injusticias sociales, la lujuria desatada, la violencia doméstica, el terrorismo, las guerras, el hambre... somos incapaces de preguntarnos cómo puede explicarse todo esto sin la presencia de Satán.

 

Entramos en la cuaresma. Es tiempo de seguir a Jesús desde el desierto hasta su muerte; y verle siempre victorioso. Es también tiempo de advertir que las propuestas «razonables y atrayentes» que nos hace el demonio, además de no llevarnos de hecho a la felicidad –él siempre ofrece más de lo que puede dar-, nos conducen a traicionar los compromisos cristianos que asumimos en el Bautismo. Seamos valientes y humildes para llamar por su nombre a esas acciones, a esos espectáculos , a esos ambientes, a esas personas...que tanto daño nos hacen, no sea que, mientras pedimos a Dios «no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal», nosotros nos metamos voluntariamente en ella.

HOMILÍA (Proyecto de). DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

 

JESÚS SIGUE PERDONANDO LOS PECADOS

________________________________________________________________ 

1. Jesús, médico del cuerpo y del alma. El evangelio de hoy presenta a Jesús como médico prodigioso e integral: cura las enfermedades más graves del cuerpo y cura las enfermedades del alma. Concretamente, sana a un paralítico y le perdona sus pecados. Los dos actos están profundamente relacionados entre sí. Para demostrar a los fariseos que tiene poder para perdonar los pecados, Jesús realiza el milagro de la curación del cuerpo: «Toma tu camilla y vete a tu casa», dice al paralítico. Con el mismo poder le dice: «Perdono tus pecados». La muchedumbre vio que el paralítico «cogió su camilla, echó a andar y se fue a su casa». Que sus pecados quedaran perdonados, no lo veía; pero la parálisis curada era un signo de que así acontecía. Los fariseos no se equivocaban cuando decían: «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?», porque si el pecado a quien ofende es a Dios, sólo Dios puede perdonarlo. Jesús, realizando la curación del paralítico, demuestra que tiene el poder de Dios para sanar y para perdonar.

 

Jesús realiza el milagro por la fe vicaria de los amigos / conocidos del paralítico, que no se detuvieron ante los que parecían obstáculos insalvables; al contrario, tuvieron una fe-confianza tan recia en el poder de Jesús que no cejaron hasta colocar al paralítico delante de Él. «Si quieres, puedes limpiarme», decía el leproso del domingo pasado. Lo mismo dicen estos amigos / conocidos del paralítico; lo dicen con lo que hacen. Entonces, el Señor curó al leproso; hoy también cura al enfermo.

 

(Aunque sea una enseñanza colateral, no podemos pasar por alto el valor ejemplar de éstos amigos: ellos no piden la curación para sí sino para el amigo; y Jesús les escucha. Los padres, los amigos, los sacerdotes, los religiosos, ... tenemos aquí mucho que aprender. Se podrían recordar las lágrimas-oración de santa Mónica y la conversión de san Agustín; «¡Mujer, un hijo de tantas lágrimas no se puede perder!», le dijo san Ambrosio, obispo de Milán. Rezar con fe-confianza no es perder el tiempo). 

 

2. Jesús sigue perdonando hoy. El poder de perdonar los pecados se lo comunicó Jesús a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados». Ellos, mediante el sacramento del orden, trasmitieron este poder a sus sucesores y los sucesores se los siguen trasmitiendo a sus colaboradores, los sacerdotes. Por eso, cuando un obispo o un sacerdote dice al pecador «Yo perdono tus pecados», realmente le son perdonados. Porque –como dice san Agustín- «cuando alguien perdona, es Cristo quien perdona». «En el sacramento de la Penitencia –dice santo Tomás de Aquino-, actúa la fuerza de la Pasión de Cristo, mediante la absolución del sacerdote, junto con la colaboración del penitente, que colabora con la gracia de Dios a la destrucción del pecado» (Suma Teológica, III, q.84, a.5 in c). Los obispos y sacerdotes son ministros de Cristo; la autoridad que tienen no es suya sino de Jesucristo. De hecho, ellos no se autoperdonan, es decir: no se absuelven a sí mismos de sus pecados, sino que son perdonados por otros sacerdotes u obispos.

 

El que no ve con los ojos de la fe al sacerdote, no se acercará al sacramento de la Penitencia y repetirá la misma acusación de los fariseos: «¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios?». Esto es lo que está detrás de lo que dicen ahora algunos cristianos: «Yo me confieso directamente con Dios; no necesito decir mis pecados al sacerdote». Se equivocan como se equivocaron los fariseos; porque Dios quiere conceder el perdón no de modo directo sino por los cauces legítimos que él ha establecido: el sacramento de la Penitencia o Reconciliación.

 

Este poder es una de las dos joyas del sacerdocio católico; la otra es la celebración de la Eucaristía. Nadie, salvo los sacerdotes, puede consagrar el Cuerpo y Sangre de Cristo y perdonar los pecados. ¡Poderes inauditos, divinos!

 

3. Nosotros necesitamos el perdón de Dios. Al comienzo de la misa hemos dicho: «Yo confieso –reconozco- ante Dios Todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión». ¡Es verdad! Si repasamos los mandamientos, seguramente encontraremos blasfemias, faltas a la misa de los domingos, ofensas a los padres, escándalos a los hijos, malos pensamientos y acciones, difamación del prójimo, faltas contra la justicia, etc. Por eso, necesitamos el perdón de Dios. Para nuestra fortuna, Dios está ansioso de concedérnoslo y lo hará siempre que vayamos al sacerdote a confesarnos. Con la misma facilidad y gozo que al paralítico. 

 

Los pasos que hemos de dar son estos: reconocernos pecadores, pedir perdón, confesar todos los pecados graves, recibir la absolución y cumplir lo que nos mande el confesor. Quien tiene experiencia, sabe que el sacramento de la Penitencia es el sacramento de la alegría y de la paz. Es también el sacramento que restaña las relaciones en el matrimonio, entre los hermanos y amigos, y en las relaciones sociales.

 

Hoy, cuando estamos a un paso de comenzar la Cuaresma, deberíamos hacer el propósito de acercarnos al sacramento de la Penitencia lo antes posible. Si hace mucho que no lo hacemos, razón de más. Jesucristo nos está esperando para darnos su perdón y, luego, invitarnos a la Mesa de su Cuerpo y Sangre en la comunión.                      

DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO -CICLO B. Reflexión

UNA LEPROSERÍA MUNDIAL

«Si quieres, puedes limpiarme»


 

Un leproso del tiempo de Jesús estaba excluido de los actos religiosos, familiares y sociales. Era, además, un apestado al que había que evitar por todos los medios y, si alguien se topaba con él de modo imprevisto, tenía la obligación de gritar «inmundo, inmundo», para que se apartara. Era, pues, un muerto en vida. Un día Jesús se encontró con un leproso. No por casualidad, sino porque el leproso había venido hasta Él y, puesto de rodillas, le había suplicado con toda la confianza de que era capaz: «si quieres, puedes limpiarme». Jesús podía haberle reprochado su desfachatez o tratarle con menosprecio. Pero su reacción fue muy distinta: le miró, le tocó con su mano -¡su mano superlimpia tocando lo intocable!- y le dijo: «quiero, queda limpio». Y se obró el milagro. Jesús tuvo una reacción extraña: «no se lo digas a nadie», sino preséntate al sacerdote para que certifique tu curación. ¡Bendita desobediencia la del otrora leproso!, que se puso a pregonarlo a grandes voces. Me viene a la cabeza el comentario que muchos Santos Padres hacen de este relato: la lepra es sinónimo del pecado; y todos los hombres y mujeres del mundo somos leprosos. A lo que sólo cabe sacar la consecuencia: el mundo es una inmensa leprosería. Algunos se han autoexcluido de la comunión de la Iglesia; muchos más se excluyen de la comunión eucarística, porque no pueden recibirla, al estar en pecado grave; otros han roto la comunión familiar; otros, la comunión social. Además, todos hemos sido portadores de la lepra del pecado original y, aunque el Bautismo nos ha curado, padecemos sus consecuencias. El mundo sería insoportable si Jesús se desentendiera de él. Pero es demasiado bueno y misericordioso para dejarnos en tanta miseria moral. Sólo necesitamos acudir a él y decirle como el leproso: «si quieres, puedes curarme». El sacramento de la Penitencia es el consultorio espiritual de ese médico incomparable que es Jesús. ¿Por qué no tener la sencillez y valentía del leproso para acercarnos y decirle: «Si quieres, puedes curarme»?        

DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO (15.II) - CICLO B (Proyecto de homilía)

EL MUNDO, UNA INMENSA LEPROSERÍA A LA QUE JESÚS QUIERE CURAR

 


 

 1. El leproso, un excluido religioso y social. La primera lectura y el evangelio tienen delante un enfermo de lepra, aunque lo consideran desde distinto ángulo: la primera describe cuál era su situación social y religiosa; el evangelio muestra la curación de un leproso por Jesús.

 

La lepra –enfermedad contagiosa y casi incurable en aquel momento- llevaba consigo la impureza ritual. Esta impureza comportaba no sólo la prohibición de participar en la vida cultual, sino incluso compartir la vida ordinaria de la comunidad. Por eso, prohibía entrar en el templo, asistir a las fiestas y participar en los banquetes sagrados; más aún, prohibía la vida en el seno de la comunidad, y obligaba a vivir fuera del campamento y, si alguien se acercaba de modo imprevisto, gritar ¡«inmundo, inmundo!», para que se alejara y no contrajera la lepra y quedase contaminado. Si alguno tocaba al leproso, quedaba el mismo contagiado de la impureza legal, hecho un impuro. 

El leproso era, pues, un excluido religioso y social; un muerto en vida; alguien que no existía ni para su familia ni para sus conciudadanos ni siquiera para Dios. Vivía físicamente; pero estaba muerto existencialmente. Nadie como el leproso veía alterada su vida.

La lepra era signo del pecado: Dios hiere con la lepra a los egipcios (Ex 9, 9ss), a María y Ocias, y amenaza a Israel con la misma plaga (Dt 28, 27-35). El Siervo de Yahvé, inocente en sí mismo, presenta el aspecto de un leproso, al ser portador de los pecados de los hombres, los cuales serán curados gracias a sus heridas (Is 53, 3-12).

La curación de la lepra, muy difícil, reintegraba al leproso a la vida familiar, social y religiosa. Además de la salud, recuperaba la comunión con los hombres.

 

2. Jesús se sitúa por encima de la Ley y respetuoso con ella. Un hombre, afectado por esta enfermedad y sus consecuencias, se dirige a Jesús y le dice con sencillez y  confianza ilimitada en su poder: «Si quieres, puedes limpiarme». No obstante, deja que sea Jesús quién decida lo que ha de hacer. Insólito y sorprendente es el modo de proceder de este leproso, pues no sólo no grita «impuro, impuro» y se aleja, sino que viene hasta Jesús, se postra de rodillas delante de él y le muestra su deseo de ser curado.

Insólita y sorprendente es también la actitud de Jesús: no le rechaza, no le recrimina que haya tenido la osadía de presentarse ante él, no se marcha para no quedar contaminado. Al contrario, tiene compasión de él, participa en su corazón de su miseria, se conmueve interiormente, le toca –él, precisamente, toca al impuro e intocable- y le habla. Jesús se dirige a este hombre marginado, aislado y le dice: «Quiero, queda limpio». Al curarle, le purifica y devuelve a la comunión con Dios y con los hombres. ¡Jesús es más que la Ley, está por encima de ella!

Pero también es respetuoso con ella. Quiere demostrar que no desprecia la Ley y, al mismo tiempo, conseguir que el leproso sea reconocido puro y que, desde el punto de vista religioso y social, vuelva a ser un hombre en plenitud de derechos. Por eso, le manda presentarse al sacerdote para que deje constancia oficial de lo ocurrido.

A la vez, Jesús le da un mandato: que no se lo comunique a nadie. Pero el leproso, como es lógico, no se puede callar y proclama a los cuatro vientos que ha sido curado milagrosamente por Jesús. Se convierte en «misionero», en anunciador de Jesús. Lo cual provoca lo que Jesús temía: que sea reconocido y proclamado por todos como el que puede curar todas las enfermedades.

¡Qué bondad, qué misericordia, qué amor hacia los enfermos y marginados, qué poder puesto al servicio de los demás demuestra Jesús! ¡Qué confianza, qué gratitud muestra el leproso hacia Jesús! Ambos pueden y deben ser imitados.

 

3. Todos somos leprosos. Los Padres han comparado con frecuencia la lepra con el pecado: por su gravedad, por sus consecuencias, por su facilidad de contagio, por la dificultad de su curación.

Efectivamente, hay pecados que excluyen del todo de la comunidad eclesial (la apostasía); otros excluyen de la comunión eclesial plena (herejía y apostasía); todos los pecados graves excluyen de la comunión eucarística (de modo que es preciso confesarse previamente para poder recibirla); todos, incluso los veniales, debilitan la comunión eclesial, porque enfrían la caridad, que es el vínculo de esa comunión.

Muchos pecados –de hecho- rompen o debilitan la comunión familiar: el divorcio, el flirteo con otras personas, los malos tratos, la violencia física o verbal, la ruptura con los padres y/o hermanos. Otros, rompen o debilitan la comunión social: guerras, terrorismo, enfrentamientos de odio y malquerencia, lucha de clases, etc.

Con frecuencia, estas rupturas se agravan con el paso de las generaciones y la generalización de las situaciones; dando lugar así a los «pecados sociales»

 

Todos los hombres y mujeres somos unos leprosos del alma: ¡todos somos pecadores! El mundo es una inmensa leprosería. Adán le ha trasmitido la lepra del pecado original. El Bautismo nos ha curado de ella, pero las cicatrices se reabren por menos de nada y cometemos fácilmente pecados personales, de los cuales somos cada uno responsables. Si fuera posible que nos hicieran una resonancia espiritual, nos llevaríamos las manos a la cabeza, viendo la situación de nuestra vida; y descubriríamos dónde está la causa verdadera de sentirnos mal con nosotros mismos, con nuestra familia, con los compañeros de trabajo.

 

4. Jesús sigue curando. Pero nuestra situación no es más desesperada que la del leproso, con tal que estemos dispuestos a recorrer su mismo camino. ¿Qué hizo el leproso para ser curado? Reconoció la gravedad de su situación; quiso salir de ella; fue al que podía librarle; se lo pidió con toda confianza y humildad; y obtuvo la curación. Luego, fue agradecido y se puso a proclamar lo que Jesús había hecho con él.

Reconozcamos nuestros pecados; vayamos al sacerdote para que nos los perdone («cuando el sacerdote perdona, es Cristo quien perdona», dice san Agustín), pidamos humildemente perdón y ...Jesús se compadecerá de nosotros. ¡Cómo cambiarían nuestras relaciones familiares, profesionales y sociales si nos confesáramos más y mejor!

 

La comunión sacramental –hecha con las debidas disposiciones de alma y cuerpo- nos da la posibilidad de encontrarnos con el mismo Jesucristo, médico de los cuerpos y de las almas. Si hoy podemos comulgar, digámosle con la misma confianza del leproso: «Jesús, si quieres puedes curarme ... de esto, y de esto y de aquello». Y el, que es tan rebueno, te curará.  

 

          

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO (8.II). CICLO B. Proyecto de homilía

ANUNCIO DEL EVANGELIO Y ACCIÓN PODEROSA

 

1. Job, prototipo de la humanidad doliente (1ª lectura). Dios no creó el dolor, la enfermedad y la muerte. Su plan era que el hombre viviese feliz en la tierra y luego en el cielo. Fue el pecado el que introdujo el sufrimiento en el mundo. Desde la primera y decisiva rebelión en el Paraíso, todos los hombres y mujeres son un Job en pequeño o en tamaño natural. Unas veces, es la enfermedad, física o psíquica, propia o de un familiar; otras, la pérdida de un ser querido; otras, un fracaso profesional o una quiebra del negocio; otras, la pérdida del empleo y la subsiguiente imposibilidad de afrontar la hipoteca y los estudios de los hijos; con frecuencia, las crisis en el matrimonio y las desaprensiones y disgustos de los hijos. Así ha ocurrido y así seguirá ocurriendo hasta el fin del mundo. Es verdad que los adelantos técnicos y médicos curan o alivian mucho dolor. Pero también lo es que nunca triunfan del todo y cuando vencen una enfermedad, aparece otra quizás más grave y virulenta. Sin necesidad de caer en pesimismos baratos ni en un sentido trágico de la existencia, hemos de admitir que el hombre padece muchos sufrimientos físicos y morales.

 

2. Jesús, médico de las almas y de los cuerpos (Evangelio).  Jesús se encontró con el sufrimiento humano durante sus correrías apostólicas por Galilea y Judea. Conoció a ciegos, leprosos, paralíticos, moribundos, muertos. No se quedó indiferente; menos todavía, los miró con desprecio o autosuficiencia. Al contrario, se acercó a ellos y los curó. Hoy lo señala el evangelio con absoluta claridad: curó a la suegra de Pedro, «curó a muchos de diversos males» en Cafarnaún y recorrió ciudades y aldeas de Galilea «expulsando demonios». Ciertamente, no curó a todos los enfermos que encontró en su camino ni erradicó la enfermedad y el sufrimiento. A veces, quiso y no pudo hacerlo, por falta de fe y confianza de quienes los padecían; las más de las veces, porque no era su misión. Su misión era anunciar la Buena Nueva de la salvación, es decir: que Dios nos quiere y desea que seamos hijos suyos, hermanos unos de otros y un día vayamos al Cielo para ser felices del todo y para siempre. Esa misión la unía a su acción curativa milagrosa, para apoyar así su mensaje y hacer posible que todos puedan creer y confiar en Dios. Viendo actuar a Jesús descubrimos quién es el que tiene la última palabra y quién es superior a todas las fuerzas y poderes. ¡¡Entonces y ahora!!

 

3. Jesús, un contemplativo que predica, cura y ora (Evangelio). La gente de Cafarnaún estaba entusiasmada con el poder y milagros de Jesús. Viendo que echaba a los demonios y curaba a los enfermos, estaba encantada de que se quedase a vivir con ellos. Pero Jesús se marcha. Primero, a rezar. San Marcos, tan lacónico y detallista siempre, lo dice con claridad: al alba, en el silencio y la paz del amanecer, va a orar a un lugar solitario y al aire libre. En el evangelio de Marcos, la figura de Jesús tiene dos rasgos característicos: su actividad incesante y su oración. Jesús trabaja incansablemente, pero no se deja atrapar por el activismo. Es un contemplativo que predica y reza sin interrupción.

Esta primera marcha no implicaba dejar Cafarnaún; la segunda sí: se fue a predicar por todas las ciudades y aldeas de Galilea. Viene a anunciar a Dios como el verdadero Señor de todos los hombres y que su presencia es portadora de gracia. Este mensaje no tiene como destinatarios exclusivos a los cafarnaítas; ni siquiera a los hijos de Israel. Es para todos. Porque Dios es Dios de todos y todos necesitan el poder y la bondad de Dios.

 

4. Los actuales Cafarnaún y Galilea. Los hombres de hoy sufren la acción del demonio y del dolor con la misma intensidad y extensión que los de Cafarnaún y Galilea de tiempos de Jesús. Nuestro mundo es el Cafarnaún y la Galilea de hoy. Para su fortuna y suerte, Jesús sigue anunciando el Evangelio del Reino, expulsando los demonios y curando las enfermedades y dolencias. Lo hace por medio de la Iglesia, a la cual ha encargado predicar el Evangelio a toda criatura, bautizar y absolver para el perdón de los pecados, orar-ungir a los enfermos con un sacramento específico y aliviar el dolor en todas sus gamas con la acción de todos los cristianos. A veces, como ocurre en el caso de Lourdes, Fátima y tantos casos de curaciones milagrosas, él actúa directamente; pero lo normal es que lo haga por la mediación de la Iglesia. ¡Cuánta gente se llevaría mejor con su cónyuge, con sus hijos, con sus empleados y jefes, con sus amigos y compañeros de profesión, con sus alumnos, consigo mismo y con Dios si se acercara los domingos a escuchar la Palabra de Dios en la Misa, y pidiera a un sacerdote ayuda espiritual de consejo y de perdón! Es la experiencia que tienen quienes así lo hacen: la paz de Dios trae consigo la paz con los demás y la paz con uno mismo. Al margen de Dios y, mucho más, enfrentados con Dios no podemos tener paz ni alegría ni felicidad.

 

5. ¡Ay de mí, si no evangelizare! El evangelio habla de la misión evangelizadora de Jesús por toda Galilea. La segunda lectura muestra a Pablo como un heraldo convencido, incansable, encarnado y gozoso del Evangelio. No lo hacía por propia iniciativa sino porque Jesucristo le había elegido para que le anunciara por todas partes, hasta los confines de la tierra. ¡Ojalá que nosotros sintamos el mismo imperativo y el mismo gozo que él de anunciar el Evangelio en nuestra familia, entre nuestras amistades y colegas y en todos los foros de la vida social en que participamos!              

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B

EL PODER DE JESÚS AL SERVICIO DE LOS HOMBRES

«Curó a muchos enfermos de sus males»


Seguimos en Cafarnaún, pero ya no en la Sinagoga, sino en la casa de Pedro, donde la suegra de éste está gravemente enferma. Andrés y Pedro le manifiestan su preocupación. Jesús no se hace rogar, se acerca al lecho, le da la mano y la levanta sana y salva.¡Es evidente que lo puede todo¡:en la sinagoga, expulsó al demonio; ahora, se sobrepone a la enfermedad. Ambas cosas se difunden rápidamente por todo Cafarnaún. Y la gente –que tiene muchas penas y sufrimientos- viene con sus enfermos y endemoniados para que Jesús los cure. Cualquiera otro se habría puesto nervioso, viendo ante sí tanta tarea y tantas expectativas. Jesús no se inquieta, porque tiene sobrado poder para ofrecer ayuda a todos los que la necesitan. Y cura a muchos enfermos. La gente está encantada y querría que se quedase siempre con ellos. Pero Jesús se marcha. El evangelista hace dos puntualizaciones. La primera es ésta: Jesús, antes del amanecer, va a un lugar solitario para rezar. No sabemos cómo fue su oración ni cuánto tiempo duró. Pero conocemos lo esencial: el hecho de que Jesús no es un activista que sólo sabe trabajar, sino un contemplativo que trabaja y reza con la misma intensidad. La segunda puntualización es ésta: Jesús deja Cafarnaún y se va a predicar por toda Galilea. También aquí une el anuncio del Reino con las curaciones. Con su laconismo acostumbrado lo señala san Marcos: «Recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios» Anuncio y acción poderosa. Acción poderosa que cura a los enfermos, pero cuyo último significado es mostrar de modo ejemplar la fuerza superior de Dios, para que todos puedan creer y depositar en él toda su esperanza. Cafarnaún y Galilea son hoy el mundo entero. Todo el mundo necesita que Jesús le siga anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando sus dolencias. Jesús realiza ambas cosas por medio de su Iglesia. Ella predica el Evangelio en todas partes y, por medio de los cristianos, ayuda a que este mundo sea más habitable.¿No necesitamos tú yo acercarnos a Jesús para que nos evangelice y nos cure?

DOMINGO 4 DEL TIEMPO ORDINARIO (1.II.09) -CICLO B

CRISTO Y EL DEMONIO

«Cállate y sal de él»


 

Estamos en Cafarnaún, en la parte septentrional del lago de Genesaret. Es sábado y ha venido mucha gente a la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios y hacer las solemnes oraciones. También están Jesús y sus apóstoles. Entre la muchedumbre hay un hombre que, a primera vista, no llama la atención, pero que en realidad es portador de un «espíritu inmundo» Tan pronto como ha visto a Jesús se ha puesto a dar voces y a gritar: «Jesús Nazareno, ¿qué quieres? Sé quién eres: el Santo de Dios» Jesús se encara y le dice con autoridad: «Cállate y sal de él» El «espíritu inmundo» se enfurece, lanza «un grito muy fuerte», tira al hombre por el suelo y le retuerce. Jesús es el gran adversario de ese «espíritu inmundo», que no es otro que el demonio. De hecho, ha venido a derrotarle y vencerle. No va a resultarle fácil, porque el demonio va a tratar de hacerle la vida imposible, hasta el punto de que logrará que un día le condenen a muerte como a un malhechor. Y aunque Jesús termine venciéndole con su Resurrección, él no se dará por vencido y continuará la lucha con los amigos y discípulos de Jesús. Lo sabemos muy bien todos nosotros. Bueno, no sé si todos somos conscientes de ello. Pero lo seamos o no, lo cierto es que la lucha entre el demonio y cada uno de los cristianos es una lucha a muerte. Como él no tiene escrúpulos, todos los medios le sirven. Tanto da que sea una calumnia o una infamia, como que sea una invitación a que nos apropiemos de lo que no es nuestro o una provocación a lujuria, al alcohol, la soberbia, la idolatría y el ateísmo. Detrás de tantas leyes absurdas e inicuas, detrás de tanta violencia y extorsión, detrás de tanta pornografía y blasfemia, detrás de tanto aborto y divorcio, detrás de tanta impiedad contra los padres, detrás de tanta mentira institucionalizada, detrás de... todo mal, está el demonio moviendo los hilos de nuestras pasiones y malas inclinaciones. Nuestra única salvación es ir a Cristo, para que le diga:  «Sal de él». Y, de hecho, salga. La confesión es el lugar por antonomasia donde Cristo dice y hace este gran milagro.     

DOMINGO 3 DEL TIEMPO ORDINARIO (25.I) - CICLO B

¿VOCACIONES CRISTIANAS DE SEGUNDA?

 

 

"Dejándolo todo, le siguieron”

Estamos en el lago de Tiberíades. Los pescadores han venido a la orilla después de una noche de pesca. Unos arreglan las redes, otros charlan amigablemente con sus compañeros. Jesús de Nazaret pasa por allí y se queda mirando complacido. Ve una pareja de hermanos, Andrés y Pedro, y les dice: “Venid conmigo”. Ellos, sin dudarlo un instante, dejan la barca y los aparejos y se van con Él. Jesús sigue caminado y encuentra otros dos hermanos que están con su padre reparando las redes. También a ellos les dice “Venid conmigo”. Y ellos también dejan la barca y a su padre y se van con Él. Todos son llamados para lo mismo: para estar con Jesús y luego ir a predicar su mensaje salvador. Los cuatro formarán parte del grupo de los “Los Doce” sobre los que Jesús fundamentaría su Iglesia. Tres de ellos Pedro, Santiago y Juan serán los más íntimos entre los íntimos, y un día tendrán el privilegio de acompañarle en la Trasfiguración y en el Huerto de los Olivos. Uno, Pedro, será elegido como Vicario suyo en la tierra. Hay tres notas que les competen a todos: todos son llamados mientras realizan su trabajo profesional de pescadores, todos son invitados a dejar ese trabajo y todos responden con absoluta prontitud y rotundidad: “Dejándolo todo, le siguieron”, dice el evangelista. Jesús sigue llamando de este modo actualmente. Así llama, por ejemplo, a los que elige para que sean sacerdotes y religiosos. Sin embargo, a la inmensa mayoría de los cristianos no sólo no les invita a dejar su trabajo profesional sino que les manda que sean discípulos suyos en y desde la profesión que ejercen: un taller de reparación de automóviles, un despacho de abogados, un mostrador de bar, una cátedra universitaria, un quirófano de hospital, un escaño de las cortes regionales o nacionales, en una palabra: en cualquier trabajo honesto. Esta llamada no es menos radical que la de  los sacerdotes y religiosos, porque es una llamada que exige llevar a su plenitud todas las virtualidades del Bautismo. Lo que varía no es la radicalidad de la llamada sino la modalidad que reviste. El error de pensar que un padre de familia, un profesor, un político o un obrero manual están llamados a una vida cristiana inferior a un religioso o un sacerdote nos ha costado muy caro. Tan caro, que está impidiendo, de hecho,  que la Iglesia sea luz del mundo, sal de la tierra y fermento que trasforme la masa. Gracias a Dios el concilio Vaticano II ha dejado claro –pienso que de una vez por todas- que toda vocación cristiana es vocación a la santidad y que no hay vocaciones de primera, de segunda o de regional. ¡¡Todas son vocaciones de primera!!Ojalá que cada uno de nosotros respondamos con la misma generosidad y decisión que Pedro, Andrés, Santiago y Juan.  

 

DOMINGO 2 DEL TIEMPO ORDINARIO (18.I) - CICLO B

LA VOCACIÓN: LLAMADA DIVINA Y RESPUESTA HUMANA


                   

 

 

1. Tres grandes vocaciones. La liturgia de este domingo corresponde al ya al «Tiempo Ordinario», o «Tiempo del año», en el que no celebramos un acontecimiento concreto del misterio de Cristo, sino la globalidad de este misterio: su muerte y resurrección, su Misterio Pascual. La lectura del Antiguo Testamento y el Evangelio nos presentan el mismo tema: varias personas reciben una vocación específica de Dios. Samuel es llamado como profeta; Juan, Andrés y Pedro a formar parte de los más íntimos de Jesús. En los cuatro supuestos aparece con claridad que la iniciativa la toma Dios, aunque tal iniciativa es más clara en los casos de Samuel y de Pedro (Jesús le cambia el nombre común y le da el nombre de la nueva vocación y misión). Sin embargo, en todos los casos Dios se sirve de mediaciones humanas: del sacerdote Elí, en el caso de Samuel; del Bautista, en el de Juan y Andrés; de Andrés, en el caso de Pedro.

 

Dios no ha dejado de llamar, sino que sigue llamando en nuestros días. Unas veces, de modo directo y tajante; las más, de modo indirecto y con suavidad. Llama, por ejemplo, a ser misionero en países lejanos, a ser sacerdote o religiosa, a entregarse en celibato y virginidad en medio del mundo; a vivir el matrimonio con más generosidad en la trasmisión de la vida y en la educación de los hijos; a acercarse a la fe y al Bautismo. Dios llama sirviéndose de un sacerdote, de un amigo, de un hermano, de un colega de profesión... Quiere proceder así para que ejerzamos responsablemente nuestra libertad, pues Dios no impone sino que propone. Lo explicaba muy bien san Agustín, cuando decía que Dios se manifiesta con claridad suficiente para que le vea el que le quiere ver y con suficiente oscuridad para que no le vea el que no desea verle.

 

En las llamadas de este domingo, la respuesta es positiva en todos los supuestos: Dios llama y los llamados responden con un «aquí estoy», más o menos explícito. No siempre ocurre así. Hay personas que reciben la llamada de Dios, pero vuelven la espalda. Unas veces por comodidad; otras, por no complicarse la vida; otras, por falsos miedos; las más, porque supone dar un cambio profundo en nuestros proyectos y en nuestros comportamientos. Los seminarios y casas religiosas de formación no están vacíos porque Dios no llame a esa vocación; sino porque los llamados no están dispuestos a decir como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha», «dime, Señor, lo que quieres, que yo estoy dispuesto a todo». Lo mismo ocurre con el amor conyugal: muchos no quieren escuchar la voz de Dios que les llama a tener más hijos y a educarles cristianamente. Es una lástima, porque el que dice «no» a Dios no es feliz, está desencajado en la vida, nunca está del todo contento aunque las cosas le salgan redondas. El camino de la felicidad pasa por el de la fidelidad a la propia vocación.

 

2. Huida del paganismo ambiental. La segunda lectura discurre por un camino distinto al de las otras dos. Pablo pone en guardia a los fieles de Jesucristo de Corinto frente a la vida licenciosa y corrompida de esa ciudad. Corinto tenía fama de ciudad disoluta y depravada, hasta el punto de que, cuando se quería describir una vida disoluta e inmoral, se decía que aquel modo de comportarse era «vivir a la corintia». Baste decir que se consideraba sagrada la misma prostitución. Los discípulos de Jesucristo –entonces y ahora- al convertirse no habían dejado de vivir en medio de sus parientes y conciudadanos. Al contrario, vivían en las mismas casas y trabajaban –salvo en casos abiertamente inmorales- en las mismas profesiones. Lo que había cambiado era su modo de vivir, su conducta; que ya no podía seguir las pautas del paganismo decadente e inmoral sino la nueva vida en Cristo. Concretamente, no podían fornicar (unión sexual de una persona no casada con otra fuera del matrimonio), por muy extendida y común que fuese esa práctica en la sociedad de Corinto (y en general en el paganismo de entonces). Pablo va al fondo de la cuestión: los cuerpos de los que han recibido el Bautismo son miembros de Cristo; por ello, pertenecen al Señor, no a una prostituta. Por otra parte, los bautizados han sido comprados con el precio de la Sangre de Cristo. Consiguientemente, los cuerpos santificados en el Bautismos son de Cristo y no se pueden dar a una prostituta. ¡Este es el verdadero planteamiento de la castidad!.

 

Nuestra sociedad occidental vive un clima moral muy semejante al de Corinto en materia sexual. Muchos bautizados han caído en las redes del paganismo ambiental: parejas de hecho antes del matrimonio, prostitución muy extendida, abuso de menores, turismo sexual... ¡Es hora de recordarles que el Bautismo les ha hecho miembros del Cuerpo de Cuerpo y templos del Espíritu Santo!; por lo que no pueden vivir de espaldas a esta realidad. La castidad es posible, aunque sea más difícil en un ambiente tan erótico y sensual como el nuestro. Pero la vivencia de esta virtud –que tanto ennoblece la dignidad de la persona humana- requiere tomarse en serio las palabras de san Pablo: «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor» y «no os pertenecéis en propiedad, porque os han comprado, pagando un precio por vosotros»: el precio de la Sangre de Cristo.

 

3. La Eucaristía, alimento para la vida cristiana. La respuesta a la propia vocación y la vivencia de la castidad no es fruto –única o principalmente- de nuestro esfuerzo, de nuestra fuerza de voluntad. Ambas realidades son un don de Dios y, por ello, fruto de la gracia (con la cual hemos de colaborar). La gracia o ayuda de Dios nos viene, sobre todo, a través de la comunión sacramental eucarística, hecha con las debidas disposiciones. La Eucaristía es el alimento indispensable para caminar como cristianos; pues, lo que es la comida para la vida material, es la Eucaristía para la vida espiritual. No es un premio o algo que está mejor que lo contrario: ¡¡es imprescindible, absolutamente necesario, algo sin lo cual es imposible ser buen cristiano!! Que el Señor nos lo haga comprender ahora.     

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (11 de enero) - Ciclo B. Proyecto de homilía

EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO

 


 

1. Jesús de Nazaret, plenamente solidario con los hombres. Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo de Jesús. En ella, el Padre manifiesta públicamente que Jesús de Nazaret no es un hombre, menos aún, un pecador. Se hace bautizar como pecador, porque es el Mesías que Él ha enviado a solidarizarse con el hombre pecador y salvarle; pero es su Hijo amado, su predilecto. Un día, cuando suba al árbol de la Cruz con los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, la solidaridad con el hombre será tal, que llegue hacerse no sólo pecador sino «pecado». No cabe mayor ni más completa solidaridad. El Espíritu Santo desciende ahora sobre Jesús «como una paloma», es decir, de un modo que no se puede describir. Se revela así el gran misterio de que Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo y que la obra de la salvación es también obra de las tres Personas Divinas. Se desvela, finalmente, el misterio de nuestro Bautismo: gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo y a la fuerza del Espíritu Santo, las aguas bautismales se convertirán en el nuevo Jordán, donde entramos pecadores y salimos como hijos amados del Padre y posesionados por el Espíritu Santo.      

 

 2. «Este mi Hijo amado» Los Magos ya habían reconocido que Jesús era el Mesías y Señor. Simeón también lo había proclamadon («mis ojos han visto a tu Salvador»). Eran testimonios más cualificados que el de los pastores, que también lo habían reconocido y anunciado a sus paisanos. Hoy llega el testimonio supremo: el del mismo Dios Padre. No cabe otro mayor, porque «nadie conoce al Hijo sino el Padre». El Padre interviene para manifestar, con toda solemnidad y claridad, quién es este Jesús de Nazaret: aunque lo parezca, no es uno más. ¡¡Es su Hijo Unigénito, su Hijo amado!! El Hijo a quien ha enviado al mundo para reconciliarlo y salvarlo de su pecado, y así revelar y realizar, de modo pleno y definitivo, su eterno plan de salvación, que no es otro que introducir al hombre en el ámbito de su más profunda intimidad, hacerle miembro de su propia familia y comunicarle su misma vida divina.

Según el testimonio del Padre, Jesucristo no es un superstar ni un superhombre ni el profeta por antonomasia ni el hombre más bueno que haya existido ni existirá nunca. Es mucho más: es Dios y es el Hijo Único de Dios. ¡Hay que dar este salto! Porque, si no lo damos, nunca comprenderemos la grandeza del amor del Padre que nos ha enviado a su Hijo –que es lo que más quería-; ni la grandeza del amor del Hijo, que ha acogido con amorosa obediencia este envío del Padre; ni saldremos más allá del espacio de los grandes fundadores de religiones, todo lo grandes que se quiera, pero humanos (Buda, Confucio, Mahoma); ni captaremos la originalidad y grandeza de ser cristianos.

Que salga hoy de nuestro corazón la confesión creyente de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» ¡Señor Jesús: Te reconozco como si Dios y mi Señor!

 

3. «Escuchadle» A Dios nadie le ha visto nunca. Sólo el Hijo, que ha sido engendrado por Él y vive con Él desde toda la eternidad, sabe quién es Dios, cómo es el corazón del Padre, cuánto ama este Padre a quienes somos sus hijos en el Hijo, qué es lo que el Padre quiere y espera de nosotros, cómo desea que le tratemos y nos dirijamos a Él, y nos tratemos entre nosotros, cómo cuida de la creación y de todo lo que hay en ella... Sólo el Hijo sabe también quiénes somos nosotros, los hombres; cuál es nuestro destino; qué sentido tiene el dolor, la enfermedad y la muerte; qué hay más allá de la muerte... Por eso, no hay que ir en busca de otra doctrina, ni de otra luz, ni de otro salvador, sino sólo detrás de Él, para escucharle lo que nos vaya diciendo, a lo largo de su predicación y, sobre todo, con el más elocuente de todos los discursos: su entrega por nosotros hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Los evangelios contienen las palabras de la Palabra, la revelación de lo que el Padre nos ha comunicado por medio de su Hijo. Por eso, leer y meditar el Evangelio es absolutamente imprescindible.

 

4. «Se abrió el cielo y descendió sobre Él el Espíritu». El Dios que se nos revela hoy es un Dios Trinidad, un Dios familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La salvación de los hombres es obra de los tres: el Padre envía a su Hijo para que el Hijo salve al mundo mediante su humanización y su Muerte y Resurrección redentoras; el Hijo realiza este proyecto, haciéndose hombre verdadero y muriendo y resucitando por nosotros. El Espíritu Santo asume la obra del Hijo y la hace presente y operativa en los hombres.  Los artífices de nuestra salvación y santificación son las Tres Personas: ninguna queda al margen ni ninguna hace más que la otra. Las Tres actúan conjunta y armónicamente.

 

Así lo confesamos en el Bautismo, que se nos confiere «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; en el sacramento de la Reconciliación (somos reconciliados por el Padre, Hijo y Espíritu Santo, como dice la fórmula de la absolución); en la Eucaristía (pedimos al Padre que nos envíe el Espíritu para así actualizar el sacrificio de su Hijo), y en los demás sacramentos. También comenzamos y terminamos las cosas, sobre todo al comienzo y final del día, con el signo de la Cruz, que hacemos diciendo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y concluimos el Padre Nuestro y los Salmos con el «Gloria» a las tres divinas Personas. 

 

5. Nuestro bautismo. Nosotros fuimos llevados un día hasta el bautista de la Iglesia: el párroco, con el fin de que nos bautizara en unas aguas consagradas y vivificadas por la Pasión de Jesucristo y el Espíritu Santo. Fuimos introducidos en ellas como «hijos de la ira», «esclavos del pecado» y «condenados a muerte». Y salimos convertidos en «hijos de Dios», «libres de todas las ataduras del pecado» y «destinados a la vida eterna». Bien podemos volver a repetir con san León Magno: ¡¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!! ¿Cómo? Pues... viviendo como tal.

 

Escasas y titubeantes son nuestras fuerzas. Pero contamos con la fuerza de la Eucaristía que ahora estamos celebrando, la cual nos alimenta con la Palabra de Dios y con el Cuerpo de Cristo.