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LITURGIA DEL VATICANO II

Homilía del domingo por ciclos

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (11 de enero)

EL MÁS SOLIDARIO DE LOS HOMBRES

«Este es mi Hijo amado»


 

Estamos en el río Jordán. Hay una larga cola de hombres y mujeres que esperan que Juan Bautista escuche sus pecados, su arrepentimiento y sus propósitos de cambiar de vida, y les sumerja en las aguas del río. Como uno más, Jesús de Nazaret espera este momento. Cuando llega, el Bautista se detiene, le mira sorprendido y le dice: «¿Soy yo el que debe ser bautizado por Ti y vienes Tú a que yo te bautice?» Juan no entiende nada, pero ha de ceder, ante la respuesta de Jesús: «Déjalo, ahora hay que cumplir lo que Dios quiere» Enseguida Jesús entra en el agua como un pecador y Juan le bautiza. ¡Que la máquina siga filmando la escena! ¡¡Jesús, el inocente por antonomasia, más aún, la misma inocencia, como un pecador más!! Un día se desvelará completamente el misterio que ahora se entreabre. Será el día en que suba al árbol de la cruz no sólo como un pecador, sino «hecho pecado», en palabras que no pueden ser más fuertes, pero que son de san Pablo. Entonces aparecerá hasta qué punto se ha hecho solidario con el hombre pecador y hasta qué límite ha asumido las consecuencias de los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. El Bautismo de Jesús en el Jordán sólo se entiende y esclarece proyectándolo sobre la Cruz. Jesús de Nazaret es, sí, un hombre de carne y hueso. Pero es mucho más. Es «el Hijo amado, el predilecto» del Padre. El que Éste ha enviado al mundo para que lo reconcilie con Él y lo haga «hijo en el Hijo» El Espíritu, confirmando al Padre, desciende «como una paloma». Que es tanto como decir, de «un modo que no se puede describir». Pero viene y permanece en Jesús, que es lo definitivo. El Jordán se hace testigo de la primera gran revelación de Dios como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Testigo también de que la salvación del mundo es obra de los Tres. Por eso nosotros somos bautizados en el nombre de los tres,  los pecados nos los perdonan los tres y la Eucaristía es obra de los tres. ¡Gran misterio el del Bautismo de Jesús que hoy celebramos!                 

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero). Proyecto de homilía

«DIOS QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES SE SALVEN»

 


 

1.  Epifanía, fiesta de la universalidad de la salvación. Hasta hoy, todos los personajes que hemos encontrado junto al Verbo-Humanado eran judíos. Judía era la Virgen María; judíos eran san José, los pastores, los ancianos Simeón y Ana. Tenía que ser así, porque Israel era el Pueblo que Dios mismo se había escogido como «su» Pueblo y a esa estirpe pertenecía David, del que nacería el Salvador. Dios  había cumplido su promesa, tantas veces anunciada en la Antigua Alianza.

Hoy se da un cambio radical de perspectiva. Entran en escena «otros» que no son judíos ni de raza ni de religión ni de geografía. Para los judíos, no había más que dos clases de personas: «ellos» y «los demás», porque sólo ellos se consideraban herederos de las promesas. Hoy ese muro se derrumba estrepitosamente y hace posible que «los otros» también entren a formar parte del Pueblo de Dios. No importa que vengan de «más allá» de las fronteras político-religiosas de Israel (de lo que hoy llamamos Irak). Vienen y son acogidos. Vienen guiados por el mismo Dios, que de una forma misteriosa pero eficiente, les lleva hasta donde se encuentra su Hijo hecho hombre. Más aún, Dios mismo les otorga el don de la fe, para que reconozcan en el recién nacido no un niño más, sino al Mesías y Salvador del mundo. La fe les descubre que ese Niño es Dios; y se postran, le adoran y le presentan sus dones.

La fiesta de la Epifanía –que así la llama la liturgia- es, pues, muchísimo más que la fiesta de los Santos Reyes. Es la fiesta que revela que Dios, al atraer hacia Cristo a estos magos de Oriente, quiere revelar el misterio de su salvación: misterio que comprende a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, lugares y razas, sin hacer discriminación alguna. Cristo aparece así como «luz del mundo», «luz de las naciones», Salvador universal. Consiguientemente, la Epifanía es también la fiesta de la vocación de los hombres a la fe ahora y a la gloria después. Lo canta maravillosamente el prefacio: «Hoy has revelado en Cristo, para luz de los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación; pues, al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad». La Colecta también abunda en las mismas ideas: «Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo Unigénito por medio de una estrella a los pueblos gentiles: concede a los que ya te conocemos por la fe poder gozar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

 

2. Nosotros, estrella que guíe a los nuevos magos. Hasta hace pocos años, este lenguaje podía parecernos muy bonito pero un tanto lejano. Hoy, en cambio, la emigración y la secularización lo han hecho no sólo atractivo sino actual. Nuestras plazas y calles, nuestros comercios y fábricas, nuestros lugares de trabajo se han convertido en un inmenso país de «magos posibles». Ya no somos todos católicos ni todos practicantes ni todos creyentes. Mucha gente que convive con nosotros nunca ha oído hablar de Jesucristo; muchos otros lo consideran un personaje extraño a su vida, en el sentido de que no cuentan con él a la hora de organizar el matrimonio, el trabajo, las relaciones sociales, la preocupación por los más necesitados, etcétera.

Ante este panorama, las palabras de san Pablo, en la segunda lectura, han de sonarnos como un aldabonazo: ahora «ha sido revelado... que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio». Es decir, en lugar de llenarnos de pesimismo, tristeza y desesperanza, hemos de ver la «nueva situación» como una «oportunidad magnífica» para anunciar el Evangelio.

¡Por supuesto que habrá dificultades! Pero recordemos que los Magos tuvieron muchísimas más; lo mismo que san Pablo y los demás Apóstoles, y todos los misioneros que se han ido a cualquier rincón del mundo, desconociendo la lengua, las costumbres y ...todo. Seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que somos bastante cobardes y muy poco apostólicos. Alguien ha recordado recientemente que «lo peor no es el mal que hacen los malos, sino el bien que dejan de hacer los que son buenos».

Dios espera que nuestro trato, nuestra acogida, nuestra comprensión, nuestra amistad, nuestra pacífica convivencia con todos, nuestro consejo y ayuda oportunos, nuestra palabra creyente y nuestra vida coherente sean la «luz» que atraiga hasta Jesucristo a quienes viven con nosotros –quizás en nuestra propia familia o empresa- y no le conocen o han dejado de conocerle. ¡Qué alegría ponerse al servicio de los demás para llevarles hasta el único que les quiere de verdad y no desea otra cosa que su felicidad y dar sentido a su vida!

 

3. «Que vivamos con amor sincero el misterio que hemos celebrado», pediremos al final de la Misa en la postcomunión. La Palabra de Dios y la liturgia que estamos celebrando nos revelan el sentido de ese «misterio». La fuerza de Cristo, en la comunión, nos ayudará a realizarlo a lo largo de la semana.                  

    

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD (4 de enero) - Ciclo B. Proyecto de homilía

UN DOMINGO DE TRANSICIÓN

 

El segundo domingo de Navidad hace de lazo de unión entre la solemnidad del Nacimiento de Cristo y la Epifanía, que celebraremos pasado mañana. Eso explica que varios textos sean los mismos del día de Navidad y que se vislumbre ya la luz que reportará la manifestación de Cristo.

 

1. En Cristo, Dios salva a todos los hombres. La liturgia de hoy nos hacer escuchar el mismo Evangelio de la Misa del día de Navidad: el Prólogo del evangelio de san Juan. Es una manifestación más de la sabia pedagogía de la Iglesia, que siente la necesidad de dedicar los domingos que siguen a Navidad y a Pascua a profundizar en el misterio celebrado; consciente de que es tan gran grande que no se puede comprender de una sola vez. Al proclamar hoy el Prólogo de san Juan deberíamos tener muy en cuenta lo que de él decía san Agustín: «Debería estar escrito en letras de oro en todas las iglesias y colocado en el lugar más eminente».

San Juan se remonta en este Prólogo al origen último de la Persona de Jesucristo. El verdadero y último principio de Jesús  está «en el Padre» y antes de que existiese el tiempo: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo era junto al Padre y el Verbo era Dios».

Con todo, la liturgia de hoy se preocupa menos de explorar el origen del Verbo que de celebrar su presencia entre nosotros. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios se había servido de mediadores para comunicarse con los hombres: Moisés, Abrahán, los profetas...Con Jesucristo, esta comunicación es inmediata, no nos habla mediante una persona interpuesta sino que él mismo en persona nos habla.

En Jesucristo, Dios y el hombre se han unido personalmente, hasta constituir una sola Persona, que es la Persona divina de Cristo. Esta es la roca sobre la que descansa nuestra salvación, lo que da un valor universal e irrompible a la redención que ha obrado Jesucristo. Desde el momento de esta unión (que los teólogos llaman hipostática) ya no puede interrumpirse el diálogo entre Dios y el hombre, porque ese diálogo tiene lugar en la misma Persona de Cristo; y así como  nadie puede separar en Cristo el Verbo de la carne, igualmente, nadie podrá separar a Dios del hombre.

 

2. El plan eterno de Dios se revela (2ª lectura). La encarnación del Verbo lleva a cumplimiento, por tanto, el plan que Dios había concebido desde toda la eternidad. Esto es lo que desvela la segunda lectura. Hemos sigo elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables en su presencia; y estamos predestinados de antemano a ser hijos de Dios en Jesucristo. Descubrimos así cómo el misterio de la Encarnación nos hace entrar en la Trinidad. Desde toda la eternidad, el Padre nos ama, no se desanima a pesar de nuestras infidelidades y nos envía a su Hijo. Este Hijo muere por nosotros y nos rescata. El Espíritu Santo traza en nosotros la imagen del Hijo, de modo que, cuando el Padre nos mira, ve en nosotros a su propio Hijo ¡Cómo no a va explotar san Pablo en un sentimiento de admiración y de inmensa gratitud! Es lógico también que pida que el Espíritu abra nuestros corazones y que podamos entender la esperanza que nos da la llamada del Padre y el valor inapreciable de la herencia en la que, junto con todos los fieles, participamos.

 

3. De la Eucaristía a la vida. La Eucaristía que estamos celebrando nos ayuda a vivir como hijos en el Hijo. No es algo que dure un momento o una temporada: se extiende a toda la vida. La gran tarea de toda nuestra vida es reconocer que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos verdaderos hijos suyos y esforzarnos para vivirla con esta coherencia. En la Eucaristía recibimos el Verbo que se hizo «Carne» y ahora se hace «pan» para ser nuestra comida. Desde la mesa eucarística, partiremos –con la fuerza de esa Carne, a la vida, con el deseo de ser durante la semana un poco mejores hijos de Dios.      

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD (4 de enero) -Ciclo B

LO QUE PASÓ DESPUÉS

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron 


 

Un día, después de haberle contado el Nacimiento de Jesús en Belén, un niño me dijo: «Ahora, cuéntame qué pasó después» Bajé un poco los ojos, me quedé pensativo y añadí: «Bueno, lo que pasó después te lo contaré otro día». Era un modo de autodefenderme de una pregunta sumamente inquietante. Porque «lo que pasó después»  lo cuenta Juan, el evangelista teólogo, sin irse por las ramas: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». No todos reaccionaron así, porque otros «le recibieron» y él se lo pagó con un regalo inmenso: les hizo hijos de Dios. La respuesta acogida-rechazo ha sido lo ordinario en la historia de los hombres. Y así seguirá siendo mientras los hombres y las mujeres seamos personas libres, capaces de decir «sí» y «no». No resulta sencillo colocar en un lado a los que dicen «sí» y en otro a los que dicen «no», y luego trazar su perfil. De todos modos, en el contexto del Nacimiento de Jesús hay personas que pueden ser paradigmáticas. En aquel momento, le rechazaron los incrédulos y engreídos doctores de la Ley, capaces de describir con pelos y señales dónde había nacido el Mesías, pero incapaces de humillarse ante Dios hecho Niño. Le rechazó también el ambicioso y sanguinario Herodes, incapaz de no politizar incluso lo más sagrado. En cambio, le acogió la «humilde esclava del Señor», María, y el buenazo de san José. Le acogieron los pastores que se llenaron de fe y docilidad al anuncio del ángel y «encontraron a María y al Niño en su regazo». Le acogieron los ancianísimos Simeón y Ana, porque eran creyentes de verdad y habían sabido esperar la hora de Dios. La historia se repite al pie de la letra. Hoy rechazan a Cristo los que creen que lo saben todo, que lo pueden todo, que lo politizan todo, que no ven en los demás personas a quienes servir sino de quienes servirse. Y la siguen acogiendo los humildes, los necesitados de amor y de perdón, los que tienen alma de niño, los que ponen toda su esperanza en Dios y sólo en Dios. Tú y yo, ¿dónde estamos, con quienes nos identificamos, qué respuesta estamos dando en esta Navidad?    

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS - Ciclo B. Proyecto de homilía

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, REINA DE LA PAZ


 

1. Ambientación histórico-litúrgica. Celebramos hoy la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. El Papa Pío XI, en 1932, instituyó la fiesta de la Maternidad Divina de María, para conmemorar el 15º centenario de su definición dogmática, en el concilio de Éfeso (a. 431), y la asignó al 11 de octubre, día en que se clausuró dicho concilio. Otro concilio, el Vaticano II, aumentó su celebridad, pues comenzó su andadura en dicha fecha (11 de octubre de 1962). En la reforma litúrgica de Pablo VI ha ganado en importancia, porque ahora tiene rango de solemnidad y es de precepto. Ahora se celebra el 1 de enero, debido a su contenido y al deseo de recuperar la antiquísima memoria que la Liturgia Romana hacía de ella en ese día.

La solemnidad tiene por objeto «celebrar la parte que María tuvo en el misterio de la salvación y exaltar la singular dignidad que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir al Autor de la Vida»; así mismo, es «ocasión para renovar la adoración al recién nacido, Príncipe de la Paz, para escuchar de nuevo el anuncio angélico, para implorar de Dios, por medio de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz» (Pablo VI, Marialis Cultus, n. 5). La inserción en el misterio de la Navidad contribuye a resaltar el papel del todo singular que María tuvo en el misterio de la Encarnación y, en última instancia, en la toda la economía de la salvación.

 

2. María, Madre de Dios. Toda la liturgia del día proclama, confiesa y celebra que María es verdadera Madre de Dios. «¡Salve, Madre santa! Virgen, madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos» (antífona de entrada); «Señor y Dios nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación» (Colecta); «a cuantos celebramos hoy la fiesta de la Madre de Dios» (Oración sobre las ofrendas); «te pedimos que  a cuantos proclamamos a María Madre de tu Hijo» (Poscomunión); «Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la Maternidad de Santa María siempre virgen» (Prefacio); «Dios envió a su Hijo nacido de una mujer» (2ª lectura; el texto mariológico más denso del Nuevo Testamento); el evangelio presenta al Niño con María y José.

 

3. Verdadera Madre de Dios. Lo que la Iglesia celebra es que María realizó con el Verbo Encarnado la misma función y aportación que hacen todas las madres respecto a sus hijos. Sus entrañas virginales fueron hechas fecundas por la acción del Espíritu Santo; llevó en su seno al Verbo humanado, le alimentó y le dio a luz. Madre como cualquier madre, salvo en la concepción y parto virginales. Gracias a ello, Jesús podía llamarla «Madre» con la misma verdad, sentido y radicalidad con que lo hace cualquier hijo respecto a la suya. Y María podía llamar a Jesucristo «hijo mío» con la misma radicalidad, verdad y sentido que nosotros lo hacemos con nuestra madre.

Desde esta perspectiva se comprende que la Maternidad divina de María sea su mayor título y el fundamento de todos los demás. Porque estaba predestinada a ser «la Madre de Dios», fue concebida sin pecado original y en la plenitud de gracia; y porque fue realmente «la Madre de Dios», fue también Asunta al Cielo. En este título se fundamenta todo el culto mariano y toda la devoción  y confianza que le profesa el pueblo cristiano. En la Maternidad divina se fundamenta también la unión «indisoluble» que existe entre Cristo y María en la obra de la salvación. María quedaría reducida a la nada, si fuera desposeída de su Maternidad divina. Gracias a esta Maternidad nadie ha conocido a Jesucristo con tanta profundidad y con tanta verdad; nadie lo ha querido como Ella; y Jesucristo a nadie, como a Ella, ha querido, escuchado y asociado a su obra redentora.

Las almas santas han comprendido muy bien que el amor a María es garantía del amor a Jesucristo y que su Maternidad divina es también la mejor garantía para acudir a Ella con entera confianza en todas las necesidades.

 

4. María, Madre de Dios por la fe. La Maternidad divina de María no comprende sólo el momento de la concepción y del parto. La concepción, el parto, la alimentación, la crianza constituyen el primer momento, esencial y determinante, de la Maternidad divina salvífica. Junto a esto, María se unió de modo íntimo y constante a la  obra de la salvación –desde Nazaret a Belén, desde Caná a Jerusalén, desde el Calvario a la Asunción al Cielo-, de modo que Ella vivió plenamente identificada, psicológica y espiritualmente, con su Maternidad salvífica. Los Santos Padres ya destacaron que María en la Anunciación dio su consentimiento con plena libertad y conciencia, comprometiéndose a la invitación divina para un servicio total a Cristo y a su obra salvífica. Pusieron también de relieve que María vivió su maternidad divina y salvífica bajo el impulso gratificante del Espíritu Santo, desde el  principio hasta el fin de su vida terrena, en un progresivo camino de fe, obediencia y caridad, consagrando su propia persona a la obra salvífica de su Hijo.

Un día, un oyente entusiasmado gritó a Jesús: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Jesús le apostrofó: «Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Esta exégesis es el mejor comentario teológico al modo con el que su Madre vivió la Maternidad: no sólo de modo biológico sino con total y permanente entrega al servicio de la obra de su Hijo, de acuerdo con su consciente y rendido: «Soy la esclava del Señor, hágase lo que Dios quiere». ¡¡Qué ejemplo para nosotros, al celebrar hoy la Maternidad de María!! ¡¡Qué ejemplo a imitar durante todo el año que hoy comienza!!

 

5. María, Madre-Reina de la Paz. En medio del gozo que hoy nos embarga, sentimos también una gran pena por la situación que presenta la familia de los hijos de Dios: guerras violentas, terrorismo, enfrentamientos rencorosos, lucha de clases, división en las familias, ... Una cuestión especialmente dolorosa es el sufrimiento y el daño que se está causando a los niños: hambre, explotación para la guerra, comercio sexual, violencia doméstica, divorcio, etc. Pablo VI tenía sobrados motivos para unir la fiesta de la Maternidad Divina de María con la súplica por la Paz, a Jesucristo, Príncipe de la Paz y a su Madre, Reina de la Paz. Que ellos nos concedan el don de la paz: al mundo, a nuestra Patria, a la Iglesia, a nuestras familias, y a todos y cada uno de nosotros.                       

SAGRADA FAMILIA. 28. XII. Proyecto de homilía

LA SAGRADA FAMILIA Y LAS VIRTUDES DE LA FAMILIA CRISTIANA

 


 

 

1. Ambientación histórica. El culto a la Sagrada Familia floreció a partir del siglo XVII, al cobrar relieve el culto a san José (el culto a la Santísima Virgen viene desde muy antiguo). Sin embargo, fue en el momento en que la familia cristiana sufrió los embates de la secularización laicista, en pleno siglo XIX, cuando la Iglesia se decidió a crear una fiesta litúrgica consagrada a la S. Familia. León XIII la introdujo en el Calendario Romano y estableció que se celebrase el tercer domingo después de la Epifanía. Tras  una desaparición transitoria, fue restablecida y asignada al domingo siguiente a la Epifanía. El Papa Pablo VI quiso realzarla y darla una orientación todavía más familiar, presentando a la S. Familia como ejemplo de las virtudes domésticas de la familia cristiana; motivo por el cual la colocó en el domingo situado entre la Navidad y el 1 de enero. En España se ha instituido como «Jornada por la Familia y la Vida», dependiente de la Conferencia Episcopal. Actualmente, se congrega en Madrid una inmensa multitud de personas que quieren celebrar el gozo de la familia cristiana y afirmar su validez y su extraordinaria importancia.

 

2. «Imitar sus virtudes domésticas» y estar «unidos por el amor» Estas palabras de la oración colecta resumen y centran el objeto de la celebración: si la Sagrada Familia es un «maravilloso ejemplo», lo lógico es que pidamos que las nuestras imiten sus virtudes y su amor.

María puso toda su condición femenina a disposición de Dios, para acoger en su seno, criar, dar a luz y educar al Hijo del Eterno Padre hecho hombre. Se puso al servicio de la misión de este Hijo, aunque tuvo que sufrir que una espada le atravesase el alma, al hacer suyo el rechazo de Jesús como Mesías  («una espada te traspasará el alma», le dijo Simeón. La espada hiere y mata y tiene siempre un carácter hostil contra la vida; el alma es lo más íntimo de la persona. Las ofensas a Jesús, fueron las de María; el destino de Jesús fue también de María. Ella y Él están unidos de modo total y cordial); le acompañó en los momentos de la persecución, del abandono y del desamparo; gozó con Él mil detalles de la vida cotidiana y, especialmente, la gloria de su Resurrección.

José tuvo que asumir la paternidad adoptiva de Jesús, y cumplir con él todas las obligaciones de un padre responsable: le protegió del impío Herodes, le enseñó a rezar antes de las comidas, le llevó cada sábado a la sinagoga de Nazaret, le acompañó a Jerusalén cada Pascua, desde que Jesús tuvo doce años, le enseñó el oficio con el que ganarse la vida.

No resulta difícil imaginarse la vida de la Sagrada Familia: cada día,  José, en el taller; María, moliendo el grano y cociendo el pan cada día, y preparando la comida y la casa; Jesús, ayudando en lo que podía; todos, rezando antes de cada comida, al levantarse y al atardecer; los sábados, observando el descanso impuesto por la Ley y participando en la liturgia de la sinagoga (se leía y explicaba el Antiguo Testamento y se hacían unas oraciones solemnes); y, cuando llegaban las Fiestas, subiendo a Jerusalén si era el caso (Pascua). Y en todo momento, viviendo en paz, unidad, concordia y amor.

Nuestras familias imitan las virtudes domésticas de la Nazaret: viviendo el amor, servicio y respeto mutuo entre los esposos y los hijos, acogiendo la vida y cuidándola en todas sus fases y situaciones, educando a los hijos en lo humano (virtudes humanas, educación física, síquica, intelectual y moral), en lo espiritual y en lo estrictamente cristiano (trasmitiéndoles la fe, llevándoles a la catequesis, ayudándoles en la preparación a los sacramentos, enseñándoles a rezar y a tratar a Dios como a un Padre), enseñándoles, con la palabra y el ejemplo, a descubrir, respetar, ayudar y servir el otro, -especialmente a los enfermos y a los mayores-, a aceptar y santificar el dolor, a preocuparse por los más pobres y necesitados.

La primera lectura describe con gran delicadeza algunos comportamientos de los hijos para con los padres; y la lectura de san Pablo ofrece unas pistas del mayor interés sobre el modo de comportarse las esposas, los maridos y los hijos. El «sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otros» tiene una actualidad extraordinaria.

 

3. «Edificar nuestros hogares sobre la base firme de la paz verdadera» Estas palabras de la «Oración sobre las ofrendas» completan las de la Colecta. La oración no concreta cuáles son esas bases firmes de la paz verdadera. Entre otras, son fundamentales estas tres: la aceptación del otro, tal y cual es, el perdón mutuo sin cansancio y el amor. Las tres son fundamentalísimas; aunque se resumen en el amor, tal y como lo explica san Pablo en el himno a la caridad: «la caridad es paciente, es amable, no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra con la injusticia, se complace con la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13, 4-7).

 

4. «Que después de las dificultades de la vida» le acompañemos en el Cielo. Estas palabras de la Poscomunión, rematan el cuado precedente. La vida no es nunca de color de rosa; sino que es siempre una rosa con flores y espinas. El dolor acompaña al hombre y a la familia como la sombra al cuerpo: enfermedades, fracasos, accidentes, vejez, muerte, etc. Hay que contar con esto, asumirlo y santificarlo. No es un obstáculo para la felicidad verdadera; sabiendo, no obstante, que ésta no se da plenamente en la tierra, sino en la patria del Cielo.

Pidamos en nuestra eucaristía que Dios bendiga a nuestras familias y las defienda contra tantos enemigos que las atacan. Pidamos para ellas –especialmente para las que se encuentren en dificultades- la paz, el consuelo, la ayuda y el amor. Pidamos, sobre todo, que se miren siempre en el espejo de la Sagrada Familia para imitar sus virtudes.      

           

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA - CICLO B. 28.XII

EL FARO DE TODAS LAS FAMILIAS


En una ocasión, alguien me hizo notar que un niño es mucho más impotente que un patito y me dio esta sabia explicación: el patito tiene que valerse por sí mismo desde su nacimiento, mientras que un niño nace en la cuna de una familia. Cuando Dios se hizo hombre confirmó esta ley general, como muestra el evangelio de hoy. José y María le llevan al Templo para presentárselo a Dios. Porque, al ser el primogénito, Jesús pertenecía a Dios, según la Ley. San Lucas no dice que fuera rescatado, como debían serlo los primogénitos varones, sino que fue «consagrado». Jesús pertenece a Dios de un modo singular, habida cuenta de que María lo había concebido por obra del Espíritu Santo, no por la acción de san José. El Templo es el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. La primera vez en su vida que Jesús va al Templo, va en los brazos de María. Volverá cuando tenga doce años, pero lo hará por su propio pie. Entonces dejará más claro lo que ahora confiesa su Madre: que este hijo no le pertenece a Ella sino a Dios. En el Templo, José y María se encuentran con dos ancianos: Simeón y Ana. Simeón reconoce en aquel Niño al Mesías que él ha esperado durante toda su vida. Y rompe cantar alabanzas a Dios, porque Dios siempre cumple lo que promete: mantiene su palabra y sus promesas. Luego bendice a María y a José, y hace una profecía de enorme calado: Jesús es, ciertamente, el Mesías; pero no se llevará a la gente de calle, sino que unos lo recocerán como Mesías y otros lo rechazarán. Y eso tendrá consecuencias para María. Tantas y tan serias, que una espada –la espada hiere y mata y tiene un carácter hostil con la vida- herirá lo que es el centro de toda su vida: el alma. Las ofensas a Jesús, serán ofensas suyas, y el destino de Jesús será su destino. Ella y Él estarán unidos de modo total y cordial. Desde el Templo vuelven a Nazaret, que será durante muchos años la patria de Jesús. Allí vivirá como uno más. Pero estará redimiendo al mundo. José y María forman una comunión íntima de personas y tienen una única vida, cuyo centro es el Niño y su bien. ¡Qué ejemplo para nuestras familias!

 

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR - 25. XII. Proyecto de homilía

FILICIACIÓN DIVINA Y FRATERNIDAD HUMANA Y CRISTIANA

 


 

 

1. (Dios se hace hombre: este es el misterio de la Navidad). «Hoy ha amanecido un día sagrado, hoy una gran luz ha bajado a la tierra», canta con alborozo el Aleluya. Es un «día sagrado», porque «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el imperio, y tendrá por nombre ‘Ángel del Gran Consuelo’» (antífona de entrada). Ese Niño tiene la apariencia de todos los niños: débil, indefenso, necesitado de todo. Pero es Dios e Hijo de Dios. Nos lo dice con toda claridad san Juan en el evangelio: «En el principio existía el Verbo y el Verbo era Dios...Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros». Dios se ha hecho verdadero hombre. Dios ha entrado de lleno en la historia de los hombres, para compartir en todo nuestra condición humana, salvo en el pecado. Dios –que había hablado a nuestros Padres de muchas maneras-, «ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo» (segunda lectura) y lo ha hecho con el gran acontecimiento de la humanización de este Hijo. Su venida a la tierra trae la salvación que, según apunta la primera lectura, llegará a todos los confines de la tierra. ¿Qué cosa más lógica que romper a cantar henchidos de gozo y gratitud, puesto que «los confines de la tierra ha contemplado la victoria de nuestro Dios»? (salmo responsorial)

 

2. (Dios se hace hombre, para comunicarnos su vida divina)  En Jesucristo se ha hecho hombre el Hijo de Dios para hacernos partícipes de su vida divina. Lo proclaman con fuerza el evangelio y las oraciones. El evangelio no puede decirlo con más fuerza y claridad: «(El Verbo) vino a su casa y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios. Éstos no han nacido de sangre ni de amor humano sino de Dios». La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios nos da la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios en él y por él, si le acogemos por la fe y recibimos el Bautismo.

Darnos la posibilidad de ser «hijos en el Hijo»: estE es el objetivo último de la humanización del Verbo de Dios. Ciertamente, no hijos en el sentido del Hijo, porque el hombre no puede convertirse en Dios. Pero tampoco meros hijos adoptivos, mediante un título externo (como ocurre en la adopción humana: que es «cosa de papeles», aunque genere derechos y obligaciones paterno-filiales). Nosotros nos hacemos verdaderos hijos de Dios, porque participamos de su misma naturaleza divina. Ningún teólogo se habría atrevido a afirmarlo; pero san Pedro lo dice expresamente en una de sus cartas: «consortes –participantes- de la naturaleza divina». Nadie podrá arrancarnos este título; ni siquiera nuestros pecados, por muchos y graves que sean: aunque podemos ser  pródigos, nunca dejaremos de ser hijos de Dios.

La filiación divina es el gran regalo de Dios en Navidad. Recibirla, si todavía no estamos bautizados; o revivirla y reactualizarla, si hemos recibido el Bautismo, pero llevamos una vida tibia o pecaminosa: he aquí la gran tarea de esta Navidad. Nada hay comparable con ser hijos de Dios. San Pablo no se cansaba de repetírselo a todas las comunidades que fundó: «ya no hay hombre o mujer, esclavo o libre, judío o gentil» (estas eran todas las categorías posibles), porque todos somos «una sola cosa en Cristo». Ese «una cosa», era que todos somos hijos de Dios por el Bautismo.

 

3. (Si hijos, hermanos) Esta filiación fundamenta y exige la fraternidad entre los hombres. Si todos somos del mismo Padre, todos somos hermanos. Y, si todos somos hermanos, todos hemos de tratarnos como hermanos. Ricos o pobres, muy inteligentes o menos, de un estatus social alto o bajo ... son cosas de poca importancia; lo verdaderamente importante es que todos somos hijos de Dios, todos formamos una misma familia, todos estamos destinados a la misma gloria, todos llamamos Padre a Dios.

Este «título de grandeza» lo ignoran muchísimos cristianos. Por eso, tienen miedo a Dios, se alejan de él, le ofenden continuamente, piensan que Dios les castiga cuando las cosas no les salen bien o que Dios no les quiere. Es un gravísimo error, porque sólo el amor mueve al amor. El día en que descubramos que Dios es nuestro Padre, dejaremos de blasfemar, nos acercaremos al sacramento de la Penitencia para pedir su perdón, no nos preocuparemos por el futuro, no nos agobiarán los problemas, iremos por la vida sin miedo a nada ni a nadie, y nos apoyaremos en Dios a la hora de emprender cualquier proyecto.

 

4. María, Madre del Verbo Encarnado. Dios ha «necesitado» a una mujer: la Virgen María, para hacer su entrada en este mundo. El Verbo recibió su Humanidad del Espíritu Santo y de la Virgen María. María ocupa un lugar central en el misterio de la salvación: ella está indisolublemente unida al misterio de Cristo y a su obra salvadora, cuyos comienzos celebramos hoy. Dentro de poco, el mismo Espíritu convertirá el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Verbo Encarnado y nacido en Belén. Si luego nos acercamos a comulgar, en las debidas disposiciones, será nuestro propio corazón el que se convierta en Belén.                

DOMINGO 4 DE ADVIENTO - CICLO B. Proyecto de homilía

MARÍA, EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA

 

1. María, en el centro de la liturgia y de nuestra vida. María es el personaje central de este cuarto domingo de adviento; pues de Ella hablan la oración colecta, la oración sobre las ofrendas, el evangelio y el aleluya. De modo implícito,  la primera y segunda lectura, que son una profecía (la 1ª) y una revelación (la 2ª) del gran misterio escondido en Dios y revelado ahora en el Hijo que nace «de una mujer».

Este domingo es, pues, una piedra más que se coloca en el gran edificio mariano que se ha ido construyendo a lo largo de todo el Adviento actual. Con ello, la liturgia pone de relieve que María ocupa un papel excepcional en la historia de la salvación y, por ello, en el misterio de Cristo. Tan excepcional, que el Credo se ve obligado a hacer esta confesión: «Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación..., se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Dios se ha hecho hombre gracias a la cooperación total, espiritual y corporal, de María. Ella le ha aportado lo que aportan todas las madres a sus hijos: su seno para acogerle, albergarle, alimentarle darle a luz llegado el momento y continuar durante muchos años, dedicada totalmente al cuidado del hijo de sus entrañas.

Realmente no es una exageración afirmar que María es paso obligado para ir a Dios, porque ha sido el mismo Dios quien ha establecido este itinerario. Si ya en el orden humano decimos que «donde no cabe la madre no tiene cabida el hijo», en el orden de la gracia, la Madre del Redentor está indisolublemente unida al Redentor y a su obra. Por eso, el amor tierno a María es imprescindible en la vida cristiana. Ahora que nos preparamos con más intensidad a la celebración de la Navidad, vayamos de la mano de María. Si nos pegamos a su corazón, escucharemos cuáles son los sentimientos que –a cuatro días del parto- hay en su corazón de madre, por primera y única vez.

 

2. María, madre virginal de Dios. El mensaje que el ángel trasmitió a María no pudo ser más explícito: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin». Se oye el eco de las grandes profecías y, en particular, de la profecía de Natán (1ª lectura): «Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas...Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre». Se revelaba así el «misterio mantenido en secreto durante siglos» (2ª lectura). María acogió con total disponibilidad la vocación a la que Dios la destinaba, sin poner pegas o trabas. Porque sus palabras: «¿Cómo será esto, pues yo no conozco varón?», no son una resistencia, sino la manifestación de su prontitud: «Dime que tengo que hacer para realizarlo, porque yo no sé cómo, pues tengo consagrada a Dios mi virginidad» El ángel se lo manifestó en forma misteriosa pero clara: «El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y te cubrirá con su sombra». María no necesitó más aclaraciones, y añadió: «Que se haga lo que Dios desea, porque yo soy su esclava». Y se realizó el más grande de los prodigios que han presenciado los siglos: «El Verbo se hizo hombre», Dios irrumpió en la historia de los hombres, Dios se hizo hombre para divinizar al hombre.

Esta maternidad divina es el fundamento de la grandeza de María. Precisamente, porque iba a ser la Madre de Dios, fue concebida Inmaculada; y porque lo fue, de hecho, fue asunta al Cielo y allí intercede por nosotros. Por eso, ninguna oración más hermosa ni más gloriosa para la Virgen que la que tantas veces repetimos, especialmente en el Santo Rosario: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros»   ¡Qué confianza y qué consuelo para nosotros poder repetirla una y mil veces!           

3. Navidad y pascua. Navidad no es sólo ni principalmente ese misterio que nos presentan los belenes y los árboles que estos días colocamos en casa, en las iglesias y en ciertos lugares públicos o privados. Un villancico de nuestra tierra lo expresa con tanta ingenuidad como verdad: «Vino a la tierra para padecer». Dios se hizo hombre para salvar al hombre. Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros y por nosotros. Navidad es el comienzo de nuestra salvación. Este Niño será un día «Cordero que quita el pecado del mundo» derramando su Preciosísima Sangre «por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados». La colecta no lo puede decir con mayor claridad:  «Derrama, Señor, tu gracia, sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección». Jesús nace, para morir; muere, para resucitar; resucita, para consumar su sacrificio pascual, con el cual lleva a cabo el  designio salvífico que el Padre le ha encargado realizar: la salvación de todos los hombres. Pesebre y cruz, nacimiento y muerte, humillación y exaltación. ¡Este es el itinerario de Dios!   

 

4. María, la Eucaristía y el Espíritu Santo: un trinomio inseparable. La oración sobre las ofrendas aporta la última joya de este domingo:  el papel esencial que el Espíritu Santo juega en la Eucaristía. Es por la fuerza del Espíritu Santo como el pan y el vino se convierten sacramentalmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada; Cuerpo y Sangre que formó en el seno de la Virgen María. Si  la Eucaristía es la prolongación sacramental de la Encarnación y si la Encarnación fue obra del Espíritu Santo, la «encarnación» sacramental –la Eucaristía-, no puede ser más que obra suya. Esta teología la expresa, con enorme sobriedad y belleza, la oración sobre las ofrendas: «El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar».

 

5. Esto es lo que le pedimos ahora, al terminar nuestra homilía. Enseguida completaremos esta petición, cuando, en la Plegaria Eucarística, supliquemos al mismo Espíritu que «congregue en la unidad» a cuantos comulguemos el Cuerpo que Él nos ha preparado. De este modo, podremos abrirnos al proyecto que Dios tiene sobre nosotros, con la misma docilidad que la Santísima Virgen. Y Dios podrá hacer «obras grandes» por medio de nosotros, aunque nosotros seamos tan poca cosa.         

DOMINGO 4 DE ADVIENTO - CICLO B

LA «MISS UNIVERSO» DE LA GRACIA

«Bendita tú entre todas las mujeres»


 

Estamos en Nazaret. Pero no en la actual ciudad, sino en el villorrio de hace dos mil años. Una muchacha se va a convertir en «miss universo». Y, no por un año, sino mientras el mundo sea mundo. Ella, lo ignora completamente, pero la cosa va en serio: «Alégrate, María, llena de gracia», le dice un ángel al comunicarle la gran noticia. La muchacha se echa a temblar. El ángel la tranquiliza: «No temas», pero «concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» Ella comprende en un instante que Dios le pide su capacidad de mujer para dar la vida humana a Jesús. A ella se le confía enteramente la misión que una madre tiene con su hijo. Se le pide una entrega total, corporal y espiritual. Queda asociada por completo al servicio de Jesús. Aunque es él, no ella, el Salvador del mundo, a ella se le llama a prestar su servicio, para que Jesús pueda llegar a la existencia humana y tener un desarrollo plenamente humano. ¡Pobre muchacha, si tuviera que ser ella la que realizara esta prodigiosa misión! Pero no. «El Señor está contigo», le ratifica el ángel. Es decir, Dios hará que puedas cumplir lo que para ti es imposible. María pregunta, con toda humildad y candidez: «Dime cómo voy a realizar esto, porque yo no sé cómo, pues soy virgen y virgen he de permanecer» Propio de una verdadera vocación divina es comprender la insuficiencia personal. María lo ha comprendido perfectamente. Será Dios quien le haga posible realizar la misión que él mismo le ha confiado. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra», le dice el ángel. Será el mismo Dios quien te fecunde y te haga Madre suya. María sólo alcanza a decir: «Aquí estoy. Que se haga lo que Dios quiere». Y «el Verbo se hizo hombre». María hizo posible el más grande prodigio que han contemplado los siglos. La belleza de su humilde y total disponibilidad ha servido a Dios para declararla «miss» universo del Cielo y la Tierra. ¡Dios te salve, María...Bendita tú entre todas las mujeres» 

ADVIENTO 3 - CICLO B. Proyecto de homilía

CRISTO, FUNDAMENTO DE LA ALEGRÍA CRISTIANA


 

1. Este tercer domingo de Adviento se llama ‘domingo gaudete’ o ‘domingo de estar alegres’, porque la alegría lo llena todo. De ella nos hablaba la primera lectura y, sobre todo, la segunda. La antífona de entrada -que hemos cambiado por el canto de entrada-, insiste en la misma idea: «estad siempre alegres, os lo repito: estad alegres». El estribillo del salmo responsorial, que recoge el canto del Magnificat de la Virgen, repetía una y otra vez: «se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» La oración colecta que acabamos de rezar pedía que Dios nos concediera celebrar la Navidad «con alegría desbordante».

 

2. Llama mucho la atención esta insistencia; y, sobre todo, que se eche mano de la primera y la segunda lectura para invitarnos a estar alegres, dadas las circunstancias en que fueron escritas.

La primera lectura, tomada del tercer Isaías, está escrita en un momento de gran desconsuelo. El pueblo acaba de regresar del destierro de Babilonia y eso le ha producido un inmenso gozo; pero se ha encontrado con la ciudad de Jerusalén completamente destruida. En medio de tanta desolación, el profeta se siente enviado a «dar una buena noticia a los que sufren» y prorrumpe en un gran canto de alegría: «desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios. Y proclama esta alegre  noticia: «como el suelo echa sus brotes y como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia ente todos los pueblos». Es decir, ahora estáis tristes, pero un día la alegría llenará toda la tierra.

 

Más llamativa es todavía la segunda lectura, tomada de la primera carta a los tesalonicenses. San Pablo había fundado aquella comunidad en medio de una fuerte persecución por parte de los judíos, hasta el punto de haber tenido que ausentarse, sin haber concluido la formación de aquellos cristianos. Varias veces había intentado volver, pero no le había sido posible. Estando en Corinto, Timoteo gira una visita a Tesalónica y, a la vuelta, comunica a Pablo la situación en que se encuentra. Ciertamente, no han sucumbido ante la persecución, pero un grupo más o menos numeroso piensa que es inminente la última venida del Señor –la Parusía-, y muchos más están desconcertados por la suerte que corren los difuntos. Pues bien, a pesar de su situación personal y de la comunidad, Pablo coge la pluma y les escribe: «estad siempre alegres».

 

3. ¿Por qué esta insistencia de la liturgia y de la Iglesia en que estemos alegres? La antífona de entrada nos da la clave: «el Señor está cerca». Tan cerca, que el Evangelio puede afirmar: «está en medio de vosotros». Quizás no lo sabemos, como los fariseos; pero el Señor está en medio de nosotros. Necesitamos saberlo y testificarlo. Porque la gente no sabe lo que es la «alegría»; aunque la busca afanosamente.

Nuestra sociedad, en efecto, presenta un estado de gran desencanto y desilusión en los jóvenes y adultos y que se manifiesta, por ejemplo, en la tragedia del aborto, las desavenencias y rupturas matrimoniales, la droga, el alcoholismo, la violencia doméstica, el paro, la imposibilidad de pagar la hipoteca o llegar a final de mes y tantas y tantas cosas más.

Todo este desencanto crea tristeza, malestar, ansiedad, depresiones y angustias. Es decir, el polo opuesto a la alegría. ‘El hombre moderno, que ha centrado toda su felicidad egoísta en triunfar, tener, gastar y disfrutar, es víctima de su propio invento: la sociedad del bienestar y del consumo. Una sociedad inmensamente triste, como reconocen todos los analistas y reconocemos todos.

 

4. Por eso, hoy, más que nunca, los cristianos hemos de tomarnos en serio el mensaje de este domingo: «estad alegres; sí, os lo repito: estad alegres»; pues sólo si estamos alegres podremos dar un testimonio personal y comunitario de alegría a nuestro mundo, que tanto la necesita. Pero hemos de apoyarla en su verdadero fundamento

Nuestra alegría no procede de que en la vida todo nos salga redondo; porque también experimentamos el dolor en todas sus vertientes; o de que tengamos resuelta la vida, porque tantas veces no la tenemos resuelta; o porque cerremos los ojos a tantas desgracias como hay en el mundo; porque hemos de tenerlos bien abiertos. No. Nuestra alegría se fundamenta en Jesucristo, que está presente en medio de nosotros, nos quiere, nos perdona y nos ayuda.

Santa Teresa de Jesús supo decirlo con galanura: «Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta». Que nosotros podemos parafrasear así: «Quien a Dios no tiene, nada le basta, todo le falta». El que no fundamenta en Dios su alegría, está condenado a la tristeza y a la angustia.

Me decía un misionero que ha vivido muchos años en China, que ese país es inmensamente triste. Y, cuando yo le pregunté el motivo, me contestó: «viven bajo la angustia de la superstición y del miedo». Como no saben que Dios es su padre y que les ama, viven bajo la espada de Damocles del miedo y de la angustia; lógicamente, están tristes». Parece que su diagnóstico es acertada, porque Japón –que es una de las naciones más desarrolladas y ricas del mundo, pero donde apenas ha entrado el cristianismo- es la que arroja mayor número de suicidios de jóvenes. ¡Sí, de jóvenes, que se quitan la vida porque no quieren seguir viviendo!

 

Pero no hace falta ir tan lejos: todos nosotros somos testigos de gente que lo tiene todo y vive amargada; y, al revés, que les faltan muchas cosas, pero viven felices. ¿Razón? Los unos no han descubierto que Dios ha venido a nuestra tierra para salvarnos y hacernos felices en este mundo –con la felicidad relativa que aquí es posible- y para hacernos plenamente felices cuando lleguemos a la Patria del Cielo.

«El Señor está cerca»; más aún: está entre nosotros». Está aquí, en esta comunidad, pues donde dos o más están congregados en su nombres, él está en medio de ellos», está presente en la Palabra proclamada, pues cuando se leen las Escrituras en la Iglesia, es Cristo mismo quien anuncia su evangelio; está presente en cada hombre y en cada acontecimiento; está presente en la Iglesia, pues él es su Cabeza; está presente en los sacramentos, pues cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza, y cuando alguien perdona es Cristo quien perdona; está presente –de modo cualificado y eminente- en la Eucaristía, pues ella es la presencia sacramental de Jesucristo.

 

5. Dentro de unos momentos, diremos los sacerdotes: esto es mi Cuerpo, está es mi Sangre; es decir: este soy Yo. Y se hará presente el mismo Jesucristo en persona. Luego, cuando comulguéis, os diremos: «el Cuerpo de Cristo», y responderéis: «Amén», es decir: así es, así lo creo.

Que sepamos reconocer a Jesucristo ahora, que sepamos encontrar en él la causa de nuestra alegría y que salgamos de aquí con la ilusión de comunicar nuestra alegría a todas las personas que encontremos durante esta semana.                    

 

 

     

     

DOMINGO 3 DE ADVIENTO - CICLO B

FISCALES Y ACUSADOS

«Está entre vosotros y no le conocéis»

Juan el Bautista se lleva a la gente de calle. Vienen a él de toda Judea y de Jerusalén. Su mensaje suena como un látigo: «Arrepentios de vuestros pecados, bautizaos y cambiad de vida». Intrigados por su personalidad, los jefes religiosos del pueblo le envían algunos emisarios para conocer quién es este profeta tan popular. No se andan con rodeos y preguntan abiertamente: «Tú ¿quién eres?» Juan es un hombre sincero y humilde, y tampoco se va por las ramas: «Yo no soy el Mesías. Yo no soy Elías, resucitado. Ni el Profeta, Moisés» Los emisarios le acosan. «Entonces ¿por qué bautizas?» La pregunta es lógica, porque la tradición judía atribuía a los precursores mesiánicos la función de dar al pueblo un bautismo de purificación, previo a la aparición del Mesías. Juan sigue sin escabullirse: «Yo os bautizo con agua. Pero en medio de vosotros está uno que es más grande que yo, al que vosotros no conocéis y del cual yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia». «Desatar la correa de la sandalia» era función de esclavos. Juan se considera esclavo de Jesús. ¡Jesús es el Señor! ¡Jesús es el Mesías!  Él es un mero testigo de ello. Y de que ya ha venido, aunque ellos lo ignoren, aunque deberían saberlo por su lectura de las Escrituras. Han venido como fiscales y Juan los ha convertido en reos. Luego añade con entusiasmo: Yo soy la voz que anuncia al Mesías y prepara los caminos del corazón humano para que pueda reconocerlo en medio de tanta baraúnda de signos y contrasignos. ¡Preparadle vosotros el camino para que llegue hasta vuestra vida y la cambie! Qué ejemplo para nosotros, cristianos, que nos encontramos en medio de tanta gente que pregunta por Jesús, aunque tantas veces no sea consciente de ello Deberíamos tener la franqueza y humildad de Juan para decirles: «Yo he encontrado a Jesús. Yo puedo asegurar que no me ha defraudado en mi trabajo, en mi matrimonio, en mis relaciones sociales, en mi fuerza para encarar la vida. Haced vosotros la experiencia, y veréis como no os engaño»  

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

LA INMACULADA

(ideas para la homilía y la reflexión personal)

 

1.      La primera lectura daba cuenta de la tragedia acontecida en el Paraíso: nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y arruinaron a todos sus hijos, privándoles de la gran herencia que debían haberles trasmitido.

  1. Pero Dios, que había predestinado al hombre a ser hijo suyo en Cristo (2º lectura), no lo abandonó a su suerte y le dejó hundido en su miseria. Al contrario, ya en el momento de la caída, le promete salvarlo, mediante la victoria sobre el demonio; victoria que llevaría a cabo «la descendencia» de la mujer. A estas alturas de la historia de la salvación, sabemos que esa victoria «ya» ha tenido lugar, gracias a la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
  2. De esa victoria participamos todos nosotros, gracias al Bautismo (que destruye la obra del primer Adán, aunque no las secuelas de aquella violación del plan de Dios). El Bautismo, hace realidad nuestra predestinación a ser hijos de Dios. Sin embargo, esta victoria en Jesucristo «todavía no» es plena ni irrevocable, por parte nuestra. Ya que con mucha frecuencia somos vencidos por el demonio. Por ejemplo: destruimos la vida no nacida, no cuidamos de nuestros padres mayores, dejamos “tirados” a los parados-divorciados-y necesitados del cuerpo y del alma, tenemos rencor y odio a quienes nos tratan mal, no sabemos convivir en paz y armonía con los que no piensan como nosotros. Y tantas cosas más.
  3. Pero tenemos la certeza de que esta victoria será perfecta e irrevocable un día: cuando Dios nos lleve al Cielo (¡eso esperamos!)
  4. María Inmaculada es la garante de esta esperanza. Porque Ella es, a la vez, realidad, anticipo-prenda y garantía de esa victoria plena y definitiva.
    1. Realidad: porque Ella nunca fue vencida por el demonio; ni siquiera un instante, sino que en ya en su Concepción es Purísima, limpísima y llena de gracia.
    2. Anticipo: porque Ella, aunque sea el miembro más eminente de la Iglesia, no deja de ser miembro. Por tanto, si en Ella ya se ha verificado la victoria, también se verificará en los demás miembros.
    3. Garantía: Ella es ‘imagen’ de la Iglesia; es decir: La Iglesia será un día limpia e inmaculada como lo es ya la Purísima.
  5. Situada en el corazón del Adviento, la Inmaculada es: la certeza de que la Navidad es segura y está próxima; y, a la vez, el modelo para prepararnos a recibir al Mesías, que Ella nos entrega. Recibir el sacramento de la Penitencia para limpiarnos de nuestros pecados actuales es el mejor modo de celebrar en verdad la Inmaculada y la mejor preparación para recibir al Redentor, en ya próxima Navidad.

 

 

DOMINGO 2 DE ADVIENTO - CICLO B

¿QUIÉN ES REALMENTE TU DIOS?

«Preparadle el camino al Señor»


 

Todos los hombres y mujeres tendemos a alejarnos de Dios y trocar en diosecillos los bienes materiales, la salud, la profesión, el placer, el poder y tantas cosas.  Los hombres y mujeres a los que se dirige Juan no son una excepción. Juan es muy consciente de ello y de que, como Precursor del Mesías, debe prepararle el camino, llamando a sus oyentes a cambiar de conducta. Y lo hace con toda fuerza. De sus labios salen preguntas tan incisivas como éstas: ¿Quién es realmente tu Dios? ¿Qué es lo que realmente está en el centro de tu vida? ¿Qué quieres alcanzar en la vida? ¿En qué empleas tus energías y tu tiempo? La predicación de Juan tuvo un eco tan formidable, que su eco llegó a todas las montañas de Judea y a los alrededores de Jerusalén. La gente venía a escucharle, hacía suya la invitación a cambiar de su vida y deseaba prepararse a recibir al Mesías. Más aún, todo el mundo se reconocía pecador y pedía a Juan que les bautizara. Hacerse bautizar expresa que uno es impuro y quiere ser purificado. Juan bautizó tanto, que ha pasado a la historia como «el Bautista», el bautizador. Pero Juan conocía bien cuál era su misión y hasta donde llegaban sus posibilidades. Su  bautismo no podía purificar verdaderamente, porque el agua es incapaz de limpiar los pecados. Se necesita agua y Espíritu Santo, que él no tiene. Lo tiene el que viene detrás. Por eso, desde la más radical humildad y verdad dice a sus oyentes: «Yo os bautizo con agua, pero Él (el Mesías) os bautizará con el Espíritu Santo». La obra de Juan tuvo lugar hace dos mil años, pero no ha perdido actualidad. Si nosotros queremos encontrar al Señor, también necesitamos convertirnos, confesar nuestros pecados, ser reconciliados por un sacerdote y reordenar nuestra vida. Porque, aunque hayamos recibido ya el bautismo de agua y del Espíritu, ¿quién se atrevería a decir que está completamente limpio, que no necesita confesarse, que su vida va por donde debe ir? El que lleve meses o años sin confesarse, que no  se engañe: si de verdad quiere prepararse a recibir a Jesús, que vaya a un sacerdote, confiese sus culpas, se reconcilie y reemprenda una nueva vida.

DOMINGO 1 DE ADVIENTO - Ciclo B

¡VEN, SEÑOR JESÚS!

No sabéis el día ni la hora 


Hoy comienza el Año Cristiano y el tiempo de Adviento. Por eso sorprende que el evangelio hable del final del mundo y de la necesidad de estar preparados para aquel momento trascendental. ¿No es Adviento el tiempo que prepara la venida del Mesías? Por otra parte, ¿el Mesías no vino ya hace dos mil años? La Iglesia ha resuelto esta dificultad con gran verdad y profundidad. No ha optado por el recurso psicológico de prepararse a recibir a Jesucristo «como si» no hubiera venido, sino que ha hecho una opción profundamente teológica: el Mesías –Jesucristo- «ya» ha venido, «ya» ha muerto, «ya» ha resucitado. Más aún, ha venido, muerto y resucitado «en cumplimiento de las Escrituras». Lo que estaba anunciado y profetizado se ha cumplido. Ver esto «como si»  no hubiera ocurrido, privaría a Jesucristo de ser el enviado por el Padre para salvarnos y a nosotros nos llevaría a una situación de «no salvados». Y eso ni siquiera es admisible en nuestra imaginación. ¡Jesucristo «ya» ha venido. Nosotros «ya» hemos sido salvados por Él! Pero Él «todavía no» ha venido del todo y nosotros «todavía no» estamos salvados del todo. Lo uno y lo otro acontecerá al final de los siglos. En ese momento, Jesucristo vendrá «del todo» y será fácticamente el «Señor» de la creación, de la historia y de la vida de cada uno. Precisamente, porque «todavía no» estamos salvados del todo y podemos perdernos con nuestra irresponsabilidad, necesitamos gritar desde lo más hondo de nuestra alma: «¡Ven, Señor, a salvarnos. Ven, Señor, ven Salvador»! No podemos lanzar ese grito a nada ni a nadie más. Porque nuestra salvación –y la salvación del mundo- no está en un partido político, ni una institución económica o cultural, ni en el poderío de una nación. ¡¡El único Salvador es Jesucristo!! Viendo nuestra impotencia y nuestra pobreza hemos de sentir la urgencia de gritarle: «Jesús: necesito que sigas viniendo a mi vida, para que no me duerma en el vicio, en la soberbia engreída, en la indolencia. Este es el sentido profundo del Adviento actual que hoy empieza. Ojalá repitamos una y otra vez: «¡Ven, Señor, y no tardes. Ven a salvarnos!».   

 

D.O. 34 - A. CRISTO REY DEL UNIVERSO

VALE LA PENA AYUDAR A JESUCRISTO


 

 

El evangelio de hoy, solemnidad de Cristo Rey, cierra los domingos del año litúrgico. Es un símbolo y un adelanto de lo que realmente acontecerá el último domingo de la historia humana: el fin del mundo, cuando Jesucristo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Todos los pueblos y todos los hombres sin excepción responderán ante Él de sus acciones. Realizará un juicio y dictará sentencia definitiva, ante la cual no caben recursos. El criterio para esa sentencia lo ha establecido Él mismo. Es igual para todos; sin ninguna diferencia de posición social, rango, sexo, raza o edad. El criterio es éste: el que haya ayudado a Jesús en una situación de necesidad será aprobado; el que lo haya dejado en situación de necesidad, será condenado. La ayuda, o la omisión de ayuda, deciden el valor o sin valor de cada existencia. En el Juicio final todos quedan sorprendidos por el criterio establecido, pues todos le preguntarán dónde le han encontrado necesitado y dónde le han ayudado o dejado de ayudar. Jesús responderá que se encuentra en cada persona que está necesitada: el que tiene hambre o sed, el que está enfermo o triste, el que no tiene cultura y tantas cosas.  Jesús aduce algunos ejemplos, sin querer ofrecer un elenco exhaustivo: tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo y en la cárcel. Hay muchas más necesidades. Para remediarlas, no pide imposibles ni cosas dificilísimas. No dice «Yo estaba enfermo y vosotros me habéis curado; Yo estaba prisionero y vosotros me habéis liberado» Porque la curación y la liberación sobrepasan con frecuencia nuestras posibilidades. Además, para ayudar y compartir no es necesario ser rico ni tener muchas capacidades: basta un corazón abierto y compasivo. Muchas y muy diversas son las necesidades actuales ante las que nos encontramos cada día: materiales, corporales, psíquicas, espirituales. No olvidemos que detrás de cada persona que las sufre está Jesucristo mismo. Si tratamos de ayudar, ayudamos a Jesús. Si miramos para otro lado, damos la espalda a Jesús. El día del Juicio Él nos recordará lo uno y lo otro.     

D.O. 33 - A

VIDAS APROVECHADAS Y ESTÉRILES

«Entra al banquete de su Señor»


 

¿Por qué tanta gente destroza su juventud, su matrimonio, sus creencias, su conciencia? ¿Por qué, en cambio, hay personas cuya vida es maravillosa por su entrega a los hijos, por la honradez en sus negocios, por el aprovechamiento del tiempo, por las obras sociales y de caridad que realiza en servicio del prójimo? La respuesta está en el evangelio de hoy: porque muchos hombres y mujeres explotan las cualidades físicas, intelectuales y morales que han recibido de Dios como Él quiere; mientras que otros las emplean en alimentar su egoísmo y su comodidad. El abundante hambre que existe en el mundo, no se debe a que no haya recursos; sino a que sobra egoísmo y explotación de los demás. Hay tanta injusticia y tanta corrupción en todos los estamentos y niveles porque, sabiéndolo, todos nos encogemos de hombros. Las televisiones insultan a la religión católica porque, entre otros motivos, saben que los católicos ven esos programas, en vez de boicotearlos. Y así sucesivamente. No echemos las culpas a Dios de los males y carencias de nuestro mundo, como el siervo holgazán del evangelio de hoy, que quería cargar su holgazanería en la cuenta de su amo. Dios no tiene la culpa de que nosotros matemos a los niños no nacidos y luego haya tantas depresiones y suicidios; o  que promovamos la plaga del divorcio y después nos encontremos con toneladas de odio, maltrato, violencia y fracasos educativos; o que promovamos la cultura del placer y del hedonismo en los jóvenes y terminemos viéndoles consumir quintales de droga. La responsabilidad del hambre, de la corrupción, de las enormes desigualdades, de los abusos financieros, de tanta gente destrozada es nuestra. ¡Qué pena pasar la vida arando en el mar! ¡Qué maravilla, en cambio, darse a los demás por amor a Dios y emplear el talento, el tiempo y el dinero en hacer universidades, colegios, hospitales, fábricas, comercios, residencias de ancianos, centros de investigación médica, obras sociales de todo tipo, etcétera. Todavía estamos a tiempo de desenterrar los talentos y ponerse a trabajar en serio para servir a los demás.     

 

D.O. 32 Ciclo - A. Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán

TEMPLOS DE PIEDRA Y DE CARNE

«Él hablaba de su Cuerpo»


 

 

 

Monseñor Van Thuan era obispo de Saigón cuando los comunistas le encarcelaron. Liberado y expulsado de su país, Vietnam, como persona indeseable, se refugió en Roma. En una ocasión dirigió los Ejercicios Espirituales a Juan Pablo II y a la Curia Romana y les contó muchas anécdotas de su cautiverio. Entre otras, cómo camuflaba el vino como si se tratase de un jarabe  para su estómago y cómo se las arreglaba para celebrar la misa: su mano era el cáliz donde depositaba unas gotas de vino; su memoria, el único libro litúrgico; y la oscura celda, el templo donde hacía sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz y se unía a él con el ofrecimiento de su vida y la comunión sacramental. Cada vez que lo hacía se jugaba mucho, pero estaba convencido de que, sin la Eucaristía, su fe podía venirse abajo y con ella sería fiel, como así ocurrió. ¡Emocionante!. Y muy apropiado para comprender la fiesta que hoy celebramos: la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa y Madre de todas las Iglesias Cristianas. Los cristianos sabemos que nuestro verdadero Templo es Jesucristo Resucitado, como Él mismo se lo dijo a los fariseos: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Aunque ellos pensaron que se refería al Templo de Jerusalén, san Juan puntualiza: «Él hablaba del templo de su cuerpo», que, efectivamente, levantó en tres días de la muerte, mediante su resurrección. Este Templo está construido con piedras vivas: la piedra angular es Cristo y cada cristiano es un sillar vivo por su Bautismo. Cuando la piedra angular se hace presente, sobre todo en la Eucaristía, las otras piedras nos unimos más estrechamente con ella y entre nosotros, y hacemos que el templo que formamos sea cada vez más consistente y hermoso. Aunque se trate de un rincón tan miserable como el de una cárcel comunista. Lo cual no impide,  muy al contrario, que construyamos templos tan bellos como el de san Juan de Letrán. Pero estos templos deben ser siempre un espejo terso que refleje el verdadero Templo cristiano: Jesucristo.           

D.O. 30 Ciclo - A

EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO

 


 

 

          Seiscientos trece mandamientos son tantos, que es un lío no digo cumplirlos sino recordarlos. No sorprende, por eso, que un fariseo se acercara a Jesús para preguntarle: «De los 613 preceptos y prohibiciones que –según la interpretación de los doctores- contiene la Ley de Moisés ¿cuál es realmente el más importante, aquel que Dios tiene el mayor interés en que se cumpla». Jesús sabía muy bien que los Mandamientos de la Ley de Dios no son un peso o una limitación a la libertad humana sino una gran ayuda para usarla convenientemente y evitar que el hombre vaya a su ruina. Por eso respondió con claridad y concisión a su pregunta: «Lo que Dios quiere del hombre en primer lugar, lo que el hombre debe hacer antes que cualquier otra cosa es esto: amar al Señor su Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Ese Dios no es un ser desconocido o extraño, sino el Dios que se manifestó a Israel a lo largo del Antiguo Testamento y, al final, se nos ha manifestado en Jesucristo. A este Dios hay que conocerle, amarle y reconocerle como nuestro Creador, Salvador y Padre. Este amor debe comprender el corazón, el alma y la mente; es decir: todas las facultades y capacidades del ser humano. Con ellas ha de «amarle». No se trata de un mero o vago sentimiento; al contrario, se trata de que el hombre se oriente a Dios con todo lo que vive en él; se trata de que se abra a Dios, le busque y camine hacia él. Esta apertura, ilimitada  y activa, es para el hombre lo más importante bajo todos los aspectos. El escriba sólo había preguntado por el primer mandamiento. Jesús, por propia iniciativa, añadió: «el segundo es amarás a tu prójimo como a ti mismo». Amar al prójimo es respetar su vida, sus bienes, su fama, su mujer, sus creencias, sus derechos de persona; es, además, ayudarle en sus necesidades, independientemente de cuál sea su nación, estatuto social y religión; es perdonarle y quererle bien. Todos los demás reciben de ellos su significado y han de contribuir a su cumplimiento. 

D.O. 31 Ciclo - A

LA VIDA NO TERMINA

        


Hoy se oye un grito unánime en los más variados rincones del mundo: no todo termina con la última palada de tierra o con las cenizas de la cremación. Ante él, desaparece el guirigay de todos los materialismos y se reafirma la fe de todos los creyentes, sean o no cristianos. Para quienes nos confesamos discípulos de Jesucristo, hoy es un día muy especial. Como los demás, visitamos el cementerio para depositar un ramo de flores y un recuerdo en la tumba de nuestros seres queridos. Pero vamos mucho más lejos, pues reafirmamos la quintaesencia de nuestra fe: la resurrección de los muertos. Nosotros creemos que este cuerpo, que depositamos en la tierra débil y corruptible, volverá un día a la vida para nunca más volver a morir. Ocurre con él algo similar al grano de trigo o la pepita de ciruelo que sembramos en la tierra: cuando germinan, se “autodestruyen”, desaparecen. Pero, precisamente así, producen el milagro de la vida, multiplicado y ennoblecido: el grano se convierte en manojo de espigas y la pepita en árbol vivo, que un día recreará con su fruto nuestro paladar. Nuestro cuerpo ha de pasar por la destrucción de la muerte. Pero esa destrucción no es aniquilación sino trasformación. Nosotros se lo damos a la tierra corruptible y débil. Cristo nos lo devolverá espiritual, inmortal y glorioso. De este modo, el “hasta el Cielo” -con que nos despedimos de los padres, esposos, amigos- se revela como algo mucho mayor que un buen deseo. Es la proclamación de nuestro reencuentro como hombres totales: con alma y cuerpo. Porque entre el “más allá” de la muerte y el “más acá” de la vida mortal, no hay ruptura sino continuidad. El “ya, pero  todavía no” de nuestra salvación por Cristo, dará paso al “ahora sí, definitivo, pleno y glorioso”. Con esta esperanza vamos caminando por la vida. Compartimos con los demás el sufrimiento, el fracaso, los problemas. Pero nosotros tenemos la luz que ilumina y da sentido a nuestro existir  y a nuestro quehacer. Una luz que pone cada cosa en su sitio: por encima de todo, Dios, los demás, el bien, la verdad; el dinero, la fama, la salud, la belleza... después, mucho después.